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"granito" poems
En la mañana sale el sol, despertamos con una ilusión, ver a nuestra isla ser una nación, lucharemos por nuestra tierra después de la puesta del sol. Ya es de noche, reina la oscuridad, vestidos de negros, jamás nos verán, con las sombras nos confundirán y cuando menos lo esperan muy tarde será, porque ya pronto tendremos nuestra libertad. Mi pueblo está cansado de ser oprimido, y ustedes invasores pagarán por lo que ha sucedido, nuestra tierra la han destruido pero de nuestro corazón se siente un latido, aún no estamos en el olvido. Nuestra cultura quisiste eliminar, pero la mancha de plátano es difícil de borrar, armados con fusiles y machetes iremos a luchar, y en esta noche la muerte de Filiberto y Albizu vamos a vengar, ya pronto la supremacía americana va a terminar, por fin mi pueblo podrá respirar. Escrito por: Yamil Rosario Vázquez (16-feb-2012) Este poema es dedicado a todas las personas que en sus vidas han puesto un granito de arena para lograr la independencia de Puerto Rico, y a aquellos que han muerto luchando por ella. En especial a: Pedro Albizu Campos, Filiberto Ojeda Ríos, Ramón Emeterio Betances, y los a los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico recinto de Río Piedras.
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Feb 18, 2012
Feb 18, 2012 at 4:59 PM UTC
Todo pueblo merece ser libre
Vuelve a la noche, racimo de horas sombrías; córtalo, come el fruto de tiniebla, saborea la ignorancia Con orgullo de árbol plantado de pleno torbellino te desvistes                       con el gesto del agua saltando de la peña abandonas tus cuerpos con los pasos sonámbulos del viento te arrojas en el lecho con los ojos cerrados buscas tu más antigua desnudez Caigo en ti con la ciega caída de la ola tu cuerpo me sostiene como la ola que renace el viento sopla afuera y reúne las aguas todos los bosques son un solo árbol Navega la ciudad en plena noche tierra y cielo y marea que no cesa los elementos enlazados tejen la vestidura de un día desconocido Desierto inmenso y fuente secreta balanza del silencio y árbol de gemidos cuerpo que se despliega como la vela cuerpo que se repliega como la brasa corazón que desgajo de la noche escorpión que se clava en mi pecho sello de sangre sobre mis años de hombre (Hago lo que dices) Con un Sí la lámpara que te guía a la entrada del sueño Con un No la balanza que pesa la falacia y la verdad del deseo Con un Ay el hueso floreciendo para atravesar la muerte (Hoy, siempre hoy) Hablas (se oyen muchas lluvias) no sé lo que dices (una mano amarilla nos sostiene) Callas (nacen muchos pájaros) no sé adónde estamos (un alveolo escarlata nos encierra) Ríes (las piernas del río se cubren de hojas) no sé adónde vamos (hoy es ya mañana en mitad de la noche)           Hoy que se abre y se cierra           nunca se mueve y no se detiene           corazón que nunca se apaga           Hoy (un pájaro se posa           en una torre de granito)           Siempre es mediodía
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Vaivén
Vuelve a la noche, racimo de horas sombrías; córtalo, come el fruto de tiniebla, saborea la ignorancia Con orgullo de árbol plantado de pleno torbellino te desvistes                       con el gesto del agua saltando de la peña abandonas tus cuerpos con los pasos sonámbulos del viento te arrojas en el lecho con los ojos cerrados buscas tu más antigua desnudez Caigo en ti con la ciega caída de la ola tu cuerpo me sostiene como la ola que renace el viento sopla afuera y reúne las aguas todos los bosques son un solo árbol Navega la ciudad en plena noche tierra y cielo y marea que no cesa los elementos enlazados tejen la vestidura de un día desconocido Desierto inmenso y fuente secreta balanza del silencio y árbol de gemidos cuerpo que se despliega como la vela cuerpo que se repliega como la brasa corazón que desgajo de la noche escorpión que se clava en mi pecho sello de sangre sobre mis años de hombre (Hago lo que dices) Con un Sí la lámpara que te guía a la entrada del sueño Con un No la balanza que pesa la falacia y la verdad del deseo Con un Ay el hueso floreciendo para atravesar la muerte (Hoy, siempre hoy) Hablas (se oyen muchas lluvias) no sé lo que dices (una mano amarilla nos sostiene) Callas (nacen muchos pájaros) no sé adónde estamos (un alveolo escarlata nos encierra) Ríes (las piernas del río se cubren de hojas) no sé adónde vamos (hoy es ya mañana en mitad de la noche)           Hoy que se abre y se cierra           nunca se mueve y no se detiene           corazón que nunca se apaga           Hoy (un pájaro se posa           en una torre de granito)           Siempre es mediodía
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A medida que nos aproximamos las piedras se van dando mejor. Desnudo, anacorético, las ventanas idénticas entre sí, como la vida de sus monjes, el Escorial levanta sus muros de granito por los que no treparán nunca los mandingas, pues ni aún dentro de novecientos años. hallarán una arruga donde hincar sus pezuñas de azufre y pedernal. Paradas en lo alto de las chimeneas, las cigüeñas meditan la responsabilidad de ser la única ornamentación del monasterio, mientras el viento que reza en las rendijas ahuyenta las tentaciones que amenazan entrar por el tejado. Cencerro de las piedras que pastan en los alrededores, las campanas de la iglesia espantan a los ángeles que viven en su torre y suelen tomarlos de improviso, haciéndoles perder alguna pluma sobre el adoquinado de los patios. ¡Corredores donde el silencio tonifica la robustez de las columnas! ¡Salas donde la austeridad es tan grande, que basta una sonrisa de mujer para que nos asedien los pecados de Bosch y sólo se desbanden en retirada al advertir que nuestro guía es nuestro propio arcángel, que se ha disfrazado de guardián! Los visitantes, la cabeza hundida entre los hombros (así la Muerte no los podrá agarrar como se agarra a un gato), descienden a las tumbas y al pudridero, y al salir, perciben el esqueleto de la gente con la misma facilidad con que antes les distinguían la nariz. Cuando una luna fantasmal nieva su luz en las techumbres, los ruidos de las inmediaciones adquieren psicologías criminales, y el silencio alcanza tal intensidad, que se camina como si se entrara en un concierto, y se contienen las ganas de toser por temor a que el eco repita nuestra tos hasta convencernos de que estamos tuberculosos. ¡Horas en que los perros se enloquecen de soledad y en las que el miedo hace girar las cabezas de las lechuzas y de los hombres, quienes, al enfrentarnos, se persignan bajo el embozo por si nosotros fuéramos Satán!
