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"apuesto" poems
¡Preparados! Sonido... Cámara... ¡Acción! Las cámaras graban la acción inexistente. El sonido del silencio se cuela por todos lados. No hay estímulos que generen reacciones. No hay ideas inteligentes sobre las cuales trabajar. Cortometraje de una idea profana. Audiencia torpe, insensible e ignorante. Imágenes de cuerpos desmembrados, mutilados; un apuesto "gobernante" calmará a la sociedad. Realidades alternas de ficción inexistente. Emociones creadas por alguien más para ti. Risa embotellada. Aplauso pre grabado. Drama familiar público sin fin. Grandes monopolios se apoderan de tu mente. Haces lo que dicen. Piensas lo que quieren. No eres ya dueño de ti mismo. Debes tu existencia y tu "cultura" a él. Las estrellas y el azteca ya no son lo que antes fueron. Luceros en la noche. Fieros guerreros. Tan solo defienden sus propios intereses mientras nosotros les seguimos dando de comer. Despidan el programa que se acabó el tiempo por hoy. Asegurémonos de dejar limpio el plató, así como las mentes y bolsillos de nuestros televidentes. Apaga las luces y vámonos.
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Aug 23, 2013
Aug 23, 2013 at 12:54 PM UTC
Cultura Para Idiotas.
No te prometo un para siempre, no te voy a mentir con eso Queremos infinitos para una vida que desgasta Soñamos con amores eternos que al final nos duran solo años Amores que no acaben en rutina, divorcio u homicidio. Creo que nadie puede prometerte un para siempre Al menos no como el de la ficción Por eso hoy te prometo no ser tu último amor Ni el más intenso, mucho menos el más apuesto Hoy te prometo amarte platónicamente Incluso si en veinte años estas durmiendo con otro hombre en Madrid Mientras yo paseo por Caracas. Prometo amar tu alma que es eterna a donde quiera que se vaya Y donde quiera que la mía este; y por ultimo No te prometo amor de una noche pero tampoco uno que limite.
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May 25, 2015
May 25, 2015 at 12:34 PM UTC
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En la casa del Marqués De San Jorge gran sarao. Ya en salones y retretes Se encuentran los convidados, Mientras el Marqués aguarda, Gentil y apuesto vasallo. Abajo de la escalera, De «La Jerezana» al lado Al Virrey, que precedido Por lucientes candelabros Va subiendo. De los muros, Entre telas de Damasco, Cuelgan cuadros del insigne Gregorio Vásquez Ceballos; De Oidores y bellas damas Amarillentos retratos; En marcos de plata, espejos Que opacan lentos los años; Y panoplias, que recuerdan, Entre brumas del pasado, La gesta de la Conquista En cumbres, selvas y llanos. Con casacas de anchas faldas, Largos chalecos bordados, Blanco calzón, blanca media, Y áurea hebilla en el zapato, Departían con las damas En los lucientes estrados, Nariño, Torres, Vergara, Zea, Acebedo, Camacho, Salazar, Ulloa, Prieto, Gutiérrez, Ayala... cuantos Prez fueron de la Colonia Por sus virtudes y rango, Y que después muchos de ellos, Desde ensangrentados bancos Dejaron eternos nombres En nuestros anales patrios. Cuando esa noche Nariño Salía para el sarao, Corno envío misterioso Recibió un libro. Al acaso Leyó párrafos y líneas, Y más líneas y más párrafos; Y al avanzar la lectura, Sentía alborozo extraño Hasta que llegó al capítulo En la margen señalado: «De los Derechos del Hombre»... Lo leyó con ojos ávidos; Y después, meditabundo, Y en gruesa capa embozado Al sarao fue. La niebla Más ***** hacía el espacio. Sombra y niebla... Niebla y sombra En las tinieblas ni un astro.... Y entre esa noche cerrada, Nariño va cabizbajo. «El hombre es libre, decía, No ha nacido para esclavo». Y en medio de aquella sombra En que sonaban sus pasos.
