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"entierro" poems
Un hombre pasa con un pan al hombro ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble? Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo ¿Con qué valor hablar del psicoanálisis? Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano ¿Hablar luego de Sócrates al médico? Un cojo pasa dando el brazo a un niño ¿Voy, después, a leer a André Bretón? Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre ¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo? Otro busca en el fango huesos, cáscaras ¿Cómo escribir, después del infinito? Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza ¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora? Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente ¿Hablar, después, de cuarta dimensión? Un banquero falsea su balance ¿Con qué cara llorar en el teatro? Un paria duerme con el pie a la espalda ¿Hablar, después, a nadie de Picasso? Alguien va en un entierro sollozando ¿Cómo luego ingresar a la Academia? Alguien limpia un fusil en su cocina ¿Con qué valor hablar del más allá? Alguien pasa contando con sus dedos ¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?
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Un hombre pasa con un pan al hombro
Pinta cielo tordillo, nube china, campo llano y callado y compañero, con blanco mazamorra, gris camino, ocre parva o celeste lejanía; en silla petizona -pelo bayo-, el mate corazón -¿nido de hornero?-, en las ramas, de tala, de su mano y un pedazo de cuerno hecho boquilla en perpetuo delirio de humareda; mientras pinta y se escarba la memoria -como quien traza cruces sobre el suelo con pinceles que doman lo pasado; claros patios de voz azul aljibe, beata falda, o entierro jaranero, mancarrón insolado, duende perro, porque sabe rastrear el tiempo muerto, las huellas ya perdidas del recuerdo, y le gustan los talles de frutera, el olor a zorrino, a terciopelo, los fogones de pavas tartamudas, los mugientes crepúsculos tranquilos y los gatos con muchas relaciones, que pinta, rememora y recupera, con rojo federal, azul encinta, amarillo rastrojo, rosa rancho, al revivir saraos encorsetados, velorios de angelito caramelo, tertulias palo a pique, perifollos, viejos gauchos enjutos de quebracho, que describe con limpia pincelada, puro candor y tábano mirada; para luego tutearse con carretas o chismosos postigos de ancha siesta, o rebaños jadeantes de tormenta; que pinta y aquerencia en sus cartones -para algo comió choclo, entre pañales, de ingenua chala rubia, bien fajada y acarició caderas de potrancas o de roncas guitarras pendencieras, en boliches lunares, ya difuntos-; mientras mezcla el granate matadura con el ***** catinga candombero y aflora su sonrisa de padrillo -un poco amarillenta, un poco verde-, ante tanta visión reflorecida -con perenne fervor y gesto macho-, por la criolla paleta socarrona donde exprime su lírica memoria.
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Figari pinta
Pinta cielo tordillo, nube china, campo llano y callado y compañero, con blanco mazamorra, gris camino, ocre parva o celeste lejanía; en silla petizona -pelo bayo-, el mate corazón -¿nido de hornero?-, en las ramas, de tala, de su mano y un pedazo de cuerno hecho boquilla en perpetuo delirio de humareda; mientras pinta y se escarba la memoria -como quien traza cruces sobre el suelo con pinceles que doman lo pasado; claros patios de voz azul aljibe, beata falda, o entierro jaranero, mancarrón insolado, duende perro, porque sabe rastrear el tiempo muerto, las huellas ya perdidas del recuerdo, y le gustan los talles de frutera, el olor a zorrino, a terciopelo, los fogones de pavas tartamudas, los mugientes crepúsculos tranquilos y los gatos con muchas relaciones, que pinta, rememora y recupera, con rojo federal, azul encinta, amarillo rastrojo, rosa rancho, al revivir saraos encorsetados, velorios de angelito caramelo, tertulias palo a pique, perifollos, viejos gauchos enjutos de quebracho, que describe con limpia pincelada, puro candor y tábano mirada; para luego tutearse con carretas o chismosos postigos de ancha siesta, o rebaños jadeantes de tormenta; que pinta y aquerencia en sus cartones -para algo comió choclo, entre pañales, de ingenua chala rubia, bien fajada y acarició caderas de potrancas o de roncas guitarras pendencieras, en boliches lunares, ya difuntos-; mientras mezcla el granate matadura con el ***** catinga candombero y aflora su sonrisa de padrillo -un poco amarillenta, un poco verde-, ante tanta visión reflorecida -con perenne fervor y gesto macho-, por la criolla paleta socarrona donde exprime su lírica memoria.
