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"erguido" poems
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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El seminarista de los ojos negros
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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Hay una noche, un tiempo hueco, sin testigos, una noche de uñas y silencio, páramo sin orillas, isla de yelo entre los días; una noche sin nadie sino su soledad multiplicada. Se regresa de unos labios nocturnos, fluviales, lentas orillas de coral y savia, de un deseo, erguido como la flor bajo la lluvia, insomne collar de fuego al cuello de la noche, o se regresa de uno mismo a uno mismo, y entre espejos impávidos un rostro me repite a mi rostro, un rostro que enmascara a mi rostro. Frente a los juegos fatuos del espejo mi ser es pira y es ceniza, respira y es ceniza, y ardo y me quemo y resplandezco y miento un yo que empuña, muerto, una daga de humo que le finge la evidencia de sangre de la herida, y un yo, mi yo penúltimo, que sólo pide olvido, sombra, nada, final mentira que lo enciende y quema. De una máscara a otra hay siempre un yo penúltimo que pide. Y me hundo en mí mismo y no me toco.
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Espejo
De vuelta de una gloria inexistente, después de haber avanzado un paso hacia ella, retrocedo a velocidad indecible, alegre casi como quien dobla la esquina de la calle donde hay una reyerta, llorando avergonzado como el adolescente hijo de viuda sexagenaria y pobre expulsado de la escuela vespertina en la que era becario. Estoy aquí, donde yo siempre estuve, donde apenas hay sitio para mantenerse erguido. La soledad es un farol certeramente apedreado: sobre ella me apoyo. La esperanza es el quicio de una puerta de la casa que fue desarraigada de sus cimientos por los huracanes: quicio-resquicio por donde entro y salgo cuando paso del nunca (me quisiste) al todavía (te odio), del tampoco (me escuchas) al también (yo me callo), del todo (me hace daño) al nada (me lastima). No importa, sin embargo. Los aviones de propulsión a chorro salvan rápidamente la distancia que separa Tokio de Copenhague, pero con más rapidez todavía me desplazo yo a un punto situado a diez centímetros de mí mismo, de prisa, muy de prisa, en un abrir y cerrar de ojos, en sólo una diezmilésima de segundo, lo cual supone una velocidad media de setenta kilómetros a la hora, que me permite, si mis cálculos son correctos, estar en este instante aquí, después mucho más lejos, mañana en un lugar sito a casi mil millas, dentro de una semana en cualquier parte de la esfera terrestre, por alejada que os parezca ahora. Consciente de esa circunstancia, en muchas ocasiones emprendo largos viajes; pero apenas me desplazo unos milímetros hacia los destinos más remotos, la nostalgia me muerde las entrañas, y regreso a mi posición primera alegre y triste a un tiempo -como dije al principio: alegre, porque sé que tú eres mi patria, amor mío; y triste, porque toda patria, para los que la amamos, -de acuerdo con mi personal experiencia de la patria- tiene también bastante de presidio. Así, en ti me quedo, paseo largamente tus piernas y tus brazos, asciendo hasta tu boca, me asomo al borde de tus ojos, doy la vuelta a tu cuello, desciendo por tu espalda, cambio de ruta para recorrer tus caderas, vuelvo a empezar de nuevo, descansando en tu costado, miro pasar las nubes sobre tus labios rojos, digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente, y si cierras los ojos cierro también los míos, y me duermo a tu sombra como si siempre fuera verano, amor, pensando vagamente en el mundo inquietante que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.
