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"florido" poems
Si para recobrar lo recobrado debí perder primero lo perdido, si para conseguir lo conseguido tuve que soportar lo soportado, si para estar ahora enamorado fue menester haber estado herido, tengo por bien sufrido lo sufrido, tengo por bien llorado lo llorado. Porque después de todo he comprobado que no se goza bien de lo gozado sino después de haberlo padecido. Porque después de todo he comprendido por lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado.
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Untitled
Bajo la luna llena, que es una oblea de cobre, Vagamos taciturnos en un éxtasis vago, Como sombras delgadas que se deslizan sobre Las arenas de bronce de la orilla del lago. Silencio en nuestros labios una rosa ha florido ¡Oh, si a mi amante vencen tentaciones de hablar!, La corola, deshecha, como un pájaro herido, Caerá, rompiendo el suave misterio sublunar. ¡Oh dioses, que no hable! ¡Con la venda más fuerte que tengáis en las manos, su acento sofocad! ¡Y si es preciso, el manto de piedra de la muerte para formar la venda de su boca, rasgad! Yo no quiero que hable. Yo no quiero que hable. Sobre el silencio éste, ¡qué ofensa la palabra! ¡Oh lengua de ceniza! ¡Oh lengua miserable, No intentes que ahora el sello de mis labios te abra! Baja la luna-cobre, taciturnos amantes, Con los ojos gimamos, con los ojos hablemos. Serán nuestras pupilas dos lenguas de diamantes Movidas por la magia de diálogos supremos.
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Las lenguas de diamante
Lo que es menos que nada lo que es pobre y deslavado lo inefable que apartamos lo que es desde un principio. Y luego la tierra cual página en blanco: en ella se fueron inscribiendo los paisajes y los hombres. En la selva o la ciudad el sonido ensordece: sobre el fondo colorido de los movimientos que seducen. Más no en el desierto cuando grita sus secretos y enseña sus galas escondidas en las flores que adornan su silencio.
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Dec 10, 2011
Dec 10, 2011 at 5:34 PM UTC
Desierto florido
hombros hermosos brazos hermosos tripa tan linda pie chiquito pero también marido viejo regalaron a helen carmody los diablos de Karthum los marcos de oro tanta sabiduría acumulada tanta sabiduría ¿no va para la muerte? ¡ah helen! ¡qué hermosos ojos tiene helen! de allí crecían sus pechos verdaderamente y no de su mujer los pechos suyos un día que las notas del buey rey en la mañana clara entraban y salían de los amores de helen como pan de vestir a la hora de salir a la puerta la llamaron para oírla llorar "no apartes la muerte de ti helen" dijeron "no quiebres el espejo árbol florido" le dijeron e helen carmody en función qué triste era todo esto mejor hubiera sido callar las verdes hierbas saben dar amarillo y helen sola oscura no sabe nada nada sino calar y deshacerse como la voz del padre en mesa puesta no pregunten porqué criaturitas ella callaba llaba como las ánforas del hijo triste ninguno lo tomó de beber las gallinas todas vestidas de ***** ponen sus huevos conmovidos peor helen carmody ya no no la persigan caballos yeguas mámenle la memoria ah siempre para siempre
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Lamento por la tripa de helen carmody
Fresca, lozana, pura y olorosa, gala y adorno del pensil florido, gallarda puesta sobre el ramo erguido, fragancia esparce la naciente rosa.  Mas si el ardiente sol lumbre enojosa vibra, del can en llamas encendido, el dulce aroma y el color perdido, sus hojas lleva el aura presurosa.  Así brilló un momento mi ventura en alas del amor, y hermosa nube fingí tal vez de gloria y de alegría.  Mas, ay, que el bien trocóse en amargura, y deshojada por los aires sube la dulce flor de la esperanza mía.
