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"cieno" poems
Puede una gota de lodo sobre un diamante caer; puede también de este modo su fulgor oscurecer; pero aunque el diamante todo se encuentre de fango lleno, el valor que lo hace bueno no perderá ni un instante, y ha de ser siempre diamante por más que lo manche el cieno.
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La calumnia
Así es mi vida, piedra, como tú. Como tú, piedra pequeña; como tú, piedra ligera; como tú, canto que ruedas por las calzadas y por las veredas; como tú, guijarro humilde de las carreteras; como tú, que en días de tormenta te hundes en el cieno de la tierra y luego centelleas bajo los cascos y bajo las ruedas; como tú, que no has servido para ser ni piedra de una lonja, ni piedra de una audiencia, ni piedra de un palacio, ni piedra de una iglesia; como tú, piedra aventurera; como tú, que tal vez estás hecha sólo para una honda, piedra pequeña y ligera...
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Como tú...
Me gusta ver el cielo con negros nubarrones y oír los aquilones horrísonos bramar, me gusta ver la noche sin luna y sin estrellas, y sólo las centellas la tierra iluminar. Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar; y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machacar. Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agite y rayos mil vomite y muertos por doquier. Que el trueno me despierte con su ronco estampido, y al mundo adormecido le haga estremecer; que rayos cada instante caigan sobre él sin cuento, que se hunda el firmamento me agrada mucho ver. La llama de un incendio que corra devorando escombros apilando quisiera yo encender; tostarse allí un anciano, volverse todo tea, oír como vocea, ¡qué gusto!, ¡qué placer! Me gusta una campiña de nieve tapizada, de flores despojada, sin fruto, sin verdor, ni pájaros que canten, ni sol haya que alumbre y sólo se vislumbre la muerte en derredor. Allá, en sombrío monte, solar desmantelado, me place en sumo grado la luna al reflejar; moverse las veletas con áspero chirrido igual al alarido que anuncia el expirar. Me gusta que al Averno lleven a los mortales y allí todos los males les hagan padecer; les abran las entrañas, les rasguen los tendones, rompan los corazones sin de ellos caso hacer. Insólita avenida que inunda fértil vega, de cumbre en cumbre llega, y llena de pavor, se lleva los ganados y las vides, sin pausa, y estragos miles causa ... ¡qué gusto!, ¡qué placer! Las voces y las risas, el juego, las botellas, en torno de las bellas alegres apurar; y en sus bocas lascivas, un beso a cada trago con voluptuoso halago alegres estampar. Romper después las copas, los platos, las barajas, y, abiertas las navajas, buscando el corazón, oír luego los brindis mezclados con quejidos que lanzan los heridos en llanto y confusión. Quisiera ver al uno que arrastra un intestino, y al otro pedir vino muriendo en un rincón; y otros, ya borrachos, en trino desusado cantar a Dios sagrado impúdica canción. Y mientras las queridas tendidas en los lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón, mostrando sus encantos, sin orden el cabello, al aire el muslo bello. ¡Qué gozo! ¡Qué ilusión!
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La desesperación
Me gusta ver el cielo con negros nubarrones y oír los aquilones horrísonos bramar, me gusta ver la noche sin luna y sin estrellas, y sólo las centellas la tierra iluminar. Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar; y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machacar. Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agite y rayos mil vomite y muertos por doquier. Que el trueno me despierte con su ronco estampido, y al mundo adormecido le haga estremecer; que rayos cada instante caigan sobre él sin cuento, que se hunda el firmamento me agrada mucho ver. La llama de un incendio que corra devorando escombros apilando quisiera yo encender; tostarse allí un anciano, volverse todo tea, oír como vocea, ¡qué gusto!, ¡qué placer! Me gusta una campiña de nieve tapizada, de flores despojada, sin fruto, sin verdor, ni pájaros que canten, ni sol haya que alumbre y sólo se vislumbre la muerte en derredor. Allá, en sombrío monte, solar desmantelado, me place en sumo grado la luna al reflejar; moverse las veletas con áspero chirrido igual al alarido que anuncia el expirar. Me gusta que al Averno lleven a los mortales y allí todos los males les hagan padecer; les abran las entrañas, les rasguen los tendones, rompan los corazones sin de ellos caso hacer. Insólita avenida que inunda fértil vega, de cumbre en cumbre llega, y llena de pavor, se lleva los ganados y las vides, sin pausa, y estragos miles causa ... ¡qué gusto!, ¡qué placer! Las voces y las risas, el juego, las botellas, en torno de las bellas alegres apurar; y en sus bocas lascivas, un beso a cada trago con voluptuoso halago alegres estampar. Romper después las copas, los platos, las barajas, y, abiertas las navajas, buscando el corazón, oír luego los brindis mezclados con quejidos que lanzan los heridos en llanto y confusión. Quisiera ver al uno que arrastra un intestino, y al otro pedir vino muriendo en un rincón; y otros, ya borrachos, en trino desusado cantar a Dios sagrado impúdica canción. Y mientras las queridas tendidas en los lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón, mostrando sus encantos, sin orden el cabello, al aire el muslo bello. ¡Qué gozo! ¡Qué ilusión!