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En ti me quedo
De vuelta de una gloria inexistente, después de haber avanzado un paso hacia ella, retrocedo a velocidad indecible, alegre casi como quien dobla la esquina de la calle donde hay una reyerta, llorando avergonzado como el adolescente hijo de viuda sexagenaria y pobre expulsado de la escuela vespertina en la que era becario. Estoy aquí, donde yo siempre estuve, donde apenas hay sitio para mantenerse erguido. La soledad es un farol certeramente apedreado: sobre ella me apoyo. La esperanza es el quicio de una puerta de la casa que fue desarraigada de sus cimientos por los huracanes: quicio-resquicio por donde entro y salgo cuando paso del nunca (me quisiste) al todavía (te odio), del tampoco (me escuchas) al también (yo me callo), del todo (me hace daño) al nada (me lastima). No importa, sin embargo. Los aviones de propulsión a chorro salvan rápidamente la distancia que separa Tokio de Copenhague, pero con más rapidez todavía me desplazo yo a un punto situado a diez centímetros de mí mismo, de prisa, muy de prisa, en un abrir y cerrar de ojos, en sólo una diezmilésima de segundo, lo cual supone una velocidad media de setenta kilómetros a la hora, que me permite, si mis cálculos son correctos, estar en este instante aquí, después mucho más lejos, mañana en un lugar sito a casi mil millas, dentro de una semana en cualquier parte de la esfera terrestre, por alejada que os parezca ahora. Consciente de esa circunstancia, en muchas ocasiones emprendo largos viajes; pero apenas me desplazo unos milímetros hacia los destinos más remotos, la nostalgia me muerde las entrañas, y regreso a mi posición primera alegre y triste a un tiempo -como dije al principio: alegre, porque sé que tú eres mi patria, amor mío; y triste, porque toda patria, para los que la amamos, -de acuerdo con mi personal experiencia de la patria- tiene también bastante de presidio. Así, en ti me quedo, paseo largamente tus piernas y tus brazos, asciendo hasta tu boca, me asomo al borde de tus ojos, doy la vuelta a tu cuello, desciendo por tu espalda, cambio de ruta para recorrer tus caderas, vuelvo a empezar de nuevo, descansando en tu costado, miro pasar las nubes sobre tus labios rojos, digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente, y si cierras los ojos cierro también los míos, y me duermo a tu sombra como si siempre fuera verano, amor, pensando vagamente en el mundo inquietante que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.
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Fresca, lozana, pura y olorosa, gala y adorno del pensil florido, gallarda puesta sobre el ramo erguido, fragancia esparce la naciente rosa.  Mas si el ardiente sol lumbre enojosa vibra, del can en llamas encendido, el dulce aroma y el color perdido, sus hojas lleva el aura presurosa.  Así brilló un momento mi ventura en alas del amor, y hermosa nube fingí tal vez de gloria y de alegría.  Mas, ay, que el bien trocóse en amargura, y deshojada por los aires sube la dulce flor de la esperanza mía.
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Soneto
Cómo llenarte, soledad, Sino contigo misma. De niño, entre las pobres guaridas de la tierra, Quieto en ángulo oscuro, Buscaba en ti, encendida guirnalda, Mis auroras futuras y furtivos nocturnos Y en ti los vislumbraba, Naturales y exactos, también libres y fieles, A semejanza mía, A semejanza tuya, eterna soledad. Me perdí luego por la tierra injusta Como quien busca amigos o ignorados amantes; Diverso con el mundo, Fui luz serena y anhelo desbocado, Y en la lluvia sombría o en el sol evidente Quería una verdad que a ti te traicionase, Olvidando en mi afán Cómo las alas fugitivas su propia nube crean. Y al velarse a mis ojos Con nubes sobre nubes de otoño desbordado La luz de aquellos días en ti misma entrevistos, Te negué por bien poco; Por menudos amores ni ciertos ni fingidos, Por quietas amistades de sillón y de gesto, Por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma, Por los viejos placeres prohibidos, Como los permitidos nauseabundos, Útiles solamente para el elegante salón susurrando, En bocas de mentira y palabras de hielo. Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona Que yo fui, Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones; Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos, Limpios de otro deseo, El sol, mi dios, la noche rumorosa, La lluvia, intimidad de siempre, El bosque y su alentar pagano, El mar, el mar como su nombre hermoso; Y sobre todos ellos, Cuerpo oscuro y esbelto, Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía, Y tú me das fuerza y debilidad Como al ave cansada los brazos de la piedra. Acodado al balcón miro insaciable el oleaje, Oigo sus oscuras imprecaciones, Contemplo sus blancas caricias; Y erguido desde cuna vigilante Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres, Por quienes vivo, aun cuando no los vea; Y así, lejos de ellos, Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres, Roncas y violentas como el mar, mi morada, Puras ante la espera de una revolución ardiente O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista. Tú, verdad solitaria, Transparente pasión, mi soledad de siempre, Eres inmenso abrazo; El sol, el mar, La oscuridad, la estepa, El hombre y su deseo, La airada muchedumbre, ¿Qué son sino tú misma? Por ti, mi soledad, los busqué un día; En ti, mi soledad, los amo ahora.
