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"iban" poems
Sala bala ang mangimon Kapin pa pag may rason Buang na ina bala dayon Kung nagpalangga ka lang halin sa tagipusuon Adlaw2x himuon ang tanan Mabal-an lang ang kabutigan Madakpan lang nga ginaluiban Sang nobyo nga ginahalungan Kung wala gid man dapat pangimunan Ti ngaa indi gid mahimo palayuan Kung wala gid man sila Ngaa himu-himuan ka pa storya nila Kung sobra ka man sa reaksiyon Ti kay bali2x man ang rason Kung gulpi ka lang daun gadesisyon Sa ulihi ikaw pa ang kontrahon Tuod nga indi mo gid malikawan Mga tawo nga indi ka gid maintsindihan Di bala mas mayo na lang ang imunan Kis-a sa panghatag-hatag ka lang sa iban
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Jan 17, 2016
Jan 17, 2016 at 6:18 AM UTC
Nobya Nga Maimon
Oh Papa Francisco, Supremo ng Simbahan Ang iya pagtambong daw ano ka bulahan Siya naghatag kalipay sa aton duog Matapos ang makakulugmat nga bagyo kg linog Gani sa una nga adlaw sg iya pagbisita Bisan gab-i don madamo guihapon nakita Nga mga Pilipino nga nagdulog sa iya alagyan Agud siya sugaton kg amligan Sa ikaduha nga adlaw sg iya pag-abot Iya gin-akigan mga pulitiko nga kurakot Iya ginpahanumdom ang pagtatap sa mga karnero Iya ginlaygayan ang mga pamilya nga Pilipino Sa ikatatlo nga adlaw niya sa pungsod Iya ginpahagan-hagan ang mga nagakalisod Iya ginbendisyunan mga biktima sg kalamidad Iya ginhatagan puloy-an mga imol sa komunidad Sa ikaapat nga adlaw niya diri sa aton nasyon Iya ginpakigkita mga lideres sg iban nga relihiyon Iya gin-ulu-ulo mga kabataaan nga nagpa-utwas Iya ginpangamuyuan ang bilog nga Pilipinas Gani sa ulihi nga adlaw sg iya pagkari Madamo sa guihapon nagbantay sa iya diri Sin-o bala ang magakalipat sa isa ka Santo Papa Nga bisan may bagyo sa guihapon nagbisita Bisan iban nga relihiyon sa iya nagsaludo Kay iya ginpamatud-an nga siya para sa tawo Matuod guid nga kay Hesukristo siya tiglawas Salamat Papa Francisco sa kabalaka sa Pilipinas! -01/21/2015 (Dumarao) *Pope Francis Fever Collection
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Sep 21, 2019
Sep 21, 2019 at 9:45 PM UTC
Legasiya ni Papa Francisco sa Pilipinas
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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El seminarista de los ojos negros
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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Viendo a Garrik -actor de la Inglaterra- el pueblo al aplaudirlo le decía: «Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz...»                                  Y el cómico reía. Víctimas del spleen, los altos lores, en sus noches más negras y pesadas, iban a ver al rey de los actores y cambiaban su spleen en carcajadas. Una vez, ante un médico famoso, llegóse un hombre de mirar sombrío: «Sufro -le dijo-, un mal tan espantoso como esta palidez del rostro mío.»Nada me causa encanto ni atractivo; no me importan mi nombre ni mi suerte en un eterno spleen muriendo vivo, y es mi única ilusión, la de la muerte».-Viajad y os distraeréis.                                               - ¡Tanto he viajado! -Las lecturas buscad.                                           -¡Tanto he leído! -Que os ame una mujer.                                                 -¡Si soy amado! -¡Un título adquirid!                                       -¡Noble he nacido! -¿Pobre seréis quizá?                                           -Tengo riquezas -¿De lisonjas gustáis?                                           -¡Tantas escucho! -¿Que tenéis de familia?                                               -Mis tristezas -¿Vais a los cementerios?                                                 -Mucho... mucho... -¿De vuestra vida actual, tenéis testigos? -Sí, mas no dejo que me impongan yugos; yo les llamo a los muertos mis amigos; y les llamo a los vivos mis verdugos.-Me deja -agrega el médico- perplejo vuestro mal y no debo acobardaros; Tomad hoy por receta este consejo: sólo viendo a Garrik, podréis curaros. -¿A Garrik?                         -Sí, a Garrik... La más remisa y austera sociedad le busca ansiosa; todo aquél que lo ve, muere de risa: tiene una gracia artística asombrosa.-¿Y a mí, me hará reír?                                               -¡Ah!, sí, os lo juro, él sí y nadie más que él; mas... ¿qué os inquieta? -Así -dijo el enfermo- no me curo; ¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.¡Cuántos hay que, cansados de la vida, enfermos de pesar, muertos de tedio, hacen reír como el actor suicida, sin encontrar para su mal remedio!¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora! ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe, porque en los seres que el dolor devora, el alma gime cuando el rostro ríe!Si se muere la fe, si huye la calma, si sólo abrojos nuestra planta pisa, lanza a la faz la tempestad del alma, un relámpago triste: la sonrisa.El carnaval del mundo engaña tanto, que las vidas son breves mascaradas; aquí aprendemos a reír con llanto y también a llorar con carcajadas.
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Reír llorando
Viendo a Garrik -actor de la Inglaterra- el pueblo al aplaudirlo le decía: «Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz...»                                  Y el cómico reía. Víctimas del spleen, los altos lores, en sus noches más negras y pesadas, iban a ver al rey de los actores y cambiaban su spleen en carcajadas. Una vez, ante un médico famoso, llegóse un hombre de mirar sombrío: «Sufro -le dijo-, un mal tan espantoso como esta palidez del rostro mío.»Nada me causa encanto ni atractivo; no me importan mi nombre ni mi suerte en un eterno spleen muriendo vivo, y es mi única ilusión, la de la muerte».-Viajad y os distraeréis.                                               - ¡Tanto he viajado! -Las lecturas buscad.                                           -¡Tanto he leído! -Que os ame una mujer.                                                 -¡Si soy amado! -¡Un título adquirid!                                       -¡Noble he nacido! -¿Pobre seréis quizá?                                           -Tengo riquezas -¿De lisonjas gustáis?                                           -¡Tantas escucho! -¿Que tenéis de familia?                                               -Mis tristezas -¿Vais a los cementerios?                                                 -Mucho... mucho... -¿De vuestra vida actual, tenéis testigos? -Sí, mas no dejo que me impongan yugos; yo les llamo a los muertos mis amigos; y les llamo a los vivos mis verdugos.-Me deja -agrega el médico- perplejo vuestro mal y no debo acobardaros; Tomad hoy por receta este consejo: sólo viendo a Garrik, podréis curaros. -¿A Garrik?                         -Sí, a Garrik... La más remisa y austera sociedad le busca ansiosa; todo aquél que lo ve, muere de risa: tiene una gracia artística asombrosa.-¿Y a mí, me hará reír?                                               -¡Ah!, sí, os lo juro, él sí y nadie más que él; mas... ¿qué os inquieta? -Así -dijo el enfermo- no me curo; ¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.¡Cuántos hay que, cansados de la vida, enfermos de pesar, muertos de tedio, hacen reír como el actor suicida, sin encontrar para su mal remedio!¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora! ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe, porque en los seres que el dolor devora, el alma gime cuando el rostro ríe!Si se muere la fe, si huye la calma, si sólo abrojos nuestra planta pisa, lanza a la faz la tempestad del alma, un relámpago triste: la sonrisa.El carnaval del mundo engaña tanto, que las vidas son breves mascaradas; aquí aprendemos a reír con llanto y también a llorar con carcajadas.
