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"elegantes" poems
Los fantasmas iluminados de las casas que son museos se han despertado. El viento huele a lluvia cálida, las escaleras mueren en la más completa oscuridad, ¿cómo una casa se convierte en museo? preguntamos, resguardados en la dulce bruma del vino, no rojo, sino exótico púrpura de tierras lejanas. ¿Cómo las casas se hacen museos, entonces? Ilustres sombras se pasean a nuestro alrededor. No tienen nombres ni rostros. No hay cadenas, ni ruidos, ni matices. Sabemos que están ahí porque tocamos la piedra (tibia, tibia, nunca muy fría) e inferimos su presencia. Son ellos edificios ahora. Son techos y puertas y columnas. Ideas primigenias de resguardo contra la vida. Con o sin caballerizas. La casa es museo. El museo antes fue una casa. Sea como sea, los gatos se escabullen entre los barrotes de las verjas. Tranquilos, casi elegantes, con los ojos fijos en destinos que nadie puede adivinar, porque ¿qué piensan los gatos? ¿en la vida? ¿en la vida que es suya o qué es nuestra? ¿cuál es más vida, la suya o la nuestra? Delgados y amigos de la sombra, se escabullen. No temen a los muertos, a los vivos, a los carros o a la poesía. Ni a los tejados verdes muy altos, ni a las ventanas de cristal muy grueso. Somos, entonces, gatos que se escabullen (yo el gris, tú el ***** y la luciérnaga el pardo) y que crean mundos en las casas ahora museos. El vino en los labios, las manos en los bolsillos. Mundos instantáneos, como una mirada fugaz; mundos invisibles, como la idea de una casa o la idea de un museo. Casas, museos, jardines solitarios, funerarias, escaleras, túneles. La arquitectura de un mundo gatuno. El mundo, vasto edificio, visto desde los ojos temerarios de dos sombras, ágiles y acostumbradas a confundirse entre la muchedumbre, que se refugian en una esquina de una casa que es museo. Pero una Casa y un Hogar después de todo. Hogar de respiraciones agitadas, de luciérnagas intermitentes, de bocas que son más como estrellas que se dirigen a su inminente destrucción, que son más como olas que se estrellan contra las rocas. Manos y labios violentos. Cuerpos encima de un pedestal. Resguardados, protegidos, venerados. Pedazos de un todo que se han vuelto invaluables y sagrados. Gatos salvajes, creadores del arte más empíreo, más absoluto. Arte que será puesto a perpetuidad (y por fin encontramos la respuesta a nuestra pregunta) en el museo que antes era una casa.
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Jul 9, 2013
Jul 9, 2013 at 5:52 PM UTC
Arquitectura gatuna.
Los fantasmas iluminados de las casas que son museos se han despertado. El viento huele a lluvia cálida, las escaleras mueren en la más completa oscuridad, ¿cómo una casa se convierte en museo? preguntamos, resguardados en la dulce bruma del vino, no rojo, sino exótico púrpura de tierras lejanas. ¿Cómo las casas se hacen museos, entonces? Ilustres sombras se pasean a nuestro alrededor. No tienen nombres ni rostros. No hay cadenas, ni ruidos, ni matices. Sabemos que están ahí porque tocamos la piedra (tibia, tibia, nunca muy fría) e inferimos su presencia. Son ellos edificios ahora. Son techos y puertas y columnas. Ideas primigenias de resguardo contra la vida. Con o sin caballerizas. La casa es museo. El museo antes fue una casa. Sea como sea, los gatos se escabullen entre los barrotes de las verjas. Tranquilos, casi elegantes, con los ojos fijos en destinos que nadie puede adivinar, porque ¿qué piensan los gatos? ¿en la vida? ¿en la vida que es suya o qué es nuestra? ¿cuál es más vida, la suya o la nuestra? Delgados y amigos de la sombra, se escabullen. No temen a los muertos, a los vivos, a los carros o a la poesía. Ni a los tejados verdes muy altos, ni a las ventanas de cristal muy grueso. Somos, entonces, gatos que se escabullen (yo el gris, tú el ***** y la luciérnaga el pardo) y que crean mundos en las casas ahora museos. El vino en los labios, las manos en los bolsillos. Mundos instantáneos, como una mirada fugaz; mundos invisibles, como la idea de una casa o la idea de un museo. Casas, museos, jardines solitarios, funerarias, escaleras, túneles. La arquitectura de un mundo gatuno. El mundo, vasto edificio, visto desde los ojos temerarios de dos sombras, ágiles y acostumbradas a confundirse entre la muchedumbre, que se refugian en una esquina de una casa que es museo. Pero una Casa y un Hogar después de todo. Hogar de respiraciones agitadas, de luciérnagas intermitentes, de bocas que son más como estrellas que se dirigen a su inminente destrucción, que son más como olas que se estrellan contra las rocas. Manos y labios violentos. Cuerpos encima de un pedestal. Resguardados, protegidos, venerados. Pedazos de un todo que se han vuelto invaluables y sagrados. Gatos salvajes, creadores del arte más empíreo, más absoluto. Arte que será puesto a perpetuidad (y por fin encontramos la respuesta a nuestra pregunta) en el museo que antes era una casa.