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Soliloquio del farero
Cómo llenarte, soledad, Sino contigo misma. De niño, entre las pobres guaridas de la tierra, Quieto en ángulo oscuro, Buscaba en ti, encendida guirnalda, Mis auroras futuras y furtivos nocturnos Y en ti los vislumbraba, Naturales y exactos, también libres y fieles, A semejanza mía, A semejanza tuya, eterna soledad. Me perdí luego por la tierra injusta Como quien busca amigos o ignorados amantes; Diverso con el mundo, Fui luz serena y anhelo desbocado, Y en la lluvia sombría o en el sol evidente Quería una verdad que a ti te traicionase, Olvidando en mi afán Cómo las alas fugitivas su propia nube crean. Y al velarse a mis ojos Con nubes sobre nubes de otoño desbordado La luz de aquellos días en ti misma entrevistos, Te negué por bien poco; Por menudos amores ni ciertos ni fingidos, Por quietas amistades de sillón y de gesto, Por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma, Por los viejos placeres prohibidos, Como los permitidos nauseabundos, Útiles solamente para el elegante salón susurrando, En bocas de mentira y palabras de hielo. Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona Que yo fui, Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones; Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos, Limpios de otro deseo, El sol, mi dios, la noche rumorosa, La lluvia, intimidad de siempre, El bosque y su alentar pagano, El mar, el mar como su nombre hermoso; Y sobre todos ellos, Cuerpo oscuro y esbelto, Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía, Y tú me das fuerza y debilidad Como al ave cansada los brazos de la piedra. Acodado al balcón miro insaciable el oleaje, Oigo sus oscuras imprecaciones, Contemplo sus blancas caricias; Y erguido desde cuna vigilante Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres, Por quienes vivo, aun cuando no los vea; Y así, lejos de ellos, Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres, Roncas y violentas como el mar, mi morada, Puras ante la espera de una revolución ardiente O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista. Tú, verdad solitaria, Transparente pasión, mi soledad de siempre, Eres inmenso abrazo; El sol, el mar, La oscuridad, la estepa, El hombre y su deseo, La airada muchedumbre, ¿Qué son sino tú misma? Por ti, mi soledad, los busqué un día; En ti, mi soledad, los amo ahora.
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Si yo supiera de qué selva vino El árbol vigoroso que dio el cedro Para tornear la cuna de mi hijo… Quisiera bendecir su nombre exótico. Quisiera adivinar bajo qué cielo, Bajo qué brisa fue creciendo lento El árbol que nació con el destino De ser tan puro y diminuto lecho. Yo elegí esta cunita Una mañana cálida de Enero. Mi compañero la quería de mimbre, Blanca y pequeña como un lindo cesto. Pero hubo un cedro que nació hace años Con el sino de ser para mi hijo Y preferí la de madera rica Con adornos de bronce. ¡Estaba escrito! A veces mientras duerme el pequeñuelo Yo me doy a forjar bellas historias: Tal vez bajo su copa cobriza Madre venía a amamantar su niño Todas las tardecitas, a la hora En que este cedro aparador de nidos Se llenaba de pájaros con sueño, De música de arrullos y de píos. ¡Debió de ser tan alto y tan erguido, Tan fuerte contra el cierzo y la borrasca, Que jamás el granizo le hizo mella Ni nunca el viento doblegó sus ramas! Él, en las primaveras retoñaba Primero que ninguno. ¡Era tan sano! Tenía el aspecto de un gigante bueno Con su gran tronco y su ramaje amplio. Árbol inmenso, que te hiciste humilde Para acunar a un niño entre tus gajos: ¡Has de mecer los hijos de mis hijos! ¡Toda mi raza dormirá en tus brazos.
