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"instinto" poems
*Te amo Te amo de una manera inexplicable. De una forma inconfesable. De un modo contradictorio. Te amo Con mis estados de ánimo que son muchos y cambian de humor continuamente. Por lo que ya sabes... el tiempo... la vida... la muerte. Te amo Con el mundo que no entiendo. Con la gente que no comprende. Con la ambivalencia de mi alma. Con la incoherencia de mis actos. Con la fatalidad del destino. Con la conspiración del deseo. Con la ambigüedad de los hechos. Aún cuando te digo que no te amo, te amo. Hasta cuando te engaño, no te engaño. En el fondo, llevo a cabo un plan, para amarte mejor. Te amo Sin reflexionar, inconscientemente, irresponsablemente, espontáneamente, involuntariamente, por instinto, por impulso, irracionalmente. En efecto, no tengo argumentos lógicos, ni siquiera improvisados para fundamentar este amor que siento por ti, que surgió misteriosamente de la nada, que no ha resuelto mágicamente nada, y que milagrosamente, de a poco, con poco y nada ha mejorado lo peor de mi. Te amo. Te amo con un cuerpo que no piensa, con un corazón que no razona, con una cabeza que no coordina. Te amo incomprensiblemente. Sin preguntarme por qué te amo. Sin importarme por qué te amo. Sin cuestionarme por qué te amo. Te amo sencillamente porque te amo. Yo mismo no se por qué te amo.* ― Pablo Neruda
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May 22, 2014
May 22, 2014 at 9:12 PM UTC
Te amo
Pequeño por fuera, enorme por dentro cazador de nacido, mañoso aprendido de orejas grandes y cola parada. El mejor amigo, mi mejor amigo distraído, te llamaba el instinto me querías y yo te quiero Solo espero que estés en un cielo donde vivan grillos y conejos donde comas como tanto te gustaba donde juegues hasta no poder, donde duermas como nunca, donde puedas darte un baños de sol donde el agua no te falte y tengas amigos con quien compartir. Si no hay cielo para perros ven a mi corazón que aquí te quiero. Ojala pudiera haber estado ahí para cuidarte y acariciarte, rascarte la panza y pasear contigo.
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Aug 20, 2018
Aug 20, 2018 at 11:40 PM UTC
Pequeño por fuera, enorme por dentro.
Me pides que me orille, hacia el contorno del sitio me estaciono en la sombra, en la cadencia de tus pensamientos en un latido te descubres, se sienten tus ojos como espejos como reflejo de explosiones que a mí, me descubren el juego me tocas la sien con tus manos, calmando ansiedad de veneno respiras de cerca y en tus ojos, dibujas el plan que me descubre que me redime con furia en tu sirviente de instinto con movimientos despacios, recorro el altar de tu cuerpo tu piel dorada es atacada por vientos que se apropian no te importa el invierno, pues tu calor de locura nos llena el espacio de rojos, de suciedades que borran que destierran las reglas que nos impiden ahogarnos enajenar los impulsos con vanidades lascivas tus movimientos que sobran, que satisfacen tu ego a mí no me importa, estás encima de mi cuerpo yo sólo me limito a observarte, a tocarte los espacios aquellos lugares que buscan que los levante del sueño.
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Sep 5, 2012
Sep 5, 2012 at 12:31 AM UTC
Pasajero
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, fieramente existiendo, ciegamente afirmado, como un pulso que golpea las tinieblas,cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.Se dicen los poemas que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, piden ser, piden ritmo, piden ley para aquello que sienten excesivo.Con la velocidad del instinto, con el rayo del prodigio, como mágica evidencia, lo real se nos convierte en lo idéntico a sí mismo.Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Estamos tocando el fondo.Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.Hago mías las faltas.  Siento en mí a cuantos sufren y canto respirando. Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas personales, me ensancho.Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, y calculo por eso con técnica qué puedo. Me siento un ingeniero del verso y un obrero que trabaja con otros a España en sus aceros.Tal es mi poesía: poesía-herramienta a la vez que latido de lo unánime y ciego. Tal es, arma cargada de futuro expansivo con que te apunto al pecho.No es una poesía gota a gota pensada. No es un bello producto. No es un fruto perfecto. Es algo como el aire que todos respiramos y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.Son palabras que todos repetimos sintiendo como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
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La poesía es un arma cargada de futuro
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, fieramente existiendo, ciegamente afirmado, como un pulso que golpea las tinieblas,cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.Se dicen los poemas que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, piden ser, piden ritmo, piden ley para aquello que sienten excesivo.Con la velocidad del instinto, con el rayo del prodigio, como mágica evidencia, lo real se nos convierte en lo idéntico a sí mismo.Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Estamos tocando el fondo.Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.Hago mías las faltas.  Siento en mí a cuantos sufren y canto respirando. Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas personales, me ensancho.Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, y calculo por eso con técnica qué puedo. Me siento un ingeniero del verso y un obrero que trabaja con otros a España en sus aceros.Tal es mi poesía: poesía-herramienta a la vez que latido de lo unánime y ciego. Tal es, arma cargada de futuro expansivo con que te apunto al pecho.No es una poesía gota a gota pensada. No es un bello producto. No es un fruto perfecto. Es algo como el aire que todos respiramos y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.Son palabras que todos repetimos sintiendo como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
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Árbol, buen árbol, que tras la borrasca te erguiste en desnudez y desaliento, sobre una gran alfombra de hojarasca que removía indiferente el viento... Hoy he visto en tus ramas la primera hoja verde, mojada de rocío, como un regalo de la primavera, buen árbol del estío. Y en esa verde ***** que está brotando en ti de no sé dónde, hay algo que en silencio me pregunta o silenciosamente me responde. Sí, buen árbol; ya he visto como truecas el fango en flor, y sé lo que me dices; ya sé que con tus propias hojas secas se han nutrido de nuevo tus raíces. Y así también un día, este amor que murió calladamente, renacerá de mi melancolía en otro amor, igual y diferente. No; tu augurio risueño, tu instinto vegetal no se equivoca: Soñaré en otra almohada el mismo sueño, y daré el mismo beso en otra boca. Y, en cordial semejanza, buen árbol, quizá pronto te recuerde, cuando brote en mi vida una esperanza que se parezca un poco a tu hoja verde...