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Mi padre, apenas en la mañana pajarina, pone sus setentiocho años, sus setentiocho ramos de invierno a solear. El cementerio de Santiago, untado en alegre año nuevo, está a la vista. Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él, y tornaron de algún entierro humilde. Hoy hace mucho tiempo que mi padre no sale Una broma de niños se desbanda. Otras veces le hablaba a mi madre de impresiones urbanas, de política; y hoy, apoyado en su bastón ilustre que sonara mejor en los años de la Gobernación, mi padre está desconocido, frágil, mi padre es una víspera. Lleva, trae, abstraído, reliquias, cosas, recuerdos, sugerencias. La mañana apacible le acompaña con sus alas blancas de hermana de la caridad. Día eterno es éste, día ingenuo, infante coral, oracional; se corona el tiempo de palomas, y el futuro se puebla de caravanas de inmortales rosas. Padre, aún sigue todo despertando; es enero que canta, es tu amor que resonando va en la Eternidad. Aún reirás de tus pequeñuelos, y habrá bulla triunfal en los Vacíos. Aún será año nuevo. Habrá empanadas; y yo tendré hambre, cuando toque a misa en el-beato campanario el buen ciego mélico con quien departieron mis sílabas escolares y frescas, mi inocencia rotunda. Y cuando la mañana llena de gracia, desde sus senos de tiempo, que son dos renuncias, dos avances de amor que se tienden y ruegan infinito, eterna vida, cante, y eche a volar Verbos plurales, jirones de tu ser, a la borda de sus alas blancas de hermana de la caridad, ¡oh, padre mío!
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Enereida
Mi padre, apenas en la mañana pajarina, pone sus setentiocho años, sus setentiocho ramos de invierno a solear. El cementerio de Santiago, untado en alegre año nuevo, está a la vista. Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él, y tornaron de algún entierro humilde. Hoy hace mucho tiempo que mi padre no sale Una broma de niños se desbanda. Otras veces le hablaba a mi madre de impresiones urbanas, de política; y hoy, apoyado en su bastón ilustre que sonara mejor en los años de la Gobernación, mi padre está desconocido, frágil, mi padre es una víspera. Lleva, trae, abstraído, reliquias, cosas, recuerdos, sugerencias. La mañana apacible le acompaña con sus alas blancas de hermana de la caridad. Día eterno es éste, día ingenuo, infante coral, oracional; se corona el tiempo de palomas, y el futuro se puebla de caravanas de inmortales rosas. Padre, aún sigue todo despertando; es enero que canta, es tu amor que resonando va en la Eternidad. Aún reirás de tus pequeñuelos, y habrá bulla triunfal en los Vacíos. Aún será año nuevo. Habrá empanadas; y yo tendré hambre, cuando toque a misa en el-beato campanario el buen ciego mélico con quien departieron mis sílabas escolares y frescas, mi inocencia rotunda. Y cuando la mañana llena de gracia, desde sus senos de tiempo, que son dos renuncias, dos avances de amor que se tienden y ruegan infinito, eterna vida, cante, y eche a volar Verbos plurales, jirones de tu ser, a la borda de sus alas blancas de hermana de la caridad, ¡oh, padre mío!
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I. You were there, and I was there too. And your smile as you waved goodbye (though you did not know it). Lindsay, why didn’t I— The pale, silver light of the moon reflected off the gently rippling water as you seemed to swim. I just watched… II. You gave me pop-tarts first a year ago, fresh from the toaster; you always gave me the one with more frosting. The wrinkles of your smile (and the spinach between your teeth) as we walked, your hand in mine, through the city of lights, where the doors of perception now lie shut and dead. You look—, seem—, looked, radiant, like— like nothing before or since; at the place where speech fails. III. What can I do? I can— I can still hold your shirt. It still smells like you, like your sweat, like your perfume… I felt empty, deep inside, at the funeral, when everyone was looking at your coffin and not at all at me. Qué bonito es un entierro. You know— knew—that I love— (loved?) you wholly, completely, simply. And yet— I watched you— IV. When I try to sleep at night, when I lay my head down, I see nothing. I do not dream of you. I do not dream of our first kiss. I do not dream of your death. I do not dream of your funeral. I do not dream.
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Aug 9, 2011
Aug 9, 2011 at 2:44 PM UTC
On the Shore
Lirismo de invierno, rumor de crespones, cuando ya se acerca la pronta partida; agoreras voces de tristes canciones que en la tarde rezan una despedida. Visión del entierro de mis ilusiones en la propia tumba de mortal herida. Caridad verónica de ignotas regiones, donde a precio de éter se pierde la vida. Cerca de la aurora partiré llorando; y mientras mis años se vayan curvando, curvará guadañas mi ruta veloz. Y ante fríos óleos de luna muriente, con timbres de aceros en tierra indolente, cavarán los perros, aullando, un adiós!
