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"cuero" poems
Ministril de las ronchas y picadas, Mosquito postillón, Mosca barbero, Hecho me tienes el testuz harnero Y deshecha la cara a manotadas. Trompetilla que toca a bofetadas, Que vienes con rejón contra mi cuero, Cupido pulga, Chinche trompetero Que vuelas comezones amoladas, ¿Por qué me avisas si picarme quieres? Que pues que das dolor a los que cantas, De Casta y condición de potras eres. Tú vuelas y tú picas y tú espantas Y aprendes del cuidado y las mujeres A malquistar el sueño con las mantas.
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Al mosquito de la trompetilla
Preguntaréis: Y dónde están las lilas? Y la metafísica cubierta de amapolas? Y la lluvia que a menudo golpeaba sus palabras llenándolas de agujeros y pájaros? Os voy a contar todo lo que me pasa. Yo vivía en un barrio de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles. Desde allí se veía el rostro seco de Castilla como un océano de cuero.                                           Mi casa era llamada la casa de las flores, porque por todas partes estallaban geranios: era una bella casa con perros y chiquillos.                                   Raúl, te acuerdas? Te acuerdas, Rafael?                                 Federico, te acuerdas debajo de la tierra, te acuerdas de mi casa con balcones en donde la luz de junio ahogaba flores en tu boca?                                                                 Hermano, hermano! Todo eran grandes voces, sal de mercaderías, aglomeraciones de pan palpitante, mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua como un tintero pálido entre las merluzas: el aceite llegaba a las cucharas, un profundo latido de pies y manos llenaba las calles, metros, litros, esencia aguda de la vida,                           pescados hacinados, contextura de techos con sol frío en el cual la flecha se fatiga, delirante marfil fino de las patatas, tomates repetidos hasta el mar. Y una mañana todo estaba ardiendo y una mañana las hogueras salían de la tierra devorando seres, y desde entonces fuego, pólvora desde entonces, y desde entonces sangre. Bandidos con aviones y con moros, bandidos con sortijas y duquesas, bandidos con frailes negros bendiciendo venían por el cielo a matar niños, y por las calles la sangre de los niños corría simplemente, como sangre de niños. Chacales que el chacal rechazaría, piedras que el cardo seco mordería escupiendo, víboras que las víboras odiaran! Frente a vosotros he visto la sangre de España levantarse para ahogaros en una sola ola de orgullo y de cuchillos! Generales traidores: mirad mi casa muerta, mirad España rota: pero de cada casa muerta sale metal ardiendo en vez de flores, pero de cada hueco de España sale España, pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos, pero de cada crimen nacen balas que os hallarán un día el sitio del corazón. Preguntaréis por qué su poesía no nos habla del sueño, de las hojas, de los grandes volcanes de su país natal? Venid a ver la sangre por las calles venid a ver la sangré por las calles, venid a ver la sangre por las calles!
