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"espumas" poems
A la orilla, de mí ya desprendido, toco la destrucción que en mí se atreve, palpo ceniza y nada, lo que llueve el cielo en su caer oscurecido. Anegado en mi sombra-espejo mido la deserción del soplo que me mueve: huyen, fantasma ejército de nieve, tacto y color, perfume y sed, ruido. El cielo se desangra en el cobalto de un duro mar de espumas minerales; yazgo a mis pies, me miro en el acero de la piedra gastada y del asfalto: pisan opacos muertos maquinales, no mi sombra, mi cuerpo verdadero.
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Crepúsculos de la ciudad
Llueve en el mar: al mar lo que es del mar y que se seque la heredad. ¿La ola no tiene forma? En un instante se esculpe y en otro se desmorona en la que emerge, redonda. Su movimiento es su forma. Las olas se retiran -ancas, espaldas, nucas- pero vuelven las olas -pechos, bocas, espumas-. Muere de sed el mar. Se retuerce, sin nadie, en su lecho de rocas. Muere de sed de aire.
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Frente al mar
Flotante, sin asidero, nadador fuera del agua, voluntario a la deriva, por las horas, por el aire, por el haz de la mañana. Todo fugitivo, todo resbaladizo, se escapa de entre los dedos el mundo, la tierra, la arena. Nubes, velas, gaviotas, espumas, blancuras desvariadas, tiran de mí, que las sigo, que las dejo. ¿Estoy, estaba, estaré? Pero sin ir, sin venir, quieto, flotando en aquí, en allí, en azul. Una alegría que es el filo de la mañana rompe, corta, desenreda nudos, promesas, amarras. Tropeles de sombras ninfas huyendo van de sus cuerpos en islas desenfrenadas. Con su cargamento inútil de recuerdos y de plazos -¡ya no sirven, ya no sirven!- el tiempo leva las anclas. No se le ve ya. Sin tiempo, prisa y despacio lo mismo, ¡qué de prisa, qué despacio juegan los lejos a cercas colgados del verdiazul columpio de las distancias! Su silencio echan a vuelo enmudecidas campanas y cumplen su juramento los horizontes del alba: la vida toda de día, sin lastre, pura, flotando ni en agua, ni en aire, en nada.
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Tú me quieres alba, Me quieres de espumas, Me quieres de nácar. Que sea azucena Sobre todas, casta. De perfume tenue. Corola cerrada. Ni un rayo de luna Filtrado me haya. Ni una margarita Se diga mi hermana. Tú me quieres nívea, Tú me quieres blanca, Tú me quieres alba. Tú que hubiste todas Las copas a mano, De frutos y mieles Los labios morados. Tú que en el banquete Cubierto de pámpanos Dejaste las carnes Festejando a Baco. Tú que en los jardines Negros del Engaño Vestido de rojo Corriste al Estrago. Tú que el esqueleto Conservas intacto No sé todavía Por cuáles milagros, Me pretendes blanca (Dios te lo perdone), Me pretendes casta (Dios te lo perdone), Me pretendes alba. Huye hacia los bosques; Vete a la montaña; Límpiate la boca; Vive en las cabañas; Toca con las manos La tierra mojada; Alimenta el cuerpo Con raíz amarga; Bebe de las rocas; Duerme sobre escarcha; Renueva tejidos Con salitre y agua; Habla con los pájaros Y lévate al alba. Y cuando las carnes Te sean tornadas, Y cuando hayas puesto En ellas el alma Que por las alcobas Se quedó enredada, Entonces, buen hombre, Preténdeme blanca, Preténdeme nívea, Preténdeme casta.
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Tú me quieres blanca
Olas gigantes que os rompéis bramando en las playas desiertas y remotas, envuelto entre la sábana de espumas,         ¡llevadme con vosotras!   Ráfagas de huracán que arrebatáis del alto bosque las marchitas hojas, arrastrado en el ciego torbellino,         ¡llevadme con vosotras!   Nube de tempestad que rompe el rayo y en fuego ornáis las sangrientas orlas, arrebatado entre la niebla oscura,         ¡llevadme con vosotras!   Llevadme, por piedad, a donde el vértigo con la razón me arranque la memoria. ¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme         con mi dolor a solas!
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Rima lii
Hubo tantas veces que casi me ahogué cuando era niño, durante lecciones de natación, fiestas de cumpleaños. Así, me da miedo aún bañarme en las piscinas, las playas, los lagos. Me da vergüenza enseñar al mundo mis escamas dolorosas, la piel que teme el calor de la arena, los rayos del sol como si fueran medusas que queman con sus besos. Es que mis heridas, debajo de cuyas cicatrices, siguen ardiendo... Quisiera que de agua yo fuera hecho. En Manila, cuando era estudiante universitaria, y tomaba el bus que por el boulevard Roxas pasaba, podía olvidar de mis problemas, del caos, solo con una mirada a la bahía. Y siempre me preguntaba, ¿podría ser que al mar le doliera su piel de agua? Me acuerdo de cuando en silencio sufría, contra ondas como orilla padecía: el abandono de un amigo a quien quería en secreto, padecía el rechazo de las obras que había escrito, padecía la soledad en esta cruel ciudad... en aquellos momentos pensé en caminar, con piedras pesadas en mis bolsillos y zapatos, despacio, despacio hacía el mar, hacía el fondo... para que por fin se cumpliese mi destino de morir en el agua y su abrazo... Pero a ella, nunca he aprendido odiarla. Y he llegado hasta mares gallegos, hasta Coruña y sus cristales, donde cada mañana le escribo canciones de amor y promesas al océano atlántico. Al agua, un día regresaré, un día en ella, me habré disuelto, sí, yo a mí mismo. Porque es mi destino, yo que llevo alma azulada, el alma de aquel pez anciano que se hizo humano. Cuando un día me pregunte, "¿de dónde vienes?" un amante gallego, le diré que tierra yo no tengo, le diré, "amor, mírame los ojos, su blancura viene de las espumas de los mares filipinos"... y la noche en que me bese los labios y luego la piel, le diré, "amor, sigue, porque las escamas ya no me duelen, ves que del agua ya estoy hecho, de los aguas quietas, ya estoy hecho..."