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Poema del árbol
La madre ha logrado dormir a su hijito. Una obra maestra de pequeños suspiros, de menudas palabras, de amenazas, de mimos, de dulces cancioncillas, de voluntad, de instinto... No respiremos casi. El niño se ha dormido.
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Duermes
El cuerpo no quiere deshacerse sin antes haberse consumado. Y ¿cómo se consuma el cuerpo? La inteligencia no sabe decírselo, aunque sea ella quien más claramente conciba esa ambición del cuerpo, que éste sólo vislumbra. El cuerpo no sabe sino que está aislado, terriblemente aislado, mientras que frente a él, unida, entera, la creación está llamándole. Sus formas, percibidas por el cuerpo a través de los sentidos, con la atracción honda que suscitan (colores, sonidos, olores), despiertan en el cuerpo un instinto de que también él es parte de ese admirable mundo sensual, pero que está desunido y fuera de él, no en él. ¡Entrar en ese mundo, del cual es parte aislada, fundirse con él! Mas para fundirse con el mundo no tiene el cuerpo los medios del espíritu, que puede poseerlo todo sin poseerlo o como si no lo poseyera. El cuerpo únicamente puede poseer las cosas, y eso sólo un momento, por el contacto de ellas. Así, al dejar éstas su huella sobre él, conoce el cuerpo las cosas. No se lo reprochemos: el cuerpo, siendo lo que es, tiene que hacer lo que hace, tiene que querer lo que quiere. ¿Vencerlo? ¿Dominarlo? Cuán pronto se dice eso. El cuerpo advierte que sólo somos él por un tiempo, y que también él tiene que realizarse a su manera, para lo cual necesita nuestra ayuda. Pobre cuerpo, inocente animal tan calumniado; tratar de bestiales sus impulsos, cuando la bestialidad es cosa del espíritu. Aquella tierra estaba frente a ti, y tú inerme frente a ella. Su atracción era precisamente del orden necesario a tu naturaleza: todo en ella se conformaba a tu deseo. Un instinto de fusión con ella, de absorción en ella, urgían tu ser, tanto más cuanto que la precaria vislumbre sólo te era concedida por un momento. Y ¿cómo subsistir y hacer subsistir al cuerpo con memorias inmateriales? En un abrazo sentiste tu ser fundirse con aquella tierra; a través de un terso cuerpo oscuro, oscuro como penumbra, terso como fruto, alcanzaste la unión con aquella tierra que lo había creado. Y podrás olvidarlo todo, todo menos ese contacto de la mano sobre un cuerpo, memoria donde parece latir, secreto y profundo, el pulso mismo de la vida.
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La posesión
El cuerpo no quiere deshacerse sin antes haberse consumado. Y ¿cómo se consuma el cuerpo? La inteligencia no sabe decírselo, aunque sea ella quien más claramente conciba esa ambición del cuerpo, que éste sólo vislumbra. El cuerpo no sabe sino que está aislado, terriblemente aislado, mientras que frente a él, unida, entera, la creación está llamándole. Sus formas, percibidas por el cuerpo a través de los sentidos, con la atracción honda que suscitan (colores, sonidos, olores), despiertan en el cuerpo un instinto de que también él es parte de ese admirable mundo sensual, pero que está desunido y fuera de él, no en él. ¡Entrar en ese mundo, del cual es parte aislada, fundirse con él! Mas para fundirse con el mundo no tiene el cuerpo los medios del espíritu, que puede poseerlo todo sin poseerlo o como si no lo poseyera. El cuerpo únicamente puede poseer las cosas, y eso sólo un momento, por el contacto de ellas. Así, al dejar éstas su huella sobre él, conoce el cuerpo las cosas. No se lo reprochemos: el cuerpo, siendo lo que es, tiene que hacer lo que hace, tiene que querer lo que quiere. ¿Vencerlo? ¿Dominarlo? Cuán pronto se dice eso. El cuerpo advierte que sólo somos él por un tiempo, y que también él tiene que realizarse a su manera, para lo cual necesita nuestra ayuda. Pobre cuerpo, inocente animal tan calumniado; tratar de bestiales sus impulsos, cuando la bestialidad es cosa del espíritu. Aquella tierra estaba frente a ti, y tú inerme frente a ella. Su atracción era precisamente del orden necesario a tu naturaleza: todo en ella se conformaba a tu deseo. Un instinto de fusión con ella, de absorción en ella, urgían tu ser, tanto más cuanto que la precaria vislumbre sólo te era concedida por un momento. Y ¿cómo subsistir y hacer subsistir al cuerpo con memorias inmateriales? En un abrazo sentiste tu ser fundirse con aquella tierra; a través de un terso cuerpo oscuro, oscuro como penumbra, terso como fruto, alcanzaste la unión con aquella tierra que lo había creado. Y podrás olvidarlo todo, todo menos ese contacto de la mano sobre un cuerpo, memoria donde parece latir, secreto y profundo, el pulso mismo de la vida.
