"llovido" poems
Hoy en mitad de la vida,
me he parado a meditar...
Pierdo días haciendo nada
asomada en mi ventana.
Miro hacia el paraíso
el que no esta
pero mi mente ambiciona
buscándolo sin fe
se ve como ayer
y de seguro mañana como hoy.
Más entonces,
mi torpe inteligencia
dormida en un rincón.
Y al coño, ¿Para que soy? ¿Si para siempre algún día dejare de serlo?
¡Grito¡ Y a mi lado el demonio se agita.
Pasan las horas..
Después de ya mucho haber llovido y yo sin café, una dulce lámpara arde y no hay el porque entender de esta noche desagradable.
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Feb 16, 2016
Feb 16, 2016 at 9:34 AM UTC
Ella amará a otro hombre.
Yo voy lejos, andando hacia el olvido.
Y puede suceder que alguien me nombre,
pero ella fingirá no haber oído.
Ella amará a otro hombre:
el tiempo pasa y el amor finaliza,
y es natural que lo que fue una brasa
acabe convirtiéndose en ceniza.
Aunque nadie lo quiera,
envejecen las vidas y las cosas,
y es natural también que en primavera
los rosales den rosas.
Es natural. Por eso,
ella amará a otro hombre, y está bien.
No sé si ya olvidó mi último beso,
ni me importa con quién.
Pero quizás, un día,
oyendo una canción,
sentirá que esa vieja melodía
le cambia el ritmo de su corazón.
O será algún vestido
que yo le conocí,
o el olor del jardín cuando ha llovido,
pero algún día ha de pensar en mí.
O puede ser un gesto,
un modo de mirar,
o ciertas calles, o un botón mal puesto,
o una hoja seca que voló al azar.
Y de alguna manera
tendrá que recordarme, sin querer,
escuchando unos pasos en la acera
como los míos al atardecer.
Será en algún momento,
no importa cuándo o dónde, aquí o allá,
porque el amor, por parecerse al viento,
parece que se ha ido y no se va.
Y si en ese momento ella suspira
y él pregunta por qué,
le tendrá que inventar una mentira
para que nunca sepa por qué fue.
Y él no verá esa huella,
eso tan mío en lo que ya perdí;
y, aunque la pueda amar más que yo a ella,
ella no podrá amarlo más que a mí...!
1.3k
El humo azul, azul,
entre mis dedos,
inscribiendo en el aire
su delirio
y mal llovido
a espesos lagrimones,
ese arrítmico trote
desvalido,
enlutando los sueños,
los balcones;
mientras ya en el recuerdo
el tiempo muerto,
aquí voraz insecto,
noche en celo,
latido de persiana
o ritmo grillo,
es también clara senda que bordea
bajo pinos
la tarde y la ladera,
para luego perderse
entre azoteas
o en la turbia corriente
de estas venas,
de gustos recatados y viajeros,
que riega caracoles donde suena
la muerta voz sepulta en la madera
o el rumor interior
de la penumbra
que sustentan mis huesos,
junto al humo
y a cuanto no comprendo
y me circunda:
débil hoja dormida que despierta
y suspira, se queja, se da vuelta,
balbuceo de cielo en desamparo.
ni mis pálidas uñas ¡tan siquiera!;
mientras vuelvo a tu encuentro
azar, memoria,
en busca de callejas marineras
que en plena resolana de naranjas
bajaban, con sus redes, a una playa,
o en los labios ya un gusto a madrugada
-¿qué recuerdo se asoma a esa ventana?-
me aproximo a mujeres amapola
-¿por qué, por qué amapola?-
entre zaguanes
de aliento canallesco y voz gastada,
tan cerca, en este instante,
entre la borra
nocturna, aquí también,
¡y tan amarga!
-allá lejos, ¿por qué
siempre amapola?-
ya casi colindando con la aurora.
932
Inútilmente fui
recorriendo senderos
entre mármoles.
Luz
de prodigiosa hondura.
(Toda la noche había
llovido. Al clarear
cesó la lluvia. Nubes
navegaban el cielo;
nubes blancas).
Inútil
fue recorrer senderos,
buscar tu nombre. Inútil:
no lo hallé.
Y recé una oración
por ti -¿por ti o por mí?
Después te olvidé. Sean
los muertos los que entierran a sus muertos
Estaba
tan olvidado todo!
Pero esta noche...