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Mar 11, 2023
Mar 11, 2023 at 9:31 AM UTC
A Coruña
Hubo tantas veces que casi me ahogué cuando era niño, durante lecciones de natación, fiestas de cumpleaños. Así, me da miedo aún bañarme en las piscinas, las playas, los lagos. Me da vergüenza enseñar al mundo mis escamas dolorosas, la piel que teme el calor de la arena, los rayos del sol como si fueran medusas que queman con sus besos. Es que mis heridas, debajo de cuyas cicatrices, siguen ardiendo... Quisiera que de agua yo fuera hecho. En Manila, cuando era estudiante universitaria, y tomaba el bus que por el boulevard Roxas pasaba, podía olvidar de mis problemas, del caos, solo con una mirada a la bahía. Y siempre me preguntaba, ¿podría ser que al mar le doliera su piel de agua? Me acuerdo de cuando en silencio sufría, contra ondas como orilla padecía: el abandono de un amigo a quien quería en secreto, padecía el rechazo de las obras que había escrito, padecía la soledad en esta cruel ciudad... en aquellos momentos pensé en caminar, con piedras pesadas en mis bolsillos y zapatos, despacio, despacio hacía el mar, hacía el fondo... para que por fin se cumpliese mi destino de morir en el agua y su abrazo... Pero a ella, nunca he aprendido odiarla. Y he llegado hasta mares gallegos, hasta Coruña y sus cristales, donde cada mañana le escribo canciones de amor y promesas al océano atlántico. Al agua, un día regresaré, un día en ella, me habré disuelto, sí, yo a mí mismo. Porque es mi destino, yo que llevo alma azulada, el alma de aquel pez anciano que se hizo humano. Cuando un día me pregunte, "¿de dónde vienes?" un amante gallego, le diré que tierra yo no tengo, le diré, "amor, mírame los ojos, su blancura viene de las espumas de los mares filipinos"... y la noche en que me bese los labios y luego la piel, le diré, "amor, sigue, porque las escamas ya no me duelen, ves que del agua ya estoy hecho, de los aguas quietas, ya estoy hecho..."
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Caminando hacia el mar en la pradera -es hoy noviembre-, todo ha nacido ya, todo tiene estatura, ondulación, fragancia. Hierba a hierba entenderé la tierra, paso a paso hasta la línea loca del océano. De pronto una ola de aire agita y ondula la cebada salvaje: salta el vuelo de un pájaro desde mis pies, el suelo lleno de hilos de oro, de pétalos sin nombre, brilla de pronto como rosa verde, se enreda con ortigas que revelan su coral enemigo, esbeltos tallos, zarzas estrelladas, diferencia infinita de cada vegetal que me saluda a veces con un rápido centelleo de espinas o con la pulsación de su perfume fresco, fino y amargo. Andando a las espumas del Pacífico con torpe paso por la baja hierba de la primavera escondida, parece que antes de que la tierra se termine cien metros antes del más grande océano todo se hizo delirio, germinación y canto. Las minúsculas hierbas se coronaron de oro, las plantas de la arena dieron rayos morados y a cada pequeña hoja de olvido llegó una dirección de luna o fuego. Cerca del mar, andando, en el mes de noviembre, entre los matorrales que reciben luz, fuego y sal marinas hallé una flor azul nacida en la durísima pradera. De dónde, de qué fondo tu rayo azul extraes? Tu seda temblorosa debajo de la tierra se comunica con el mar profundo? La levanté en mis manos y la miré como si el mar viviera en una sola gota, como si en el combate de la tierra y las aguas una flor levantara un pequeño estandarte de fuego azul, de paz irresistible, de indómita pureza.
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Oda a la flor azul
Caminando hacia el mar en la pradera -es hoy noviembre-, todo ha nacido ya, todo tiene estatura, ondulación, fragancia. Hierba a hierba entenderé la tierra, paso a paso hasta la línea loca del océano. De pronto una ola de aire agita y ondula la cebada salvaje: salta el vuelo de un pájaro desde mis pies, el suelo lleno de hilos de oro, de pétalos sin nombre, brilla de pronto como rosa verde, se enreda con ortigas que revelan su coral enemigo, esbeltos tallos, zarzas estrelladas, diferencia infinita de cada vegetal que me saluda a veces con un rápido centelleo de espinas o con la pulsación de su perfume fresco, fino y amargo. Andando a las espumas del Pacífico con torpe paso por la baja hierba de la primavera escondida, parece que antes de que la tierra se termine cien metros antes del más grande océano todo se hizo delirio, germinación y canto. Las minúsculas hierbas se coronaron de oro, las plantas de la arena dieron rayos morados y a cada pequeña hoja de olvido llegó una dirección de luna o fuego. Cerca del mar, andando, en el mes de noviembre, entre los matorrales que reciben luz, fuego y sal marinas hallé una flor azul nacida en la durísima pradera. De dónde, de qué fondo tu rayo azul extraes? Tu seda temblorosa debajo de la tierra se comunica con el mar profundo? La levanté en mis manos y la miré como si el mar viviera en una sola gota, como si en el combate de la tierra y las aguas una flor levantara un pequeño estandarte de fuego azul, de paz irresistible, de indómita pureza.
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Ellos son, ellos vienen cada noche a mi lado. Por mucho que intentara ocultarme, enterrarlos, por mucho que quisiera creer que está el pasado para siempre dormido, ellos, desde sus altos tronos, ellos, siluetas contra un cielo apagado, ellos, amigos, hijos del mismo tiempo, hermanos en el mismo dolor, silenciosos, doblados por su pesada carga vendrían a mi lado. Ellos, son muy temblorosos, muy lentos y muy pálidos. Pedro, grave, tranquilo, enorme, sosegado como el mar en otoño. Murió un día de marzo allá lejos…                     Fernando: parecía una tapia bajo el sol del ocaso. Enterrado en la niebla quedó un día.                       Milagros: yo no la conocí. Tenía veinte años. Dicen que eran sus ojos transparentes y vagos; que era alegre y muy linda… Rodrigo, coronado de espumas, semidiós marino. Murió ahogado frente a la playa un día de tormenta.                     ¡Qué claros los veo! Ellos son, vienen cada noche a mi lado, vestidos de jirones oscuros del pasado. Ellos quiebran el vidrio de mis sueños, extraños y ausentes, como si nunca hubieran soñado conmigo, bajo el mismo cielo triste.                     Descalzos andan. Yo no los siento descender de sus marcos. Yo no sé que palabras traen, que no he descifrado. Nombres, fechas, lugares… ¡Señor, me está vedado tu secreto! No puedo darles mi sangre. Hablo con ellos y no entienden mis palabras. Los llamo a voces y no me oyen. Ellos, lentos y vagos, ellos son, ellos vienen cada noche a mi lado. Ellos amigos, hijos del mismo tiempo, hermanos en el mismo dolor, silenciosos, doblados, llenos de pesadumbre, misteriosos y vagos.