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as luzes e os sons da cidade que nessa penumbra são meus fantasmas atraem os sentidos da racionalidade e repelem o instinto de minha consciência o melhor dos meus acidentes e minha doença a incurável, que me faz trabalhar a todo tempo e que me faz saber o que só eu sei; todos os bons rapazes de barbas feitas com argumentos irrefutáveis e namoradas invejáveis têm olhos tão bons quanto os de minha rola eu sou falso, não me atrevo a debater pois, afinal, por que lhes dar meu tempo? eu o faria com algumas poucas pessoas apenas as que me pudessem compreender como as principais moças de meu inconsciente; mas até que alguém assim me encontre sigo caminhando sozinho no início de noite tentando compreender o que é isso e qual a importância de tudo que me circunscreve enquanto sei que nada importa andando a passos lentos fazendo o que calho de fazer encarando minha sombra recém criada pela lua hasteada no céu de piche sentindo o orvalho beijar minhas canelas enquanto espero que alguém jamais se importe comigo.
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May 24, 2014
May 24, 2014 at 7:11 PM UTC
Sereo, eu ser
Tardará, tardará. Ya sé que todavía los émbolos, la usura, el sudor, las bobinas seguirán produciendo, al por mayor, en serie, iniquidad, ayuno, rencor, desesperanza; para que las lombrices con huecos pórtasenos, las vacas de embajada, los viejos paquidermos de esfínteres crinudos, se sacien de adulterios, de diamantes, de caviar, de remedios. Ya sé que todavía pasarán muchos años para que estos crustáceos del asfalto y la mugre se limpien la cabeza, se alejen de la envidia, no idolatren la seña, no adoren la impostura, y abandonen su costra de opresión, de ceguera, de mezquindad, de bosta. Pero, quizás, un día, antes de que la tierra se canse de atraernos y brindarnos su seno, el cerebro les sirva para sentirse humanos, ser hombres, ser mujeres, -no cajas de caudales, ni perchas desoladas-, someter a las ruedas, impedir que nos maten, comprobar que la vida se arranca y despedaza los chalecos de fuerza de todos los sistemas; y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas se encuentran en nosotros y no bajo la tierra. Y entonces... ¡Ah! ese día abriremos los brazos sin temer que el instinto nos muerda los garrones, ni recelar de todo, hasta de nuestra sombra; y seremos capaces de acercarnos al pasto, a la noche, a los ríos, sin rubor, mansamente, con las pupilas claras, con las manos tranquilas; y usaremos palabras sustanciosas, auténticas; no como esos vocablos erizados de inquina que babean las hienas al instarnos al odio, ni aquellos que se asfixian en estrofas de almíbar y fustigada clara de huevo corrompido; sino palabras simples, de arroyo, de raíces, que en vez de separarnos nos acerquen un poco; o mejor todavía, guardaremos silencio para tomar el pulso a todo lo que existe y vivir el milagro de cuanto nos rodea, mientras alguien nos diga, con una voz de roble, lo que desde hace siglos esperamos en vano.
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Lo que esperamos
Tardará, tardará. Ya sé que todavía los émbolos, la usura, el sudor, las bobinas seguirán produciendo, al por mayor, en serie, iniquidad, ayuno, rencor, desesperanza; para que las lombrices con huecos pórtasenos, las vacas de embajada, los viejos paquidermos de esfínteres crinudos, se sacien de adulterios, de diamantes, de caviar, de remedios. Ya sé que todavía pasarán muchos años para que estos crustáceos del asfalto y la mugre se limpien la cabeza, se alejen de la envidia, no idolatren la seña, no adoren la impostura, y abandonen su costra de opresión, de ceguera, de mezquindad, de bosta. Pero, quizás, un día, antes de que la tierra se canse de atraernos y brindarnos su seno, el cerebro les sirva para sentirse humanos, ser hombres, ser mujeres, -no cajas de caudales, ni perchas desoladas-, someter a las ruedas, impedir que nos maten, comprobar que la vida se arranca y despedaza los chalecos de fuerza de todos los sistemas; y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas se encuentran en nosotros y no bajo la tierra. Y entonces... ¡Ah! ese día abriremos los brazos sin temer que el instinto nos muerda los garrones, ni recelar de todo, hasta de nuestra sombra; y seremos capaces de acercarnos al pasto, a la noche, a los ríos, sin rubor, mansamente, con las pupilas claras, con las manos tranquilas; y usaremos palabras sustanciosas, auténticas; no como esos vocablos erizados de inquina que babean las hienas al instarnos al odio, ni aquellos que se asfixian en estrofas de almíbar y fustigada clara de huevo corrompido; sino palabras simples, de arroyo, de raíces, que en vez de separarnos nos acerquen un poco; o mejor todavía, guardaremos silencio para tomar el pulso a todo lo que existe y vivir el milagro de cuanto nos rodea, mientras alguien nos diga, con una voz de roble, lo que desde hace siglos esperamos en vano.