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La cuna
Última flor de mi áspero camino, mejor que última flor, flor de las flores, resumen de lo humano y lo divino, escapas, huyes por los corredores. Sólo veo tus rizos saltarines y de tus dulces codos los hoyuelos, mientras de puntas en tus escarpines eras la bailarina de los cielos. De bailarina tu airecillo posa, ibas a bailar ya, y de repente te tuve que guardar, ¡oh mariposa!, todo era terror bajo la puente. Ahora vas y vienes, cada día el talle más gentil y erguido el cuello; para mi oído, toda la armonía, para mi ojo gris, todo el destello.
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A mi hija clara
Aquí paz, y después gloria. Aquí, a orillas de Francia, en donde Cataluña no muere todavía y prolonga en carteles de «Toros à Ceret» y de «Flamenco's Show» esa curiosa España de las ganaderías de reses bravas y de juergas sórdidas, reposa un español bajo una losa:                                                                 paz y después gloria. Dramático destino, triste suerte morir aquí                       -paz y después...-                               perdido, abandonado y liberado a un tiempo (ya sin tiempo) de una patria sombría e inclemente. Sí; después gloria. Al final del verano, por las proximidades pasan trenes nocturnos, subrepticios, rebosantes de humana mercancía: manos de obra barata, ejército vencido por el hambre                                               -paz...-, otra vez desbandada de españoles cruzando la frontera, derrotados -...sin gloria. Se paga con la muerte o con la vida, pero se paga siempre una derrota. ¿Qué precio es el peor?                                                   Me lo pregunto y no sé qué pensar ante esta tumba, ante esta paz                             -«Casino de Canet: spanish gipsy dancers», rumor de trenes, hojas...-, ante la gloria ésta -...de reseco laurel- que yace aquí, abatida bajo el ciprés erguido, igual que una bandera al pie de un mástil. Quisiera, a veces, que borrase el tiempo los nombres y los hechos de esta historia como borrará un día mis palabras que la repiten siempre tercas, roncas.
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Camposanto en collioure
Aquí paz, y después gloria. Aquí, a orillas de Francia, en donde Cataluña no muere todavía y prolonga en carteles de «Toros à Ceret» y de «Flamenco's Show» esa curiosa España de las ganaderías de reses bravas y de juergas sórdidas, reposa un español bajo una losa:                                                                 paz y después gloria. Dramático destino, triste suerte morir aquí                       -paz y después...-                               perdido, abandonado y liberado a un tiempo (ya sin tiempo) de una patria sombría e inclemente. Sí; después gloria. Al final del verano, por las proximidades pasan trenes nocturnos, subrepticios, rebosantes de humana mercancía: manos de obra barata, ejército vencido por el hambre                                               -paz...-, otra vez desbandada de españoles cruzando la frontera, derrotados -...sin gloria. Se paga con la muerte o con la vida, pero se paga siempre una derrota. ¿Qué precio es el peor?                                                   Me lo pregunto y no sé qué pensar ante esta tumba, ante esta paz                             -«Casino de Canet: spanish gipsy dancers», rumor de trenes, hojas...-, ante la gloria ésta -...de reseco laurel- que yace aquí, abatida bajo el ciprés erguido, igual que una bandera al pie de un mástil. Quisiera, a veces, que borrase el tiempo los nombres y los hechos de esta historia como borrará un día mis palabras que la repiten siempre tercas, roncas.
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Sueño con un antiguo rey. De hierro es la corona y muerta la mirada. Ya no hay caras así. La firme espada lo acatará, leal como su perro. No sé si es de Nortumbria o de Noruega. Sé que es del Norte. La cerrada y roja barba le cubre el pecho. No me arroja una mirada su mirada ciega. ¿De qué apagado espejo, de qué nave de los mares que fueron su aventura, habrá surgido el hombre gris y grave que me impone su antaño y su amargura? Sé que me sueña y que me juzga, erguido. El día entra en la noche. No se ha ido.
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La pesadilla
Mira ese árbol que a los cielos Sus ramas eleva erguido; En ellas columpia un nido En que duermen tres polluelos. Ese nido es un hogar; No lo rompas, no lo hieras: Sé bueno y deja a las fieras, El vil placer de matar.