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Explico algunas cosas
Preguntaréis: Y dónde están las lilas? Y la metafísica cubierta de amapolas? Y la lluvia que a menudo golpeaba sus palabras llenándolas de agujeros y pájaros? Os voy a contar todo lo que me pasa. Yo vivía en un barrio de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles. Desde allí se veía el rostro seco de Castilla como un océano de cuero.                                           Mi casa era llamada la casa de las flores, porque por todas partes estallaban geranios: era una bella casa con perros y chiquillos.                                   Raúl, te acuerdas? Te acuerdas, Rafael?                                 Federico, te acuerdas debajo de la tierra, te acuerdas de mi casa con balcones en donde la luz de junio ahogaba flores en tu boca?                                                                 Hermano, hermano! Todo eran grandes voces, sal de mercaderías, aglomeraciones de pan palpitante, mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua como un tintero pálido entre las merluzas: el aceite llegaba a las cucharas, un profundo latido de pies y manos llenaba las calles, metros, litros, esencia aguda de la vida,                           pescados hacinados, contextura de techos con sol frío en el cual la flecha se fatiga, delirante marfil fino de las patatas, tomates repetidos hasta el mar. Y una mañana todo estaba ardiendo y una mañana las hogueras salían de la tierra devorando seres, y desde entonces fuego, pólvora desde entonces, y desde entonces sangre. Bandidos con aviones y con moros, bandidos con sortijas y duquesas, bandidos con frailes negros bendiciendo venían por el cielo a matar niños, y por las calles la sangre de los niños corría simplemente, como sangre de niños. Chacales que el chacal rechazaría, piedras que el cardo seco mordería escupiendo, víboras que las víboras odiaran! Frente a vosotros he visto la sangre de España levantarse para ahogaros en una sola ola de orgullo y de cuchillos! Generales traidores: mirad mi casa muerta, mirad España rota: pero de cada casa muerta sale metal ardiendo en vez de flores, pero de cada hueco de España sale España, pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos, pero de cada crimen nacen balas que os hallarán un día el sitio del corazón. Preguntaréis por qué su poesía no nos habla del sueño, de las hojas, de los grandes volcanes de su país natal? Venid a ver la sangre por las calles venid a ver la sangré por las calles, venid a ver la sangre por las calles!
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Si hubiera de morir dentro de unos instantes, escribiría estas sabias palabras: árbol del pan y de la miel, ruibarbo, cocacola, zonite, cruz gamada. Y me echaría a llorar. Uno puede llorar hasta con la palabra «excusado» si tiene ganas de llorar. Y esto es lo que hoy me pasa. Estoy dispuesto a perder hasta las uñas, a sacarme los ojos y exprimirlos como limones sobre la taza de café. («Te convido a una taza de café con cascaritas de ojo, corazón mío»). Antes de que caiga sobre mi lengua el hielo del silencio, antes de que se raje mi garganta y mi corazón se desplome como una bolsa de cuero, quiero decirte, vida mía, lo agradecido que estoy, por este hígado estupendo que me dejó comer todas tus rosas, el día que entré a tu jardín oculto sin que nadie me viera. Lo recuerdo. Me llené el corazón de diamantes -que son estrellas caídas y envejecidas en el polvo de la tierra- y lo anduve sonando como una sonaja mientras reía. No tengo otro rencor que el que tengo, y eso porque pude nacer antes y no lo hiciste. No pongas el amor en mis manos como un pájaro muerto.
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Aleluya
Mejor será no regresar al pueblo, al edén subvertido que se calla en la mutilación de la metralla. Hasta los fresnos mancos, los dignatarios de cúpula oronda, han de rodar las quejas de la torre acribillada en los vientos de fronda. Y la fusilería grabó en la cal de todas las paredes de la aldea espectral, negros y aciagos mapas, porque en ellos leyese el hijo pródigo al volver a su umbral en un anochecer de maleficio, a la luz de petróleo de una mecha su esperanza deshecha. Cuando la tosca llave enmohecida tuerza la chirriante cerradura, en la añeja clausura del zaguán, los dos púdicos medallones de yeso, entornando los párpados narcóticos, se mirarán y se dirán: «¿Qué es eso?» Y yo entraré con pies advenedizos hasta el patio agorero en que hay un brocal ensimismado, con un cubo de cuero goteando su gota categórica como un estribillo plañidero. Si el sol inexorable, alegre y tónico, hace hervir a las fuentes catecúmenas en que bañábase mi sueño crónico; si se afana la hormiga; si en los techos resuena y se fatiga de los buches de tórtola el reclamo que entre las telarañas zumba y zumba; mi sed de amar será como una argolla empotrada en la losa de una tumba. Las golondrinas nuevas, renovando con sus noveles picos alfareros los nidos tempraneros; bajo el ópalo insigne de los atardeceres monacales, el lloro de recientes recentales por la ubérrima ubre prohibida de la vaca, rumiante y faraónica, que al párvulo intimida; campanario de timbre novedoso; remozados altares; el amor amoroso de las parejas pares; noviazgos de muchachas frescas y humildes, como humildes coles, y que la mano dan por el postigo a la luz de dramáticos faroles; alguna señorita que canta en algún piano alguna vieja aria; el gendarme que pita... ...Y una íntima tristeza reaccionaria.
