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Oídos con el alma, pasos mentales más que sombras, sombras del pensamiento más que pasos, por el camino de ecos que la memoria inventa y borra: sin caminar caminan sobre este ahora, puente tendido entre una letra y otra. Como llovizna sobre brasas dentro de mí los pasos pasan hacia lugares que se vuelven aire. Nombres: en una pausa desaparecen, entre dos palabras. El sol camina sobre los escombros de lo que digo, el sol arrasa los parajes confusamente apenas amaneciendo en esta página, el sol abre mi frente,                                         balcón al voladero dentro de mí.                             Me alejo de mí mismo, sigo los titubeos de esta frase, senda de piedras y de cabras. Relumbran las palabras en la sombra. Y la negra marea de las sílabas cubre el papel y entierra sus raíces de tinta en el subsuelo del lenguaje. Desde mi frente salgo a un mediodía del tamaño del tiempo. El asalto de siglos del baniano contra la vertical paciencia de la tapia es menos largo que esta momentánea bifurcación del pesamiento entre lo presentido y lo sentido. Ni allá ni aquí: por esa linde de duda, transitada sólo por espejeos y vislumbres, donde el lenguaje se desdice, voy al encuentro de mí mismo. La hora es bola de cristal. Entro en un patio abandonado: aparición de un fresno. Verdes exclamaciones del viento entre las ramas. Del otro lado está el vacío. Patio inconcluso, amenazado por la escritura y sus incertidumbres. Ando entre las imágenes de un ojo desmemoriado. Soy una de sus imágenes. El fresno, sinuosa llama líquida, es un rumor que se levanta hasta volverse torre hablante. Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos que luego copian las mitologías. Adobes, cal y tiempo: entre ser y no ser los pardos muros. Infinitesimales prodigios en sus grietas: el hongo duende, vegetal Mitrídates, la lagartija y sus exhalaciones. Estoy dentro del ojo: el pozo donde desde el principio un niño está cayendo, el pozo donde cuento lo que tardo en caer desde el principio, el pozo de la cuenta de mi cuento por donde sube el agua y baja mi sombra.                         El patio, el muro, el fresno, el pozo en una claridad en forma de laguna se desvanecen. Crece en sus orillas una vegetación de transparencias. Rima feliz de montes y edificios, se desdobla el paisaje en el abstracto espejo de la arquitectura. Apenas dibujada, suerte de coma horizontal (-) entre el cielo y la tierra, una piragua solitaria. Las olas hablan nahua. Cruza un signo volante las alturas. Tal vez es una fecha, conjunción de destinos: el haz de cañas, prefiguración del brasero. El pedernal, la cruz, esas llaves de sangre ¿alguna vez abrieron las puertas de la muerte? La luz poniente se demora, alza sobre la alfombra simétricos incendios, vuelve llama quimérica este volumen lacre que hojeo (estampas: los volcanes, los cúes y, tendido, manto de plumas sobre el agua, Tenochtitlán todo empapado en sangre). Los libros del estante son ya brasas que el sol atiza con sus manos rojas. Se rebela el lápiz a seguir el dictado. En la escritura que la nombra se eclipsa la laguna. Doblo la hoja. Cuchicheos: me espían entre los follajes de las letras.                           Un charco es mi memoria. Lodoso espejo: ¿dónde estuve? Sin piedad y sin cólera mis ojos me miran a los ojos desde las aguas turbias de ese charco que convocan ahora mis palabras. No veo con los ojos: las palabras son mis ojos. vivimos entre nombres; lo que no tiene nombre todavía no existe: Adán de lodo, No un muñeco de barro, una metáfora. Ver al mundo es deletrearlo. Espejo de palabras: ¿dónde estuve? Mis palabras me miran desde el charco de mi memoria. Brillan, entre enramadas de reflejos, nubes varadas y burbujas, sobre un fondo del ocre al brasilado, las sílabas de agua. Ondulación de sombras, visos, ecos, no escritura de signos: de rumores. Mis ojos tienen sed. El charco es senequista: el agua, aunque potable, no se bebe: se lee. Al sol del altiplano se evaporan los charcos. Queda un polvo desleal y unos cuantos vestigios intestados. ¿Dónde estuve?                                   