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Soneto
Bajo las alas rosa de este laurel florido, Amémonos. El viejo y eterno lampadario De la luna ha encendido su fulgor milenario Y este rincón de hierba tiene calor de nido.   Amémonos. Acaso haya un fauno escondido Junto al tronco del dulce laurel hospitalario Y llore al encontrarse sin amor, solitario, Mirando nuestro idilio frente al prado dormido.   Amémonos. La noche clara, aromosa y mística Tiene no sé qué suave dulzura cabalística. Somos grandes y solos sobre el haz de los campos.   Y se aman las luciérnagas entre nuestros cabellos, Con estremecimientos breves como destellos De vagas esmeraldas y extraños crisolampos.
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Amémonos
Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte! Medrosas tiritan tus hojas menguadas. Naranjo en la corte, ¡qué pena da verte con tus naranjitas secas y arrugadas!       Pobre limonero de fruto amarillo cual pomo pulido de pálida cera, ¡qué pena mirarte, mísero arbolillo criado en mezquino tonel de madera!       De los claros bosques de la Andalucía, ¿quién os trajo a esta castellana tierra que barren los vientos de la adusta sierra, hijos de los campos de la tierra mía?       ¡Gloria de los huertos, árbol limonero, que enciendes los frutos de pálido oro, y alumbras del ***** cipresal austero las quietas plegarias erguidas en coro;       y fresco naranjo del patio querido, del campo risueño y el huerto soñado, siempre en mi recuerdo maduro o florido de frondas y aromas y frutos cargado!
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A un naranjo y a un limonero
Yo descendí de la antioqueña cumbre, de austera estirpe que el honor decora, el alma en paz y el corazón en lumbre, y el claro sortilegio de la aurora bruñó mi lira y la libró de herrumbre. Y fui, viajero de nivoso monte y umbría roza de maíz, al valle que da a la luz su fruta entre su llama: había miel de filtros de sinsonte que derrama canción de rama en rama. Y el mar abierto, a mí divinamente su honda virtud hizo afluir entera: gusté su yodo... y la embriaguez ignota de no sé qué sagrada primavera bajo la paz de una ciudad remota. Fulgía en mi ilusión Acuarimántima. Ciudad del bien, fastuosa, legendaria, ciudad de amor y esfuerzo y ufanía y de meditación y de plegaria; una ciudad azúlea, egregia, fuerte, una Jerusalén de poesía. Y como los cruzados medioevales, ceñíme al torso fúlgida coraza y fuime en pos de la ciudad cautiva, burlando la guadaña de la Muerte y la fortuna a mi querer esquiva. La ondulante odisea rememoro con amor y dolor... Un linde vago, de súbito sangriento, ya cetrino... Un buque... un muelle... un joven noctivago... y el tono de la voz... y el pan marcino... La maravilla comba, transparente, de las noches de junio hacia la hondura de un huerto viola, en ácidos alcores; y allí la levadura de mis cantos, hecha de mezquindad y sinsabores. Y aquella niña del amor florido y oloroso, y ritual, y enardecido, el seno como un fruto no oprimido, y un dulzor en los besos diluïdo, y un no sé qué... que túrbame el sentido. Y la huraña beldad, el mármol yerto e inconmovible; y la Infantina huraña que era el postrer jazmín que daba un huerto... ¡Me figuro las luces de sus ojos como dos cirios de un cariño muerto! Y el arduo afán en el impulso vario por resolver el canto en melodía. Derrame un ruiseñor en el himnario toda la miel del día. Un rumor milenario, y la luz de tu lámpara ¡oh Sophía! Húmedos los cabellos -cristalinos caireles de agua y sol-, aún ondulan fantásticas ondinas; mientras danza en la luz un coro de donceles por la playa al influjo de las sales marinas...