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El nido
Sobre el muro de Zamora;   vide un caballero erguido; al real de los castellanos   da con grande grito:   -¡Guarte, guarte, rey don Sancho,   no digas que no te aviso, que del cerco de Zamora   un traidor había salido; Vellido Dolfos se llama,   hijo de Dolfos Vellido, si gran traidor fue su padre,   mayor traidor es el hijo; cuatro traiciones ha hecho,   y con ésta serán cinco! Si te engaña, rey don Sancho,   no digas que no te aviso.   Gritos dan en el real:   ¡A don Sancho han mal herido! ¡Muerto le ha Vellido Dolfos;   gran traición ha cometido!   Desque le tuviera muerto,   metióse por un postigo, por las calle de Zamora   va dando voces y gritos:   -¡Tiempo era, doña Urraca,   de cumplir lo prometido!
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Romance xv del caballero leal zamorano y de vellido dolfos, que se salió de zamora para con falsedad hacerse vasallo del rey don sancho
El sapo iscariote y ladrón en la silla del juez, repartiendo castigos y premios ¡en nombre de Cristo, con la efigie de Cristo prendida en el pecho!... Y el hombre aquí de pie, firme, erguido, sereno, con el pulso normal, con la lengua en silencio, los ojos en sus cuencas y en su lugar los huesos. El sapo iscariote y ladrón en la silla del juez, repartiendo castigos y premios... y yo tranquilo aquí callad impasible, cuerdo... ¡cuerdo! sin que me quiebre el mecanismo del cerebro. ¿Cuándo se pierde el juicio? Relojeros, ¿cuando enloquece el hombre? ¿Cuándo? ¿Cuándo es cuando se enuncian los conceptos absurdos y blasfemos, y se hacen unos gestos sin sentido, monstruosos y obscenos? ¿Cuándo es cuando se dice, por ejemplo: no es verdad Dios no ha puesto al hombre aquí en la Tierra bajo la luz y la ley del Universo; el hombre es un insecto que vive en las partes pestilentes y rojas del mono y del camello? ¿Cuándo, si no es ahora (yo pregunto loqueros), cuándo es cuando se paran los ojos y se quedan abiertos, inmensamente abiertos, sin que puedan cerrarlos ni la llama ni el viento? ¿Cuándo es cuando se cambian las funciones del alma y los resortes del cuerpo, y en vez de llanto no hay más que risa y baba en nuestro gesto? Si no es ahora, ahora que la Justicia vale menos, mucho menos, que el orín de los perros; si no es ahora, ahora que la Justicia tiene menos, infinitamente menos categoría que el estiércol; si no es ahora, ¿cuándo, cuándo se pierde el juicio? Respondedme, loqueros, ¿cuándo se quiebra y salta roto en mil pedazos el mecanismo del cerebro? Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto, y ..., ¡ni en España hay locos! Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo. ¡Que bien marcha el reloj; qué bien marcha el cerebro este reloj, este cerebro -tic,tac... tic,tac, tic,tac...- es un reloj perfecto..., perfecto... ¡perfecto!
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Loqueros... relojeros...
El sapo iscariote y ladrón en la silla del juez, repartiendo castigos y premios ¡en nombre de Cristo, con la efigie de Cristo prendida en el pecho!... Y el hombre aquí de pie, firme, erguido, sereno, con el pulso normal, con la lengua en silencio, los ojos en sus cuencas y en su lugar los huesos. El sapo iscariote y ladrón en la silla del juez, repartiendo castigos y premios... y yo tranquilo aquí callad impasible, cuerdo... ¡cuerdo! sin que me quiebre el mecanismo del cerebro. ¿Cuándo se pierde el juicio? Relojeros, ¿cuando enloquece el hombre? ¿Cuándo? ¿Cuándo es cuando se enuncian los conceptos absurdos y blasfemos, y se hacen unos gestos sin sentido, monstruosos y obscenos? ¿Cuándo es cuando se dice, por ejemplo: no es verdad Dios no ha puesto al hombre aquí en la Tierra bajo la luz y la ley del Universo; el hombre es un insecto que vive en las partes pestilentes y rojas del mono y del camello? ¿Cuándo, si no es ahora (yo pregunto loqueros), cuándo es cuando se paran los ojos y se quedan abiertos, inmensamente abiertos, sin que puedan cerrarlos ni la llama ni el viento? ¿Cuándo es cuando se cambian las funciones del alma y los resortes del cuerpo, y en vez de llanto no hay más que risa y baba en nuestro gesto? Si no es ahora, ahora que la Justicia vale menos, mucho menos, que el orín de los perros; si no es ahora, ahora que la Justicia tiene menos, infinitamente menos categoría que el estiércol; si no es ahora, ¿cuándo, cuándo se pierde el juicio? Respondedme, loqueros, ¿cuándo se quiebra y salta roto en mil pedazos el mecanismo del cerebro? Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto, y ..., ¡ni en España hay locos! Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo. ¡Que bien marcha el reloj; qué bien marcha el cerebro este reloj, este cerebro -tic,tac... tic,tac, tic,tac...- es un reloj perfecto..., perfecto... ¡perfecto!