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Escorial
A medida que nos aproximamos las piedras se van dando mejor. Desnudo, anacorético, las ventanas idénticas entre sí, como la vida de sus monjes, el Escorial levanta sus muros de granito por los que no treparán nunca los mandingas, pues ni aún dentro de novecientos años. hallarán una arruga donde hincar sus pezuñas de azufre y pedernal. Paradas en lo alto de las chimeneas, las cigüeñas meditan la responsabilidad de ser la única ornamentación del monasterio, mientras el viento que reza en las rendijas ahuyenta las tentaciones que amenazan entrar por el tejado. Cencerro de las piedras que pastan en los alrededores, las campanas de la iglesia espantan a los ángeles que viven en su torre y suelen tomarlos de improviso, haciéndoles perder alguna pluma sobre el adoquinado de los patios. ¡Corredores donde el silencio tonifica la robustez de las columnas! ¡Salas donde la austeridad es tan grande, que basta una sonrisa de mujer para que nos asedien los pecados de Bosch y sólo se desbanden en retirada al advertir que nuestro guía es nuestro propio arcángel, que se ha disfrazado de guardián! Los visitantes, la cabeza hundida entre los hombros (así la Muerte no los podrá agarrar como se agarra a un gato), descienden a las tumbas y al pudridero, y al salir, perciben el esqueleto de la gente con la misma facilidad con que antes les distinguían la nariz. Cuando una luna fantasmal nieva su luz en las techumbres, los ruidos de las inmediaciones adquieren psicologías criminales, y el silencio alcanza tal intensidad, que se camina como si se entrara en un concierto, y se contienen las ganas de toser por temor a que el eco repita nuestra tos hasta convencernos de que estamos tuberculosos. ¡Horas en que los perros se enloquecen de soledad y en las que el miedo hace girar las cabezas de las lechuzas y de los hombres, quienes, al enfrentarnos, se persignan bajo el embozo por si nosotros fuéramos Satán!
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Dedicado ao Ilustre, reverendo Padre Bernardo. Um culto de saber apurado que labuta e explica na perfeição: o amor de todos nós pela nossa terra. Estou grato e este poema será pouco para dedicar a tão nobre Carrazedense. Nascemos todos nesta terra linda e singular, Janela aberta para Douro e Tua comtemplar. Xisto, granito e terras de areia, Grito de gente plebeia. Todos sentem com alma e coração, A Deus excelsa gratidão. Planalto que tão bem ficas assim, Musgo, fetos e alecrim. Macieiras e as figueiras centenárias se adaptam em harmonia, Vinhas e oliveiras bafejadas pelo sol de meio-dia. Pastores que gostam das giestas, dos lameiros esverdeados, Carrazeda e seus antepassados. Victor Marques
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Sep 9, 2013
Sep 9, 2013 at 8:59 AM UTC
Ao Ilustre Padre Bernardo ....
As aldeias Outrora as plantas eram verdes e singulares, Aldeias dispersas expostas ao luar, Pelourinhos estranhamente nus, Candeias e pouca luz. Cavalos, burros com albardas e ferraduras, Charruas, enxadas e portas sem fechaduras. Cabras, ovelhas, cães e as alcateias, Galinhas e galos  passeiam nas aldeias. Tantas Igrejas do tempo do Marques de Pombal, Se expõem e embelezam Portugal. As fontes são antigas com água para beber, Ribeiro que corre por correr… O xisto e o granito ficam imortalizados, Exaltam o trabalho de nossos antepassados. Aldeias lindas que enchem livros nunca lidos, Aldeias dos amores e dos amigos… Victor
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Oct 7, 2013
Oct 7, 2013 at 3:07 AM UTC
As aldeias
Amor bem ou mal- amado Orquídeas sem o odor primaveril madrugador, Aspirinas que tiram o sono ao sonhador, Delícias tuas que são deleite e terno prazer, Deixa o amor tudo fazer. Saudade de ti no verão que foi ameno, O amor é um grito, um ritual humano. Por vezes o amor parece que tudo isola, Amor que compreende e consola. Observo as pedras de xisto e de granito, Levantar o olhar e dar um grito, O amor parece um horizonte dourado, O amor bem ou mal- amado. Victor Marques
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Jan 5, 2015
Jan 5, 2015 at 10:49 AM UTC
Amor bem ou mal- amado
La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y alma quieta, ha de tener su mármol y su día, su infalible mañana y su poeta. En vano ayer engendrará un mañana vacío y por ventura pasajero. Será un joven lechuzo y tarambana, un sayón con hechuras de bolero, a la moda de Francia realista un poco al uso de París pagano y al estilo de España especialista en el vicio al alcance de la mano. Esa España inferior que ora y bosteza, vieja y tahúr, zaragatera y triste; esa España inferior que ora y embiste, cuando se digna usar la cabeza, aún tendrá luengo parto de varones amantes de sagradas tradiciones y de sagradas formas y maneras; florecerán las barbas apostólicas, y otras calvas en otras calaveras brillarán, venerables y católicas. El vano ayer engendrará un mañana vacío y ¡por ventura! pasajero, la sombra de un lechuzo tarambana, de un sayón con hechuras de bolero; el vacuo ayer dará un mañana huero. Como la náusea de un borracho ahíto de vino malo, un rojo sol corona de heces turbias las cumbres de granito; hay un mañana estomagante escrito en la tarde pragmática y dulzona. Mas otra España nace, la España del cincel y de la maza, con esa eterna juventud que se hace del pasado macizo de la raza. Una España implacable y redentora, España que alborea con un hacha en la mano vengadora, España de la rabia y de la idea.
