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"esqueletos" poems
Chove ou amanhece Os esqueletos dançam. Estão mortos! Vivem a morte, nutridos Pelo sentido Pela ardente vontade  de Fitar meus olhos. Com aqueles seus buracos Vazios do crânio Sem mesmo Lembrar da dor que tiveram Por já terem vivido. Se nutrem da seiva De guardar a vida Do escárnio imperecível do passado. É somente para isso que Os esqueletos dançam.
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Nov 4, 2014
Nov 4, 2014 at 7:18 AM UTC
Untitled
Una noche tuve un sueño... Luna opaca, cielo ***** yo en un triste cementerio con la sombra y el silencio. En sudarios medio envueltos, descarnados esqueletos muy afables y contentos mi vista recibieron. Indagaron los sucesos que pasaban ese tiempo: las maniobras del ejército, los discursos del Congreso, de la Bolsa los manejos, y reían de todo eso. Con sorpresa supe de ellos que gustaban de los versos que en mis dudas y en mis celos a mi amada siempre ofrezco. ¡Que sabían, me dijeron, ya en la historia de los besos!... Y se hacían muchos gestos y ademanes picarescos. Y reían con extremos entre el ruido de sus huesos. En seguida refirieron que se siente mucho hielo, en las noches del invierno, en las fosas de los muertos. Despedime. ¡Muy correctos los saludos que me hicieron! Salí al campo. Miré luego, luna opaca, cielo ***** Muy ufano, dice el médico que la causa de estos sueños se halla toda por mis nervios y en el fondo del cerebro.
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Rima - v
En el espejo he visto el Mar, el Mar sordo. La cimera cubríanle nubes grávidas de borrasca, la faz en movimiento delirante bullía con un hervor preñado de mútilos cadáveres cárdenos, a la deriva. 1 Cegaba con telones cinéreos la angustia, propugnando saltar de las órbitas -adamantina-. 2 Tenía de las bridas la voz ululadora lista a irrumpir como jamás apolíptica. Los ojos eran cóncavos vórtices abisales donde ya nunca la estrella encendería ni rielar idílico, ni tórridas fogatas. En el espejo he visto el Mar sordo 3 -vago y difuso como en cristales de recuerdo; -rígido y penetrante, -lacerante- como un sueño fallido: 4 y le he visto en el Día como en la Noche (y en el Crepúsculo de estrellas desdibujadas y de músicas en esbozo y de perfumes preludiando las sensuales sonatinas); y le he visto en el Día (vigía desde la cofa) que escudriña, oteante, el ir y venir en volúmenes aborregados de las ondas indiferentes) y le he visto en la Noche (sutil escucha en el acecho de voces ultraterrenas, y de próximas, cuya caricia fuera regalo de sus oídos, si no tortura lancinante). Pero el Mar es un símbolo? Y es un mito el Océano, emblemática selva pululadora de fugitivas sombras, caos mirífico, floresta legendaria donde discurren 5 las vagueantes Náyades y las Titanias inasibles. Un mito el Mar? Mirado en el espejo, refractado en el ávida retina y bebido en su son 6 y aspirado en sus hálitos salinos y yodados, -huésped de las Sirenas sortílegas y de las Circes y las Calypsos prestigiösas de hechizo inabolible? Es un Mito?   Es un Símbolo? En el espejo he visto el Mar sordo. 7 Y le he visto en la Noche y en el Crepúsculo (y en el Día): quieto Mar de viñeta, con la fuga en los mástiles y la fuga en las velas recogidas de los barcos inútiles, anclados como esqueletos de pirámides en las glaucas arenas fijas.