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Sauce
Tierra le dieron una tarde horrible del mes de julio, bajo el sol de fuego.   A un paso de la abierta sepultura, había rosas de podridos pétalos, entre geranios de áspera fragancia y roja flor. El cielo puro y azul. Corría un aire fuerte y seco.   De los gruesos cordeles suspendido, pesadamente, descender hicieron el ataúd al fondo de la fosa los dos sepultureros...   Y al reposar sonó con recio golpe, solemne, en el silencio.   Un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio.   Sobre la negra caja se rompían los pesados terrones polvorientos...   El aire se llevaba de la honda fosa el blanquecino aliento.   -Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa, larga paz a tus huesos...   Definitivamente, duerme un sueño tranquilo y verdadero.
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En el entierro de un amigo
¿Qué exaltaré en la tierra que no sea algo tuyo? A mi lecho de ausente me echo como a una cruz de solitarias lunas del deseo, y exalto             la orilla de tu vientre. Clavellina del valle que provocan tus piernas. Granada que has rasgado de plenitud su boca. Trémula zarzamora suavemente dentada             donde vivo arrojado. Arrojado y fugaz como el pez generoso, ansioso de que el agua, la lenta acción del agua lo devaste: sepulte su decisión eléctrica             de fértiles relámpagos. Aún me estremece el choque primero de los dos; cuando hicimos pedazos la luna a dentelladas, impulsamos las sábanas a un abril de amapolas,             nos inspiraba el mar. Soto que atrae, umbría de vello casi en llamas, dentellada tenaz que siento en lo más hondo, vertiginoso abismo que me recoge, loco             de la lúcida muerte. Túnel por el que a ciegas me aferro a tus entrañas. Recóndito lucero tras una madreselva hacia donde la espuma se agolpa, arrebatada             del íntimo destino. En ti tiene el oasis su más ansiado huerto: el clavel y el jazmín se entrelazan, se ahogan. De ti son tantos siglos de muerte, de locura             como te han sucedido. Corazón de la tierra, centro del universo, todo se atorbellina, con afán de satélite en torno a ti, pupila del sol que te entreabres             en la flor del manzano. Ventana que da al mar, a una diáfana muerte cada vez más profunda, más azul y anchurosa. Su hálito de infinito propaga los espacios             entre tú y yo y el fuego. Trágame, leve hoyo donde avanzo y me entierro. La losa que me cubra sea tu vientre leve, la madera tu carne, la bóveda tu ombligo,             la eternidad la orilla. En ti me precipito como en la inmensidad de un mediodía claro de sangre submarina, mientras el delirante hoyo se hunde en el mar,             y el clamor se hace hombre. Por ti logro en tu centro la libertad del astro. En ti nos acoplamos como dos eslabones, tú poseedora y yo. Y así somos cadena:             mortalmente abrazados.
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Orillas de tu vientre
¿Qué exaltaré en la tierra que no sea algo tuyo? A mi lecho de ausente me echo como a una cruz de solitarias lunas del deseo, y exalto             la orilla de tu vientre. Clavellina del valle que provocan tus piernas. Granada que has rasgado de plenitud su boca. Trémula zarzamora suavemente dentada             donde vivo arrojado. Arrojado y fugaz como el pez generoso, ansioso de que el agua, la lenta acción del agua lo devaste: sepulte su decisión eléctrica             de fértiles relámpagos. Aún me estremece el choque primero de los dos; cuando hicimos pedazos la luna a dentelladas, impulsamos las sábanas a un abril de amapolas,             nos inspiraba el mar. Soto que atrae, umbría de vello casi en llamas, dentellada tenaz que siento en lo más hondo, vertiginoso abismo que me recoge, loco             de la lúcida muerte. Túnel por el que a ciegas me aferro a tus entrañas. Recóndito lucero tras una madreselva hacia donde la espuma se agolpa, arrebatada             del íntimo destino. En ti tiene el oasis su más ansiado huerto: el clavel y el jazmín se entrelazan, se ahogan. De ti son tantos siglos de muerte, de locura             como te han sucedido. Corazón de la tierra, centro del universo, todo se atorbellina, con afán de satélite en torno a ti, pupila del sol que te entreabres             en la flor del manzano. Ventana que da al mar, a una diáfana muerte cada vez más profunda, más azul y anchurosa. Su hálito de infinito propaga los espacios             entre tú y yo y el fuego. Trágame, leve hoyo donde avanzo y me entierro. La losa que me cubra sea tu vientre leve, la madera tu carne, la bóveda tu ombligo,             la eternidad la orilla. En ti me precipito como en la inmensidad de un mediodía claro de sangre submarina, mientras el delirante hoyo se hunde en el mar,             y el clamor se hace hombre. Por ti logro en tu centro la libertad del astro. En ti nos acoplamos como dos eslabones, tú poseedora y yo. Y así somos cadena:             mortalmente abrazados.
