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"contesta" poems
∆. Solo Sin ti. En aislamiento, interrupción, solo sin ti Veranos pasan por mi ventana sin luz Dos inviernos al año, es un gris confeti Mas tu presencia en mi mente permanece Me has arrebatado, ladrona in fraganti Mi corazón de su trono abenuz Al sentir el auge, supe incontinenti Que de tu abundante cabello de ónice Y tu personalidad me convertí En un fiel devoto bajo mi capuz Y bajo mi capuz yo me prometí Jamás manifestar que de ti fui yo un cómplice. No. No me quedaré abajo ahora Hablaré, lo diré, prepárate Ya he pasado por esta acera Esta vez yo llegaré al final Esta vez no habrá perdedora Por esta vez seré yo el valiente Te diré que el día no dura Con nuestra conexión mental No hace falta ni una palabra. No espero un sí, solo contesta Tú en tu vida y no te preocupes Yo no quiero meter la pata En tus asuntos y problemas Y si me dejas, señorita Entrar en todos tus rincones Prometo no ser un hipócrita Estaré hasta el fin de los días No temas, que soy optimista. Si el corazón Es a tu fruta Soy yo el tazón Esto es la fiesta Nosotros el son.
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May 26, 2013
May 26, 2013 at 10:13 PM UTC
Elusive, Noisy Ode
Mientras haya alguna ventana abierta, ojos que vuelven del sueño, otra mañana que empieza. Mar con olas trajineras -mientras haya- trajinantes de alegrías, llevándolas y trayéndolas. Lino para la hilandera, árboles que se aventuren, -mientras haya- y viento para la vela. Jazmín, clavel, azucena, donde están, y donde no en los nombres que los mientan. Mientras haya sombras que la sombra niegan, pruebas de luz, de que es luz todo el mundo, menos ellas. Agua como se la quiera -mientras haya- voluble por el arroyo, fidelísima en la alberca. Tanta fronda en la sauceda, tanto pájaro en las ramas -mientras haya- tanto canto en la oropéndola. Un mediodía que acepta serenamente su sino que la tarde le revela. Mientras haya quien entienda la hoja seca, falsa elegía, preludio distante a la primavera. Colores que a sus ausencias -mientras haya- siguiendo a la luz se marchan y siguiéndola regresan. Diosas que pasan ligeras pero se dejan un alma -mientras haya- señalada con sus huellas. Memoria que le convenza a esta tarde que se muere de que nunca estará muerta. Mientras haya trasluces en la tiniebla, claridades en secreto, noches que lo son apenas. Susurros de estrella a estrella -mientras haya- Casiopea que pregunta y Cisne que la contesta. Tantas palabras que esperan, invenciones, clareando -mientras haya- amanecer de poema. Mientras haya lo que hubo ayer, lo que hay hoy, lo que venga.
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Confianza
Patas de perro con mi primacho Miguel en Pereira, buscando un hotel pa pagar la estancia de una cuartico cerca al centro o a poca distancia del burdel.   Nos tomamos un jugo de caña y como ya tengo la maldita maña, llamamos al Toro porque sin esa hierbita jamás cerraría pestaña Dándole vueltas al centro, esperándolo a él Vi un lindo edificio y le dije a Miguel: "un segundo hermano que me   gustó ese hotel, voy a entrar a   ver si hay cupo" y a cuánto estaba una noche en aquél. Me mira bien serio y me deja pasar quedándose afuera pa disimular. "Buenas tardes caballero, bien pueda... ¿En que le puedo servir?" "Busco un cuartico que mi primo   y yo pensamos quedarnos en   Pereira esta noche, ¿a cuánto   están?" ¿Cómo así? me contesta y como creía que no me había entendido... repiti la encuesta.   Otra vez ....¿Cómo así? En eso momento, que pendejo te cuento, me di cuenta que no era un hotel. De un salón a la izquierda salían los llantos seguidos por un desfile en ***** de luto..... y yo hijueputa ¡"que bruto"! Volteaba a ver si el primo ya sabía que pasaba cuando soltó la gran carcajada.   Huí sin mu decir buscando la risa de Miguel que decía uy... ¿que pasó no es hotel? Pero se la hice también cuando nos recogió el torito y comenzamos a fumar y fumar. Tantos baretos estilo Bob Marley que ya no nos podíamos ver. Cuando se escapó todo el humo Miguel se detuvo antes de casi caer.   Con ojos cruzados y labios babeados empecé a burlarme también.
