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"abuelos" poems
I was born in a cold land, The leaves bright orange like the sun And a dusting of icy dew on wilted grass; I was born in sanitary white and surgical blues, Incubated, saved, isolated; Mamá cried: In the motherland, mi Apá would’ve had to choose. I was born into exile. I was born to immigrants, Brown like the dirt Mis abuelos grow caña in, Like the leaves, glorious colors past; I was born foreign. I was born in Español, Accented with indigenous words, Bastardized like our foods and dance; I was born and placed At the care of a deer’s eye, Tied red around my wrist, A wooden cross, A brown ****** A blue-eyed Niño Dios. I lived in dust for 2 years. I ran free, in fields of milpa, In fields of caña, In zocalos with Colorful waving paper flags And statues of generals. I played with cousins, Sharing bolis and nieve, The hot clay burning our feet, Racing to cool down at the spring. And then I was brought back for school: Los gringos van a estudiar, They whispered, a bit mocking, about me, 4 years old, a girl, In a place where girls were good for marriage, University for the rich, snobby folks Of faraway cities. I came back to the cold land in spring. A small barrio of tall broken down buildings, Tiny apartments that became havens At the sound of guns at night. There was no more running around freely, No more campos, no more town squares. School was foreign, There was English to learn, A struggle to lose the accent, To make the thick words Comfortable in my tongue.
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Jan 8, 2013
Jan 8, 2013 at 1:22 AM UTC
autobiotry- incomplete
I was born in a cold land, The leaves bright orange like the sun And a dusting of icy dew on wilted grass; I was born in sanitary white and surgical blues, Incubated, saved, isolated; Mamá cried: In the motherland, mi Apá would’ve had to choose. I was born into exile. I was born to immigrants, Brown like the dirt Mis abuelos grow caña in, Like the leaves, glorious colors past; I was born foreign. I was born in Español, Accented with indigenous words, Bastardized like our foods and dance; I was born and placed At the care of a deer’s eye, Tied red around my wrist, A wooden cross, A brown ****** A blue-eyed Niño Dios. I lived in dust for 2 years. I ran free, in fields of milpa, In fields of caña, In zocalos with Colorful waving paper flags And statues of generals. I played with cousins, Sharing bolis and nieve, The hot clay burning our feet, Racing to cool down at the spring. And then I was brought back for school: Los gringos van a estudiar, They whispered, a bit mocking, about me, 4 years old, a girl, In a place where girls were good for marriage, University for the rich, snobby folks Of faraway cities. I came back to the cold land in spring. A small barrio of tall broken down buildings, Tiny apartments that became havens At the sound of guns at night. There was no more running around freely, No more campos, no more town squares. School was foreign, There was English to learn, A struggle to lose the accent, To make the thick words Comfortable in my tongue.
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Forjada en la "Fábrica de Armas y Municiones", la ciudad muerde con sus almenas un pedazo de cielo, mientras el Tajo, alfanje que se funde en un molde de piedra, atraviesa los puentes y la Vega, pintada por algún primitivo castellano de esos que conservaron una influencia flamenca. Ya al subir en dirección a la ciudad, apriétase en las llaves la empuñadura de una espada, en tanto que un vientecillo nos va enmoheciendo el espinazo para insuflarnos el empaque que los aduaneros exigen al entrar. ¡Silencio! ¡Silencio que nos extravía las pupilas y nos diafaniza la nariz! ¡Silencio! Perros que se pasean de golilla con los ojos pintados por el Greco. Posadas donde se hospedan todavía los protagonistas del "Lazarillo" y del "Buscón". Puertas que gruñen y se cierran con las llaves que se le extraviaron a San Pedro. ¡Para cruzar sobre las, murallas y el Alcázar las nubes ensillan con arneses y paramentos medioevales! Hidalgos que se alimentan de piedras y de orgullo, tienen la carne idéntica a la cera de los exvotos y un tufo a herrumbre y a ratón. Hidalgos que se detienen para escupir con la jactancia con que sus abuelos tiraban su escarcela a los leprosos. Los pies ensangrentados por los guijarros, se gulusmea en las cocinas un olorcillo a inquisición, y cuando las sombras se descuelgan de los tejados, se oye la gesta que las paredes nos cuentan al pasar, a cuyo influjo una pelambre nos va cubriendo las tetillas. ¡Noches en que los pasos suenan como malas palabras! ¡Noches, con gélido aliento de fantasma, en que las piedras que circundan la población celebran aquelarres goyescos! ¡Juro, por el mismísimo Cristo de la Vega, que a pesar del cansancio que nos purifica y nos despoja de toda vanidad, a veces, al atravesar una calleja, uno se cree Don Juan!