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Con esta tinta sucia que caracteriza mi hablar, te escribo en la oreja sabidurías de mi mano. Mala letra, mala gana, buena musa y poco esfuerzo. Ocho líneas lleva ahora. A los insultos (los cultos) le dicen “verso”. Dices que ahora sí me matas. Dizque un segundo entierro. Sí, segundo; es que contigo ya andaba muerto por dentro. Desperdicié estos pulmones y los otros, ahora, que yo era incomprensible, pero te cuento que escribo para que lean, no para que les guste; hablo para que oigan, no para que me entiendan.
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Feb 19, 2016
Feb 19, 2016 at 8:42 PM UTC
Poema Salao
Cual hieráticos bardos prisioneros, los álamos de sangre se han dormido. Rumian arias de yerba al sol caído, las greyes de Belén en los oteros. El anciano pastor, a los postreros martirios de la luz, estremecido, en sus pascuales ojos ha cogido una casta manada de luceros. Labrado en orfandad baja al instante con rumores de entierro, al campo orante; y se otoñan de sombra las esquilas. Supervive el azul urdido en hierro, y en él, amortajadas las pupilas, traza su aullido pastoral un perro.
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Bajo los álamos
Vi, debe haber tres días, En las gradas de San Pedro, Una tenebrosa boda, Porque era toda de Negros. Parecía Matrimonio Concertado en el infierno: ***** esposo y negra esposa Y ***** acompañamiento. Sospecho yo que acostados Parecerán sus dos cuerpos, Junto el uno con el otro, Algodones y tintero. Hundíase de estornudos La calle por do volvieron: Que una boda semejante Hace dar más que un pimiento. Iban los dos de las manos Como pudieran dos cuervos, Otros dicen como grajos, Porque a grajos van oliendo. Con humos van de vengarse (Que siempre van de humos llenos) De los que, por afrentarlos, Hacen los labios traseros. Iba afeitada la novia Todo el tapetado gesto Con hollín y con carbón, Y con tinta de sombreros. Tan pobres son que una blanca No se halla entre todos ellos, Y por tener un cornado Casaron a este moreno. Él se llamaba Tomé, Y ella, Francisca del Puerto, Ella esclava, y él es clavo Que quiere hincársele en medio. Llegaron al ***** patio Donde está el ***** aposento, En donde la negra boda Ha de tener ***** efecto. Era una caballeriza, Y estaban todos inquietos, Que los abrasaban pulgas Por perrengues o por perros. A la mesa se sentaron, Donde también les pusieron Negros manteles y platos, Negra sopa y manjar ***** Echóles la bendición Un ***** veintidoseno, Con un rostro de azabache Y manos de terciopelo. Diéronles el vino tinto, Pan, entre mulato y prieto, Carbonada hubo, por ser Tizones los que comieron. Hubo jetas en la mesa Y en la boca de los dueños, Y hongos, por ser la boda De hongos, según sospecho. Trajeron muchas morcillas, Y hubo algunos que de miedo No las comieron, pensando Se comían a sí mesmos. Cuál por morder del mondongo, Se atarazaba algún dedo, Pues sólo diferenciaban En la uña de lo ***** Mas cuando llegó el tocino Hubo grandes sentimientos, Y pringados con pringadas Un rato se enternecieron. Acabaron de comer Y entró un ministro Guineo, Para darles aguamanos Con un coco y un caldero. Por toalla trujo al hombro Las bayetas de un entierro, Laváronse y quedó el agua Para ensuciar todo un Reino. Negros de ellos se sentaron Sobre unos negros asientos, Y en voces negras cantaron También denegridos versos: «Negra es la ventura De aquel casado Cuya Novia es Negra Y el dote en Blanco».