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Ellos
Ellos son, ellos vienen cada noche a mi lado. Por mucho que intentara ocultarme, enterrarlos, por mucho que quisiera creer que está el pasado para siempre dormido, ellos, desde sus altos tronos, ellos, siluetas contra un cielo apagado, ellos, amigos, hijos del mismo tiempo, hermanos en el mismo dolor, silenciosos, doblados por su pesada carga vendrían a mi lado. Ellos, son muy temblorosos, muy lentos y muy pálidos. Pedro, grave, tranquilo, enorme, sosegado como el mar en otoño. Murió un día de marzo allá lejos…                     Fernando: parecía una tapia bajo el sol del ocaso. Enterrado en la niebla quedó un día.                       Milagros: yo no la conocí. Tenía veinte años. Dicen que eran sus ojos transparentes y vagos; que era alegre y muy linda… Rodrigo, coronado de espumas, semidiós marino. Murió ahogado frente a la playa un día de tormenta.                     ¡Qué claros los veo! Ellos son, vienen cada noche a mi lado, vestidos de jirones oscuros del pasado. Ellos quiebran el vidrio de mis sueños, extraños y ausentes, como si nunca hubieran soñado conmigo, bajo el mismo cielo triste.                     Descalzos andan. Yo no los siento descender de sus marcos. Yo no sé que palabras traen, que no he descifrado. Nombres, fechas, lugares… ¡Señor, me está vedado tu secreto! No puedo darles mi sangre. Hablo con ellos y no entienden mis palabras. Los llamo a voces y no me oyen. Ellos, lentos y vagos, ellos son, ellos vienen cada noche a mi lado. Ellos amigos, hijos del mismo tiempo, hermanos en el mismo dolor, silenciosos, doblados, llenos de pesadumbre, misteriosos y vagos.
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Lago Budi, sombrío, pesada piedra oscura, agua entre grandes bosques insepulta, allí te abrías como puerta subterránea cerca del solitario mar del fin del mundo. Galopábamos por la infinita arena junto a las millonarias espumas derramadas, ni una casa, ni un hombre, ni un caballo, sólo el tiempo pasaba y aquella orilla verde y blanca, aquel océano. Luego hacia las colinas y, de pronto, el lago, el agua dura y escondida, compacta luz, alhaja del anillo terrestre. Un vuelo blanco y ***** los cisnes ahuyentaron largos cuellos nocturnos, patas de cuero rojo, y la nieve serena volando sobre el mundo. Oh vuelo desde el agua equivalente, mil cuerpos destinados a la inmóvil belleza como la transparente permanencia del lago. De pronto todo fue carrera sobre el agua, movimiento, sonido, torres de luna llena, y luego alas salvajes que desde el torbellino se hicieron orden, vuelo, magnitud sacudida, y luego ausencia, un temblor blanco en el vacío.
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El lago de los cisnes
Anoche, unos abriles granas capitularon ante mis mayos desarmados de juventud; los marfiles histéricos de su beso me hallaron muerto; y en un suspiro de amor los enjaulé. Espiga extraña, dócil. Sus ojos me asediaron una tarde amaranto que dije un canto a sus cantos; y anoche, en medio de los brindis, me hablaron las dos lenguas de sus senos abrasadas de sed. Pobre trigueña aquella; pobres sus armas; pobres sus velas cremas que iban al tope en las salobres espumas de un marmuerto. Vencedora y vencida, se quedó pensativa y ojerosa y granate. Yo me partí de aurora. Y desde aquel combate, de noche entran dos sierpes esclavas a mi vida.
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Capitulación
Sobre el vasto silencio se proyectó mi grito, sobre el silencio ilímite del firmamento hueco. Ni un eco abrió sus órbitas elásticas... ni un eco rajó sus cien gargantas roncas en lo infinito. contra el silencio incólume se aplastó mi protesta, contra el terco mutismo de la extensión plomiza. Y repetí mi grito: como única respuesta me derribó una cálida ráfaga de ceniza. Y por la estepa muda cruzó un soplo terrible difundiendo acres gérmenes de odios y de epidemias; y en la oquedad montruosa del silencio impasible trepidó un sordo y torpe galope de blasfemias. Y se hundieron de súbito las planicies desiertas barajando en un vértigo todas las perspectivas, y sobre el surco estéril de las edades muertas pasó el ala de fuego de las cóleras vivas. Y otra vez mi estentóreo grito de rebeldía, perforando el silencio, se clavó en lo infinito, y en la paz inmmutable de la tierra vacía rebotó cuatro veces el dolor de mi grito. Así el sésamo défico fulminó su eficacia sobre la oscura y áspera vegetación de obstáculos. Y una fosforecencia de convulsos tentáculos ramificó en las sombras un ademán de audacia. Y como un filo rubio, se destacó en las brumas un rígido propósito de verdades intactas, y entonces la ola inmóvil se perfumó de espumas y la brújula absurda marcó rutas exactas. Y entre las tinieblas turbias vibró un signo incoloro que agolpó en una réplica todo el dolor disperso. El silencio infinito labró un verso de oro, y mi grito rebelde fue el oro de aquel verso.
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Poema del dolor indominado
Sobre el vasto silencio se proyectó mi grito, sobre el silencio ilímite del firmamento hueco. Ni un eco abrió sus órbitas elásticas... ni un eco rajó sus cien gargantas roncas en lo infinito. contra el silencio incólume se aplastó mi protesta, contra el terco mutismo de la extensión plomiza. Y repetí mi grito: como única respuesta me derribó una cálida ráfaga de ceniza. Y por la estepa muda cruzó un soplo terrible difundiendo acres gérmenes de odios y de epidemias; y en la oquedad montruosa del silencio impasible trepidó un sordo y torpe galope de blasfemias. Y se hundieron de súbito las planicies desiertas barajando en un vértigo todas las perspectivas, y sobre el surco estéril de las edades muertas pasó el ala de fuego de las cóleras vivas. Y otra vez mi estentóreo grito de rebeldía, perforando el silencio, se clavó en lo infinito, y en la paz inmmutable de la tierra vacía rebotó cuatro veces el dolor de mi grito. Así el sésamo défico fulminó su eficacia sobre la oscura y áspera vegetación de obstáculos. Y una fosforecencia de convulsos tentáculos ramificó en las sombras un ademán de audacia. Y como un filo rubio, se destacó en las brumas un rígido propósito de verdades intactas, y entonces la ola inmóvil se perfumó de espumas y la brújula absurda marcó rutas exactas. Y entre las tinieblas turbias vibró un signo incoloro que agolpó en una réplica todo el dolor disperso. El silencio infinito labró un verso de oro, y mi grito rebelde fue el oro de aquel verso.
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Inútilmente interrogas. Tus ojos miran al cielo. Buscas, detrás de las nubes, huellas que se llevó el viento. Buscas las manos calientes, los rostros de los que fueron, el círculo donde yerran tocando sus instrumentos. Nubes que eran ritmo, canto sin final y sin comienzo, campanas de espumas pálidas volteando su secreto, palmas de mármol, criaturas girando al compás del tiempo, imitándole a la vida su perpetuo movimiento. Inútilmente interrogas desde tus párpados ciegos. ¿Qué haces mirando a las nubes, José Hierro?