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Sonatina
En el espejo he visto el Mar, el Mar sordo. La cimera cubríanle nubes grávidas de borrasca, la faz en movimiento delirante bullía con un hervor preñado de mútilos cadáveres cárdenos, a la deriva. 1 Cegaba con telones cinéreos la angustia, propugnando saltar de las órbitas -adamantina-. 2 Tenía de las bridas la voz ululadora lista a irrumpir como jamás apolíptica. Los ojos eran cóncavos vórtices abisales donde ya nunca la estrella encendería ni rielar idílico, ni tórridas fogatas. En el espejo he visto el Mar sordo 3 -vago y difuso como en cristales de recuerdo; -rígido y penetrante, -lacerante- como un sueño fallido: 4 y le he visto en el Día como en la Noche (y en el Crepúsculo de estrellas desdibujadas y de músicas en esbozo y de perfumes preludiando las sensuales sonatinas); y le he visto en el Día (vigía desde la cofa) que escudriña, oteante, el ir y venir en volúmenes aborregados de las ondas indiferentes) y le he visto en la Noche (sutil escucha en el acecho de voces ultraterrenas, y de próximas, cuya caricia fuera regalo de sus oídos, si no tortura lancinante). Pero el Mar es un símbolo? Y es un mito el Océano, emblemática selva pululadora de fugitivas sombras, caos mirífico, floresta legendaria donde discurren 5 las vagueantes Náyades y las Titanias inasibles. Un mito el Mar? Mirado en el espejo, refractado en el ávida retina y bebido en su son 6 y aspirado en sus hálitos salinos y yodados, -huésped de las Sirenas sortílegas y de las Circes y las Calypsos prestigiösas de hechizo inabolible? Es un Mito?   Es un Símbolo? En el espejo he visto el Mar sordo. 7 Y le he visto en la Noche y en el Crepúsculo (y en el Día): quieto Mar de viñeta, con la fuga en los mástiles y la fuga en las velas recogidas de los barcos inútiles, anclados como esqueletos de pirámides en las glaucas arenas fijas.
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Dijo el Amor:                         (entonces a los lampos                       de un claro sol; en los serenos campos                       sonreía a la luz la primavera;                       en el soto arrullaban las palomas,                       y cada flor en los alcores era                       como un abierto búcaro de aromas). -«Yo seré tu poeta: tendrás flores Para tu frente, y rimas armoniosas Que cual perlas de luz **** fulgores, Y perfumes **** como las rosas. »Seré espacio sin fin para tu anhelo, La ilusión que te encante... Seré el azul de tu estrellado cielo, Seré la estrofa que en tu oído cante. »Y en la onda dormida Donde los astros verterán risueños Su fulgor, en la onda de tu vida Seré la barca en donde irán tus sueños». Dijo la Muerte:                         (entonces a los lampos                       de un sol de invierno, los marchitos campos                       sudarios parecían,                       blancos de nieve y de verdura escuetos,                       y a lo lejos los árboles fingían,                       en la bruma, un desfile de esqueletos). -«Yo soy la Segadora, La eterna Vencedora Que con el Bien y la Virtud en guerra Deja a su paso destrucción y duelo, La que troncha las flores en la tierra, La que apaga los astros en el cielo. Yo soy la Muerte... Ven!»                                                     Cual rosa blanca, Como azucena en el vergel riente Que de su tallo el ventarrón arranca, Así la Virgen doblegó la frente. Amó... Vivió... Pasó...!                                     Fue nube leve Que llevaba benéfico rocío; En la montaña azul, copo de nieve, Y blanca espuma en el cristal del río.                         (Entonces, al radiar eterna aurora                       En las tinieblas de la tumba inerte,                       La Virgen, la vencida por la Muerte,                       Entró en el Paraíso vencedora).