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Boda de negros
Vi, debe haber tres días, En las gradas de San Pedro, Una tenebrosa boda, Porque era toda de Negros. Parecía Matrimonio Concertado en el infierno: ***** esposo y negra esposa Y ***** acompañamiento. Sospecho yo que acostados Parecerán sus dos cuerpos, Junto el uno con el otro, Algodones y tintero. Hundíase de estornudos La calle por do volvieron: Que una boda semejante Hace dar más que un pimiento. Iban los dos de las manos Como pudieran dos cuervos, Otros dicen como grajos, Porque a grajos van oliendo. Con humos van de vengarse (Que siempre van de humos llenos) De los que, por afrentarlos, Hacen los labios traseros. Iba afeitada la novia Todo el tapetado gesto Con hollín y con carbón, Y con tinta de sombreros. Tan pobres son que una blanca No se halla entre todos ellos, Y por tener un cornado Casaron a este moreno. Él se llamaba Tomé, Y ella, Francisca del Puerto, Ella esclava, y él es clavo Que quiere hincársele en medio. Llegaron al ***** patio Donde está el ***** aposento, En donde la negra boda Ha de tener ***** efecto. Era una caballeriza, Y estaban todos inquietos, Que los abrasaban pulgas Por perrengues o por perros. A la mesa se sentaron, Donde también les pusieron Negros manteles y platos, Negra sopa y manjar ***** Echóles la bendición Un ***** veintidoseno, Con un rostro de azabache Y manos de terciopelo. Diéronles el vino tinto, Pan, entre mulato y prieto, Carbonada hubo, por ser Tizones los que comieron. Hubo jetas en la mesa Y en la boca de los dueños, Y hongos, por ser la boda De hongos, según sospecho. Trajeron muchas morcillas, Y hubo algunos que de miedo No las comieron, pensando Se comían a sí mesmos. Cuál por morder del mondongo, Se atarazaba algún dedo, Pues sólo diferenciaban En la uña de lo ***** Mas cuando llegó el tocino Hubo grandes sentimientos, Y pringados con pringadas Un rato se enternecieron. Acabaron de comer Y entró un ministro Guineo, Para darles aguamanos Con un coco y un caldero. Por toalla trujo al hombro Las bayetas de un entierro, Laváronse y quedó el agua Para ensuciar todo un Reino. Negros de ellos se sentaron Sobre unos negros asientos, Y en voces negras cantaron También denegridos versos: «Negra es la ventura De aquel casado Cuya Novia es Negra Y el dote en Blanco».
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Por aquel postigo viejo que nunca fuera cerrado vi venir seña bermeja con trescientos de caballo; un pendón traen sangriento, de ***** muy bien bordado, y en medio de los trescientos traen un cuerpo finado; Fernand Arias ha por nombre, hijo de Arias Gonzalo. A la entrada de Zamora un gran llanto es comenzado. Llorábanle cien doncellas, todas ciento hijasdalgo; sobre todas lo lloraba esa Infanta Urraca Hernando, ¡y cuán triste la consuela el buen viejo Arias Gonzalo!: -¡Callad, mi ahijada, callad, no hagades tan grande llanto; por un hijo que me han muerto, vivos me quedaban cuatro; que no murió entre las damas, ni menos tablas jugando, mas murió sobre Zamora, vuestra honra resguardando! ¡Ay de mí, viejo mezquino! ¡Quién no te hubiera criado, para verte, Fernand Arias, agora muerto en mis brazos! Ya tocaban las campanas, ya llevaban a enterrarlo allá en la iglesia mayor, junto al altar de Santiago, en una tumba muy rica, como requiere su estado.
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Romance xix del entierro de fernand arias
Érase un cura, tan pobre, que daba grima mirar sus zapatos descosidos y su viejo balandrán. Érase un cuasi mendigo que solía regalar a los más pobres que él con la mitad de su pan. Un cura tan divertido para hacer la caridad, que si daba el desayuno se acostaba sin cenar. Érase un pobre curita llamado el Padre Julián, a quién vían como a un perro los grandes de la ciudad, pues era tan inocente y era tan humilde el tal, que en la casa de los grandes daba risa su humildad. Un día amaneció muerto, siendo causa de su mal no se sabe si mucha hambre o alguna otra enfermedad. Entonces un gran entierro se ofreció al padre Julián, donde sólo en cera y pábilo se quemara un dineral. Y se vieron coches fúnebres y hubo un lujo singular, a los ecos de las marchas de la música marcial. Y cuentan que los timbales y oboes al resonar, hacían burla del muerto pobre de solemnidad... Y que el muerto se reía pensando en su balandrán, con una de aquellas risas que dan ganas de llorar.