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Acuarimántima iv
Yo descendí de la antioqueña cumbre, de austera estirpe que el honor decora, el alma en paz y el corazón en lumbre, y el claro sortilegio de la aurora bruñó mi lira y la libró de herrumbre. Y fui, viajero de nivoso monte y umbría roza de maíz, al valle que da a la luz su fruta entre su llama: había miel de filtros de sinsonte que derrama canción de rama en rama. Y el mar abierto, a mí divinamente su honda virtud hizo afluir entera: gusté su yodo... y la embriaguez ignota de no sé qué sagrada primavera bajo la paz de una ciudad remota. Fulgía en mi ilusión Acuarimántima. Ciudad del bien, fastuosa, legendaria, ciudad de amor y esfuerzo y ufanía y de meditación y de plegaria; una ciudad azúlea, egregia, fuerte, una Jerusalén de poesía. Y como los cruzados medioevales, ceñíme al torso fúlgida coraza y fuime en pos de la ciudad cautiva, burlando la guadaña de la Muerte y la fortuna a mi querer esquiva. La ondulante odisea rememoro con amor y dolor... Un linde vago, de súbito sangriento, ya cetrino... Un buque... un muelle... un joven noctivago... y el tono de la voz... y el pan marcino... La maravilla comba, transparente, de las noches de junio hacia la hondura de un huerto viola, en ácidos alcores; y allí la levadura de mis cantos, hecha de mezquindad y sinsabores. Y aquella niña del amor florido y oloroso, y ritual, y enardecido, el seno como un fruto no oprimido, y un dulzor en los besos diluïdo, y un no sé qué... que túrbame el sentido. Y la huraña beldad, el mármol yerto e inconmovible; y la Infantina huraña que era el postrer jazmín que daba un huerto... ¡Me figuro las luces de sus ojos como dos cirios de un cariño muerto! Y el arduo afán en el impulso vario por resolver el canto en melodía. Derrame un ruiseñor en el himnario toda la miel del día. Un rumor milenario, y la luz de tu lámpara ¡oh Sophía! Húmedos los cabellos -cristalinos caireles de agua y sol-, aún ondulan fantásticas ondinas; mientras danza en la luz un coro de donceles por la playa al influjo de las sales marinas...
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E como a qualquer criança Brilharam-se-me muitos os olhos À primeira vista deste prado Verde e húmido e florido Com bichos passageiros, pardais a chilrear. Mas com o tempo secou-se a relva Foram-se as flores e com elas as borboletas Só a cigarra canta, metódica, Já nem os *** se pintam em aguarelas Nem versos deslizam perdidos mais.
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Feb 21, 2017
Feb 21, 2017 at 3:50 AM UTC
13-10-2016
Asiento de musgo florido sobre el viejo brocal derruido. Sitio que elegimos para hablar de amor, bajo el enorme paraíso en flor. ¡Ay, pobre del agua que del fondo mira, tal vez envidiosa, quizás dolorida! ¡Tan triste la pobre, tan muda, tan quieta bajo esta nerviosa ramazón violeta! -Vámonos. No quiero que el agua nos vea cuando me acaricies. Tal vez eso sea darle una tortura. ¿Quién la ama a ella? -¡Tonta! ¡Si de noche la besa una estrella!
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El pozo
¡Oh este rayo de sol que a mi alcoba se cuela Como una viva y larga, mágica lentejuela! Oh este rayo de sol que en mi boca se posa Fingiendo que en mis labios ha florido una rosa! ¡Oh este rayo de sol que se acuesta en mi seno, Como una daga fina sobre el cutis moreno! ¡ Oh este rayo de sol que acaso ha acariciado La dulce y taciturna cabeza de mi amado, Que taivez en los labios de mi amante dormido La misma rosa de oro que en mi boca, ha florido! Enredaste sus manos y entibiaste sus sienes Y ahora, ¡todo hechizado por su contacto vienes! Te colgaste a su cuello y llamaste a sus ojos En los que anoche el sueño pusiera sus cerrojos.               Ras o de sol fragante               Que has besado a mi amante! (Y el rayo es como una culebra de deseo Que en mi cuerpo vibrante pone su centelleo).
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Matinal
Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario. Girando en torno a la torre y al caserón solitario, ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno, de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.                 Es una tibia mañana. El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.       Pasados los verdes pinos, casi azules, primavera se ve brotar en los finos chopos de la carretera y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente. El campo parece, más que joven, adolescente.       Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido, azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido, y mística primavera!       ¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera, espuma de la montaña ante la azul lejanía, sol del día, claro día! ¡Hermosa tierra de España!