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Cuando has bebido tanto y juras que se puede ver su nombre en la parte inferior de la botella, de repente estás perforando tu puño a través de la pared seca y hablando en voz alta, tal vez ella podria responder, tal vez va a traerla de vuelta. ¿Cómo se puede creer que los sueños son al azar?, te levantas pensando que todavía puedes oler en sus hojas su recuerdo y tu almohada aun contiene cabellos, y que tal vez el lugar donde ella vuelva no es el sueño, tal vez el sueño es la parte en la que ella llegó por primera vez. Sigues mirando sus manos y no puedes recordar cómo temblaban, por que lo hacian, y por qué siempre lo hicieron por ti y ahora no está temblando, porque ahora no está, pero debido a que su sonrisa no dejará tu mente y cada vez esa canción regresa a ti, debes volver a escuchar su risa de nuevo y esta vez uedarte perplejo en esos tonos para siempre. Caminas por la calle y piensas que puedes ver su cabello rizado y su piel pálida pero recuerdas que se ha ido, pero ella no se ha ido porque todavía le puedes degustar cada vez que bebes whisky, vino tinto o nada. En realidad, no puedes recordar nada más que ella. Puedes saborearla en los labios como si estuviera todavía aquí contigo pero sin ella. Siempre se arruina por el recuerdo de su abandono y los brazos se sienten vacíos, aunque ella se había ido antes de que realmente se fuera para pregúntarse, como puedes leer en los libros más de lo que dices. No es porque mis ojos sólo ven su nombre, no es porque cada palabra en la página me recuerda a decir a mí mismo, a la razón, que nunca se podrá escribir más, y su nombre dejará de ser recordado. La forma en que él se aferró a sus caderas con tanta fuerza como si estuviera asustado. Iban a volar lejos y tal vez debió ser así, siempre quiso volar con ella, pero ella era demasiado frágil y el viento, por envidia, les hizo tomar su distancia. Fué la forma más difícil de separarse de ella. Ha intentado hacer lo que hiciste, y el viento pudo mas que tu, de ésta manera quedaste triste y ella por fin se fue a la luz.
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Sep 5, 2015
Sep 5, 2015 at 11:00 PM UTC
La última vez que sueñas con ella para nunca más volver a hacerlo.
Cuando has bebido tanto y juras que se puede ver su nombre en la parte inferior de la botella, de repente estás perforando tu puño a través de la pared seca y hablando en voz alta, tal vez ella podria responder, tal vez va a traerla de vuelta. ¿Cómo se puede creer que los sueños son al azar?, te levantas pensando que todavía puedes oler en sus hojas su recuerdo y tu almohada aun contiene cabellos, y que tal vez el lugar donde ella vuelva no es el sueño, tal vez el sueño es la parte en la que ella llegó por primera vez. Sigues mirando sus manos y no puedes recordar cómo temblaban, por que lo hacian, y por qué siempre lo hicieron por ti y ahora no está temblando, porque ahora no está, pero debido a que su sonrisa no dejará tu mente y cada vez esa canción regresa a ti, debes volver a escuchar su risa de nuevo y esta vez uedarte perplejo en esos tonos para siempre. Caminas por la calle y piensas que puedes ver su cabello rizado y su piel pálida pero recuerdas que se ha ido, pero ella no se ha ido porque todavía le puedes degustar cada vez que bebes whisky, vino tinto o nada. En realidad, no puedes recordar nada más que ella. Puedes saborearla en los labios como si estuviera todavía aquí contigo pero sin ella. Siempre se arruina por el recuerdo de su abandono y los brazos se sienten vacíos, aunque ella se había ido antes de que realmente se fuera para pregúntarse, como puedes leer en los libros más de lo que dices. No es porque mis ojos sólo ven su nombre, no es porque cada palabra en la página me recuerda a decir a mí mismo, a la razón, que nunca se podrá escribir más, y su nombre dejará de ser recordado. La forma en que él se aferró a sus caderas con tanta fuerza como si estuviera asustado. Iban a volar lejos y tal vez debió ser así, siempre quiso volar con ella, pero ella era demasiado frágil y el viento, por envidia, les hizo tomar su distancia. Fué la forma más difícil de separarse de ella. Ha intentado hacer lo que hiciste, y el viento pudo mas que tu, de ésta manera quedaste triste y ella por fin se fue a la luz.
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Alta sobre la tierra te pusieron, dura, hermosa araucaria de los australes montes, torre de Chile, ***** del territorio verde, pabellón del invierno, nave de la fragancia. Ahora, sin embargo, no por bella te canto, sino por el racimo de tu especie, por tu fruta cerrada, por tu piñón abierto. Antaño, antaño fue cuando sobre los indios se abrió como una rosa de madera el colosal puñado de tu puño, y dejó sobre la mojada tierra los piñones: harina, pan silvestre del indomable Arauco. Ved la guerra: armados los guerreros de Castilla y sus caballos de galvánicas crines y frente a ellos el grito de los desnudos héroes, voz del fuego, cuchillo de dura piedra parda, lanzas enloquecidas en el bosque, tambor, tambor sagrado, y adentro de la selva el silencio, la muerte replegándose, la guerra. Entonces, en el último bastión verde, dispersas por la fuga, las lanzas de la selva se reunieron bajo las araucarias espinosas. La cruz, la espada, el hambre iban diezmando la familia salvaje. Terror, terror de un golpe de herraduras, latido de una hoja, viento, dolor y lluvia. De pronto se estremeció allá arriba la araucaria araucana, sus ilustres raíces, las espinas hirsutas del poderoso pabellón tuvieron un movimiento ***** de batalla: rugió como una ola de leones todo el follaje de la selva dura y entonces cayó una marejada de piñones: los anchos estuches se rompieron contra la tierra, contra la piedra defendida y desgranaron su fruta, el pan postrero de la patria. Así la Araucanía recompuso sus lanzas de agua y oro, zozobraron los bosques bajo el silbido del valor resurrecto y avanzaron las cinturas violentas como rachas, las plumas incendiarias del Cacique: piedra quemada y flecha voladora atajaron al invasor de hierro en el camino. Araucaria, follaje de bronce con espinas, gracias te dio la ensangrentada estirpe, gracias te dio la tierra defendida, gracias, pan de valientes, alimento escondido en la mojada aurora de la patria: corona verde, pura madre de los espacios, lámpara del frío territorio, hoy dame tu luz sombría, la imponente seguridad enarbolada sobre tus raíces y abandona en mi canto la herencia y el silbido del viento que te toca, del antiguo y huracanado viento de mi patria. Deja caer en mi alma tus granadas para que las legiones se alimenten de tu especie en mi canto. Árbol nutricio, entrégame la terrenal argolla que te amarra a la entraña lluviosa de la tierra, entrégame tu resistencia, el rostro y las raíces firmes contra la envidia, la invasión, la codicia, el desacato. Tus armas deja y vela sobre mi corazón, sobre los míos, sobre los hombros de los valerosos, porque a la misma luz de hojas y aurora, arenas y follajes, yo voy con las banderas al llamado profundo de mi pueblo! Araucaria araucana, aquí me tienes!
