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Almendra Isabel Jun 2014
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Creyeron que era pálida, luego
la encontraron más viva que el
susurro colorido de un árbol de almendra,
estaba ahí llena de figuras de luz
paseándose como cisnes por su frente, entre
la gente, la espesa llama clara de sus pasos
fue inspirando a cada músico, a cada pintor
a cada hombre de traje de lino que caminaba
por el bulevar de los ángeles rotos, creyeron
que su voz era débil, mas cuando la escucharon
una trompeta de caballería anuncio su coro,
tenía tanto esplendor que hubiera dado le vida
a los hombres de piedra, y susurrar sus nombres
era el sabor de un almendro en los labios llenos
de ocasión para el disturbio de la inspiración,
en sus manos se formaban espigas de trigo
lleno de miel, de su espalda podían nacer
tanto gladiolos como destellantes oxidianas suaves,
creyeron que estaba dormida, pero ella ya andaba volando.
En el fin del mundo, frente a un paisaje de ojos inmensos, adormecidos pero aún chisporroteantes, aún destellantes, me miras con tu mirada última -la mirada que pierde cielo-. La playa se cubre de miradas absortas, escamas resplandecientes. Se retira la ola de oro líquido. Tendida sobre la lava que huye, eres un gran témpano lunar que enfila hacia el ay, un pedazo de estrella que cintila en la boca del cráter. En tu lecho vertiginoso te enciendes y apagas. Tu caída me arrastra, oh herida que parpadea, oh círculo que cierra sus pestañas, oh negrura que se abre, despeñadero en cuyo fondo nace un astro de hielo. Desde tu caer me contemplas con tu primer mirada -la mirada que pierde suelo-. Y tu mirar se prende al mío. Te sostienen en vilo mis ojos, como la luna a la marea encendida. A tus pies la espuma degollada canta el canto de la noche que empieza.

— The End —