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"hiel" poems
Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Con la sombra en la cintura ella sueña en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata. Verde que te quiero verde. Bajo la luna gitana, las cosas le están mirando y ella no puede mirarlas. Verde que te quiero verde. Grandes estrellas de escarcha, vienen con el pez de sombra que abre el camino del alba. La higuera frota su viento con la lija de sus ramas, y el monte, gato garduño, eriza sus pitas agrias. ¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...? Ella sigue en su baranda, verde carne, pelo verde, soñando en la mar amarga.Compadre, quiero cambiar mi caballo por su casa, mi montura por su espejo, mi cuchillo por su manta. Compadre, vengo sangrando, desde los montes de Cabra. Si yo pudiera, mocito, ese trato se cerraba. Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Compadre, quiero morir decentemente en mi cama. De acero, si puede ser, con las sábanas de holanda. ¿No ves la herida que tengo desde el pecho a la garganta? Trescientas rosas morenas lleva tu pechera blanca. Tu sangre rezuma y huele alrededor de tu faja. Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Dejadme subir al menos hasta las altas barandas, dejadme subir, dejadme, hasta las verdes barandas. Barandales de la luna por donde retumba el agua.Ya suben los dos compadres hacia las altas barandas. Dejando un rastro de sangre. Dejando un rastro de lágrimas. Temblaban en los tejados farolillos de hojalata. Mil panderos de cristal, herían la madrugada.Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas. Los dos compadres subieron. El largo viento, dejaba en la boca un raro gusto de hiel, de menta y de albahaca. ¡Compadre! ¿Dónde está, dime? ¿Dónde está mi niña amarga? ¡Cuántas veces te esperó! ¡Cuántas veces te esperara, cara fresca, ***** pelo, en esta verde baranda!Sobre el rostro del aljibe se mecía la gitana. Verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata. Un carámbano de luna la sostiene sobre el agua. La noche su puso íntima como una pequeña plaza. Guardias civiles borrachos, en la puerta golpeaban. Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar. Y el caballo en la montaña.
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Romance sonámbulo
Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña. Con la sombra en la cintura ella sueña en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata. Verde que te quiero verde. Bajo la luna gitana, las cosas le están mirando y ella no puede mirarlas. Verde que te quiero verde. Grandes estrellas de escarcha, vienen con el pez de sombra que abre el camino del alba. La higuera frota su viento con la lija de sus ramas, y el monte, gato garduño, eriza sus pitas agrias. ¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...? Ella sigue en su baranda, verde carne, pelo verde, soñando en la mar amarga.Compadre, quiero cambiar mi caballo por su casa, mi montura por su espejo, mi cuchillo por su manta. Compadre, vengo sangrando, desde los montes de Cabra. Si yo pudiera, mocito, ese trato se cerraba. Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Compadre, quiero morir decentemente en mi cama. De acero, si puede ser, con las sábanas de holanda. ¿No ves la herida que tengo desde el pecho a la garganta? Trescientas rosas morenas lleva tu pechera blanca. Tu sangre rezuma y huele alrededor de tu faja. Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Dejadme subir al menos hasta las altas barandas, dejadme subir, dejadme, hasta las verdes barandas. Barandales de la luna por donde retumba el agua.Ya suben los dos compadres hacia las altas barandas. Dejando un rastro de sangre. Dejando un rastro de lágrimas. Temblaban en los tejados farolillos de hojalata. Mil panderos de cristal, herían la madrugada.Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas. Los dos compadres subieron. El largo viento, dejaba en la boca un raro gusto de hiel, de menta y de albahaca. ¡Compadre! ¿Dónde está, dime? ¿Dónde está mi niña amarga? ¡Cuántas veces te esperó! ¡Cuántas veces te esperara, cara fresca, ***** pelo, en esta verde baranda!Sobre el rostro del aljibe se mecía la gitana. Verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata. Un carámbano de luna la sostiene sobre el agua. La noche su puso íntima como una pequeña plaza. Guardias civiles borrachos, en la puerta golpeaban. Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar. Y el caballo en la montaña.
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Dibujo tras dibujo en la misma libreta cuando estoy con una revuelta en mi maleta. Esperando al avión. Qué fea sensación. Tengo un desorden que quiero poner en orden. Un caos en el corazón. Cuando dibujo no dibujo, trazo. Qué más me gustaría que fuera lo mismo cuando amo. Que cuando ame no ame, que solo trace. Pero no es lo mismo. Y cuando sufro, tal como lo dice la palabra y un poquito más: sufro. Pero creo que es efecto de la cuestión del vivirlo todo al extremo. Y hablando de extremos, me gusta acordarme del extremo que partió el corazón hace poco. Del lugar, del aire frío, de la lengua exótica y del olor a pescado mientras mojo mis botas en la lluvia. Me gusta este lugar, cómo el nórdico aire nos arropa, y luego tu mano con la mía topa. Me gusta cómo el sol quema mi piel. Helada hiel. Sentirme suelta, sentirme libre. Sin anclas. Sin apegos. Sin revueltos. Me gusta meditar en el césped de algodón metafórico creyéndome capaz de todo. Lejos de todo pero sintiéndome todo.