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Oda a la araucaria araucana
Alta sobre la tierra te pusieron, dura, hermosa araucaria de los australes montes, torre de Chile, ***** del territorio verde, pabellón del invierno, nave de la fragancia. Ahora, sin embargo, no por bella te canto, sino por el racimo de tu especie, por tu fruta cerrada, por tu piñón abierto. Antaño, antaño fue cuando sobre los indios se abrió como una rosa de madera el colosal puñado de tu puño, y dejó sobre la mojada tierra los piñones: harina, pan silvestre del indomable Arauco. Ved la guerra: armados los guerreros de Castilla y sus caballos de galvánicas crines y frente a ellos el grito de los desnudos héroes, voz del fuego, cuchillo de dura piedra parda, lanzas enloquecidas en el bosque, tambor, tambor sagrado, y adentro de la selva el silencio, la muerte replegándose, la guerra. Entonces, en el último bastión verde, dispersas por la fuga, las lanzas de la selva se reunieron bajo las araucarias espinosas. La cruz, la espada, el hambre iban diezmando la familia salvaje. Terror, terror de un golpe de herraduras, latido de una hoja, viento, dolor y lluvia. De pronto se estremeció allá arriba la araucaria araucana, sus ilustres raíces, las espinas hirsutas del poderoso pabellón tuvieron un movimiento ***** de batalla: rugió como una ola de leones todo el follaje de la selva dura y entonces cayó una marejada de piñones: los anchos estuches se rompieron contra la tierra, contra la piedra defendida y desgranaron su fruta, el pan postrero de la patria. Así la Araucanía recompuso sus lanzas de agua y oro, zozobraron los bosques bajo el silbido del valor resurrecto y avanzaron las cinturas violentas como rachas, las plumas incendiarias del Cacique: piedra quemada y flecha voladora atajaron al invasor de hierro en el camino. Araucaria, follaje de bronce con espinas, gracias te dio la ensangrentada estirpe, gracias te dio la tierra defendida, gracias, pan de valientes, alimento escondido en la mojada aurora de la patria: corona verde, pura madre de los espacios, lámpara del frío territorio, hoy dame tu luz sombría, la imponente seguridad enarbolada sobre tus raíces y abandona en mi canto la herencia y el silbido del viento que te toca, del antiguo y huracanado viento de mi patria. Deja caer en mi alma tus granadas para que las legiones se alimenten de tu especie en mi canto. Árbol nutricio, entrégame la terrenal argolla que te amarra a la entraña lluviosa de la tierra, entrégame tu resistencia, el rostro y las raíces firmes contra la envidia, la invasión, la codicia, el desacato. Tus armas deja y vela sobre mi corazón, sobre los míos, sobre los hombros de los valerosos, porque a la misma luz de hojas y aurora, arenas y follajes, yo voy con las banderas al llamado profundo de mi pueblo! Araucaria araucana, aquí me tienes!
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walang ibang alam kundi ika'y mahalin; wala na iban nga nabal-an kundi san-o ako mahalin
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Oct 2, 2017
Oct 2, 2017 at 10:46 AM UTC
to love; to leave
Las hadas, las bellas hadas, existen, mi dulce niña, Juana de Arco las vio aladas, en la campiña. Las vio al dejar el mirab, ha largo tiempo, Mahoma. Más chica que una paloma, Shakespeare vio a la Reina Mab. Las hadas decían cosas en la cuna de las princesas antiguas: que si iban a ser dichosas o bellas como la luna; o frases raras y ambiguas. Con sus diademas y alas, pequeñas como azucenas, había hadas que eran buenas y había hadas que eran malas. Y había una jorobada, la de profecía odiosa: la llamada Carabosa. Si ésta llegaba a la cuna de las suaves princesitas, no se libraba ninguna de sus palabras malditas. Y esa hada era muy fea, como son feos toda mala idea y todo mal corazón. Cuando naciste, preciosa, no tuviste hadas paganas, ni la horrible Carabosa ni sus graciosas hermanas. Ni Mab, que en los sueños anda, ni las que celebran fiesta en la mágica floresta de Brocelianda. Y, ¿sabes tú, niña mía, por qué ningún hada había? Porque allí estaba cerca de ti quien tu nacer bendecía: Reina más que todas ellas: la Reina de las Estrellas, la dulce Virgen María. Que ella tu senda bendiga, como tu Madre y tu amiga; con sus divinos consuelos no temas infernal guerra; que perfume tus anhelos su nombre que el mal destierra, pues ella aroma los cielos y la tierra.
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Pequeño poema infantil
Viendo fotografías tuyas, descubrí senderos que se me olvidaron existían Observando tus fotografías, descubrí que siempre fuiste a un paso acelerado y en mi encierro, perdí tu silueta, perdí los sentidos… perdí el paso Unidas bajo el sello de un primer amor nos hicimos de ideas que iban más allá de nuestras manos Y por un momento estuvimos en el mismo plano. Viendo tus fotografías, vi paisajes que solo puedo ver en momentos encerrados Observando bien las fotografías, pude notar como el tiempo te ha tratado Tus fotografías me hablan y yo les hablo a ellas, les digo todo lo que en mi boca se deshace cuando mis sentidos te sienten cerca Lo suficientemente cerca… Observando fotografías tuyas, quise imaginarme en cada una de ellas, pero vas demasiado rápido, yo sigo haciendo de los errores el especial del día, y sigo perdiendo el paso No te puedo detener, No tengo control y de toda esta aventura, eso de ti me fascina No quiero detenerte, Quiero por un momento eterno alcanzarte y en la misma página del libro de la vida encontrarte Después de todo, ¿quien puede detener el mar?