Yo estoy en donde estuve: entre los muros indecisos del mismo patio de palabras. Abderramán, Pompeyo, Xicoténcatl, batallas en el Oxus o en la barda con Ernesto y Guillermo. La mil hojas, verdinegra escultura del murmullo, jaula del sol y la centella breve del chupamirto: la higuera primordial, capilla vegetal de rituales polimorfos, diversos y perversos. Revelaciones y abominaciones: el cuerpo y sus lenguajes entretejidos, nudo de fantasmas palpados por el pensamiento y por el tacto disipados, argolla de la sangre, idea fija en mi frente clavada. El deseo es señor de espectros, somos enredaderas de aire en árboles de viento, manto de llamas inventado y devorado por la llama. La hendedura del tronco: **** sello, pasaje serpentino cerrado al sol y a mis miradas, abierto a las hormigas. La hendedura fue pórtico del más allá de lo mirado y lo pensado: allá dentro son verdes las mareas, la sangre es verde, el fuego verde, entre las yerbas negras arden estrellas verdes: es la música verde de los élitros en la prístina noche de la higuera; -allá dentro son ojos las yemas de los dedos, el tacto mira, palpan las miradas, los ojos oyen los olores; -allá dentro es afuera, es todas partes y ninguna parte, las cosas son las mismas y son otras, encarcelado en un icosaedro hay un insecto tejedor de música y hay otro insecto que desteje los silogismos que la araña teje colgada de los hilos de la luna; -allá dentro el espacio en una mano abierta y una frente que no piensa ideas sino formas que respiran, caminan, hablan, cambian y silenciosamente se evaporan; -allá dentro, país de entretejidos ecos, se despeña la luz, lenta cascada, entre los labios de las grietas: la luz es agua, el agua tiempo diáfano donde los ojos lavan sus imágenes; -allá dentro los cables del deseo fingen eternidades de un segundo que la mental corriente eléctrica enciende, apaga, enciende, resurrecciones llameantes del alfabeto calcinado; -no hay escuela allá dentro, siempre es el mismo día, la misma noche siempre, no han inventado el tiempo todavía, no ha envejecido el sol, esta nieve es idéntica a la yerba, siempre y nunca es lo mismo, nunca ha llovido y llueve siempre, todo está siendo y nunca ha sido, pueblo sin nombre de las sensaciones, nombres que buscan cuerpo, impías transparencias, jaulas de claridad donde se anulan la identidad entre sus semejanzas, la diferencia en sus contradicciones. La higuera, sus falacias y su sabiduría: prodigios de la tierra -fidedignos, puntuales, redundantes- y la conversación con los espectros. Aprendizajes con la higuera: hablar con vivos y con muertos. También conmigo mismo.                                                     La procesión del año: cambios que son repeticiones. El paso de las horas y su peso. La madrugada: más que luz, un vaho de claridad cambiada en gotas grávidas sobre los vidrios y las hojas: el mundo se atenúa en esas oscilantes geometrías hasta volverse el filo de un reflejo. Brota el día, prorrumpe entre las hojas gira sobre sí mismo y de la vacuidad en que se precipita surge, otra vez corpóreo. El tiempo es luz filtrada. Revienta el fruto ***** en encarnada florescencia, la rota rama escurre savia lechosa y acre. Metamorfosis de la higuera: si el otoño la quema, su luz la transfigura. Por los espacios diáfanos se eleva descarnada virgen negra. El cielo es giratorio lapizlázuli:           viran au ralenti, sus continentes, insubstanciales geografías. Llamas entre las nieves