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Orillas del duero
El temblor ebefrenetico fue presagio del arcoiris y las despedidas. Los relámpagos circundantes anunciaban así Al silencio y las Mareas Y el fuego fractal del norte Y el fuego circular del sur Y el fuego espiral del este Y el fuego paralelo del oeste formaron un coro de artificios modulantes A extrañas tonalidades y estrellas Y deshechos en su abandono desesperado al viento Cuyo soplo aviva Cuatro puntos cardinales y un quinto Amanecer florido De símbolo invisible en los anaqueles Y apartado de cartas muertas, letras muertas Apañado a un espacio diminuto en las memorias De las serendipias y cronopios Que copulan libres En los bosques de mi anhelo: Infinita tú, Sombra etérea y sol De mi voraz día. Taciturna luz Santa, piadosa y vil: Devórame hoy. A ti Diosa mar Cuyo coral de fuego Me rompe en dos. Los bellos cantos Las dulces odas y más En la noche gris. Íntimo pulso Que nace entre pausa Y caricia. Adiós: musa, Que para el invierno Es tantísimo.
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Mar 25, 2018
Mar 25, 2018 at 10:55 AM UTC
Cinco haikus y un poema de amor.
ACORDEI A PENSAR NAS BORBOLETAS Acordei com o cantar de avezinhas afinadas, Olhei para o tempo sem pedir nada, O riacho leva agua abençoada, Acordei, esqueci mágoas… Junto a roseira vi uma borboleta, Seu tamanho era tao pequeno, Se saciava num cardo mariano. Olhei para o meu limoeiro florido, Lagarto esverdeado meio esquecido. Caminho entre vinhas formosas, Suas folhas esverdeadas, Joaninhas atarefadas, Pedras graníticas e xistosas… Olho para o céu azulinho, No meio da videira esta um ninho, Bem no alto do mais nobre pinheiro, Esvoaça um milhafre sorrateiro. Me espanto e tudo me apaixona neste vale encantado, Deus e o mundo seja Louvado… Victor Marques
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Jun 25, 2018
Jun 25, 2018 at 8:20 AM UTC
ACORDEI A PENSAR NAS BORBOLETAS
Era un ritmo: el que vibra en el espacio como queja inmortal y se levanta y llega del Señor hasta el palacio ¡Un ritmo!, y en el cielo de topacio se perdió: ¡Como todo lo que canta! Era un ave: su nido en el paraje que habitamos formó; cual filoomela, gorjeaba al amparo del follaje. ¡Un ave! y sacudiendo su plumaje se alejó: ¡como todo lo que vuela! Era un lampo: el flamígero, de plata, que tiende su fulgor en la penumbra de casto amanecer, y se dilata por el éter. ¡Un lampo! y su luz grata se apagó: ¡como todo lo que alumbra! No fue su muerte conjunción febea ni puesta melancólica de Diana, sino eclipse de Vísper, que recrea los cielos con su luz, y parpadea y cede ante el fulgor de la mañana. Morir cuando la tumba nos reclama, cuando la dicha suspirando quedo: "Adiós", murmura, y se extinguió la llama de la fe, y aunque todo dice: "Ama", responde el corazón: "¡Si ya no puedo!"; cuando solo escuchamos dondequiera del tedio el gran monologar eterno, y en vano desparrama Primavera su florido caudal en la pradera, porque dentro llevamos el invierno, ¡bien está! Mas partir en pleno día, cuando el sol glorifica la jornada, cuando todo en el pecho ama y confía y la vida, Julieta enamorada, nos dice: ¡No te vayas todavía!, y forma la ilusión mundos d'encaje y los troncos de savia están henchidos, y las frondas perfuman el boscaje, y los nidos salpican el frondaje, y las aves arrullan en los nidos, ¡es muy triste, en verdad! Tal fue su suerte, ¡oh poeta!, y en vano a tu partida opusieron al par su muro fuerte Amor, más poderoso que la muerte; Juventud, ¡el paladion de la vida! Ave, ritmo, perfume, luz qu'encanta: el cariño a perderos se rebela; entre Dios y vosotros se levanta; mas os vais: ¡como todo lo que canta! os perdéis: ¡como todo lo que vuela...!