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Aug 22, 2014
Aug 22, 2014 at 4:07 PM UTC
Fotografías
Un año antes del día, designado era El mancebo sin tacha, cuyo cuerpo, Perfecto igual en proporción que en alma, Mantenían en delicia, y aprendía A tañer flautas, cortar cañas de humo, Recoger flores, aspirando su aroma, Con gracia cortesana a expresarse y moverse. Estaba luego su jornada exenta De otro cuidado, e iba, ocioso y libre, Por la espalda la cabellera oscura, Ornado de guirnaldas y metales El cuerpo, como el de un dios ungido, Y a su paso los otros en honor le tenían Hasta besar la tierra que pisaba. Veinte días antes del día, desnuda ahora La piel de los perfumes, afeites y resinas, El cabello cortado como aquel de un guerrero, Las galas ya trocadas por más simple atavío, Puro en el cuerpo como puro en la mente, Cuatro doncellas bajo nombres de diosas Para acceso carnal destinadas le eran. Cinco días antes del día, las finales Fiestas le aderezaban, en jardines De la ciudad, el campo, la colina y el lago, Por cuyas aguas iba la falúa entoldada, Con él y sus mujeres, para darle consuelo Antes de desertarle, y en la ribera opuesta Quedaba sólo al fin, sin afectos ni bienes. Sobre cada escalón, en la pirámide del llano, Cada una de las flautas tañidas por el gozo, Rotas entre sus dedos, iban cayendo, Hasta alcanzar el templo de la cima, A cuyo umbral estaba el sacerdote: Como una de sus cañas, allí, rota la vida, Quedaba en su hermosura para siempre.
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El elegido
Querer que todo termine, que todo lo malo acabe. Que todo lo que odiaba, se fuera de una vez. Pero y que si ella se odiaba? ¿También tendría que irse? ¿Tenía que hacerlo? Sentía la necesidad de acabar con todo. Con cada una de las cosas malas que la rodeaban. Sentia la necesidad de darse la paz que merecía. Aún sabiendo que si se daba la paz que merecía, le quitaría la paz a los demás. Eso la hacia sentir aun más egoísta. De por sí lo era con sus pensamientos, mas con sus acciones. Se sentía miserable al tener tantos pensamientos negativos, pero mas que negativos era lo que sentía, no podia controlarlos. "Miserable y egoísta". Pero a la misma vez se preguntaba: "¿Qué es mas egoista, si dejarme aquí viviendo todo esto o de una vez por todas darme paz y y tranquilidad?" "¿Esto realmente me hace egoísta?" Pero para su desgracia, sus preguntas jamás iban a tener la respuesta que ella necesitaba. Al final, nunca llego la respuesta... o tal vez llego, pero ya era muy tarde.
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Jul 29, 2014
Jul 29, 2014 at 2:46 AM UTC
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Anoche, unos abriles granas capitularon ante mis mayos desarmados de juventud; los marfiles histéricos de su beso me hallaron muerto; y en un suspiro de amor los enjaulé. Espiga extraña, dócil. Sus ojos me asediaron una tarde amaranto que dije un canto a sus cantos; y anoche, en medio de los brindis, me hablaron las dos lenguas de sus senos abrasadas de sed. Pobre trigueña aquella; pobres sus armas; pobres sus velas cremas que iban al tope en las salobres espumas de un marmuerto. Vencedora y vencida, se quedó pensativa y ojerosa y granate. Yo me partí de aurora. Y desde aquel combate, de noche entran dos sierpes esclavas a mi vida.
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Capitulación
Estando yo en la mi choza   pintando la mi cayada, las cabrillas altas iban   y la luna rebajada; mal barruntan las ovejas,   no paran en la majada. Vide venir siete lobos   por una oscura cañada. Venían echando suertes   cuál entrará a la majada; le tocó a una loba vieja,   patituerta, cana y parda, que tenía los colmillos   como ***** de navaja. Dio tres vueltas al redil   y no pudo sacar nada; a la otra  vuelta que dio,   sacó la borrega blanca, hija de la oveja churra,   nieta de la orejisana, la que tenían mis amos   para el domingo de Pascua. -¡Aquí, mis siete cachorros,   aquí, perra trujillana, aquí, perro el de los hierros,   a correr la loba parda! Si me cobráis la borrega,   cenaréis leche y hogaza; y si no me la cobráis,   cenaréis de mi cayada. Los perros tras de la loba   las uñas se esmigajaban; siete leguas la corrieron   por unas sierras muy agrias. Al subir un cotarrito   la loba ya va cansada: -Tomad, perros, la borrega,   sana y buena como estaba. -No queremos la borrega,   de tu boca alobadada, que queremos tu pelleja   pa' el pastor una zamarra; el rabo para correas,   para atacarse las bragas; de la cabeza un zurrón,   para meter las cucharas; las tripas para vihuelas   para que bailen las damas.
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Romance de la loba parda
Iban diez mil soldados bajo la lluvia y el cielo gris; diez mil rostros amargos bajo el casco de acero, marchando por el lodo sin fin. Uno solo, entre tantos, sonreía: era el soldado John Smith. Cuatro semanas antes, en el momento de partir, diez mil madres lloraban. Una sola sonreía, feliz. Una sola. ¿Sabéis quién era? -La madre del soldado John Smith. En su granja de Ohio, cuando la feria del maíz, una gitana de ojos remotos y brusco perfil, contempló largamente la mano de John Smith. -«Generales y emperadores se descubrirán ante ti… Veo un desfile de estandartes y un monumento en el confín… Hallarás la gloria en la guerra, John Smith». Bajo la lluvia y el cielo gris, marchan hacia la muerte diez mil hombres que no quieren morir. Sólo sonríe uno, alto, flaco, pecoso: se llama John Smith. Sólo una, entre diez mil manos, acaricia el fusil. Quisieran decir que no, diez mil bocas. Sólo una dice que sí. Son la mano y la boca del soldado John Smith. Y cuando un oficial desenfunda su sable y un hombrecillo sopla un clarín, el primero en calar la bayoneta y disponerse a combatir, el primero de todos, es el soldado John Smith. Y allá va, chapoteando en el fango, con un heroico frenesí. Se siente capaz de algo grande y seguro de no morir. Es el que siempre va delante: es… John Smith! Ya han muerto Jack, y **** y Denny. Y otros cien más. Y luego, mil. Pero él recuerda a la gitana, cuando la feria del maíz: «Hallarás la gloria en la guerra, John Smith!». Sí: es el único que sonríe… Pero deja de sonreír. Un asombro agranda sus ojos y su mano suelta el fusil. Con un hueco ***** en la frente, cae el soldado John Smith. Junto al viejo molino, de ruidosas aspas de zinc, en la abandonada trinchera que parece una cicatriz, se oye un ruido de palas y alguien dice: «Cavad aquí…» Hermoso sol, clara mañana de abril. Ya se van viendo los cadáveres de los que no querían morir. -Hay uno, con un hueco en la frente, junto a un oxidado fusil. Y es colocado en un suntuoso ataúd de marfil, y conducido solemnemente por los bulevares de París, y depositado en un monumento de mármol rosa y piedra gris. Generales y emperadores se descubren al pasar por allí, y resuenan las botas de los regimientos entre intermitentes toques de clarín: ¡en la tumba del Soldado Desconocido, reposa para siempre John Smith!