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Jun 18, 2014
Jun 18, 2014 at 6:15 PM UTC
Adiós
Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos, Como nace un deseo sobre torres de espanto, Amenazadores barrotes, hiel descolorida, Noche petrificada a fuerza de puños, Ante todos, incluso el más rebelde, Apto solamente en la vida sin muros. Corazas infranqueables, lanzas o puñales, Todo es bueno si deforma un cuerpo; Tu deseo es beber esas hojas lascivas O dormir en esa agua acariciadora. No importa; Ya declaran tu espíritu impuro. No importa la pureza, los dones que un destino Levantó hacia las aves con manos imperecederas; No importa la juventud, sueño más que hombre, La sonrisa tan noble, playa de seda bajo la tempestad De un régimen caído. Placeres prohibidos, planetas terrenales, Miembros de mármol con sabor de estío, Jugo de esponjas abandonadas por el mar, Flores de hierro, resonantes como el pecho de un hombre. Soledades altivas, coronas derribadas, Libertades memorables, manto de juventudes; Quien insulta esos frutos, tinieblas en la lengua, Es vil como un rey, como sombra de rey Arrastrándose a los pies de la tierra Para conseguir un trozo de vida. No sabía los límites impuestos, Límites de metal o papel, Ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta, Adonde no llegan realidades vacías, Leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos. Extender entonces una mano Es hallar una montaña que prohíbe, Un bosque impenetrable que niega, Un mar que traga adolescentes rebeldes. Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte, Ávidos dientes sin carne todavía, Amenazan abriendo sus torrentes, De otro lado vosotros, placeres prohibidos, Bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita, Tendéis en una mano el misterio. Sabor que ninguna amargura corrompe, Cielos, cielos relampagueantes que aniquilan. Abajo, estatuas anónimas, Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla; Una chispa de aquellos placeres Brilla en la hora vengativa. Su fulgor puede destruir vuestro mundo.
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Diré cómo nacisteis
Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos, Como nace un deseo sobre torres de espanto, Amenazadores barrotes, hiel descolorida, Noche petrificada a fuerza de puños, Ante todos, incluso el más rebelde, Apto solamente en la vida sin muros. Corazas infranqueables, lanzas o puñales, Todo es bueno si deforma un cuerpo; Tu deseo es beber esas hojas lascivas O dormir en esa agua acariciadora. No importa; Ya declaran tu espíritu impuro. No importa la pureza, los dones que un destino Levantó hacia las aves con manos imperecederas; No importa la juventud, sueño más que hombre, La sonrisa tan noble, playa de seda bajo la tempestad De un régimen caído. Placeres prohibidos, planetas terrenales, Miembros de mármol con sabor de estío, Jugo de esponjas abandonadas por el mar, Flores de hierro, resonantes como el pecho de un hombre. Soledades altivas, coronas derribadas, Libertades memorables, manto de juventudes; Quien insulta esos frutos, tinieblas en la lengua, Es vil como un rey, como sombra de rey Arrastrándose a los pies de la tierra Para conseguir un trozo de vida. No sabía los límites impuestos, Límites de metal o papel, Ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta, Adonde no llegan realidades vacías, Leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos. Extender entonces una mano Es hallar una montaña que prohíbe, Un bosque impenetrable que niega, Un mar que traga adolescentes rebeldes. Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte, Ávidos dientes sin carne todavía, Amenazan abriendo sus torrentes, De otro lado vosotros, placeres prohibidos, Bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita, Tendéis en una mano el misterio. Sabor que ninguna amargura corrompe, Cielos, cielos relampagueantes que aniquilan. Abajo, estatuas anónimas, Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla; Una chispa de aquellos placeres Brilla en la hora vengativa. Su fulgor puede destruir vuestro mundo.
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¡Oh! No es, no, mi carne, la que sufre el martirio. Es mi alma, mi alma tan blanca como un lirio A veces, y otras veces, como una brasa, roja, La que sufre la angustia y toda se deshoja. En lágrimas salobres con un gusto de hiel. En lágrimas amargas que dejan en la piel De mi rostro moreno, cual maléfico riesgo, Un rastro calcinante como un surco de fuego. Es mi alma, ¡mi alma!, que sufre la tortura Y se exalta en extraña ansiedad de ternura Lo mismo que su hermana Teresa de Jesús. Es mi alma, ¡mi alma!, que desea una cruz De amor grande y doliente, de pasión y martirio. ¡Mi alma roja y blanca, de rosal y de lirio!