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El mañana efímero
Me preocupa que de nada haya servido. ¡Tanto! Que nuestros gigantes sean molinos de viento, que el llanto se olvide de darnos consuelo, que el dolor haya sido por montañas y la satisfacción un mero granito de mostaza. Que el enemigo sea uno mismo, el aliado uno mismo, el juez, el culpable, el vencedor y el perdedor, uno mismo. Que solo quedemos con los bolsillos llenos de palmaditas en la espalda y nadie nos reciba en la línea de llegada.
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Feb 1, 2015
Feb 1, 2015 at 2:04 AM UTC
Palmaditas en la espalda
Es hora de partir a un mejor lugar, donde cada sonrisa es un granito de alegría. donde el mundo no está triste, no hay agonía.
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Jul 9, 2013
Jul 9, 2013 at 7:09 PM UTC
Utopía
Ven a Guadalajara, dictador de cadenas, carcelaria mandíbula de canto: verás la retiradas miedosa de tu hienas, verás el apogeo del espanto. Rumoras provincia de colmenas, la patria del panal estremecido, la dulce Alcarria, amarga como el llanto, amarga te ha sabido. Ven y verás, mortífero bandido, ruedas de tus cañones, banderas de tu ejército, carne de tus soldados, huesos de tus legiones, trajes y corazones destrozados. Una extensión de muertos humeantes: muertos que humean ante la colina, muertos bajo la nieve, muertos sobre los páramos gigantes, muertos junto a la encina, muertos dentro del agua que les llueve. Sangre que no se mueve de convertida en hielo. Vuela sin pluma un ala numerosa, rojo y audaz, que abarca todo el cielo y abre a cada italiano la explosión de una fosa. Un titánico vuelo de aeroplanos de España te vence, te tritura, ansiosa telaraña, con su majestuosa dentadura. Ven y verás sobre la gleba oscura alzarse como un fósforo glorioso, sobreponerse al hambre, levantarse del barro, desprenderse del barro con emoción y brío vívidas esculturas sin reposo, españoles del bronce más bizarro, con el cabello blanco de rocío. Los verás rebelarse contra el frío, de no beber la boca dilatada, mas vencida la sed con la sonrisa: de no dormir extensa la mirada, y destrozada a tiros la camisa. Manda plomo y acero en grandes emisiones combativas, con esa voluntad de carnicero digna de que la entierren las más sucias salivas. Agota las riquezas italianas, la cantidad preciosa de sus seres, deja exhaustas sus minas, sin nadie sus ventanas, desiertos sus arados y mudos sus talleres. Enviuda y desangra sus mujeres: nada podrás contra este pueblo mío, tan sólido y tan alto de cabeza, que hasta sobre la muerte mueve su poderío, que hasta del junco saca fortaleza. Pueblo de Italia, un hombre te destroza: repudia su dictamen con un gesto infinito. Sangre unánime viertes que ni roza, ni da en su corazón de teatro y granito. Tus muertos callan clamorosamente y te indican un grito liberador, valiente. Dictador de patíbulos, morirás bajo el diente de tu pueblo y de miles. Ya tus mismos cañones van contra tus soldados, y alargan hacia ti su hierro los fusiles que contra España tienes vomitados. Tus muertos a escupirnos se levanten: a escupirnos el alma se levanten los nuestros de no lograr que nuestros vivos canten la destrucción de tantos eslabones siniestros.