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Tu vida es un gran río, va caudalosamente. A su orilla, invisible, yo broto dulcemente. Soy esa flor perdida entre juncos y achiras que piadoso alimentas, pero acaso ni miras. Cuando creces, me arrastras y me muero en tu seno; cuando secas, me muero poco a poco en el cieno; pero de nuevo vuelvo a brotar dulcemente cuando en los días bellos vas caudalosamente. Soy esa flor perdida que brota en tus riberas humilde y silenciosa todas las primaveras.
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Soy esa flor
Soy un alma deambulando de un lado a otro me gustan los brotes de abril. Ya casi es abril. Pensé en él. Dijo: 'cuando el agua cae en la tierra deja sus huellas en ella, calma la cólera del fuego. Tú eres agua, yo ardo.' Así sucedió el mediodía y sus palabras se regaron dentro de mí como fértil magma de mis jardines. Somos procreadores del mundo queremos escapar del bullicio de las calles, abrir la ventana y saludar al sol. Queremos penetrar el océano un millar de veces y dirigirnos a la montaña fría por sentirnos tibia la piel. También dijo: 'Que encuentres los mejores caminos hacia los mejores lugares.' Palabras bien cimentadas, afectuosas me llevaron hacia él mismo. Sigo aquí. Entré a través de sus ojos oscuros. Estoy satisfecha porque respira, porque me mira, porque es. Quiero que se quede hasta que el principio y el fin se hayan disuelto. Han sido los impulsos los que me han mostrado el mundo parte de mi plenitud, me han llevado allá donde el sol y la tierra son eléctricos y me separan de lo peor, de los monstruos que se ocultan bajo mis tristezas. Al final de la jornada sólo deseo acurrucarme entre sus brazos de cuna hacernos inmortales en un suave beso fugaz y fusionarnos en el mismo sueño. Él es mi morada, él es mi movimiento, él llena mis días. Entre las ciudades y los caminos mientras las estrellas nos miran existe un lugar rodeado de campo de nubes multicolores y de cálido misterio. Quiero perpetuar ahí con los míos y los tuyos, hacerlo todo parte de nosotros, el filo del horizonte, los tejados y el cieno del bosque, la compañía, el sol, el silencio, las camas, el olor de la madera, la sonoridad de los árboles, la sensualidad, los poemas que leemos en voz alta, la humedad, el agua de la regadera, las comidas improvisadas, las risas de los desconocidos, mis gestos, tus manos, el arte que al que vamos atados. Está bien envejecer, está mejor envejecer contigo en esta casa. Es magnífico llamarte hogar.
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Mar 6, 2019
Mar 6, 2019 at 4:33 PM UTC
Hogar
Soy un alma deambulando de un lado a otro me gustan los brotes de abril. Ya casi es abril. Pensé en él. Dijo: 'cuando el agua cae en la tierra deja sus huellas en ella, calma la cólera del fuego. Tú eres agua, yo ardo.' Así sucedió el mediodía y sus palabras se regaron dentro de mí como fértil magma de mis jardines. Somos procreadores del mundo queremos escapar del bullicio de las calles, abrir la ventana y saludar al sol. Queremos penetrar el océano un millar de veces y dirigirnos a la montaña fría por sentirnos tibia la piel. También dijo: 'Que encuentres los mejores caminos hacia los mejores lugares.' Palabras bien cimentadas, afectuosas me llevaron hacia él mismo. Sigo aquí. Entré a través de sus ojos oscuros. Estoy satisfecha porque respira, porque me mira, porque es. Quiero que se quede hasta que el principio y el fin se hayan disuelto. Han sido los impulsos los que me han mostrado el mundo parte de mi plenitud, me han llevado allá donde el sol y la tierra son eléctricos y me separan de lo peor, de los monstruos que se ocultan bajo mis tristezas. Al final de la jornada sólo deseo acurrucarme entre sus brazos de cuna hacernos inmortales en un suave beso fugaz y fusionarnos en el mismo sueño. Él es mi morada, él es mi movimiento, él llena mis días. Entre las ciudades y los caminos mientras las estrellas nos miran existe un lugar rodeado de campo de nubes multicolores y de cálido misterio. Quiero perpetuar ahí con los míos y los tuyos, hacerlo todo parte de nosotros, el filo del horizonte, los tejados y el cieno del bosque, la compañía, el sol, el silencio, las camas, el olor de la madera, la sonoridad de los árboles, la sensualidad, los poemas que leemos en voz alta, la humedad, el agua de la regadera, las comidas improvisadas, las risas de los desconocidos, mis gestos, tus manos, el arte que al que vamos atados. Está bien envejecer, está mejor envejecer contigo en esta casa. Es magnífico llamarte hogar.