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Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré una piel una capa Pero no es un abrigo de piel auténtica, eso es cruel Y si tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré una mascota exótica Sí, como una llama o un emú Y si tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré los restos de John Merrick Todos esos huesos de elefante loco Y si tuviera un millón de dólares me compraría tu amor Si yo tuviera un millón de dólares No tendríamos que caminar a la tienda Si yo tuviera un millón de dólares Nos tomamos causa de una limusina 'cuesta más Si yo tuviera un millón de dólares No tendríamos que comer la cena Kraft Pero nos gustaría cenar Kraft Por supuesto que nos gustaría, acabábamos de comer más Y comprar ketchups muy caros con ella Así es, las más elegantes ketchups Dijon Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré un vestido verde Pero no es un vestido verde verdadero, eso es cruel Y si tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré un poco de arte A Picasso o Garfunkel Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré un mono ¿Siempre ha querido un mono? Si yo tuviera un millón de dólares me compraría tu amor Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Sería rico
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Jul 6, 2013
Jul 6, 2013 at 12:12 AM UTC
If I Had A Million Pesos
Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré una piel una capa Pero no es un abrigo de piel auténtica, eso es cruel Y si tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré una mascota exótica Sí, como una llama o un emú Y si tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré los restos de John Merrick Todos esos huesos de elefante loco Y si tuviera un millón de dólares me compraría tu amor Si yo tuviera un millón de dólares No tendríamos que caminar a la tienda Si yo tuviera un millón de dólares Nos tomamos causa de una limusina 'cuesta más Si yo tuviera un millón de dólares No tendríamos que comer la cena Kraft Pero nos gustaría cenar Kraft Por supuesto que nos gustaría, acabábamos de comer más Y comprar ketchups muy caros con ella Así es, las más elegantes ketchups Dijon Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré un vestido verde Pero no es un vestido verde verdadero, eso es cruel Y si tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré un poco de arte A Picasso o Garfunkel Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Bueno, me compraré un mono ¿Siempre ha querido un mono? Si yo tuviera un millón de dólares me compraría tu amor Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Si yo tuviera un millón de dólares Sería rico
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Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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Caballero sólo
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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Mujer de un funcionario romano, recorriste la tierra -sombra suya- de Gades a Palmira. Soles distintos te doraron, maduraron tu piel, fueron dejando seco tu corazón.                     