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Perlas negras - xl
Era un ritmo: el que vibra en el espacio como queja inmortal y se levanta y llega del Señor hasta el palacio ¡Un ritmo!, y en el cielo de topacio se perdió: ¡Como todo lo que canta! Era un ave: su nido en el paraje que habitamos formó; cual filoomela, gorjeaba al amparo del follaje. ¡Un ave! y sacudiendo su plumaje se alejó: ¡como todo lo que vuela! Era un lampo: el flamígero, de plata, que tiende su fulgor en la penumbra de casto amanecer, y se dilata por el éter. ¡Un lampo! y su luz grata se apagó: ¡como todo lo que alumbra! No fue su muerte conjunción febea ni puesta melancólica de Diana, sino eclipse de Vísper, que recrea los cielos con su luz, y parpadea y cede ante el fulgor de la mañana. Morir cuando la tumba nos reclama, cuando la dicha suspirando quedo: "Adiós", murmura, y se extinguió la llama de la fe, y aunque todo dice: "Ama", responde el corazón: "¡Si ya no puedo!"; cuando solo escuchamos dondequiera del tedio el gran monologar eterno, y en vano desparrama Primavera su florido caudal en la pradera, porque dentro llevamos el invierno, ¡bien está! Mas partir en pleno día, cuando el sol glorifica la jornada, cuando todo en el pecho ama y confía y la vida, Julieta enamorada, nos dice: ¡No te vayas todavía!, y forma la ilusión mundos d'encaje y los troncos de savia están henchidos, y las frondas perfuman el boscaje, y los nidos salpican el frondaje, y las aves arrullan en los nidos, ¡es muy triste, en verdad! Tal fue su suerte, ¡oh poeta!, y en vano a tu partida opusieron al par su muro fuerte Amor, más poderoso que la muerte; Juventud, ¡el paladion de la vida! Ave, ritmo, perfume, luz qu'encanta: el cariño a perderos se rebela; entre Dios y vosotros se levanta; mas os vais: ¡como todo lo que canta! os perdéis: ¡como todo lo que vuela...!
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Riegan nuestro jardín. Huele a violetas aún. En el renovado laurel, el gorrión inicia la Marsellesa.                           ¡Oh, qué delicia, amigo, ser poetas y esperar, como a un dios, a abril florido! ¡Trueque de almas y de cielos! En los huevos del nido del corazón, a la serena luz templada, sentimos un moverse de polluelos, entre un olor a lirio apetecido y a rosa deseada. ¡Corazón perenal, laurel sin nombre, blando sol del alma:                         Viva la hora venidera! ... Bajo el arco que, afuera, nos pone el agua azul de primavera, la nidada, por dentro, está piando.
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Abril
¡Granados en cielo azul! ¡Calle de los marineros! ¡Son tus árboles tan verdes, es tan alegre tu cielo! ¡Viento ilusorio de mar! ¡Calle de los marineros (ojo gris, pelo de oro, rostro florido y moreno)! La mujer canta a la puerta: «¡Vida de los marineros; el hombre siempre en el mar, y el corazón en el viento! (Estrella del mar, ten tú siempre en tus manos los remos; que, bajo tus ojos, sean dulce el mar y azul el cielo!)» ... Por la tarde, brilla el aire; el ocaso está de ensueños; es un oro de nostaljia, de llanto y de pensamiento.  (Como si el viento trajera el sinfín y, en su revuelto afán, la pena mirara y oyera a los que están lejos). ¡Viento ilusorio de mar! ¡Calle de los marineros (la blusa azul, y la cinta del milagro sobre el pecho)! ¡Granados en cielo azul! ¡Calle de los marineros! ¡El hombre siempre en el mar, y el corazón en el viento!
