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"borra" poems
Te voy a escribir un poema, dice la voz grave, de padre severo, la que te da miedo, porque eso es lo que hago. Porque así hiero, así deshumanizo, así vuelvo invisible lo delineado, lo certero. Escribiendo transformo la carne y la sangre y los huesos en grafito que se borra, en caracteres que vuelan y se pierden. Así te vuelvo a ti, todo, en nada. Eras un gato. Eras lluvia ominosa. Fuentes sin agua, mar encerrado. Eras belleza donde nadie quería mirar. Nadie se acerca jamás a lo derruido y a lo gris a lo que huele a abandonado, extranjero. Me gustaba llorar en tu desolación. En la tierra húmeda que estaba bajo tus pies. En las manos siempre vacías. Eras extraordinario. Un caballero exiliado, un detective medieval, un magnate honesto. Eras, eras, eras. Déjame convertirte, ahora, en algo más. Ahora que has dejado de ser, que incluso perdiste la piel, el cabello, el brillo. Eres Siddharta, joven de nuevo camino. Eres el Buda. Renunciaste a todo [polvo, ropa usada, brillo] Te volviste nada. Un mesías. El Uno. Poesía. ¿Tú? Tú no eres poesía, tu no eres las copas de los árboles que se mecen [se mecen] junto con el caprichoso baile del viento. ¿Tú? Comes y amas y vives y haces y dejas de hacer porque ya es de día y ya es de noche. ¿Tú? Siddharta Eclipsado por la Luz. Siddharta sin voz. Sólo Om. Om. Om. Eras el soldado sin nombre. Todos ellos, deshechos por la guerra, con lámparas de aceite en la mirada, pasos tenues. Eras. Eso es lo que eres. La exaltación [mía] del pasado, el vivir en los recuerdos, la nostalgia, la niñez difuminada, antes de anochecer, una sonrisa inocente. No es un vacío o un espacio sin polvo entre los libros, la marca de que un cuerpo que estuvo entre las sábanas. Eres el pasado que murió y ya no existe. No eres, dios reencarnado. Te volviste santo, te sentaste y te transformaste en piedra tallada, te cubriste de musgo y de olvido, solamente. Todo lo demás es demasiado humano. Siddharta, inútil cualquier intento. Porque no puedes ganarme. Yo soy la pluma que escribe. Yo te invento, yo te insuflo vida y yo ya no quiero dártela, porque estás intentando escribir y eso no te lo puedo permitir. Eso no lo puede hacer. Yo soy Jesús de Judea, vivo, muerto, con luz propia, crucificado, envuelto en rosas, en todas partes, los puentes, las manchas, los cuellos, las malas palabras, el **** el día y la noche, tinta, papel de arroz, copal y oro. Todo, todos. [ Entre dos montañas y un río, el Buda más grande de la Tierra se sienta. En su oreja izquierda, sin embargo, vive una familia de golondrinas. ] Esta es mi venganza, piedra verde, chiquillo de la nada.
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Oct 29, 2012
Oct 29, 2012 at 4:09 PM UTC
La venganza de Siddharta.
Te voy a escribir un poema, dice la voz grave, de padre severo, la que te da miedo, porque eso es lo que hago. Porque así hiero, así deshumanizo, así vuelvo invisible lo delineado, lo certero. Escribiendo transformo la carne y la sangre y los huesos en grafito que se borra, en caracteres que vuelan y se pierden. Así te vuelvo a ti, todo, en nada. Eras un gato. Eras lluvia ominosa. Fuentes sin agua, mar encerrado. Eras belleza donde nadie quería mirar. Nadie se acerca jamás a lo derruido y a lo gris a lo que huele a abandonado, extranjero. Me gustaba llorar en tu desolación. En la tierra húmeda que estaba bajo tus pies. En las manos siempre vacías. Eras extraordinario. Un caballero exiliado, un detective medieval, un magnate honesto. Eras, eras, eras. Déjame convertirte, ahora, en algo más. Ahora que has dejado de ser, que incluso perdiste la piel, el cabello, el brillo. Eres Siddharta, joven de nuevo camino. Eres el Buda. Renunciaste a todo [polvo, ropa usada, brillo] Te volviste nada. Un mesías. El Uno. Poesía. ¿Tú? Tú no eres poesía, tu no eres las copas de los árboles que se mecen [se mecen] junto con el caprichoso baile del viento. ¿Tú? Comes y amas y vives y haces y dejas de hacer porque ya es de día y ya es de noche. ¿Tú? Siddharta Eclipsado por la Luz. Siddharta sin voz. Sólo Om. Om. Om. Eras el soldado sin nombre. Todos ellos, deshechos por la guerra, con lámparas de aceite en la mirada, pasos tenues. Eras. Eso es lo que eres. La exaltación [mía] del pasado, el vivir en los recuerdos, la nostalgia, la niñez difuminada, antes de anochecer, una sonrisa inocente. No es un vacío o un espacio sin polvo entre los libros, la marca de que un cuerpo que estuvo entre las sábanas. Eres el pasado que murió y ya no existe. No eres, dios reencarnado. Te volviste santo, te sentaste y te transformaste en piedra tallada, te cubriste de musgo y de olvido, solamente. Todo lo demás es demasiado humano. Siddharta, inútil cualquier intento. Porque no puedes ganarme. Yo soy la pluma que escribe. Yo te invento, yo te insuflo vida y yo ya no quiero dártela, porque estás intentando escribir y eso no te lo puedo permitir. Eso no lo puede hacer. Yo soy Jesús de Judea, vivo, muerto, con luz propia, crucificado, envuelto en rosas, en todas partes, los puentes, las manchas, los cuellos, las malas palabras, el **** el día y la noche, tinta, papel de arroz, copal y oro. Todo, todos. [ Entre dos montañas y un río, el Buda más grande de la Tierra se sienta. En su oreja izquierda, sin embargo, vive una familia de golondrinas. ] Esta es mi venganza, piedra verde, chiquillo de la nada.
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Se enreda el lunes con el martes y la semana con el año: no se puede cortar el tiempo con tus tijeras fatigadas, y todos los nombres del día los borra el agua de la noche. Nadie puede llamarse Pedro, ninguna es Rosa ni María, todos somos polvo o arena, todos somos lluvia en la lluvia. Me han hablado de Venezuelas, de Paraguayes y de Chiles, no sé de lo que están hablando: conozco la piel de la tierra y sé que no tiene apellido. Cuando viví con las raíces me gustaron más que las flores, y cuando hablé con una piedra sonaba como una campana. Es tan larga la primavera que dura todo el invierno: el tiempo perdió los zapatos: un año tiene cuatro siglos. Cuando duermo todas las noches, cómo me llamo o no me llamo? Y cuando me despierto quién soy si no era yo cuando dormía? Esto quiere decir que apenas desembarcamos en la vida, que venimos recién naciendo, que no nos llenemos la boca con tantos nombres inseguros, con tantas etiquetas tristes, con tantas letras rimbombantes, con tanto tuyo y canto mío, con tanta firma en los papeles. Yo pienso confundir las cosas, unirlas y recién nacerlas, entreverarlas, desvestirlas, hasta que la luz del mundo tenga la unidad del océano, una integridad generosa, una fragancia crepitante.