Cómo sería tu cabeza, tu mano, lo que fue carne tibia, vestidura del alma y luego piedra silenciosa... Ahora la mano ya no está en la piedra. Y la cabeza fue limada, desfigurada y corroída por el agua que la albergó durante siglos. ¿Cómo serías? Imagino que el escultor, sumiso a los clientes, las rutinas, los tópicos vigentes en la Roma de los Césares, copió de ti la apariencia banal. ¿Serías verdaderamente -no quedan rasgos que dejen comprobarlo- matrona dura que mandaba sus hijos a la guerra, que prefería muertos valerosos, soledad y desolación, antes que amor, calor y compañía de cobardes? ¿O tu rostro impasible revelaría otra verdad? Ahora no tienes ojos, ni siquiera de piedra, para que en ellos se refleje y cante el mar, el mismo que rompía en tus ojos humanos y te vestía de llamas azules. (A la orilla del mar ocurriría aquel amor). Un legionario, un soñador, un triste, a la orilla del mar... Y le decías: «Ráptame, llévame contigo, da a mi vida sentido y esperanza, olvido y horizonte, dale vida a mi vida». (El fingiría indiferencia cuando subías con ofrendas al templo. Y te abrazaba, enloquecía, te daba vida y muerte cuando estabas con él a solas.) El día que marchaste, dócil al lado de tu esposo, a otro sol y otra tierra del Imperio, lloró desconsolado el que era fuerza tuya. Te hizo un collar de lágrimas el que bebió tus lágrimas. (Esto debió de suceder en la Imperial Tarraco). Ahora no tienes ojos, ni siquiera de piedra. El mar y el tiempo los borraron. (Dentro del mar se pudriría aquel amor). Sólo te queda la impasibilidad con que te imaginaron para edificación y pasmo de los hombres. Jamás podrá la piedra albergar un soplo de vida. Y entonces, dónde ha ido tanta vida, dónde está tanta vida que la piedra no puede contener, no puede imaginar y transmitir. Tanta vida que fue la salvadora del olvido y la nada, ¿habrá muerto contigo? Cómo puede morir lo que fue vida. Quién puede asesinar la vida. Quién puede congelar en estatua una vida. Qué hay en común entre este bulto -pliegues rígidos y elegantes, rostro esfumado, manos mutiladas- y aquella estatua de ola tibia, aquel pequeño sol poniente, aquel viento de carne pálida, aquella arena palpitante, aquel prodigio de rumores: o que tú fuiste un día, lo que eres para siempre en un punto del tiempo y del espacio, en el que escarbo inútilmente con el afán de un perro hambriento.
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Estatua mutilada
Mujer de un funcionario romano, recorriste la tierra -sombra suya- de Gades a Palmira. Soles distintos te doraron, maduraron tu piel, fueron dejando seco tu corazón.                     Cómo sería tu cabeza, tu mano, lo que fue carne tibia, vestidura del alma y luego piedra silenciosa... Ahora la mano ya no está en la piedra. Y la cabeza fue limada, desfigurada y corroída por el agua que la albergó durante siglos. ¿Cómo serías? Imagino que el escultor, sumiso a los clientes, las rutinas, los tópicos vigentes en la Roma de los Césares, copió de ti la apariencia banal. ¿Serías verdaderamente -no quedan rasgos que dejen comprobarlo- matrona dura que mandaba sus hijos a la guerra, que prefería muertos valerosos, soledad y desolación, antes que amor, calor y compañía de cobardes? ¿O tu rostro impasible revelaría otra verdad? Ahora no tienes ojos, ni siquiera de piedra, para que en ellos se refleje y cante el mar, el mismo que rompía en tus ojos humanos y te vestía de llamas azules. (A la orilla del mar ocurriría aquel amor). Un legionario, un soñador, un triste, a la orilla del mar... Y le decías: «Ráptame, llévame contigo, da a mi vida sentido y esperanza, olvido y horizonte, dale vida a mi vida». (El fingiría indiferencia cuando subías con ofrendas al templo. Y te abrazaba, enloquecía, te daba vida y muerte cuando estabas con él a solas.) El día que marchaste, dócil al lado de tu esposo, a otro sol y otra tierra del Imperio, lloró desconsolado el que era fuerza tuya. Te hizo un collar de lágrimas el que bebió tus lágrimas. (Esto debió de suceder en la Imperial Tarraco). Ahora no tienes ojos, ni siquiera de piedra. El mar y el tiempo los borraron. (Dentro del mar se pudriría aquel amor). Sólo te queda la impasibilidad con que te imaginaron para edificación y pasmo de los hombres. Jamás podrá la piedra albergar un soplo de vida. Y entonces, dónde ha ido tanta vida, dónde está tanta vida que la piedra no puede contener, no puede imaginar y transmitir. Tanta vida que fue la salvadora del olvido y la nada, ¿habrá muerto contigo? Cómo puede morir lo que fue vida. Quién puede asesinar la vida. Quién puede congelar en estatua una vida. Qué hay en común entre este bulto -pliegues rígidos y elegantes, rostro esfumado, manos mutiladas- y aquella estatua de ola tibia, aquel pequeño sol poniente, aquel viento de carne pálida, aquella arena palpitante, aquel prodigio de rumores: o que tú fuiste un día, lo que eres para siempre en un punto del tiempo y del espacio, en el que escarbo inútilmente con el afán de un perro hambriento.