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Y, en fin, pasando luego al dominio de la muerte, que actúa en escuadrón, previo corchete, párrafo y llave, mano grande y diéresis, ¿a qué el pupitre asirio? ¿a qué el cristiano púlpito, el intenso jalón del mueble vándalo o, todavía menos, este esdrújulo retiro? ¿Es para terminar, mañana, en prototipo del alarde fálico, en diabetis y en blanca vacinica, en rostro geométrico, en difunto, que se hacen menester sermón y almendras, que sobran literalmente patatas y este espectro fluvial en que arde el oro y en que se quema el precio de la nieve? ¿Es para eso, que morimos tánto? ¿Para sólo morir, tenemos que morir a cada instante? ¿Y el párrafo que escribo? ¿Y el corchete deísta que enarbolo? ¿Y el escuadrón en que falló mi casco? ¿Y la llave que va a todas las puertas? ¿Y la forense diéresis, la mano, mi patata y mi carne y mi contradicción bajo la sábana? ¡Loco de mí, lovo de mí, cordero de mí, sensato, caballísimo de mí! ¡Pupitre, sí, toda la vida; púlpito, también, toda la muerte! Sermón de la barbarie: estos papeles; esdrújulo retiro: este pellejo. De esta suerte, cogitabundo, aurífero, brazudo, defenderé mi presa en dos momentos, con la voz y también con la laringe, y del olfato físico con que oro y del instinto de inmovilidad con que ando, me honraré mientras viva -hay que decirlo; se enorgullecerán mis moscardones, porque, al centro, estoy yo, y a la derecha, también, y, a la izquierda, de igual modo.
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Sermón sobre la muerte
Y, en fin, pasando luego al dominio de la muerte, que actúa en escuadrón, previo corchete, párrafo y llave, mano grande y diéresis, ¿a qué el pupitre asirio? ¿a qué el cristiano púlpito, el intenso jalón del mueble vándalo o, todavía menos, este esdrújulo retiro? ¿Es para terminar, mañana, en prototipo del alarde fálico, en diabetis y en blanca vacinica, en rostro geométrico, en difunto, que se hacen menester sermón y almendras, que sobran literalmente patatas y este espectro fluvial en que arde el oro y en que se quema el precio de la nieve? ¿Es para eso, que morimos tánto? ¿Para sólo morir, tenemos que morir a cada instante? ¿Y el párrafo que escribo? ¿Y el corchete deísta que enarbolo? ¿Y el escuadrón en que falló mi casco? ¿Y la llave que va a todas las puertas? ¿Y la forense diéresis, la mano, mi patata y mi carne y mi contradicción bajo la sábana? ¡Loco de mí, lovo de mí, cordero de mí, sensato, caballísimo de mí! ¡Pupitre, sí, toda la vida; púlpito, también, toda la muerte! Sermón de la barbarie: estos papeles; esdrújulo retiro: este pellejo. De esta suerte, cogitabundo, aurífero, brazudo, defenderé mi presa en dos momentos, con la voz y también con la laringe, y del olfato físico con que oro y del instinto de inmovilidad con que ando, me honraré mientras viva -hay que decirlo; se enorgullecerán mis moscardones, porque, al centro, estoy yo, y a la derecha, también, y, a la izquierda, de igual modo.
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Por esta selva tan espesa, donde nunca el sol penetró, buscando voy una princesa que se me perdió. Entre los árboles copudos, entre las lianas verdinegras que trepan por los desnudos troncos, como culebras; entre las rocas de hosquedad hostil y provocativa y la pavorosa soledad y la penumbra esquiva, buscando voy una princesa rubia como la madrugada que no ha partido y que no regresa desta espesura malhadada. Dicen que al fin de aquella ruta, que bordan el ciprés y el enebro, hay una reina muy enjuta que mora en un castillo muy ***** que guarda en fieros torreones otras princesas como la mía, y que es sorda a las rogaciones del desamparo y la agonía. Mas, acaso si yo pudiese ver a la reina, y su huella seguir astuto, al cabo diese con el castillo ***** ¡y con Ella! Pero el más seguro instinto no se sentiría capaz de guiarse por el laberinto desta penumbra pertinaz. Es que el espíritu presiente algo fatal que se avecina, y es que acaso es más imponente que lo que vemos claramente lo que tan sólo se adivina. Heme aquí, pues, con la alma opresa en medio de obscuridad, enamorado de una princesa que se perdió en la selva espesa tal vez por una eternidad...
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I. por esta selva...
¡De qué sirve al triste la filosofía! Kant o Schopenhauer o Nietzche o Bergson... ¡Metafisiqueos!                        En tanto, Ana mía, te me has muerto, y yo no sé todavía dónde ha de buscarte mi pobre razón. ¡Metafisiqueos, pura teoría! ¡Nadie sabe nada de nada: mejor que esa pobre ciencia confusa y vacía, nos alumbra el alma, como luz del día, el secreto instinto del eterno amor! No ha de haber abismo que ese amor no ahonde, y he de hallarte. ¿Dónde? ¡No me importa dónde! ¿Cuándo? No me importa..., ¡pero te hallaré! Si pregunto a un sabio, "¡Qué sé yo!", responde. Si pregunto a mi alma, me dice: "¡Yo sé!"