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Un océano dentro de un océano flujo etéreo de túrbida tinta india reptando sobre el lecho de tus frondosas raíces. Sereno opalino que baña la acera, Calima que vaga a un lecho de luna No ardas en vano gigante bonsái Que las ninfas llevan en la memoria, los cantos al dulzor de tu savia, El recuerdo que viste de alma la noble piel de tu fina corteza. Bromelias que silban al aire el rumor de un bosque sin nombre oculto en el corazón de esta urbe retozan humildes tus ramas Que bien han de llorar por tus verdes retoños que filtran la luz de un sol calcinante, ciparisos que asoman sus brazos leñosos tributo silente al ferino rumor del ocaso No ardas en vano gigante bonsái que manchadas de sangre están las manos que revuelven la quietud de tu cieno
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Jul 18, 2015
Jul 18, 2015 at 12:00 AM UTC
Epitafio al ombú de Plaza Roma
Tienes, como Luzbel, formas tan bellas, Que eí hombre olvida al verte, enamorado, Que son tus ojos negros dos estrellas Veladas por la sombra del pecado. Y no turbas, hipócrita, el reposo Del pobre hogar con que tu falta escudas, Porque a besar te atreves al esposo, Como besara a Jesucristo Judas. ¡Aun sus flores te dan las primaveras, Y ya tienes el alma envilecida! Ya llegarás a ver, aunque no quieras, El horizonte oscuro de tu vida. Desdeñas los sagrados embelesos Del casto hogar de la mujer honrada, Y audaz ostentas, al vender tus besos, Las llamas del infierno en tu mirada. Manchas el suelo que tu planta pisa, Y manchas lo que tocas con tu mano. Te dio Lucrecia Borgia su sonrisa, Y Mesalina su perfil romano. Brota el deleite de tus labios rojos; Se aparta la virtud a tu presencia, Porque negras, más negras que tus ojos, Tienes, mujer, el alma y la conciencia. Rosas de abril parecen tus mejillas, Mármol de Paros tu ondulante seno; Mas ¡ay! que tan excelsas maravillas Son de barro no más, no más de cieno. Reina del mal, tú tienes por diadema La infamia, que con nada se redime. ¿El pudor? ¡Es un ascua que te quema! ¿El deber? ¡Es un yugo que te oprime! Tienen las gracias con que al mundo halagas, Precio vil en mercados repugnantes; ¡Y te envaneces de cubrir tus llagas Con seda recamada de brillantes! En este siglo en que el honor campea, No te ha de perdonar ni el vulgo necio. Hieren más que las piedras de Judea Los dardos de la burla y del desprecio. Mañana, enferma, pobre, abandonada, De la mundana compasión proscrita; El Honor, cuando mueras humillada, Sobre tu losa escribirá: ¡Maldita!
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Adúltera
Tienes, como Luzbel, formas tan bellas, Que eí hombre olvida al verte, enamorado, Que son tus ojos negros dos estrellas Veladas por la sombra del pecado. Y no turbas, hipócrita, el reposo Del pobre hogar con que tu falta escudas, Porque a besar te atreves al esposo, Como besara a Jesucristo Judas. ¡Aun sus flores te dan las primaveras, Y ya tienes el alma envilecida! Ya llegarás a ver, aunque no quieras, El horizonte oscuro de tu vida. Desdeñas los sagrados embelesos Del casto hogar de la mujer honrada, Y audaz ostentas, al vender tus besos, Las llamas del infierno en tu mirada. Manchas el suelo que tu planta pisa, Y manchas lo que tocas con tu mano. Te dio Lucrecia Borgia su sonrisa, Y Mesalina su perfil romano. Brota el deleite de tus labios rojos; Se aparta la virtud a tu presencia, Porque negras, más negras que tus ojos, Tienes, mujer, el alma y la conciencia. Rosas de abril parecen tus mejillas, Mármol de Paros tu ondulante seno; Mas ¡ay! que tan excelsas maravillas Son de barro no más, no más de cieno. Reina del mal, tú tienes por diadema La infamia, que con nada se redime. ¿El pudor? ¡Es un ascua que te quema! ¿El deber? ¡Es un yugo que te oprime! Tienen las gracias con que al mundo halagas, Precio vil en mercados repugnantes; ¡Y te envaneces de cubrir tus llagas Con seda recamada de brillantes! En este siglo en que el honor campea, No te ha de perdonar ni el vulgo necio. Hieren más que las piedras de Judea Los dardos de la burla y del desprecio. Mañana, enferma, pobre, abandonada, De la mundana compasión proscrita; El Honor, cuando mueras humillada, Sobre tu losa escribirá: ¡Maldita!