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Abrojos - lii
A la sombra de los laureles Melisanda se está muriendo. Se morirá su cuerpo leve. Enterrarán su dulce cuerpo. Juntarán sus manos de nieve. Dejarán sus ojos abiertos para que alumbren a Pelleas hasta después que se haya muerto. A la sombra de los laureles Melisanda muere en silencio. Por ella llorará la fuente un llanto trémulo y eterno. Por ella orarán los cipreses arrodillados bajo el viento. Habrá galope de corceles, lunarios ladridos de perros. A la sombra de los laureles Melisanda se está muriendo. Por ella el sol en el castillo se apagará como un enfermo. Por ella morirá Pelleas cuando la lleven al entierro. Por ella vagará de noche, moribundo por los senderos. Por ella pisará las rosas, perseguirá las mariposas y dormirá en los cementerios. Por ella, por ella, por ella Pelleas, el príncipe, ha muerto.
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La muerte de melisanda
Cielos de fin de mundo. Son las cinco. Sombras blancas: ¿son voces o son pájaros? Contra mi sien, latidos de motores. Tiempo de luz: memoria, torre hendida, pausa vacía entre dos claridades. Todas sus piedras vueltas pensamiento la ciudad se desprende de sí misma. Descarnación. El mundo no es visible. Se lo comió la luz. ¿En tu memoria serán mis huesos tiempo incandescente? Vana conversación del esqueleto con el fuego insensato y con el agua que no tiene memoria y con el viento que todo lo confunde y con la tierra que se calla y se come sus palabras. Mi suma es lo que resta, tu escritura: la huella de los dientes de la vida, el sello de los ayes y los años, el trazo ***** de la quemadura del amor en lo blanco de los huesos. Sol de sombra Solombra cegadora mis ojos han de ver lo nunca visto lo que miraron sin mirarlo nunca el revés de lo visto y de la vista Los laúdes del láudano de loas dilapidadas lápidas y laudos la piedad de la piedra despiadada las velas del velorio y del jolgorio El entierro es barroco todavía en México                   Morir es todavía morir a cualquier hora en cualquier parte Cerrar los ojos en el día blanco el día nunca visto cualquier día que tus ojos verán y no los míos
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Espiración
«Me quedaré en España compañero», me dijiste con gesto enamorado. Y al fin sin tu edificio trotante de guerrero en la hierba de España te has quedado. Nadie llora a tu lado: desde el soldado al duro comandante, todos te ven, te cercan y te atienden con ojos de granito amenazante, con cejas incendiadas que todo el cielo encienden. Valentín el volcán, que si llora algún día será con unas lágrimas de hierro, se viste emocionado de alegría para robustecer el río de tu entierro. Como el yunque que pierde su martillo, Manuel Moral se calla colérico y sencillo. Y hay muchos capitanes y muchos comisarios quitándote pedazos de metralla, poniéndote trofeos funerarios. Ya no hablarás de vivos y de muertos, ya disfrutas la muerte del héroe, ya la vida que no te verá en las calles ni en los puertos pasar como una ráfaga garrida. Pablo de la Torriente, has quedado en España y en mi alma caído: nunca se pondrá el sol sobre tu frente, heredará tu altura la montaña y tu valor el toro del bramido. De una forma vestida de preclara has perdido las plumas y los besos, con el sol español puesto en la cara y el de Cuba en los huesos. Pasad ante el cubano generoso, hombres de su Brigada, con el fusil furioso, las botas iracundas y la mano crispada. Miradlo sonriendo a los terrones y exigiendo venganza bajo sus dientes mudos a nuestros más floridos batallones y a sus varones como rayos rudos. Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan. No temáis que se extinga su sangre sin objeto, porque éste es de los muertos que crecen y se agrandan aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.