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Pasión
¿Quién es aquel Caballero herido por tantas partes, que está de expirar tan cerca, y no le socorre nadie? «Jesús Nazareno» dice aquel rétulo notable. ¡Ay Dios, que tan dulce nombre no promete muerte infame! Después del nombre y la patria, Rey dice más adelante, pues si es rey, ¿cuándo de espinas han usado coronarse? Dos cetros tiene en las manos, mas nunca he visto que claven a los reyes en los cetros los vasallos desleales. Unos dicen que si es Rey, de la cruz descienda y baje; y otros, que salvando a muchos, a sí no puede salvarse. De luto se cubre el cielo, y el sol de sangriento esmalte, o padece Dios, o el mundo se disuelve y se deshace. Al pie de la cruz, María está en dolor constante, mirando al Sol que se pone entre arreboles de sangre. Con ella su amado primo haciendo sus ojos mares, Cristo los pone en los dos, más tierno porque se parte. ¡Oh lo que sienten los tres! Juan, como primo y amante, como madre la de Dios, y lo que Dios, Dios lo sabe. Alma, mirad cómo Cristo, para partirse a su Padre, viendo que a su Madre deja, le dice palabras tales: Mujer, ves ahí a tu hijo y a Juan: Ves ahí tu Madre. Juan queda en lugar de Cristo, ¡ay Dios, qué favor tan grande! Viendo, pues, Jesús que todo ya comenzaba a acabarse, Sed tengo, dijo, que tiene sed de que el hombre se salve. Corrió un hombre y puso luego a sus labios celestiales en una caña una esponja llena de hiel y vinagre. ¿En la boca de Jesús pones hiel?, hombre, ¿qué haces? Mira que por ese cielo de Dios las palabras salen. Advierte que en ella puso con sus pechos virginales una ave su blanca leche a cuya dulzura sabe. Alma, sus labios divinos, cuando vamos a rogarle, ¿cómo con vinagre y hiel **** respuesta süave? Llegad a la Virgen bella, y decirle con el ángel: «Ave, quitad su amargura, pues que de gracia sois Ave». Sepa al vientre el fruto santo, y a la dulce palma el dátil; si tiene el alma a la puerta no tengan hiel los umbrales. Y si dais leche a Bernardo, porque de madre os alabe, mejor Jesús la merece, pues Madre de Dios os hace. Dulcísimo Cristo mío, aunque esos labios se bañen en hiel de mis graves culpas, Dios sois, como Dios habladme. Habladme, dulce Jesús, antes que la lengua os falte, no os desciendan de la cruz sin hablarme y perdonarme.
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A cristo en la cruz
¿Quién es aquel Caballero herido por tantas partes, que está de expirar tan cerca, y no le socorre nadie? «Jesús Nazareno» dice aquel rétulo notable. ¡Ay Dios, que tan dulce nombre no promete muerte infame! Después del nombre y la patria, Rey dice más adelante, pues si es rey, ¿cuándo de espinas han usado coronarse? Dos cetros tiene en las manos, mas nunca he visto que claven a los reyes en los cetros los vasallos desleales. Unos dicen que si es Rey, de la cruz descienda y baje; y otros, que salvando a muchos, a sí no puede salvarse. De luto se cubre el cielo, y el sol de sangriento esmalte, o padece Dios, o el mundo se disuelve y se deshace. Al pie de la cruz, María está en dolor constante, mirando al Sol que se pone entre arreboles de sangre. Con ella su amado primo haciendo sus ojos mares, Cristo los pone en los dos, más tierno porque se parte. ¡Oh lo que sienten los tres! Juan, como primo y amante, como madre la de Dios, y lo que Dios, Dios lo sabe. Alma, mirad cómo Cristo, para partirse a su Padre, viendo que a su Madre deja, le dice palabras tales: Mujer, ves ahí a tu hijo y a Juan: Ves ahí tu Madre. Juan queda en lugar de Cristo, ¡ay Dios, qué favor tan grande! Viendo, pues, Jesús que todo ya comenzaba a acabarse, Sed tengo, dijo, que tiene sed de que el hombre se salve. Corrió un hombre y puso luego a sus labios celestiales en una caña una esponja llena de hiel y vinagre. ¿En la boca de Jesús pones hiel?, hombre, ¿qué haces? Mira que por ese cielo de Dios las palabras salen. Advierte que en ella puso con sus pechos virginales una ave su blanca leche a cuya dulzura sabe. Alma, sus labios divinos, cuando vamos a rogarle, ¿cómo con vinagre y hiel **** respuesta süave? Llegad a la Virgen bella, y decirle con el ángel: «Ave, quitad su amargura, pues que de gracia sois Ave». Sepa al vientre el fruto santo, y a la dulce palma el dátil; si tiene el alma a la puerta no tengan hiel los umbrales. Y si dais leche a Bernardo, porque de madre os alabe, mejor Jesús la merece, pues Madre de Dios os hace. Dulcísimo Cristo mío, aunque esos labios se bañen en hiel de mis graves culpas, Dios sois, como Dios habladme. Habladme, dulce Jesús, antes que la lengua os falte, no os desciendan de la cruz sin hablarme y perdonarme.
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¿Qué azul me queda? ¿En qué oro y en qué rosa me detengo, qué dicha se hace miel entre mi boca o qué río me canta frente al pecho? Es la hora de la hiel, la hora morada en que el pasado, como un fruto acedo, sólo me da su raso deslucido y una confusa sensación de miedo. Se me acerca la tierra del descanso final, bajo los árboles erectos, los cipreses aquellos que he cantado y veo ahora en guardia de los muertos. Amé, ay Dios, amé a hombres y bestias y sólo tengo la lealtad del perro que aún vigila a mi lado mis insomnios con sus ojos tan dulces y tan buenos.