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El retorno maléfico
Mejor será no regresar al pueblo, al edén subvertido que se calla en la mutilación de la metralla. Hasta los fresnos mancos, los dignatarios de cúpula oronda, han de rodar las quejas de la torre acribillada en los vientos de fronda. Y la fusilería grabó en la cal de todas las paredes de la aldea espectral, negros y aciagos mapas, porque en ellos leyese el hijo pródigo al volver a su umbral en un anochecer de maleficio, a la luz de petróleo de una mecha su esperanza deshecha. Cuando la tosca llave enmohecida tuerza la chirriante cerradura, en la añeja clausura del zaguán, los dos púdicos medallones de yeso, entornando los párpados narcóticos, se mirarán y se dirán: «¿Qué es eso?» Y yo entraré con pies advenedizos hasta el patio agorero en que hay un brocal ensimismado, con un cubo de cuero goteando su gota categórica como un estribillo plañidero. Si el sol inexorable, alegre y tónico, hace hervir a las fuentes catecúmenas en que bañábase mi sueño crónico; si se afana la hormiga; si en los techos resuena y se fatiga de los buches de tórtola el reclamo que entre las telarañas zumba y zumba; mi sed de amar será como una argolla empotrada en la losa de una tumba. Las golondrinas nuevas, renovando con sus noveles picos alfareros los nidos tempraneros; bajo el ópalo insigne de los atardeceres monacales, el lloro de recientes recentales por la ubérrima ubre prohibida de la vaca, rumiante y faraónica, que al párvulo intimida; campanario de timbre novedoso; remozados altares; el amor amoroso de las parejas pares; noviazgos de muchachas frescas y humildes, como humildes coles, y que la mano dan por el postigo a la luz de dramáticos faroles; alguna señorita que canta en algún piano alguna vieja aria; el gendarme que pita... ...Y una íntima tristeza reaccionaria.
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¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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La sangre derramada
¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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Lago Budi, sombrío, pesada piedra oscura, agua entre grandes bosques insepulta, allí te abrías como puerta subterránea cerca del solitario mar del fin del mundo. Galopábamos por la infinita arena junto a las millonarias espumas derramadas, ni una casa, ni un hombre, ni un caballo, sólo el tiempo pasaba y aquella orilla verde y blanca, aquel océano. Luego hacia las colinas y, de pronto, el lago, el agua dura y escondida, compacta luz, alhaja del anillo terrestre. Un vuelo blanco y ***** los cisnes ahuyentaron largos cuellos nocturnos, patas de cuero rojo, y la nieve serena volando sobre el mundo. Oh vuelo desde el agua equivalente, mil cuerpos destinados a la inmóvil belleza como la transparente permanencia del lago. De pronto todo fue carrera sobre el agua, movimiento, sonido, torres de luna llena, y luego alas salvajes que desde el torbellino se hicieron orden, vuelo, magnitud sacudida, y luego ausencia, un temblor blanco en el vacío.