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Por la sierra, una tarde, pasaba el Campeador. El sol despertaba su flamígera flor, y bruñía la púrpura de su esplendor postrero en la resplandeciente coraza del guerrero. El oro lo cubría de la frente a los pies: su escarcela era de oro, y era de oro su arnés, y un rubí granadino de adorno en la visera, resplancedía menos que su mirada fiera. Soberbiamente erguido con marcial bizarría, no encontrando adversarios ¡con el Sol se batía! Los pastores en lo alto de las altas montañas, al ver pasar al héroe de las rudas hazañas envuelto en su leyenda de osadía y estrago, entre sí murmuraban: "Es el Cid, o es Santiago". Pues con el fanatismo que infunde la victoria unían los dos nombres en una misma gloria. Así, lento, magnífico, arrogante y severo, iba por los caminos el radiante viajero, cuando oyó que del fondo de un barranco surgía la ronca y débil súplica de una voz de agonía. Y allí, tendido en tierra, vio un monstruo repugnante de agarrotadas manos y roído semblante: Un leproso.                   De súbito, el corcel de Rodrigo se encabritó: Tan sórdido y horrible era el mendigo, que temió el noble bruto contaminar sus cascos con rozar solamente aquel montón de ascos. Con un gesto magnánino, el guerrero español, inclinado su bélico penacho tornasol, le ofrece al miserable todo lo que le queda: una moneda de oro y un ademán de seda. Y entonces, al llameante resplandor del ocaso, con incrédulos ojos y vacilante paso, aquella gusanera viviente se incorpora, y cae de rodillas pesadamente, y llora.... Allí, en aquel oscuro recodo del camino, lo maldijo una anciana, lo apedreó un campesino, le fue negada el agua, le fue negado el pan, y soportó en silencio la injuria y el desmán; y ahora un caballero de luciente armadura caritativamente consuela su amargura sin temer el contagio de su inmunda dolencia, y le ofrece a sus llagas una flor de clemencia. Y el monstruo, en un impulso brutalmente sincero, posa sus labios pútridos sobre el guante de acero. El paladín lo mira sin desdén, sin temor, sin cólera: ¡Por algo es el Cid Campeador! Inmóvil y benigno en su dádiva inmensa, el gran Rodrigo Díaz de Vivar algo piensa: ¿Qué sentimientos laten bajo su coraza? De repente, con suave firmeza, lo rechaza; contempla largamente aquel escombro humano, se arranca el guantelete... ¡y le tiende la mano!
