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"hundido" poems
Siempre es conmovedor el ocaso por indigente o charro que sea, pero más conmovedor todavía es aquel brillo desesperado y final que herrumbra la llanura cuando el sol último se ha hundido. Nos duele sostener esa luz tirante y distinta, esa alucinación que impone al espacio el unánime miedo de la sombra y que cesa de golpe cuando notamos su falsía, como cesan los sueños cuando sabemos que soñamos.
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Afterglow
El campo de olivos se abre y se cierra como un abanico. Sobre el olivar hay un cielo hundido y una lluvia oscura de luceros fríos. Tiembla junco y penumbra a la orilla del río. Se riza el aire gris. Los olivos, están cargados de gritos. Una bandada de pájaros cautivos, que mueven sus larguísimas colas en lo sombrío.
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Paisaje
De aquellos azahares desatados por la luz de la luna, de aquel olor de amor exasperado, hundido en la fragancia, salió del limonero el amarillo, desde su planetario bajaron a la tierra los limones. Tierna mercadería! Se llenaron las costas, los mercados, de luz, de oro silvestre, y abrimos dos mitades de milagro, ácido congelado que corría desde los hemisferios de una estrella, y el licor más profundo de la naturaleza, intransferible, vivo, irreductible, nació de la frescura del limón, de su casa fragante, de su ácida, secreta simetría. En el limón cortaron los cuchillos una pequeña catedral, el ábside escondido abrió a la luz los ácidos vitrales y en gotas resbalaron los topacios, los altares, la fresca arquitectura. Así, cuando tu mano empuña el hemisferio del cortado limón sobre tu plato, un universo de oro derramaste, una copa amarilla con milagros, uno de los pezones olorosos del pecho de la tierra, el rayo de la luz que se hizo fruta, el fuego diminuto de un planeta.
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Oda al limón
Hace ya tiempo... (era yo poeta. Tiempo divino de cantar y de soñar lo esperado y lo perdido. Cristal de viejos reflejos, tornasolado prodigio, álamo esbelto que alzaba al cielo su verde grito primaveral...) Hace tiempo -divino tiempo- me dijo que le escribiera unos versos a sus senos..             Nunca ha sido, nunca jamás podrá ser el poema concluido. Hay cosas grandes, bellezas para las que no hay cobijo en las palabras. Hay cosas cuyo nombre no decimos para no mancharlas.                                 Miro hacia atrás. Era yo entonces poeta (serlo es sentirnos iluminados) No supe hallar el nombre preciso, la cifra que concretara tanta hermosura. (Me dijo que le escribiera unos versos a sus senos...) No he podido hallar la palabra exacta, lograr el nombre preciso. Yo, poeta sin palabras, dado a los malabarismos de las palabras, buscaba rimas, imágenes, ritmos. Cazador de aves retóricas: «palomas de tibios picos», «cimas de nieve con sol poniente», «gemelos lirios», «pararrayos de lo rosa», «redondas piedras de río», «fruto al que arrancan los pájaros sus dulzores encendidos». Yo era poeta. Sentía, soñaba. Tiempo divino de sentir y de soñar. Y ser poeta es vestirnos túnicas de luz, oír la voz que nos va trazando todos los caminos. Soñar sin saber cantar. Errar por el laberinto. Pero ahora que sé cantar ya es imposible el prodigio. Ahora ya no sé soñar. Cayó la antorcha al abismo. Todo pasa en torno, y todo halla el corazón marchito. Todo es una imagen muerta en el fondo de mi río. Una brisa que conmueve trigos que no son mis trigos. Alba que toca el ocaso. Ya no soy rey de mí mismo. Caído de mi alto trono, sin resurrección, hundido en las cavernas que el tiempo cavó para mi suplicio.