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X. metafisiqueos
LÁGRIMAS (Emprendiendo el vuelo) Lágrimas de ausencia enconando mi enervada naturaleza. Espuelas que penetran los espacios donde guardo la potencia para perdurar con denuedo y paciencia. Lágrimas de sangre brotando desde el fondo de mi alma. Lagrimas por todo lo que me negué y al accederme una nueva aventura mi ímpetu se esconde y desgana. Lágrimas negras que mojan hoy la tierra. Lágrimas de evolución, porque es lo que aplica. Interrumpido vuelo de águila por los indecisos vientos que van acortando mi envergadura, mis alas queriendo cotizar la altura de aquel anhelado recorrido por los anchos cielos. Feroces lagrimas que empinan otro vuelo, fallidos intentos que nunca se rinden, porque vasto es el cielo y pasajeras sus nubes. Hay montañas que se derrocan con una gota de lluvia, hay otras que se empeñan a pertenecer al panorama de aquella vista de fortaleza y constancia. preparo mis alas y otro vuelo emprendo, aunque estén heridas, aunque estén cansadas.., aunque este leve la brisa, aunque no socorra, revuelvo mis alas hasta alcanzar altura, consigo el equilibrio con mi sabiduría. Uso mi instinto para irrumpir otro vuelo, aun estén los vientos soplando descontentos, aun vuele con lágrimas, aunque vuele herida, aunque a los nueve cielos no nunca visite. Emprendo mi vuelo y en los altos me quedo, pues mi vuelo nunca depende, de cómo soplen los vientos. LeydisProse 10/19/2018 https://m.facebook.com/LeydisProse//
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Oct 19, 2018
Oct 19, 2018 at 1:33 PM UTC
LÁGRIMAS (Emprendiendo el vuelo)
serei eu uma aberração? ou dominam-me por ser deslumbrante? preso nos ruídos que me parecem livres mas que não o meu preso no instinto da minha pobre existência preso com as minhas próprias cores mas nunca com a cor do céu porque essa nunca vi olhem-me a alma e vejam a angústia e o desespero que aqui se encontram vejam o saber que posso mais mas que não me foi digno as minhas asas foram trocadas por ganância e exibicionismo tenham empatia e  voem vocês para um dia me deixarem voar a mim a voz de um pássaro numa gaiola
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Sep 8, 2018
Sep 8, 2018 at 2:35 PM UTC
a voz de um pássaro numa gaiola
La noche de verano que amante nos cubría De ti era digna: ¡el cielo tantos astros tenía! ¡Tan diáfano en las sombras era su azul turquí, Tan gratos sus rumores en el boscaje umbrío, y tanta la dulzura que bajaba en rocío                         Sobre ti y sobre mí! Tus manos en las mías, mi espíritu de hinojos, Te admiraba en silencio, porque en tus bellos ojos Cuanto es amor y dicha veía yo irradiar. y sin nada decirnos en esa dulce calma, El ensueño que en tu alma comenzaba, en mí alma                         Venía a terminar. y a Dios en lo más íntimo del alma bendecía Porque a ti y a la noche dio secreta armonía, y porque una infinita ternura puso en mí, y os hizo. a ti y la noche, tan puras y tan bellas, y a la callada noche dio encantos y dio estrellas,                         y la hermosura a ti. A Dios, en nuestras almas, con un amor profundo Bendigamos contritos; hizo tu alma y el mundo, y es él quien a mi pecho dio anhelos y dio amor. Es él quien en su fondo todo misterio encierra; Es él quien brillar hace tus ojos en la tierra,                         y al astro da fulgor. Es él quien hizo siempre del amor faro y guía; El, quien hizo la noche más hermosa que el día, y al amor dio la fuerza de vencer al dolor. Es Dios quien en tu cuerpo, don de su mano pura, Como en celeste copa derramó la hermosura,                         y en mi alma, el amor. Déjate amar, bien mío. Sólo vive quien ama; El amor es la vida, lo que la mente inflama, Lo que deplora el hombre su vida al declinar. Sin él, nada es completo, y a él todo se eslabona. La belleza es la frente, y el amor la corona:                         ¡Déjate coronar! Lo que llena el espíritu batallador del hombre No ha sido nunca el oro, ni aún el mismo renombre, Polvo vil que traemos de la lucha feral; Ni la ambición que siempre va tras quimera vana, y roe lentamente cuanto en la vida humana                         Es anhelo ideal. Lo que basta es el cambio risueño de miradas, Los ahogados suspiros, las manos enlazadas, El beso, licor de éxtasis, aroma de ilusión; Todo lo que adivina la mente en otra mente, y todas las canciones que surgen de la ardiente                         Lira del corazón. No hay nada bajo el cielo sin una ley secreta; Todo tiene su abrigo, su retiro y su meta Do el instinto nos fija: su barca, el pescador; El águila, las cumbres do en clara luz se baña, El lago azul, el cisne; y el ave, la montaña...                         Las almas, el amor.
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Noche de verano
La noche de verano que amante nos cubría De ti era digna: ¡el cielo tantos astros tenía! ¡Tan diáfano en las sombras era su azul turquí, Tan gratos sus rumores en el boscaje umbrío, y tanta la dulzura que bajaba en rocío                         Sobre ti y sobre mí! Tus manos en las mías, mi espíritu de hinojos, Te admiraba en silencio, porque en tus bellos ojos Cuanto es amor y dicha veía yo irradiar. y sin nada decirnos en esa dulce calma, El ensueño que en tu alma comenzaba, en mí alma                         Venía a terminar. y a Dios en lo más íntimo del alma bendecía Porque a ti y a la noche dio secreta armonía, y porque una infinita ternura puso en mí, y os hizo. a ti y la noche, tan puras y tan bellas, y a la callada noche dio encantos y dio estrellas,                         y la hermosura a ti. A Dios, en nuestras almas, con un amor profundo Bendigamos contritos; hizo tu alma y el mundo, y es él quien a mi pecho dio anhelos y dio amor. Es él quien en su fondo todo misterio encierra; Es él quien brillar hace tus ojos en la tierra,                         y al astro da fulgor. Es él quien hizo siempre del amor faro y guía; El, quien hizo la noche más hermosa que el día, y al amor dio la fuerza de vencer al dolor. Es Dios quien en tu cuerpo, don de su mano pura, Como en celeste copa derramó la hermosura,                         y en mi alma, el amor. Déjate amar, bien mío. Sólo vive quien ama; El amor es la vida, lo que la mente inflama, Lo que deplora el hombre su vida al declinar. Sin él, nada es completo, y a él todo se eslabona. La belleza es la frente, y el amor la corona:                         ¡Déjate coronar! Lo que llena el espíritu batallador del hombre No ha sido nunca el oro, ni aún el mismo renombre, Polvo vil que traemos de la lucha feral; Ni la ambición que siempre va tras quimera vana, y roe lentamente cuanto en la vida humana                         Es anhelo ideal. Lo que basta es el cambio risueño de miradas, Los ahogados suspiros, las manos enlazadas, El beso, licor de éxtasis, aroma de ilusión; Todo lo que adivina la mente en otra mente, y todas las canciones que surgen de la ardiente                         Lira del corazón. No hay nada bajo el cielo sin una ley secreta; Todo tiene su abrigo, su retiro y su meta Do el instinto nos fija: su barca, el pescador; El águila, las cumbres do en clara luz se baña, El lago azul, el cisne; y el ave, la montaña...                         Las almas, el amor.