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El lago de los cisnes
Madre, yo al oro me humillo, Él es mi amante y mi amado, Pues de puro enamorado De contino anda amarillo. Que pues doblón o sencillo Hace todo cuanto quiero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Nace en las Indias honrado, Donde el Mundo le acompaña; Viene a morir en España, Y es en Génova enterrado. Y pues quien le trae al lado Es hermoso, aunque sea fiero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Es galán, y es como un oro, Tiene quebrado el color, Persona de gran valor, Tan Cristiano como Moro. Pues que da y quita el decoro Y quebranta cualquier fuero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Son sus padres principales, Y es de nobles descendiente, Porque en las venas de Oriente Todas las sangres son Reales. Y pues es quien hace iguales Al duque y al ganadero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Mas ¿a quién no maravilla Ver en su gloria, sin tasa, Que es lo menos de su casa Doña Blanca de Castilla? Pero pues da al bajo silla Y al cobarde hace guerrero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Sus escudos de Armas nobles Son siempre tan principales, Que sin sus Escudos Reales No hay Escudos de armas dobles. Y pues a los mismos robles Da codicia su minero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Por importar en los tratos Y dar tan buenos consejos, En las Casas de los viejos Gatos le guardan de gatos. Y pues él rompe recatos Y ablanda al juez más severo, Poderoso Caballero Es don Dinero.Y es tanta su majestad (Aunque son sus duelos hartos), Que con haberle hecho cuartos, No pierde su autoridad. Pero pues da calidad Al noble y al pordiosero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Nunca vi Damas ingratas A su gusto y afición, Que a las caras de un doblón Hacen sus caras baratas. Y pues las hace bravatas Desde una bolsa de cuero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Más valen en cualquier tierra, (Mirad si es harto sagaz) Sus escudos en la paz Que rodelas en la guerra. Y pues al pobre le entierra Y hace proprio al forastero, Poderoso Caballero Es don Dinero.
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Letrilla satírica:
Madre, yo al oro me humillo, Él es mi amante y mi amado, Pues de puro enamorado De contino anda amarillo. Que pues doblón o sencillo Hace todo cuanto quiero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Nace en las Indias honrado, Donde el Mundo le acompaña; Viene a morir en España, Y es en Génova enterrado. Y pues quien le trae al lado Es hermoso, aunque sea fiero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Es galán, y es como un oro, Tiene quebrado el color, Persona de gran valor, Tan Cristiano como Moro. Pues que da y quita el decoro Y quebranta cualquier fuero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Son sus padres principales, Y es de nobles descendiente, Porque en las venas de Oriente Todas las sangres son Reales. Y pues es quien hace iguales Al duque y al ganadero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Mas ¿a quién no maravilla Ver en su gloria, sin tasa, Que es lo menos de su casa Doña Blanca de Castilla? Pero pues da al bajo silla Y al cobarde hace guerrero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Sus escudos de Armas nobles Son siempre tan principales, Que sin sus Escudos Reales No hay Escudos de armas dobles. Y pues a los mismos robles Da codicia su minero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Por importar en los tratos Y dar tan buenos consejos, En las Casas de los viejos Gatos le guardan de gatos. Y pues él rompe recatos Y ablanda al juez más severo, Poderoso Caballero Es don Dinero.Y es tanta su majestad (Aunque son sus duelos hartos), Que con haberle hecho cuartos, No pierde su autoridad. Pero pues da calidad Al noble y al pordiosero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Nunca vi Damas ingratas A su gusto y afición, Que a las caras de un doblón Hacen sus caras baratas. Y pues las hace bravatas Desde una bolsa de cuero, Poderoso Caballero Es don Dinero.Más valen en cualquier tierra, (Mirad si es harto sagaz) Sus escudos en la paz Que rodelas en la guerra. Y pues al pobre le entierra Y hace proprio al forastero, Poderoso Caballero Es don Dinero.
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¿Por qué es difícil la poesía? Como de un venero brotan, luego perdidos en demasía, versos al estanque de descartes, ¡tantos que creo se agotan! Mas, ¿por qué no gozan de escaño en la verbal melodía? Alma que al papel hiere con arte deja como sello un verso. Sea eso sólo cierto en parte, no sé si el folio terso como el cuero se ha visto curtido, o es de mi pluma fallo, cubierta por azafrán de marte, o soy yo que mi alma he perdido, pues de lineas queda el papel vestido y poesía en ellas no hallo.
