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"cementerio" poems
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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El seminarista de los ojos negros
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy. El río anuda al mar su lamento obstinado. Abandonado como los muelles en el alba. Es la hora de partir, oh abandonado! Sobre mi corazón llueven frías corolas. Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos! En ti se acumularon las guerras y los vuelos. De ti alzaron las alas los pájaros del canto. Todo te lo tragaste, como la lejanía. Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio! Era la alegre hora del asalto y el beso. La hora del estupor que ardía como un faro. Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio! En la infancia de niebla mi alma alada y herida. Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio! Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo. Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio! Hice retroceder la muralla de sombra, anduve más allá del deseo y del acto. Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí, a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto. Como un vaso albergaste la infinita ternura, y el infinito olvido te trizó como a un vaso. Era la negra, negra soledad de las islas, y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos. Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta. Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro. Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos! Mi deseo de ti fue el más terrible y corto, el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido. Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas, aún los racimos arden picoteados de pájaros. Oh la boca mordida, oh los besados miembros, oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados. Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo en que nos anudamos y nos desesperamos. Y la ternura, leve como el agua y la harina. Y la palabra apenas comenzada en los labios. Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo, y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio! Oh, sentina de escombros, en ti todo caía, qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron! De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste. De pie como un marino en la proa de un barco. Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes. Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo. Pálido buzo ciego, desventurado hondero, descubridor perdido, todo en ti fue naufragio! Es la hora de partir, la dura y fría hora que la noche sujeta a todo horario. El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa. Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros. Abandonado como los muelles en el alba. Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos. Ah más allá de todo. Ah más allá de todo. Es la hora de partir. Oh abandonado!
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La canción desesperada
Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy. El río anuda al mar su lamento obstinado. Abandonado como los muelles en el alba. Es la hora de partir, oh abandonado! Sobre mi corazón llueven frías corolas. Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos! En ti se acumularon las guerras y los vuelos. De ti alzaron las alas los pájaros del canto. Todo te lo tragaste, como la lejanía. Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio! Era la alegre hora del asalto y el beso. La hora del estupor que ardía como un faro. Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio! En la infancia de niebla mi alma alada y herida. Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio! Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo. Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio! Hice retroceder la muralla de sombra, anduve más allá del deseo y del acto. Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí, a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto. Como un vaso albergaste la infinita ternura, y el infinito olvido te trizó como a un vaso. Era la negra, negra soledad de las islas, y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos. Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta. Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro. Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos! Mi deseo de ti fue el más terrible y corto, el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido. Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas, aún los racimos arden picoteados de pájaros. Oh la boca mordida, oh los besados miembros, oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados. Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo en que nos anudamos y nos desesperamos. Y la ternura, leve como el agua y la harina. Y la palabra apenas comenzada en los labios. Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo, y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio! Oh, sentina de escombros, en ti todo caía, qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron! De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste. De pie como un marino en la proa de un barco. Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes. Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo. Pálido buzo ciego, desventurado hondero, descubridor perdido, todo en ti fue naufragio! Es la hora de partir, la dura y fría hora que la noche sujeta a todo horario. El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa. Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros. Abandonado como los muelles en el alba. Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos. Ah más allá de todo. Ah más allá de todo. Es la hora de partir. Oh abandonado!
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Una noche tuve un sueño... Luna opaca, cielo ***** yo en un triste cementerio con la sombra y el silencio. En sudarios medio envueltos, descarnados esqueletos muy afables y contentos mi vista recibieron. Indagaron los sucesos que pasaban ese tiempo: las maniobras del ejército, los discursos del Congreso, de la Bolsa los manejos, y reían de todo eso. Con sorpresa supe de ellos que gustaban de los versos que en mis dudas y en mis celos a mi amada siempre ofrezco. ¡Que sabían, me dijeron, ya en la historia de los besos!... Y se hacían muchos gestos y ademanes picarescos. Y reían con extremos entre el ruido de sus huesos. En seguida refirieron que se siente mucho hielo, en las noches del invierno, en las fosas de los muertos. Despedime. ¡Muy correctos los saludos que me hicieron! Salí al campo. Miré luego, luna opaca, cielo ***** Muy ufano, dice el médico que la causa de estos sueños se halla toda por mis nervios y en el fondo del cerebro.
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Rima - v
Me gusta ver el cielo con negros nubarrones y oír los aquilones horrísonos bramar, me gusta ver la noche sin luna y sin estrellas, y sólo las centellas la tierra iluminar. Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar; y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machacar. Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agite y rayos mil vomite y muertos por doquier. Que el trueno me despierte con su ronco estampido, y al mundo adormecido le haga estremecer; que rayos cada instante caigan sobre él sin cuento, que se hunda el firmamento me agrada mucho ver. La llama de un incendio que corra devorando escombros apilando quisiera yo encender; tostarse allí un anciano, volverse todo tea, oír como vocea, ¡qué gusto!, ¡qué placer! Me gusta una campiña de nieve tapizada, de flores despojada, sin fruto, sin verdor, ni pájaros que canten, ni sol haya que alumbre y sólo se vislumbre la muerte en derredor. Allá, en sombrío monte, solar desmantelado, me place en sumo grado la luna al reflejar; moverse las veletas con áspero chirrido igual al alarido que anuncia el expirar. Me gusta que al Averno lleven a los mortales y allí todos los males les hagan padecer; les abran las entrañas, les rasguen los tendones, rompan los corazones sin de ellos caso hacer. Insólita avenida que inunda fértil vega, de cumbre en cumbre llega, y llena de pavor, se lleva los ganados y las vides, sin pausa, y estragos miles causa ... ¡qué gusto!, ¡qué placer! Las voces y las risas, el juego, las botellas, en torno de las bellas alegres apurar; y en sus bocas lascivas, un beso a cada trago con voluptuoso halago alegres estampar. Romper después las copas, los platos, las barajas, y, abiertas las navajas, buscando el corazón, oír luego los brindis mezclados con quejidos que lanzan los heridos en llanto y confusión. Quisiera ver al uno que arrastra un intestino, y al otro pedir vino muriendo en un rincón; y otros, ya borrachos, en trino desusado cantar a Dios sagrado impúdica canción. Y mientras las queridas tendidas en los lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón, mostrando sus encantos, sin orden el cabello, al aire el muslo bello. ¡Qué gozo! ¡Qué ilusión!