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El cid
Por la sierra, una tarde, pasaba el Campeador. El sol despertaba su flamígera flor, y bruñía la púrpura de su esplendor postrero en la resplandeciente coraza del guerrero. El oro lo cubría de la frente a los pies: su escarcela era de oro, y era de oro su arnés, y un rubí granadino de adorno en la visera, resplancedía menos que su mirada fiera. Soberbiamente erguido con marcial bizarría, no encontrando adversarios ¡con el Sol se batía! Los pastores en lo alto de las altas montañas, al ver pasar al héroe de las rudas hazañas envuelto en su leyenda de osadía y estrago, entre sí murmuraban: "Es el Cid, o es Santiago". Pues con el fanatismo que infunde la victoria unían los dos nombres en una misma gloria. Así, lento, magnífico, arrogante y severo, iba por los caminos el radiante viajero, cuando oyó que del fondo de un barranco surgía la ronca y débil súplica de una voz de agonía. Y allí, tendido en tierra, vio un monstruo repugnante de agarrotadas manos y roído semblante: Un leproso.                   De súbito, el corcel de Rodrigo se encabritó: Tan sórdido y horrible era el mendigo, que temió el noble bruto contaminar sus cascos con rozar solamente aquel montón de ascos. Con un gesto magnánino, el guerrero español, inclinado su bélico penacho tornasol, le ofrece al miserable todo lo que le queda: una moneda de oro y un ademán de seda. Y entonces, al llameante resplandor del ocaso, con incrédulos ojos y vacilante paso, aquella gusanera viviente se incorpora, y cae de rodillas pesadamente, y llora.... Allí, en aquel oscuro recodo del camino, lo maldijo una anciana, lo apedreó un campesino, le fue negada el agua, le fue negado el pan, y soportó en silencio la injuria y el desmán; y ahora un caballero de luciente armadura caritativamente consuela su amargura sin temer el contagio de su inmunda dolencia, y le ofrece a sus llagas una flor de clemencia. Y el monstruo, en un impulso brutalmente sincero, posa sus labios pútridos sobre el guante de acero. El paladín lo mira sin desdén, sin temor, sin cólera: ¡Por algo es el Cid Campeador! Inmóvil y benigno en su dádiva inmensa, el gran Rodrigo Díaz de Vivar algo piensa: ¿Qué sentimientos laten bajo su coraza? De repente, con suave firmeza, lo rechaza; contempla largamente aquel escombro humano, se arranca el guantelete... ¡y le tiende la mano!
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Adusto, así, vendría del Opón por la trocha; Y el arma en sangre tinta hasta los gavilanes, Por los desfiladeros del turbio Chicamocha, Cerrando iría contra «macareguas» y «guanes». La cota, acero; acero la voluntad y acero La audacia en el peligro y en el feral palenque. Sed de sangre y de oro por áspero sendero, Mas también fuerte músculo para una raza enclenque. En la azul lontananza, lo ignoto, lo imprevisto; La emboscada en las sombras, o del jaguar el salto: E] arco del flechero, bajo el boscaje listo; La noche en vela, y siempre la lucha o el asalto. Para vivir, raíces; para dormir, la pampa; Y siempre hacia adelante, de su caballo al trote, Contra los aborígenes, en llano, bosque o rampa, Del arcabuz la bala o de la lanza el bote. Así pasó, y pasaron en fiera acometida; Por ríos y por selvas, hierro y firmeza estoica. Tras el oro, la Muerte, pero dejando vida… ¡De galera o presidio para la gesta heroica! Erguido; rudo el ceño; cicatriz que le cruza La frente estrecha: tajo quizá en Italia o Flandes; Puñal en trapisonda de mesón con gentuza, O flecha en un sombrío peñascal de los Andes. En sus ojos, el alma fulge con vivos reflejos, Y frente al horizonte, que se abre dilatado, Parece que tuviera la mirada muy lejos, Absorta en el ensueño radioso de «El Dorado».
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Conquistador de oro
Un Cónsul muerto; el otro fugitivo. El deshielo Hincha el río, y cadáveres arrastra la corriente. Sobre el Capitolino baja rayo furente; El bronce suda, y rojo relampaguea el cielo. En vano el Gran Pontífice, dos veces en su duelo Consultó a la Sibila con súplica ferviente, Y con largos sollozos la atribulada gente Consterna a Roma, llena de horror y desconsuelo. Hacia los altos muros la multitud corría, Plebe, esclavos, mujeres, niños, cuanto surgía De Suburra y la ergástula, con lloroso semblante, Temiendo que surgiera sobre el monte desierto, Donde el sol era un ojo de sangre, el jefe tuerto Erguido sobre el lomo del Gétulo elefante.
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Después de cannas
Te envidio, hombre que pasas en el atardecer; hombre de un solo anhelo y una sola mujer. Sin que nadie te mire, sin que nadie te hable, pasas, con tu sonrisa de animal saludable. Desde tus pasos firmes hasta tu erguido pecho, transpira por tus poros un hombre satisfecho. Nunca miras las nubes que van quien sabe a dónde... Tu alma nada pregunta. Tu alma nada responde. Y acaso, hombre que pasas, nos vemos día a día, yo, envidiando tu suerte; tú, envidiando la mía...