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Ceniciento mussolini
Ven a Guadalajara, dictador de cadenas, carcelaria mandíbula de canto: verás la retiradas miedosa de tu hienas, verás el apogeo del espanto. Rumoras provincia de colmenas, la patria del panal estremecido, la dulce Alcarria, amarga como el llanto, amarga te ha sabido. Ven y verás, mortífero bandido, ruedas de tus cañones, banderas de tu ejército, carne de tus soldados, huesos de tus legiones, trajes y corazones destrozados. Una extensión de muertos humeantes: muertos que humean ante la colina, muertos bajo la nieve, muertos sobre los páramos gigantes, muertos junto a la encina, muertos dentro del agua que les llueve. Sangre que no se mueve de convertida en hielo. Vuela sin pluma un ala numerosa, rojo y audaz, que abarca todo el cielo y abre a cada italiano la explosión de una fosa. Un titánico vuelo de aeroplanos de España te vence, te tritura, ansiosa telaraña, con su majestuosa dentadura. Ven y verás sobre la gleba oscura alzarse como un fósforo glorioso, sobreponerse al hambre, levantarse del barro, desprenderse del barro con emoción y brío vívidas esculturas sin reposo, españoles del bronce más bizarro, con el cabello blanco de rocío. Los verás rebelarse contra el frío, de no beber la boca dilatada, mas vencida la sed con la sonrisa: de no dormir extensa la mirada, y destrozada a tiros la camisa. Manda plomo y acero en grandes emisiones combativas, con esa voluntad de carnicero digna de que la entierren las más sucias salivas. Agota las riquezas italianas, la cantidad preciosa de sus seres, deja exhaustas sus minas, sin nadie sus ventanas, desiertos sus arados y mudos sus talleres. Enviuda y desangra sus mujeres: nada podrás contra este pueblo mío, tan sólido y tan alto de cabeza, que hasta sobre la muerte mueve su poderío, que hasta del junco saca fortaleza. Pueblo de Italia, un hombre te destroza: repudia su dictamen con un gesto infinito. Sangre unánime viertes que ni roza, ni da en su corazón de teatro y granito. Tus muertos callan clamorosamente y te indican un grito liberador, valiente. Dictador de patíbulos, morirás bajo el diente de tu pueblo y de miles. Ya tus mismos cañones van contra tus soldados, y alargan hacia ti su hierro los fusiles que contra España tienes vomitados. Tus muertos a escupirnos se levanten: a escupirnos el alma se levanten los nuestros de no lograr que nuestros vivos canten la destrucción de tantos eslabones siniestros.
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En la clave del arco ruinoso cuyas piedras el tiempo enrojeció, obra de cincel rudo campeaba el gótico blasón.Penacho de su yelmo de granito, la yedra que colgaba en derredor daba sombra al escudo en que una mano tenía un corazón.A contemplarle en la desierta plaza nos paramos los dos; -Y ese -me dijo- es el cabal emblema de mi constante amor.¡Ay! Es verdad lo que me dijo entonces; verdad que el corazón lo llevará en la mano..., en cualquier parte... pero en el pecho, no.
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Rima xlv
El hormiguero hace erupción. La herida abierta bortotea, espumea, se expande, se contrae. El sol a estas horas no deja nunca de bombear sangre, con las sienes hinchadas, la cara roja. Un niño -ignorante de que en un recodo de la pubertad lo esperan unas fiebres y un problema de conciencia- coloca con cuidado una piedrecita en la boca despellejada del hormiguero. El sol hunde sus picas en las jorobas del llano, humilla promontorios de basura. Resplandor desenvainado, los reflejos de una lata vacía -erguida sobre una pirámide de piltrafas- acuchillan todos los puntos del espacio. Los niños buscadores de tesoros y los perros sin dueño escarban el amarillo esplendor del pudridero. A trescientos metros la iglesia de San Lorenzo llama a misa de doce. Adentro, en el altar de la derecha, hay un santo pintado de azul y rosa. De su ojo izquierdo brota un enjambre de insectos de alas grises, que vuelan en línea recta hacia la cúpula y caen, hechos polvo, silencioso derrumbe de armaduras tocadas por la mano del sol. Silban las sirenas de las torres de las fábricas. Falos decapitados. Un pájaro vestido de ***** vuela en círculos y se posa en el único árbol vivo del llano. Después… No hay después. Avanzo, perforo grandes rocas de años, grandes masas de luz compacta, desciendo galerías de minas de arena, atravieso corredores que se cierran como labios de granito. Y vuelvo al llano, donde siempre es mediodía, donde un sol idéntico cae fijamente sobre un paisaje detenido. Y no acaban de caer las doce campanadas, ni de zumbar las moscas, ni de estallar en astillas este minuto que no pasa, que sólo arde y no pasa.
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Llano
El hormiguero hace erupción. La herida abierta bortotea, espumea, se expande, se contrae. El sol a estas horas no deja nunca de bombear sangre, con las sienes hinchadas, la cara roja. Un niño -ignorante de que en un recodo de la pubertad lo esperan unas fiebres y un problema de conciencia- coloca con cuidado una piedrecita en la boca despellejada del hormiguero. El sol hunde sus picas en las jorobas del llano, humilla promontorios de basura. Resplandor desenvainado, los reflejos de una lata vacía -erguida sobre una pirámide de piltrafas- acuchillan todos los puntos del espacio. Los niños buscadores de tesoros y los perros sin dueño escarban el amarillo esplendor del pudridero. A trescientos metros la iglesia de San Lorenzo llama a misa de doce. Adentro, en el altar de la derecha, hay un santo pintado de azul y rosa. De su ojo izquierdo brota un enjambre de insectos de alas grises, que vuelan en línea recta hacia la cúpula y caen, hechos polvo, silencioso derrumbe de armaduras tocadas por la mano del sol. Silban las sirenas de las torres de las fábricas. Falos decapitados. Un pájaro vestido de ***** vuela en círculos y se posa en el único árbol vivo del llano. Después… No hay después. Avanzo, perforo grandes rocas de años, grandes masas de luz compacta, desciendo galerías de minas de arena, atravieso corredores que se cierran como labios de granito. Y vuelvo al llano, donde siempre es mediodía, donde un sol idéntico cae fijamente sobre un paisaje detenido. Y no acaban de caer las doce campanadas, ni de zumbar las moscas, ni de estallar en astillas este minuto que no pasa, que sólo arde y no pasa.