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Unos versos pedidos
Hace ya tiempo... (era yo poeta. Tiempo divino de cantar y de soñar lo esperado y lo perdido. Cristal de viejos reflejos, tornasolado prodigio, álamo esbelto que alzaba al cielo su verde grito primaveral...) Hace tiempo -divino tiempo- me dijo que le escribiera unos versos a sus senos..             Nunca ha sido, nunca jamás podrá ser el poema concluido. Hay cosas grandes, bellezas para las que no hay cobijo en las palabras. Hay cosas cuyo nombre no decimos para no mancharlas.                                 Miro hacia atrás. Era yo entonces poeta (serlo es sentirnos iluminados) No supe hallar el nombre preciso, la cifra que concretara tanta hermosura. (Me dijo que le escribiera unos versos a sus senos...) No he podido hallar la palabra exacta, lograr el nombre preciso. Yo, poeta sin palabras, dado a los malabarismos de las palabras, buscaba rimas, imágenes, ritmos. Cazador de aves retóricas: «palomas de tibios picos», «cimas de nieve con sol poniente», «gemelos lirios», «pararrayos de lo rosa», «redondas piedras de río», «fruto al que arrancan los pájaros sus dulzores encendidos». Yo era poeta. Sentía, soñaba. Tiempo divino de sentir y de soñar. Y ser poeta es vestirnos túnicas de luz, oír la voz que nos va trazando todos los caminos. Soñar sin saber cantar. Errar por el laberinto. Pero ahora que sé cantar ya es imposible el prodigio. Ahora ya no sé soñar. Cayó la antorcha al abismo. Todo pasa en torno, y todo halla el corazón marchito. Todo es una imagen muerta en el fondo de mi río. Una brisa que conmueve trigos que no son mis trigos. Alba que toca el ocaso. Ya no soy rey de mí mismo. Caído de mi alto trono, sin resurrección, hundido en las cavernas que el tiempo cavó para mi suplicio.
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Yo que creí que la luz era mía precipitado en la sombra me veo. Ascua solar, sideral alegría ígnea de espuma, de luz, de deseo. Sangre ligera, redonda, granada: raudo anhelar sin perfil ni penumbra. Fuera, la luz en la luz sepultada. Siento que sólo la sombra me alumbra. Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo. Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles dentro del aire que no tiene vuelo, dentro del árbol de los imposibles. Cárdenos ceños, pasiones de luto. Dientes sedientos de ser colorados. Oscuridad del rencor absoluto. Cuerpos lo mismo que pozos cegados. Falta el espacio. Se ha hundido la risa. Ya no es posible lanzarse a la altura. El corazón quiere ser más de prisa fuerza que ensancha la estrecha negrura. Carne sin norte que va en oleada hacia la noche siniestra, baldía. ¿Quién es el rayo de sol que la invada? Busco. No encuentro ni rastro del día. Sólo el fulgor de los puños cerrados, el resplandor de los dientes que acechan. Dientes y puños de todos los lados. Más que las manos, los montes se estrechan. Turbia es la lucha sin sed de mañana. ¡Qué lejanía de opacos latidos! Soy una cárcel con una ventana ante una gran soledad de rugidos. Soy una abierta ventana que escucha. por donde va tenebrosa la vida. Pero hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida.
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Eterna sombra
En la imponente nave del templo bizantino, vi la gótica tumba a la indecisa luz que temblaba en los pintados vidrios. Las manos sobre el pecho, y en las manos un libro, una mujer hermosa reposaba sobre la urna, del cincel prodigio. Del cuerpo abandonado, al dulce peso hundido, cual si de blanda pluma y raso fuera se plegaba su lecho de granito. De la sonrisa última el resplandor divino guardaba el rostro, como el cielo guarda del sol que muere el rayo fugitivo. Del cabezal de piedra sentados en el filo, don ángeles, el dedo sobre el labio, imponían silencio en el recinto. No parecía muerta; de los arcos macizos parecía dormir en la penumbra, y que en sueños veía el paraíso. Me acerqué de la nave al ángulo sombrío con el callado paso que llegamos junto a la cuna donde duerme un niño. La contemplé un momento, y aquel resplandor tibio, aquel lecho de piedra que ofrecía próximo al muro otro lugar vacío, en el alma avivaron la sed de lo infinito, el ansia de esa vida de la muerte para la que un instante son los siglos... Cansado del combate en que luchando vivo, alguna vez me acuerdo con envidia de aquel rincón oscuro y escondido. De aquella muda y pálida mujer me acuerdo y digo: -¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte! ¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!
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Rima lxxvi
Me quedaría en todo lo que estoy, donde estoy. Quieto en el agua quieta; de plomo, hundido, sordo en el amor sin sol. ¡Qué ansia de repetirse en esto que está siendo! ¡Qué afán de que mañana sea nada más que llenar otra vez al tenderte ese hueco que deja hoy exacto en la arena tu cuerpo! Ni futuro, ni nuevo el horizonte. Esto apretado y estrecho: tela, carne y el mar. Nada promete el mundo: lo da, lo tengo ya. Nunca me iré de ti por el viento, en las velas, por el alma cantando, ni por los trenes, no. Si me marcho será que estoy viviendo contra mí.