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Fugitiva
Dijo el Amor:                         (entonces a los lampos                       de un claro sol; en los serenos campos                       sonreía a la luz la primavera;                       en el soto arrullaban las palomas,                       y cada flor en los alcores era                       como un abierto búcaro de aromas). -«Yo seré tu poeta: tendrás flores Para tu frente, y rimas armoniosas Que cual perlas de luz **** fulgores, Y perfumes **** como las rosas. »Seré espacio sin fin para tu anhelo, La ilusión que te encante... Seré el azul de tu estrellado cielo, Seré la estrofa que en tu oído cante. »Y en la onda dormida Donde los astros verterán risueños Su fulgor, en la onda de tu vida Seré la barca en donde irán tus sueños». Dijo la Muerte:                         (entonces a los lampos                       de un sol de invierno, los marchitos campos                       sudarios parecían,                       blancos de nieve y de verdura escuetos,                       y a lo lejos los árboles fingían,                       en la bruma, un desfile de esqueletos). -«Yo soy la Segadora, La eterna Vencedora Que con el Bien y la Virtud en guerra Deja a su paso destrucción y duelo, La que troncha las flores en la tierra, La que apaga los astros en el cielo. Yo soy la Muerte... Ven!»                                                     Cual rosa blanca, Como azucena en el vergel riente Que de su tallo el ventarrón arranca, Así la Virgen doblegó la frente. Amó... Vivió... Pasó...!                                     Fue nube leve Que llevaba benéfico rocío; En la montaña azul, copo de nieve, Y blanca espuma en el cristal del río.                         (Entonces, al radiar eterna aurora                       En las tinieblas de la tumba inerte,                       La Virgen, la vencida por la Muerte,                       Entró en el Paraíso vencedora).
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¡Qué sola, tierra, sin nosotros! Es posible que sea el alma, vagabunda por tu ladera, la que se sienta solitaria. Hoy es mi pie el que te recorre. Paso a paso te desencanta. Más de cien años de tu sueño sobre los mares reclinada. Más de cien años sin nosotros, encadenados a otras albas. Anduvimos por su recuerdo como en imagen reflejada. Si quisimos oler tu hierba, oír tu viento entre las cañas, morder el pan de tus otoños, beber el vino de tus parras, si quisimos sentirnos, tierra, niños llorosos en tu falda, otros otoños, otros vientos, otras olas nos despertaban de nuestro sordo atardecer y nuestra mágica mañana. Miro. Te veo como siempre: nuevamente desencantada. Hoy es mi pie el que te recorre, mi propia voz la que te llama, entre juncos, entre manzanas, entre las ruinas de las barcas como esqueletos de ballena que se mantuvieron en tus playas ¡Qué triste, tierra, sin nosotros! Es posible que sea el alma, vagabunda por tu ladera, la que se sienta solitaria.
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Mañana primera
Todo, todo, en el aire, en el agua, en la tierra, desarraigado y ácido, descompuesto, perdido. El agua hecha caballo antes que nube y lluvia. Los toros transformados en sumisas poleas. El engaño sin malla, sin "tutu", sin pezones. La impúdica mentira exhibiendo el trasero en todas las posturas, en todas las esquinas. Las polillas voraces de expediente cocido, disfrazadas de hiena, de tapir con mochila. Las techumbres que emigran en oscuras bandadas. Las ventanas que escupen dentaduras de piano, cacerolas, espejos, piernas carbonizadas. Porque mirad sin musgo, mi corazón de yesca, qué hicimos, qué hemos hecho con nuestras pobres manos, con nuestros esqueletos de invierno y de verano. Desatar el incendio. Aplaudir el desastre. Trasladar, sobre caucho, apetitos de pústula. Prostituir los crepúsculos. Adorar los bulones y los secos cerebros de nuez reblandecida... Como sí no existiera más que el sudor y el asco; como si sólo ansiáramos nutrir con nuestra sangre las raíces del odio; como si ya no fuese bastante deprimente saber que sólo somos un pálido excremento del amor, de la muerte.