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Demasiados nombres
Iba yo por la senda, tú venías por ella, mi amor cayó en tus brazos, tu amor tembló en los míos. Desde entonces mi cielo de noche tuvo estrellas y para recogerlas se hizo tu vida un río. Para ti cada roca que tocarán mis manos ha de ser manantial, aroma, fruta y flor.Para ti cada espiga debe apretar su grano y en cada espiga debe desgranarse mi amor.Me impedirás, en cambio, que yo mire la senda cuando llegue la muerte para dejarla trunca.Te cubrirán mis ojos como una doble venda.Me hablarás de un camino que no termine nunca. La música que escondo para encantarse huye lejos de la canción que borbota y resalta: como una vía láctea desde mi pecho fluye.En tus brazos se enredan las estrellas más altas. Tengo miedo. Perdóname por no haber llegado antes.Una sonrisa tuya borra todo un pasado: guarden tus labios dulces lo que ya está distante.En un beso sabrás todo lo que he callado.Tal vez no sepa entonces conocer tu caricia, porque en las venas mías tu ser se habrá fundido.Cuando yo muerda un fruto tú sabrás su delicia.Cuando cierres los ojos me quedaré dormido.
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El coloquio maravillado
¡Cuán solitaria la nación que un día poblara inmensa gente! ¡La nación cuyo imperio se extendía del Ocaso al Oriente!   Lágrimas viertes, infeliz ahora, soberana del mundo, ¡y nadie de tu faz encantadora borra el dolor profundo!   Oscuridad y luto tenebroso en ti vertió la muerte, y en su furor el déspota sañoso se complació en tu suerte.   No perdonó lo hermoso, patria mía; cayó el joven guerrero, cayó el anciano, y la segur impía manejó placentero.   So la rabia cayó la virgen pura del déspota sombrío, como eclipsa la rosa su hermosura en el sol del estío.   ¡Oh vosotros, del mundo, habitadores!, contemplad mi tormento: ¿Igualarse podrán ¡ah!, qué dolores al dolor que yo siento?   Yo desterrado de la patria mía, de una patria que adoro, perdida miro su primer valía, y sus desgracias lloro.   Hijos espurios y el fatal tirano sus hijos han perdido, y en campo de dolor su fértil llano tienen ¡ay!, convertido.   Tendió sus brazos la agitada España, sus hijos implorando; sus hijos fueron, mas traidora saña desbarató su bando.   ¿Qué se hicieron tus muros torreados? ¡Oh mi patria querida! ¿Dónde fueron tus héroes esforzados, tu espada no vencida?   ¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente está el rubor grabado: a sus ojos caídos tristemente el llanto está agolpado.   Un tiempo España fue: cien héroes fueron en tiempos de ventura, y las naciones tímidas la vieron vistosa en hermosura.   Cual cedro que en el Líbano se ostenta, su frente se elevaba; como el trueno a la virgen amedrenta, su voz las aterraba.   Mas ora, como piedra en el desierto, yaces desamparada, y el justo desgraciado vaga incierto allá en tierra apartada.   Cubren su antigua pompa y poderío pobre yerba y arena, y el enemigo que tembló a su brío burla y goza en su pena.   Vírgenes, destrenzad la cabellera y dadla al vago viento: acompañad con arpa lastimera mi lúgubre lamento.   Desterrados ¡oh Dios!, de nuestros lares, lloremos duelo tanto: ¿quién calmará ¡oh España!, tus pesares?, ¿quién secará tu llanto?
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A la patria
¡Cuán solitaria la nación que un día poblara inmensa gente! ¡La nación cuyo imperio se extendía del Ocaso al Oriente!   Lágrimas viertes, infeliz ahora, soberana del mundo, ¡y nadie de tu faz encantadora borra el dolor profundo!   Oscuridad y luto tenebroso en ti vertió la muerte, y en su furor el déspota sañoso se complació en tu suerte.   No perdonó lo hermoso, patria mía; cayó el joven guerrero, cayó el anciano, y la segur impía manejó placentero.   So la rabia cayó la virgen pura del déspota sombrío, como eclipsa la rosa su hermosura en el sol del estío.   ¡Oh vosotros, del mundo, habitadores!, contemplad mi tormento: ¿Igualarse podrán ¡ah!, qué dolores al dolor que yo siento?   Yo desterrado de la patria mía, de una patria que adoro, perdida miro su primer valía, y sus desgracias lloro.   Hijos espurios y el fatal tirano sus hijos han perdido, y en campo de dolor su fértil llano tienen ¡ay!, convertido.   Tendió sus brazos la agitada España, sus hijos implorando; sus hijos fueron, mas traidora saña desbarató su bando.   ¿Qué se hicieron tus muros torreados? ¡Oh mi patria querida! ¿Dónde fueron tus héroes esforzados, tu espada no vencida?   ¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente está el rubor grabado: a sus ojos caídos tristemente el llanto está agolpado.   Un tiempo España fue: cien héroes fueron en tiempos de ventura, y las naciones tímidas la vieron vistosa en hermosura.   Cual cedro que en el Líbano se ostenta, su frente se elevaba; como el trueno a la virgen amedrenta, su voz las aterraba.   Mas ora, como piedra en el desierto, yaces desamparada, y el justo desgraciado vaga incierto allá en tierra apartada.   Cubren su antigua pompa y poderío pobre yerba y arena, y el enemigo que tembló a su brío burla y goza en su pena.   Vírgenes, destrenzad la cabellera y dadla al vago viento: acompañad con arpa lastimera mi lúgubre lamento.   Desterrados ¡oh Dios!, de nuestros lares, lloremos duelo tanto: ¿quién calmará ¡oh España!, tus pesares?, ¿quién secará tu llanto?
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Desde el lago de la noche a la mar de los sueños Un río fluye a través de un viaje astral. Brillo en la luz etérea galáctico Al flotar por sentimientos que podrían ser. Viajo a través del tiempo y el espacio A un espectro exótico para vivir una vez más. En la azul bruma hipnótica del viejo hombre sabio Donde los sueños espectrales continúan por días. Días y días y noches Apetitos interplanetarios Saciando gota a gota Con café dulce hasta que nos detenemos Hasta que nos elevamos por encima de la luz Reflejos del aura de mi diosa; Cristalizando vigas fracturadas en Encantador mente en los arroyos Pensamientos e ideas tentadoras Que nos borra todos nuestros miedos Que nos lava de todo lo que creemos Cuando en la Tierra tejió nuestro pensamiento Desde el lago de la noche, a la mar de los sueños Luz espectral en vigas de baile En azul bruma hipnótica de tu corazón Donde los sueños se prolongan durante días y días...