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Aug 24, 2018
Aug 24, 2018 at 1:06 AM UTC
El hotel de Pereira
Patas de perro con mi primacho Miguel en Pereira, buscando un hotel pa pagar la estancia de una cuartico cerca al centro o a poca distancia del burdel.   Nos tomamos un jugo de caña y como ya tengo la maldita maña, llamamos al Toro porque sin esa hierbita jamás cerraría pestaña Dándole vueltas al centro, esperándolo a él Vi un lindo edificio y le dije a Miguel: "un segundo hermano que me   gustó ese hotel, voy a entrar a   ver si hay cupo" y a cuánto estaba una noche en aquél. Me mira bien serio y me deja pasar quedándose afuera pa disimular. "Buenas tardes caballero, bien pueda... ¿En que le puedo servir?" "Busco un cuartico que mi primo   y yo pensamos quedarnos en   Pereira esta noche, ¿a cuánto   están?" ¿Cómo así? me contesta y como creía que no me había entendido... repiti la encuesta.   Otra vez ....¿Cómo así? En eso momento, que pendejo te cuento, me di cuenta que no era un hotel. De un salón a la izquierda salían los llantos seguidos por un desfile en ***** de luto..... y yo hijueputa ¡"que bruto"! Volteaba a ver si el primo ya sabía que pasaba cuando soltó la gran carcajada.   Huí sin mu decir buscando la risa de Miguel que decía uy... ¿que pasó no es hotel? Pero se la hice también cuando nos recogió el torito y comenzamos a fumar y fumar. Tantos baretos estilo Bob Marley que ya no nos podíamos ver. Cuando se escapó todo el humo Miguel se detuvo antes de casi caer.   Con ojos cruzados y labios babeados empecé a burlarme también.
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Hoy son las manos la memoria. El alma no se acuerda, está dolida de tanto recordar. Pero en las manos queda el recuerdo de lo que han tenido. Recuerdo de una piedra que hubo junto a un arroyo y que cogimos distraídamente sin darnos cuenta de nuestra ventura. Pero su peso áspero, sentir nos hace que por fin cogimos el fruto más hermoso de los tiempos. A tiempo sabe el peso de una piedra entre las manos.  En una piedra está la paciencia del mundo, madurada despacio. Incalculable suma de días y de noches, sol y agua la que costó esta forma torpe y dura que acariciar no sabe y acompaña tan sólo con su peso, oscuramente. Se estuvo siempre quieta, sin buscar, encerrada, en una voluntad densa y constante de no volar como la mariposa, de no ser bella, como el lirio, para salvar de envidias su pureza. ¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles libélulas se han muerto, allí, a su lado por correr tanto hacia la primavera! Ella supo esperar sin pedir nada más que la eternidad de su ser puro. Por renunciar al pétalo, y al vuelo, está viva y me enseña que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto, soltar las falsas alas de la prisa, y derrotar así su propia muerte. También recuerdan ellas, mis manos, haber tenido una cabeza amada entre sus palmas. Nada más misterioso en este mundo. Los dedos reconocen los cabellos lentamente, uno a uno, como hojas de calendario: son recuerdos de otros tantos, también innumerables días felices dóciles al amor que los revive. Pero al palpar la forma inexorable que detrás de la carne nos resiste las palmas ya se quedan ciegas. No son caricias, no, lo que repiten pasando y repasando sobre el hueso: son preguntas sin fin, son infinitas angustias hechas tactos ardorosos. Y nada les contesta: una sospecha de que todo se escapa y se nos huye cuando entre nuestras manos lo oprimimos nos sube del calor de aquella frente. La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta? El peso en nuestras manos lo insinúa, los dedos se lo creen, y quieren convencerse: palpan, palpan. Pero una voz oscura tras la frente, -¿nuestra frente o la suya?- nos dice que el misterio más lejano, porque está allí tan cerca, no se toca con la carne mortal con que buscamos allí, en la ***** de los dedos, la presencia invisible. Teniendo una cabeza así cogida nada se sabe, nada, sino que está el futuro decidiendo o nuestra vida o nuestra muerte tras esas pobres manos engañadas por la hermosura de lo que sostienen. Entre unas manos ciegas que no pueden saber. Cuya fe única está en ser buenas, en hacer caricias sin casarse, por ver si así se ganan cuando ya la cabeza amada vuelva a vivir otra vez sobre sus hombros,  y parezca que nada les queda entre las palmas, el triunfo de no estar nunca vacías.