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Yo, José Hierro, un hombre como hay muchos, tendido esta tarde en mi cama, volví a soñar.                 (Los niños, en la calle, corrían). Mi madre me dio el hilo y la aguja, diciéndome: «Enhébramela, hijo; veo poco».                 Tenía fiebre. Pensé: -Si un grito me ensordeciera, un rayo me cegara… (Los niños cantaban). Lentamente me fue invadiendo un frío sentimiento, una súbita desgana de estar vivo. Yo, José Hierro, un hombre que se da por vencido sin luchar. (A la espalda llevaba un cesto, henchido de los más prodigiosos secretos. Y cumplido, el futuro, aguardándome como a la hoz el trigo). Mudo, esta tarde, oyendo caer la lluvia, he visto desvanecerse todo, quedar todo vacío. Una desgana súbita de vivir. («Toma, hijo, enhébrame la aguja», dice mi madre).                     Amigos: yo estaba muerto. Estaba en mi cama, tendido. Se está muerto aunque lata el corazón, amigos. Y se abre la ventana y yo, sin cuerpo (vivo y sin cuerpo, o difunto y con vida), hundido en el azul. (O acaso sea el azul, hundido en mi carne, en mi muerte llena de vida, amigos: materia universal, carne y azul sonando con un mismo sonido). Y en todo hay oro, y nada duele ni pesa, amigos. A hombros me llevan. Quién: la primavera, el filo del agua, el tiemblo verde de un álamo, el suspiro de alguien a quien yo nunca había visto. Y yo voy arrojando ceniza, sombra, olvido. Palabras polvorientas que entristecen lo limpio:                 Funcionario,                 tintero,                 30 días vista,                 diferencial,                 racionamiento,                 factura,                 contribución,                 garantías… Subo más alto. Aquí todo es perfecto y rítmico. Las escalas de plata llevan de los sentidos al silencio. El silencio nos torna a los sentidos. Ahora son las palabras de diamante purísimo:                 Roca,                 águila,                 playa,                 palmera,                 manzana,                 caminante,                 verano,                 hoguera,                 cántico… …cántico. Yo, tendido en mi cama. Yo, un hombre como hay muchos, vencido esta tarde (¿esta tarde solamente?), he vivido mis sueños (esta tarde solamente), tendido en mi cama, despierto, con los ojos hundidos aún en las ascuas últimas, en las espumas últimas del sueño concluido.
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Una tarde cualquiera
Yo, José Hierro, un hombre como hay muchos, tendido esta tarde en mi cama, volví a soñar.                 (Los niños, en la calle, corrían). Mi madre me dio el hilo y la aguja, diciéndome: «Enhébramela, hijo; veo poco».                 Tenía fiebre. Pensé: -Si un grito me ensordeciera, un rayo me cegara… (Los niños cantaban). Lentamente me fue invadiendo un frío sentimiento, una súbita desgana de estar vivo. Yo, José Hierro, un hombre que se da por vencido sin luchar. (A la espalda llevaba un cesto, henchido de los más prodigiosos secretos. Y cumplido, el futuro, aguardándome como a la hoz el trigo). Mudo, esta tarde, oyendo caer la lluvia, he visto desvanecerse todo, quedar todo vacío. Una desgana súbita de vivir. («Toma, hijo, enhébrame la aguja», dice mi madre).                     Amigos: yo estaba muerto. Estaba en mi cama, tendido. Se está muerto aunque lata el corazón, amigos. Y se abre la ventana y yo, sin cuerpo (vivo y sin cuerpo, o difunto y con vida), hundido en el azul. (O acaso sea el azul, hundido en mi carne, en mi muerte llena de vida, amigos: materia universal, carne y azul sonando con un mismo sonido). Y en todo hay oro, y nada duele ni pesa, amigos. A hombros me llevan. Quién: la primavera, el filo del agua, el tiemblo verde de un álamo, el suspiro de alguien a quien yo nunca había visto. Y yo voy arrojando ceniza, sombra, olvido. Palabras polvorientas que entristecen lo limpio:                 Funcionario,                 tintero,                 30 días vista,                 diferencial,                 racionamiento,                 factura,                 contribución,                 garantías… Subo más alto. Aquí todo es perfecto y rítmico. Las escalas de plata llevan de los sentidos al silencio. El silencio nos torna a los sentidos. Ahora son las palabras de diamante purísimo:                 Roca,                 águila,                 playa,                 palmera,                 manzana,                 caminante,                 verano,                 hoguera,                 cántico… …cántico. Yo, tendido en mi cama. Yo, un hombre como hay muchos, vencido esta tarde (¿esta tarde solamente?), he vivido mis sueños (esta tarde solamente), tendido en mi cama, despierto, con los ojos hundidos aún en las ascuas últimas, en las espumas últimas del sueño concluido.