de las nubes. La tarde más y más es miel quemada. Derrumbe silencioso de horizontes: la luz se precipita de las cumbres, la sombra se derrama por el llano. A la luz de la lámpara -la noche ya dueña de la casa y el fantasma de mi abuelo ya dueño de la noche- yo penetraba en el silencio, cuerpo sin cuerpo, tiempo sin horas. Cada noche, máquinas transparentes del delirio, dentro de mí los libros levantaban arquitecturas sobre una sima edificadas. Las alza un soplo del espíritu, un parpadeo las deshace. Yo junté leña con los otros y lloré con el humo de la pira del domador de potros; vagué por la arboleda navegante que arrastra el Tajo turbiamente verde: la líquida espesura se encrespaba tras de la fugitiva Galatea; vi en racimos las sombras agolpadas para beber la sangre de la zanja: mejor quebrar terrones por la ración de perro del labrador avaro que regir las naciones pálidas de los muertos; tuve sed, vi demonios en el Gobi; en la gruta nadé con la sirena (y después, en el sueño purgativo, fendendo i drappi, e mostravami'l ventre, quel mí svegliò col puzzo che n'nuscia); grabé sobre mi tumba imaginaria: no muevas esta lápida, soy rico sólo en huesos; aquellas memorables pecosas peras encontradas en la cesta verbal de Villaurrutia; Carlos Garrote, eterno medio hermano, Dios te salve, me dijo al derribarme y era, por los espejos del insomnio repetido, yo mismo el que me hería; Isis y el asno Lucio; el pulpo y Nemo; y los libros marcados por las armas de Príapo, leídos en las tardes diluviales el cuerpo tenso, la mirada intensa. Nombres anclados en el golfo de mi frente: yo escribo porque el druida, bajo el rumor de sílabas del himno, encina bien plantada en una página, me dio el gajo de muérdago, el conjuro que hace brotar palabras de la peña. Los nombres acumulan sus imágenes. Las imágenes acumulan sus gaseosas, conjeturales confederaciones. Nubes y nubes, fantasmal galope de las nubes sobre las crestas de mi memoria. Adolescencia, país de nubes.                             Casa grande, encallada en un tiempo azolvado. La plaza, los árboles enormes donde anidaba el sol, la iglesia enana -su torre les llegaba a las rodillas pero su doble lengua de metal a los difuntos despertaba. Bajo la arcada, en garbas militares, las cañas, lanzas verdes, carabinas de azúcar; en el portal, el tendejón magenta: frescor de agua en penumbra, ancestrales petates, luz trenzada, y sobre el zinc del mostrador, diminutos planetas desprendidos del árbol meridiano, los tejocotes y las mandarinas, amarillos montones de dulzura. Giran los años en la plaza, rueda de Santa Catalina, y no se mueven.                                 Mis palabras, al hablar de la casa, se agrietan. Cuartos y cuartos, habitados sólo por sus fantasmas, sólo por el rencor de los mayores habitados. Familias, criaderos de alacranes: como a los perros dan con la pitanza vidrio molido, nos alimentan con sus odios y la ambición dudosa de ser alguien. También me dieron pan, me dieron tiempo, claros en los recodos de los días, remansos para estar solo conmigo. Niño entre adultos taciturnos y sus terribles niñerías, niño por los pasillos de altas puertas, habitaciones con retratos, crepusculares cofradías de los ausentes, niño sobreviviente de los espejos sin memoria y su pueblo de viento: el tiempo y sus encarnaciones resuelto en simulacros de reflejos. En mi casa los muertos eran más que los vivos. Mi madre, niña de mil años, madre del mundo, huérfana de mí, abnegada, feroz, obtusa, providente, jilguera, perra, hormiga, jabalina, carta de amor con faltas de lenguaje, mi madre: pan que yo cortaba con su propio cuchillo cada día. Los fresnos me enseñaron, bajo la lluvia, la paciencia, a cantar cara al viento vehemente. Virgen somnílocua, una tía me enseñó a ver con los ojos cerrados, ver hacia