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El hombre siempre en el mar
¿Será tu corazón un harpa al viento, que tañe el viento?... Sopla el odio y suena tu corazón; sopla tu corazón y vibra... ¡Lástima de tu corazón, poeta! ¿Serás acaso un histrión, un mimo de mojigangas huecas? ¿No borrarán el tizne de tu cara lágrimas verdaderas? ¿No estallará tu corazón de risa, pobre juglar de lágrimas ajenas?   Mas no es verdad... Yo he visto una figura extraña, que vestida de luto -¡y cuán grotesca!- vino un día a mi casa. -«De tizne y albayalde hay en mi rostro cuanto conviene a una doliente farsa; yo te daré la gloria del poeta, me dijo, a cambio de una sola lágrima».   Y otro día volvió a pedirme risa que poner en sus hueras carcajadas... -«Hay almas que hacen un bufón sombrío de su histrión de alegres mojigangas. Pero en tu alma de verdad, poeta, sean puro cristal risas y lágrimas; sea tu corazón arca de amores, vaso florido, sombra perfumada».
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Luz
Decid: ¿quién se queja? ¿Quién llora? ¿Quién grita? Es que está cantando La saboyanita. Mañana de enero, Con aire y con nieve, Si no llueve, sopla, Si no sopla, llueve. Bajo grises nubes, La tierra cubierta De blanco sudario, Parece una muerta. ¡Cuán solas las calles! iNi quién las resiste! ¡Qué invierno tan duro, Tan largo y tan triste! Heladas las fuentes, Heladas y mudas; Almendros sin hojas, Y acacias desnudas. ¡Ofrecen contrastes Risueños y francos, Los troncos tan negros, Los copos tan blancos! Hay sólo una niña Bajo mi ventana, Engendro hechicero De augur y gitana. Contando en diez años Diez siglos de pena; Los ojos oscuros, La frente morena, Muy ***** el cabello, De grana la boca, De vivos colores El traje y la toca. Los pies diminutos, Que Fidias quisiera, Los guarda en chapines De tosca madera. Del pobre pandero Que agitan sus manos Se visten y comen Sus tiernos hermanos. Con sólo escucharla, Aterra y conmueve, Y más, si la miran Hincada en la nieve. Por tarde y mañana Con hondos acentos, Que nunca sofocan Ni lluvias, ni vientos; Se queja, solloza, Suspira, reclama, Y al son del pandero Su llanto derrama. Su voz me perturba Y amarga mi día: iQué acento tan triste! iQué voz de agonía! Si algún compatriota A verme se llega, Oyendo esos cantos, La frente doblega. Sintiéndose triste, Convulso y herido, Recuerda aquel suelo Alegre y florido, Sus vírgenes selvas. Sus prados, sus montes, Y el azul eterno De sus horizontes. Con llanto en los ojos, El alma turbada, Muy lejos teniendo La patria adorada: ¡Qué voz!-me repite- ¡Qué acento! ¡qué grito! Sollozo de angustia, Clamor de proscrito, Lo más pavoroso Que en notas existe; ¡Qué agudo! ¡Qué lento! ¡Qué amargo! ¡Qué triste! ¡Oh Dios! ¿Quién se queja? ¿Quién llora? ¿Quién grita? Es que está cantando La saboyanita.