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Ahora ya es tarde. Quisimos tocar con las pobres manos el prodigio. Ahora ya es tarde: sabemos. (No supimos lo que hacíamos). Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. (El círculo se ha cerrado. Nos retiene, sin remedio, en su recinto). Ángeles soberbios. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Ahora ya es tarde. Se apaga el mundo recién nacido. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. Miro la llama. ¿Quién nos mandó tocar su centro encendido? Al fuego se le posee con los ojos. (Ni sus hijos pueden tocarlo). Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Sabemos. El terso sueño se ha roto. Ya no hay caminos. Desamparados tendemos puentes de espíritu a espíritu. También el cuerpo quería romper su lastre infinito. Las almas a su través se buscaban. Se han hundido para siempre. No se encuentran para siempre. No se encuentran las almas. Ya se ha cumplido lo fatal. Sabemos. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Las almas se han marchitado sobre los cuerpos marchitos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. El fino vidrio de la paz se rompe deseando. (Como el río, sólo se para y descansa cuando deja de ser río). Prisa por llegar. Candentes avideces. Rojo vino en el que los vencedores se igualan a los vencidos. Oh, cuánta desolación. Qué caída en el vacío. Oigo al otoño ventoso tañer su cuerno amarillo. Aroma de oro dorando aroma de tierra. Piso la tierra. Miro la tierra hermosa... Torno a lo mío: cuando nada se desea todo se posee. (El círculo se ha cerrado). Todo en torno es lo mismo y no es lo mismo. Se han borrado para siempre caminos, muchos caminos. Y estamos solos. De pronto nada parece tranquilo. Nuestra voz suena a voz de otros que jamás han existido. Y se cierra todo. Y todo dejando de ser sencillo. Ángeles soberbios. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Y no hay caminos. Y no hay caminos. Y no hay caminos
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Untitled
Ahora ya es tarde. Quisimos tocar con las pobres manos el prodigio. Ahora ya es tarde: sabemos. (No supimos lo que hacíamos). Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. (El círculo se ha cerrado. Nos retiene, sin remedio, en su recinto). Ángeles soberbios. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Ahora ya es tarde. Se apaga el mundo recién nacido. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. Miro la llama. ¿Quién nos mandó tocar su centro encendido? Al fuego se le posee con los ojos. (Ni sus hijos pueden tocarlo). Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Sabemos. El terso sueño se ha roto. Ya no hay caminos. Desamparados tendemos puentes de espíritu a espíritu. También el cuerpo quería romper su lastre infinito. Las almas a su través se buscaban. Se han hundido para siempre. No se encuentran para siempre. No se encuentran las almas. Ya se ha cumplido lo fatal. Sabemos. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Las almas se han marchitado sobre los cuerpos marchitos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Ya no hay caminos. Cuando nada se desea todo se posee. El fino vidrio de la paz se rompe deseando. (Como el río, sólo se para y descansa cuando deja de ser río). Prisa por llegar. Candentes avideces. Rojo vino en el que los vencedores se igualan a los vencidos. Oh, cuánta desolación. Qué caída en el vacío. Oigo al otoño ventoso tañer su cuerno amarillo. Aroma de oro dorando aroma de tierra. Piso la tierra. Miro la tierra hermosa... Torno a lo mío: cuando nada se desea todo se posee. (El círculo se ha cerrado). Todo en torno es lo mismo y no es lo mismo. Se han borrado para siempre caminos, muchos caminos. Y estamos solos. De pronto nada parece tranquilo. Nuestra voz suena a voz de otros que jamás han existido. Y se cierra todo. Y todo dejando de ser sencillo. Ángeles soberbios. Ángeles ciegos. Ángeles malditos. Y no hay caminos. Y no hay caminos. Y no hay caminos
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Y para acá o allá y desde aquí otra vez y vuelta a ir de vuelta y sin aliento y del principio o término del precipicio íntimo hasta el extremo o medio o resurrecto resto de éste a aquello o de lo opuesto y rueda que te roe hasta el encuentro y aquí tampoco está y desde arriba abajo y desde abajo arriba ávido asqueado por vivir entre huesos o del perpetuo estéril desencuentro a lo demás de más o al recomienzo  espeso de cerdos contratiempos y destiempos cuando no al burdo sino de algún complejo herniado en pleno vuelo cálido o helado y vuelta y vuelta a tanta terca tuerca para entregarse entero o de tres cuartos harto ya de mitades y de cuartos al entrevero exhausto de los lechos deshechos o darse noche y día sin descanso contra todos los nervios del misterio del más allá de acá mientras se rota quedo ante el fugaz aspecto sempiterno de lo aparente o lo supuesto y vuelta y vuelta hundido hasta el pescuezo con todos los sentidos sin sentido en el sofocatedio con uñas y con piensos y pellejo y porque sí nomás
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Destino
Allí, bajo la tierra, más lejos que los ruidos, que el polvo, que las tumbas; más allá del azufre, del agua, de las piedras; allí, en lo convulso, donde todo se parte, donde todo se funde, en ígneo cataclismo, en calcinante escoria, en bullente derrumbe, en mineral catástrofe; allí, allí, en cráteres inestables, voraces, en fétidos apriscos, en valles torturados; allí, en lo caótico; sumido, amalgamado en una pasta informe, viscosa, putrefacta; las lenguas carcomidas por vocablos hipócritas, los pulmones que criban anhelos de serpiente, las esponjosas manos embebidas de usura, las vísceras heladas de batracios humanos, los sexos que trafican disfrazados de arcángeles, las vértebras roídas por rencores insomnes, todo, todo hacinado, revuelto, confundido, en un turbio amasijo de infección y de pústulas; adentro del estruendo, hundido en el abismo, en una pira enorme de expiación, de exterminio. Allí, en lo profundo, debajo de la tierra.