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Dec 1, 2014
Dec 1, 2014 at 11:55 AM UTC
Mar de Sueños
Los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. Sobre la cresta de los peñones, vestidas de primera comunión, las casas de los aldeanos se arrodillan a los pies de la iglesia, se aprietan unas a otras, la levantan como si fuera una custodia, se anestesian de siesta y de repiqueteo de campana. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. A veces "suele" acontecer que precisamente allí se encuentra una estación. ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las catorce horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, de donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. En los compartimentos de primera, las butacas nos atornillan sus elásticos y nos descorchan un riñón, en tanto que las arañas realizan sus ejercicios de bombero alrededor de la lamparilla que se incendia en el techo. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros, y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. ¿Llegaremos al alba, o mañana al atardecer...? A través de la borra de las ventanillas. el crepúsculo espanta a los rebaños de sombras que salen de abajo de las rocas mientras nos vamos sepultando en una luz de catacumba. Se oye: el canto de las mujeres que mondan las legumbres del puchero de pasado mañana; el ronquido de los soldados que, sin saber por qué, nos trae la seguridad de que se han sacado los botines; los números del extracto de lotería, que todos los pasajeros aprenden de memoria. pues en los quioscos no han hallado ninguna otra cosa para leer. ¡Si al menos pudiéramos arrimar un ojo a alguno de los agujeritos que hay en el cielo! ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las veintisiete horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje.
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El tren expreso
Los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. Sobre la cresta de los peñones, vestidas de primera comunión, las casas de los aldeanos se arrodillan a los pies de la iglesia, se aprietan unas a otras, la levantan como si fuera una custodia, se anestesian de siesta y de repiqueteo de campana. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. A veces "suele" acontecer que precisamente allí se encuentra una estación. ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las catorce horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, de donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. En los compartimentos de primera, las butacas nos atornillan sus elásticos y nos descorchan un riñón, en tanto que las arañas realizan sus ejercicios de bombero alrededor de la lamparilla que se incendia en el techo. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros, y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. ¿Llegaremos al alba, o mañana al atardecer...? A través de la borra de las ventanillas. el crepúsculo espanta a los rebaños de sombras que salen de abajo de las rocas mientras nos vamos sepultando en una luz de catacumba. Se oye: el canto de las mujeres que mondan las legumbres del puchero de pasado mañana; el ronquido de los soldados que, sin saber por qué, nos trae la seguridad de que se han sacado los botines; los números del extracto de lotería, que todos los pasajeros aprenden de memoria. pues en los quioscos no han hallado ninguna otra cosa para leer. ¡Si al menos pudiéramos arrimar un ojo a alguno de los agujeritos que hay en el cielo! ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las veintisiete horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje.
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Unos cuerpos son como flores, Otros como puñales, Otros como cintas de agua; Pero todos, temprano o tarde, Serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden, Convirtiendo por virtud del fuego a una piedra en un hombre. Pero el hombre se agita en todas direcciones, Sueña con libertades, compite con el viento, Hasta que un día la quemadura se borra, Volviendo a ser piedra en el camino de nadie. Yo, que no soy piedra, sino camino Que cruzan al pasar los pies desnudos, Muero de amor por todos ellos; Les doy mi cuerpo para que lo pisen, Aunque les lleve a una ambición o a una nube, Sin que ninguno comprenda Que ambiciones o nubes No valen un amor que se entrega.
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Unos cuerpos son como flores
El humo azul, azul, entre mis dedos, inscribiendo en el aire su delirio y mal llovido a espesos lagrimones, ese arrítmico trote desvalido, enlutando los sueños, los balcones; mientras ya en el recuerdo el tiempo muerto, aquí voraz insecto, noche en celo, latido de persiana o ritmo grillo, es también clara senda que bordea bajo pinos la tarde y la ladera, para luego perderse entre azoteas o en la turbia corriente de estas venas, de gustos recatados y viajeros, que riega caracoles donde suena la muerta voz sepulta en la madera o el rumor interior de la penumbra que sustentan mis huesos, junto al humo y a cuanto no comprendo y me circunda: débil hoja dormida que despierta y suspira, se queja, se da vuelta, balbuceo de cielo en desamparo. ni mis pálidas uñas ¡tan siquiera!; mientras vuelvo a tu encuentro azar, memoria, en busca de callejas marineras que en plena resolana de naranjas bajaban, con sus redes, a una playa, o en los labios ya un gusto a madrugada -¿qué recuerdo se asoma a esa ventana?- me aproximo a mujeres amapola -¿por qué, por qué amapola?- entre zaguanes de aliento canallesco y voz gastada, tan cerca, en este instante, entre la borra nocturna, aquí también, ¡y tan amarga! -allá lejos, ¿por qué siempre amapola?- ya casi colindando con la aurora.
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Nocturno
Bajo un cámbulo en flor, en la llanura, cerca de clara fuente rumorosa que va regando a su rededor frescura, sin cruz la abandonada sepultura, el poeta suicida en paz reposa. Caprichoso juguete del destino, pálido, siempre triste, torvo y ceño, fue en extrañas regiones peregrino, siempre buscando su ideal divino, y siempre en pos de su imposible sueño. Una tarde, a los últimos fulgores de Sol, cuando en el viejo campanario del Ángelus vibraban los clamores, regresó, con su fardo de dolores, a su hogar el poeta solitario. «Mi corazón, nos dijo, paz desea; escribiré»... Para luchar cobarde Nada más escribió. Su sola idea era la de la muerte... Y otra tarde lo vimos que salía de la aldea. «Dónde vas?» Le dijimos                                 «Una cita; Voy de prisa... me esperan...» Infinita calma brillaba en su pupila inerte «¿Quien? No lo sé. Beatriz... o Margarita». ...Y su cita... ¡era cita con la muerte! Ya duerme... Y a las sombras, a lo ignoto, a la negra, infinita lontananza, lanzó el cansado y pálido piloto, su blanco ensueño, como mástil roto, como tabla deshecha, la Esperanza. Como es tierra maldita, no hay camino a do el triste cantor descansa inerme; huye su sepultura el campesino, solo... y en paz, con su laúd divino. Pero cuando la luna en los desiertos ámbitos se levantan, como aurora, como la blanca aurora de los muertos, desentume el canto los brazos yertos, y en su huesa callada se incorpora. ¿Qué dulce voz de misterioso encanto rompe el silencio de la noche? ¿Es una serenata de amor?... ¿Plegaria o llanto? ¿Notas de arpas celestes?... ¡Es el canto del poeta, a los rayos de la luna! Y surgen a su acento, cual visiones, las bellas heroínas inmortales de sus castos poemas y canciones... ¡De su vida, las blancas ilusiones; del poeta, las novias ideales! Van surgiendo al vibrar de la armonía, halo de luz sobre la frente, y llenas de albas rosas las manos... Se diría de canéforas blanca Teoría, bajo arcadas de mármol, en Atenas. En silencio lo escuchan... Ni un acento Se levanta inoportuno... Ni suspira Entre las ramas del guadual el viento. En torno todo es paz, recogimiento; todo es quietud al sollozar la ira. Callad al fin las notas armoniosas; y a la luz de la luna, que en la quieta llanura se difunde, las hermosas ponen sobre las sienes del poeta una corona de laurel y rosas Vuelve a cantar la brisa... Lentamente las visiones se extinguen una a una; como un áureo jardín es el Oriente, y el poeta en la fosa hunde la frente, mientras se borra en el azul la luna.