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Las nubes
Tus dientes son el pulcro y nimio litoral por donde acompasadas navegan las sonrisas, graduándose en los tumbos de un parco festival. Sonríes gradualmente, como sonríe el agua del mar, en la rizada fila de la marea, y totalmente, como la tentativa de un Fiat Lux para la noche del mortal que te vea. Tus dientes son así la más cara presea. Cuídalos con esmero, porque en ese cuidado hay una trascendencia igual a la de un Papa que retoca su encíclica y pule su cayado. Cuida tus dientes, cónclave de granizos, cortejo de espumas, sempiterna bonanza de una mina, senado de cumplidas minucias astronómicas, y maná con que sacia su hambre y su retina la docena de Tribus que en tu voz se fascina. Tus dientes lograrían, en una rebelión, servir de proyectiles zodiacales al déspota y hacer de los discordes gritos, un orfeón; del motín y la ira, inofensivos juegos, y de los sublevados, una turba de ciegos. Bajo las sigilosas arcadas de tu encía, como en un acueducto infinitesimal, pudiera dignamente el más digno mortal apacentar sus crespas ansias... hasta que truene la trompeta del Ángel en el Juicio Final. Porque la tierra traga todo pulcro amuleto y tus dientes de ídolo han de quedarse mondos en la mueca erizada del hostil esqueleto, yo los recojo aquí, por su dibujo neto y su numen patricio, para el pasmo y la gloria de la humanidad giratoria.
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Tus dientes
Sí, yo he escrito estos Abrojos tras largas penas y agravios, ya con la risa en los labios, ya con el llanto en los ojos. Tu noble y leal corazón, tu cariño, me alentaba cuando entre los dos mediaba la mesa de redacción. Yo, haciendo versos, Manuel, descocado, antimetódico, en el margen de un periódico, o en un trozo de papel. Tú , aplaudiendo o censurando, censurando o aplaudiendo como crítico tremendo, o como crítico blando. Entonces, ambos a dos, de mil ambiciones llenos, con dos corazones buenos y honrados, gracias a Dios, hicimos dulces memorias, trajimos gratos recuerdos, y no nos hallamos lerdos en ese asunto de glorias. Y pensamos en ganarlas paso a paso y poco a poco... Y ya huyendo el tiempo loco de nuestras amigas charlas, nos confiamos los enojos, las amarguras, los duelos, los desengaños y anhelos... y nacieron mis Abrojos. Obra, sin luz ni donaire, que al compañero constante le dedica un fabricante de castillos en el aire. Obra sin luz, es verdad, pues rebosa amarga pena; y para toda alma buena la pena es oscuridad. Sin donaire, porque el chiste no me buscó, ni yo a él; ya tú bien sabes, Manuel, que yo tengo el vino triste.Juntos hemos visto el mal y en el mundano bullicio, cómo para cada vicio, se eleva un arco triunfal. Vimos perlas en el lodo, burla y baldón a destajo, el delito por debajo y la hipocresía en todo. Bondad y hombría de bien, como en el mar las espumas, y palomas con las plumas recortadas a cercén. Mucho tigre carnicero, bien enguantadas las uñas, y muchísimas garduñas con máscaras de cordero. La poesía con anemia, con tisis el ideal, bajo la capa el puñal y en la boca la blasfemia. La envidia que desenrosca su cuerpo y muerde con maña; y en la tela de la araña a cada paso la mosca... ¿Eres artista? Te afeo. ¿Vales algo? Te critico. Te aborrezco si eres rico, y si pobre, te apedreo. Y de la honra haciendo el robo e hiriendo cuanto se ve, sale cierto lo de que el hombre del hombre es lobo.No predico, no interrogo. De un sermón ¡qué se diría! Esto no es una homilía, sino amargo desahogo. Si hay versos de amores, son las flores de un amor muerto que brindo al cadáver yerto de mi primera pasión. Si entre esos íntimos versos hay versos envenenados, lean los hombres honrados que son para los perversos. Y tú, mi buen compañero, toma el libro; que en verdad de poeta y caballero, con mis Abrojos no hiero las manos de la amistad.
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Prólogo
Sí, yo he escrito estos Abrojos tras largas penas y agravios, ya con la risa en los labios, ya con el llanto en los ojos. Tu noble y leal corazón, tu cariño, me alentaba cuando entre los dos mediaba la mesa de redacción. Yo, haciendo versos, Manuel, descocado, antimetódico, en el margen de un periódico, o en un trozo de papel. Tú , aplaudiendo o censurando, censurando o aplaudiendo como crítico tremendo, o como crítico blando. Entonces, ambos a dos, de mil ambiciones llenos, con dos corazones buenos y honrados, gracias a Dios, hicimos dulces memorias, trajimos gratos recuerdos, y no nos hallamos lerdos en ese asunto de glorias. Y pensamos en ganarlas paso a paso y poco a poco... Y ya huyendo el tiempo loco de nuestras amigas charlas, nos confiamos los enojos, las amarguras, los duelos, los desengaños y anhelos... y nacieron mis Abrojos. Obra, sin luz ni donaire, que al compañero constante le dedica un fabricante de castillos en el aire. Obra sin luz, es verdad, pues rebosa amarga pena; y para toda alma buena la pena es oscuridad. Sin donaire, porque el chiste no me buscó, ni yo a él; ya tú bien sabes, Manuel, que yo tengo el vino triste.Juntos hemos visto el mal y en el mundano bullicio, cómo para cada vicio, se eleva un arco triunfal. Vimos perlas en el lodo, burla y baldón a destajo, el delito por debajo y la hipocresía en todo. Bondad y hombría de bien, como en el mar las espumas, y palomas con las plumas recortadas a cercén. Mucho tigre carnicero, bien enguantadas las uñas, y muchísimas garduñas con máscaras de cordero. La poesía con anemia, con tisis el ideal, bajo la capa el puñal y en la boca la blasfemia. La envidia que desenrosca su cuerpo y muerde con maña; y en la tela de la araña a cada paso la mosca... ¿Eres artista? Te afeo. ¿Vales algo? Te critico. Te aborrezco si eres rico, y si pobre, te apedreo. Y de la honra haciendo el robo e hiriendo cuanto se ve, sale cierto lo de que el hombre del hombre es lobo.No predico, no interrogo. De un sermón ¡qué se diría! Esto no es una homilía, sino amargo desahogo. Si hay versos de amores, son las flores de un amor muerto que brindo al cadáver yerto de mi primera pasión. Si entre esos íntimos versos hay versos envenenados, lean los hombres honrados que son para los perversos. Y tú, mi buen compañero, toma el libro; que en verdad de poeta y caballero, con mis Abrojos no hiero las manos de la amistad.
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Variaciones que enseñaban en la escuela: Egeo, Atlántico, Indico, Caribe, Mármara, mar de la Sonda, mar Blanco. Todos sois uno a mis ojos: el azul del Contemplado. En los atlas, un azul te finge, falso. Pero a mí no me engañó ese engaño. Te busqué el azul verdad; un ángel, azul celeste, me llevaba de la mano. Y allí en tu azul te encontré jugando con tus azules, a encenderlos, a apagarlos. ¿Eras como te pensaba? Más azul. Se queda pálido el color del pensamiento frente al que miran los ojos, en más azul extasiados. Eres lo que queda, azul; lo que sirve de fondo a todos los pasos, que da lo que pasa, olas, espumas, vidas y pájaros, velas que vienen y van. Pasa lo blanco, mortal. Y tú estás siempre llenando, como llena un alma un cuerpo, las formas de tus espacios. Cada vez que fui en tu busca, allí te encontré, en tu gloria, la que nunca me ha fallado. Tu azul por azul se explica: color azul, paraíso; y mirarte a ti, mirarlo.