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A meus pais com todo o meu amor .... Sentado olho para o lume aceso que me aquece, Dou graças por tudo que me enobrece, Amigos que tenho em meu coração, Pedaços de folhas e solidão … Por meus pais eu tenho uma gratidão infinita, Olho para o céu e tudo me parece divinal, Pois quem sou eu afinal… Pensamento sublime de quem com amor se dignifica. Sem nascimento eu não escreveria com alma pura sem demagogia, Sou feito das gentes e do seu amor que me vicia, Sobre rochas de granito e xisto misturados, Escrevo com a franqueza de meus antepassados. Porque nascendo e vivendo em constante sintonia, Me rejubilo com o sol ao meio dia, Com a noite me aconchego em quentes mantos, Perdido em sonhos e pensamentos. Victor Marques
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Nov 27, 2017
Nov 27, 2017 at 1:43 PM UTC
A meus pais ...
Tal vez ésta es la casa en que viví cuando yo no existí ni había tierra, cuando todo era luna o piedra o sombra, cuando la luz inmóvil no nacía. Tal vez entonces esta piedra era mi casa, mis ventanas o mis ojos. Me recuerda esta rosa de granito algo que me habitaba o que habité, cueva o cabeza cósmica de sueños, copa o castillo o nave o nacimiento. Toco el tenaz esfuerzo de la roca, su baluarte golpeado en la salmuera, y sé que aquí quedaron grietas mías, arrugadas sustancias que subieron desde profundidades hasta mi alma, y piedra fui, piedra seré, por eso toco esta piedra y para mí no ha muerto: es lo que fui, lo que seré reposo de tu combate tan largo como el tiempo.
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Casa
En la imponente nave del templo bizantino, vi la gótica tumba a la indecisa luz que temblaba en los pintados vidrios. Las manos sobre el pecho, y en las manos un libro, una mujer hermosa reposaba sobre la urna, del cincel prodigio. Del cuerpo abandonado, al dulce peso hundido, cual si de blanda pluma y raso fuera se plegaba su lecho de granito. De la sonrisa última el resplandor divino guardaba el rostro, como el cielo guarda del sol que muere el rayo fugitivo. Del cabezal de piedra sentados en el filo, don ángeles, el dedo sobre el labio, imponían silencio en el recinto. No parecía muerta; de los arcos macizos parecía dormir en la penumbra, y que en sueños veía el paraíso. Me acerqué de la nave al ángulo sombrío con el callado paso que llegamos junto a la cuna donde duerme un niño. La contemplé un momento, y aquel resplandor tibio, aquel lecho de piedra que ofrecía próximo al muro otro lugar vacío, en el alma avivaron la sed de lo infinito, el ansia de esa vida de la muerte para la que un instante son los siglos... Cansado del combate en que luchando vivo, alguna vez me acuerdo con envidia de aquel rincón oscuro y escondido. De aquella muda y pálida mujer me acuerdo y digo: -¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte! ¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!
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Rima lxxvi
Alza, toro de España: levántate, despierta. Despiértate del todo, toro de negra espuma, que respiras la luz y rezumas la sombra, y concentras los mares bajo tu piel cerrada. Despiértate. Despiértate del todo, que te veo dormido, un pedazo del pecho y otro de la cabeza: que aún no te has despertado como despierta un toro cuando se le acomete con traiciones lobunas. Levántate. Resopla tu poder, despliega tu esqueleto, enarbola tu frente con las rotundas hachas, con las dos herramientas de asustar a los astros, de amenazar al cielo con astas de tragedia. Esgrímete. Toro en la primavera más toro que otras veces, en España más toro, toro, que en otras partes. Más cálido que nunca, más volcánico, toro, que irradias, que iluminas al fuego, yérguete. Desencadénate. Desencadena el raudo corazón que te orienta por las plazas de España, sobre su astral arena. A desollarte vivo vienen lobos y águilas que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo. Yérguete. No te van a castrar: no dejarás que llegue hasta tus atributos de varón abundante esa mano felina que pretende arrancártelos de cuajo, impunemente: pataléalos, toro. Víbrate. No te van a absorber la sangre de riqueza, no te arrebatarán los ojos minerales. La piel donde recoge resplandor el lucero no arrancarán del toro de torrencial mercurio. Revuélvete. Es como si quisieran arrancar la piel al sol, al torrente la espuma con uña y picotazo. No te van a castrar, poder tan masculino que fecundas la piedra; no te van a castrar. Truénate. No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás si no es para escarbar sangre y furia en la arena, unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas abalanzarse luego con decisión de rayo. Abalánzate. Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado, y en el granito fiero paciste la fiereza: revuélvete en el alma de todos los que han visto la luz primera en esta península ultrajada. Revuélvete. Partido en dos pedazos, este toro de siglos, este toro que dentro de nosotros habita: partido en dos mitades, con una mataría y con la otra mitad moriría luchando. Atorbellínate. De la airada cabeza que fortalece el mundo, del cuello como un bloque de titanes en marcha, brotará la victoria como un ancho bramido que hará sangrar al mármol y sonar a la arena. Sálvate. Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate. Levanta, toro: truena, toro, abalánzate. Atorbellínate, toro: revuélvete. Sálvate, denso toro de emoción y de España. Sálvate.