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Es triste la tristeza de este cauce vacío, con árboles sin sombra muriendo en sus orillas; y, como si lloraran por la ausencia del río, son lágrimas de oro sus hojas amarillas. Los bordes de este cauce son los labios de un viejo que aprendió la amargura de besar en la frente; y, como el marco inútil donde brilló el espejo, hay algo que nos mira tras su reflejo ausente. Es triste la tristeza de este cauce vacío, triste como las canas de un hombre sin mujer, porque el cauce es la inmensa desolación de un río que se convierte en surco, sin lograr florecer... A veces, en otoño, la lluvia persistente llena la zanja seca con sus aguas sin brío, y el cauce desolado tal parece que siente la fugaz alegría de volver a ser río. Hoy su propio silencio tiene una voz ajena, y ayer, cantando el canto de las aguas felices, olvido la asechanza de la sed de la arena y el misterioso instinto que alarga las raíces. Y, ante este gran cadáver que lucha con lo inerte, en su terca esperanza rebosante de fe, se diría que el cauce no comprendió su muerte y se quedó esperando el agua que se fue.
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Alegoría del río seco
Fuérame dado remontar el río de los años, y en una reconquista feliz de mi ignorancia, ser de nuevo la frente limpia y bárbara del niño... Volver a ser el arrebol, y el húmedo pétalo, y la llorosa y pulcra infancia que deja el baño por secarse al sol... Entonces, con instinto maternal, me subirías al regazo, para interrogarme, Amor, si eras querida hasta el agua inmanente de tu pozo o hasta el penacho tornadizo y fágil de tu naranjo en flor. Yo, sintiéndome bien en la aromática vecindad de tus hombros y en la limpia fragancia de tus brazos, te diría quererte más allá de las torres gemelas. Dejarías entonces en la bárbara novedad de mi frente el beso inaccesible a mi experiencia licenciosa y fúnebre. ¿Por qué en la tarde inválida, cuando los niños pasan por tu reja, yo no soy una casta pequeñez en tus manos adictas y junto a la eficacia de tu boca?
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Ser una casta pequeñez...
E tu, ansiosa por te afogar, Foste apanhada na corrente Deste teu precioso mar. À superfície da água salgada, Onde te deixavas flutuar, Saíram das mais ínfimas profundezas Mil duzentos e sete braços Ansiosos por te abraçar. Envoltos num corpo inanimado, Não o deixaram recuar. Nunca mais deu à costa, Nem soube o que era respirar. Pois peso morto sempre naufraga E não há volta a dar. Mas há coisas que não têm peso E são mais difíceis de afundar... Descem, e logo voltam à tona   Como se estivessem a ressuscitar. Dizem que a mulher que lá entrou, Naquele tenebroso mar, Entrou criança   E foi feita sereia. Não sei o que lhes deu essa ideia, Talvez estejam obcecados com a mudança. Talvez pela forma como o seu corpo balança Por entre as ondas da maré cheia. Quem espera sempre alcança... Numa noite escura,   num silêncio de levar à loucura, Num céu envolto em trevas onde nem espreitava o luar... Avistaram uma sereia em pleno alto mar. Dizem que o seu canto, Simultaneamente belo e perigoso, Fazia qualquer homem desesperar. Como sou mulher, cética e descrente, Com olhar atento mas duvidoso, Nunca cheguei a acreditar.   Iludidos! Aqui está mais uma prova, Os homens são muito fáceis de enganar. Nem se aperceberam que eram gritos   Aquilo que se espalhava pelo ar, Os seus e o dela. O som do massacre com que ela os iria brindar. A única diferença é que os gritos da sereia Eram de puro prazer, E os gritos dos homens Eram de puro sofrer. A única diferença é que ela ia sobreviver, Para ver outro dia nascer,   Para ter mais uma história que escrever. Iludidos!   Não podem ver uma mulher que já não sabem pensar. E ela, inteligente, usa esse instinto contra eles,   para os convencer a mergulhar. Assim, num mar de tinta vermelha Habituara-se a sereia a nadar. A cada morte ria mais alto, “Tanta ignorância ali jaz a boiar”, E ria, como se os seus pulmões fossem estourar, Com uma ingenuidade encantadora   De quem não sabe que está a pecar. Dançava, louca e despreocupada, Por entre centenas de corpos desfeitos Que corriam na sua água, doce e salgada, Livre de amarras e preconceitos. Dizem que em noites de tempestade, Por entre o caos da trovoada, Ecoam os gritos de uma sereia Juntamente com a sua doce risada. “Não há homem neste mundo Capaz de me tocar Sem eu o petrificar. Ainda bem que os braços Que me envolveram, No fim de tudo, Foram os de uma deusa Chamada Mar”.