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Toledo
Forjada en la "Fábrica de Armas y Municiones", la ciudad muerde con sus almenas un pedazo de cielo, mientras el Tajo, alfanje que se funde en un molde de piedra, atraviesa los puentes y la Vega, pintada por algún primitivo castellano de esos que conservaron una influencia flamenca. Ya al subir en dirección a la ciudad, apriétase en las llaves la empuñadura de una espada, en tanto que un vientecillo nos va enmoheciendo el espinazo para insuflarnos el empaque que los aduaneros exigen al entrar. ¡Silencio! ¡Silencio que nos extravía las pupilas y nos diafaniza la nariz! ¡Silencio! Perros que se pasean de golilla con los ojos pintados por el Greco. Posadas donde se hospedan todavía los protagonistas del "Lazarillo" y del "Buscón". Puertas que gruñen y se cierran con las llaves que se le extraviaron a San Pedro. ¡Para cruzar sobre las, murallas y el Alcázar las nubes ensillan con arneses y paramentos medioevales! Hidalgos que se alimentan de piedras y de orgullo, tienen la carne idéntica a la cera de los exvotos y un tufo a herrumbre y a ratón. Hidalgos que se detienen para escupir con la jactancia con que sus abuelos tiraban su escarcela a los leprosos. Los pies ensangrentados por los guijarros, se gulusmea en las cocinas un olorcillo a inquisición, y cuando las sombras se descuelgan de los tejados, se oye la gesta que las paredes nos cuentan al pasar, a cuyo influjo una pelambre nos va cubriendo las tetillas. ¡Noches en que los pasos suenan como malas palabras! ¡Noches, con gélido aliento de fantasma, en que las piedras que circundan la población celebran aquelarres goyescos! ¡Juro, por el mismísimo Cristo de la Vega, que a pesar del cansancio que nos purifica y nos despoja de toda vanidad, a veces, al atravesar una calleja, uno se cree Don Juan!
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Manuel del Río, natural de España, ha fallecido el sábado 11 de mayo, a consecuencia de un accidente. Su cadáver está tendido en D'Agostino Funeral Home. Haskell. New Jersey. Se dirá una misa cantada a las 9,30 en St. Francis. Es una historia que comienza con sol y piedra, y que termina sobre una mesa, en D'Agostino, con flores y cirios eléctricos. Es una historia que comienza en una orilla del Atlántico. Continúa en un camarote de tercera, sobre las olas -sobre las nubes- de las tierras sumergidas ante Poseidón. Halla en América su término con una grúa y una clínica, con una esquela y una misa cantada, en la iglesia de St. Francis. Al fin y al cabo, cualquier sitio da lo mismo para morir: el que se aroma de romero, el tallado en piedra o en nieve, el empapado de petróleo. Da lo mismo que un cuerpo se haga piedra, petróleo, nieve, aroma. Lo doloroso no es morir acá o allá...                   Requiem æternam, Manuel del Río. Sobre el mármol en D'Agostino, pastan toros de España, Manuel, y las flores (funeral de segunda, caja que huele a abetos del invierno) cuarenta dólares. Y han puesto unas flores artificiales entre las otras que arrancaron al jardín... Libera me domine de morte æterna... Cuando mueran James o Jacob verán las flores que pagaron Giulio o Manuel... Ahora descienden a tus cumbres garras de águila. Dies irae. Lo doloroso no es morir Dies illa acá o allá; sino sin gloria...                       