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Hazaña
La piedra es una frente donde los sueños gimen sin tener agua curva ni cipreses helados, La piedra es una espalda para llevar al tiempo con árboles de lágrimas y cintas y planetas. Yo he visto lluvias grises hacia las olas levantando sus tiernos brazos acribillados, para no ser cazadas por la piedra tendida que desata sus miembros sin empapar la sangre. Porque la piedra coge simientes y nublados, esqueletos de alondras y lobos de penumbra; pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego, sino plazas y plazas y otras plazas sin muros. Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido. Ya se acabó; ¿que pasa? Contemplad su figura: la muerte le ha cubierto de pálidos azufres y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro. Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca. El aire como loco deja su pecho hundido, y el Amor, empapado con lágrimas de nieve, se calienta en la cumbre de las ganaderías. ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa. Estamos con un cuerpo presente que se esfuma, con una forma clara que tuvo ruiseñores y la vemos llenarse de agujeros sin fondo. ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice! Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón, ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente: aquí no quiero más que los ojos redondos para ver ese cuerpo sin posible descanso. Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura. Los que doman caballos y dominan los ríos: los hombres que les suena el esqueleto y cantan con una boca llena de sol y pedernales. Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra. Delante de este cuerpo con las riendas quebradas. Yo quiero que me enseñen donde está la salida para este capitán atado por la muerte. Yo quiero que me enseñen un llanto como un río que tenga dulces nieblas y profundas orillas, para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda sin escuchar el doble resuello de los toros. Que se pierda en la plaza redonda de la luna que finge cuando niña doliente res inmóvil; que se pierda en la noche sin canto de los peces y en la maleza blanca del humo congelado. No quiero que le tapen la cara con pañuelos para que se acostumbre con la muerte que lleva. Vete Ignacio: No sientas el caliente bramido. Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
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Cuerpo presente
La piedra es una frente donde los sueños gimen sin tener agua curva ni cipreses helados, La piedra es una espalda para llevar al tiempo con árboles de lágrimas y cintas y planetas. Yo he visto lluvias grises hacia las olas levantando sus tiernos brazos acribillados, para no ser cazadas por la piedra tendida que desata sus miembros sin empapar la sangre. Porque la piedra coge simientes y nublados, esqueletos de alondras y lobos de penumbra; pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego, sino plazas y plazas y otras plazas sin muros. Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido. Ya se acabó; ¿que pasa? Contemplad su figura: la muerte le ha cubierto de pálidos azufres y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro. Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca. El aire como loco deja su pecho hundido, y el Amor, empapado con lágrimas de nieve, se calienta en la cumbre de las ganaderías. ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa. Estamos con un cuerpo presente que se esfuma, con una forma clara que tuvo ruiseñores y la vemos llenarse de agujeros sin fondo. ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice! Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón, ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente: aquí no quiero más que los ojos redondos para ver ese cuerpo sin posible descanso. Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura. Los que doman caballos y dominan los ríos: los hombres que les suena el esqueleto y cantan con una boca llena de sol y pedernales. Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra. Delante de este cuerpo con las riendas quebradas. Yo quiero que me enseñen donde está la salida para este capitán atado por la muerte. Yo quiero que me enseñen un llanto como un río que tenga dulces nieblas y profundas orillas, para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda sin escuchar el doble resuello de los toros. Que se pierda en la plaza redonda de la luna que finge cuando niña doliente res inmóvil; que se pierda en la noche sin canto de los peces y en la maleza blanca del humo congelado. No quiero que le tapen la cara con pañuelos para que se acostumbre con la muerte que lleva. Vete Ignacio: No sientas el caliente bramido. Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
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En el viejo camposanto hay sepulcros fanfarrones criptas / nichos / panteones todo en mármol sacrosanto de harto lujo / pero en cuanto a desniveles sociales / en residencias finales como éstas / no hay secretos y los pobres esqueletos parecen todos iguales
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Igualdad
El agua del viejo canal, en la yerma Orilla del puerto, parece agua enferma. Es agua grisosa, de día octubreño, Y va sin rumores en lánguido sueño. Muy pálido el cielo semeja ceniza, Y en cerros y valle la luz agoniza. El puerto, en silencio. La vela plegada, Ha tiempo una barca reposa amarrada. El viento en el muelle se queja. Esqueletos Dolientes semejan los troncos escuetos; Y el gris del silencio que cubre la calma Del campo, la tarde prolonga en el alma, Un gris cual sonido de doble lejano, Un gris, como ensueño de frente en la mano. ¡Tristeza de días sin luz, otoñales, Tristeza de largos y fríos canales! ¡Tristeza en la sombra, callada y desierta, Del agua en otoño, como agua ya muerta!
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Agua dormida