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Dec 8, 2015
Dec 8, 2015 at 7:55 AM UTC
¿Por qué es difícil la poesía?
La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos. Un rayo de luz violenta que se escapaba de la herida proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto. La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban, pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos. Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas. Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca. Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos. Un sastre especialista en púrpura había encerrado a tres santas mujeres y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana. Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco, que lloraba porque al alba tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja. ¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina! ¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxíden los planetas! Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse. Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron: Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche. La muchedumbre cerraba las puertas y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros. Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de perdigones, dijeron los fariseos. Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo. Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida. Porque la luna lavó con agua las quemaduras de los caballos y no la niña viva que callaron en la arena. Entonces salieron los fríos cantando sus canciones y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del rio. Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita no nos dejará dormir, dijeron los fariseos, y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios mientras la sangre los seguía con un balido de cordero. Fue entonces y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.
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Crucifixión
La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos. Un rayo de luz violenta que se escapaba de la herida proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto. La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban, pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos. Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas. Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca. Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos. Un sastre especialista en púrpura había encerrado a tres santas mujeres y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana. Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco, que lloraba porque al alba tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja. ¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina! ¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxíden los planetas! Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse. Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron: Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche. La muchedumbre cerraba las puertas y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros. Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de perdigones, dijeron los fariseos. Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo. Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida. Porque la luna lavó con agua las quemaduras de los caballos y no la niña viva que callaron en la arena. Entonces salieron los fríos cantando sus canciones y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del rio. Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita no nos dejará dormir, dijeron los fariseos, y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios mientras la sangre los seguía con un balido de cordero. Fue entonces y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.
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Ya en los campos de Jaén, amanece. Corre el tren por sus brillantes rieles, devorando matorrales, alcaceles, terraplenes, pedregales, olivares, caseríos, praderas y cardizales, montes y valles sombríos. Tras la turbia ventanilla, pasa la devanadera del campo de primavera. La luz en el techo brilla de mi vagón de tercera. Entre nubarrones blancos, oro y grana; la niebla de la mañana huyendo por los barrancos. ¡Este insomne sueño mío! ¡Este frío de un amanecer en vela!... Resonante, jadeante, marcha el tren. El campo vuela. Enfrente de mí, un señor sobre su manta dormido; un fraile y un cazador -el perro a sus pies tendido-. Yo contemplo mi equipaje, mi viejo saco de cuero; y recuerdo otro viaje hacia las tierras del Duero. Otro viaje de ayer por la tierra castellana -¡pinos del amanecer entre Almazán y Quintana!- ¡Y alegría de un viajar en compañía! ¡Y la unión que ha roto la muerte un día! ¡Mano fría que aprietas mi corazón! Tren, camina, silba, humea, acarrea tu ejército de vagones, ajetrea maletas y corazones. Soledad, sequedad. Tan pobre me estoy quedando que ya ni siquiera estoy conmigo, ni sé si voy conmigo a solas viajando.
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Otro viaje
Hay algo denso, unido, sentado en el fondo, repitiendo su número, su señal idéntica. Cómo se nota que las piedras han tocado el tiempo, en su fina materia hay olor a edad, y el agua que trae el mar, de sal y sueño. Me rodea una misma cosa, un solo movimiento: el peso del mineral, la luz de la piel, se pegan al sonido de la palabra noche: la tinta del trigo, del marfil, del llanto, las cosas de cuero, de madera, de lana, envejecidas, desteñidas, uniformes, se unen en torno a mí como paredes. Trabajo sordamente, girando sobre mí mismo, como el cuervo sobre la muerte, el cuervo de luto. Pienso, aislado en lo extenso de las estaciones, central, rodeado de geografía silenciosa: una temperatura parcial cae del cielo, un extremo imperio de confusas unidades se reúne rodeándome.