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Balada del soldado john smith
Iban diez mil soldados bajo la lluvia y el cielo gris; diez mil rostros amargos bajo el casco de acero, marchando por el lodo sin fin. Uno solo, entre tantos, sonreía: era el soldado John Smith. Cuatro semanas antes, en el momento de partir, diez mil madres lloraban. Una sola sonreía, feliz. Una sola. ¿Sabéis quién era? -La madre del soldado John Smith. En su granja de Ohio, cuando la feria del maíz, una gitana de ojos remotos y brusco perfil, contempló largamente la mano de John Smith. -«Generales y emperadores se descubrirán ante ti… Veo un desfile de estandartes y un monumento en el confín… Hallarás la gloria en la guerra, John Smith». Bajo la lluvia y el cielo gris, marchan hacia la muerte diez mil hombres que no quieren morir. Sólo sonríe uno, alto, flaco, pecoso: se llama John Smith. Sólo una, entre diez mil manos, acaricia el fusil. Quisieran decir que no, diez mil bocas. Sólo una dice que sí. Son la mano y la boca del soldado John Smith. Y cuando un oficial desenfunda su sable y un hombrecillo sopla un clarín, el primero en calar la bayoneta y disponerse a combatir, el primero de todos, es el soldado John Smith. Y allá va, chapoteando en el fango, con un heroico frenesí. Se siente capaz de algo grande y seguro de no morir. Es el que siempre va delante: es… John Smith! Ya han muerto Jack, y **** y Denny. Y otros cien más. Y luego, mil. Pero él recuerda a la gitana, cuando la feria del maíz: «Hallarás la gloria en la guerra, John Smith!». Sí: es el único que sonríe… Pero deja de sonreír. Un asombro agranda sus ojos y su mano suelta el fusil. Con un hueco ***** en la frente, cae el soldado John Smith. Junto al viejo molino, de ruidosas aspas de zinc, en la abandonada trinchera que parece una cicatriz, se oye un ruido de palas y alguien dice: «Cavad aquí…» Hermoso sol, clara mañana de abril. Ya se van viendo los cadáveres de los que no querían morir. -Hay uno, con un hueco en la frente, junto a un oxidado fusil. Y es colocado en un suntuoso ataúd de marfil, y conducido solemnemente por los bulevares de París, y depositado en un monumento de mármol rosa y piedra gris. Generales y emperadores se descubren al pasar por allí, y resuenan las botas de los regimientos entre intermitentes toques de clarín: ¡en la tumba del Soldado Desconocido, reposa para siempre John Smith!
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«Mirad: Un extranjero...» Yo los reconocía, siendo niño, en las calles por su no sé que ausente. Y era una extraña mezcla de susto y de alegría pensar que eran distintos al resto de la gente. Después crecí, soñando, sobre los libros viejos; corrí, de mapa en mapa, frenéticos azares, y al despertar, a veces, para viajar más lejos, inventaba a mi antojo más tierras y más mares. Entonces yo envidiaba, melancólicamente, a aquellos que se iban de verdad, en navíos de gordas chimeneas y casco reluciente, no en viajes ilusorios como los viajes míos. Y hoy, que quizás es tarde, con los cabellos grises, emprendo, como tantos, el viaje verdadero; y escucho que los niños de remotos países murmuran al mirarme: «Mirad: Un extranjero...»
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El extranjero
En Santa Gadea de Burgos do juran los hijosdalgo, allí toma juramento el Cid al rey castellano, sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo. Las juras eran tan recias que al buen rey ponen espanto. -Villanos te maten, rey, villanos, que no hidalgos; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; traigan capas aguaderas, no capuces ni tabardos; con camisones de estopa, no de holanda ni labrados; cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos, las riendas traigan de cuerda, no de cueros fogueados; mátente por las aradas, no en camino ni en poblado; con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; sáquente el corazón vivo, por el derecho costado, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si tú fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero de los suyos más privado: -Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor, ni Papa descomulgado. Jura entonces el buen rey que en tal nunca se ha hallado. Después habla contra el Cid malamente y enojado: -Mucho me aprietas, Rodrigo, Cid, muy mal me has conjurado, mas si hoy me tomas la jura, después besarás mi mano. -Aqueso será, buen rey, como fuer galardonado, porque allá en cualquier tierra dan sueldo a los hijosdalgo. -¡Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no me entres más en ellas, desde este día en un año! -Que me place -dijo el Cid-. que me place de buen grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno yo me destierro por cuatro. Ya se partía el buen Cid sin al rey besar la mano; ya se parte de sus tierras, de Vivar y sus palacios: las puertas deja cerradas, los alamudes echados, las cadenas deja llenas de podencos y de galgos; sólo lleva sus halcones, los pollos y los mudados. Con el iban los trescientos caballeros hijosdalgo; los unos iban a mula y los otros a caballo; todos llevan lanza en puño, con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas con borlas de colorado. Por una ribera arriba al Cid van acompañando; acompañándolo iban mientras él iba cazando.
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Romance ** es el de la jura de santa gadea
En Santa Gadea de Burgos do juran los hijosdalgo, allí toma juramento el Cid al rey castellano, sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo. Las juras eran tan recias que al buen rey ponen espanto. -Villanos te maten, rey, villanos, que no hidalgos; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; traigan capas aguaderas, no capuces ni tabardos; con camisones de estopa, no de holanda ni labrados; cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos, las riendas traigan de cuerda, no de cueros fogueados; mátente por las aradas, no en camino ni en poblado; con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; sáquente el corazón vivo, por el derecho costado, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si tú fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero de los suyos más privado: -Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor, ni Papa descomulgado. Jura entonces el buen rey que en tal nunca se ha hallado. Después habla contra el Cid malamente y enojado: -Mucho me aprietas, Rodrigo, Cid, muy mal me has conjurado, mas si hoy me tomas la jura, después besarás mi mano. -Aqueso será, buen rey, como fuer galardonado, porque allá en cualquier tierra dan sueldo a los hijosdalgo. -¡Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no me entres más en ellas, desde este día en un año! -Que me place -dijo el Cid-. que me place de buen grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno yo me destierro por cuatro. Ya se partía el buen Cid sin al rey besar la mano; ya se parte de sus tierras, de Vivar y sus palacios: las puertas deja cerradas, los alamudes echados, las cadenas deja llenas de podencos y de galgos; sólo lleva sus halcones, los pollos y los mudados. Con el iban los trescientos caballeros hijosdalgo; los unos iban a mula y los otros a caballo; todos llevan lanza en puño, con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas con borlas de colorado. Por una ribera arriba al Cid van acompañando; acompañándolo iban mientras él iba cazando.
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Caminando hacia el suburbio con mi rebaño de versos, para todos invisible, para mí ruidoso y crespo, pasó adrede por mi banda casi afeitándome el cuerpo, un automóvil cuchillo, largo, afilado y estrecho, de cachas negras y azules y hoja de cristal y acero, que aventó mi pobre hato y al rabadán dejó lelo. Un hermoso animalito maduro para el cuaderno, dio contra el tronco sin ramas de un buzón, y quedó muerto. Otro fue a parar a lo alto de un edificio frontero y en el monte de una cúpula se quejaba lastimero. En la ruedita de un trole oblicuo como un acento, un tercero me llamaba entre chispas y aspavientos. Y unos treinta recentales, copos de lana y conceptos, que iban para seguidillas y décimas y sonetos, se perdieron por las calles resbaladizas del centro. Lo que me costó reunirlos, amigos, es otro cuento, entre piernas de chicuelas, y gambas de caballeros. A la sombrita de un sauce me iré con mis cuatro versos.