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La saboyanita
Decid: ¿quién se queja? ¿Quién llora? ¿Quién grita? Es que está cantando La saboyanita. Mañana de enero, Con aire y con nieve, Si no llueve, sopla, Si no sopla, llueve. Bajo grises nubes, La tierra cubierta De blanco sudario, Parece una muerta. ¡Cuán solas las calles! iNi quién las resiste! ¡Qué invierno tan duro, Tan largo y tan triste! Heladas las fuentes, Heladas y mudas; Almendros sin hojas, Y acacias desnudas. ¡Ofrecen contrastes Risueños y francos, Los troncos tan negros, Los copos tan blancos! Hay sólo una niña Bajo mi ventana, Engendro hechicero De augur y gitana. Contando en diez años Diez siglos de pena; Los ojos oscuros, La frente morena, Muy ***** el cabello, De grana la boca, De vivos colores El traje y la toca. Los pies diminutos, Que Fidias quisiera, Los guarda en chapines De tosca madera. Del pobre pandero Que agitan sus manos Se visten y comen Sus tiernos hermanos. Con sólo escucharla, Aterra y conmueve, Y más, si la miran Hincada en la nieve. Por tarde y mañana Con hondos acentos, Que nunca sofocan Ni lluvias, ni vientos; Se queja, solloza, Suspira, reclama, Y al son del pandero Su llanto derrama. Su voz me perturba Y amarga mi día: iQué acento tan triste! iQué voz de agonía! Si algún compatriota A verme se llega, Oyendo esos cantos, La frente doblega. Sintiéndose triste, Convulso y herido, Recuerda aquel suelo Alegre y florido, Sus vírgenes selvas. Sus prados, sus montes, Y el azul eterno De sus horizontes. Con llanto en los ojos, El alma turbada, Muy lejos teniendo La patria adorada: ¡Qué voz!-me repite- ¡Qué acento! ¡qué grito! Sollozo de angustia, Clamor de proscrito, Lo más pavoroso Que en notas existe; ¡Qué agudo! ¡Qué lento! ¡Qué amargo! ¡Qué triste! ¡Oh Dios! ¿Quién se queja? ¿Quién llora? ¿Quién grita? Es que está cantando La saboyanita.
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Un hombre está mirando a una mujer, está mirándola inmediatamente, con su mal de tierra suntuosa y la mira a dos manos y la tumba a dos pechos y la mueve a dos hombres. Pregúntome entonces, oprimiéndome la enorme, blanca, acérrima costilla: Y este hombre ¿no tuvo a un niño por creciente padre? ¿ Y esta mujer, a un niño por constructor de su evidente **** Puesto que un niño veo ahora, niño ciempiés, apasionado, enérgico; veo que no le ven sonarse entre los dos, colear, vestirse; puesto que los acepto, a ella en condición aumentativa, a él en la flexión del heno rubio. Y exclamo entonces, sin cesar ni uno de vivir, sin volver ni uno a temblar en la justa que venero: ¡Felicidad seguida tardíamente del Padre, del Hijo y de la Madre! ¡Instante redondo, familiar, que ya nadie siente ni ama! ¡De qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares! ¡De qué tronco, el florido carpintero! ¡De qué perfecta axila, el frágil remo! ¡De qué casco, ambos cascos delanteros!
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Un hombre está mirando a una mujer
Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales cargados de perfume, y el campo enverdecido, abiertos los jazmines, maduros los trigales, azules las montañas y el olivar florido; Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles; y al sol de abril los huertos colmados de azucenas, y los enjambres de oro, para libar sus mieles dispersos en los campos, huir de sus colmenas; yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares, barriendo el cierzo helado tu campo empedernido; y en sierras agrias sueño -¡Urbión, sobre pinares! ¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!-Y pienso: Primavera, como un escalofrío irá a cruzar el alto solar del romancero, ya verdearán de chopos las márgenes del río.¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas, y la roqueda parda más de un zarzal en flor; ya los rebaños blancos, por entre grises peñas, hacia los altos prados conducirá el pastor.   ¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas que vais al joven Duero, rebaños de merinos, con rumbo hacia las altas praderas numantinas,  por las cañadas hondas y al sol de los caminos hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo, montañas, serrijones, lomazos, parameras, en donde reina el águila, por donde busca el cuervo su infecto expoliario; menudas sementeras cual sayos cenicientos, casetas y majadas entre desnuda roca, arroyos y hontanares donde a la tarde beben las yuntas fatigadas, dispersos huertecillos, humildes abejares!...   ¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano cercado de colinas y crestas militares, alcores y roquedas del yermo castellano, fantasmas de robledos y sombras de encinares!   En la desesperanza y en la melancolía de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía, por los floridos valles, mi corazón te lleva.