¿Por qué será imposible
verte de nuevo, hablarte,
escucharte, tocarte,
ir -con los mismos cuerpos
y almas que tuvimos,
pero con más amor-
uno al lado del otro...
(Ilusión descuajada
del espacio y del tiempo
lo sé para mi daño).
Yo te hablaría lo mismo que hablaría,
si yo fuese su dueño
mi verso: con palabras
de cada día, pero
bajo las que sonara
la corriente fluvial
de la ternura.
Como se hablan los hombres,
conteniendo las ganas
de llorar, de decirse
«te quiero». Sin llorar
ni decirse «te quiero»,
que es cosa de mujeres.
Qué quedaría entonces
de ti, después de tantos
años bajo la tierra.
Dónde hallarte -pensé
aquel día. No estamos
jamás donde morimos
definitivamente,
sino donde morimos
día a día.
Pero esta noche...
Te abrazaría, créeme,
te besaría,
te daría calor,
te adoraría. Haría
algo que es más difícil:
tratar de comprenderte.
Y te comprendería
te comprendo ya, créelo.
Nos va enseñando tanto
la vida... Nos enseña
por qué un hombre ve rota
su voluntad, y sueña,
y vive solitario;
por qué va a la deriva
en el témpano errante
arrancado a la costa,
y se deja morir
mientras mira impasible
cómo se hunden los suyos,
la carne de su carne,
su hermoso mundo...
Son líneas sin sentido
éstas que trazo.
Yo mismo no comprendo
qué es lo que dejo en ellas.
Acaso sea música
de mi alma, arrancada
de modo misterioso
por tu mano de muerto.
Tu mano viva.
Yo pensé en ella, pero
era una mano muerta,
una mano enterrada
la que yo perseguía.
Inútilmente fui
buscando aquella mano.
Se estaba convirtiendo
en festín de las flores.
En vaho tibio para
empeñar las estrellas.
En luz malva y errante
que da su son al alba.
Estaría mezclándose
con la tierra materna.
Se hacía mano viva:
lo que es ahora.
Te abrazaría, créeme.
Te daría calor.
Te comprendo ya. Entonces
no era tiempo. Fue un día
de septiembre, en Ciriego,
-un cementerio que oye
la mar- el año mil
novecientos cincuenta.
Cuando vivías, eras
un extraño. Aquel día
entre mármoles, fui
buscándote, tratando
de comprenderte. Sólo
esta noche, de modo
inesperado, al fin
he comprendido.
Tarde,
para mi daño.
906
Por las calles, ¿quién aquél?
¡El tonto de Rafael!
Tonto llovido del cielo,
del limbo, sin un ochavo.
Mal pollito colipavo,
sin plumas, digo, sin pelo.
¡Pío-pic!, pica, y al vuelo
todos le pican a él.
¿Quién aquél?
¡El tonto de Rafael!
Tan campante, sin carrera,
no imperial, sí tomatero,
grillo tomatero, pero
sin tomate en la grillera.
Canario de la fresquera,
no de alcoba o mirabel.
¿Quién aquél?
¡El tonto de Rafael!
Tontaina tonto del higo,
rodando por las esquinas
bolas, bolindres, pamplinas
y pimientos que no digo.
Mas nunca falta un amigo
que le mendigue un clavel.
¿Quién aquél?
¡El tonto de Rafael!
Patos con gafas, en fila,
lo raptarán tontamente
en la berlina inconsciente
de San Jinojito el lila.
¿Qué runrún, qué retahíla
sube el cretino eco fiel?
¡Oh, oh, pero si es aquél
el tonto de Rafael!
780
Celoso estoy, celoso. Para el campo te has ido,
y solo estoy ahora, muy solo, y aburrido.
Sé que parientes tuyos te están acompañando,
¡Y cuán desagradables siempre me han parecido!
Mas me siento celoso, muy celoso, pensando
Que te encuentras muy lejos, precisamente cuando
La primavera, hermosa como nunca, ha venido.
Todo este azul -conozco cómo son las mujeres-
Te obligará -lo niegas-? a olvidar que me quieres,
Y yo aquí, mientras tanto, pienso en ti cada instante,
Y nervioso, sin calma,
A todas horas siento como deshecha el alma,
Que solloza de tedio, pero en su amor, constante;
Y como por ti sólo mi corazón alienta,
Ve tu adorada imagen siempre de mí delante...
¡Mientras que tú en el campo vivirás muy contenta!
Y yo, siempre celoso...