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La desesperación
Me gusta ver el cielo con negros nubarrones y oír los aquilones horrísonos bramar, me gusta ver la noche sin luna y sin estrellas, y sólo las centellas la tierra iluminar. Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar; y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machacar. Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agite y rayos mil vomite y muertos por doquier. Que el trueno me despierte con su ronco estampido, y al mundo adormecido le haga estremecer; que rayos cada instante caigan sobre él sin cuento, que se hunda el firmamento me agrada mucho ver. La llama de un incendio que corra devorando escombros apilando quisiera yo encender; tostarse allí un anciano, volverse todo tea, oír como vocea, ¡qué gusto!, ¡qué placer! Me gusta una campiña de nieve tapizada, de flores despojada, sin fruto, sin verdor, ni pájaros que canten, ni sol haya que alumbre y sólo se vislumbre la muerte en derredor. Allá, en sombrío monte, solar desmantelado, me place en sumo grado la luna al reflejar; moverse las veletas con áspero chirrido igual al alarido que anuncia el expirar. Me gusta que al Averno lleven a los mortales y allí todos los males les hagan padecer; les abran las entrañas, les rasguen los tendones, rompan los corazones sin de ellos caso hacer. Insólita avenida que inunda fértil vega, de cumbre en cumbre llega, y llena de pavor, se lleva los ganados y las vides, sin pausa, y estragos miles causa ... ¡qué gusto!, ¡qué placer! Las voces y las risas, el juego, las botellas, en torno de las bellas alegres apurar; y en sus bocas lascivas, un beso a cada trago con voluptuoso halago alegres estampar. Romper después las copas, los platos, las barajas, y, abiertas las navajas, buscando el corazón, oír luego los brindis mezclados con quejidos que lanzan los heridos en llanto y confusión. Quisiera ver al uno que arrastra un intestino, y al otro pedir vino muriendo en un rincón; y otros, ya borrachos, en trino desusado cantar a Dios sagrado impúdica canción. Y mientras las queridas tendidas en los lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón, mostrando sus encantos, sin orden el cabello, al aire el muslo bello. ¡Qué gozo! ¡Qué ilusión!
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Salen los niños alegres De la escuela, Poniendo en el aire tibio Del abril, canciones tiernas. ¡Que alegría tiene el hondo Silencio de la calleja! Un silencio hecho pedazos por risas de plata nueva. Voy camino de la tarde Entre flores de la huerta, Dejando sobre el camino El agua de mi tristeza. En el monte solitario Un cementerio de aldea Parece un campo sembrado Con granos de calaveras. Y han florecido cipreses Como gigantes cabezas Que con órbitas vacías Y verdosas cabelleras Pensativos y dolientes El horizonte contemplan. ¡Abril divino, que vienes Cargado de sol y esencias Llena con nidos de oro Las floridas calaveras!
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Canción primaveral
Se bebe el desayuno... Húmeda tierra de cementerio huele a sangre amada. Ciudad de invierno... La mordaz cruzada de una carreta que arrastrar parece una emoción de ayuno encadenada! Se quisiera tocar todas las puertas, y preguntar por no sé quién; y luego ver a los pobres, y, llorando quedos, dar pedacitos de pan fresco a todos. Y saquear a los ricos sus viñedos con las dos manos santas que a un golpe de luz volaron desclavadas de la Cruz! Pestaña matinal, no os levantéis! ¡El pan nuestro de cada día dánoslo, Señor...! Todos mis huesos son ajenos; yo talvez los robé! Yo vine a darme lo que acaso estuvo asignado para otro; y pienso que, si no hubiera nacido, otro pobre tomara este café! Yo soy un mal ladrón... A dónde iré! Y en esta hora fría, en que la tierra trasciende a polvo humano y es tan triste, quisiera yo tocar todas las puertas, y suplicar a no sé quién, perdón, y hacerle pedacitos de pan fresco aquí, en el horno de mi corazón...!
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El pan nuestro
Silencio. Aquí se ha hecho ya de noche, ya tras del cementerio se fue el sol; aquí se está llorando a mil pupilas: no vuelvas; ya murió mi corazón. Silencio. Aquí ya todo está vestido de dolor riguroso; y arde apenas, como un mal kerosene, esta pasión. Primavera vendrá. Cantarás «Eva» desde un minuto horizontal, desde un hornillo en que arderán los nardos de Eros. ¡Forja allí tu perdón para el poeta, que ha de dolerme aún, como clavo que cierra un ataúd! Mas... una noche de lirismo, tu buen seno, tu mar rojo se azotará con olas de quince años, al ver lejos, aviado con recuerdos mi corsario bajel, mi ingratitud. Después, tu manzanar, tu labio dándose, y que se aja por mí por la vez última, y que muere sangriento de amar mucho, como un croquis pagano de Jesús. Amada! Y cantarás; y ha de vibrar el femenino en mi alma, como en una enlutada catedral.
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Yeso
Carne de yugo, ha nacido más humillado que bello, con el cuello perseguido por el yugo para el cuello. Nace, como la herramienta, a los golpes destinado, de una tierra descontenta y un insatisfecho arado. Entre estiércol puro y vivo de vacas, trae a la vida un alma color de olivo vieja ya y encallecida. Empieza a vivir, y empieza a morir de ***** a ***** levantando la corteza de su madre con la yunta. Empieza a sentir, y siente la vida como una guerra y a dar fatigosamente en los huesos de la tierra. Contar sus años no sabe, y ya sabe que el sudor es una corona grave de sal para el labrador. Trabaja, y mientras trabaja masculinamente serio, se unge de lluvia y se alhaja de carne de cementerio. A fuerza de golpes, fuerte, y a fuerza de sol, bruñido, con una ambición de muerte despedaza un pan reñido. Cada nuevo día es más raíz, menos criatura, que escucha bajo sus pies la voz de la sepultura. Y como raíz se hunde en la tierra lentamente para que la tierra inunde de paz y panes su frente. Me duele este niño hambriento como una grandiosa espina, y su vivir ceniciento resuelve mi alma de encina. Lo veo arar los rastrojos, y devorar un mendrugo, y declarar con los ojos que por qué es carne de yugo. Me da su arado en el pecho, y su vida en la garganta, y sufro viendo el barbecho tan grande bajo su planta. ¿Quién salvará a este chiquillo menor que un grano de avena? ¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena? Que salga del corazón de los hombres jornaleros, que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros.
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El niño yuntero
Carne de yugo, ha nacido más humillado que bello, con el cuello perseguido por el yugo para el cuello. Nace, como la herramienta, a los golpes destinado, de una tierra descontenta y un insatisfecho arado. Entre estiércol puro y vivo de vacas, trae a la vida un alma color de olivo vieja ya y encallecida. Empieza a vivir, y empieza a morir de ***** a ***** levantando la corteza de su madre con la yunta. Empieza a sentir, y siente la vida como una guerra y a dar fatigosamente en los huesos de la tierra. Contar sus años no sabe, y ya sabe que el sudor es una corona grave de sal para el labrador. Trabaja, y mientras trabaja masculinamente serio, se unge de lluvia y se alhaja de carne de cementerio. A fuerza de golpes, fuerte, y a fuerza de sol, bruñido, con una ambición de muerte despedaza un pan reñido. Cada nuevo día es más raíz, menos criatura, que escucha bajo sus pies la voz de la sepultura. Y como raíz se hunde en la tierra lentamente para que la tierra inunde de paz y panes su frente. Me duele este niño hambriento como una grandiosa espina, y su vivir ceniciento resuelve mi alma de encina. Lo veo arar los rastrojos, y devorar un mendrugo, y declarar con los ojos que por qué es carne de yugo. Me da su arado en el pecho, y su vida en la garganta, y sufro viendo el barbecho tan grande bajo su planta. ¿Quién salvará a este chiquillo menor que un grano de avena? ¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena? Que salga del corazón de los hombres jornaleros, que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros.