dentro y a través del muro. Mi abuelo a sonreír en la caída y a repetir en los desastres: al hecho, pecho. (Esto que digo es tierra sobre tu nombre derramada: blanda te sea.) Del vómito a la sed, atado al potro del alcohol, mi padre iba y venía entre las llamas. Por los durmientes y los rieles de una estación de moscas y de polvo una tarde juntamos sus pedazos. Yo nunca pude hablar con él. Lo encuentro ahora en sueños, esa borrosa patria de los muertos. Hablamos siempre de otras cosas. Mientras la casa se desmoronaba yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza entre escombros anónimos.                                                 Días como una frente libre, un libro abierto. No me multiplicaron los espejos codiciosos que vuelven cosas los hombres, número las cosas: ni mando ni ganancia. La santidad tampoco: el cielo para mí pronto fue un cielo deshabitado, una hermosura hueca y adorable. Presencia suficiente, cambiante: el tiempo y sus epifanías. No me habló dios entre las nubes: entre las hojas de la higuera me habló el cuerpo, los cuerpos de mi cuerpo. Encarnaciones instantáneas: tarde lavada por la lluvia, luz recién salida del agua, el vaho femenino de las plantas piel a mi piel pegada: ¡súcubo! -como si al fin el tiempo coincidiese consigo mismo y yo con él, como si el tiempo y sus dos tiempos fuesen un solo tiempo que ya no fuese tiempo, un tiempo donde siempre es ahora y a todas horas siempre, como si yo y mi doble fuesen uno y yo no fuese ya. Granada de la hora: bebí sol, comí tiempo. Dedos de luz abrían los follajes. Zumbar de abejas en mi sangre: el blanco advenimiento. Me arrojó la descarga a la orilla más sola. Fui un extraño entre las vastas ruinas de la tarde. Vértigo abstracto: hablé conmigo, fui doble, el tiempo se rompió. Atónita en lo alto del minuto la carne se hace verbo -y el verbo se despeña. Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra, es saberse mortal. Secreto a voces y también secreto vacío, sin nada adentro: no hay muertos, sólo hay muerte, madre nuestra. Lo sabía el azteca, lo adivinaba el griego: el agua es fuego y en su tránsito nosotros somos sólo llamaradas. La muerte es madre de las formas… El sonido, bastón de ciego del sentido: escribo muerte y vivo en ella por un instante. Habito su sonido: es un cubo neumático de vidrio, vibra sobre esta página, desaparece entre sus ecos. Paisajes de palabras: los despueblan mis ojos al leerlos. No importa: los propagan mis oídos. Brotan allá, en las zonas indecisas del lenguaje, palustres poblaciones. Son criaturas anfibias, con palabras. Pasan de un elemento a otro, se bañan en el fuego, reposan en el aire. Están del otro lado. No las oigo, ¿qué dicen? No dicen: hablan, hablan.                                 Salto de un cuento a otro por un puente colgante de once sílabas. Un cuerpo vivo aunque intangible el aire, en todas partes siempre y en ninguna. Duerme con los ojos abiertos, se acuesta entre las yerbas y amanece rocío, se persigue a sí mismo y habla solo en los túneles, es un tornillo que perfora montes, nadador en la mar brava del fuego es invisible surtidor de ayes levanta a pulso dos océanos, anda perdido por las calles palabra en pena en busca de sentido, aire que se disipa en aire. ¿Y para qué digo todo esto? Para decir que en pleno mediodía el aire se poblaba de fantasmas, sol acuñado en alas, ingrávidas monedas, mariposas. Anochecer. En la terraza oficiaba la luna silenciaria. La cabeza de muerto, mensajera de las ánimas, la fascinante fascinada por las camelias y la luz eléctrica, sobre nuestras cabezas era un revoloteo de conjuros opacos. ¡Mátala! gritaban las mujeres y la quemaban como bruja. Después, con un suspiro feroz, se santiguaban. Luz esparcida, Psiquis…                                   ¿Hay mensajeros? Sí, cuerpo