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Yo escribí cinco versos: uno verde, otro era un pan redondo, el tercero una casa levantándose, el cuarto era un anillo, el quinto verso era corto como un relámpago y al escribirlo me dejó en la razón su quemadura. Y bien, los hombres, las mujeres, vinieron y tomaron la sencilla materia, brizna, viento, fulgor, barro, madera y con tan poca cosa construyeron paredes, pisos, sueños. En una línea de mi poesía secaron ropa al viento. Comieron mis palabras, las guardaron junto a la cabecera, vivieron con un verso, con la luz que salió de mi costado. Entonces, llegó un crítico mudo y otro lleno de lenguas, y otros, otros llegaron ciegos o llenos de ojos, elegantes algunos como claveles con zapatos rojos, otros estrictamente vestidos de cadáveres, algunos partidarios del rey y su elevada monarquía, otros se habían enredado en la frente de Marx y pataleaban en su barba, otros eran ingleses, sencillamente ingleses, y entre todos se lanzaron con dientes y cuchillos, con diccionarios y otras armas negras, con citas respetables, se lanzaron a disputar mi pobre poesía a las sencillas gentes que la amaban: y la hicieron embudos, la enrollaron, la sujetaron con cien alfileres, la cubrieron con polvo de esqueleto, la llenaron de tinta, la escupieron con suave benignidad de gatos, la destinaron a envolver relojes, la protegieron y la condenaron, le arrimaron petróleo, le dedicaron húmedos tratados, la cocieron con leche, le agregaron pequeñas piedrecitas, fueron borrándole vocales, fueron matándole sílabas y suspiros, la arrugaron e hicieron un pequeño paquete que destinaron cuidadosamente a sus desvanes, a sus cementerios, luego se retiraron uno a uno enfurecidos hasta la locura porque no fui bastante popular para ellos o impregnados de dulce menosprecio por mi ordinaria falta de tinieblas, se retiraron todos y entonces, otra vez, junto a mi poesía volvieron a vivir mujeres y hombres, de nuevo hicieron fuego, construyeron casas, comieron pan, se repartieron la luz y en el amor unieron relámpago y anillo. Y ahora, perdonadme, señores, que interrumpa este cuento que les estoy contando y me vaya a vivir para siempre con la gente sencilla.