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Elegía segunda
«Me quedaré en España compañero», me dijiste con gesto enamorado. Y al fin sin tu edificio trotante de guerrero en la hierba de España te has quedado. Nadie llora a tu lado: desde el soldado al duro comandante, todos te ven, te cercan y te atienden con ojos de granito amenazante, con cejas incendiadas que todo el cielo encienden. Valentín el volcán, que si llora algún día será con unas lágrimas de hierro, se viste emocionado de alegría para robustecer el río de tu entierro. Como el yunque que pierde su martillo, Manuel Moral se calla colérico y sencillo. Y hay muchos capitanes y muchos comisarios quitándote pedazos de metralla, poniéndote trofeos funerarios. Ya no hablarás de vivos y de muertos, ya disfrutas la muerte del héroe, ya la vida que no te verá en las calles ni en los puertos pasar como una ráfaga garrida. Pablo de la Torriente, has quedado en España y en mi alma caído: nunca se pondrá el sol sobre tu frente, heredará tu altura la montaña y tu valor el toro del bramido. De una forma vestida de preclara has perdido las plumas y los besos, con el sol español puesto en la cara y el de Cuba en los huesos. Pasad ante el cubano generoso, hombres de su Brigada, con el fusil furioso, las botas iracundas y la mano crispada. Miradlo sonriendo a los terrones y exigiendo venganza bajo sus dientes mudos a nuestros más floridos batallones y a sus varones como rayos rudos. Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan. No temáis que se extinga su sangre sin objeto, porque éste es de los muertos que crecen y se agrandan aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.
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sam dale no quería dormir solo con sus sudores y a la madre le dijo "madre búscame novia entre los odios del día" así creció perseguido por olor que nunca supo conseguir la madre madrecía cada noche pero no había caso "ah" decía sam dale al final de su chaleco hermoso como un secretario general "novia mía ¿porqué no venís? novia mía ¿qué suelo ató tus sienes?" la novia de sam dormía y hacía amanecer de sus dos pies salía el sol la luz y era bella como los pies de Dios atados siempre siempre a tanto dolor atados pero no Dios sino el grande amor duerme atado a profunda claridad no lo despierten hijos que duerma duerma duerma a menos que le den de comer él duerme porque no le darían de comer y duerme hermoso hermoso como la novia de los yules verdes como la novia del amor primero ella está muerte y yo la quiero pero sam dale ni nada él pedía a la madre por la esposa del río la esposica estaba en el río vestida de amarillo haciendo una cama grande con las aguas corinas con los pájaros para que entre la mañana cantando y aún la muerte cuando debiera entrar peor sam dale vigilaba la puerta y Dios no entra por ahí así que viuda tora marinera se le murió la camisa y la enterró ya tarde ya tardísimo y manzanitas de oro había en las ramas ¡gracia que tiene lo perro! ¡ah muérdanos la cara para despertar! a sam dale lo pusieron en una copa de vidrio "¡ah tripa dolorosa!" decía hablando del corazón la flor de su camisa tapo o mundo celéstese sam dale cuándo despertaremos mi dios novia dormía hermosa hermosa con un lunar de amor y un ruiseñor que le cantaba enemigos sam dale cruzó Alabama como un fuego dejó en herencia una mañana que las gallinas picotearon y del costado le caían señoras acabaditas de nacer ¡ah sam dale te tomaron el alma en mitad del arenal! no debiera dormir mal ahora a las tres de la tarde tu entierro pasó al pie de tu retrato ella se arrodilló pobre con una cuna blanca sola
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Lamento por la camisa de sam dale
sam dale no quería dormir solo con sus sudores y a la madre le dijo "madre búscame novia entre los odios del día" así creció perseguido por olor que nunca supo conseguir la madre madrecía cada noche pero no había caso "ah" decía sam dale al final de su chaleco hermoso como un secretario general "novia mía ¿porqué no venís? novia mía ¿qué suelo ató tus sienes?" la novia de sam dormía y hacía amanecer de sus dos pies salía el sol la luz y era bella como los pies de Dios atados siempre siempre a tanto dolor atados pero no Dios sino el grande amor duerme atado a profunda claridad no lo despierten hijos que duerma duerma duerma a menos que le den de comer él duerme porque no le darían de comer y duerme hermoso hermoso como la novia de los yules verdes como la novia del amor primero ella está muerte y yo la quiero pero sam dale ni nada él pedía a la madre por la esposa del río la esposica estaba en el río vestida de amarillo haciendo una cama grande con las aguas corinas con los pájaros para que entre la mañana cantando y aún la muerte cuando debiera entrar peor sam dale vigilaba la puerta y Dios no entra por ahí así que viuda tora marinera se le murió la camisa y la enterró ya tarde ya tardísimo y manzanitas de oro había en las ramas ¡gracia que tiene lo perro! ¡ah muérdanos la cara para despertar! a sam dale lo pusieron en una copa de vidrio "¡ah tripa dolorosa!" decía hablando del corazón la flor de su camisa tapo o mundo celéstese sam dale cuándo despertaremos mi dios novia dormía hermosa hermosa con un lunar de amor y un ruiseñor que le cantaba enemigos sam dale cruzó Alabama como un fuego dejó en herencia una mañana que las gallinas picotearon y del costado le caían señoras acabaditas de nacer ¡ah sam dale te tomaron el alma en mitad del arenal! no debiera dormir mal ahora a las tres de la tarde tu entierro pasó al pie de tu retrato ella se arrodilló pobre con una cuna blanca sola
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Yo trabajo de noche, rodeado de ciudad, de pescadores, de alfareros, de difuntos quemados con azafrán y frutas, envueltos en muselina escarlata: bajo mi balcón esos muertos terribles pasan sonando cadenas y flautas de cobre, estridentes y finas y lúgubres silban entre el color de las pesadas flores envenenadas y el grito de los cenicientos danzarines y el creciente monótono de los tam-tam y el humo de las maderas que arden y huelen. Porque una vez doblado el camino, junto al turbio río, sus corazones, detenidos o iniciando un mayor movimiento, rodarán quemados, con la pierna y el pie hechos fuego, y la trémula ceniza caerá sobre el agua, flotará como ramo de flores calcinadas o como extinto fuego dejado por tan poderosos viajeros que hicieron arder algo sobre las negras aguas, y devoraron un alimento desaparecido y un licor extremo.