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La memoria en las manos
Hoy son las manos la memoria. El alma no se acuerda, está dolida de tanto recordar. Pero en las manos queda el recuerdo de lo que han tenido. Recuerdo de una piedra que hubo junto a un arroyo y que cogimos distraídamente sin darnos cuenta de nuestra ventura. Pero su peso áspero, sentir nos hace que por fin cogimos el fruto más hermoso de los tiempos. A tiempo sabe el peso de una piedra entre las manos.  En una piedra está la paciencia del mundo, madurada despacio. Incalculable suma de días y de noches, sol y agua la que costó esta forma torpe y dura que acariciar no sabe y acompaña tan sólo con su peso, oscuramente. Se estuvo siempre quieta, sin buscar, encerrada, en una voluntad densa y constante de no volar como la mariposa, de no ser bella, como el lirio, para salvar de envidias su pureza. ¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles libélulas se han muerto, allí, a su lado por correr tanto hacia la primavera! Ella supo esperar sin pedir nada más que la eternidad de su ser puro. Por renunciar al pétalo, y al vuelo, está viva y me enseña que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto, soltar las falsas alas de la prisa, y derrotar así su propia muerte. También recuerdan ellas, mis manos, haber tenido una cabeza amada entre sus palmas. Nada más misterioso en este mundo. Los dedos reconocen los cabellos lentamente, uno a uno, como hojas de calendario: son recuerdos de otros tantos, también innumerables días felices dóciles al amor que los revive. Pero al palpar la forma inexorable que detrás de la carne nos resiste las palmas ya se quedan ciegas. No son caricias, no, lo que repiten pasando y repasando sobre el hueso: son preguntas sin fin, son infinitas angustias hechas tactos ardorosos. Y nada les contesta: una sospecha de que todo se escapa y se nos huye cuando entre nuestras manos lo oprimimos nos sube del calor de aquella frente. La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta? El peso en nuestras manos lo insinúa, los dedos se lo creen, y quieren convencerse: palpan, palpan. Pero una voz oscura tras la frente, -¿nuestra frente o la suya?- nos dice que el misterio más lejano, porque está allí tan cerca, no se toca con la carne mortal con que buscamos allí, en la ***** de los dedos, la presencia invisible. Teniendo una cabeza así cogida nada se sabe, nada, sino que está el futuro decidiendo o nuestra vida o nuestra muerte tras esas pobres manos engañadas por la hermosura de lo que sostienen. Entre unas manos ciegas que no pueden saber. Cuya fe única está en ser buenas, en hacer caricias sin casarse, por ver si así se ganan cuando ya la cabeza amada vuelva a vivir otra vez sobre sus hombros,  y parezca que nada les queda entre las palmas, el triunfo de no estar nunca vacías.
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Llegué a la pobre cabaña en días de primavera; la niña triste cantaba, la abuela hilaba en la rueca. -¡Buena anciana, buena anciana, bien haya la niña bella, a quien desde hoy amar juro con mis ansias de poeta! La abuela miró a la niña. La niña sonrió a la abuela. Fuera volaban gorriones sobre las rosas abiertas. Llegué a la pobre cabaña cuando el gris otoño empieza. Oí un ruido de sollozos y sola estaba la abuela. -¡Buena anciana, buena anciana! Me mira y no me contesta. Yo sentí frío en el alma cuando vi sus manos trémulas, su arrugada y blanca cofia, sus fúnebres tocas negras. Fuera, las brisas errantes llevaban las hojas secas.