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Hora morada
No saben. ¡Perdonadlos! No saben lo que han hecho, lo que hacen, por qué matan, por qué hieren las piedras, masacran los paisajes... No saben. No lo saben... No saben por qué mueren. Se nutren, se han nutrido de hediondas imposturas, de cancerosos miasmas, de vocablos sin pulpa, sin carozo, sin jugo, de negras reses de humo, de canciones en pasta, de pasionales sombras con voces de ventrílocuo. Viven entre lo fétido, una inquietud de orzuelo, de vejiga pletórica, de urticaria florida que cultiva el ayuno, el sudor estancado, la iniquidad encinta. No creen. No creen en nada más que en el moco hervido. en el ideal, chirriante, de las aplanadoras, en las agrias arcadas que atormentan al éter, en todas las mentiras que engendran las matrices de plomo derretido el papel embobado y en bobina. Son blandos, son de sebo, de corrompido sebo triturado por engranajes sádicos, por ruidos asesinos, por cuanto escupitajo se esconde en el anónimo, para hundirles sus uñas de raíces cuadradas y dotarlos de un alma de trapo de cocina. Sólo piensan en cifras, en fórmulas, en pesos, en sacarle provecho hasta a sus excrementos. Escupen las veredas, escupen los tranvías, para eludir las horas y demostrar que existen. No pueden rebelarse. Los empuja la inercia, el terror, el engaño, las plumas sobornadas, los consorcios sin **** que ha parido la usura y que nunca se sacian de fabricar cadáveres. Se niegan al coloquio del agua con las piedras. Ignoran el misterio del gusano, del aire. Ven las nubes, la arena, y no caen de rodillas. No quedan deslumbrados por vivir entre venas. Sólo buscan la dicha en las suelas de goma. Si se acercan a un árbol no es más que para mearlo. Son capaces de todo con tal de no escucharse, con tal de no estar solos. ¿Cómo, cómo sabrían lo que han hecho, lo que hacen? ¿Algo tiene de extraño que deserten del asco, de la hiel, del cansancio? Sólo puede esperarse que defiendan el plomo, que mueran por el guano, que cumplan la proeza de arrasar lo que encuentren y exterminarlo todo, para que el hambre extienda sus tapices de esparto y desate su bolsa ahíta de calambres. Son ferozmente crueles. Son ferozmente estúpidos... pero son inocentes. ¡Hay que compadecerlos!
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Hay que compadecerlos
No saben. ¡Perdonadlos! No saben lo que han hecho, lo que hacen, por qué matan, por qué hieren las piedras, masacran los paisajes... No saben. No lo saben... No saben por qué mueren. Se nutren, se han nutrido de hediondas imposturas, de cancerosos miasmas, de vocablos sin pulpa, sin carozo, sin jugo, de negras reses de humo, de canciones en pasta, de pasionales sombras con voces de ventrílocuo. Viven entre lo fétido, una inquietud de orzuelo, de vejiga pletórica, de urticaria florida que cultiva el ayuno, el sudor estancado, la iniquidad encinta. No creen. No creen en nada más que en el moco hervido. en el ideal, chirriante, de las aplanadoras, en las agrias arcadas que atormentan al éter, en todas las mentiras que engendran las matrices de plomo derretido el papel embobado y en bobina. Son blandos, son de sebo, de corrompido sebo triturado por engranajes sádicos, por ruidos asesinos, por cuanto escupitajo se esconde en el anónimo, para hundirles sus uñas de raíces cuadradas y dotarlos de un alma de trapo de cocina. Sólo piensan en cifras, en fórmulas, en pesos, en sacarle provecho hasta a sus excrementos. Escupen las veredas, escupen los tranvías, para eludir las horas y demostrar que existen. No pueden rebelarse. Los empuja la inercia, el terror, el engaño, las plumas sobornadas, los consorcios sin **** que ha parido la usura y que nunca se sacian de fabricar cadáveres. Se niegan al coloquio del agua con las piedras. Ignoran el misterio del gusano, del aire. Ven las nubes, la arena, y no caen de rodillas. No quedan deslumbrados por vivir entre venas. Sólo buscan la dicha en las suelas de goma. Si se acercan a un árbol no es más que para mearlo. Son capaces de todo con tal de no escucharse, con tal de no estar solos. ¿Cómo, cómo sabrían lo que han hecho, lo que hacen? ¿Algo tiene de extraño que deserten del asco, de la hiel, del cansancio? Sólo puede esperarse que defiendan el plomo, que mueran por el guano, que cumplan la proeza de arrasar lo que encuentren y exterminarlo todo, para que el hambre extienda sus tapices de esparto y desate su bolsa ahíta de calambres. Son ferozmente crueles. Son ferozmente estúpidos... pero son inocentes. ¡Hay que compadecerlos!