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Mar 12, 2022
Mar 12, 2022 at 8:55 AM UTC
Deusa do Mar
E tu, ansiosa por te afogar, Foste apanhada na corrente Deste teu precioso mar. À superfície da água salgada, Onde te deixavas flutuar, Saíram das mais ínfimas profundezas Mil duzentos e sete braços Ansiosos por te abraçar. Envoltos num corpo inanimado, Não o deixaram recuar. Nunca mais deu à costa, Nem soube o que era respirar. Pois peso morto sempre naufraga E não há volta a dar. Mas há coisas que não têm peso E são mais difíceis de afundar... Descem, e logo voltam à tona   Como se estivessem a ressuscitar. Dizem que a mulher que lá entrou, Naquele tenebroso mar, Entrou criança   E foi feita sereia. Não sei o que lhes deu essa ideia, Talvez estejam obcecados com a mudança. Talvez pela forma como o seu corpo balança Por entre as ondas da maré cheia. Quem espera sempre alcança... Numa noite escura,   num silêncio de levar à loucura, Num céu envolto em trevas onde nem espreitava o luar... Avistaram uma sereia em pleno alto mar. Dizem que o seu canto, Simultaneamente belo e perigoso, Fazia qualquer homem desesperar. Como sou mulher, cética e descrente, Com olhar atento mas duvidoso, Nunca cheguei a acreditar.   Iludidos! Aqui está mais uma prova, Os homens são muito fáceis de enganar. Nem se aperceberam que eram gritos   Aquilo que se espalhava pelo ar, Os seus e o dela. O som do massacre com que ela os iria brindar. A única diferença é que os gritos da sereia Eram de puro prazer, E os gritos dos homens Eram de puro sofrer. A única diferença é que ela ia sobreviver, Para ver outro dia nascer,   Para ter mais uma história que escrever. Iludidos!   Não podem ver uma mulher que já não sabem pensar. E ela, inteligente, usa esse instinto contra eles,   para os convencer a mergulhar. Assim, num mar de tinta vermelha Habituara-se a sereia a nadar. A cada morte ria mais alto, “Tanta ignorância ali jaz a boiar”, E ria, como se os seus pulmões fossem estourar, Com uma ingenuidade encantadora   De quem não sabe que está a pecar. Dançava, louca e despreocupada, Por entre centenas de corpos desfeitos Que corriam na sua água, doce e salgada, Livre de amarras e preconceitos. Dizem que em noites de tempestade, Por entre o caos da trovoada, Ecoam os gritos de uma sereia Juntamente com a sua doce risada. “Não há homem neste mundo Capaz de me tocar Sem eu o petrificar. Ainda bem que os braços Que me envolveram, No fim de tudo, Foram os de uma deusa Chamada Mar”.
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La noche es una copa de mal. Un silbo agudo del guardia la atraviesa, cual vibrante alfiler. Oye, tú, mujerzuela, ¿cómo, si ya te fuiste, la onda aún es negra y me hace aún arder? La Tierra tiene bordes de féretro en la sombra. Oye, tú, mujerzuela, no vayas a volver. A carne nada, nada en la copa de sombra que me hace aún doler; mi carne nada en ella, como en un pantanoso corazón de mujer. Ascua astral... He sentido secos roces de arcilla sobre mi loto diáfano caer. Ah, mujer! Por ti existe la carne hecha de instinto. Ah mujer! Por eso ¡oh, ***** cáliz! aun cuando ya te fuiste, me ahogo con el polvo; y piafan en mis carnes más ganas de beber!
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La copa negra
¿Existirá? ¡Quién sabe! Mi instinto la presiente; dejad que yo la alabe previamente. Alerta el violín del querubín y susceptible al manzano terrenal, será a la vez risueña y gemebunda, como el agua profunda. Su índice y su pulgar, con una esbelta cruz, esbelto persignar. Diagonal de su busto, cadena alternativa de mirtos y nardos, mientras viva. Si en el nardo canónico o en el mirto me ofusco, Ella adivinará la flor que busco; y, convicta e invicta, esforzará su celo en serme, llanamente, barro para mi barro y azul para mi cielo. Próvida cual ciruela, del profano compás siempre ha de pedir más. Retozará en el césped, cual las fieras del Baco de Rubens; y luego... la paloma que baja de las nubes. Riéndose, solemne; y quebrándose, indemne. Que me sea total y parcial, periférica y central; y que al soltar mi mano la antorcha de la vida, con la antorcha caída prenda fuego a mis lacios cabellos, que han sido antes ludibrio de las uñas de las bacantes. Que me rece con rezos abundantes y con lágrimas pocas; más negra de su alma que de sus tocas.
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Dejad que la alabe...
Jesús no vino del mundo de «los cielos». Vino del propio fondo de las almas; de donde anida el yo: de las regiones internas del Espíritu.¿Por qué buscarle encima de las nubes? Las nubes no son el trono de los dioses. ¿Por qué buscarle en los candentes astros? Llamas son como el sol que nos alumbra, orbes, de gases inflamados... Llamas nomás. ¿Por qué buscarle en los planetas? Globos son como el nuestro, iluminados por una estrella en cuyo torno giran.Jesús vino de donde vienen los pensamientos más profundos y el más remoto instinto. No descendió: emergió del océano sin fin del subconsciente; volvió a él, y ahí está, sereno y puro. Era y es un eón. El que se adentra osado en el abismo sin playas de sí mismo, con la luz del amor, ese le encuentra.
