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Después que escanciáramos el vaso postrimero -metidos ya en la sima berroqueña- nos dimos a decirles a Orión, a Fomalhaut, a Aldebarán, nuestra congoja, y a Proción y al divino Boyero: no sonreían, no sonreían, sino que se hermanaban con nuestra ánima pequeña, no se mofaban de nuestro diminuto afán Muy más allá del mundo de los astros queda el país difuso de los sueños; muy más allá del campo de los sueños el reino está -brumoso y coruscante- de la locura, que en sus brazos muelles todo el amor ilímite atesora. Después de que vaciáramos el último jarro de vino -inmersos en la espelunca berroqueña- nos dimos a vagar bajo del tenso, vientre maduro de la noche, -áureo vientre y endrino: ya nos cantaba su canción zahareña, sensual, ****** la noche, perfumada de jazmín y de incienso. Canción epitalámica, imbuida en un ambiente tibio de calígine: infusa de la música felposa que integra el sortilégico Nirvana; canción de éxtasis denso, que resume y acendra -entre sus filtros- la ventura. Después de que vaciáramos el último vaso de vino -inmersos en la espelunca berroqueña- nos dimos a soñar bajo del rútilo, combo, odorante vientre diamantino de la noche cenceña: para la Virgen Noche, para la noche virgen, no es siempre el hombre mútilo? Muy más allá del túrpido deseo queda el país del sueño insaturable; más allá del deseo incoercible queda el país joyoso y frío y cáustico de la locura, que en sus brazos férreos todo el amor sin lindes atesora. Después que escanciáramos el vaso postrimero -metidos ya en la sima berroqueña- nos dimos a narrarles a las constelaciones nuestra congoja, y al matutino lucero...: no sonreían, no sonreían de nuestra ánima pequeña, no se mofaban de nuestras infinitesimales desolaciones... Y más allá de los rútilos Orbes queda el país transido de los sueños; y más allá del yermo de los sueños se asienta la región ebria y radiante de la locura, que en sus brazos róseos todo el amor ilímite atesora...
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Relato de proclo
Después que escanciáramos el vaso postrimero -metidos ya en la sima berroqueña- nos dimos a decirles a Orión, a Fomalhaut, a Aldebarán, nuestra congoja, y a Proción y al divino Boyero: no sonreían, no sonreían, sino que se hermanaban con nuestra ánima pequeña, no se mofaban de nuestro diminuto afán Muy más allá del mundo de los astros queda el país difuso de los sueños; muy más allá del campo de los sueños el reino está -brumoso y coruscante- de la locura, que en sus brazos muelles todo el amor ilímite atesora. Después de que vaciáramos el último jarro de vino -inmersos en la espelunca berroqueña- nos dimos a vagar bajo del tenso, vientre maduro de la noche, -áureo vientre y endrino: ya nos cantaba su canción zahareña, sensual, ****** la noche, perfumada de jazmín y de incienso. Canción epitalámica, imbuida en un ambiente tibio de calígine: infusa de la música felposa que integra el sortilégico Nirvana; canción de éxtasis denso, que resume y acendra -entre sus filtros- la ventura. Después de que vaciáramos el último vaso de vino -inmersos en la espelunca berroqueña- nos dimos a soñar bajo del rútilo, combo, odorante vientre diamantino de la noche cenceña: para la Virgen Noche, para la noche virgen, no es siempre el hombre mútilo? Muy más allá del túrpido deseo queda el país del sueño insaturable; más allá del deseo incoercible queda el país joyoso y frío y cáustico de la locura, que en sus brazos férreos todo el amor sin lindes atesora. Después que escanciáramos el vaso postrimero -metidos ya en la sima berroqueña- nos dimos a narrarles a las constelaciones nuestra congoja, y al matutino lucero...: no sonreían, no sonreían de nuestra ánima pequeña, no se mofaban de nuestras infinitesimales desolaciones... Y más allá de los rútilos Orbes queda el país transido de los sueños; y más allá del yermo de los sueños se asienta la región ebria y radiante de la locura, que en sus brazos róseos todo el amor ilímite atesora...