Aquí en París el tiempo muy suave está y hermoso
y adorable. Y rabiando, viéndome solo, vivo:
y estas líneas te escribo,
A ti, que ves tus días sin afán ni congojas
Allá donde hay rumores de fuentes y de hojas.
Llevarás gran sombrero de paja, con glicinas,
Que pondrá en tus mejillas, el sol trasparentando,
Vivos ruedos cambiantes en horas matutinas;
y mientras pasa el tiempo más me irás olvidando,
y mientras más me olvidas... ¡yo más en ti pensando!
Bella estarás, dichosa.
¡Cómo la primavera verás en torno hermosa!
Yo de cólera lloro...
Todo un mes ha llovido;
Y de mí te alejaron cuando más necesaria
me eras tú, cual consuelo de mi ánimo abatido
En la vida que llevo... ¡vida tan solitaria!
Jamás te había amado como en este momento;
¡y cómo me exaspera
este aire suave y tibio, soplo de primavera,
Que con vagos aromas va entrando a mi aposento!
¿Te dije que te amaba?..
ya amor por ti no siento,
y como sufro mucho, sábelo bien, quisiera
que esta amargura mía tu corazón sufriera.
Comprendo que mal hago, que esto es mal pensamiento,
pero, dime, ¿qué quieres en mi vida de llanto,
si tanta falta me haces... y si te quiero tanto?...
Quisiera que me echaras
de menos, hasta el punto que este abril detestaras,
y hasta quisiera, en medio de mis penas sombrías
y mi horrible tristeza,
Que en estos solitarios e interminables días
Te estuvieras quejando de dolor de cabeza.
635
No soy yo quien escucha
ese trote llovido que atraviesa mis venas.
No soy yo quien se pasa la lengua entre los labios,
al sentir que la boca se me llena de arena.
No soy yo quien espera,
enredado en mis nervios,
que las horas me acerquen el alivio del sueño,
ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido,
mirando, entre mis huesos, las áridas paredes.
No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas.
415
La noche en que estaba tendida -hoy hace diez meses- era la noche
última que iba a pasar en su casa, bajo nuestro techo acogedor.
¡En su casa, donde siempre había sido el alma, y la luz, y
todo! ¡En su casa, donde la adorábamos con la más
vieja, noble y merecida ternura; donde cuanto la rodeaba era suyo, afectuosamente suyo!
¡Y habría que echarla fuera al día siguiente!
Fuera, como a una intrusa... Fuera el pleno invierno, entre el
trágico sollozar de los cierzos. Y habría que alejarla de
nosotros como a una cosa impura, nefanda; ¡que esconderla en un
cajón enlutado y hermético!, y llevarla lejos, por el
campo llovido, por los barrizales infectos, para meterla en un agujero
sucio y glacial. ¡A ella, que había disfrutado por
más de diez años la blancura tibia de la mitad de mi
lecho! ¡A ella, que había tenido mi hombro viril y seguro
como almohada de su cabecita luminosa! ¡A ella, que vio mi
solicitud tutelar encendida siempre como una lámpara sobre su existencia!
¡Oh, Dios , dime si sabes de una más despiadada angustia,
y si no merezco ya que brille para mí tu misericordia!...
347
¡Mañanitas de octubre,
después de haber llovido!
Ganas de desnudarse
en mitad del camino
y de echarse a volar
sobre los verdes trigos...
296
está negra la madera de tu casa
y el verde de tus plantas brilla como lustrado a mano/
te debe haber llovido mucha ausencia/
debe haberte apagado los fuegos que encendías
para leer tus pechos/
para saber quién anda por ahí/
en el verano de tu rigidez empujada/
¿qué sería la muerte sin la lluvia/
su ciencia de humo y claridad?/
temblabas como un cafetín/
pasaban tangos de gardel y toros ya suavísimos/
tus piernas ardían al lado de los ángeles
y volaban cenizas del secreto cremado/
¿cómo es posible el horror de saber?/
¡dale/viento!/
¡raspa la música que hace diamantes
en cada esquina de la sonreidora!/
¡la música que separa los nacimientos de los
espantapájaros!
¡los espantapájaros verdaderos!/
¡que me conocen y no son yo!/
vos/que sabés hacer cuchillos
con un instante del amor/
cantá/sentada en los panes que horneo y nunca comeré/
¡cantá/para que corra la mañana
y se subleven los canarios
que lloran ocultamente!/
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