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Allí están, allí estaban las trashumantes nubes, la fácil desnudez del arroyo, la voz de la madera, los trigales ardientes, la amistad apacible de las piedras. Allí la sal, los juncos que se bañan, el melodioso sueño de los sauces, el trino de los astros, de los grillos, la luna recostada sobre el césped, el horizonte azul, ¡el horizonte! con sus briosos tordillos por el aire. ¡Pero no! Nos sedujo lo infecto, la opinión clamorosa de las cloacas, los vibrantes eructos de onda corta, el pasional engrudo las circuncisas lenguas de cemento, los poetas de moco enternecido, los vocablos, las sombras sin remedio. Y aquí estamos: exangües, más pálidos que nunca; como tibios pescados corrompidos por tanto mercader y ruido muerto: como mustias acelgas digeridas por la preocupación y la dispepsia; como resumideros ululantes que toman el tranvía y bostezan y sudan sobre el carbón, la cal, las telarañas; como erectos ombligos con pelusa que se rascan las piernas y sonríen, bajo los cielorrasos y las mesas de luz y los felpudos; llenos de iniquidad y de lagañas, llenos de hiel y tics a contrapelo, de histrionismos madeja, yarará, mosca muerta; con el cráneo repleto de aserrín escupido, con las venas pobladas de alacranes filtrables, con los ojos rodeados de pantanosas costas y paisajes de arena, nada más que de arena. Escoria entumecida de enquistados complejos y cascarrientos labios que se olvida del **** en todas partes, que confunde el amor con el masaje, la poesía con la congoja acidulada, los misales con los libros de caja. Desolados engendros del azar y el hastío, con la carne exprimida por los bancos de estuco y tripas de oro, por los dedos cubiertos de insaciables ventosas, por caducos gargajos de cuello almidonado, por cuantos mingitorios con trato de excelencia explotan las tinieblas, ordeñan las cascadas, la edulcorada caña, la sangre oleaginosa de los falsos caballos, sin orejas, sin cascos, ni florecido esfínter de amapola, que los llevan al hambre, a empeñar la esperanza, a vender los ovarios, a cortar a pedazos sus adoradas madres, a ingerir los infundios que pregonan las lámparas, los hilos tartamudos, los babosos escuerzos que tienen la palabra, y hablan, hablan, hablan, ante las barbas próceres, o verdes redomones de bronce que no mean, ante las multitudes que desde un sexto piso podrán semejarse a caviar envasado, aunque de cerca apestan: a sudor sometido, a cama trasnochada, a sacrificio inútil, a rencor estancado, a pis en cuarentena, a rata muerta.
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Testimonial
Allí están, allí estaban las trashumantes nubes, la fácil desnudez del arroyo, la voz de la madera, los trigales ardientes, la amistad apacible de las piedras. Allí la sal, los juncos que se bañan, el melodioso sueño de los sauces, el trino de los astros, de los grillos, la luna recostada sobre el césped, el horizonte azul, ¡el horizonte! con sus briosos tordillos por el aire. ¡Pero no! Nos sedujo lo infecto, la opinión clamorosa de las cloacas, los vibrantes eructos de onda corta, el pasional engrudo las circuncisas lenguas de cemento, los poetas de moco enternecido, los vocablos, las sombras sin remedio. Y aquí estamos: exangües, más pálidos que nunca; como tibios pescados corrompidos por tanto mercader y ruido muerto: como mustias acelgas digeridas por la preocupación y la dispepsia; como resumideros ululantes que toman el tranvía y bostezan y sudan sobre el carbón, la cal, las telarañas; como erectos ombligos con pelusa que se rascan las piernas y sonríen, bajo los cielorrasos y las mesas de luz y los felpudos; llenos de iniquidad y de lagañas, llenos de hiel y tics a contrapelo, de histrionismos madeja, yarará, mosca muerta; con el cráneo repleto de aserrín escupido, con las venas pobladas de alacranes filtrables, con los ojos rodeados de pantanosas costas y paisajes de arena, nada más que de arena. Escoria entumecida de enquistados complejos y cascarrientos labios que se olvida del **** en todas partes, que confunde el amor con el masaje, la poesía con la congoja acidulada, los misales con los libros de caja. Desolados engendros del azar y el hastío, con la carne exprimida por los bancos de estuco y tripas de oro, por los dedos cubiertos de insaciables ventosas, por caducos gargajos de cuello almidonado, por cuantos mingitorios con trato de excelencia explotan las tinieblas, ordeñan las cascadas, la edulcorada caña, la sangre oleaginosa de los falsos caballos, sin orejas, sin cascos, ni florecido esfínter de amapola, que los llevan al hambre, a empeñar la esperanza, a vender los ovarios, a cortar a pedazos sus adoradas madres, a ingerir los infundios que pregonan las lámparas, los hilos tartamudos, los babosos escuerzos que tienen la palabra, y hablan, hablan, hablan, ante las barbas próceres, o verdes redomones de bronce que no mean, ante las multitudes que desde un sexto piso podrán semejarse a caviar envasado, aunque de cerca apestan: a sudor sometido, a cama trasnochada, a sacrificio inútil, a rencor estancado, a pis en cuarentena, a rata muerta.