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Mi padre, apenas en la mañana pajarina, pone sus setentiocho años, sus setentiocho ramos de invierno a solear. El cementerio de Santiago, untado en alegre año nuevo, está a la vista. Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él, y tornaron de algún entierro humilde. Hoy hace mucho tiempo que mi padre no sale Una broma de niños se desbanda. Otras veces le hablaba a mi madre de impresiones urbanas, de política; y hoy, apoyado en su bastón ilustre que sonara mejor en los años de la Gobernación, mi padre está desconocido, frágil, mi padre es una víspera. Lleva, trae, abstraído, reliquias, cosas, recuerdos, sugerencias. La mañana apacible le acompaña con sus alas blancas de hermana de la caridad. Día eterno es éste, día ingenuo, infante coral, oracional; se corona el tiempo de palomas, y el futuro se puebla de caravanas de inmortales rosas. Padre, aún sigue todo despertando; es enero que canta, es tu amor que resonando va en la Eternidad. Aún reirás de tus pequeñuelos, y habrá bulla triunfal en los Vacíos. Aún será año nuevo. Habrá empanadas; y yo tendré hambre, cuando toque a misa en el-beato campanario el buen ciego mélico con quien departieron mis sílabas escolares y frescas, mi inocencia rotunda. Y cuando la mañana llena de gracia, desde sus senos de tiempo, que son dos renuncias, dos avances de amor que se tienden y ruegan infinito, eterna vida, cante, y eche a volar Verbos plurales, jirones de tu ser, a la borda de sus alas blancas de hermana de la caridad, ¡oh, padre mío!
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Enereida
Mi padre, apenas en la mañana pajarina, pone sus setentiocho años, sus setentiocho ramos de invierno a solear. El cementerio de Santiago, untado en alegre año nuevo, está a la vista. Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él, y tornaron de algún entierro humilde. Hoy hace mucho tiempo que mi padre no sale Una broma de niños se desbanda. Otras veces le hablaba a mi madre de impresiones urbanas, de política; y hoy, apoyado en su bastón ilustre que sonara mejor en los años de la Gobernación, mi padre está desconocido, frágil, mi padre es una víspera. Lleva, trae, abstraído, reliquias, cosas, recuerdos, sugerencias. La mañana apacible le acompaña con sus alas blancas de hermana de la caridad. Día eterno es éste, día ingenuo, infante coral, oracional; se corona el tiempo de palomas, y el futuro se puebla de caravanas de inmortales rosas. Padre, aún sigue todo despertando; es enero que canta, es tu amor que resonando va en la Eternidad. Aún reirás de tus pequeñuelos, y habrá bulla triunfal en los Vacíos. Aún será año nuevo. Habrá empanadas; y yo tendré hambre, cuando toque a misa en el-beato campanario el buen ciego mélico con quien departieron mis sílabas escolares y frescas, mi inocencia rotunda. Y cuando la mañana llena de gracia, desde sus senos de tiempo, que son dos renuncias, dos avances de amor que se tienden y ruegan infinito, eterna vida, cante, y eche a volar Verbos plurales, jirones de tu ser, a la borda de sus alas blancas de hermana de la caridad, ¡oh, padre mío!
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A la cálida vida que transcurre canora con garbo de mujer sin letras ni antifaces, a la invicta belleza que salva y que enamora, responde, en la embriaguez de la encantada hora, un encono de hormigas en mis venas voraces. Fustigan el desmán del perenne hormigueo el pozo del silencio y el enjambre del ruido, la harina rebanada como doble trofeo en los fértiles bustos, el Infierno en que creo, el estertor final y el preludio del nido. Mas luego mis hormigas me negarán su abrazo y han de huir de mis pobres y trabajados dedos cual se olvida en la arena un gélido bagazo; y tu boca, que es cifra de eróticos denuedos, tu boca, que es mi rúbrica, mi manjar y mi adorno, tu boca, en que la lengua vibra asomada al mundo como réproba llama saliéndose de un horno, en una turbia fecha de cierzo gemebundo en que ronde la luna porque robarte quiera, ha de oler a sudario y a hierba machacada, a droga y a responso, a pabilo y a cera. Antes de que deserten mis hormigas, Amada, déjalas caminar camino de tu boca a que apuren los viáticos del sanguinario fruto que desde sarracenos oasis me provoca. Antes de que tus labios mueran, para mi luto, dámelos en el crítico umbral del cementerio como perfume y pan y tósigo y cauterio.
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Hormigas
Tras de la reja abierta entre los muros, La tierra negra sin árboles ni hierba, Con bancos de madera donde allá en la tarde Se sientan silenciosos unos viejos. En torno están las casas, cerca hay tiendas, Calles por las que juegan niños, y los trenes Pasan al lado de las tumbas. Es un barrio pobre. Como remiendos de las fachadas grises, Cuelgan en las ventanas trapos húmedos de lluvia. Borradas están ya las inscripciones De las losas con muertos de dos siglos, Sin amigos que les olvide, muertos Clandestinos. Mas cuando el sol despierta, Porque el sol brilla algunos días de junio, En lo hondo algo deben sentir los huesos viejos. Ni una hoja ni un pájaro. La piedra nada más. La tierra. ¿Es el infierno así? Hay dolor sin olvido, Con ruido y miseria, frío largo y sin esperanza. Aquí no existe el sueño silencioso De la muerte, que todavía la vida Se agita entre estas tumbas, como una prostituta Prosigue su negocio bajo la noche inmóvil. Cuando la sombra cae desde el cielo nublado Y el humo de las fábricas se aquieta En polvo gris, vienen de la taberna voces, Y luego un tren que pasa Agita largos ecos como bronce iracundo. No es el juicio aún, muertos anónimos. Sosegaos, dormid; dormid, si es que podéis. Acaso Dios también se olvida de vosotros.
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Cementerio en la ciudad
Soñé que la ciudad estaba dentro del más bien muerto de los mares muertos. Era una madrugada del Invierno y lloviznaban gotas de silencio. No más señal viviente, que los ecos de una llamada a misa, en el misterio de una capilla oceánica, a lo lejos. De súbito me sales al encuentro, resucitada y con tus guantes negros. Para volar a ti, le dio su vuelo el Espíritu Santo a mi esqueleto. Al sujetarme con tus guantes negros me atrajiste al océano de tu seno, y nuestras cuatro manos se reunieron en medio de tu pecho y de mi pecho, como si fueran los cuatro cimientos de la fábrica de los universos. ¿Conservabas tu carne en cada hueso? El enigma de amor se veló entero en la prudencia de tus guantes negros. ¡Oh, prisionera del valle de México! Mi carne  [...  urna ...]  de tu ser perfecto; quedarán ya tus huesos en mis huesos; y el traje, el traje aquel, con que su cuerpo fue sepultado en el valle de México; y el figurín aquel, de pardo género que compraste en un viaje de recreo. Pero en la madrugada de mi sueño, nuestras manos, en un circuito eterno la vida apocalíptica vivieron. Un fuerte  [...  ventarrón ...]  como en un sueño, libre como cometa, y en su vuelo, la ceniza y  [...  la hez ...]  del cementerio gusté cual rosa  [...  entre tus guantes negros ...].