tatuado de señales es el espacio, el aire es invisible tejido de llamadas y respuestas. Animales y cosas se hacen lenguas, a través de nosotros habla consigo mismo el universo. Somos un fragmento -pero cabal en su inacabamiento- de su discurso. Solipsismo coherente y vacío: desde el principio del principio ¿qué dice? Dice que nos dice. Se lo dice a sí mismo. Oh madness of discourse, that cause sets up with and against itself! Desde lo alto del minuto despeñado en la tarde plantas fanerógamas me descubrió la muerte. Y yo en la muerte descubrí al lenguaje. El universo habla solo pero los hombres hablan con los hombres: hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio: el corral de los juegos era historia y era historia jugar a morir juntos. La polvareda, el grito, la caída: algarabía, no discurso. En el vaivén errante de las cosas, por las revoluciones de las formas y de los tiempos arrastradas, cada una pelea con las otras, cada una se alza, ciega, contra sí misma. Así, según la hora cae desen- lazada, su injusticia pagan. (Anaximandro.) La injusticia de ser: las cosas sufren unas con otras y consigo mismas por ser un querer más, siempre ser más que más. Ser tiempo es la condena, nuestra pena es la historia. Pero también es el lug
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Pasado en claro
Oídos con el alma, pasos mentales más que sombras, sombras del pensamiento más que pasos, por el camino de ecos que la memoria inventa y borra: sin caminar caminan sobre este ahora, puente tendido entre una letra y otra. Como llovizna sobre brasas dentro de mí los pasos pasan hacia lugares que se vuelven aire. Nombres: en una pausa desaparecen, entre dos palabras. El sol camina sobre los escombros de lo que digo, el sol arrasa los parajes confusamente apenas amaneciendo en esta página, el sol abre mi frente,                                         balcón al voladero dentro de mí.                             Me alejo de mí mismo, sigo los titubeos de esta frase, senda de piedras y de cabras. Relumbran las palabras en la sombra. Y la negra marea de las sílabas cubre el papel y entierra sus raíces de tinta en el subsuelo del lenguaje. Desde mi frente salgo a un mediodía del tamaño del tiempo. El asalto de siglos del baniano contra la vertical paciencia de la tapia es menos largo que esta momentánea bifurcación del pesamiento entre lo presentido y lo sentido. Ni allá ni aquí: por esa linde de duda, transitada sólo por espejeos y vislumbres, donde el lenguaje se desdice, voy al encuentro de mí mismo. La hora es bola de cristal. Entro en un patio abandonado: aparición de un fresno. Verdes exclamaciones del viento entre las ramas. Del otro lado está el vacío. Patio inconcluso, amenazado por la escritura y sus incertidumbres. Ando entre las imágenes de un ojo desmemoriado. Soy una de sus imágenes. El fresno, sinuosa llama líquida, es un rumor que se levanta hasta volverse torre hablante. Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos que luego copian las mitologías. Adobes, cal y tiempo: entre ser y no ser los pardos muros. Infinitesimales prodigios en sus grietas: el hongo duende, vegetal Mitrídates, la lagartija y sus exhalaciones. Estoy dentro del ojo: el pozo donde desde el principio un niño está cayendo, el pozo donde cuento lo que tardo en caer desde el principio, el pozo de la cuenta de mi cuento por donde sube el agua y baja mi sombra.                         