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Llegué a confundirme con ella, tanto ...! Por sus recodos espirituales, yo me iba jugando entre tiernos fresales, entre sus griegas manos matinales. Ella me acomodaba después los lazos negros y bohemios de la corbata. Y yo volvía a ver la piedra absorta, desairados los bancos, y el reloj que nos iba envolviendo en su carrete, al dar su inacabable molinete. Buenas noches aquellas, que hoy la dan por reír de mi extraño morir, de mi modo de andar meditabundo. Alfeñiques de oro, joyas de azúcar que al fin se quiebran en el mortero de losa de este mundo. Pero para las lágrimas de amor, los luceros son lindos pañuelitos lilas, naranjas, verdes, que empapa el corazón. Y si hay ya mucha hiel en esas sedas, hay un cariño que no nace nunca,,, que nunca muere, vuela otro gran pañuelo apocalíptico; la mano azul, inédita de Dios!
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Fresco
Es preciso que tornes de la esfera sombría con los flavos destellos de la Luna, que escapa, cual la momia de un mundo, de la azul lejanía; es preciso que tornes y te vuelvas mi guía y me des un refugio, ¡por piedad!, en la Trapa. Si lo mandas, ¡oh padre!, si tu regla lo ordena, cavaré por mi mano mi sepulcro en el huerto, Y al amparo infinito de la noche serena vagaré por sus bordes como el ánima en pena, mientras lloran los bronces con un toque de muerto... La leyenda refiere que tu triste mirada extinguía los duelos y las ansias secretas, y yo guardo aquí dentro, como en urna cerrada, desconsuelos muy hondos, mucha hiel concentrada, y la fiera nostalgia que tocó a los poetas... Viviré de silencio -el silencio es la plática con Jesús, escribiste: tal mi plática sea-, y mezclado a tus frailes, con su turba hierática gemirá De profundis la voz seca y asmática que fue verbo: ese verbo que subyuga y flamea. Ven, abad incurable, gran asceta, yo quiero anegar mis pupilas en las tuyas de acero, aspirar el efluvio misterioso que escapa de tus miembros exangües, de tu rostro severo, y sufrir el contagio de la paz de tu Trapa.
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A rancé, reformador de la trapa (1626-1700)
Del país del sueño, tinieblas, brillos, donde crecen plantas, flores extrañas, entre los escombros de los castillos, junto a las laderas de las montañas; donde los pastores en sus cabañas rezan, cuando al fuego dormita el can, y donde las sombras antiguas van por cuevas de lobos y raposas, ha traído cosas muy misteriosas don Ramón María del Valle-Inclán. Cosas misteriosas, trágicas, raras, de cuentos oscuros de los antaños, de amores terribles, crímenes, daños, como entre vapores de solfataras, caras sanguinarias, pálidas caras, gritos ululantes de pena y afán, infaustos hechizos, aves que van bajo la amenaza del gerifalte, dice en versos ricos de oro y esmalte don Ramón María del Valle-Inclán. Sus aprobaciones diera el gran Will, y sus alabanzas el gran Miguel, a quien ya nos cuenta cuentos de abril o poemas llenos de sangre y hiel. Para él la palma con el laurel que en manos de España listas están, pues mil nobles lenguas diciendo van que han sido ganadas en buena lid por el otro manco que hay en Madrid, don Ramón María del Valle-Inclán. Señor, que en Galicia tuviste cuna, mis dos manos estas flores te dan, amadas de Apolo y de la Luna, cuya sacra influencia siempre nos una, don Ramón María del Valle-Inclán.
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Balada laudatoria a don ramón del valle-inclán
¡Oh, Señor! Dios de los ejércitos, eterno Padre, eterno Rey, por este mundo que creaste con la virtud de tu poder; porque dijiste: la luz sea, y a tu palabra la luz fue; porque coexistes con el Verbo, porque contigo el Verbo es desde los siglos de los siglos y sin mañana y sin ayer, requiem aeternam dona eis, Domine, el lux perpetua luceat eis! ¡Oh Jesucristo, por el frío de tu pesebre de Belem, por tus angustias en el Huerto, por el vinagre y por la hiel, por las espinas y las varas con que tus carnes desgarré, y por la cruz en que borraste todas las culpas de Israel; Hijo del Hombre, desolado, trágico Dios, tremendo Juez: requiem aeternam dona eis, Domine, el lux perpetua luceat eis! ¡Divino Espíritu, Paráclito, aspiración del gran Iaveh, que unes al Padre con el Hijo, y siendo el Uno sois los Tres; por la paloma de alas níveas, por la inviolada doncellez de aquella Virgen que en su vientre llevó al Mesías Emmanuel; por las ardientes lenguas rojas con que inspiraste ciencia y fe a los discípulos amados de Jesucristo, nuestro bien: requiem aeternam dona eis, Domine, el lux perpetua luceat eis!
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Requiem
Un rimador obscuro que no proyecta sombra, un poeta maduro a quien ya nadie nombra, hizo este libro, amada, para vaciar en él como turbia oleada de lágrimas y hiel. Humilde florilegio, pobre ramo de rimas, su solo privilegio es que acaso lo animas tú, con tu santo soplo de amor y de ternura, desde el astro en que estás. ¡Un dolor infinito labró en él con su escoplo tu divina escultura, como un recio granito, para siempre jamás!