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Pastor de versos
Iban los dos vestidos con descaro -minifalda, melenas- cogidos de la mano, tan jóvenes que casi daban miedo, tan absortos en un cero que, aunque no se veían, les unía absolutos algo fieramente puro. Iban a cualquier parte cogidos de la mano. Se amaban sin tristeza, ni alegría, ni nada. Y a veces se miraban, pero no se veían. Y luego se sentaban en un banco cualquiera. Pero no se veían. Ella era muy bonita; parecía aturdida; él, feroz y esmirriado. No hablaban. No tenían ya nada que decirse. Ya no se deseaban. Pero seguían juntos, cogidos de la mano, frente a algo que espantaba. Mientras el transistor seguía sonando.
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Una pareja perdida
Como llegamos a la venta -desde donde, a lo hondo, se oye el río- desmontamos de las cabalgaduras: en las piedras cantaron los espolines canción de estrellas teñidas de sangre... -Ah de la venta! ah de la venta! Cantaron nuestras vozarrones. Luego cantaron canción de burbujas y de cristales, las copas traslúcidas. E inquirimos por el tesoro de la venta serrana: Ya se irá, ya se va, si no se ha ido... En la venta se cruzan vientos duros -la venta, en la garganta de la sierra desnuda-. Cantaba el viento, cantaba el viento. Allá en el fondo, a lo hondo, la línea del río y el treno del río. Luego de la canción de las burbujas cantó el fuego en las piedras del hogar. Cantaba la sangre peán de lujuria. Más tarde iban cantando las estrellas vigías, su silenciosa música. Y rezongaban preces las viejas de la venta... Tornamos a inquirir: -¿dónde está María-Luz, de los bezos de moras? Ya se irá, ya se va, si no se ha ido. Y volvimos a las cabalgaduras piafantes. La Cruz del Sur en la linde del monte y el cielo. Cantó el hierro en los cantos redondos. Callados iniciamos el descenso por el camino en caracoles y en escalas; por el camino en lumbre tamizada de violetas; por el camino en perfumes del viento que susurra; por el camino en perfumes ásperos del monte; por el camino en músicas de las aguas dormidas y de las aguas que se despeñan. De su prisión de vidrio verde saltó el claro cristal: gorjear de burbujas y del perfume del anís montañero. Íbamos silenciosos. Cada cual dialogaba tácitamente con su amigo de vidrio. Mas uno de nosotros -el viandante de la barba taheña- cantó, cantó (que taladró la noche con su voz recia) El Rey de los Alisos, malamente... E inquirió con voz más ruda: -¿qué se haría el tesoro de la venta? Ya se irá, ya se va, si no se ha ido... Tornó a cantar la voz de las burbujas y del claro cristal... Y al río, al fin, llegamos... -¿Si Nuño Ansúrez no nos pasa en la barca...? -Bah! da lo mismo!                                     -Bah! da lo mismo! Nueva canción de vidrio y de burbujas y fresco trasegar diamantes vívidos. Media noche. En las márgenes del río qué limpia media noche!                                             Esta es la selva de múrice y de oro!                                     Esta es la abierta vida innúmera! -¿Y qué se haría el tesoro de la venta? -¿Dónde está María-Luz, de ojos de hulla, de melena de hulla, y boca sombreada...? Ya se irá, ya se va, si no se ha ido...
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Relato de claudio monteflavo
Como llegamos a la venta -desde donde, a lo hondo, se oye el río- desmontamos de las cabalgaduras: en las piedras cantaron los espolines canción de estrellas teñidas de sangre... -Ah de la venta! ah de la venta! Cantaron nuestras vozarrones. Luego cantaron canción de burbujas y de cristales, las copas traslúcidas. E inquirimos por el tesoro de la venta serrana: Ya se irá, ya se va, si no se ha ido... En la venta se cruzan vientos duros -la venta, en la garganta de la sierra desnuda-. Cantaba el viento, cantaba el viento. Allá en el fondo, a lo hondo, la línea del río y el treno del río. Luego de la canción de las burbujas cantó el fuego en las piedras del hogar. Cantaba la sangre peán de lujuria. Más tarde iban cantando las estrellas vigías, su silenciosa música. Y rezongaban preces las viejas de la venta... Tornamos a inquirir: -¿dónde está María-Luz, de los bezos de moras? Ya se irá, ya se va, si no se ha ido. Y volvimos a las cabalgaduras piafantes. La Cruz del Sur en la linde del monte y el cielo. Cantó el hierro en los cantos redondos. Callados iniciamos el descenso por el camino en caracoles y en escalas; por el camino en lumbre tamizada de violetas; por el camino en perfumes del viento que susurra; por el camino en perfumes ásperos del monte; por el camino en músicas de las aguas dormidas y de las aguas que se despeñan. De su prisión de vidrio verde saltó el claro cristal: gorjear de burbujas y del perfume del anís montañero. Íbamos silenciosos. Cada cual dialogaba tácitamente con su amigo de vidrio. Mas uno de nosotros -el viandante de la barba taheña- cantó, cantó (que taladró la noche con su voz recia) El Rey de los Alisos, malamente... E inquirió con voz más ruda: -¿qué se haría el tesoro de la venta? Ya se irá, ya se va, si no se ha ido... Tornó a cantar la voz de las burbujas y del claro cristal... Y al río, al fin, llegamos... -¿Si Nuño Ansúrez no nos pasa en la barca...? -Bah! da lo mismo!                                     -Bah! da lo mismo! Nueva canción de vidrio y de burbujas y fresco trasegar diamantes vívidos. Media noche. En las márgenes del río qué limpia media noche!                                             Esta es la selva de múrice y de oro!                                     Esta es la abierta vida innúmera! -¿Y qué se haría el tesoro de la venta? -¿Dónde está María-Luz, de ojos de hulla, de melena de hulla, y boca sombreada...? Ya se irá, ya se va, si no se ha ido...
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No sé hasta cuando te voy a amar Pero hasta entonces lo voy a disfrutar Compartimos mucho tiempo juntos Contigo volando se iban los minutos Y aunque ya no estés aquí conmigo Te pensaré aunque ni seas mi amigo Viviré por un rato con este cariño Admirar de lejos tu sonrisa de niño Como si nunca hubiera pasado nada Y desde el principio sola yo enamorada
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May 22, 2017
May 22, 2017 at 1:13 AM UTC
Quiero
Un albañil quería... No le faltaba aliento. Un albañil quería, piedra tras piedra, muro tras muro, levantar una imagen al viento desencadenador en el futuro. Quería un edificio capaz de lo más leve. No le faltaba aliento. ¡Cuánto aquel ser quería! Piedras de plumas, muros de pájaros los mueve una imaginación al mediodía. Reía. Trabajaba. Cantaba. De sus brazos, con un poder más alto que el ala de los truenos iban brotando muros lo mismo que aletazos. Pero los aletazos duran menos. Al fin, era la piedra su agente. Y la montaña tiene valor de vuelo si es totalmente activa. Piedra por piedra es peso y hunde cuanto acompaña aunque esto sea un mundo de ansia viva. Un albañil quería... Pero la piedra cobra su torva densidad brutal en un momento. Aquel hombre labraba su cárcel. Y en su obra fueron precipitados él y el viento.