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Unidad
1. El cuero arde cómo arde el cartón, como arde el presente, en los dos hemisferios Hay lugares donde los pies protestan, donde la impuntualidad es menos sutil   y se disfraza con vernáculas y un buen traje   Lugares donde hablan tu lengua y donde hablan las mías mientras se sirven un plato de comida antes de despedirse y ir por su día Donde se enfrían los pies, y coreo un rio rojo Donde se escurre la vida sagrada en un palomar de discordia 2. Ahí nadie vuela yo quisiera decirles que de ese recinto ninguna persona toma vuelo Sin falta de acuerdo, nadie vuela y cielo azul, azul de ahí se ve lejos De ahí veo las manos de los viejos levantadas hacia cielo en balanceo y me quiero ir. Camino hacia mi madre. <<de aquí nadie vuela>> le susurro a ella    en el oído pero ella levanta sus manos más alto y me ignora Me trago mi nudo de garganta, y decido ir me, pues de aquí no e de volar 3. El creer es necesario-fe cómo es necesario el hacer-acción Dos hemisferios, en un solo mundo y tú plenitude de vida acatan la flor de esperanza en mi corazón. Se que todo vuela, cuando viene el viento del cambió.
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Nov 12, 2019
Nov 12, 2019 at 2:25 AM UTC
Un Mundo Con Dos Hemisferios (flor de esperanza)
que poca mentiras tenes de chiquito a chechuas: Lyrical y poeta Poeta y lyrical Media luna y cracked jokes Cakes and misfit animals Se van a open para vergasos Los movemos antes de llegar Muebles no carga Sangre equivocada de cuero Boludo Los libros se cargan solos Poeta Los libros en las tinieblas de la mente Poeta Girando sin parar la cabeza va Después de todo es más que un sonido Todo lo bonito se admira de repente Todo lo feo se arrepiente uno despues Que es lo interesante de tu pareja: Baudelier, se sintió frío al escribír sus poemas o estoy mintiendo. No podemos rescatar la madre de la sabiduría.
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Oct 5, 2018
Oct 5, 2018 at 12:30 PM UTC
Bardo y sana
Por quietas calles andaba Juanita Fernández, que era muchacha como de pájaros y naranjas y colmenas. Nadie veía su guardia callada de serafines, nadie veía en sus sienes, invisible, el arco iris. Nadie, ni padre, ni madre, ni parientes, ni padrinos, sabía que a aquella niña la había marcado el Destino. «¡Qué inteligente, Juanita! ¡Qué fina piel de durazno! ¡Qué dos ojos de lucero en un cielo de verano!» Y andaba Juanita, andaba, con sus muñecas, su perro Tilo y sus libros de estudio por las callejas del pueblo. Andaba Juanita, andaba, con su ángel de custodia, y su pobreza tan rica y sus ensueños de novia. Primero, novia del aire, y después, de un capitán. Andaba Juanita, andaba, y era rica más y más. ¿Qué importan la casa pobre, los vestidos de algodones, los zapatitos de cuero, la blusa sin prendedores? Veinte años casi sin crónica con sólo el hijo y la paz de sus versos y sus flores de alambres y de cambray. Alegre, tierna y callada, amante y sin ambición, gorjeaba en cantos y canto de vida y callado amor. Ya sobre el pecho una estrella, ya otra más sobre la sien, ya mil clarines al viento y el toque de somatén. Ya el llanto por sus mejillas, ya grises fuegos su luna. Mañanas de helada niebla, noches a desvelo y bruma. Ya zapatos de gamuza y vestidos de París. Ya la sonrisa perdida, ya el deseo de morir. El amor, como una rosa; la vida, cáliz y cruz. Tilo, borrado en la sombra, brumosa la Cruz del Sur. Y en su Río de la Plata sólo el barco de su fe, aunque sigan los clarines y el toque de somatén. ¡Qué sola y sola Juanita en su casona vacía! América por sus salas pasa, y Juanita perdida. Ya no sabe de laureles ni de nardos en el alba. Traen orquídeas a sus manos y mendiga un vaso de agua. Secreto, ¡ay secreto, oh Dios, oculto el romance puro! Vela el ángel con su túnica el préstamo sin futuro. Y cuando muera Juanita a gritos todos dirán que fue bendito aquel día ocho de Marzo, San Juan de Dios, en tierras de Melo que la historia alabará. Y ha de dormirse llevando sobre la mortaja un sol: el de un amor silencioso que nadie le adivinó.