El patio, el muro, el fresno, el pozo en una claridad en forma de laguna se desvanecen. Crece en sus orillas una vegetación de transparencias. Rima feliz de montes y edificios, se desdobla el paisaje en el abstracto espejo de la arquitectura. Apenas dibujada, suerte de coma horizontal (-) entre el cielo y la tierra, una piragua solitaria. Las olas hablan nahua. Cruza un signo volante las alturas. Tal vez es una fecha, conjunción de destinos: el haz de cañas, prefiguración del brasero. El pedernal, la cruz, esas llaves de sangre ¿alguna vez abrieron las puertas de la muerte? La luz poniente se demora, alza sobre la alfombra simétricos incendios, vuelve llama quimérica este volumen lacre que hojeo (estampas: los volcanes, los cúes y, tendido, manto de plumas sobre el agua, Tenochtitlán todo empapado en sangre). Los libros del estante son ya brasas que el sol atiza con sus manos rojas. Se rebela el lápiz a seguir el dictado. En la escritura que la nombra se eclipsa la laguna. Doblo la hoja. Cuchicheos: me espían entre los follajes de las letras.                           Un charco es mi memoria. Lodoso espejo: ¿dónde estuve? Sin piedad y sin cólera mis ojos me miran a los ojos desde las aguas turbias de ese charco que convocan ahora mis palabras. No veo con los ojos: las palabras son mis ojos. vivimos entre nombres; lo que no tiene nombre todavía no existe: Adán de lodo, No un muñeco de barro, una metáfora. Ver al mundo es deletrearlo. Espejo de palabras: ¿dónde estuve? Mis palabras me miran desde el charco de mi memoria. Brillan, entre enramadas de reflejos, nubes varadas y burbujas, sobre un fondo del ocre al brasilado, las sílabas de agua. Ondulación de sombras, visos, ecos, no escritura de signos: de rumores. Mis ojos tienen sed. El charco es senequista: el agua, aunque potable, no se bebe: se lee. Al sol del altiplano se evaporan los charcos. Queda un polvo desleal y unos cuantos vestigios intestados. ¿Dónde estuve?                                   Yo estoy en donde estuve: entre los muros indecisos del mismo patio de palabras. Abderramán, Pompeyo, Xicoténcatl, batallas en el Oxus o en la barda con Ernesto y Guillermo. La mil hojas, verdinegra escultura del murmullo, jaula del sol y la centella breve del chupamirto: la higuera primordial, capilla vegetal de rituales polimorfos, diversos y perversos. Revelaciones y abominaciones: el cuerpo y sus lenguajes entretejidos, nudo de fantasmas palpados por el pensamiento y por el tacto disipados, argolla de la sangre, idea fija en mi frente clavada. El deseo es señor de espectros, somos enredaderas de aire en árboles de viento, manto de llamas inventado y devorado por la llama. La hendedura del tronco: **** sello, pasaje serpentino cerrado al sol y a mis miradas, abierto a las hormigas. La hendedura fue pórtico del más allá de lo mirado y lo pensado: allá dentro son verdes las mareas, la sangre es verde, el fuego verde, entre las yerbas negras arden estrellas verdes: es la música verde de los élitros en la prístina noche de la higuera; -allá dentro son ojos las yemas de los dedos, el tacto mira, palpan las miradas, los ojos oyen los olores; -allá dentro es afuera, es todas partes y ninguna parte, las cosas son las mismas y son otras, encarcelado en un icosaedro hay un insecto tejedor de música y hay otro insecto que desteje los silogismos que la araña teje colgada de los hilos de la luna; -allá dentro el espacio en una mano abierta y una frente que no piensa ideas sino formas que respiran, caminan, hablan, cambian y silenciosamente se evaporan; -allá dentro, país de entretejidos ecos, se despeña la luz, lenta cascada, entre los labios de las grietas: la luz es agua, el agua tiempo diáfano donde los ojos lavan sus imágenes; -allá dentro los cables del deseo fingen eternidades de un segundo que la mental corriente eléctrica enciende, apaga, enciende, resurrecciones llameantes del alfabeto calcinado; -no hay escuela allá dentro, siempre es el mismo día, la misma noche siempre, no han inventado el tiempo todavía, no ha envejecido el sol, esta nieve es idéntica a la yerba, siempre y nunca es lo mismo, nunca ha llovido y llueve siempre, todo está siendo y nunca ha sido, pueblo sin nombre de las sensaciones, nombres que buscan cuerpo, impías transparencias, jaulas de claridad donde se anulan la identidad entre sus semejanzas, la diferencia en sus contradicciones. La higuera, sus falacias y su sabiduría: prodigios de la tierra -fidedignos, puntuales, redundantes- y la conversación con los espectros. Aprendizajes con la higuera: hablar con vivos y con muertos. También conmigo mismo.                                                     