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El sueño de los guantes negros
Inútilmente fui recorriendo senderos entre mármoles. Luz de prodigiosa hondura. (Toda la noche había llovido. Al clarear cesó la lluvia. Nubes navegaban el cielo; nubes blancas). Inútil fue recorrer senderos, buscar tu nombre. Inútil: no lo hallé. Y recé una oración por ti -¿por ti o por mí? Después te olvidé. Sean los muertos los que entierran a sus muertos Estaba tan olvidado todo! Pero esta noche... ¿Por qué será imposible verte de nuevo, hablarte, escucharte, tocarte, ir -con los mismos cuerpos y almas que tuvimos, pero con más amor- uno al lado del otro... (Ilusión descuajada del espacio y del tiempo lo sé para mi daño). Yo te hablaría lo mismo que hablaría, si yo fuese su dueño mi verso: con palabras de cada día, pero bajo las que sonara la corriente fluvial de la ternura. Como se hablan los hombres, conteniendo las ganas de llorar, de decirse «te quiero». Sin llorar ni decirse «te quiero», que es cosa de mujeres. Qué quedaría entonces de ti, después de tantos años bajo la tierra. Dónde hallarte -pensé aquel día. No estamos jamás donde morimos definitivamente, sino donde morimos día a día. Pero esta noche... Te abrazaría, créeme, te besaría, te daría calor, te adoraría. Haría algo que es más difícil: tratar de comprenderte. Y te comprendería te comprendo ya, créelo. Nos va enseñando tanto la vida... Nos enseña por qué un hombre ve rota su voluntad, y sueña, y vive solitario; por qué va a la deriva en el témpano errante arrancado a la costa, y se deja morir mientras mira impasible cómo se hunden los suyos, la carne de su carne, su hermoso mundo... Son líneas sin sentido éstas que trazo. Yo mismo no comprendo qué es lo que dejo en ellas. Acaso sea música de mi alma, arrancada de modo misterioso por tu mano de muerto. Tu mano viva. Yo pensé en ella, pero era una mano muerta, una mano enterrada la que yo perseguía. Inútilmente fui buscando aquella mano. Se estaba convirtiendo en festín de las flores. En vaho tibio para empeñar las estrellas. En luz malva y errante que da su son al alba. Estaría mezclándose con la tierra materna. Se hacía mano viva: lo que es ahora. Te abrazaría, créeme. Te daría calor. Te comprendo ya. Entonces no era tiempo. Fue un día de septiembre, en Ciriego, -un cementerio que oye la mar- el año mil novecientos cincuenta. Cuando vivías, eras un extraño. Aquel día entre mármoles, fui buscándote, tratando de comprenderte. Sólo esta noche, de modo inesperado, al fin he comprendido. Tarde, para mi daño.
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Remordimiento
Inútilmente fui recorriendo senderos entre mármoles. Luz de prodigiosa hondura. (Toda la noche había llovido. Al clarear cesó la lluvia. Nubes navegaban el cielo; nubes blancas). Inútil fue recorrer senderos, buscar tu nombre. Inútil: no lo hallé. Y recé una oración por ti -¿por ti o por mí? Después te olvidé. Sean los muertos los que entierran a sus muertos Estaba tan olvidado todo! Pero esta noche... ¿Por qué será imposible verte de nuevo, hablarte, escucharte, tocarte, ir -con los mismos cuerpos y almas que tuvimos, pero con más amor- uno al lado del otro... (Ilusión descuajada del espacio y del tiempo lo sé para mi daño). Yo te hablaría lo mismo que hablaría, si yo fuese su dueño mi verso: con palabras de cada día, pero bajo las que sonara la corriente fluvial de la ternura. Como se hablan los hombres, conteniendo las ganas de llorar, de decirse «te quiero». Sin llorar ni decirse «te quiero», que es cosa de mujeres. Qué quedaría entonces de ti, después de tantos años bajo la tierra. Dónde hallarte -pensé aquel día. No estamos jamás donde morimos definitivamente, sino donde morimos día a día. Pero esta noche... Te abrazaría, créeme, te besaría, te daría calor, te adoraría. Haría algo que es más difícil: tratar de comprenderte. Y te comprendería te comprendo ya, créelo. Nos va enseñando tanto la vida... Nos enseña por qué un hombre ve rota su voluntad, y sueña, y vive solitario; por qué va a la deriva en el témpano errante arrancado a la costa, y se deja morir mientras mira impasible cómo se hunden los suyos, la carne de su carne, su hermoso mundo... Son líneas sin sentido éstas que trazo. Yo mismo no comprendo qué es lo que dejo en ellas. Acaso sea música de mi alma, arrancada de modo misterioso por tu mano de muerto. Tu mano viva. Yo pensé en ella, pero era una mano muerta, una mano enterrada la que yo perseguía. Inútilmente fui buscando aquella mano. Se estaba convirtiendo en festín de las flores. En vaho tibio para empeñar las estrellas. En luz malva y errante que da su son al alba. Estaría mezclándose con la tierra materna. Se hacía mano viva: lo que es ahora. Te abrazaría, créeme. Te daría calor. Te comprendo ya. Entonces no era tiempo. Fue un día de septiembre, en Ciriego, -un cementerio que oye la mar- el año mil novecientos cincuenta. Cuando vivías, eras un extraño. Aquel día entre mármoles, fui buscándote, tratando de comprenderte. Sólo esta noche, de modo inesperado, al fin he comprendido. Tarde, para mi daño.
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Qué hicisteis vosotros, gidistas intelectualistas, rilkistas, misterizantes, falsos brujos existenciales, amapolas surrealistas encendidas en una tumba, europeizados cadáveres de la moda, pálidas lombrices del queso capitalista, qué hicisteis ante el reinado de la angustia, frente a este oscuro ser humano, a esta pateada compostura, a esta cabeza sumergida en el estiércol, a esta esencia de ásperas vidas pisoteadas? No hicisteis nada sino la fuga: vendisteis hacinado detritus, buscasteis cabellos celestes, plantas cobardes, uñas rotas, «belleza pura», «sortilegio», obras de pobres asustados para evadir los ojos, para enmarañar las delicadas pupilas, para subsistir con el plato de restos sucios que os arrojaron los señores, sin ver la piedra en agonía, sin defender, sin conquistar, más ciegos que las coronas del cementerio, cuando cae la lluvia sobre las inmóviles flores podridas de las tumbas.