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Autorromance de juanita fernández
Por quietas calles andaba Juanita Fernández, que era muchacha como de pájaros y naranjas y colmenas. Nadie veía su guardia callada de serafines, nadie veía en sus sienes, invisible, el arco iris. Nadie, ni padre, ni madre, ni parientes, ni padrinos, sabía que a aquella niña la había marcado el Destino. «¡Qué inteligente, Juanita! ¡Qué fina piel de durazno! ¡Qué dos ojos de lucero en un cielo de verano!» Y andaba Juanita, andaba, con sus muñecas, su perro Tilo y sus libros de estudio por las callejas del pueblo. Andaba Juanita, andaba, con su ángel de custodia, y su pobreza tan rica y sus ensueños de novia. Primero, novia del aire, y después, de un capitán. Andaba Juanita, andaba, y era rica más y más. ¿Qué importan la casa pobre, los vestidos de algodones, los zapatitos de cuero, la blusa sin prendedores? Veinte años casi sin crónica con sólo el hijo y la paz de sus versos y sus flores de alambres y de cambray. Alegre, tierna y callada, amante y sin ambición, gorjeaba en cantos y canto de vida y callado amor. Ya sobre el pecho una estrella, ya otra más sobre la sien, ya mil clarines al viento y el toque de somatén. Ya el llanto por sus mejillas, ya grises fuegos su luna. Mañanas de helada niebla, noches a desvelo y bruma. Ya zapatos de gamuza y vestidos de París. Ya la sonrisa perdida, ya el deseo de morir. El amor, como una rosa; la vida, cáliz y cruz. Tilo, borrado en la sombra, brumosa la Cruz del Sur. Y en su Río de la Plata sólo el barco de su fe, aunque sigan los clarines y el toque de somatén. ¡Qué sola y sola Juanita en su casona vacía! América por sus salas pasa, y Juanita perdida. Ya no sabe de laureles ni de nardos en el alba. Traen orquídeas a sus manos y mendiga un vaso de agua. Secreto, ¡ay secreto, oh Dios, oculto el romance puro! Vela el ángel con su túnica el préstamo sin futuro. Y cuando muera Juanita a gritos todos dirán que fue bendito aquel día ocho de Marzo, San Juan de Dios, en tierras de Melo que la historia alabará. Y ha de dormirse llevando sobre la mortaja un sol: el de un amor silencioso que nadie le adivinó.
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Sueño con una Navidad correcta y alegre Nunca sueño con una Navidad blanca o nevada Es muy resbaladizo y traicionero cuando nieva Para ir a la iglesia uso zapatos de cuero Y es fácil caerse y lastimarse No quiero romper tu corazón Al decir que esa blanca Navidad No es un momento divertido o alegre. Pero la misa de medianoche Por supuesto, es un momento feliz. Me encantan los villancicos La música góspel, las decoraciones y cuando doblan las campanas Me encanta una Navidad cálida y alegre en el estado del sol, en Florida Donde sea seco, atractivo y agradable. Es como tener una cita Con la Madre Naturaleza. El clima no es malhumorado ni sombrío Los niños juegan con sus regalos y todos parecen felices No sueño con una Navidad blanca o nevada ¡Oh, Jo, Jo, Jo! Me encanta una Navidad correcta y alegre. PD. Traduccíon de ‘ A Right And Jolly Christmas’ por Hébert Logerie Copyright © diciembre de 2023, Hébert Logerie, Todos los derechos reservados. Hébert Logerie es autor de varias colecciones de poemas.