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Recuerdos
Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales cargados de perfume, y el campo enverdecido, abiertos los jazmines, maduros los trigales, azules las montañas y el olivar florido; Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles; y al sol de abril los huertos colmados de azucenas, y los enjambres de oro, para libar sus mieles dispersos en los campos, huir de sus colmenas; yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares, barriendo el cierzo helado tu campo empedernido; y en sierras agrias sueño -¡Urbión, sobre pinares! ¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!-Y pienso: Primavera, como un escalofrío irá a cruzar el alto solar del romancero, ya verdearán de chopos las márgenes del río.¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas, y la roqueda parda más de un zarzal en flor; ya los rebaños blancos, por entre grises peñas, hacia los altos prados conducirá el pastor.   ¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas que vais al joven Duero, rebaños de merinos, con rumbo hacia las altas praderas numantinas,  por las cañadas hondas y al sol de los caminos hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo, montañas, serrijones, lomazos, parameras, en donde reina el águila, por donde busca el cuervo su infecto expoliario; menudas sementeras cual sayos cenicientos, casetas y majadas entre desnuda roca, arroyos y hontanares donde a la tarde beben las yuntas fatigadas, dispersos huertecillos, humildes abejares!...   ¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano cercado de colinas y crestas militares, alcores y roquedas del yermo castellano, fantasmas de robledos y sombras de encinares!   En la desesperanza y en la melancolía de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía, por los floridos valles, mi corazón te lleva.
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¡Granados en cielo azul! ¡Calle de los marineros; qué verdes están tus árboles, qué alegre tienes el cielo! ¡Viento ilusorio de mar! ¡Calle de los marineros -ojo gris, mechón de oro, rostro florido y moreno!- . La mujer canta a la puerta: «¡Vida de los marineros; el hombre siempre en el mar, y el corazón en el viento!». -¡Virjen del Carmen, que estén siempre en tus manos los remos; que, bajo tus ojos, sean dulce el mar y azul el cielo!- … Por la tarde, brilla el aire; el ocaso está de ensueños; es un oro de nostaljia, de llanto y de pensamiento. -¡Como si el viento trajera el sinfín y, en su revuelto afán, la pena mirara y oyera a los que están lejos! ¡Viento ilusorio de mar! ¡Calle de los marineros -la blusa azul, y la cinta milagrera sobre el pecho!-. ¡Granados en cielo azul! ¡Calle de los marineros! ¡El hombre siempre en el mar, y el corazón en el viento!
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¡granados en cielo azul!
Lirio divino, lirio de las Anunciaciones; lirio, florido príncipe, hermano perfumado de las estrellas castas, joya de los abriles.A ti las blancas dianas de los parques ducales; los cuellos de los cisnes, las místicas estrofas de cánticos celestes y en el sagrado empíreo la mano de las vírgenes.Lirio, boca de nieve donde sus dulces labios la primavera imprime: en tus venas no corre la sangre de las rosas pecadoras, sino el ícor excelso de las flores insegnes.Lirio real y lírico que naces con la albura de las hostias sublimes, de las cándidas perlas y del lino sin mácula de las sobrepellices: ¿Has visto acaso el vuelo del alma de mi Stella, la hermana de Ligera, por quien mi canto a veces es tan triste?
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El poeta pregunta por stella
Más fuerte que la guerra -espanto y grima- cuando con torpe vuelo de avutarda el ominoso trimotor se encima y sobre el vano techo se retarda, hoy tu alegre zalema el campo anima, tu claro verde el chopo en yemas guarda. Fundida irá la nieve de la cima al hielo rojo de la tierra parda. Mientras retumba el monte, el mar humea, da la sirena el lúgubre alarido, y en el azul el avión platea, ¡cuán agudo se filtra hasta mi oído, niña inmortal, infatigable dea, el agrio son de tu rabel florido!
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La primavera
Hay un verde laurel. En sus ramas un enjambre de pájaros duerme         en mudo reposo, sin que el beso del sol los despierte. Hay un verde laurel. En sus ramas que el terral melancólico mueve,         se advierte una lira, sin que nadie esa lira descuelgue. ¡Quién pudiera, al influjo sagrado         de un soplo celeste, despertar en el árbol florido las rimas que duermen! ¡Y flotando en la luz el espíritu, mientras arde en la sangre la fiebre, como «un himno gigante y extraño» arrancar a la lira de Bécquer!
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Rima - vi