La procesión del año: cambios que son repeticiones. El paso de las horas y su peso. La madrugada: más que luz, un vaho de claridad cambiada en gotas grávidas sobre los vidrios y las hojas: el mundo se atenúa en esas oscilantes geometrías hasta volverse el filo de un reflejo. Brota el día, prorrumpe entre las hojas gira sobre sí mismo y de la vacuidad en que se precipita surge, otra vez corpóreo. El tiempo es luz filtrada. Revienta el fruto ***** en encarnada florescencia, la rota rama escurre savia lechosa y acre. Metamorfosis de la higuera: si el otoño la quema, su luz la transfigura. Por los espacios diáfanos se eleva descarnada virgen negra. El cielo es giratorio lapizlázuli:           viran au ralenti, sus continentes, insubstanciales geografías. Llamas entre las nieves de las nubes. La tarde más y más es miel quemada. Derrumbe silencioso de horizontes: la luz se precipita de las cumbres, la sombra se derrama por el llano. A la luz de la lámpara -la noche ya dueña de la casa y el fantasma de mi abuelo ya dueño de la noche- yo penetraba en el silencio, cuerpo sin cuerpo, tiempo sin horas. Cada noche, máquinas transparentes del delirio, dentro de mí los libros levantaban arquitecturas sobre una sima edificadas. Las alza un soplo del espíritu, un parpadeo las deshace. Yo junté leña con los otros y lloré con el humo de la pira del domador de potros; vagué por la arboleda navegante que arrastra el Tajo turbiamente verde: la líquida espesura se encrespaba tras de la fugitiva Galatea; vi en racimos las sombras agolpadas para beber la sangre de la zanja: mejor quebrar terrones por la ración de perro del labrador avaro que regir las naciones pálidas de los muertos; tuve sed, vi demonios en el Gobi; en la gruta nadé con la sirena (y después, en el sueño purgativo, fendendo i drappi, e mostravami'l ventre, quel mí svegliò col puzzo che n'nuscia); grabé sobre mi tumba imaginaria: no muevas esta lápida, soy rico sólo en huesos; aquellas memorables pecosas peras encontradas en la cesta verbal de Villaurrutia; Carlos Garrote, eterno medio hermano, Dios te salve, me dijo al derribarme y era, por los espejos del insomnio repetido, yo mismo el que me hería; Isis y el asno Lucio; el pulpo y Nemo; y los libros marcados por las armas de Príapo, leídos en las tardes diluviales el cuerpo tenso, la mirada intensa. Nombres anclados en el golfo de mi frente: yo escribo porque el druida, bajo el rumor de sílabas del himno, encina bien plantada en una página, me dio el gajo de muérdago, el conjuro que hace brotar palabras de la peña. Los nombres acumulan sus imágenes. Las imágenes acumulan sus gaseosas, conjeturales confederaciones. Nubes y nubes, fantasmal galope de las nubes sobre las crestas de mi memoria. Adolescencia, país de nubes.                             Casa grande, encallada en un tiempo azolvado. La plaza, los árboles enormes donde anidaba el sol, la iglesia enana -su torre les llegaba a las rodillas pero su doble lengua de metal a los difuntos despertaba. Bajo la arcada, en garbas militares, las cañas, lanzas verdes, carabinas de azúcar; en el portal, el tendejón magenta: frescor de agua en penumbra, ancestrales petates, luz trenzada, y sobre el zinc del mostrador, diminutos planetas desprendidos del árbol meridiano, los tejocotes y las mandarinas, amarillos montones de dulzura. Giran los años en la plaza, rueda de Santa Catalina, y no se mueven.                                 