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Rima - vii
A la luz cenicienta del recuerdo que quiere redimir lo ya vivido arde el ayer fantasma. ¿Yo soy ese que baila al pie del árbol y delira con nubes que son cuerpos que son olas, con cuerpos que son nubes que son playas? ¿Soy el que toca el agua y canta el agua, la nube y vuela, el árbol y echa hojas, un cuerpo y se despierta y le contesta? Arde el tiempo fantasma: arde el ayer, el hoy se quema y el mañana. Todo lo que soñé dura un minuto y es un minuto todo lo vivido. Pero no importan siglos o minutos: también el tiempo de la estrella es tiempo, gota de sangre o fuego: parpadeo. Roza mi frente con sus manos frías el río del pasado y sus memorias huyen bajo mis párpados de piedra. No se detiene nunca su carrera y yo, desde mí mismo, lo despido. ¿Huye de mí el pasado? ¿Huyo con él y aquel que lo despide es una sombra que me finge, hueca? Quizá no es él quien huye: yo me alejo y él no me sigue, ajeno, consumado. Aquel que fui se queda en la ribera. No me recuerda nunca ni me busca, no me contempla ni despide: contempla, busca a otro fugitivo. Pero tampoco el otro lo recuerda. No hay  antes ni después. ¿Lo que viví lo estoy viviendo todavía? ¡Lo que viví! ¿Fui acaso? Todo fluye: lo que viví lo estoy muriendo todavía. No tiene fin el tiempo: finge labios, minutos, muerte, cielos, finge infiernos, puertas que dan a nada y nadie cruza. No hay fin, ni paraíso, ni domingo. No nos espera Dios al fin de semana. Duerme, no lo despiertan nuestros gritos. Sólo el silencio lo despierta. Cuando se calle todo y ya no canten la sangre, los relojes, las estrellas, Dios abrirá los ojos y al reino de su nada volveremos.
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Cuarto de hotel
A la luz cenicienta del recuerdo que quiere redimir lo ya vivido arde el ayer fantasma. ¿Yo soy ese que baila al pie del árbol y delira con nubes que son cuerpos que son olas, con cuerpos que son nubes que son playas? ¿Soy el que toca el agua y canta el agua, la nube y vuela, el árbol y echa hojas, un cuerpo y se despierta y le contesta? Arde el tiempo fantasma: arde el ayer, el hoy se quema y el mañana. Todo lo que soñé dura un minuto y es un minuto todo lo vivido. Pero no importan siglos o minutos: también el tiempo de la estrella es tiempo, gota de sangre o fuego: parpadeo. Roza mi frente con sus manos frías el río del pasado y sus memorias huyen bajo mis párpados de piedra. No se detiene nunca su carrera y yo, desde mí mismo, lo despido. ¿Huye de mí el pasado? ¿Huyo con él y aquel que lo despide es una sombra que me finge, hueca? Quizá no es él quien huye: yo me alejo y él no me sigue, ajeno, consumado. Aquel que fui se queda en la ribera. No me recuerda nunca ni me busca, no me contempla ni despide: contempla, busca a otro fugitivo. Pero tampoco el otro lo recuerda. No hay  antes ni después. ¿Lo que viví lo estoy viviendo todavía? ¡Lo que viví! ¿Fui acaso? Todo fluye: lo que viví lo estoy muriendo todavía. No tiene fin el tiempo: finge labios, minutos, muerte, cielos, finge infiernos, puertas que dan a nada y nadie cruza. No hay fin, ni paraíso, ni domingo. No nos espera Dios al fin de semana. Duerme, no lo despiertan nuestros gritos. Sólo el silencio lo despierta. Cuando se calle todo y ya no canten la sangre, los relojes, las estrellas, Dios abrirá los ojos y al reino de su nada volveremos.
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Donde estuvo la nube ya no hay nube;                     los ojos, que la piensan. Absoluto celeste, azul unánime                     sin ave, sin su anécdota. Al célico sosiego otro marino                     sosiego le contesta. Las últimas congojas de la ola                     playa se las consuela. Tanto sollozo en leve espuma acaba,                     y la espuma en la arena. Le basta un color solo a tanto espacio,                     sin vela que disienta, El mar va por el mar buscando azules                     y a un azul los eleva. Está el día en el fiel. La Luz, la sombra                     ni más ni menos pesan. Dentro del hombre ni esperanza empuja                     ni memoria sujeta. El presente, que tanto se ha negado,                     hoy, aquí, ya, se entrega. ¡Presente, sí, hay presente! Ojos absortos                     felices le contemplan. El tiempo abjura de su error, las horas,                     y pasa sin saberlas. Aves, ondinas, callan, y de voces                     vacío el aire dejan. La dilatada anchura del silencio                     de silencio se llena. Es el vivir tan tenue, que no ata;                     la cautiva se suelta. Por las campiñas, ya, del puro ser                     viene, va, se recrea. Está el mundo tan limpio, que es espejo:                     la escapada lo estrena. Radiante mediodía. En él, el alma                     se reconoce: esencia. Segunda, y la mejor, surge del mar                     la Venus verdadera.