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Variación i
Un libro de amores, de flores fragantes y bellas, de historias de lirios que amasen estrellas; un libro de rosas tempranas y espumas de mágicos lagos en tristes jardines, y enfermos jazmines, y brumas lejanas de montes azules... Un libro de olvido divino que dice fragancia del alma, fragancia que puede curar la amargura que da la distancia, que sólo es el alma la flor del camino. Un libro que dice la blanca quimera de la Primavera, de gemas y rosas ceñida, en una lejana, brumosa pradera perdida...
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Al libro «ninfeas», del poeta juan ramón jiménez
Sobre las aguas, sobre el desierto de las horas pobladas sólo por el sol sin nombre y la noche sin rostro, van los maderos tristes, van los hierros, la sal y los carbones, la flor del fuego, los aceites. Con los maderos sollozantes, con los despojos turbios y las verdes espumas, van los hombres. Los hombres con su tos, sus venenos lentísimos y su sangre en destierro de ese lugar de pinos, agua y rocas desde su nacimiento señalado como sepulcro suyo por la muerte. Van los hombres partidos por la guerra, empujados de sus tierras a otras, hombres que sólo llevan ya a la muerte su diminuta muerte, vagos semblantes sementeras, deslavadas colinas y descuajados árboles. La guerra los avienta, campesinos de voces de naranja, pechos de piedra, arroyos, torrenteras, viejos hermosos como el silencio de altas torres, torres aún en pie, indefensa ternura hundida en las bodegas. Al terrón cejijunto lo ablandaron sus manos, sus anchos pies danzantes alzaron los sonidos nupciales del viñedo, la tierra estremecida bajo sus pies cantaba como tambor o vientre delirante, tal la pradera bajo los toros ciegos y violentos, de huracanado luto rodeados. A la borda acodados, por los pasillos, la cubierta, sacos de huesos o racimos negros. No dicen nada, callan, oyen a sus mujeres (brujas de afiladas miradas alfileres, llenas de secretos ya secos como añosos armarios, historias que se sacan del pecho entre suspiros) contar con voz rugosa las minucias terribles de la guerra. Los hombres son la espuma de la tierra, la flor del llanto, el fruto de la sangre; hijos de la ternura son de llanto, son de piedra y estrella, son de sol, son planetas que cantan mientras viven. ¿No hay agua, llanto, oh ramo de soles apagados? Los hombres son la espuma de la tierra. Hijos de la ternura son de llanto y renacen del llanto, diluviales, y se esparcen por siglos como campos. Bebe del agua de la muerte, bebe del agua sin memoria, deja tu nombre, olvídate de ti, bebe del agua, el agua de los muertos ya sin nombre, el agua de los pobres. En esas aguas sin facciones también está tu rostro. Allí te reconoces y recobras, allí pierdes tu nombre, allí ganas tu nombre y el poder de nombrarlos con su nombre más cierto.
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Los viejos
Sobre las aguas, sobre el desierto de las horas pobladas sólo por el sol sin nombre y la noche sin rostro, van los maderos tristes, van los hierros, la sal y los carbones, la flor del fuego, los aceites. Con los maderos sollozantes, con los despojos turbios y las verdes espumas, van los hombres. Los hombres con su tos, sus venenos lentísimos y su sangre en destierro de ese lugar de pinos, agua y rocas desde su nacimiento señalado como sepulcro suyo por la muerte. Van los hombres partidos por la guerra, empujados de sus tierras a otras, hombres que sólo llevan ya a la muerte su diminuta muerte, vagos semblantes sementeras, deslavadas colinas y descuajados árboles. La guerra los avienta, campesinos de voces de naranja, pechos de piedra, arroyos, torrenteras, viejos hermosos como el silencio de altas torres, torres aún en pie, indefensa ternura hundida en las bodegas. Al terrón cejijunto lo ablandaron sus manos, sus anchos pies danzantes alzaron los sonidos nupciales del viñedo, la tierra estremecida bajo sus pies cantaba como tambor o vientre delirante, tal la pradera bajo los toros ciegos y violentos, de huracanado luto rodeados. A la borda acodados, por los pasillos, la cubierta, sacos de huesos o racimos negros. No dicen nada, callan, oyen a sus mujeres (brujas de afiladas miradas alfileres, llenas de secretos ya secos como añosos armarios, historias que se sacan del pecho entre suspiros) contar con voz rugosa las minucias terribles de la guerra. Los hombres son la espuma de la tierra, la flor del llanto, el fruto de la sangre; hijos de la ternura son de llanto, son de piedra y estrella, son de sol, son planetas que cantan mientras viven. ¿No hay agua, llanto, oh ramo de soles apagados? Los hombres son la espuma de la tierra. Hijos de la ternura son de llanto y renacen del llanto, diluviales, y se esparcen por siglos como campos. Bebe del agua de la muerte, bebe del agua sin memoria, deja tu nombre, olvídate de ti, bebe del agua, el agua de los muertos ya sin nombre, el agua de los pobres. En esas aguas sin facciones también está tu rostro. Allí te reconoces y recobras, allí pierdes tu nombre, allí ganas tu nombre y el poder de nombrarlos con su nombre más cierto.
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Áureos buriles en pulido mármol Graben su nombre; que su busto esplenda Alto y severo; que su sien decore Lauro apolíneo. Musa del bardo que cantó las hondas Selvas y ríos de la patria... Musa Libre del Ande, que a su tumba vienes, ¡Pliega las alas! Ara intocada de su ardiente culto Fue siempre el Arte; y con unción votiva Dio, como ofrenda a los eternos Númenes, Ánforas bellas. Arcade nuevo, de la selva andina Hizo, en sus cantos, a los dioses templo; Y ellos oyeron, de su lira acorde, Clásicos ritmos Himnos los suyos armoniosos fueron, Cantos de hosanna, que cual triunfo vibran Hoy, cuando extraños ¡Poesía sacra! Ajan tu veste; Veste que siempre fulguró distante, Peplo de diosa en consagrado plinto, Y hora, arambeles que en el hombro lleva Vulgo profano. Frentes se inclinan a su paso. El cielo Radia en fulgores, y el silencio crece; Y óyese, lejos, en azul de altura Vuelo de águilas. Raudo desfile sobre erial galopa... ¡Potros salvajes que cantó! Las crines Sueltas al aire... y al tropel de cascos Tiembla la pampa. Potros pamperos... ¿Los oís? De polvo Nubes levantan, y al tocar la cumbre Rápido el viento, retrasado vuela, Vuela tras ellos. Rojas corolas cual la sangre suya, Ecos de bosques y armonías altas, Fueron de su alma, segador de ensueños, Lírica siega. Frente a sus ojos se extendió anchurosa Selva de siglos, con inmensas aguas; Tierra fecunda, y el azul cortando Fúlgido el Huila. Toda la tierra tropical; e inmenso Campo a su vista, con hervir de savia; Y ávido entonces de laureles, hizo Suya la selva. Sueña una garza en su visión de bosque, Tiende a las ondas el nevado cuello, Y alza en el pico, destellando en iris, Vivida escama. Fue claro río que en radiantes días Ceibas y palmas contempló en sus ondas, Y albo de espumas, reflejó de noche Rubias estrellas. Diáfano el cielo palpitó en su canto, Alas de cimas por sus versos se oyen, Y álzase de ellos, cual de vasos níveos, Hálito eterno. Áureos buriles en pulido mármol Graben su nombre; que su busto esplenda Alto y severo, y que su sien decore Lauro apolíneo.