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Canción del transeúnte
Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales cargados de perfume, y el campo enverdecido, abiertos los jazmines, maduros los trigales, azules las montañas y el olivar florido; Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles; y al sol de abril los huertos colmados de azucenas, y los enjambres de oro, para libar sus mieles dispersos en los campos, huir de sus colmenas; yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares, barriendo el cierzo helado tu campo empedernido; y en sierras agrias sueño -¡Urbión, sobre pinares! ¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!-Y pienso: Primavera, como un escalofrío irá a cruzar el alto solar del romancero, ya verdearán de chopos las márgenes del río.¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas, y la roqueda parda más de un zarzal en flor; ya los rebaños blancos, por entre grises peñas, hacia los altos prados conducirá el pastor.   ¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas que vais al joven Duero, rebaños de merinos, con rumbo hacia las altas praderas numantinas,  por las cañadas hondas y al sol de los caminos hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo, montañas, serrijones, lomazos, parameras, en donde reina el águila, por donde busca el cuervo su infecto expoliario; menudas sementeras cual sayos cenicientos, casetas y majadas entre desnuda roca, arroyos y hontanares donde a la tarde beben las yuntas fatigadas, dispersos huertecillos, humildes abejares!...   ¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano cercado de colinas y crestas militares, alcores y roquedas del yermo castellano, fantasmas de robledos y sombras de encinares!   En la desesperanza y en la melancolía de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía, por los floridos valles, mi corazón te lleva.
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Recuerdos
Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales cargados de perfume, y el campo enverdecido, abiertos los jazmines, maduros los trigales, azules las montañas y el olivar florido; Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles; y al sol de abril los huertos colmados de azucenas, y los enjambres de oro, para libar sus mieles dispersos en los campos, huir de sus colmenas; yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares, barriendo el cierzo helado tu campo empedernido; y en sierras agrias sueño -¡Urbión, sobre pinares! ¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!-Y pienso: Primavera, como un escalofrío irá a cruzar el alto solar del romancero, ya verdearán de chopos las márgenes del río.¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas, y la roqueda parda más de un zarzal en flor; ya los rebaños blancos, por entre grises peñas, hacia los altos prados conducirá el pastor.   ¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas que vais al joven Duero, rebaños de merinos, con rumbo hacia las altas praderas numantinas,  por las cañadas hondas y al sol de los caminos hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo, montañas, serrijones, lomazos, parameras, en donde reina el águila, por donde busca el cuervo su infecto expoliario; menudas sementeras cual sayos cenicientos, casetas y majadas entre desnuda roca, arroyos y hontanares donde a la tarde beben las yuntas fatigadas, dispersos huertecillos, humildes abejares!...   ¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano cercado de colinas y crestas militares, alcores y roquedas del yermo castellano, fantasmas de robledos y sombras de encinares!   En la desesperanza y en la melancolía de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía, por los floridos valles, mi corazón te lleva.
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"escátame la sepa" roy joseph gally decía y una calandria o perro o gran trasluz le levantaba el buey tranquilo le metía la boca en la carona le daba dura escarrabeca por eso cuando la realidá a manera de alquiler o dueño o claridad en los ojos dél daba "escátame la sepa" roy joseph gally decía sabiendo su canción "no los pedazos que me quisiera devorar" roy joseph gally cantaba "no la madera el jeme la bichoca parientes míos amadísimos en esto de acabar" cantaba "hermosa es mi llama" cantaba "veloz y como seda y buena y de cuello erguido altivo" cantaba "y reverbera como estrella polar" cantaba roy joseph gally "y nada de lo que va a matar ninguna piedra o luna que pasa o flor que muere puede dañar sus cabellos de oro" cantaba "o rebajarla a frío a sombra" roy joseph gally cantaba besó a la llama o reina contra el sol dejándolo rompido "ah vida oscura" dijo "a rescatar" dijo "pronto" tocándola por eso cuando roy joseph gally murió disimulaba el mucho rato en soledad peste del pecho es la tristeza "o la calandria o perro de irse" roy joseph gally cantaba disperso íntimo reseco "salud llama veloz" cantaba quedado quieto ya
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Lamento por la llama de roy joseph gally