Tus abuelos fecundaron la tierra toda, la empaparon de la aventura. Cuando caía un español se mutilaba el Universo. Los velaban no en D'Agostino Funeral Home, sino entre hogueras, entre caballos y armas. Héroes para siempre. Estatuas de rostro borrado. Vestidos aún sus colores de papagayo, de poder y de fantasía. Él no ha caído así. No ha muerto por ninguna locura hermosa. (Hace mucho que el español muere de anónimo y cordura, o en locuras desgarradoras entre hermanos: cuando acuchilla pellejos de vino derrama sangre fraterna). Vino un día porque su tierra es pobre. El Mundo, Liberanos Domine, es patria. Y ha muerto. No fundó ciudades. No dio su nombre a un mar. No hizo más que morir por diecisiete dólares (él los pensaría en pesetas). Requiem æternam. Y en D'Agostino lo visitan los polacos, los irlandeses, los españoles, los que mueren en el week-end.                         Requiem æternam. Definitivamente todo ha terminado. Su cadáver está tendido en D'Agostino Funeral Home. Haskell. New Jersey. Se dirá una misa cantada por su alma.                   Me he limitado a reflejar aquí una esquela de un periódico de New York. Objetivamente. Sin vuelo en el verso. Objetivamente. Un español como millones de españoles. No he dicho a nadie que estuve a punto de llorar.
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Réquiem
Manuel del Río, natural de España, ha fallecido el sábado 11 de mayo, a consecuencia de un accidente. Su cadáver está tendido en D'Agostino Funeral Home. Haskell. New Jersey. Se dirá una misa cantada a las 9,30 en St. Francis. Es una historia que comienza con sol y piedra, y que termina sobre una mesa, en D'Agostino, con flores y cirios eléctricos. Es una historia que comienza en una orilla del Atlántico. Continúa en un camarote de tercera, sobre las olas -sobre las nubes- de las tierras sumergidas ante Poseidón. Halla en América su término con una grúa y una clínica, con una esquela y una misa cantada, en la iglesia de St. Francis. Al fin y al cabo, cualquier sitio da lo mismo para morir: el que se aroma de romero, el tallado en piedra o en nieve, el empapado de petróleo. Da lo mismo que un cuerpo se haga piedra, petróleo, nieve, aroma. Lo doloroso no es morir acá o allá...                   Requiem æternam, Manuel del Río. Sobre el mármol en D'Agostino, pastan toros de España, Manuel, y las flores (funeral de segunda, caja que huele a abetos del invierno) cuarenta dólares. Y han puesto unas flores artificiales entre las otras que arrancaron al jardín... Libera me domine de morte æterna... Cuando mueran James o Jacob verán las flores que pagaron Giulio o Manuel... Ahora descienden a tus cumbres garras de águila. Dies irae. Lo doloroso no es morir Dies illa acá o allá; sino sin gloria...                       Tus abuelos fecundaron la tierra toda, la empaparon de la aventura. Cuando caía un español se mutilaba el Universo. Los velaban no en D'Agostino Funeral Home, sino entre hogueras, entre caballos y armas. Héroes para siempre. Estatuas de rostro borrado. Vestidos aún sus colores de papagayo, de poder y de fantasía. Él no ha caído así. No ha muerto por ninguna locura hermosa. (Hace mucho que el español muere de anónimo y cordura, o en locuras desgarradoras entre hermanos: cuando acuchilla pellejos de vino derrama sangre fraterna). Vino un día porque su tierra es pobre. El Mundo, Liberanos Domine, es patria. Y ha muerto. No fundó ciudades. No dio su nombre a un mar. No hizo más que morir por diecisiete dólares (él los pensaría en pesetas). Requiem æternam. Y en D'Agostino lo visitan los polacos, los irlandeses, los españoles, los que mueren en el week-end.                         Requiem æternam. Definitivamente todo ha terminado. Su cadáver está tendido en D'Agostino Funeral Home. Haskell. New Jersey. Se dirá una misa cantada por su alma.                   Me he limitado a reflejar aquí una esquela de un periódico de New York. Objetivamente. Sin vuelo en el verso. Objetivamente. Un español como millones de españoles. No he dicho a nadie que estuve a punto de llorar.