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I. este libro
Y vi las sombras de los que fueron, en sus sepulcros, y así clamaron: «¡Ay, de los vientres que concibieron! ¡Ay, de los senos que amamantaron!» «La noche asperja los cielos de oro; mas cada estrella del ***** manto es una gota de nuestro lloro... ¿Verdad que hay muchas? ¡Lloramos tanto...!» «¡Ay, de los seres que se quisieron y en mala hora nos engendraron! ¡Ay, de los vientres que concibieron! ¡Ay, de los senos que amamantaron!» Hui angustiado, lleno de horrores; pero la turba conmigo huía, y con sollozos desgarradores su ritornello feroz seguía. «¡Ay, de los seres que se quisieron Y en mala hora nos engendraron! ¡Ay, de los vientres que concibieron! ¡Ay, de los senos que amamantaron!» Y he aquí los astros - ¡chispas de fraguas del viejo Cosmos! - que descendían y, al apagarse sobre las aguas, en hiel y absintio las convertían. Y a los fantasmas su voz unieron los Siete Truenos; estremecieron el Infinito y así clamaron: «¡Ay, de los vientres que concibieron! ¡Ay, de los senos que amamantaron!»
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Apocalíptica
El tiempo trae a mis sienes imágenes de mi huerto y de aquel blanco desierto ungido de parabienes. Se vistió la pobre arcilla de sueño, rosa y armiño, de luna y rayo fecundo, y al volar por este mundo crujiendo cándida gloria me vienen a la memoria aquellos años de niño. Una voz atribulada viene y va por mi recuerdo preguntando si me acuerdo de aquella infancia pasada, de aquella suerte cebada en una planta tan leve de aquella infancia tan breve que por tan breve y tan fría más que infancia parecía vejez de luto y de nieve. ¿Que si me acuerdo? Podría olvidar el tiempo aquel, aquel tiempo todo hiel todo hiel y luna fría, aquella niñez sombría, aquel tiempo de candor y aquella madre de amor arrodillada en el suelo mientras nevaba en su pelo con una nieve de dios. Nieve de mi primavera arcángel anunciador de todo cuanto era flor y cuanto inocencia era. Madre de rosa y de cera, madre de sol y de canto, con que amargo desencanto vivió muriendo en la cueva. Su pecho lleno de pena sus ojos, sus ojos llenos de llanto. Flecha de falso cupido que hirió su noble cintura, toro de mala ventura con dos pitones de olvido. Toro de negra suerte, dos pitones sin honor, tronchaste una rosa en flor y en la plaza de la muerte ante torero celeste.
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Profecía
Cuando el amor se acaba Lo siento en mis venas Cuando te alejas, Me duele la hiel Si no te sofoco , no peleo Pero si me alejo, me rendí Quien entiende el amor Cada cual siente lo que siente no hay razón No me importa las veces que me has roto el corazón Solo se que sin tu amor Me provocan sentimientos Quiero pelear por ti, Pero ya tu fuego se apago Ahora me toca decir Adiós, Hasta luego a este efímero amor Sin explicación, sin perdón No esperaba esta reacción , de conocerte y sentir lo que siento Espero que estés bien Que encuentres tu mitad La mía ya no se donde esta.
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Mar 10, 2019
Mar 10, 2019 at 7:08 PM UTC
Cuando El amor se acaba
El día de duraznos, la noche de centauras, todo el día y la noche fragancia, almendra y miel. Decíamos: ¿Preguntan las sigilosas auras si sobre el mundo hay sombras y en nuestro pan hay hiel? ¡Qué risa al contestarles que el mundo era una gloria, que el pan que te servía era de un trigo igual al que comen las reinas! Me duele la memoria recordando esa risa. Y en este cabezal En que me aduermo ahora tan sola y tan cansada, que siento cual si fuera de arenisca la almohada y de uñas la manta que nunca da calor, triste como la muerte te grito sin un eco: ¿Qué haces? ¿Dónde vives? ¿En qué país reseco te hundes, olvidado del mundo del amor?
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¿dónde?
Ay voz secreta del amor oscuro ¡ay balido sin lanas! ¡ay herida! ¡ay aguja de hiel, camelia hundida! ¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro! ¡Ay noche inmensa de perfil seguro, montaña celestial de angustia erguida! ¡ay perro en corazón, voz perseguida! ¡silencio sin confín, lirio maduro! Huye de mí, caliente voz de hielo, no me quieras perder en la maleza donde sin fruto gimen carne y cielo. Deja el duro marfil de mi cabeza, apiádate de mí, ¡rompe mi duelo! ¡que soy amor, que soy naturaleza!
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Untitled
De paso en el vergel donde has nacido, Callando mi dolor y mis congojas, Quiero, para librarme del olvido, Dejarte alguna flor en estas hojas. Busco en mi alma y no encuentro qué corona Pondré de tu belleza en los altares; No sé lo que es felicidad ¡perdona! ¡Yo soy el trovador de los pesares! ¿Mancharán de esta página el encanto Mis lágrimas de hiel? ¡oh suerte impía! Si da el mar del dolor perlas de llanto, Recoge este collar, amiga mía...