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Expiación
Cuando la tierra llena de párpados mojados se haga ceniza y duro aire cernido, y los terrones secos y las aguas, los pozos, los metales, por fin devuelvan sus gastados muertos, quiero una oreja, un ojo, un corazón herido dando tumbos, un hueco de puñal hace ya tiempo hundido en un cuerpo hace tiempo exterminado y solo, quiero unas manos, una ciencia de uñas, una boca de espanto y amapolas muriendo, quiero ver levantarse del polvo inútil un ronco árbol de venas sacudidas, yo quiero de la tierra más amarga, entre azufre y turquesa y olas rojas y torbellinos de carbón callado, quiero una carne despertar sus huesos aullando llamas, y un especial olfato correr en busca de algo, y una vista cegada por la tierra correr detrás de dos ojos oscuros, y un oído, de pronto, como una ostra furiosa, rabiosa, desmedida, levantarse hacia el trueno, y un tacto puro, entre sales perdido, salir tocando pechos y azucenas, de pronto. Oh día de los muertos! oh distancia hacia donde la espiga muerta yace con su olor a relámpago, oh galerías entregando un nido y un pez y una mejilla y una espada, todo molido entre las confusiones, todo sin esperanzas decaído, todo en la sima seca alimentado entre los dientes de la tierra dura. Y la pluma a su pájaro suave, y la luna a su cinta, y el perfume a su forma, y, entre las rosas, el desenterrado, el hombre lleno de algas minerales, y a sus dos agujeros sus ojos retornando. Está desnudo, sus ropas no se encuentran en el polvo, y su armadura rota se ha deslizado al fondo del infierno, y su barba ha crecido como el aire en otoño, y hasta su corazón quiere morder manzanas. Cuelgan de sus rodillas y sus hombros adherencias de olvido, hebras del suelo, zonas de vidrio roto y aluminio, cáscaras de cadáveres amargos, bolsillos de agua convertida en hierro: y reuniones de terribles bocas derramadas y azules, y ramas de coral acongojado hacen corona a su cabeza verde, y tristes vegetales fallecidos y maderas nocturnas le rodean, y en él aún duermen palomas entreabiertas con ojos de cemento subterráneo. Conde dulce, en la niebla, oh recién despertado de las minas, oh recién seco del agua sin río, oh recién sin arañas! Crujen minutos en tus pies naciendo, tu **** asesinado se incorpora, y levantas la mano en donde vive todavía el secreto de la espuma.