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Llamo al toro de españa
Alza, toro de España: levántate, despierta. Despiértate del todo, toro de negra espuma, que respiras la luz y rezumas la sombra, y concentras los mares bajo tu piel cerrada. Despiértate. Despiértate del todo, que te veo dormido, un pedazo del pecho y otro de la cabeza: que aún no te has despertado como despierta un toro cuando se le acomete con traiciones lobunas. Levántate. Resopla tu poder, despliega tu esqueleto, enarbola tu frente con las rotundas hachas, con las dos herramientas de asustar a los astros, de amenazar al cielo con astas de tragedia. Esgrímete. Toro en la primavera más toro que otras veces, en España más toro, toro, que en otras partes. Más cálido que nunca, más volcánico, toro, que irradias, que iluminas al fuego, yérguete. Desencadénate. Desencadena el raudo corazón que te orienta por las plazas de España, sobre su astral arena. A desollarte vivo vienen lobos y águilas que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo. Yérguete. No te van a castrar: no dejarás que llegue hasta tus atributos de varón abundante esa mano felina que pretende arrancártelos de cuajo, impunemente: pataléalos, toro. Víbrate. No te van a absorber la sangre de riqueza, no te arrebatarán los ojos minerales. La piel donde recoge resplandor el lucero no arrancarán del toro de torrencial mercurio. Revuélvete. Es como si quisieran arrancar la piel al sol, al torrente la espuma con uña y picotazo. No te van a castrar, poder tan masculino que fecundas la piedra; no te van a castrar. Truénate. No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás si no es para escarbar sangre y furia en la arena, unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas abalanzarse luego con decisión de rayo. Abalánzate. Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado, y en el granito fiero paciste la fiereza: revuélvete en el alma de todos los que han visto la luz primera en esta península ultrajada. Revuélvete. Partido en dos pedazos, este toro de siglos, este toro que dentro de nosotros habita: partido en dos mitades, con una mataría y con la otra mitad moriría luchando. Atorbellínate. De la airada cabeza que fortalece el mundo, del cuello como un bloque de titanes en marcha, brotará la victoria como un ancho bramido que hará sangrar al mármol y sonar a la arena. Sálvate. Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate. Levanta, toro: truena, toro, abalánzate. Atorbellínate, toro: revuélvete. Sálvate, denso toro de emoción y de España. Sálvate.
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«Me quedaré en España compañero», me dijiste con gesto enamorado. Y al fin sin tu edificio trotante de guerrero en la hierba de España te has quedado. Nadie llora a tu lado: desde el soldado al duro comandante, todos te ven, te cercan y te atienden con ojos de granito amenazante, con cejas incendiadas que todo el cielo encienden. Valentín el volcán, que si llora algún día será con unas lágrimas de hierro, se viste emocionado de alegría para robustecer el río de tu entierro. Como el yunque que pierde su martillo, Manuel Moral se calla colérico y sencillo. Y hay muchos capitanes y muchos comisarios quitándote pedazos de metralla, poniéndote trofeos funerarios. Ya no hablarás de vivos y de muertos, ya disfrutas la muerte del héroe, ya la vida que no te verá en las calles ni en los puertos pasar como una ráfaga garrida. Pablo de la Torriente, has quedado en España y en mi alma caído: nunca se pondrá el sol sobre tu frente, heredará tu altura la montaña y tu valor el toro del bramido. De una forma vestida de preclara has perdido las plumas y los besos, con el sol español puesto en la cara y el de Cuba en los huesos. Pasad ante el cubano generoso, hombres de su Brigada, con el fusil furioso, las botas iracundas y la mano crispada. Miradlo sonriendo a los terrones y exigiendo venganza bajo sus dientes mudos a nuestros más floridos batallones y a sus varones como rayos rudos. Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan. No temáis que se extinga su sangre sin objeto, porque éste es de los muertos que crecen y se agrandan aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.
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Elegía segunda
«Me quedaré en España compañero», me dijiste con gesto enamorado. Y al fin sin tu edificio trotante de guerrero en la hierba de España te has quedado. Nadie llora a tu lado: desde el soldado al duro comandante, todos te ven, te cercan y te atienden con ojos de granito amenazante, con cejas incendiadas que todo el cielo encienden. Valentín el volcán, que si llora algún día será con unas lágrimas de hierro, se viste emocionado de alegría para robustecer el río de tu entierro. Como el yunque que pierde su martillo, Manuel Moral se calla colérico y sencillo. Y hay muchos capitanes y muchos comisarios quitándote pedazos de metralla, poniéndote trofeos funerarios. Ya no hablarás de vivos y de muertos, ya disfrutas la muerte del héroe, ya la vida que no te verá en las calles ni en los puertos pasar como una ráfaga garrida. Pablo de la Torriente, has quedado en España y en mi alma caído: nunca se pondrá el sol sobre tu frente, heredará tu altura la montaña y tu valor el toro del bramido. De una forma vestida de preclara has perdido las plumas y los besos, con el sol español puesto en la cara y el de Cuba en los huesos. Pasad ante el cubano generoso, hombres de su Brigada, con el fusil furioso, las botas iracundas y la mano crispada. Miradlo sonriendo a los terrones y exigiendo venganza bajo sus dientes mudos a nuestros más floridos batallones y a sus varones como rayos rudos. Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan. No temáis que se extinga su sangre sin objeto, porque éste es de los muertos que crecen y se agrandan aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.