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Variación viii
Donde estuvo la nube ya no hay nube;                     los ojos, que la piensan. Absoluto celeste, azul unánime                     sin ave, sin su anécdota. Al célico sosiego otro marino                     sosiego le contesta. Las últimas congojas de la ola                     playa se las consuela. Tanto sollozo en leve espuma acaba,                     y la espuma en la arena. Le basta un color solo a tanto espacio,                     sin vela que disienta, El mar va por el mar buscando azules                     y a un azul los eleva. Está el día en el fiel. La Luz, la sombra                     ni más ni menos pesan. Dentro del hombre ni esperanza empuja                     ni memoria sujeta. El presente, que tanto se ha negado,                     hoy, aquí, ya, se entrega. ¡Presente, sí, hay presente! Ojos absortos                     felices le contemplan. El tiempo abjura de su error, las horas,                     y pasa sin saberlas. Aves, ondinas, callan, y de voces                     vacío el aire dejan. La dilatada anchura del silencio                     de silencio se llena. Es el vivir tan tenue, que no ata;                     la cautiva se suelta. Por las campiñas, ya, del puro ser                     viene, va, se recrea. Está el mundo tan limpio, que es espejo:                     la escapada lo estrena. Radiante mediodía. En él, el alma                     se reconoce: esencia. Segunda, y la mejor, surge del mar                     la Venus verdadera.
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La noche es fría. El cielo más y más se ennegrece. Llovizna. El viento airado la floresta estremece. Del cazador furtivo la casa está cerrada. El padre, sus dos hijos y un perro, a la hondonada Han ido a cacería, y están allá en acecho. Duerme el niño en la cuna junto al humilde lecho Donde tranquilamente duerme también la abuela, Y, nívea lana hilando, la hermosa niña vela. Lamparilla de aceite, de fulgor vacilante, Hace en el claro-oscuro resaltar su semblante Sonrosado, que el brillo de los ojos alegra, Y el oro del cabello que ata una cinta negra. De hilar deja de pronto... ¿Qué sensación la agita? ¿Será  temor acaso? ¿Será acaso una cita?... La puerta que da al campo se abre pausadamente, Y, apuesto y rubio, un joven penetra de repente Le tiende ella los brazos y le dice al oído: «Podría la abuelita despertar... No hagas ruido». En silencio se sientan, y parece el murmullo Vago de sus palabras, como si fuera arrullo. «¡Amor!», ella le dice, mientras le enjuga amante Las gotas de la lluvia que cúbrenle el semblante. -«¡Te amaré siempre!» Y ella responde conmovida: -«Para amarte es mi alma, para amarte es mi vida».  Luego exclama:                                   «Qué triste que seas tú, bien mío,  Hijo del guarda-bosque. ¿Por qué muro sombrío Separa nuestras almas y nuestra dicha trunca? ¡Te amaré mientras viva, mas ser tu esposa, nunca! Si esta pasión mi padre sospechara algún día, Si mi amor descubriera, de dolor moriría». El la interrumpe:                         «¡Calla, calla, no digas eso!» Y los azules ojos le cierra con un beso. Las horas raudas vuelan en la tranquila estancia... De pronto se oye el canto de un gallo a la distancia; Otro gallo contesta, y el cielo se colora Con los albores trémulos de la naciente aurora. Parte el enamorado y al bosque se encamina. El campo está cubierto por húmeda neblina; Y al hogar, fatigados y ateridos de frío, Los cazadores vuelven con el morral vacío. Ven moverse las hojas del matorral. Se paran, Y al matorral apuntan, y todos tres disparan... «No perdimos la noche», dicen con alegría, Y todos tres exclaman: «¡Qué buena cacería!» Salta el perro; entre arbustos al matorral se lanza, Y cuando llega, aúlla. Rápido el padre avanza Seguido de sus hijos... y sobre el suelo mira Al pobre hijo del guarda que entre su sangre expira.