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Sarao en casa del marqués de san jorge
En la casa del Marqués De San Jorge gran sarao. Ya en salones y retretes Se encuentran los convidados, Mientras el Marqués aguarda, Gentil y apuesto vasallo. Abajo de la escalera, De «La Jerezana» al lado Al Virrey, que precedido Por lucientes candelabros Va subiendo. De los muros, Entre telas de Damasco, Cuelgan cuadros del insigne Gregorio Vásquez Ceballos; De Oidores y bellas damas Amarillentos retratos; En marcos de plata, espejos Que opacan lentos los años; Y panoplias, que recuerdan, Entre brumas del pasado, La gesta de la Conquista En cumbres, selvas y llanos. Con casacas de anchas faldas, Largos chalecos bordados, Blanco calzón, blanca media, Y áurea hebilla en el zapato, Departían con las damas En los lucientes estrados, Nariño, Torres, Vergara, Zea, Acebedo, Camacho, Salazar, Ulloa, Prieto, Gutiérrez, Ayala... cuantos Prez fueron de la Colonia Por sus virtudes y rango, Y que después muchos de ellos, Desde ensangrentados bancos Dejaron eternos nombres En nuestros anales patrios. Cuando esa noche Nariño Salía para el sarao, Corno envío misterioso Recibió un libro. Al acaso Leyó párrafos y líneas, Y más líneas y más párrafos; Y al avanzar la lectura, Sentía alborozo extraño Hasta que llegó al capítulo En la margen señalado: «De los Derechos del Hombre»... Lo leyó con ojos ávidos; Y después, meditabundo, Y en gruesa capa embozado Al sarao fue. La niebla Más ***** hacía el espacio. Sombra y niebla... Niebla y sombra En las tinieblas ni un astro.... Y entre esa noche cerrada, Nariño va cabizbajo. «El hombre es libre, decía, No ha nacido para esclavo». Y en medio de aquella sombra En que sonaban sus pasos.
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La indiferencia de la roca me conmueve y me aplaza cómo irme desgranando hora a hora pestaña tras pestaña pellejo tras pellejo ante ese paradigma de tesón y pureza no obstante apuesto a que la indiferencia de la roca quiere comunicarnos una alarma infinita
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La roca
En la sed en el ser en las psiquis en las equis en las exquisitísicas respuestas en los enlunamientos en lo erecto por los excesos lesos del erofrote etcétera o en el bisueño exhausto del -dame toma date hasta el mismo testuz de tu tan gana- en la no fe que rumia en lo vivisecante los cateos anímicos la metafisirrata en los resumiduendes del egogorgo cósmico en todo gesto injerto en toda forma hundido polimellado adrroto a ras afaz subrripio cocopleonasmo exotro sin lar sin can sin cala sin camastro sin coca sin historia endosorbienglutido por los engendros móviles del gravitar rotando bajo el prurito astrífero junto a las musaslianas chupaporos pulposas y los no menos pólipos hijos del hipo lutio voluntarios del miasma reconculcado opreso entre hueros jamases y garfios de escarmiento paso a pozo nadiando ante harto vagos piensos de finales compuertas que anegan la esperanza con la grismía el dubio los bostezos leopardos la jerga lela en llaga al desplegar la sangre sin introitos enanos en el plecoito lato con todo sueño insomne y todo espectro apuesto gociferando amente en lo no noto nato.
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Al gravitar rotando
La noche es fría. El cielo más y más se ennegrece. Llovizna. El viento airado la floresta estremece. Del cazador furtivo la casa está cerrada. El padre, sus dos hijos y un perro, a la hondonada Han ido a cacería, y están allá en acecho. Duerme el niño en la cuna junto al humilde lecho Donde tranquilamente duerme también la abuela, Y, nívea lana hilando, la hermosa niña vela. Lamparilla de aceite, de fulgor vacilante, Hace en el claro-oscuro resaltar su semblante Sonrosado, que el brillo de los ojos alegra, Y el oro del cabello que ata una cinta negra. De hilar deja de pronto... ¿Qué sensación la agita? ¿Será  temor acaso? ¿Será acaso una cita?... La puerta que da al campo se abre pausadamente, Y, apuesto y rubio, un joven penetra de repente Le tiende ella los brazos y le dice al oído: «Podría la abuelita despertar... No hagas ruido». En silencio se sientan, y parece el murmullo Vago de sus palabras, como si fuera arrullo. «¡Amor!», ella le dice, mientras le enjuga amante Las gotas de la lluvia que cúbrenle el semblante. -«¡Te amaré siempre!» Y ella responde conmovida: -«Para amarte es mi alma, para amarte es mi vida».  Luego exclama:                                   «Qué triste que seas tú, bien mío,  Hijo del guarda-bosque. ¿Por qué muro sombrío Separa nuestras almas y nuestra dicha trunca? ¡Te amaré mientras viva, mas ser tu esposa, nunca! Si esta pasión mi padre sospechara algún día, Si mi amor descubriera, de dolor moriría». El la interrumpe:                         «¡Calla, calla, no digas eso!» Y los azules ojos le cierra con un beso. Las horas raudas vuelan en la tranquila estancia... De pronto se oye el canto de un gallo a la distancia; Otro gallo contesta, y el cielo se colora Con los albores trémulos de la naciente aurora. Parte el enamorado y al bosque se encamina. El campo está cubierto por húmeda neblina; Y al hogar, fatigados y ateridos de frío, Los cazadores vuelven con el morral vacío. Ven moverse las hojas del matorral. Se paran, Y al matorral apuntan, y todos tres disparan... «No perdimos la noche», dicen con alegría, Y todos tres exclaman: «¡Qué buena cacería!» Salta el perro; entre arbustos al matorral se lanza, Y cuando llega, aúlla. Rápido el padre avanza Seguido de sus hijos... y sobre el suelo mira Al pobre hijo del guarda que entre su sangre expira.