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Los poetas celestes
Vine aquí como escribo estas líneas, sin idea fija: una mezquita azul y verde, seis minaretes truncos, dos o tres tumbas, memorias de un poeta santo, los nombres de Timur y su linaje.Encontré al viento de los cien días. Todas las noches las cubrió de arena, acosó mi frente, me quemó los párpados. La madrugada:                             dispersión de pájaros y ese rumor de agua entre piedras que son los pasos campesinos. (Pero el agua sabía a polvo). Murmullos en el llano, apariciones                       desapariciones, ocres torbellinos insubstanciales como mis pensamientos. Vueltas y vueltas en un cuarto de hotel o en las colinas: la tierra un cementerio de camellos y en mis cavilaciones siempre los mismos rostros que se desmoronan. ¿El viento, el señor de las ruinas, es mi único maestro? Erosiones: el menos crece más y más.En la tumba del santo, hondo en el árbol seco, clavé un clavo,                             no, como los otros, contra el mal de ojo: contra mí mismo.                                   (Algo dije: palabras que se lleva el viento).Una tarde pactaron las alturas. Sin cambiar de lugar                                       caminaron los chopos. Sol en los azulejos                                   súbitas primaveras. En el Jardín de las Señoras subí a la cúpula turquesa. Minaretes tatuados de signos: la escritura cúfica, más allá de la letra, se volvió transparente. No tuve la visión sin imágenes, no vi girar las formas hasta desvanecerse en claridad inmóvil, el ser ya sin substancia del sufí. No bebí plenitud en el vacío ni vi las treinta y dos señales del Bodisatva cuerpo de diamante. Vi un cielo azul y todos los azules, del blanco al verde todo el abanico de los álamos y sobre el pino, más aire que pájaro, el mirlo blanquinegro. Vi al mundo reposar en sí mismo. Vi las apariencias. Y llame a esa media hora: Perfección de lo Finito.
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Felicidad en herat
Vine aquí como escribo estas líneas, sin idea fija: una mezquita azul y verde, seis minaretes truncos, dos o tres tumbas, memorias de un poeta santo, los nombres de Timur y su linaje.Encontré al viento de los cien días. Todas las noches las cubrió de arena, acosó mi frente, me quemó los párpados. La madrugada:                             dispersión de pájaros y ese rumor de agua entre piedras que son los pasos campesinos. (Pero el agua sabía a polvo). Murmullos en el llano, apariciones                       desapariciones, ocres torbellinos insubstanciales como mis pensamientos. Vueltas y vueltas en un cuarto de hotel o en las colinas: la tierra un cementerio de camellos y en mis cavilaciones siempre los mismos rostros que se desmoronan. ¿El viento, el señor de las ruinas, es mi único maestro? Erosiones: el menos crece más y más.En la tumba del santo, hondo en el árbol seco, clavé un clavo,                             no, como los otros, contra el mal de ojo: contra mí mismo.                                   (Algo dije: palabras que se lleva el viento).Una tarde pactaron las alturas. Sin cambiar de lugar                                       caminaron los chopos. Sol en los azulejos                                   súbitas primaveras. En el Jardín de las Señoras subí a la cúpula turquesa. Minaretes tatuados de signos: la escritura cúfica, más allá de la letra, se volvió transparente. No tuve la visión sin imágenes, no vi girar las formas hasta desvanecerse en claridad inmóvil, el ser ya sin substancia del sufí. No bebí plenitud en el vacío ni vi las treinta y dos señales del Bodisatva cuerpo de diamante. Vi un cielo azul y todos los azules, del blanco al verde todo el abanico de los álamos y sobre el pino, más aire que pájaro, el mirlo blanquinegro. Vi al mundo reposar en sí mismo. Vi las apariencias. Y llame a esa media hora: Perfección de lo Finito.
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El diamante de una estrella Ha rayado el hondo cielo, Pájaro de luz que quiere Escapar del universo Y huye del enorme nido Donde estaba prisionero Sin saber que lleva atada Una cadena en el cuello.     Cazadores extrahumanos Están cazando luceros, Cisnes de plata maciza En el agua del silencio.     Los chopos niños recitan La cartilla. Es el maestro Un chopo antiguo que mueve Tranquilo sus brazos viejos.     Ahora en el monte lejano jugarán todos los muertos a la baraja. ¡Es tan triste la vida en el cementerio!     ¡Rana, empieza tu cantar! ¡Grillo, sal de tu agujero! Haced un bosque sonoro Con vuestras flautas. Yo vuelo Hacia mi casa intranquilo.     Se agitan en mi recuerdo Dos palomas campesinas Y en el horizonte, lejos, Se hunde el arcaduz del día. ¡Terrible noria del tiempo!
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El diamante
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros. No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Hay un muerto en el cementerio más lejano que se queja tres años porque tiene un paisaje seco en la rodilla; y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase. No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas. Pero no hay olvido, ni sueño: carne viva. Los besos atan las bocas en una maraña de venas recientes y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros. Un día los caballos vivirán en las tabernas y las hormigas furiosas atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas. Otro día veremos la resurrección de las mariposas disecadas y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero, a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato, hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan, donde espera la dentadura del oso, donde espera la mano momificada del niño y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul. No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Pero si alguien cierra los ojos, ¡azotadlo, hijos míos, azotadlo! Haya un panorama de ojos abiertos y amargas llagas encendidas. No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. Ya lo he dicho. No duerme nadie. Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes, abrid los escotillones para que vea bajo la luna las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
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Ciudad sin sueño (nocturno del brooklyn bridge)
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros. No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Hay un muerto en el cementerio más lejano que se queja tres años porque tiene un paisaje seco en la rodilla; y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase. No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas. Pero no hay olvido, ni sueño: carne viva. Los besos atan las bocas en una maraña de venas recientes y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros. Un día los caballos vivirán en las tabernas y las hormigas furiosas atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas. Otro día veremos la resurrección de las mariposas disecadas y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero, a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato, hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan, donde espera la dentadura del oso, donde espera la mano momificada del niño y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul. No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Pero si alguien cierra los ojos, ¡azotadlo, hijos míos, azotadlo! Haya un panorama de ojos abiertos y amargas llagas encendidas. No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. Ya lo he dicho. No duerme nadie. Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes, abrid los escotillones para que vea bajo la luna las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