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Sepultura de la imaginación
De Antequera sale un moro,   de Antequera, aquesa villa, cartas llevaba en su mano,   cartas de mensajería, escritas iban con sangre,   y no por falta de tinta, el moro que las llevaba   ciento y veinte años había. Ciento y veinte años el moro,   de doscientos parecía, la barba llevaba blanca   muy larga hasta la cinta, con la cabeza pelada   la calva le relucía; toca llevaba tocada,   muy grande precio valía, la mora que la labrara   por su amiga la tenía. Caballero en una yegua   que grande precio valía, no por falta de caballos,   que hartos él se tenía; alhareme en su cabeza   con borlas de seda fina. Siete celadas le echaron,   de todas se escabullía; por los cabos de Archidona   a grandes voces decía: -Si supieres, el rey moro,   mi triste mensajería mesarías tus cabellos   y la tu barba vellida. Tales lástimas haciendo   llega a la puerta de Elvira; vase para los palacios   donde el rey moro vivía. Encontrado ha con el rey   que del Alhambra salía  con doscientos de a caballo,   los mejores que tenía. Ante el rey, cuando le halla,   tales palabras decía: -Mantenga Dios a tu alteza,   salve Dios tu señoría. -Bien vengas, el moro viejo,   días ha que te atendía. -¿Qué nuevas me traes, el moro,   de Antequera esa mi villa? -No te las diré, el buen rey,   si no me otorgas la vida. -Dímelas, el moro viejo,   que otorgada te sería. -Las nuevas que, rey, sabrás   no son nuevas de alegría: que ese infante don Fernando   cercada tiene tu villa. Muchos caballeros suyos   la combaten cada día: aquese Juan de Velasco   y el que Henríquez se decía, el de Rojas y Narváez,   caballeros de valía. De día le dan combate,   de noche hacen la mina; los moros que estaban dentro   cueros de vaca comían, si no socorres, el rey,   tu villa se perdería.
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Romance del moro de antequera
De Antequera sale un moro,   de Antequera, aquesa villa, cartas llevaba en su mano,   cartas de mensajería, escritas iban con sangre,   y no por falta de tinta, el moro que las llevaba   ciento y veinte años había. Ciento y veinte años el moro,   de doscientos parecía, la barba llevaba blanca   muy larga hasta la cinta, con la cabeza pelada   la calva le relucía; toca llevaba tocada,   muy grande precio valía, la mora que la labrara   por su amiga la tenía. Caballero en una yegua   que grande precio valía, no por falta de caballos,   que hartos él se tenía; alhareme en su cabeza   con borlas de seda fina. Siete celadas le echaron,   de todas se escabullía; por los cabos de Archidona   a grandes voces decía: -Si supieres, el rey moro,   mi triste mensajería mesarías tus cabellos   y la tu barba vellida. Tales lástimas haciendo   llega a la puerta de Elvira; vase para los palacios   donde el rey moro vivía. Encontrado ha con el rey   que del Alhambra salía  con doscientos de a caballo,   los mejores que tenía. Ante el rey, cuando le halla,   tales palabras decía: -Mantenga Dios a tu alteza,   salve Dios tu señoría. -Bien vengas, el moro viejo,   días ha que te atendía. -¿Qué nuevas me traes, el moro,   de Antequera esa mi villa? -No te las diré, el buen rey,   si no me otorgas la vida. -Dímelas, el moro viejo,   que otorgada te sería. -Las nuevas que, rey, sabrás   no son nuevas de alegría: que ese infante don Fernando   cercada tiene tu villa. Muchos caballeros suyos   la combaten cada día: aquese Juan de Velasco   y el que Henríquez se decía, el de Rojas y Narváez,   caballeros de valía. De día le dan combate,   de noche hacen la mina; los moros que estaban dentro   cueros de vaca comían, si no socorres, el rey,   tu villa se perdería.
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Cómo era el instante, dígalo la musa que las dichas trae, que las penas lleva: la tristeza pasa, velada y confusa; la alegría, rosas y azahares nieva. Era en un amable nido de soltero, de risas y versos, de placer sonoro; era un inspirado cada caballero, de sueños azules y vino de oro. Un rubio decía frases sentenciosas: negando y amando las musas eternas un bruno decía versos como rosas, dos sonantes rimas y palabras tiernas. Los tapices rojos, de doradas listas, cubrían panoplias de pinturas y armas, que hablaban de bellas pasadas conquistas, amantes coloquios y dulces alarmas. El verso de fuego de D'Annunzio era como un son divino que en las saturnales guiara las manchadas pieles de pantera a fiestas soberbias y amores triunfales. E iban con manchadas pieles de pantera, con tirsos de flores y copas paganas las almas de aquellos jóvenes que viera Venus en su templo con palmas hermanas. Venus, la celeste reina que adivina en las almas vivas alegrías francas, y que les confía, por gracia divina, sus abejas de oro, sus palomas blancas. Y aquellos amantes de la eterna Dea, a la dulce música de la regia rima oyen el mensaje de la vasta Idea por el compañero que recita y mima. Y sobre sus frentes, que acaricia el lauro, Abril pone amable su beso sonoro, y llevan gozosos, sátiro y centauro, la alegría noble del vino de oro.
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Garconnière
En estos hiperbólicos minutos en que la vida sube por mi pecho como una marea de tributos onerosos, la plétora de vida se resuelve en renuncia capital y en miedo se liquida. Mi sufrimiento es como un gravamen de rencor, y mi dicha como cera que se derrite siempre en jubileos, y hasta mi mismo amor es como un tósigo que en la raíz del corazón prospera. Cobardemente clamo, desde el centro de mis intensidades corrosivas, a mi parroquia, el ave moderada, a la flor quieta y a las aguas vivas. Yo quisiera acogerme a la mesura, a la estricta conciencia y al recato de aquellas cosas que me hicieron bien... Anticuados relojes del Curato cuyas pesas de cobre se retardaban, con intención pura, por aplazarme indefinidamente la primera amargura. Obesidad de aquellas lunas que iban rodando, dormilonas y coquetas, por un absorto azul sobre los árboles de las banquetas. Fatiga incierta de un incierto piano en que un tema llorón se decantaba, con insomnio y desgano, en favor del obtuso centinela y contra la salud del hortelano. Santos de piedra que en el atrio exponen su casulla de piedra a la herejía del recio temporal. Garganta criolla de Carmen García que mandaba su canto hasta las calles envueltas en perfume vegetal. Cromos bobalicones, colgados por estímulo a la mesa, y que muestran sandías y viandas con exageraciones pictóricas; exánimes gallinas, y conejos en quienes no hizo sangre lo comedido de los perdigones. Canteras cuyo vértice poroso destila el agua, con paciente escrúpulo, en el monjil reposo del comedor, a cada golpe neto con que las gotas, simples y tardías, acrecen el caudal noches y días. Acudo a la justicia original de todas estas cosas; mas en mi pecho siguen germinando las plantas venenosas, y mi violento espíritu se halla nostálgico de sus jaculatorias y del pío metal de su medalla.