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La balada del poeta
Bajo un cámbulo en flor, en la llanura, cerca de clara fuente rumorosa que va regando a su rededor frescura, sin cruz la abandonada sepultura, el poeta suicida en paz reposa. Caprichoso juguete del destino, pálido, siempre triste, torvo y ceño, fue en extrañas regiones peregrino, siempre buscando su ideal divino, y siempre en pos de su imposible sueño. Una tarde, a los últimos fulgores de Sol, cuando en el viejo campanario del Ángelus vibraban los clamores, regresó, con su fardo de dolores, a su hogar el poeta solitario. «Mi corazón, nos dijo, paz desea; escribiré»... Para luchar cobarde Nada más escribió. Su sola idea era la de la muerte... Y otra tarde lo vimos que salía de la aldea. «Dónde vas?» Le dijimos                                 «Una cita; Voy de prisa... me esperan...» Infinita calma brillaba en su pupila inerte «¿Quien? No lo sé. Beatriz... o Margarita». ...Y su cita... ¡era cita con la muerte! Ya duerme... Y a las sombras, a lo ignoto, a la negra, infinita lontananza, lanzó el cansado y pálido piloto, su blanco ensueño, como mástil roto, como tabla deshecha, la Esperanza. Como es tierra maldita, no hay camino a do el triste cantor descansa inerme; huye su sepultura el campesino, solo... y en paz, con su laúd divino. Pero cuando la luna en los desiertos ámbitos se levantan, como aurora, como la blanca aurora de los muertos, desentume el canto los brazos yertos, y en su huesa callada se incorpora. ¿Qué dulce voz de misterioso encanto rompe el silencio de la noche? ¿Es una serenata de amor?... ¿Plegaria o llanto? ¿Notas de arpas celestes?... ¡Es el canto del poeta, a los rayos de la luna! Y surgen a su acento, cual visiones, las bellas heroínas inmortales de sus castos poemas y canciones... ¡De su vida, las blancas ilusiones; del poeta, las novias ideales! Van surgiendo al vibrar de la armonía, halo de luz sobre la frente, y llenas de albas rosas las manos... Se diría de canéforas blanca Teoría, bajo arcadas de mármol, en Atenas. En silencio lo escuchan... Ni un acento Se levanta inoportuno... Ni suspira Entre las ramas del guadual el viento. En torno todo es paz, recogimiento; todo es quietud al sollozar la ira. Callad al fin las notas armoniosas; y a la luz de la luna, que en la quieta llanura se difunde, las hermosas ponen sobre las sienes del poeta una corona de laurel y rosas Vuelve a cantar la brisa... Lentamente las visiones se extinguen una a una; como un áureo jardín es el Oriente, y el poeta en la fosa hunde la frente, mientras se borra en el azul la luna.
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Borra de tu memoria este número de teléfono. 2-6-8-1-4-5-6. Táchalo en tu agenda. Si ahora marcaras este número que no puede escucharte, nadie respondería. Este número sordomudo: 2-6-8-1-4-5-6. Borra, olvídalo, tacha este número muerto: es uno más, aunque fue único. Las hojas de tu agenda tienen más tachaduras que números y nombres. Ya quedan menos a los que llamar; apenas quedan números y nombres que te hablen o que te escuchen: 2-6-8-1-4-5-6. Haz todo lo que puedas para que se disuelva en tu memoria: destrúyelo, trastuécalo: 8-6-2-4-1-5-4, rómpele el ritmo que le correspondía: 4-5-2-6-1-8-4, ya no lo necesitas, no necesitas esos números, esos nombres o sombras. 2-6-8-1-4-5-6: «¿Está Leonor?» Y suponiendo que alguien te responda, será otra voz la que responderá. Baraja el número, confúndelo, desordénalo. Así: 1-4-2-5-6-8. «¿Está Guiomar?» Baraja números y nombres, barájalos, sobre todo los nombres: «¿Está Guionor?» «¿Está Leomar?»                                                                         Silencio. Olvida, tacha, borra, desvanece esos nombres y números, no intentes modelar la niebla. resígnate a que el viento la disperse. ¡Colinas plateadas...!
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Don antonio machado tacha en su agenda un número de teléfono
Por la sierra blanca... La nieve menuda y el viento de cara.   Por entre los pinos... con la blanca nieve se borra el camino.   Recio viento sopla de Urbión a Moncayo. ¡Páramos de Soria!Ya habrá cigüeñas al sol, mirando la tarde roja, entre Moncayo y Urbión.   Se abrió la puerta que tiene gonces en mi corazón. y otra vez la galería de mi historia apareció.   Otra vez la plazoleta de las acacias en flor, y otra vez la fuente clara cuenta un romance de amor.   Es la parda encina y el yermo de piedra. Cuando el sol tramonta, el río despierta.   ¡Oh montes lejanos de malva y violeta! En el aire en sombra sólo el río suena.   ¡Luna amoratada de una tarde vieja, en un campo frío, más luna que tierra!.   Soria de montes azules y de yermos de violeta, ¡cuántas veces te he soñado en esta florida vega por donde se va, entre naranjos de oro, Guadalquivir a la mar!   ¡Cuántas veces me borraste, tierra de ceniza, estos limonares verdes con sombras de tus encinas!   ¡Oh campos de Dios, entre Urbión el de Castilla y Moncayo el de Aragón!   En Córdoba, la serrana, en Sevilla, marinera y labradora, que tiene hinchada, hacia el mar, la vela; y en el ancho llano por donde la arena sorbe la baba del mar amargo, hacia la fuente del Duero mi corazón -¡Soria pura!- se tornaba... ¡Oh, fronteriza entre la tierra y la luna!   ¡Alta paramera donde corre el Duero niño tierra donde está su tierra!El río despierta. En el aire obscuro, sólo el río suena.   ¡Oh canción amarga del agua en la piedra! ...Hacia el alto Espino bajo las estrellas.   Sólo suena el río al fondo del valle, bajo el alto Espino.   En medio del campo, tiene la ventana abierta la ermita sin ermitaño. Un tejadillo verdoso. Cuatro muros blancos.   Lejos relumbra la piedra del áspero Guadarrama. Agua que brilla y no suena.   En el aire claro, ¡los alamillos del soto, sin hojas, liras de marzo!   Hacia Madrid, una noche, va el tren por el Guadarrama. En el cielo, el arco iris que hacen la luna y el agua. ¡Oh luna de abril, serena, que empuja las nubes blancas!   La madre lleva a su niño, dormido, sobre la falda. Duerme el niño y, todavía, ve el campo verde que pasa, y arbolillos soleados, y mariposas doradas.   La madre, ceño sombrío entre un ayer y un mañana, ve unas ascuas mortecinas y una hornilla con arañas.   Hay un trágico viajero, que debe ver cosas raras, y habla solo y, cuando mira, nos borra con la mirada.   Yo pienso en campos de nieve y en pinos de otras montañas.   Y tú, Señor, por quien todos vemos y que ves las almas, dinos si todos, un día, hemos de verte la cara.