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No me busques entre los vivos. No me busques en lo que vibra. No me busques en los jardines…. ya es infértil mi tierra. No me busques entre los vivos, ni en el cielo azul, ni en la luz de un niño, ni en la sonrisa de un anciano, ni en la esperanza de un santo, ni en la ardor de amantes, ni en la lluvia campante, ni en la sequía del otoño, ni en la carencia del rico, ni en la riqueza del pobre. Búscame entre los muertos. Entre el crepúsculo del sol….. cuando la noche es ama y reina. Búscame en el cementerio de los desilusionados, en el dolor de los huesos, en el polvo del cremado, en el silencio de la luna, en la neblina celada, en el infecundo otoño, en el frio verano, en la hoja quemada, en el invierno infernal, y en el infierno de los que no son correspondidos. No me busques entre los vivos. No me busques entre sonidos, ni en eufonías harmónicas, ni en la risa perseverante de la juventud, ni en la pluma del poeta, ni en la voz de una dulce doncella. Búscame allí donde me dejaste. Búscame en ese estancado instante. Búscame en lo inmoble, lo innombrable. En el tiempo detenido. En el puerto del tiempo. En el tiempo de los muertos. En el muelle de las almas dolidas; las que penan por un amor traicionado, por un amor abandonado, por un amor sin amor por los amores de mentiras. No me busques entre los vivos, búscame si recuerdas que anide en tu nido. No me busques entre los vivos… ¡no recuerdas que me mataste, cuando decidiste marcharte! No me busques entre los vivos... No soy Jesucristo.....¡no creo que resucite! LeydisProse 7/7/2017 https://www.facebook.com/LeydisProse/
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Jul 8, 2017
Jul 8, 2017 at 9:08 AM UTC
No Me Busques entre los Vivos (morí, cuando te marchaste)
No me busques entre los vivos. No me busques en lo que vibra. No me busques en los jardines…. ya es infértil mi tierra. No me busques entre los vivos, ni en el cielo azul, ni en la luz de un niño, ni en la sonrisa de un anciano, ni en la esperanza de un santo, ni en la ardor de amantes, ni en la lluvia campante, ni en la sequía del otoño, ni en la carencia del rico, ni en la riqueza del pobre. Búscame entre los muertos. Entre el crepúsculo del sol….. cuando la noche es ama y reina. Búscame en el cementerio de los desilusionados, en el dolor de los huesos, en el polvo del cremado, en el silencio de la luna, en la neblina celada, en el infecundo otoño, en el frio verano, en la hoja quemada, en el invierno infernal, y en el infierno de los que no son correspondidos. No me busques entre los vivos. No me busques entre sonidos, ni en eufonías harmónicas, ni en la risa perseverante de la juventud, ni en la pluma del poeta, ni en la voz de una dulce doncella. Búscame allí donde me dejaste. Búscame en ese estancado instante. Búscame en lo inmoble, lo innombrable. En el tiempo detenido. En el puerto del tiempo. En el tiempo de los muertos. En el muelle de las almas dolidas; las que penan por un amor traicionado, por un amor abandonado, por un amor sin amor por los amores de mentiras. No me busques entre los vivos, búscame si recuerdas que anide en tu nido. No me busques entre los vivos… ¡no recuerdas que me mataste, cuando decidiste marcharte! No me busques entre los vivos... No soy Jesucristo.....¡no creo que resucite! LeydisProse 7/7/2017 https://www.facebook.com/LeydisProse/
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Nadie supo su nombre: Era un solo ojo gris y una pipa apagada Doscientos años antes, hubiéramos creído que era un viejo pirata. Su casa, frente al mar, era apenas un techo y una tapia. A veces parecía menos viejo, hablando de tormentas y de islas lejanas… No, no, ya no hay tesoros; yo lo sé bien… -decía y suspiraba-. El humo de la estufa lo hizo toser de pronto, cuando quemó sus mapas. Buscador de tesoros, le crecieron las manos en el pico y la pala. Cien años removiendo litorales de olvido y nunca encontró nada... Cuando murió, en un sueño, la canción del domingo movía las campanas. Se quedó para siempre con las manos vacías. Su pipa estaba rota debajo de la hamaca. El cementerio de pescadores era un muro de conchas al final de la playa. Aquella noche subió el mar. Fueron sesenta cruces humildes bajo el agua. Y dijo el cura: Hay que enterrarlo aquí, en el patio de su casa. (Sin su pipa en la boca parecía más viejo. Yo le eché en un bolsillo su cuchara de plata). Algo tembló en su mano, al olor de la tierra y el ruido de las palas. Y nosotros cavábamos la fosa, con el largo de un remo con el ancho de un ancla. Y sabedlo: allá abajo, Miska, el grumete cojo, vio una cosa oxidada. Y era un cofre, sabedlo: ¡Y fue un fulgor de joyas cuando saltó la tapa! Cien años removiendo litorales de olvido, y nunca encontró nada. -No, no, ya no hay tesoros; yo lo sé bien... decía y suspiraba… Oh, nadie como él, nadie, conocía las grutas de las islas lejanas. Y estaba allí, sabedlo: ¡allí, en el patio de su casa! Nadie supo su nombre: era un solo ojo gris y una pipa apagada.
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Balada del buscador de tesoros
Nadie supo su nombre: Era un solo ojo gris y una pipa apagada Doscientos años antes, hubiéramos creído que era un viejo pirata. Su casa, frente al mar, era apenas un techo y una tapia. A veces parecía menos viejo, hablando de tormentas y de islas lejanas… No, no, ya no hay tesoros; yo lo sé bien… -decía y suspiraba-. El humo de la estufa lo hizo toser de pronto, cuando quemó sus mapas. Buscador de tesoros, le crecieron las manos en el pico y la pala. Cien años removiendo litorales de olvido y nunca encontró nada... Cuando murió, en un sueño, la canción del domingo movía las campanas. Se quedó para siempre con las manos vacías. Su pipa estaba rota debajo de la hamaca. El cementerio de pescadores era un muro de conchas al final de la playa. Aquella noche subió el mar. Fueron sesenta cruces humildes bajo el agua. Y dijo el cura: Hay que enterrarlo aquí, en el patio de su casa. (Sin su pipa en la boca parecía más viejo. Yo le eché en un bolsillo su cuchara de plata). Algo tembló en su mano, al olor de la tierra y el ruido de las palas. Y nosotros cavábamos la fosa, con el largo de un remo con el ancho de un ancla. Y sabedlo: allá abajo, Miska, el grumete cojo, vio una cosa oxidada. Y era un cofre, sabedlo: ¡Y fue un fulgor de joyas cuando saltó la tapa! Cien años removiendo litorales de olvido, y nunca encontró nada. -No, no, ya no hay tesoros; yo lo sé bien... decía y suspiraba… Oh, nadie como él, nadie, conocía las grutas de las islas lejanas. Y estaba allí, sabedlo: ¡allí, en el patio de su casa! Nadie supo su nombre: era un solo ojo gris y una pipa apagada.