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El desenterrado
Cuando la tierra llena de párpados mojados se haga ceniza y duro aire cernido, y los terrones secos y las aguas, los pozos, los metales, por fin devuelvan sus gastados muertos, quiero una oreja, un ojo, un corazón herido dando tumbos, un hueco de puñal hace ya tiempo hundido en un cuerpo hace tiempo exterminado y solo, quiero unas manos, una ciencia de uñas, una boca de espanto y amapolas muriendo, quiero ver levantarse del polvo inútil un ronco árbol de venas sacudidas, yo quiero de la tierra más amarga, entre azufre y turquesa y olas rojas y torbellinos de carbón callado, quiero una carne despertar sus huesos aullando llamas, y un especial olfato correr en busca de algo, y una vista cegada por la tierra correr detrás de dos ojos oscuros, y un oído, de pronto, como una ostra furiosa, rabiosa, desmedida, levantarse hacia el trueno, y un tacto puro, entre sales perdido, salir tocando pechos y azucenas, de pronto. Oh día de los muertos! oh distancia hacia donde la espiga muerta yace con su olor a relámpago, oh galerías entregando un nido y un pez y una mejilla y una espada, todo molido entre las confusiones, todo sin esperanzas decaído, todo en la sima seca alimentado entre los dientes de la tierra dura. Y la pluma a su pájaro suave, y la luna a su cinta, y el perfume a su forma, y, entre las rosas, el desenterrado, el hombre lleno de algas minerales, y a sus dos agujeros sus ojos retornando. Está desnudo, sus ropas no se encuentran en el polvo, y su armadura rota se ha deslizado al fondo del infierno, y su barba ha crecido como el aire en otoño, y hasta su corazón quiere morder manzanas. Cuelgan de sus rodillas y sus hombros adherencias de olvido, hebras del suelo, zonas de vidrio roto y aluminio, cáscaras de cadáveres amargos, bolsillos de agua convertida en hierro: y reuniones de terribles bocas derramadas y azules, y ramas de coral acongojado hacen corona a su cabeza verde, y tristes vegetales fallecidos y maderas nocturnas le rodean, y en él aún duermen palomas entreabiertas con ojos de cemento subterráneo. Conde dulce, en la niebla, oh recién despertado de las minas, oh recién seco del agua sin río, oh recién sin arañas! Crujen minutos en tus pies naciendo, tu **** asesinado se incorpora, y levantas la mano en donde vive todavía el secreto de la espuma.
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La piedra es una frente donde los sueños gimen sin tener agua curva ni cipreses helados, La piedra es una espalda para llevar al tiempo con árboles de lágrimas y cintas y planetas. Yo he visto lluvias grises hacia las olas levantando sus tiernos brazos acribillados, para no ser cazadas por la piedra tendida que desata sus miembros sin empapar la sangre. Porque la piedra coge simientes y nublados, esqueletos de alondras y lobos de penumbra; pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego, sino plazas y plazas y otras plazas sin muros. Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido. Ya se acabó; ¿que pasa? Contemplad su figura: la muerte le ha cubierto de pálidos azufres y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro. Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca. El aire como loco deja su pecho hundido, y el Amor, empapado con lágrimas de nieve, se calienta en la cumbre de las ganaderías. ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa. Estamos con un cuerpo presente que se esfuma, con una forma clara que tuvo ruiseñores y la vemos llenarse de agujeros sin fondo. ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice! Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón, ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente: aquí no quiero más que los ojos redondos para ver ese cuerpo sin posible descanso. Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura. Los que doman caballos y dominan los ríos: los hombres que les suena el esqueleto y cantan con una boca llena de sol y pedernales. Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra. Delante de este cuerpo con las riendas quebradas. Yo quiero que me enseñen donde está la salida para este capitán atado por la muerte. Yo quiero que me enseñen un llanto como un río que tenga dulces nieblas y profundas orillas, para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda sin escuchar el doble resuello de los toros. Que se pierda en la plaza redonda de la luna que finge cuando niña doliente res inmóvil; que se pierda en la noche sin canto de los peces y en la maleza blanca del humo congelado. No quiero que le tapen la cara con pañuelos para que se acostumbre con la muerte que lleva. Vete Ignacio: No sientas el caliente bramido. Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
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Cuerpo presente