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El minuto cobarde
En estos hiperbólicos minutos en que la vida sube por mi pecho como una marea de tributos onerosos, la plétora de vida se resuelve en renuncia capital y en miedo se liquida. Mi sufrimiento es como un gravamen de rencor, y mi dicha como cera que se derrite siempre en jubileos, y hasta mi mismo amor es como un tósigo que en la raíz del corazón prospera. Cobardemente clamo, desde el centro de mis intensidades corrosivas, a mi parroquia, el ave moderada, a la flor quieta y a las aguas vivas. Yo quisiera acogerme a la mesura, a la estricta conciencia y al recato de aquellas cosas que me hicieron bien... Anticuados relojes del Curato cuyas pesas de cobre se retardaban, con intención pura, por aplazarme indefinidamente la primera amargura. Obesidad de aquellas lunas que iban rodando, dormilonas y coquetas, por un absorto azul sobre los árboles de las banquetas. Fatiga incierta de un incierto piano en que un tema llorón se decantaba, con insomnio y desgano, en favor del obtuso centinela y contra la salud del hortelano. Santos de piedra que en el atrio exponen su casulla de piedra a la herejía del recio temporal. Garganta criolla de Carmen García que mandaba su canto hasta las calles envueltas en perfume vegetal. Cromos bobalicones, colgados por estímulo a la mesa, y que muestran sandías y viandas con exageraciones pictóricas; exánimes gallinas, y conejos en quienes no hizo sangre lo comedido de los perdigones. Canteras cuyo vértice poroso destila el agua, con paciente escrúpulo, en el monjil reposo del comedor, a cada golpe neto con que las gotas, simples y tardías, acrecen el caudal noches y días. Acudo a la justicia original de todas estas cosas; mas en mi pecho siguen germinando las plantas venenosas, y mi violento espíritu se halla nostálgico de sus jaculatorias y del pío metal de su medalla.
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Vi, debe haber tres días, En las gradas de San Pedro, Una tenebrosa boda, Porque era toda de Negros. Parecía Matrimonio Concertado en el infierno: ***** esposo y negra esposa Y ***** acompañamiento. Sospecho yo que acostados Parecerán sus dos cuerpos, Junto el uno con el otro, Algodones y tintero. Hundíase de estornudos La calle por do volvieron: Que una boda semejante Hace dar más que un pimiento. Iban los dos de las manos Como pudieran dos cuervos, Otros dicen como grajos, Porque a grajos van oliendo. Con humos van de vengarse (Que siempre van de humos llenos) De los que, por afrentarlos, Hacen los labios traseros. Iba afeitada la novia Todo el tapetado gesto Con hollín y con carbón, Y con tinta de sombreros. Tan pobres son que una blanca No se halla entre todos ellos, Y por tener un cornado Casaron a este moreno. Él se llamaba Tomé, Y ella, Francisca del Puerto, Ella esclava, y él es clavo Que quiere hincársele en medio. Llegaron al ***** patio Donde está el ***** aposento, En donde la negra boda Ha de tener ***** efecto. Era una caballeriza, Y estaban todos inquietos, Que los abrasaban pulgas Por perrengues o por perros. A la mesa se sentaron, Donde también les pusieron Negros manteles y platos, Negra sopa y manjar ***** Echóles la bendición Un ***** veintidoseno, Con un rostro de azabache Y manos de terciopelo. Diéronles el vino tinto, Pan, entre mulato y prieto, Carbonada hubo, por ser Tizones los que comieron. Hubo jetas en la mesa Y en la boca de los dueños, Y hongos, por ser la boda De hongos, según sospecho. Trajeron muchas morcillas, Y hubo algunos que de miedo No las comieron, pensando Se comían a sí mesmos. Cuál por morder del mondongo, Se atarazaba algún dedo, Pues sólo diferenciaban En la uña de lo ***** Mas cuando llegó el tocino Hubo grandes sentimientos, Y pringados con pringadas Un rato se enternecieron. Acabaron de comer Y entró un ministro Guineo, Para darles aguamanos Con un coco y un caldero. Por toalla trujo al hombro Las bayetas de un entierro, Laváronse y quedó el agua Para ensuciar todo un Reino. Negros de ellos se sentaron Sobre unos negros asientos, Y en voces negras cantaron También denegridos versos: «Negra es la ventura De aquel casado Cuya Novia es Negra Y el dote en Blanco».
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Boda de negros
Vi, debe haber tres días, En las gradas de San Pedro, Una tenebrosa boda, Porque era toda de Negros. Parecía Matrimonio Concertado en el infierno: ***** esposo y negra esposa Y ***** acompañamiento. Sospecho yo que acostados Parecerán sus dos cuerpos, Junto el uno con el otro, Algodones y tintero. Hundíase de estornudos La calle por do volvieron: Que una boda semejante Hace dar más que un pimiento. Iban los dos de las manos Como pudieran dos cuervos, Otros dicen como grajos, Porque a grajos van oliendo. Con humos van de vengarse (Que siempre van de humos llenos) De los que, por afrentarlos, Hacen los labios traseros. Iba afeitada la novia Todo el tapetado gesto Con hollín y con carbón, Y con tinta de sombreros. Tan pobres son que una blanca No se halla entre todos ellos, Y por tener un cornado Casaron a este moreno. Él se llamaba Tomé, Y ella, Francisca del Puerto, Ella esclava, y él es clavo Que quiere hincársele en medio. Llegaron al ***** patio Donde está el ***** aposento, En donde la negra boda Ha de tener ***** efecto. Era una caballeriza, Y estaban todos inquietos, Que los abrasaban pulgas Por perrengues o por perros. A la mesa se sentaron, Donde también les pusieron Negros manteles y platos, Negra sopa y manjar ***** Echóles la bendición Un ***** veintidoseno, Con un rostro de azabache Y manos de terciopelo. Diéronles el vino tinto, Pan, entre mulato y prieto, Carbonada hubo, por ser Tizones los que comieron. Hubo jetas en la mesa Y en la boca de los dueños, Y hongos, por ser la boda De hongos, según sospecho. Trajeron muchas morcillas, Y hubo algunos que de miedo No las comieron, pensando Se comían a sí mesmos. Cuál por morder del mondongo, Se atarazaba algún dedo, Pues sólo diferenciaban En la uña de lo ***** Mas cuando llegó el tocino Hubo grandes sentimientos, Y pringados con pringadas Un rato se enternecieron. Acabaron de comer Y entró un ministro Guineo, Para darles aguamanos Con un coco y un caldero. Por toalla trujo al hombro Las bayetas de un entierro, Laváronse y quedó el agua Para ensuciar todo un Reino. Negros de ellos se sentaron Sobre unos negros asientos, Y en voces negras cantaron También denegridos versos: «Negra es la ventura De aquel casado Cuya Novia es Negra Y el dote en Blanco».
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