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Oda a la crítica
Yo escribí cinco versos: uno verde, otro era un pan redondo, el tercero una casa levantándose, el cuarto era un anillo, el quinto verso era corto como un relámpago y al escribirlo me dejó en la razón su quemadura. Y bien, los hombres, las mujeres, vinieron y tomaron la sencilla materia, brizna, viento, fulgor, barro, madera y con tan poca cosa construyeron paredes, pisos, sueños. En una línea de mi poesía secaron ropa al viento. Comieron mis palabras, las guardaron junto a la cabecera, vivieron con un verso, con la luz que salió de mi costado. Entonces, llegó un crítico mudo y otro lleno de lenguas, y otros, otros llegaron ciegos o llenos de ojos, elegantes algunos como claveles con zapatos rojos, otros estrictamente vestidos de cadáveres, algunos partidarios del rey y su elevada monarquía, otros se habían enredado en la frente de Marx y pataleaban en su barba, otros eran ingleses, sencillamente ingleses, y entre todos se lanzaron con dientes y cuchillos, con diccionarios y otras armas negras, con citas respetables, se lanzaron a disputar mi pobre poesía a las sencillas gentes que la amaban: y la hicieron embudos, la enrollaron, la sujetaron con cien alfileres, la cubrieron con polvo de esqueleto, la llenaron de tinta, la escupieron con suave benignidad de gatos, la destinaron a envolver relojes, la protegieron y la condenaron, le arrimaron petróleo, le dedicaron húmedos tratados, la cocieron con leche, le agregaron pequeñas piedrecitas, fueron borrándole vocales, fueron matándole sílabas y suspiros, la arrugaron e hicieron un pequeño paquete que destinaron cuidadosamente a sus desvanes, a sus cementerios, luego se retiraron uno a uno enfurecidos hasta la locura porque no fui bastante popular para ellos o impregnados de dulce menosprecio por mi ordinaria falta de tinieblas, se retiraron todos y entonces, otra vez, junto a mi poesía volvieron a vivir mujeres y hombres, de nuevo hicieron fuego, construyeron casas, comieron pan, se repartieron la luz y en el amor unieron relámpago y anillo. Y ahora, perdonadme, señores, que interrumpa este cuento que les estoy contando y me vaya a vivir para siempre con la gente sencilla.
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¡Oh, esos cardenales en el Concilio con sus elegantes vestiduras...! Ahí están, deshaciendo el Padre Nuestro, modificándolo a su gusto. El Padre Nuestro como me lo enseñó mi madre quieren que lo rece ahora de otro modo. En cambio ese salmo, ese salmo monstruoso y sanguinario de los Te Deum compuesto siempre por el vencedor, ese salmo tan del gusto de todos los dictadores... ahí está. ¿No le modificáis, no le tacháis... verdad? Os gusta mucho. Como a Franco, a Franco también le gusta mucho. Se lo voy a recordar al mundo. Aquí está: "Gracias, Señor, gracias porque me ayudaste a destruir a mi enemigo. Tú eres el Dios que venga mis agravios y sujeta, debajo de mí, pueblos"...
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Al concilio ecuménico
Diciembre es esta imagen de la lluvia cayendo con rumor de tren, con un olor difuso a carbonilla y campo. Diciembre es un jardín, es una plaza hundida en la ciudad, al final de una noche, y la visión en fuga de unos soportales. Y los ojos inmensos -tizones agrandados- en la cara morena de una cría temblando igual que un gorrión mojado. En la mano sostiene unos zapatos rojos, elegantes, flamantes como un pájaro exótico. El cielo es ***** y gris y rosa en sus extremos, la luz de las farolas un resto amarillento. Bajo un golpe de lluvia, llorando, yo atravieso, innoble como un trapo, mojado hasta los cuernos.