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Canciones de tierras altas
Por la sierra blanca... La nieve menuda y el viento de cara.   Por entre los pinos... con la blanca nieve se borra el camino.   Recio viento sopla de Urbión a Moncayo. ¡Páramos de Soria!Ya habrá cigüeñas al sol, mirando la tarde roja, entre Moncayo y Urbión.   Se abrió la puerta que tiene gonces en mi corazón. y otra vez la galería de mi historia apareció.   Otra vez la plazoleta de las acacias en flor, y otra vez la fuente clara cuenta un romance de amor.   Es la parda encina y el yermo de piedra. Cuando el sol tramonta, el río despierta.   ¡Oh montes lejanos de malva y violeta! En el aire en sombra sólo el río suena.   ¡Luna amoratada de una tarde vieja, en un campo frío, más luna que tierra!.   Soria de montes azules y de yermos de violeta, ¡cuántas veces te he soñado en esta florida vega por donde se va, entre naranjos de oro, Guadalquivir a la mar!   ¡Cuántas veces me borraste, tierra de ceniza, estos limonares verdes con sombras de tus encinas!   ¡Oh campos de Dios, entre Urbión el de Castilla y Moncayo el de Aragón!   En Córdoba, la serrana, en Sevilla, marinera y labradora, que tiene hinchada, hacia el mar, la vela; y en el ancho llano por donde la arena sorbe la baba del mar amargo, hacia la fuente del Duero mi corazón -¡Soria pura!- se tornaba... ¡Oh, fronteriza entre la tierra y la luna!   ¡Alta paramera donde corre el Duero niño tierra donde está su tierra!El río despierta. En el aire obscuro, sólo el río suena.   ¡Oh canción amarga del agua en la piedra! ...Hacia el alto Espino bajo las estrellas.   Sólo suena el río al fondo del valle, bajo el alto Espino.   En medio del campo, tiene la ventana abierta la ermita sin ermitaño. Un tejadillo verdoso. Cuatro muros blancos.   Lejos relumbra la piedra del áspero Guadarrama. Agua que brilla y no suena.   En el aire claro, ¡los alamillos del soto, sin hojas, liras de marzo!   Hacia Madrid, una noche, va el tren por el Guadarrama. En el cielo, el arco iris que hacen la luna y el agua. ¡Oh luna de abril, serena, que empuja las nubes blancas!   La madre lleva a su niño, dormido, sobre la falda. Duerme el niño y, todavía, ve el campo verde que pasa, y arbolillos soleados, y mariposas doradas.   La madre, ceño sombrío entre un ayer y un mañana, ve unas ascuas mortecinas y una hornilla con arañas.   Hay un trágico viajero, que debe ver cosas raras, y habla solo y, cuando mira, nos borra con la mirada.   Yo pienso en campos de nieve y en pinos de otras montañas.   Y tú, Señor, por quien todos vemos y que ves las almas, dinos si todos, un día, hemos de verte la cara.
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Era una noche De primavera, Azul el cielo, La luna en llena, Abajo flores, Arriba estrellas, Mi hogar completo, Yo, muy contenta, Y tú, mi amante, Junto a mi puerta, De pie esperaste La cita aquella; Cita en que hiciste Tantas promesas, Y en que, rendida De pasión ciega, Te di en un beso Mi vida entera. Lo que dijimos Dicho se queda: Amor sin nube, Constancia eterna. Unir las almas, Callar las penas, Y al fin juntarnos Sobre la tierra, Sin romper nunca Nuestras cadenas... Una casita Blanca y modesta, Único adorno De una pradera; Con fuentes claras, Con flores nuevas, Con dulces nidos De aves parleras; Y allí jugando Las horas muertas Dos angelitos Que hermanos fueran: Frente muy blanca, Rubias cabezas, Labios de rosa, Pupilas negras... -Calla y no sigas, Que me atormentas. Alma del alma, ¡Qué bien te acuerdas! Era una noche De enero, eterna: El aire helado, Las aves yertas, Las fuentes mudas. Las flores secas, Mi nogar muy triste, Mi madre muerta, Y en torno suyo La blanca cera Lanzando débil Su luz siniestra; Y yo, velando Con honda pena, Oí en la torre Sonar muy lentas Las campanadas, Que un tiempo fueran Las escogidas Con dicha inmensa Para cumplirnos La cita aquella; Cita en que hiciste Tantas promesas, Y en que, rendida De pasión trémula, Te di en un beso La vida entera... ¿Por qué olvidaste Mi pasión ciega? ¿Por qué no vuelves? ¿Por qué te ausentas? ¿Por qué borraste Dichas tan tiernas, Cual borra el viento Sobre la arena Del caminante La débil huella? ¡Viví tan sola! ¡Sola y enferma! Con negros duelos, Con horas negras, Sin más familia Que mis tristezas... ¡Ay! recordando La noche aquella En que dijiste Cosas tan tiernas: Que me adorabas, Que en tu conciencia Era mi imagen La sola reina; Y la casita Con flores nuevas, Con fuentes claras, Y aves parleras; Y aquellos niños De faz serena, Con frentes blancas, Rubias cabezas, Labios de rosa, Pupilas negras... -Calla y no sigas, Que me atormentas. Alma del alma, ¡Qué bien te acuerdas!
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Besos y lágrimas
Era una noche De primavera, Azul el cielo, La luna en llena, Abajo flores, Arriba estrellas, Mi hogar completo, Yo, muy contenta, Y tú, mi amante, Junto a mi puerta, De pie esperaste La cita aquella; Cita en que hiciste Tantas promesas, Y en que, rendida De pasión ciega, Te di en un beso Mi vida entera. Lo que dijimos Dicho se queda: Amor sin nube, Constancia eterna. Unir las almas, Callar las penas, Y al fin juntarnos Sobre la tierra, Sin romper nunca Nuestras cadenas... Una casita Blanca y modesta, Único adorno De una pradera; Con fuentes claras, Con flores nuevas, Con dulces nidos De aves parleras; Y allí jugando Las horas muertas Dos angelitos Que hermanos fueran: Frente muy blanca, Rubias cabezas, Labios de rosa, Pupilas negras... -Calla y no sigas, Que me atormentas. Alma del alma, ¡Qué bien te acuerdas! Era una noche De enero, eterna: El aire helado, Las aves yertas, Las fuentes mudas. Las flores secas, Mi nogar muy triste, Mi madre muerta, Y en torno suyo La blanca cera Lanzando débil Su luz siniestra; Y yo, velando Con honda pena, Oí en la torre Sonar muy lentas Las campanadas, Que un tiempo fueran Las escogidas Con dicha inmensa Para cumplirnos La cita aquella; Cita en que hiciste Tantas promesas, Y en que, rendida De pasión trémula, Te di en un beso La vida entera... ¿Por qué olvidaste Mi pasión ciega? ¿Por qué no vuelves? ¿Por qué te ausentas? ¿Por qué borraste Dichas tan tiernas, Cual borra el viento Sobre la arena Del caminante La débil huella? ¡Viví tan sola! ¡Sola y enferma! Con negros duelos, Con horas negras, Sin más familia Que mis tristezas... ¡Ay! recordando La noche aquella En que dijiste Cosas tan tiernas: Que me adorabas, Que en tu conciencia Era mi imagen La sola reina; Y la casita Con flores nuevas, Con fuentes claras, Y aves parleras; Y aquellos niños De faz serena, Con frentes blancas, Rubias cabezas, Labios de rosa, Pupilas negras... -Calla y no sigas, Que me atormentas. Alma del alma, ¡Qué bien te acuerdas!