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Noche en vela
La noche es fría. El cielo más y más se ennegrece. Llovizna. El viento airado la floresta estremece. Del cazador furtivo la casa está cerrada. El padre, sus dos hijos y un perro, a la hondonada Han ido a cacería, y están allá en acecho. Duerme el niño en la cuna junto al humilde lecho Donde tranquilamente duerme también la abuela, Y, nívea lana hilando, la hermosa niña vela. Lamparilla de aceite, de fulgor vacilante, Hace en el claro-oscuro resaltar su semblante Sonrosado, que el brillo de los ojos alegra, Y el oro del cabello que ata una cinta negra. De hilar deja de pronto... ¿Qué sensación la agita? ¿Será  temor acaso? ¿Será acaso una cita?... La puerta que da al campo se abre pausadamente, Y, apuesto y rubio, un joven penetra de repente Le tiende ella los brazos y le dice al oído: «Podría la abuelita despertar... No hagas ruido». En silencio se sientan, y parece el murmullo Vago de sus palabras, como si fuera arrullo. «¡Amor!», ella le dice, mientras le enjuga amante Las gotas de la lluvia que cúbrenle el semblante. -«¡Te amaré siempre!» Y ella responde conmovida: -«Para amarte es mi alma, para amarte es mi vida».  Luego exclama:                                   «Qué triste que seas tú, bien mío,  Hijo del guarda-bosque. ¿Por qué muro sombrío Separa nuestras almas y nuestra dicha trunca? ¡Te amaré mientras viva, mas ser tu esposa, nunca! Si esta pasión mi padre sospechara algún día, Si mi amor descubriera, de dolor moriría». El la interrumpe:                         «¡Calla, calla, no digas eso!» Y los azules ojos le cierra con un beso. Las horas raudas vuelan en la tranquila estancia... De pronto se oye el canto de un gallo a la distancia; Otro gallo contesta, y el cielo se colora Con los albores trémulos de la naciente aurora. Parte el enamorado y al bosque se encamina. El campo está cubierto por húmeda neblina; Y al hogar, fatigados y ateridos de frío, Los cazadores vuelven con el morral vacío. Ven moverse las hojas del matorral. Se paran, Y al matorral apuntan, y todos tres disparan... «No perdimos la noche», dicen con alegría, Y todos tres exclaman: «¡Qué buena cacería!» Salta el perro; entre arbustos al matorral se lanza, Y cuando llega, aúlla. Rápido el padre avanza Seguido de sus hijos... y sobre el suelo mira Al pobre hijo del guarda que entre su sangre expira.
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Pálida, soñadora, y el aire misterioso, A la luz de la luna que el canal ilumina, La rubia Dogaresa, junto a su viejo esposo,. La flor de sus veinte años sobre el balcón reclina. Piensa en aquel apuesto doncel de la Embajada De Pisa, siempre airoso con su luciente manto, Que, de tarde, en San Marcos, espera su llegada, y el corazón le turba con un secreto encanto. Más digna de su raza, para el orgullo alienta; y no dejará nunca que el deshonor deslustre Los timbres de su escudo, que sin mancilla ostenta El gonfalón glorioso de la ciudad lacustre. La luna vierte pálido fulgor, y a la distancia Se oyen de gondoleros las notas argentinas, Mientras que pasa el viento regando, con fragancia, Sobre la azul laguna rumor de mandolinas.
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Sangre patricia