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En la amplitud benigna del contorno y rompiendo el mutismo del paisaje flotan como poema de consuelo las estrofas metálicas de las torres parleras; retratan el matiz de la llanura en su inmóvil pupila las vacadas dispersas en la margen del río que abandona en su corriente sus vellones de armiño y refleja del puente en las columnas su música de acentos virgilianos; y parece que el alma de las cosas más imponentes del nativo suelo me saluda con voces fraternales. El rumor de una interna clarinada resucita del fondo de mi mente a los preclaros héroes del terruño y me siento orgulloso de la sangre que hincha mis arterias juveniles; miro que están en pie los viejos muros de la casa paterna y con los hilos frágiles del sueño reconstruyo el momento de la dicha; las jardines fragantes disipan con sus prados luminosos las obstinadas nieblas de mi invierno, y con su nota azul me torna alegre la familiaridad de las montañas. Vuelvo otra vez a tu clemente asilo, tierra de amor donde mis ojos vieron de la existencia las primeras luces, y al llegar a tu abrigo me conforto con el sano perfume de tus brisas; en el mudo jardín de mi tristeza evocan las escenas de la infancia de la dicha los pájaros locuaces; oigo la voz solemne del pasado sonar alegremente en el silencio de mis desolaciones interiores; y al ver el apiñado caserío que guarda entre sus muros paternales a la mujer que iluminó mi senda haciendo que brotara mi cariño en románticas flores, miro apuntar la aurora sonriente en la noche sin fin de mi congoja, charlando en los aleros de mi alma la errante golondrina del recuerdo. ¡Oh tierra bendecida que idolatro con el más reverente de los cultos, con qué júbilo inmenso reconozco la religiosidad de tus matronas y la hidalga nobleza de tus hijos! En tu regazo amante se mitiga el rigor de mis duelos incurables, me das el dulce título de hermano y con ansias anhelo, como en un insinuante panteísmo, ser el bronce que suena en tus esquilas, una roca prendida en tus picachos o un álamo llorón junto a las tapias de tu dormido y grave cementerio.
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El suelo nativo
En la amplitud benigna del contorno y rompiendo el mutismo del paisaje flotan como poema de consuelo las estrofas metálicas de las torres parleras; retratan el matiz de la llanura en su inmóvil pupila las vacadas dispersas en la margen del río que abandona en su corriente sus vellones de armiño y refleja del puente en las columnas su música de acentos virgilianos; y parece que el alma de las cosas más imponentes del nativo suelo me saluda con voces fraternales. El rumor de una interna clarinada resucita del fondo de mi mente a los preclaros héroes del terruño y me siento orgulloso de la sangre que hincha mis arterias juveniles; miro que están en pie los viejos muros de la casa paterna y con los hilos frágiles del sueño reconstruyo el momento de la dicha; las jardines fragantes disipan con sus prados luminosos las obstinadas nieblas de mi invierno, y con su nota azul me torna alegre la familiaridad de las montañas. Vuelvo otra vez a tu clemente asilo, tierra de amor donde mis ojos vieron de la existencia las primeras luces, y al llegar a tu abrigo me conforto con el sano perfume de tus brisas; en el mudo jardín de mi tristeza evocan las escenas de la infancia de la dicha los pájaros locuaces; oigo la voz solemne del pasado sonar alegremente en el silencio de mis desolaciones interiores; y al ver el apiñado caserío que guarda entre sus muros paternales a la mujer que iluminó mi senda haciendo que brotara mi cariño en románticas flores, miro apuntar la aurora sonriente en la noche sin fin de mi congoja, charlando en los aleros de mi alma la errante golondrina del recuerdo. ¡Oh tierra bendecida que idolatro con el más reverente de los cultos, con qué júbilo inmenso reconozco la religiosidad de tus matronas y la hidalga nobleza de tus hijos! En tu regazo amante se mitiga el rigor de mis duelos incurables, me das el dulce título de hermano y con ansias anhelo, como en un insinuante panteísmo, ser el bronce que suena en tus esquilas, una roca prendida en tus picachos o un álamo llorón junto a las tapias de tu dormido y grave cementerio.
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El palomar de las cartas abre su imposible vuelo desde las trémulas mesas donde se apoya el recuerdo, la gravedad de la ausencia, el corazón, el silencio. Oigo un latido de cartas navegando hacia su centro. Donde voy, con las mujeres y con los hombres me encuentro, malheridos por la ausencia, desgastados por el tiempo. Cartas, relaciones, cartas: tarjetas postales, sueños, fragmentos de la ternura, proyectados en el cielo, lanzados de sangre a sangre y de deseo a deseo. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré. En un rincón enmudecen cartas viejas, sobres viejos, con el color de la edad sobre la escritura puesto. Allí perecen las cartas llenas de estremecimientos. Allí agoniza la tinta y desfallecen los pliegos, y el papel se agujerea como un breve cementerio de las pasiones de antes, de los amores de luego. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré. Cuando te voy a escribir se emocionan los tinteros: los negros tinteros fríos se ponen rojos y trémulos, y un claro calor humano sube desde el fondo ***** Cuando te voy a escribir, te van a escribir mis huesos: te escribo con la imborrable tinta de mi sentimiento. Allá va mi carta cálida, paloma forjada al fuego, con las dos alas plegadas y la dirección en medio. Ave que sólo persigue, para nido y aire y cielo, carne, manos, ojos tuyos, y el espacio de tu aliento. Y te quedarás desnuda dentro de tus sentimientos, sin ropa, para sentirla del todo contra tu pecho. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré. Ayer se quedó una carta abandonada y sin dueño, volando sobre los ojos de alguien que perdió su cuerpo. Cartas que se quedan vivas hablando para los muertos: papel anhelante, humano, sin ojos que puedan serlo. Mientras los colmillos crecen, cada vez más cerca siento la leve voz de tu carta igual que un clamor inmenso. La recibiré dormido, si no es posible despierto. Y mis heridas serán los derramados tinteros, las bocas estremecidas de rememorar tus besos, y con su inaudita voz han de repetir: te quiero.
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Carta
El palomar de las cartas abre su imposible vuelo desde las trémulas mesas donde se apoya el recuerdo, la gravedad de la ausencia, el corazón, el silencio. Oigo un latido de cartas navegando hacia su centro. Donde voy, con las mujeres y con los hombres me encuentro, malheridos por la ausencia, desgastados por el tiempo. Cartas, relaciones, cartas: tarjetas postales, sueños, fragmentos de la ternura, proyectados en el cielo, lanzados de sangre a sangre y de deseo a deseo. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré. En un rincón enmudecen cartas viejas, sobres viejos, con el color de la edad sobre la escritura puesto. Allí perecen las cartas llenas de estremecimientos. Allí agoniza la tinta y desfallecen los pliegos, y el papel se agujerea como un breve cementerio de las pasiones de antes, de los amores de luego. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré. Cuando te voy a escribir se emocionan los tinteros: los negros tinteros fríos se ponen rojos y trémulos, y un claro calor humano sube desde el fondo ***** Cuando te voy a escribir, te van a escribir mis huesos: te escribo con la imborrable tinta de mi sentimiento. Allá va mi carta cálida, paloma forjada al fuego, con las dos alas plegadas y la dirección en medio. Ave que sólo persigue, para nido y aire y cielo, carne, manos, ojos tuyos, y el espacio de tu aliento. Y te quedarás desnuda dentro de tus sentimientos, sin ropa, para sentirla del todo contra tu pecho. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré. Ayer se quedó una carta abandonada y sin dueño, volando sobre los ojos de alguien que perdió su cuerpo. Cartas que se quedan vivas hablando para los muertos: papel anhelante, humano, sin ojos que puedan serlo. Mientras los colmillos crecen, cada vez más cerca siento la leve voz de tu carta igual que un clamor inmenso. La recibiré dormido, si no es posible despierto. Y mis heridas serán los derramados tinteros, las bocas estremecidas de rememorar tus besos, y con su inaudita voz han de repetir: te quiero.