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Arráncame con tus besos... el amor que por el un día apareció. Arráncame con tus besos... este amor prohibido que por este individuo nació. Arráncame con tus besos... el pensamiento por los cuales este individuo permaneció. Borra de mi piel las lagrimas que por el un día derrame. Borra de mi ser las caricias que con el soñé. Borra de mi corazón su nombre aunque no negare que lo ame. Haz que el viento se lleve esas palabras de amor que por el un día proface. Desnudame con tus palabras llenas de dulzura. Desnudame lentamente quiero sentir cada roce lleno de ternura. Desnudame no seas discreto que los animales sean testigos en esta noche oscura. Desnudame y devórame como nunca lo haz hecho.....esta noche soy tuya.
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Jan 28, 2016
Jan 28, 2016 at 7:45 PM UTC
Arráncame
La dentellada del mar muerde la abierta pulpa de la costa donde se estrella el agua verde contra la tierra silenciosa. Parado cielo y lejanía. El horizonte, como un brazo, rodea la fruta encendida del sol cayendo en el ocaso. Frente a la furia del mar son inútiles todos los sueños. ¿Para qué decir la canción de un corazón que es tan pequeño? Sin embargo es tan vasto el cielo y rueda el tiempo, sin embargo. ¡Tenderse y dejarse llevar por este viento azul y amargo!... Desgranado viento del mar, sigue besándome la cara. ¡Arrástrame, viento del mar, adonde nadie me esperara! A la tierra más pobre y dura llévame, viento, entre tus alas, así como llevas a veces las semillas de las hierbas malas. Ellas quieren rincones húmedos, surcos abiertos, ellas quieren crecer como todas las hierbas: ¡yo sólo quiero que me lleves! Allá estaré como aquí estoy: adonde vaya estaré siempre con el deseo de partir y con las manos en la frente... Ésa es la pequeña canción arrullada en un vasto sueño. ¿Para qué decir la canción si el corazón es tan pequeño? Pequeño frente al horizonte y frente al mar enloquecido. ¡Si Dios gimiera en esta playa, nadie oiría sus gemidos! A mordiscos de sal y espuma borra el mar mis últimos pasos... La marea desata ahora su cinturón, en el ocaso. Y una bandada raya el cielo como una nube de flechazos...
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Playa del sur
Serán videntes demasiado nadie colindantes opacos orígenes del tedio al ritmo gota topes digo que ingieren el desgano con distinta apariencia Son borra viva cato descompases tirito de la sangre Un poco nubecosa entre sienes de ensayo y algo mucho por cierto indiscernible esqueleteando el aire dados ay en derrumbe hacia el final desvío de ya herbosos durmientes paralelos son estertores malacordes óleos espejismos terrenos milagro intuyo vermes casi llanto que rema de la sangre Sus remordidas grietas laxas fibras orates en desparpada fiebre musito por mi doble son pedales sin olas huecos intransitivos entre burbujas madres grifosones infiero aunque me duela islas sólo de sangre
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Islas sólo de sangre
La plaza es diminuta. Cuatro muros leprosos, una fuente sin agua, dos bancas de cemento y fresnos malheridos. El estruendo, remoto, de ríos ciudadanos. Indecisa y enorme, rueda la noche y borra graves arquitecturas. Ya encendieron las lámparas. En los golfos de sombra, en esquinas y quicios, brotan columnas vivas e inmóviles: parejas. Enlazadas y quietas, entretejen murmullos: pilares de latidos. En el otro hemisferio la noche es femenina, abundante y acuática. Hay islas que llamean en las aguas del cielo. Las hojas del banano vuelven verde la sombra. En mitad del espacio ya somos, enlazados, un árbol que respira. Nuestros cuerpos se cubren de una yedra de sílabas. Follajes de rumores, insomnio de los grillos en la yerba dormida, las estrellas se bañan en un charco de ranas, el verano acumula allá arriba sus cántaros, con manos visibles el aire abre una puerta. Tu frente es la terraza que prefiere la luna. El instante es inmenso, el mundo ya es pequeño. Yo me pierdo en tus ojos y al perderme te miro en mis ojos perdida. Se quemaron los nombres, nuestros cuerpos se han ido. Estamos en el centro imantado de ¿donde? Inmóviles parejas en un parque de México o en un jardín asiático: bajo estrellas distintas diarias eucaristías. Por la escala del tacto bajamos ascendemos al arriba de abajo, reino de las raíces, república de alas. Los cuerpos anudados son el libro del alma: con los ojos cerrados, con mi tacto y mi lengua, deletreo en tu cuerpo la escritura del mundo. Un saber ya sin nombres: el sabor de esta tierra. Breve luz suficiente que ilumina y nos ciega como el súbito brote de la espiga y el ***** Entre el fin y el comienzo un instante sin tiempo frágil arco de sangre, puente sobre el vacío. Al trabarse los cuerpos un relámpago esculpen.
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Pilares
La plaza es diminuta. Cuatro muros leprosos, una fuente sin agua, dos bancas de cemento y fresnos malheridos. El estruendo, remoto, de ríos ciudadanos. Indecisa y enorme, rueda la noche y borra graves arquitecturas. Ya encendieron las lámparas. En los golfos de sombra, en esquinas y quicios, brotan columnas vivas e inmóviles: parejas. Enlazadas y quietas, entretejen murmullos: pilares de latidos. En el otro hemisferio la noche es femenina, abundante y acuática. Hay islas que llamean en las aguas del cielo. Las hojas del banano vuelven verde la sombra. En mitad del espacio ya somos, enlazados, un árbol que respira. Nuestros cuerpos se cubren de una yedra de sílabas. Follajes de rumores, insomnio de los grillos en la yerba dormida, las estrellas se bañan en un charco de ranas, el verano acumula allá arriba sus cántaros, con manos visibles el aire abre una puerta. Tu frente es la terraza que prefiere la luna. El instante es inmenso, el mundo ya es pequeño. Yo me pierdo en tus ojos y al perderme te miro en mis ojos perdida. Se quemaron los nombres, nuestros cuerpos se han ido. Estamos en el centro imantado de ¿donde? Inmóviles parejas en un parque de México o en un jardín asiático: bajo estrellas distintas diarias eucaristías. Por la escala del tacto bajamos ascendemos al arriba de abajo, reino de las raíces, república de alas. Los cuerpos anudados son el libro del alma: con los ojos cerrados, con mi tacto y mi lengua, deletreo en tu cuerpo la escritura del mundo. Un saber ya sin nombres: el sabor de esta tierra. Breve luz suficiente que ilumina y nos ciega como el súbito brote de la espiga y el ***** Entre el fin y el comienzo un instante sin tiempo frágil arco de sangre, puente sobre el vacío. Al trabarse los cuerpos un relámpago esculpen.