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Jesús
Melancólicamente, en tu faz contraída                                                       reflejando el dolor, piensas en lo monótona que transcurre tu vida                                                       sin placer, sin amor... Entristecida miras que duplica el espejo                                                       tu estatuaria triunfal, porque te ves desnuda, sin que esboce le reflejo                                                       a un amante ideal... ¡Y te encuentras muy sola en tu lecho impoluto,                                                       tu lecho virginal! Y en tu alma, la pena prende un jirón de luto,                                                       un paño funeral... En tus noches insomnes, todo tu ser se agita                                                       por el ansia sensual, y lentamente mira que tu faz se marchita,                                                       pobre rosa otoñal... En tus desesperadas horas, cuando palpita                                                       y arde tu carne de mujer soberbia y vehemente, quisieras ser maldita                                                       sacerdotisa del placer, y, sumisa al instinto pagano en ti despierto,                                                       amar hasta desfallecer... ¡y no hay una caricia para tu desconcierto,                                                       ni un gran abrazo te hace arder! Pide una mano trémula que la estruje y arranque                                                       la flor de tu virginidad, y, como un loto abierto en la paz de un estanque,                                                       lloras tu inmensa soledad... ¡Cuántas veces entornas los ojos dulcemente,                                                       y, en azul embriaguez, sueñas en que te inician en el misterio ardiente                                                       una y otra vez!... Y tus dedos, que piensas, febril que son ajenos,                                                       una caricia divinal. Ponen sobre las combas sedeñas de tus senos,                                                       con lentitudes de ritual... Y contemplan tu ardor vibrante, condenada                                                       a la esterilidad, y sientes que le besa la boca descarnada                                                       de la fatalidad... ¡Y en vano! El frío lecho donde suspiras sola,                                                       sabe de tu dolor, y ante un ara quimérica tu juventud se inmola,                                                       igual que una áurea flor... Pobre rosa estrujada, virgen entristecida:                                                       Fundado en tu pavor al ver lo estérilmente que se te va la vida,                                                       sin placer, sin amor!...
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Rosa del otoño
Melancólicamente, en tu faz contraída                                                       reflejando el dolor, piensas en lo monótona que transcurre tu vida                                                       sin placer, sin amor... Entristecida miras que duplica el espejo                                                       tu estatuaria triunfal, porque te ves desnuda, sin que esboce le reflejo                                                       a un amante ideal... ¡Y te encuentras muy sola en tu lecho impoluto,                                                       tu lecho virginal! Y en tu alma, la pena prende un jirón de luto,                                                       un paño funeral... En tus noches insomnes, todo tu ser se agita                                                       por el ansia sensual, y lentamente mira que tu faz se marchita,                                                       pobre rosa otoñal... En tus desesperadas horas, cuando palpita                                                       y arde tu carne de mujer soberbia y vehemente, quisieras ser maldita                                                       sacerdotisa del placer, y, sumisa al instinto pagano en ti despierto,                                                       amar hasta desfallecer... ¡y no hay una caricia para tu desconcierto,                                                       ni un gran abrazo te hace arder! Pide una mano trémula que la estruje y arranque                                                       la flor de tu virginidad, y, como un loto abierto en la paz de un estanque,                                                       lloras tu inmensa soledad... ¡Cuántas veces entornas los ojos dulcemente,                                                       y, en azul embriaguez, sueñas en que te inician en el misterio ardiente                                                       una y otra vez!... Y tus dedos, que piensas, febril que son ajenos,                                                       una caricia divinal. Ponen sobre las combas sedeñas de tus senos,                                                       con lentitudes de ritual... Y contemplan tu ardor vibrante, condenada                                                       a la esterilidad, y sientes que le besa la boca descarnada                                                       de la fatalidad... ¡Y en vano! El frío lecho donde suspiras sola,                                                       sabe de tu dolor, y ante un ara quimérica tu juventud se inmola,                                                       igual que una áurea flor... Pobre rosa estrujada, virgen entristecida:                                                       Fundado en tu pavor al ver lo estérilmente que se te va la vida,                                                       sin placer, sin amor!...
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Esta década he perdido al amor de mi vida. Y puedes decir que soy joven, pero no, mi estimado lector. Uno nace con un instinto que registra la entrada de el verdadero amor a nuestras vidas. Instinto que hace incapaz la acción de olvidar dicho amor ya tenga uno 17, 35 o 60 años de edad. Perdón, querido lector, debe estar cansado ya de escuchar la misma historia, de oír la misma canción de desamor pero es la única que tengo y la única que en verdad importa. Sabe usted lo que es perder el amor de su vida a los veinte años de edad? Saber que me queda toda una vida por delante, pero una vida con el vacío del tamaño de la luna. Una vida que viviré en la sombra de un "como habría sido con ella..." Con la vida que llevo hubiese podido ser feliz con ella al menos cincuenta años más. Sin importar dónde, hubiese podido tenerla en mis brazos por 18,262 noches. Podría haber vivido 438,288 horas de tranquilidad sabiendo que es ella quien me espera en casa. Hubiese podido saber que era mía hasta el último momento que mi mirada le buscara para que una última vez me llenara de paz como solo ella sabía hacerlo. Y eso es lo más triste, querido lector, Yo no sabré que calles ella pisa. Que cafés frecuenta ni con quien. No sabré que atardeceres mira. Ni sabré quién le abre la puerta. Ella no sabrá dónde vivo. Lo peor de todo es que no me vera morir.
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Jan 5, 2020
Jan 5, 2020 at 10:25 AM UTC
Te Perdí