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Del año malo
Somos dos bestias con deseos silvestres, sandias nos llaman porque conquistando nuestro destino a paso fino vamos, sin pedir permiso y sin dar cuentas, damos riendas suelta a quien se piense nuestro dueño y amo. Abriendo camino, vamos cabalgando, el camino corrido detrás vamos dejando. Cada trote nos va preparando para el inevitable cruce atesorado detrás de cada frontera, mas con gran esfuerzo hay que afrontar la senda, para explorar sus aguas y cultivar la tierra. Cada azote nos obliga a bajar la cabeza, para inhalar un suspiro que nos llene de fuerzas, pugnando el desafió con elegancia y braveza. Somos dos bellas bestias con fuerza tan intensas, que la fusta no asusta a nuestra indomable esencia.., al contrario nos empuja a destronar a quien se piensa, que con su fuerza podrá subyugar nuestra bondad y nobleza. Bestias negras, bestias bellas, guiadas por la entraña, escuchando la plegaria del viento, el mar y la tierra, que en cada mañana nos piden que peguemos fuerzas para compartir con ellos parte de nuestra sutileza. Somos dos bestias, suave bruta fuerza que van alelando aquellos príncipes de arabia que buscan contener nuestra rabia con pasiones lerdas, que no inspiran y que no llenan. Nuestro lomo a nadie le pertenece, solo al glorioso polvo que nos enternece, cuando cabalgando a paso fino vamos, zarandeando el camino que evite nuestro paso. Bestias elegantes, dócil, bellas y salvajes, comiendo el pasto de la vida vamos, explorando sierras nunca vistas, recordando con vehemente insistencia… ¡que ni yo soy tu gaucha, ni tú eres mi bestia! Mas por siempre seremos…almas gemelas. LeydisProse 6/4/2018 https://m.facebook.com/LeydisProse//
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Jun 4, 2018
Jun 4, 2018 at 1:41 PM UTC
Dos Bestias
Somos dos bestias con deseos silvestres, sandias nos llaman porque conquistando nuestro destino a paso fino vamos, sin pedir permiso y sin dar cuentas, damos riendas suelta a quien se piense nuestro dueño y amo. Abriendo camino, vamos cabalgando, el camino corrido detrás vamos dejando. Cada trote nos va preparando para el inevitable cruce atesorado detrás de cada frontera, mas con gran esfuerzo hay que afrontar la senda, para explorar sus aguas y cultivar la tierra. Cada azote nos obliga a bajar la cabeza, para inhalar un suspiro que nos llene de fuerzas, pugnando el desafió con elegancia y braveza. Somos dos bellas bestias con fuerza tan intensas, que la fusta no asusta a nuestra indomable esencia.., al contrario nos empuja a destronar a quien se piensa, que con su fuerza podrá subyugar nuestra bondad y nobleza. Bestias negras, bestias bellas, guiadas por la entraña, escuchando la plegaria del viento, el mar y la tierra, que en cada mañana nos piden que peguemos fuerzas para compartir con ellos parte de nuestra sutileza. Somos dos bestias, suave bruta fuerza que van alelando aquellos príncipes de arabia que buscan contener nuestra rabia con pasiones lerdas, que no inspiran y que no llenan. Nuestro lomo a nadie le pertenece, solo al glorioso polvo que nos enternece, cuando cabalgando a paso fino vamos, zarandeando el camino que evite nuestro paso. Bestias elegantes, dócil, bellas y salvajes, comiendo el pasto de la vida vamos, explorando sierras nunca vistas, recordando con vehemente insistencia… ¡que ni yo soy tu gaucha, ni tú eres mi bestia! Mas por siempre seremos…almas gemelas. LeydisProse 6/4/2018 https://m.facebook.com/LeydisProse//
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En este espacio cada uno es capaz de zurcir sus vislumbres y tinieblas árboles me rodean con sus patas de elefante tengo un gong en las sienes memoriosas en un banco como éste cubierto de ramitas mi adolescencia aprendió a dostoievsky y gracias a fernández moreno en chascomús pensó el equivalente de anch'io son'pittore tozudo como la cadencia de un molino latigazo del aire       desairado sé del barro prolijo       los segmentos de cielo las hojas muertas y el gemido o la brisa no es un refugio pero da amparo oasis ecológico con vista a la jornada sin la miseria huésped en los lindes pero con frisos de jactancia y humo siempre me anima su propuesta de verdes y la disfruto como si fuera un insomnio de esos que transitan por los amores de la piel proclive a tantas otras ceremonias también me conforta su condición de isla eco querellante del simulacro organizado por fortuna libre de viejas simetrías ya que sus canteros fingen otra retórica lujo del pobre entre los opulentos galaxia de jubilados y niñeras y seminaristas autoflagelados que salen a respirar con los gorriones siempre acudo a vos en peregrinación plaza san martín de los pastitos elegantes y de las muchachas que aprenden a besar con los ojos cerrados       como en el cine
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Plaza san martín