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Ya caen las hojas. Se alejan volando,                                                 Temblores de oro. En las calles desiertas del parque Hojas, más hojas, y lodo.  Gris el estanque.  El crepúsculo                                                 Amarillo y brumoso. Damas con trajes oscuros que pasan Casi oculto entre pieles el rostro....                                                 Organillo que suenas                                                 Debajo del olmo,                                                 Toca, toca la triste                                                 Canción del Otoño! Verlaine!   Tus violones                     Ya oigo,                     Y en los áureos                     Y rojos                     Boscajes Los largos sollozos Que arrullaron tu ensueño Con lánguido canto monótono... ¡Que me arrulle también en la tarde La triste canción del Otoño! Remolinos y danza de hojas.... ¿En dónde las novias y novios? Retretas en tardes de estío, Desierto está el quiosco. Estudiantes ¿a dónde partisteis? Midinetas de labios muy rojos                         Y grandes ojeras, ¿Recordáis que en el hombro De vuestros galanes En plácidos sueños absortos, Amorosas, la frente inclinabais Y brillaban de amor vuestros ojos? Las manos unidas entonces Y unidos los labios al pie de los troncos... Bancos, tristes senderos del parque, ¿Qué fue del antiguo alborozo?.... La tarde se apaga.  Detrás de los vidrios Se encienden las luces.  El cielo, de plomo. Sombras pasan, y pasan ligeras.                                     Todo                                     Se borra, se borra                                     Brumoso...                                     Violones De son melancólico,                                     Violones                                     Monótonos,                                     Violones                                     De otoño... ¡El parque, en la sombra,                                     Ya solo!
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La canción del otoño
Ya caen las hojas. Se alejan volando,                                                 Temblores de oro. En las calles desiertas del parque Hojas, más hojas, y lodo.  Gris el estanque.  El crepúsculo                                                 Amarillo y brumoso. Damas con trajes oscuros que pasan Casi oculto entre pieles el rostro....                                                 Organillo que suenas                                                 Debajo del olmo,                                                 Toca, toca la triste                                                 Canción del Otoño! Verlaine!   Tus violones                     Ya oigo,                     Y en los áureos                     Y rojos                     Boscajes Los largos sollozos Que arrullaron tu ensueño Con lánguido canto monótono... ¡Que me arrulle también en la tarde La triste canción del Otoño! Remolinos y danza de hojas.... ¿En dónde las novias y novios? Retretas en tardes de estío, Desierto está el quiosco. Estudiantes ¿a dónde partisteis? Midinetas de labios muy rojos                         Y grandes ojeras, ¿Recordáis que en el hombro De vuestros galanes En plácidos sueños absortos, Amorosas, la frente inclinabais Y brillaban de amor vuestros ojos? Las manos unidas entonces Y unidos los labios al pie de los troncos... Bancos, tristes senderos del parque, ¿Qué fue del antiguo alborozo?.... La tarde se apaga.  Detrás de los vidrios Se encienden las luces.  El cielo, de plomo. Sombras pasan, y pasan ligeras.                                     Todo                                     Se borra, se borra                                     Brumoso...                                     Violones De son melancólico,                                     Violones                                     Monótonos,                                     Violones                                     De otoño... ¡El parque, en la sombra,                                     Ya solo!
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En Cluny, Siglo XV.                                         Bajo álamos de plata sus aguas el Saona, rumoroso dilata por el lento deshielo. La mole ennegrecida de piedra, corta el llanto que despierta a la vida. En el parque, vagando, y humilde la mirada, las manos sobre el pecho y en la oración callada, pasan monjes, tendida hacia atrás la cogulla y como una armonía celeste al campo arrulla. Cielo tranquilo y diáfano.                                                   La quietud del convento a la plegaria incita y a hondo recogimiento. Las ventajas abiertas dan al jardin. Las rosas sonríen bajo errante vuelo de mariposas; y en las frondas, de nidos y de aves la algazara es saludo a la aurora, que surge azul y clara. En la amplia biblioteca, monje benedictino tiene abierto en la mesa borroso pergamino, donde paciente artista de tiempo muy lejano, al principiar capítulos, pintó con hábil mano, en grandes iniciales y con vivos colores, dragones, ninfas, grifos y ultraterrenas flores. Con sus rubios cabellos sobre la frente vasta, su palidez y el brillo de su pupila casta, y con su hábito blanco, parece el monje, efebo, del jardín ante el tibio primaveral renuevo Copia un códice antiguo; «Dafnis y Cloe».                                                                                     Aromas de los rosales suben y arrullos de palomas. Absorto escribe.                                         Y Cloe se yergue ante sus ojos, Púber, blanca, sin velos y con sus labios rojos, Así cual Longo un día radiante de verano La soñó junto a Dafnis, bajo el azul lesbiano. Aromas, más aromas, va trayendo la brisa. Cloe sonríe; a Dafnis abraza, y su sonrisa Es rosa entre sus labios en flor. Y más fragancia, Arrullos y rumores llenan la quieta estancia. Cloe pasa, se borra, mas de nuevo aparece. En su naciente seno ya la vida florece; Se pierde entre los árboles, vuelve nerviosa y bella, Y muestra en el boscaje su desnudez de estrella. Sobre la mesa el monje pensativo se curva; Inquietud hasta entonces no sentida lo turba; Se alza rápido y torna a sentarse impaciente;· Se pone en pie; se inclina, las manos en la frente, Y aromas... y un deseo el corazón le roe... Y más vivaz irradia la pubertad de Cloe. De pronto aparta el códice, y ante la azul mañana Tiende inquieto las manos, y cierra la ventana; Y sentado en la silla, pálido y sonreído, Se queda lentamente y en éxtasis dormido. En el silencio entonces, bajo el azul y el oro Del cielo, las campanas se oían; y en el coro Los monjes, en anhelo que del mal los liberte, Cantaban de rodillas el Salmo de la Muerte.
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Códice antiguo
En Cluny, Siglo XV.                                         Bajo álamos de plata sus aguas el Saona, rumoroso dilata por el lento deshielo. La mole ennegrecida de piedra, corta el llanto que despierta a la vida. En el parque, vagando, y humilde la mirada, las manos sobre el pecho y en la oración callada, pasan monjes, tendida hacia atrás la cogulla y como una armonía celeste al campo arrulla. Cielo tranquilo y diáfano.                                                   La quietud del convento a la plegaria incita y a hondo recogimiento. Las ventajas abiertas dan al jardin. Las rosas sonríen bajo errante vuelo de mariposas; y en las frondas, de nidos y de aves la algazara es saludo a la aurora, que surge azul y clara. En la amplia biblioteca, monje benedictino tiene abierto en la mesa borroso pergamino, donde paciente artista de tiempo muy lejano, al principiar capítulos, pintó con hábil mano, en grandes iniciales y con vivos colores, dragones, ninfas, grifos y ultraterrenas flores. Con sus rubios cabellos sobre la frente vasta, su palidez y el brillo de su pupila casta, y con su hábito blanco, parece el monje, efebo, del jardín ante el tibio primaveral renuevo Copia un códice antiguo; «Dafnis y Cloe».                                                                                     Aromas de los rosales suben y arrullos de palomas. Absorto escribe.                                         Y Cloe se yergue ante sus ojos, Púber, blanca, sin velos y con sus labios rojos, Así cual Longo un día radiante de verano La soñó junto a Dafnis, bajo el azul lesbiano. Aromas, más aromas, va trayendo la brisa. Cloe sonríe; a Dafnis abraza, y su sonrisa Es rosa entre sus labios en flor. Y más fragancia, Arrullos y rumores llenan la quieta estancia. Cloe pasa, se borra, mas de nuevo aparece. En su naciente seno ya la vida florece; Se pierde entre los árboles, vuelve nerviosa y bella, Y muestra en el boscaje su desnudez de estrella. Sobre la mesa el monje pensativo se curva; Inquietud hasta entonces no sentida lo turba; Se alza rápido y torna a sentarse impaciente;· Se pone en pie; se inclina, las manos en la frente, Y aromas... y un deseo el corazón le roe... Y más vivaz irradia la pubertad de Cloe. De pronto aparta el códice, y ante la azul mañana Tiende inquieto las manos, y cierra la ventana; Y sentado en la silla, pálido y sonreído, Se queda lentamente y en éxtasis dormido. En el silencio entonces, bajo el azul y el oro Del cielo, las campanas se oían; y en el coro Los monjes, en anhelo que del mal los liberte, Cantaban de rodillas el Salmo de la Muerte.