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Noche en vela
La noche es fría. El cielo más y más se ennegrece. Llovizna. El viento airado la floresta estremece. Del cazador furtivo la casa está cerrada. El padre, sus dos hijos y un perro, a la hondonada Han ido a cacería, y están allá en acecho. Duerme el niño en la cuna junto al humilde lecho Donde tranquilamente duerme también la abuela, Y, nívea lana hilando, la hermosa niña vela. Lamparilla de aceite, de fulgor vacilante, Hace en el claro-oscuro resaltar su semblante Sonrosado, que el brillo de los ojos alegra, Y el oro del cabello que ata una cinta negra. De hilar deja de pronto... ¿Qué sensación la agita? ¿Será  temor acaso? ¿Será acaso una cita?... La puerta que da al campo se abre pausadamente, Y, apuesto y rubio, un joven penetra de repente Le tiende ella los brazos y le dice al oído: «Podría la abuelita despertar... No hagas ruido». En silencio se sientan, y parece el murmullo Vago de sus palabras, como si fuera arrullo. «¡Amor!», ella le dice, mientras le enjuga amante Las gotas de la lluvia que cúbrenle el semblante. -«¡Te amaré siempre!» Y ella responde conmovida: -«Para amarte es mi alma, para amarte es mi vida».  Luego exclama:                                   «Qué triste que seas tú, bien mío,  Hijo del guarda-bosque. ¿Por qué muro sombrío Separa nuestras almas y nuestra dicha trunca? ¡Te amaré mientras viva, mas ser tu esposa, nunca! Si esta pasión mi padre sospechara algún día, Si mi amor descubriera, de dolor moriría». El la interrumpe:                         «¡Calla, calla, no digas eso!» Y los azules ojos le cierra con un beso. Las horas raudas vuelan en la tranquila estancia... De pronto se oye el canto de un gallo a la distancia; Otro gallo contesta, y el cielo se colora Con los albores trémulos de la naciente aurora. Parte el enamorado y al bosque se encamina. El campo está cubierto por húmeda neblina; Y al hogar, fatigados y ateridos de frío, Los cazadores vuelven con el morral vacío. Ven moverse las hojas del matorral. Se paran, Y al matorral apuntan, y todos tres disparan... «No perdimos la noche», dicen con alegría, Y todos tres exclaman: «¡Qué buena cacería!» Salta el perro; entre arbustos al matorral se lanza, Y cuando llega, aúlla. Rápido el padre avanza Seguido de sus hijos... y sobre el suelo mira Al pobre hijo del guarda que entre su sangre expira.
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Alfonso, inquisidor estrafalario: te doy mi simpatía, porque tienes un aire de murciélago y canario. Tu capa de diabólicos vaivenes brota del piso, en un conjunto doble de Venecias y de Jerusalenes. Equidistante del rosal y el roble trasnochas, y si busco en la floresta de España un bardo de hoy, tu ave en fiesta casi es la única que me contesta.
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Aguafuerte
¿Hablando de la leña, callo el fuego? ¿Barriendo el suelo, olvido el fósil? Razonando, ¿mi trenza, mi corona de carne? (¡Contesta, amado Hermeregildo, el brusco; pregunta, Luis, el lento!) ¡Encima, abajo, con tamaña altura! ¡Madera, tras el reino de las fibras! ¡Isabel, con horizonte de entrada! ¡Lejos, al lado, astutos Atanacios! ¡Todo, la parte! Unto a ciegas en luz mis calcetines, en riesgo, la gran paz de este peligro, y mis cometas, en la miel pensada, el cuerpo, en miel llorada. ¡Pregunta, Luis; responde, Hermenegildo! ¡Abajo, arriba, al lado, lejos! ¡Isabel, fuego, diplomas de los muertos! ¡Horizonte, Atanacio, parte, todo! ¡Miel de miel, llanto de frente! ¡Reino de la madera, corte oblicuo a la línea del camello, fibra de mi corona de carne!
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Terremoto
Entre la sombra el resplandor del alba Ya con la estrella matutina asoma, Y el horizonte lentamente toma Un vago tinte, sonrosado y malva. Helado viento de la cumbre calva Viene; en los huertos al pasar se aroma, Y el raudal que entre peñas se desploma Saluda al día con rumor de salva. Es todo el bosque música de trinos, Mientras que sube en el confín distante El humo de los techos campesinos; Y el gallo, firme y la actitud enhiesta, Finge que el cielo, con el sol radiante A su clarín en el azul contesta.
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Croquis campesino