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Maravillas de otra edad; Prodigios de lo pasado; Páginas que no ha estudiado La indolente humanidad. ¿Por qué vuestra majestad Causa entusiasmo y pavor? Porque de tanto esplendor Y de tantas muertas galas, Están batiendo las alas Los siglos en derredor. Muda historia de granito Que erguida en pie te mantienes, ¿Qué nos escondes? ¿Qué tienes Por otras razas escrito? Cada inmenso monolito, Del arte eximio trabajo, ¿Quién lo labró? ¿Quién lo trajo A do nadie lo derriba? Lo saben, Dios allá arriba; La soledad aquí abajo. Cada obelisco de pie Me dice en muda arrogancia: Tú eres dudas e ignorancia, Yo soy el arte y la fe, Semejan de lo que fue Los muros viejos guardianes… ¡Qué sacrificios! ¡qué afanes Revela lo que contemplo! Labrado está cada templo No por hombres, por titanes. En nuestros tiempos ¿qué son Los ritos, usos y leyes, De sacerdotes y reyes Que aquí hicieron oración? Una hermosa tradición Cuya antigüedad arredra; Ruinas que viste la yedra Y que adorna el jaramago: ¡La epopeya del estrago Escrita en versos de piedra! Del palacio la grandeza; Del templo la pompa extraña; La azul y abrupta montaña Convertida en fortaleza; Todo respira tristeza, Olvido, luto, orfandad; ¡Aun del so l la claridad Se torna opaca y medrosa En la puerta misteriosa De la negra eternidad! Despojo de lo ignorado, Busca un trono la hoja seca En la multitud greca Del frontón desportillado. Al penate derribado La ortiga encubre y escuda; Ya socavó mano ruda La perdurable muralla… Viajero: medita y calla… ¡Lo insondable nos saluda! Sabio audaz, no inquieras nada, Que no sabrás más que yo; Aquí una raza vivió Heroica y civilizada; Extinta o degenerada, Sin renombre y sin poder, De su misterioso ser Aquí el esplendor se esconde Y aquí sólo Dios responde ¡Y Dios no ha de responder!
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En las ruinas de mitla
Maravillas de otra edad; Prodigios de lo pasado; Páginas que no ha estudiado La indolente humanidad. ¿Por qué vuestra majestad Causa entusiasmo y pavor? Porque de tanto esplendor Y de tantas muertas galas, Están batiendo las alas Los siglos en derredor. Muda historia de granito Que erguida en pie te mantienes, ¿Qué nos escondes? ¿Qué tienes Por otras razas escrito? Cada inmenso monolito, Del arte eximio trabajo, ¿Quién lo labró? ¿Quién lo trajo A do nadie lo derriba? Lo saben, Dios allá arriba; La soledad aquí abajo. Cada obelisco de pie Me dice en muda arrogancia: Tú eres dudas e ignorancia, Yo soy el arte y la fe, Semejan de lo que fue Los muros viejos guardianes… ¡Qué sacrificios! ¡qué afanes Revela lo que contemplo! Labrado está cada templo No por hombres, por titanes. En nuestros tiempos ¿qué son Los ritos, usos y leyes, De sacerdotes y reyes Que aquí hicieron oración? Una hermosa tradición Cuya antigüedad arredra; Ruinas que viste la yedra Y que adorna el jaramago: ¡La epopeya del estrago Escrita en versos de piedra! Del palacio la grandeza; Del templo la pompa extraña; La azul y abrupta montaña Convertida en fortaleza; Todo respira tristeza, Olvido, luto, orfandad; ¡Aun del so l la claridad Se torna opaca y medrosa En la puerta misteriosa De la negra eternidad! Despojo de lo ignorado, Busca un trono la hoja seca En la multitud greca Del frontón desportillado. Al penate derribado La ortiga encubre y escuda; Ya socavó mano ruda La perdurable muralla… Viajero: medita y calla… ¡Lo insondable nos saluda! Sabio audaz, no inquieras nada, Que no sabrás más que yo; Aquí una raza vivió Heroica y civilizada; Extinta o degenerada, Sin renombre y sin poder, De su misterioso ser Aquí el esplendor se esconde Y aquí sólo Dios responde ¡Y Dios no ha de responder!
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Un rimador obscuro que no proyecta sombra, un poeta maduro a quien ya nadie nombra, hizo este libro, amada, para vaciar en él como turbia oleada de lágrimas y hiel. Humilde florilegio, pobre ramo de rimas, su solo privilegio es que acaso lo animas tú, con tu santo soplo de amor y de ternura, desde el astro en que estás. ¡Un dolor infinito labró en él con su escoplo tu divina escultura, como un recio granito, para siempre jamás!
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I. este libro
Caminho por entre vinhas que despertam  Primavera , Grilos que cantam afinados , Passarinhos fazem seus ninhos. Giestas brancas e amareladas, Enxadas que cavam sua terra, Sobreiros com cortiça para seus vinhos. Douro meu, de meus antepassados. Pedras de xisto e granito lado a lado, Muros que serpenteiam harmonia, Vinhos feitos com amor e poesia. Motivo de tristeza e alegria, O rio corre sem pressa, compassado , Zimbros para cigarras acasalar por amor, Douro em todo o seu esplendor. Tuas encostas por Deus e homem consagradas, Videiras verdes  e sempre abençoadas, Oliveiras cheias de paz e em sintonia, Companheiras de noite e de dia , Por do sol que as cobre com um manto protector avermelhado, Douro meu  e da mais bela fada sem Principe encantado. Victor Marques
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May 2, 2022
May 2, 2022 at 5:15 AM UTC
Douro meu sem príncipe encantado
Azucenas lunares y luciérnagas en una sola isla. Derramada, noche de miel sobre jardín y ciénagas, en mi sien a dosel, y en su alaborada. Incandescente noche de suspiros y ciegas pomas y plurales manos. Hierve el amor en nidos y manzanos, en granito sin nervios, y zafiros. Alta Selene, en Salambó madrina por milenios. Amante transparente, a pulsera y sortija diamantina. Oh noche, noche, noche intrascendente desde hace tantos años. Ahora fina corona de coral sobre mi frente.