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Elegía
Áureos buriles en pulido mármol Graben su nombre; que su busto esplenda Alto y severo; que su sien decore Lauro apolíneo. Musa del bardo que cantó las hondas Selvas y ríos de la patria... Musa Libre del Ande, que a su tumba vienes, ¡Pliega las alas! Ara intocada de su ardiente culto Fue siempre el Arte; y con unción votiva Dio, como ofrenda a los eternos Númenes, Ánforas bellas. Arcade nuevo, de la selva andina Hizo, en sus cantos, a los dioses templo; Y ellos oyeron, de su lira acorde, Clásicos ritmos Himnos los suyos armoniosos fueron, Cantos de hosanna, que cual triunfo vibran Hoy, cuando extraños ¡Poesía sacra! Ajan tu veste; Veste que siempre fulguró distante, Peplo de diosa en consagrado plinto, Y hora, arambeles que en el hombro lleva Vulgo profano. Frentes se inclinan a su paso. El cielo Radia en fulgores, y el silencio crece; Y óyese, lejos, en azul de altura Vuelo de águilas. Raudo desfile sobre erial galopa... ¡Potros salvajes que cantó! Las crines Sueltas al aire... y al tropel de cascos Tiembla la pampa. Potros pamperos... ¿Los oís? De polvo Nubes levantan, y al tocar la cumbre Rápido el viento, retrasado vuela, Vuela tras ellos. Rojas corolas cual la sangre suya, Ecos de bosques y armonías altas, Fueron de su alma, segador de ensueños, Lírica siega. Frente a sus ojos se extendió anchurosa Selva de siglos, con inmensas aguas; Tierra fecunda, y el azul cortando Fúlgido el Huila. Toda la tierra tropical; e inmenso Campo a su vista, con hervir de savia; Y ávido entonces de laureles, hizo Suya la selva. Sueña una garza en su visión de bosque, Tiende a las ondas el nevado cuello, Y alza en el pico, destellando en iris, Vivida escama. Fue claro río que en radiantes días Ceibas y palmas contempló en sus ondas, Y albo de espumas, reflejó de noche Rubias estrellas. Diáfano el cielo palpitó en su canto, Alas de cimas por sus versos se oyen, Y álzase de ellos, cual de vasos níveos, Hálito eterno. Áureos buriles en pulido mármol Graben su nombre; que su busto esplenda Alto y severo, y que su sien decore Lauro apolíneo.
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Un cuerpo, un cuerpo solo, sólo un cuerpo, un cuerpo como día derramado y noche devorada; la luz de unos cabellos que no apaciguan nunca la sombra de mi tacto; una garganta, un vientre que amanece como el mar que se enciende cuando toca la frente de la aurora; unos tobillos, puentes del verano; unos muslos nocturnos que se hunden en la música verde de la tarde; un pecho que se alza y arrasa las espumas; un cuello, sólo un cuello, unas manos tan sólo, unas palabras lentas que descienden como arena caída en otra arena… Esto que se me escapa, agua y delicia obscura, mar naciendo o muriendo; estos labios y dientes, estos ojos hambrientos, me desnudan de mí y su furiosa gracia me levanta hasta los quietos cielos donde vibra el instante: la cima de los besos, la plenitud del mundo y de sus formas.
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Iv
¡Qué pareja tan hermosa esta nuestra, Contemplado! La mirada de mis ojos, y tú, que te estoy mirando. Todo lo que ignoro yo te lo tienes olvidado; y ese cantar que me buscan las horas, sin encontrarlo, de la mañana a la noche, con blanquísimo estribillo, tus olas lo van cantando. Porque estás hecho de siglos me curaste de arrebatos; se aprende a mirar en ti por tus medidas sin cálculo -dos, nada más: día y noche- gozosamente despacio. No quieres tú que te busquen los ojos apresurados, los que te dicen hermoso y luego pasan de largo. No ven. A ti hay que mirarte como te miran los astros, a sus azules mirandas serenamente asomados. Tú, Lazarillo de ojos, llévate a estos míos; guíalos, por la aurora, con espumas, con nubes, por los ocasos; tú solo sabes trazar los caminos de tus ámbitos. Con las señas de la playa, avísales de la tierra, de su sombra, de su engaño. A tu resplandor me entrego, igual que el ciego a la mano; se siente tu claridad hasta en los ojos cerrados, -presencia que no se ve-, acariciando los párpados. Por tanta luz tú no puedes conducir a nada malo. Con mi vista, que te mira, poco te doy, mucho gano. Sale de mis ojos, pobre, se me marcha por tus campos, coge azules, brillos, olas, alegrías, las dádivas de tu espacio. Cuando vuelve, vuelve toda encendida de regalos. Reina se siente; las dichas con que tú la has coronado. ¡De lo claro que lo enseñas qué sencillo es el milagro! Si bien se guarda en los ojos, nunca pasa, lo pasado. ¿Conservar un amor entre unos brazos? No. En el aire de los ojos, entre el vivir y el recuerdo, suelto, flotando, se tiene mejor guardado. Aves de vuelo se vuelan, tarde o temprano. Los ojos son los seguros; de allí no se van los pájaros. Lo que se ha mirado así, día y día, enamorándolo, nunca se pierde, porque ya está enamorado. Míralo aunque se haya ido. Visto o no visto, contémplalo. El mirar no tiene fin: si ojos hoy se me cerraron cuando te raptó la noche, mañana se me abrirán, cuando el alba te rescate, otros ojos más amantes, para seguirte mirando.