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Con luto en la mirada, Llevo luto en la mirada, llevo pesadez en el alma, llevo la tristeza en los labios, y la sonrisa trastornada. Si me veo mejor así.. porque desde que te perdí.. el ***** es el único color que me acerca a ti. Así, vestida con la negrura de la noche en la pesadumbre del día sin ti, enterrando día tras día las ilusiones que cobije en ti. Llevo el luto por fuera y por dentro, el sonido de un amor truncado vencido y malogrado, son los únicos sonidos que me alientan hoy a mi. Llevo luto en la mirada, y, en el cementerio de los olvidados me resignaré a vivir! LeydisProse 11/14/2017 https://m.facebook.com/LeydisProse/
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Nov 15, 2017
Nov 15, 2017 at 6:27 AM UTC
Con luto en la mirada
Mamá se ha ido Ya no está viva Mamá dejo la tierra En el cementerio Mamá está más allá Ella está, en verdad, aquí y allá Mamá está muerta Y ya no sale Con nosotros, bajo el sol Mamá está en el cielo Ella nos mira y nos escucha Está pasando un buen rato Para vernos quejar y gritar Mamá está con la Virgen María Ambos nos escuchan y ríen Con tanta alegría que ellas lloran En el paraíso donde nadie muere Mamá se fue, de viaje Apenas puedes verlo en las nubes Mamá se quedó con nosotros Ella es invisible, dentro de nosotros Y todos deseamos a otras madres Felices estancias en el cementerio ¡Que la tierra sea ligera! PD: Este poema está dedicado a todos aquellos que perdieron a 'Mamá'. Copyright © Abril 2024, Hébert Logerie, todos los derechos reservados. Hébert Logerie es autor de varias colecciones de poemas.
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Nov 13, 2024
Nov 13, 2024 at 10:22 PM UTC
Mamá Se Va
Cuando yo era el niñodiós, era Moguer, este pueblo, una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro. Cada casa era palacio y catedral cada templo; estaba todo en su sitio, lo de la tierra y el cielo; y por esas viñas verdes saltaba yo con mi perro, alegres como las nubes, como los vientos, lijeros, creyendo que el horizonte era la raya del término. Recuerdo luego que un día en que volví yo a mi pueblo después del primer faltar, me pareció un cementerio. Las casas no eran palacios ni catedrales los templos, y en todas partes reinaban la soledad y el silencio. Yo me sentía muy chico, hormiguito de desierto, con Concha la Mandadera, toda de ***** con ***** que, bajo el tórrido sol y por la calle de Enmedio, iba tirando doblada del niñodiós y su perro: el niño todo metido en hondo ensimismamiento, el perro considerándolo con aprobación y esmero. ¡Qué tiempo el tiempo! ¿Se fue con el niñodiós huyendo? ¡Y quién pudiera ser siempre lo que fue con lo primero! ¡Quién pudiera no caer, no, no, no caer de viejo; ser de nuevo el alba pura, vivir con el tiempo entero, morir siendo el niñodiós en mi Moguer, este pueblo!
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Cuando yo era el niñodiós
donde dice "salió de sí como de un calabozo" (página tal verso cual) podría decir "el arbolito creció creció" o alguna otra equivocación a condición de tener ritmo ser cierta o verdadera así escribió sidney west estas líneas que nunca lo amarán en el frescor de un pozo ciego y oscuro arriba de la tierra deslumbrada por el sol o sol o sol o sol donde dice "si fuéramos o fuésemos/como rostros humanos" (página tal verso cual) es como el buey que allí se aró no podrido por la pena o la furia disimulando el mucho rato en soledá ¡ah sidney west! aquí terminan (ojalá) tus repechazos áspimos y pésimos qué poca por alrededor de este hombre y adentro qué animal a sidney west se lo comieron todos los pájaros que supo inventar la ponina y el nino especialmente golosos de su estado y pasión abierta dulce como inútil donde dice "un día pasó lo que sigue" (página tal verso cual) había pasado antes la tristeza y eso es fatal para el poeta fue fatal para el peno de west ¡ea bichitos tábanos fulgores que saludaban en el cementerio de Oak! allí lo pusieron a sidney west que duerma donde dice "que duerma duerma duerma" (página tal verso cual) debe decir que duerma y más nada así que west con el amor primero fue para sidney marinero sidney el último en historia giró con west como burro de noria que duerma y nada más debe decir (página tal verso cual) y más nada que duerma y no otra cosa que duerma duerma duerma que duerma duerma duerma sidney west hasta que alen por favor los pieses que duerma sidney west hasta que bien nos amoremos que duerma duerma duerma el padre lo respire si lo quisiese respirar acá yacen mezclados como antes peor que duerma duerma duerma que duerma sidney west donde dice "cortinas con los pájaros para que entre la mañana cantando" (página tal verso cual) debe apagarse a la mañana sidney west que duerma duerma duerma
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Fe de erratas
donde dice "salió de sí como de un calabozo" (página tal verso cual) podría decir "el arbolito creció creció" o alguna otra equivocación a condición de tener ritmo ser cierta o verdadera así escribió sidney west estas líneas que nunca lo amarán en el frescor de un pozo ciego y oscuro arriba de la tierra deslumbrada por el sol o sol o sol o sol donde dice "si fuéramos o fuésemos/como rostros humanos" (página tal verso cual) es como el buey que allí se aró no podrido por la pena o la furia disimulando el mucho rato en soledá ¡ah sidney west! aquí terminan (ojalá) tus repechazos áspimos y pésimos qué poca por alrededor de este hombre y adentro qué animal a sidney west se lo comieron todos los pájaros que supo inventar la ponina y el nino especialmente golosos de su estado y pasión abierta dulce como inútil donde dice "un día pasó lo que sigue" (página tal verso cual) había pasado antes la tristeza y eso es fatal para el poeta fue fatal para el peno de west ¡ea bichitos tábanos fulgores que saludaban en el cementerio de Oak! allí lo pusieron a sidney west que duerma donde dice "que duerma duerma duerma" (página tal verso cual) debe decir que duerma y más nada así que west con el amor primero fue para sidney marinero sidney el último en historia giró con west como burro de noria que duerma y nada más debe decir (página tal verso cual) y más nada que duerma y no otra cosa que duerma duerma duerma que duerma duerma duerma sidney west hasta que alen por favor los pieses que duerma sidney west hasta que bien nos amoremos que duerma duerma duerma el padre lo respire si lo quisiese respirar acá yacen mezclados como antes peor que duerma duerma duerma que duerma sidney west donde dice "cortinas con los pájaros para que entre la mañana cantando" (página tal verso cual) debe apagarse a la mañana sidney west que duerma duerma duerma
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