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Entierro en el este
Falleció César, fortunado y fuerte; ignoran la piedad y el escarmiento señas de su glorioso monumento: porque también para el sepulcro hay muerte. Muere la vida, y de la misma suerte muere el entierro rico y opulento; la hora, con oculto movimiento, aun calla el grito que la fama vierte. Devanan sol y luna, noche y día, del mundo la robusta vida, ¡y lloras las advertencias que la edad te envía! Risueña enfermedad son las auroras; lima de la salud es su alegría: Licas, sepultureros son las horas.
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Contiene una elegante enseñanza de que todo lo criado tiene su muerte de la enfermedad del tiempo
Leí los rudimentos de la Aurora, Los esplendores lánguidos del día, La Pira y el construye y ascendía, Y lo purpurizante de la hora, El múrice y el Tirio y el colora, El Sol cadáver cuya luz yacía, Y los borrones de la sombra fría, Corusca Luna en ascua que el sol dora, La piel del Cielo cóncavo arrollada, El trémulo palor de enferma Estrella, La fuente de cristal bien razonada. Y todo fue un entierro de doncella, Doctrina muerta, letra no tocada, Luces y flores, grita y zacapella.
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A un tratado impreso que un hablador espeluznado de prosa hizo en culto
Siempre llega mi mano más tarde que otra mano que se mezcla a la mía y forman una mano. Cuando voy a sentarme advierto que mi cuerpo se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse adonde yo me siento. Y en el preciso instante de entrar en una casa, descubro que ya estaba antes de haber llegado. Por eso es muy posible que no asista a mi entierro, y que mientras me rieguen de lugares comunes, ya me encuentre en la tumba, vestido de esqueleto, bostezando los tópicos y los llantos fingidos.
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Dicotomía incruenta
cuando astor frederick murió plegó alitas y dejó sobre todo sus penas y como un brillo o resplandor que lo seguía en el entierro ni perro ni hombre ni mujer ni gato seguían su cajón por la calle dorada en la mañana de mayo paciente pero sí el brillo o resplandor como cantándole cantándole decía el brillo "astor frederick se va por aquí al país donde todos se reúnen sigo las huellas de sus pies besándolas pero él ya nunca estará solo" decía el brillo "astor frederick ya nunca más se apenará de pueblo en pueblo y por alturas su joven corazón marcará el paso de las lunas se comerá flores que mueren" ojalá ojalá repetían los arcos las piedras podridas de la calle las pieles de la calle meciéndose por donde astor frederick sus restos los restos de su dentadura etc pasaban a gloria mayor ¡ah frederick en la cajita! lo empaquetaron mucho para siempre y aunque él no quisiese otra cosa que amor como abrigo o fortín es como si faltara la tierra del cementerio de Oak se lo comió casi por todas menos las manos eso sí apoyadas la una en la otra del silencio que astor frederick hizo creció una pájara de viento que le volteaba el corazón menos el brillo o resplandor cala del mundo mundo mismo y esta es la historia de astor frederick ea ninguna pus paloma o reventón se alzaba nunca de sus nuncas menos las manos eso sí apoyada la una en la otra
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Lamento por las manos de astor frederick