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Como esto ha de seguir -al decir de las gentes- oh las intonsas gentes dando siempre opiniones! yo habré de liar mis bártulos para ignotas regiones, regiones muy lejanas, raras y diferentes... Y será por los lados de mágicos Orientes, o tal vez más allá..., donde los aquilones surgen para abismar birremes y galeones en el ávido océano de las fauces potentes! O será hacia Occidente, o hacia el Sur o hacia el Norte: de ese Norte recóndito vinieron mis abuelos, 1 bravos escandinavos de gigantesco porte, con los ojos azules, y orgullosos y apáticos... Acaso mis nostalgias vendrán de aquellos hielos, 2 y mis soberbias, y mis vicios aristocráticos!
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Filosofismos
Sin haberlo advertido jamás, exceso por turismo y sin agencias de pecho en pecho hacia la madre unánime. Hasta París ahora vengo a ser hijo. Escucha, Hombre, en verdad te digo que eres el Hijo Eterno, pues para ser hermano tus brazos son escasamente iguales y tu malicia para ser padre, es mucha. La talla de mi madre moviéndome por índole de movimiento, y poniéndome serio, me llega exactamente al corazón: pesando cuanto cayera de vuelo con mis tristes abuelos, mi madre me oye en diámetro callándose en altura. Mi metro está midiendo ya dos metros, mis huesos concuerdan en género y en número y el verbo encarnado habita entre nosotros y el verbo encarnado habita, al hundirme en el baño, un alto grado de perfección.
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Lomo de las sagradas escrituras
El cadalso y carlota corday los alinearon en la habitual arruga de la historia pero danton robespierre marat no se miran ni se dirigen la palabra la muerte esa inasible que fuera su cofrade y su enemiga los recorre con dulce escalofrío en tanto que la fama los satura de himnos desafueros y retórica matarifes o mártires pródigos o inclementes jacobinos o nada entrañables o impíos bonne nouvelle o fetiches patronos de la luz o del terror blandieron la justicia como fiebre el amor cual relámpago la excepción como regla y la revolución ese eterno entrevero como última acrobacia inevitable no obstante hace dos siglos bregaron deliraron murieron con urgencia no sin antes mostrar al resto de los tiempos lo frágiles que eran la cerviz los poderes y sin embargo esos huéspedes o anfitriones del peligro marat danton y robespierre no se hablaban ni se miraban o al menos no se hablaron ni se miraron hasta que de las nuevas arrugas de la historia emergieron artigas y martí y sandino y el che y otros abuelos y bisabuelos cándidos y al abrazarlos sin hacer distingos de a poquito los fueron persuadiendo de que todos lucharon por el hombre el pobrecito duende de este mundo
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Los tres
Y vendrán nuevos hombres y poblarán la tierra. Ninguno de nosotros vivirá todavía. Ah, remota hecatombe de espanto y odio. Seremos los abuelos del hombre de ojos tristes. Sólo verán las ruinas de las altas ciudades. Y ellos, los hombres nuevos se encogerán de hombros. Removerán las tumbas de la edad del olvido, y desdeñosamente mirarán nuestros huesos. Y, sin embargo, entonces aún brillarán los astros. Y seguirán corriendo los ríos todavía. Y ellos, los nuevos hombres, inevitablemente, suspiran también por Eva.
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Del jardín del edén a la magia de la poesía xxi