La piedra es una frente donde los sueños gimen sin tener agua curva ni cipreses helados, La piedra es una espalda para llevar al tiempo con árboles de lágrimas y cintas y planetas. Yo he visto lluvias grises hacia las olas levantando sus tiernos brazos acribillados, para no ser cazadas por la piedra tendida que desata sus miembros sin empapar la sangre. Porque la piedra coge simientes y nublados, esqueletos de alondras y lobos de penumbra; pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego, sino plazas y plazas y otras plazas sin muros. Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido. Ya se acabó; ¿que pasa? Contemplad su figura: la muerte le ha cubierto de pálidos azufres y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro. Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca. El aire como loco deja su pecho hundido, y el Amor, empapado con lágrimas de nieve, se calienta en la cumbre de las ganaderías. ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa. Estamos con un cuerpo presente que se esfuma, con una forma clara que tuvo ruiseñores y la vemos llenarse de agujeros sin fondo. ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice! Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón, ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente: aquí no quiero más que los ojos redondos para ver ese cuerpo sin posible descanso. Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura. Los que doman caballos y dominan los ríos: los hombres que les suena el esqueleto y cantan con una boca llena de sol y pedernales. Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra. Delante de este cuerpo con las riendas quebradas. Yo quiero que me enseñen donde está la salida para este capitán atado por la muerte. Yo quiero que me enseñen un llanto como un río que tenga dulces nieblas y profundas orillas, para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda sin escuchar el doble resuello de los toros. Que se pierda en la plaza redonda de la luna que finge cuando niña doliente res inmóvil; que se pierda en la noche sin canto de los peces y en la maleza blanca del humo congelado. No quiero que le tapen la cara con pañuelos para que se acostumbre con la muerte que lleva. Vete Ignacio: No sientas el caliente bramido. Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
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Con cresta o candor niño o envión varón habría que osar izar un yo flamante en gozo o autoengendrar hundido en el propio ego pozo un nimio virgo vicio un semi tic o trauma o trac o toc novicios un novococo inédito por poco un mero medio huevo al menos de algo nuevo e inmerso en el subyo intimísimo volver a ver reverdecer la fe de ser y creer en crear y croar y croar ante todo ende o duende visiblemente real o inexistente o hacer hacer dentro de un nido umbrío y tibio un hijo mito mixto de silbo ido y de hipo divo de ídolo o en rancia última instancia del cotidiano entreasco a escoplo y soplo mago remodelar habría los orificios psíquicos y físicos corrientes de tanto espectro diario que desnutre la mecha o un lazariento anhelo que todavía se yerga como si pudiera y darle con la proa de la lengua y darle con las olas de la lengua y furias y reflujos y mareas al todo cráter cosmos sin cráter de la nada
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Habría
Vosotras, piedras violentamente deformadas, rotas por el golpe preciso del cincel, exhibiréis aún durante siglos el último perfil que os dejaron: senos inconmovibles a un suspiro, firmes piernas que desconocen la fatiga, músculos tensos en su esfuerzo inútil, cabelleras que el viento no despeina, ojos abiertos que la luz rechazan. Pero vuestra arrogancia inmóvil, vuestra fría belleza, la desdeñosa fe del inmutable gesto, acabarán un día. El tiempo es más tenaz. La tierra espera por vosotras también. En ella caeréis por vuestro peso, seréis, si no cenizas, ruinas, polvo, y vuestra soñada eternidad será la nada. Hacia la piedra regresaréis piedra, indiferente mineral, hundido escombro, después de haber vivido el duro, ilustre, solemne, victorioso, ecuestre sueño de una gloria erigida a la memoria de algo también disperso en el olvido.
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Mensaje a las estatuas
En la sed en el ser en las psiquis en las equis en las exquisitísicas respuestas en los enlunamientos en lo erecto por los excesos lesos del erofrote etcétera o en el bisueño exhausto del -dame toma date hasta el mismo testuz de tu tan gana- en la no fe que rumia en lo vivisecante los cateos anímicos la metafisirrata en los resumiduendes del egogorgo cósmico en todo gesto injerto en toda forma hundido polimellado adrroto a ras afaz subrripio cocopleonasmo exotro sin lar sin can sin cala sin camastro sin coca sin historia endosorbienglutido por los engendros móviles del gravitar rotando bajo el prurito astrífero junto a las musaslianas chupaporos pulposas y los no menos pólipos hijos del hipo lutio voluntarios del miasma reconculcado opreso entre hueros jamases y garfios de escarmiento paso a pozo nadiando ante harto vagos piensos de finales compuertas que anegan la esperanza con la grismía el dubio los bostezos leopardos la jerga lela en llaga al desplegar la sangre sin introitos enanos en el plecoito lato con todo sueño insomne y todo espectro apuesto gociferando amente en lo no noto nato.
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Al gravitar rotando
Aborrezco este oficio algunas veces: espía de palabras, busco, busco el término huidizo, la expresión inestable que signifique, exacta, lo que eres. Inmóvil en la nada, al margen de la vida (hundido en un denso silencio sólo roto por el batir oscuro de mi sangre), busco, busco aquellas palabras que no existen -quizá sirvan: delicia de tu cuello…- que te acosan y mueren sin rozarte, cuando lo que quisiera es llegar a tu cuello con mi boca -...o acaso: increíble sonrisa que he besado-, subir hasta tu boca con mis labios, sujetar con mis manos tu cabeza y ver allá en el fondo de tus ojos, instantes antes de cerrar los míos, paz verde y luz dormida, claras sombras                       -tal vez fuera mejor decir: humo en la tarde, borrosa música que llueve del otoño, niebla que cae despacio sobre un valle- avanzando hacia mí, girando, penetrándome hasta anegar mi pecho y levantar mi corazón salvado, ileso, en vilo sobre la leve espuma de la dicha.