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Corona de coral sobre mi frente
Piedras locas de Chile, derramadas desde las cordilleras, roqueríos negros, ciegos, opacos, que anudan a la tierra los caminos, que ponen punto y piedra a la jornada, rocas blancas que interrumpen los ríos y suaves son besadas por una cinta sísmica de espuma, granito de la altura centelleante bajo la nieve como un monasterio, espinazo de la más dura patria o nave inmóvil, proa de la cierra terrible, piedra, piedra infinitamente pura, sellada como cósmica paloma, dura de sol, de viento, de energía, de sueño mineral, de tiempo oscuro, piedras locas, estrellas y pabellón dormido, cumbres, rodados, rocas: siga el silencio sobre vuestro durísimo silencio, bajo la investidura antártica de Chile, bajo su claridad ferruginosa.
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Piedras de chile
A la hora del rocío, de la niebla salen sierra blanca y prado verde. ¡El sol en los encinares!   Hasta borrarse en el cielo, suben las alondras. ¿Quién puso plumas al campo? ¿Quién hizo alas de tierra loca?   Al viento, sobre la sierra, tiene el águila dorada las anchas alas abiertas.   Sobre la picota donde nace el río, sobre el lago de turquesa y los barrancos de verdes pinos; sobre veinte aldeas, sobre cien caminos...   Por los senderos del aire, señora águila, ¿dónde vais a todo vuelo tan de mañana?   Ya había un albor de luna en el cielo azul. ¡La luna en los espartales, cerca de Alicún! Redonda sobre el alcor, y rota en las turbias aguas del Guadiana menor.   Entre Ubeda y Baeza -loma de las dos hermanas; Baeza, pobre y señora; Ubeda, reina y gitana -, Y en el encinar ¡luna redonda y beata, siempre conmigo a la par!   Cerca de Ubeda la grande, cuyos cerros nadie verá, me iba siguiendo la luna sobre el olivar, una luna jadeante, siempre conmigo a la par.   Yo pensaba: ¡bandoleros de mi tierra!, al caminar en mi caballo ligero. ¡Alguno conmigo irá!   Que esta luna me conoce y, con el miedo, me da el orgullo de haber sido alguna vez capitán.   En la sierra de Quesada hay un águila gigante, verdosa, negra y dorada, siempre las alas abiertas. Es de piedra y no se cansa.   Pasado Puerto Lorente, entre las nubes galopa el caballo de los montes. Nunca se cansa: es de roca.   En el hondón del barranco se ve al jinete caído, que alza los brazos al cielo. Los brazos son de granito.   Y allí donde nadie sube hay una virgen risueña con un río azul en brazos. Es la Virgen de la Sierra.
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Viejas canciones
A la hora del rocío, de la niebla salen sierra blanca y prado verde. ¡El sol en los encinares!   Hasta borrarse en el cielo, suben las alondras. ¿Quién puso plumas al campo? ¿Quién hizo alas de tierra loca?   Al viento, sobre la sierra, tiene el águila dorada las anchas alas abiertas.   Sobre la picota donde nace el río, sobre el lago de turquesa y los barrancos de verdes pinos; sobre veinte aldeas, sobre cien caminos...   Por los senderos del aire, señora águila, ¿dónde vais a todo vuelo tan de mañana?   Ya había un albor de luna en el cielo azul. ¡La luna en los espartales, cerca de Alicún! Redonda sobre el alcor, y rota en las turbias aguas del Guadiana menor.   Entre Ubeda y Baeza -loma de las dos hermanas; Baeza, pobre y señora; Ubeda, reina y gitana -, Y en el encinar ¡luna redonda y beata, siempre conmigo a la par!   Cerca de Ubeda la grande, cuyos cerros nadie verá, me iba siguiendo la luna sobre el olivar, una luna jadeante, siempre conmigo a la par.   Yo pensaba: ¡bandoleros de mi tierra!, al caminar en mi caballo ligero. ¡Alguno conmigo irá!   Que esta luna me conoce y, con el miedo, me da el orgullo de haber sido alguna vez capitán.   En la sierra de Quesada hay un águila gigante, verdosa, negra y dorada, siempre las alas abiertas. Es de piedra y no se cansa.   Pasado Puerto Lorente, entre las nubes galopa el caballo de los montes. Nunca se cansa: es de roca.   En el hondón del barranco se ve al jinete caído, que alza los brazos al cielo. Los brazos son de granito.   Y allí donde nadie sube hay una virgen risueña con un río azul en brazos. Es la Virgen de la Sierra.
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¡Cuántas veces, al pie de las musgosas paredes que la guardan, oí la esquila que al mediar la noche a los maitines llama!¡Cuántas veces trazó mi silueta la luna plateada, junto a la del ciprés, que de su huerto se asoma por las tapias!Cuando en sombras la iglesia se envolvía, de su ojiva calada, ¡cuántas veces temblar sobre los vidrios vi el fulgor de la lámpara!Aunque el viento en los ángulos oscuros de la torre silbara, del coro entre las voces percibía su voz vibrante y clara.En las noches de invierno, si un medroso por la desierta plaza se atrevía a cruzar, al divisarme el paso aceleraba.Y no faltó una vieja que en el torno dijese a la mañana, que de algún sacristán muerto en pecado acaso era yo el alma.A oscuras conocía los rincones del atrio y la portada; de mis pies las ortigas que allí crecen las huellas tal vez guardan.Los búhos, que espantados me seguían con sus ojos de llamas, llegaron a mirarme con el tiempo como a un buen camarada.A mi lado sin miedo los reptiles se movían a rastras; hasta los mudos santos de granito creo que me saludaban.
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Rima lxx
Quién puede convencer al mar para que sea razonable? De qué le sirve demoler ámbar azul, granito verde? Y para qué tantas arrugas y tanto agujero en la roca? Yo llegué de detrás del mar y dónde voy cuando me ataja? Por qué me he cerrado el camino cayendo en la trampa del mar?
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