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Dec 23, 2024
Dec 23, 2024 at 10:35 AM UTC
Una Navidad Correcta Y Alegre
El viento de la estación, el viento verde, cargado de espacio y agua, entendido en desdichas, arrolla su bandera de lúgubre cuero: y de una desvanecida substancia, como dinero de limosna, así, plateado, frío, se ha cobijado un día, frágil como la espada de cristal de un gigante entre tantas fuerzas que amparan su suspiro que teme, su lágrima al caer, su arena inútil, rodeado de poderes que cruzan y crujen, como un hombre desnudo en una batalla, levantando su ramo blanco, su certidumbre incierta, su gota de sal trémula entre lo invadido. Qué reposo emprender, qué pobre esperanza amar, con tan débil llama y tan fugitivo fuego? Contra qué levantar el hacha hambrienta? De qué materia desposeer, huir de qué rayo? Su luz apenas hecha de longitud y temblor arrastra como cola de traje de novia triste aderezada de sueño mortal y palidez. Porque todo aquello que la sombra tocó y ambicionó el desorden, gravita, líquido, suspendido, desprovisto de paz, indefenso entre espacios, vencido de muerte. Ay, y es el destino de un día que fue esperado, hacia el que corrían cartas, embarcaciones, negocios, morir, sedentario y húmedo, sin su propio cielo. Dónde está su toldo de olor, su profundo follaje, su rápido celaje de brasa, su respiración viva? Inmóvil, vestido de un fulgor moribundo y una escama opaca,, verá partir la lluvia sus mitades y al viento nutrido de aguas atacarlas.
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Monzón de mayo
Vaquillona con cuero y un vinillo, de Mendoza, notable. -¡A la criolla, amigo! el dueño de la estancia. -¡A la criolla, Señor! la esposa, en sus percales. -¡A la criolla, Don! un peón malicioso. Un amigo: -¡A la criolla, che Fernández! Blando en la diestra una costilla pingüe, larga y curvada como un viejo sable.
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Carne con cuero
Me pondría las botas con ***** de acero, llenas de lodo para machacarte la cabeza contra el cemento Y finalmente exhalar el humo que me metiste y aún cargo dentro Porque sé que me dirías que en vez de saltarte encima debería patearte Porque arriba de ti no causo daño Ya me lo decías tú Quisiera agarrarte del pelo Arrancarte el cuero cabelludo como peluca de ortiga Atarte a un poste de luz en un callejón oscuro Azotarte con tu pelo y cubrirte de tu propia caspa Deslizar la navaja para abrirte una sonrisa Aunque no soportaría tus gritos, solo por eso no lo haría. Exprimirte las manos sudorosas Y ensanchar el mar de distancia entre tu padre y tú Ya calva, te arrastraría al barrio para condenarte a trabajar de cajera Y a no conocer a nadie que guste del arte el resto de tu mugrosa vida.
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Aug 16, 2024
Aug 16, 2024 at 3:59 PM UTC
Odio
A la Discordia bélica y al rudo Ares... Anciano ya soy; por eso ayúdame para colgar mi escudo de este poste, y mis armas melladas y mi rudo casco roto, que en lides siempre llevé yo ufano. Este arco también cuelga. Pues no querrás en vano que el cáñamo en él tuerza, porque brazo membrudo y fuerte, su madera jamás doblegar pudo. ¿O esperas que la cuerda logre templar mi mano? También, para colgado, toma el carcaj de cuero donde tus ojos buscan las flechas del arquero que el viento del combate con su furor dispersa. Está vacío, es cierto, pero serán halladas: búscalas en el campo de Maratón. Del Persa en la garganta, un día, quedáronse clavadas.
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