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Variación v
¡Qué pareja tan hermosa esta nuestra, Contemplado! La mirada de mis ojos, y tú, que te estoy mirando. Todo lo que ignoro yo te lo tienes olvidado; y ese cantar que me buscan las horas, sin encontrarlo, de la mañana a la noche, con blanquísimo estribillo, tus olas lo van cantando. Porque estás hecho de siglos me curaste de arrebatos; se aprende a mirar en ti por tus medidas sin cálculo -dos, nada más: día y noche- gozosamente despacio. No quieres tú que te busquen los ojos apresurados, los que te dicen hermoso y luego pasan de largo. No ven. A ti hay que mirarte como te miran los astros, a sus azules mirandas serenamente asomados. Tú, Lazarillo de ojos, llévate a estos míos; guíalos, por la aurora, con espumas, con nubes, por los ocasos; tú solo sabes trazar los caminos de tus ámbitos. Con las señas de la playa, avísales de la tierra, de su sombra, de su engaño. A tu resplandor me entrego, igual que el ciego a la mano; se siente tu claridad hasta en los ojos cerrados, -presencia que no se ve-, acariciando los párpados. Por tanta luz tú no puedes conducir a nada malo. Con mi vista, que te mira, poco te doy, mucho gano. Sale de mis ojos, pobre, se me marcha por tus campos, coge azules, brillos, olas, alegrías, las dádivas de tu espacio. Cuando vuelve, vuelve toda encendida de regalos. Reina se siente; las dichas con que tú la has coronado. ¡De lo claro que lo enseñas qué sencillo es el milagro! Si bien se guarda en los ojos, nunca pasa, lo pasado. ¿Conservar un amor entre unos brazos? No. En el aire de los ojos, entre el vivir y el recuerdo, suelto, flotando, se tiene mejor guardado. Aves de vuelo se vuelan, tarde o temprano. Los ojos son los seguros; de allí no se van los pájaros. Lo que se ha mirado así, día y día, enamorándolo, nunca se pierde, porque ya está enamorado. Míralo aunque se haya ido. Visto o no visto, contémplalo. El mirar no tiene fin: si ojos hoy se me cerraron cuando te raptó la noche, mañana se me abrirán, cuando el alba te rescate, otros ojos más amantes, para seguirte mirando.
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Por los campos luchados se extienden los heridos. Y de aquella extensión de cuerpos luchadores salta un trigal de chorros calientes, extendidos en roncos surtidores. La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo. Y las heridas suenan, igual que caracolas, cuando hay en las heridas celeridad de vuelo, esencia de las olas. La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega. La bodega del mar, del vino bravo, estalla allí donde el herido palpitante se anega, y florece, y se halla. Herido estoy, miradme: necesito más vidas. La que contengo es poca para el gran cometido de sangre que quisiera perder por las heridas. Decid quién no fue herido. Mi vida es una herida de juventud dichosa. ¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente herido por la vida, ni en la vida reposa herido alegremente! Si hasta a los hospitales se va con alegría, se convierten en huertos de heridas entreabiertas, de adelfos florecidos ante la cirugía. de ensangrentadas puertas. Para la libertad sangro, lucho, pervivo. Para la libertad, mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo, doy a los cirujanos. Para la libertad siento más corazones que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas, y entro en los hospitales, y entro en los algodones como en las azucenas. Para la libertad me desprendo a balazos de los que han revolcado su estatua por el lodo. Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos, de mi casa, de todo. Porque donde unas cuencas vacías amanezcan, ella pondrá dos piedras de futura mirada y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada. Retoñarán aladas de savia sin otoño reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida. Porque soy como el árbol talado, que retoño: porque aún tengo la vida.
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El herido
Por los campos luchados se extienden los heridos. Y de aquella extensión de cuerpos luchadores salta un trigal de chorros calientes, extendidos en roncos surtidores. La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo. Y las heridas suenan, igual que caracolas, cuando hay en las heridas celeridad de vuelo, esencia de las olas. La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega. La bodega del mar, del vino bravo, estalla allí donde el herido palpitante se anega, y florece, y se halla. Herido estoy, miradme: necesito más vidas. La que contengo es poca para el gran cometido de sangre que quisiera perder por las heridas. Decid quién no fue herido. Mi vida es una herida de juventud dichosa. ¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente herido por la vida, ni en la vida reposa herido alegremente! Si hasta a los hospitales se va con alegría, se convierten en huertos de heridas entreabiertas, de adelfos florecidos ante la cirugía. de ensangrentadas puertas. Para la libertad sangro, lucho, pervivo. Para la libertad, mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo, doy a los cirujanos. Para la libertad siento más corazones que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas, y entro en los hospitales, y entro en los algodones como en las azucenas. Para la libertad me desprendo a balazos de los que han revolcado su estatua por el lodo. Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos, de mi casa, de todo. Porque donde unas cuencas vacías amanezcan, ella pondrá dos piedras de futura mirada y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada. Retoñarán aladas de savia sin otoño reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida. Porque soy como el árbol talado, que retoño: porque aún tengo la vida.
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Claro cisne del Betis que, sonoro y grave, ennobleciste el instrumento más dulce, que ilustró músico acento, bañando en ámbar puro el arco de oro, a ti lira, a ti el castalio coro debe su honor, su fama y su ornamento, único al siglo y a la envidia exento, vencida, si no muda, en tu decoro. Los que por tu defensa escriben sumas, propias ostentaciones solicitan, dando a tu inmenso mar viles espumas. Los ícaros defienda, que te imitan, que como acercan a tu sol las plumas de tu divina luz se precipitan.
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A don luis de góngora
Todas las madres del mundo, ocultan el vientre, tiemblan, y quisieran retirarse, a virginidades ciegas, el origen solitario y el pasado sin herencia. Pálida, sobrecogida la fecundidad se queda. El mar tiene sed y tiene sed de ser agua la tierra. Alarga la llama el odio y el amor cierra las puertas. Voces como lanzas vibran, voces como bayonetas. Bocas como puños vienen, puños como cascos llegan. Pechos como muros roncos, piernas como patas recias. El corazón se revuelve, se atorbellina, revienta. Arroja contra los ojos súbitas espumas negras. La sangre enarbola el cuerpo, precipita la cabeza y busca un hueco, una herida por donde lanzarse afuera. La sangre recorre el mundo enjaulada, insatisfecha. Las flores se desvanecen devoradas por la hierba. Ansias de matar invaden el fondo de la azucena. Acoplarse con metales todos los cuerpos anhelan: desposarse, poseerse de una terrible manera. Desaparecer: el ansia general, creciente, reina. Un fantasma de estandartes, una bandera quimérica, un mito de patrias: una grave ficción de fronteras. Músicas exasperadas, duras como botas, huellan la faz de las esperanzas y de las entrañas tiernas. Crepita el alma, la ira. El llanto relampaguea. ¿Para qué quiero la luz si tropiezo con tinieblas? Pasiones como clarines, coplas, trompas que aconsejan devorarse ser a ser, destruirse, piedra a piedra. Relinchos. Retumbos. Truenos. Salivazos. Besos. Ruedas. Espuelas. Espadas locas abren una herida inmensa. Después, el silencio, mudo de algodón, blanco de vendas, cárdeno de cirugía, mutilado de tristeza. El silencio. Y el laurel en un rincón de osamentas. Y un tambor enamorado, como un vientre tenso, suena detrás del innumerable muerto que jamás se aleja.