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Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron. La luz que en un vaso ardía en el suelo, al muro arrojaba la sombra del lecho; y entre aquella sombra veíase a intérvalos dibujarse rígida la forma del cuerpo. Despertaba el día, y, a su albor primero, con sus mil rüidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la casa, en hombros, lleváronla al templo y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros. Al dar de las Ánimas el toque postrero, acabó una vieja sus últimos rezos, cruzó la ancha nave, las puertas gimieron, y el santo recinto quedóse desierto. De un reloj se oía compasado el péndulo, y de algunos cirios el chisporroteo. Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto todo se encontraba que pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la alta campana la lengua de hierro le dio volteando su adiós lastimero. El luto en las ropas, amigos y deudos cruzaron en fila formando el cortejo. Del último asilo, oscuro y estrecho, abrió la piqueta el nicho a un extremo. Allí la acostaron, tapiáronle luego, y con un saludo despidióse el duelo. La piqueta al hombro el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos. La noche se entraba, el sol se había puesto: perdido en las sombras yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero, de la pobre niña a veces me acuerdo. Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan sus huesos...! ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna aunque es fuerza hacerlo, el dejar tan tristes, tan solos los muertos.
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Rima lxxiii
Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron. La luz que en un vaso ardía en el suelo, al muro arrojaba la sombra del lecho; y entre aquella sombra veíase a intérvalos dibujarse rígida la forma del cuerpo. Despertaba el día, y, a su albor primero, con sus mil rüidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la casa, en hombros, lleváronla al templo y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros. Al dar de las Ánimas el toque postrero, acabó una vieja sus últimos rezos, cruzó la ancha nave, las puertas gimieron, y el santo recinto quedóse desierto. De un reloj se oía compasado el péndulo, y de algunos cirios el chisporroteo. Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto todo se encontraba que pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la alta campana la lengua de hierro le dio volteando su adiós lastimero. El luto en las ropas, amigos y deudos cruzaron en fila formando el cortejo. Del último asilo, oscuro y estrecho, abrió la piqueta el nicho a un extremo. Allí la acostaron, tapiáronle luego, y con un saludo despidióse el duelo. La piqueta al hombro el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos. La noche se entraba, el sol se había puesto: perdido en las sombras yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero, de la pobre niña a veces me acuerdo. Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan sus huesos...! ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna aunque es fuerza hacerlo, el dejar tan tristes, tan solos los muertos.
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¿Empañé tu memoria? ¡Cuántas veces! La vida baja como un ancho río, y cuando lleva al mar alto navío va con cieno verdoso y turbias heces. Y más si hubo tormenta en sus orillas, y él arrastra el botín de la tormenta, si en su cielo la nube cenicienta se incendió de centellas amarillas. Pero aunque fluya hacia la mar ignota, es la vida también agua de fuente que de claro venero, gota a gota, o ruidoso penacho de torrente, bajo el azul, sobre la piedra brota. Y allí suena tu nombre ¡eternamente!
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Soneto iii
La desventura me quitó el regalo y la serena paz de la existencia, y sembré muchos odios; mi conciencia clamaba sin cesar: ¡Eres muy malo! Después, la dicha me libró del cieno: un rayito de sol doró mi frente, y sembré mucho amor, y dulcemente clamaba mi conciencia: ¡Eres muy bueno! «¡Ay! -me dije, con tono de reproche-, qué menguada virtud la que me alienta si sólo en el placer abre su broche...» ¡Hoy bendigo a Jesús en la tormenta, hoy su roto costado es mi sangrienta guarida, en lo infinito de mi noche!
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Intra vulnera tua absconde me
La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno y un huracán de negras palomas que chapotean las aguas podridas. La aurora de Nueva York gime por las inmensas escaleras buscando entre las aristas nardos de angustia dibujada. La aurora llega y nadie la recibe en su boca porque allí no hay mañana ni esperanza posible. A veces las monedas en enjambres furiosos taladran y devoran abandonados niños. Los primeros que salen comprenden con sus huesos que no habrá paraíso ni amores deshojados; saben que van al cieno de números y leyes, a los juegos sin arte, a sudores sin fruto. La luz es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces. Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes como recién salidas de un naufragio de sangre.
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La aurora