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Homenaje
Llegaste a mí y en ti yo estoy viviendo y tú viviendo en mí, fiel prisionero, de este decirte siempre que te quiero y este probarte que no estoy mintiendo. Siempre, tierno, hacia mí tú estás viniendo. Siempre voy hacia ti, siempre te espero. Ya sé está haciendo un nudo este entrevero en que dos, uno solo estamos siendo. En ti empieza y termina mi universo. Sea el día solar, o sea adverso, tú eres su aire, su luz y todo el cielo. Si sangra el corazón tú lo restañas, porque si a veces, sin querer, lo empañas, es un río de hiel tu desconsuelo.
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El nudo
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, porque nunca me diste ni esperanza fallida, ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; porque veo al final de mi rudo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino; que si extraje la miel o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: cuando planté rosales, coseché siempre rosas. ...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: ¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno! Hallé sin duda largas noches de mis penas; mas no me prometiste tú sólo noches buenas; y en cambio tuve algunas santamente serenas... Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
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En paz
¡Bendita seas, Francia, porque me diste amor! En tu París inmenso y cordial, encontré para mi cuerpo abrigo, para mi alma fulgor, para mis ideales el ambiente mejor ...¡y, además, una dulce francesa que adoré! Por esa mujer noble, tuyo es, Francia querida, mi reconocimiento; pues que, merced a ella, tuve todos los bienes: ¡el gusto por la vida, la intimidad celeste, la ternura escondida, y la luz de la lámpara y la luz de la estrella! Yo no sé qué demiurgo la substrajo a mi anhelo tras una amputación repentina y crüel, y ya tú sola, Francia, puedes darme consuelo: con un refugio amigo para llorar mi duelo, tu maternal regazo para verter mi hiel, la sombra de algún árbol en tu florido suelo ...¡y acaso, en tus colmenas, una gota de miel!
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Ii. bendición a francia
A los Fuertes admiro, que en las frentes besados                                 Por boca sobrehumana, Soñaron horizontes bellos y dilatados                                 En cumbre soberana; Que el resplandor del genio radiar fulgente vieron                                 En sus noches sombrías; Que supieron de lágrimas, pero también oyeron                                 Todas las armonías; Que en las almas nacidas para el dolor y el llanto                                 Dejaron sacras huellas, Y cayeron vencidos, entre un sueño y un canto,                                 Circundados de estrellas. A los Rebeldes amo, por el dolor mordidos,                                 más que piedad no imploran, y que con fuerte lazo de amor están unidos                                 a todos los que lloran. Amo a aquellos malditos que redimió el Calvario,                                 y en senda de dolores su lábaro llevaron, radiante y solitario,                                 Del pueblo redentores; Y dijeron el himno del porvenir del mundo                                 en glorioso delirio, y marcharon serenos al calabozo inmundo,                                 y firmes al martirio. Pero mi llanto es todo para aquellos vencidos                                 Por la social sevicia, Los Grandes de las Sombras, hambrientos y oprimidos,                                por la ciega Injusticia; Que encorvados pasaron bajo rudas fatigas,                                 Pero que nunca odiaron; que vieron para otros florecer las espigas,                                 y que nunca robaron; Que del dolor esclavos, en su vivir errante,                                 Hiel y llanto apuraron; que sintieron el látigo cruzarles el semblante,                                 pero que no mataron; Que fueron por la vida sin consuelo, y de rudos                                 trabajos siempre en pos, sin sol, sin pan, sin aire, famélicos, desnudos...                                 y creyeron en Dios; Que un jergón en sus noches para dormir tuvieron                                 infecto y miserando, y en el rincón oscuro de un hospital murieron...                                 ¡Y murieron amando!
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Los grandes
A los Fuertes admiro, que en las frentes besados                                 Por boca sobrehumana, Soñaron horizontes bellos y dilatados                                 En cumbre soberana; Que el resplandor del genio radiar fulgente vieron                                 En sus noches sombrías; Que supieron de lágrimas, pero también oyeron                                 Todas las armonías; Que en las almas nacidas para el dolor y el llanto                                 Dejaron sacras huellas, Y cayeron vencidos, entre un sueño y un canto,                                 Circundados de estrellas. A los Rebeldes amo, por el dolor mordidos,                                 más que piedad no imploran, y que con fuerte lazo de amor están unidos                                 a todos los que lloran. Amo a aquellos malditos que redimió el Calvario,                                 y en senda de dolores su lábaro llevaron, radiante y solitario,                                 Del pueblo redentores; Y dijeron el himno del porvenir del mundo                                 en glorioso delirio, y marcharon serenos al calabozo inmundo,                                 y firmes al martirio. Pero mi llanto es todo para aquellos vencidos                                 Por la social sevicia, Los Grandes de las Sombras, hambrientos y oprimidos,                                por la ciega Injusticia; Que encorvados pasaron bajo rudas fatigas,                                 Pero que nunca odiaron; que vieron para otros florecer las espigas,                                 y que nunca robaron; Que del dolor esclavos, en su vivir errante,                                 Hiel y llanto apuraron; que sintieron el látigo cruzarles el semblante,                                 pero que no mataron; Que fueron por la vida sin consuelo, y de rudos                                 trabajos siempre en pos, sin sol, sin pan, sin aire, famélicos, desnudos...                                 y creyeron en Dios; Que un jergón en sus noches para dormir tuvieron                                 infecto y miserando, y en el rincón oscuro de un hospital murieron...                                 ¡Y murieron amando!
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