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Guerra
Todas las madres del mundo, ocultan el vientre, tiemblan, y quisieran retirarse, a virginidades ciegas, el origen solitario y el pasado sin herencia. Pálida, sobrecogida la fecundidad se queda. El mar tiene sed y tiene sed de ser agua la tierra. Alarga la llama el odio y el amor cierra las puertas. Voces como lanzas vibran, voces como bayonetas. Bocas como puños vienen, puños como cascos llegan. Pechos como muros roncos, piernas como patas recias. El corazón se revuelve, se atorbellina, revienta. Arroja contra los ojos súbitas espumas negras. La sangre enarbola el cuerpo, precipita la cabeza y busca un hueco, una herida por donde lanzarse afuera. La sangre recorre el mundo enjaulada, insatisfecha. Las flores se desvanecen devoradas por la hierba. Ansias de matar invaden el fondo de la azucena. Acoplarse con metales todos los cuerpos anhelan: desposarse, poseerse de una terrible manera. Desaparecer: el ansia general, creciente, reina. Un fantasma de estandartes, una bandera quimérica, un mito de patrias: una grave ficción de fronteras. Músicas exasperadas, duras como botas, huellan la faz de las esperanzas y de las entrañas tiernas. Crepita el alma, la ira. El llanto relampaguea. ¿Para qué quiero la luz si tropiezo con tinieblas? Pasiones como clarines, coplas, trompas que aconsejan devorarse ser a ser, destruirse, piedra a piedra. Relinchos. Retumbos. Truenos. Salivazos. Besos. Ruedas. Espuelas. Espadas locas abren una herida inmensa. Después, el silencio, mudo de algodón, blanco de vendas, cárdeno de cirugía, mutilado de tristeza. El silencio. Y el laurel en un rincón de osamentas. Y un tambor enamorado, como un vientre tenso, suena detrás del innumerable muerto que jamás se aleja.
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Dame, llama invisible, espada fría, tu persistente cólera, para acabar con todo, oh mundo seco, oh mundo desangrado, para acabar con todo. Arde, sombrío, arde sin llamas, apagado y ardiente, ceniza y piedra viva, desierto sin orillas. Arde en el vasto cielo, laja y nube, bajo la ciega luz que se desploma entre estériles peñas. Arde en la soledad que nos deshace, tierra de piedra ardiente, de raíces heladas y sedientas. Arde, furor oculto, ceniza que enloquece, arde invisible, arde como el mar impotente engendra nubes, olas como el rencor y espumas pétreas. Entre mis huesos delirantes, arde; arde dentro del aire hueco, horno invisible y puro; arde como arde el tiempo, como camina el tiempo entre la muerte, con sus mismas pisadas y su aliento; arde como la soledad que te devora, arde en ti mismo, ardor sin llama, soledad sin imagen, sed sin labios. Para acabar con todo, oh mundo seco, para acabar con todo.
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Acabar con todo
En el decenio que siguió a la crisis se notó la declinación del coeficiente de ternura en todos los países considerados o sea tu país mí país los países que crecían entre tu alma y mi alma de repente duraban un instante y antes de irse o desaparecer dejaban caer sábanas llenas de nuestros sexos que salían volando alrededor como perdices. ¿Quiere decir que cada vez que hicimos el amor dejábamos nuestros sexos allí, y ellos seguían vivitos y coleando como perdices suavísimas? Qué raro, mirá que lavábamos las sábanas con subordinación y valor para que los jugos de la noche pasada no inauguraran el pasado y ningún pasado pusiera una oficina entre nosotros para ordenarnos el hoy porque el alma amorosa es desordenada y perfecta tiene mucha limpieza y lindura se necesita todo un Dios para encerrarla como le pasó a Don Francisco que así pudo cruzar el agua fría de la muerte. Es bien raro eso de nuestros sexos volando pero recuerdo ahora que cada vez que yo entraba en tu **** y me bañaban tus espumas purísimas con impaciencia y dulzura y valor me parecía oír un pajarerío en el bosque de vos como amor encendiendo otro amor, o más, es cierto que cada vez nuestros sexos resucitaban y se ponían a dar vueltas entre ellos como maripositas encandiladas por el fuego y se querían morir de nuevo buscando incesantemente la libertad y había un país entre la vida y la muerte donde todo era consolación y hermosura y no poseíamos nuestro corazón y nuestros sexos se perdían como almas en la noche y nunca más los volvíamos a ver para entender estudio los índices de la tasa de inversión bruta los índices de la productividad marginal de las inversiones los índices de crecimiento del producto amoroso otros índices que es aburrido hablar aquí y no entiendo nada. La economía es bien curiosa al pequeño ahorrista del alma lo engañan en Wall Street los sueldos de la ternura son bajos subsiste la injusticia en el mercado mundial del amor, el aprendiz está rodeado de nubes que parecen elefantes, eso no le da dicha ni desdicha en medio de las razones las redenciones las resurrecciones. Se lleva el alma a la nariz para sentir tus perjúmenes estoy viendo volar los pajaritos que te salían del **** mejor dicho de más allá todavía de todo lo que valías o brillabas o eras y dabas como jugos de la noche
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La economía es una ciencia
En el decenio que siguió a la crisis se notó la declinación del coeficiente de ternura en todos los países considerados o sea tu país mí país los países que crecían entre tu alma y mi alma de repente duraban un instante y antes de irse o desaparecer dejaban caer sábanas llenas de nuestros sexos que salían volando alrededor como perdices. ¿Quiere decir que cada vez que hicimos el amor dejábamos nuestros sexos allí, y ellos seguían vivitos y coleando como perdices suavísimas? Qué raro, mirá que lavábamos las sábanas con subordinación y valor para que los jugos de la noche pasada no inauguraran el pasado y ningún pasado pusiera una oficina entre nosotros para ordenarnos el hoy porque el alma amorosa es desordenada y perfecta tiene mucha limpieza y lindura se necesita todo un Dios para encerrarla como le pasó a Don Francisco que así pudo cruzar el agua fría de la muerte. Es bien raro eso de nuestros sexos volando pero recuerdo ahora que cada vez que yo entraba en tu **** y me bañaban tus espumas purísimas con impaciencia y dulzura y valor me parecía oír un pajarerío en el bosque de vos como amor encendiendo otro amor, o más, es cierto que cada vez nuestros sexos resucitaban y se ponían a dar vueltas entre ellos como maripositas encandiladas por el fuego y se querían morir de nuevo buscando incesantemente la libertad y había un país entre la vida y la muerte donde todo era consolación y hermosura y no poseíamos nuestro corazón y nuestros sexos se perdían como almas en la noche y nunca más los volvíamos a ver para entender estudio los índices de la tasa de inversión bruta los índices de la productividad marginal de las inversiones los índices de crecimiento del producto amoroso otros índices que es aburrido hablar aquí y no entiendo nada. La economía es bien curiosa al pequeño ahorrista del alma lo engañan en Wall Street los sueldos de la ternura son bajos subsiste la injusticia en el mercado mundial del amor, el aprendiz está rodeado de nubes que parecen elefantes, eso no le da dicha ni desdicha en medio de las razones las redenciones las resurrecciones. Se lleva el alma a la nariz para sentir tus perjúmenes estoy viendo volar los pajaritos que te salían del **** mejor dicho de más allá todavía de todo lo que valías o brillabas o eras y dabas como jugos de la noche
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