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Las palabras inútiles
En el poniente el esplendor del sol se diluía, y mi caballero, en un vetusto puente, meditaba y decía: -«Judith, Ana y Arminda, y Lidia, de labios sensuales, Inés, la rubia linda, todas fueron iguales! »Soñadas alegrías ya sois cual secas rosas! Ay! Y en vano mis días, tristes días, quisieran ser doradas mariposas... »Cansáronme los besos, y el hastío a mi lado ya veo. Del desencanto invade mi corazón el frío, y no he saciado nunca la sed de mi deseo. »El alma traigo envuelta en una túnica que ha tejido el Cansancio en horas tristes ¿En dónde estás, si existes? ¿En dónde estás, oh única? »¡Responde al que te ama! ¡Debo olvidarte como bien perdido! Responde al que en las sombras a ti clama; ¿Vives, moriste acaso... o no has nacido? »Y no cruza ninguna mi camino, Princesa rubia o bella Zagala, sin que diga a mi destino: ¿será ella? »Una niña vi un día junto a una anciana de cabello cano, y me dije: ¿Cuál de ellas es la mía? ¿Llegué tarde tal ves?... ¿Llegué temprano? »Busco el jardín soñado de sus encantos a la luz se abrieron, y la llamo... ¡y tal vez pasó a mi lado, y llorosos mis ojos no la vieron! »Cuando creo que nunca he de encontrarte, cómo sufro al pensar, oh dulce amada, ¡que quizá vives, sola y desgraciada, y que no puedo ir a consolarte! »Murió la Primavera; también pasó el Estío y viene ya el Otoño las hojas arrancando, y mientras en tu busca voy llorando, me esperarás llorando, dueño mío. »Y prosigo buscándote rendido, aunque una voz en medio de las sombras irónica me diga: la que nombras ni vendrá... ni está muerta... ni ha nacido!» Al extremo del puente, airosa dama surge, suelta la rubia cabellera, y su voz en el viento, pálida rosa, clama: «Yo soy la que aguardabas. Ven, que mi amor te espera». El caballero parte...                               Traicionero Abismo era ese puente; y al instante rodaron al torrente caballo y caballero Hervía un mar de sangre en el poniente mientras de sangre el agua se teñía, y allá, al extremo del hundido puente, la dama reía... reía... reía.
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El peregrino
En el poniente el esplendor del sol se diluía, y mi caballero, en un vetusto puente, meditaba y decía: -«Judith, Ana y Arminda, y Lidia, de labios sensuales, Inés, la rubia linda, todas fueron iguales! »Soñadas alegrías ya sois cual secas rosas! Ay! Y en vano mis días, tristes días, quisieran ser doradas mariposas... »Cansáronme los besos, y el hastío a mi lado ya veo. Del desencanto invade mi corazón el frío, y no he saciado nunca la sed de mi deseo. »El alma traigo envuelta en una túnica que ha tejido el Cansancio en horas tristes ¿En dónde estás, si existes? ¿En dónde estás, oh única? »¡Responde al que te ama! ¡Debo olvidarte como bien perdido! Responde al que en las sombras a ti clama; ¿Vives, moriste acaso... o no has nacido? »Y no cruza ninguna mi camino, Princesa rubia o bella Zagala, sin que diga a mi destino: ¿será ella? »Una niña vi un día junto a una anciana de cabello cano, y me dije: ¿Cuál de ellas es la mía? ¿Llegué tarde tal ves?... ¿Llegué temprano? »Busco el jardín soñado de sus encantos a la luz se abrieron, y la llamo... ¡y tal vez pasó a mi lado, y llorosos mis ojos no la vieron! »Cuando creo que nunca he de encontrarte, cómo sufro al pensar, oh dulce amada, ¡que quizá vives, sola y desgraciada, y que no puedo ir a consolarte! »Murió la Primavera; también pasó el Estío y viene ya el Otoño las hojas arrancando, y mientras en tu busca voy llorando, me esperarás llorando, dueño mío. »Y prosigo buscándote rendido, aunque una voz en medio de las sombras irónica me diga: la que nombras ni vendrá... ni está muerta... ni ha nacido!» Al extremo del puente, airosa dama surge, suelta la rubia cabellera, y su voz en el viento, pálida rosa, clama: «Yo soy la que aguardabas. Ven, que mi amor te espera». El caballero parte...                               Traicionero Abismo era ese puente; y al instante rodaron al torrente caballo y caballero Hervía un mar de sangre en el poniente mientras de sangre el agua se teñía, y allá, al extremo del hundido puente, la dama reía... reía... reía.
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