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Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas. Mar de invierno. El agua gris mancha de frío las rocas. Tus piernas, tus dulces piernas, enternecen a las olas. Un cielo sucio se vuelca sobre el mar. El viento borra el perfil de las colinas de arena. Las tediosas charcas de sal y de frío copian tu luz y tu sombra. Algo gritan, en lo alto, que tú no escuchas, absorta. Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas.
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[son las gaviotas, amor]
Marte, la guerra. Febo, el sol. Neptuno, el mar que ya no pueden ver mis ojos porque lo borra el dios. Tales despojos han desterrado a Dios, que es Tres y es Uno, de mi despierto corazón. El hado me impone esta curiosa idolatría. Cercado estoy por la mitología. Nada puedo. Virgilio me ha hechizado. Virgilio y el latín. Hice que cada estrofa fuera un arduo laberinto de entretejidas voces, un recinto vedado al vulgo, que es apenas, nada. Veo en el tiempo que huye una saeta rígida y un cristal en la corriente y perlas en la lágrima doliente. Tal es mi extraño oficio de poeta. ¿Qué me importan las befas o el renombre? Troqué en oro el cabello, que está vivo. ¿Quién me dirá si en el secreto archivo de Dios están las letras de mi nombre? Quiero volver a las comunes cosas: el agua, el pan, un cántaro, unas rosas...
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Góngora
In the eastern ghats is Araku Valley.  Araku means water; bookish talley  Speleothem: geological formation  Known as Borra Caves by its creation  Limestone caves are viewed so gladly. Live water falls are seen mainly  Wonderful is its location.  To have a meaningful vacation  Araku Valley  Known as Ooty of Andhra truly  Greenery can be seen richly.  Galikonda is the view point location.  Soil is good for coffee plantations. Its beauty is proclaimed boldly.  Araku Valley
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Jun 28, 2024
Jun 28, 2024 at 11:48 PM UTC
Araku Valley
Triste es saber que nuestra vida es sólo                         interminable adiós que, como un cuervo trágico, aletea                         en nuestro corazón; que cada paso nuestro, deja algo                         más que una huella en pos, algo que ya no vuelve a nuestra vida,                         que para siempre huyó; que lo que es hoy sonora melodía                         o encantada canción, será mañana cual rumor de hojas                         que el viento sacudió... Y en esta hora de melancolía,                         sufro el hondo dolor de preguntarme inútilmente, cuánto                         me durará tu amor... Que yo bien sé que cual la brisa deja                         sin perfume a la flor; que como el mar al fin borra la estela                         que un buque le dejó; que cual se desvanecen los colores                         de las flores, al Sol, y que como la alquimia del otoño                         trueca en oro el verdor, el nuestro en nuestras vidas obra el paso                         igual transformación, dejando despertares donde sueños                         y hastío donde amor... Y tengo mucho miedo de esa hora                         que puede sonar hoy, cuando al besar tus labios, sólo el frío                         responda a mi calor... Y yo tengo mucho miedo de ese hastío                         que puedo sentir yo, que robará a mis ojos el miraje                         azul de la ilusión... Y, en esta hora de melancolía,                         sufro el agrio dolor de no ignorar que un día, quizás pronto,                         nos diremos adiós...
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Triste es saber
Triste es saber que nuestra vida es sólo                         interminable adiós que, como un cuervo trágico, aletea                         en nuestro corazón; que cada paso nuestro, deja algo                         más que una huella en pos, algo que ya no vuelve a nuestra vida,                         que para siempre huyó; que lo que es hoy sonora melodía                         o encantada canción, será mañana cual rumor de hojas                         que el viento sacudió... Y en esta hora de melancolía,                         sufro el hondo dolor de preguntarme inútilmente, cuánto                         me durará tu amor... Que yo bien sé que cual la brisa deja                         sin perfume a la flor; que como el mar al fin borra la estela                         que un buque le dejó; que cual se desvanecen los colores                         de las flores, al Sol, y que como la alquimia del otoño                         trueca en oro el verdor, el nuestro en nuestras vidas obra el paso                         igual transformación, dejando despertares donde sueños                         y hastío donde amor... Y tengo mucho miedo de esa hora                         que puede sonar hoy, cuando al besar tus labios, sólo el frío                         responda a mi calor... Y yo tengo mucho miedo de ese hastío                         que puedo sentir yo, que robará a mis ojos el miraje                         azul de la ilusión... Y, en esta hora de melancolía,                         sufro el agrio dolor de no ignorar que un día, quizás pronto,                         nos diremos adiós...
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En el campo de trigo, entre amapolas Y altas espigas el soldado yace. No lo han hallado aún sus compañeros, Y solo expira, pálido y exangüe. Dos días hace que cayó. Los cuervos Graznando rompen la quietud del aire, Y con ojos vidriosos ve el soldado De sus heridas destilar la sangre. Febril, en su combate con la muerte, Y devorado por la sed y el hambre, Trata de erguirse con supremo esfuerzo, Y otra vez dobla la cabeza exánime. Y mientras que sus ojos, que se extinguen, Ven del cielo los pálidos celajes, Sueña, y su último sueño se ilumina Con radiosas visiones inefables... En el áureo trigal brillan las hoces, Y a la luz del crepúsculo radiante, Mientras la voz del Ángelus parece Que se extiende en los ámbitos del valle, Vuelve su aldea a ver, la amada aldea, Con la infinita paz de sus hogares... ¡Adiós, oh Patria, adiós!... y el alma rinde Mientras se borra en el azul la tarde.
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Muerte en el trigal
Recuerdo que una tarde de soledad y hastío, ¡oh tarde como tantas!, el alma mía era, bajo el azul monótono, un ancho y terso río que ni tenía un pobre juncal en su ribera.     ¡Oh mundo sin encanto, sentimental inopia que borra el misterioso azogue del cristal!     ¡Oh el alma sin amores que el Universo copia con un irremediable bostezo universal!     Quiso el poeta recordar a solas, las ondas bien amadas, la luz de los cabellos que él llamaba en sus rimas rubias olas. Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...     Y un día -como tantos-, al aspirar un día aromas de una rosa que en el rosal se abría, brotó como una llama la luz de los cabellos que él en sus madrigales llamaba rubias olas, brotó, porque un aroma igual tuvieron ellos... Y se alejó en silencio para llorar a solas.
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Elegía de un madrigal
La noche borra noches en tu rostro, derrama aceites en tus secos párpados, quema en tu frente el pensamiento y atrás del pensamiento la memoria. Entre las sombras que te anegan otro rostro amanece. Y siento que a mi lado no eres tú la que duerme, sino la niña aquella que fuiste y que esperaba que durmieras para volver y conocerme.
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Nuevo rostro