Mis palabras, al hablar de la casa, se agrietan. Cuartos y cuartos, habitados sólo por sus fantasmas, sólo por el rencor de los mayores habitados. Familias, criaderos de alacranes: como a los perros dan con la pitanza vidrio molido, nos alimentan con sus odios y la ambición dudosa de ser alguien. También me dieron pan, me dieron tiempo, claros en los recodos de los días, remansos para estar solo conmigo. Niño entre adultos taciturnos y sus terribles niñerías, niño por los pasillos de altas puertas, habitaciones con retratos, crepusculares cofradías de los ausentes, niño sobreviviente de los espejos sin memoria y su pueblo de viento: el tiempo y sus encarnaciones resuelto en simulacros de reflejos. En mi casa los muertos eran más que los vivos. Mi madre, niña de mil años, madre del mundo, huérfana de mí, abnegada, feroz, obtusa, providente, jilguera, perra, hormiga, jabalina, carta de amor con faltas de lenguaje, mi madre: pan que yo cortaba con su propio cuchillo cada día. Los fresnos me enseñaron, bajo la lluvia, la paciencia, a cantar cara al viento vehemente. Virgen somnílocua, una tía me enseñó a ver con los ojos cerrados, ver hacia dentro y a través del muro. Mi abuelo a sonreír en la caída y a repetir en los desastres: al hecho, pecho. (Esto que digo es tierra sobre tu nombre derramada: blanda te sea.) Del vómito a la sed, atado al potro del alcohol, mi padre iba y venía entre las llamas. Por los durmientes y los rieles de una estación de moscas y de polvo una tarde juntamos sus pedazos. Yo nunca pude hablar con él. Lo encuentro ahora en sueños, esa borrosa patria de los muertos. Hablamos siempre de otras cosas. Mientras la casa se desmoronaba yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza entre escombros anónimos.                                                 Días como una frente libre, un libro abierto. No me multiplicaron los espejos codiciosos que vuelven cosas los hombres, número las cosas: ni mando ni ganancia. La santidad tampoco: el cielo para mí pronto fue un cielo deshabitado, una hermosura hueca y adorable. Presencia suficiente, cambiante: el tiempo y sus epifanías. No me habló dios entre las nubes: entre las hojas de la higuera me habló el cuerpo, los cuerpos de mi cuerpo. Encarnaciones instantáneas: tarde lavada por la lluvia, luz recién salida del agua, el vaho femenino de las plantas piel a mi piel pegada: ¡súcubo! -como si al fin el tiempo coincidiese consigo mismo y yo con él, como si el tiempo y sus dos tiempos fuesen un solo tiempo que ya no fuese tiempo, un tiempo donde siempre es ahora y a todas horas siempre, como si yo y mi doble fuesen uno y yo no fuese ya. Granada de la hora: bebí sol, comí tiempo. Dedos de luz abrían los follajes. Zumbar de abejas en mi sangre: el blanco advenimiento. Me arrojó la descarga a la orilla más sola. Fui un extraño entre las vastas ruinas de la tarde. Vértigo abstracto: hablé conmigo, fui doble, el tiempo se rompió. Atónita en lo alto del minuto la carne se hace verbo -y el verbo se despeña. Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra, es saberse mortal. Secreto a voces y también secreto vacío, sin nada adentro: no hay muertos, sólo hay muerte, madre nuestra. Lo sabía el azteca, lo adivinaba el griego: el agua es fuego y en su tránsito nosotros somos sólo llamaradas. La muerte es madre de las formas… El sonido, bastón de ciego del sentido: escribo muerte y vivo en ella por un instante. Habito su sonido: es un cubo neumático de vidrio, vibra sobre esta página, desaparece entre sus ecos. Paisajes de palabras: los despueblan mis ojos al leerlos. No importa: los propagan mis oídos. Brotan allá, en las zonas indecisas del lenguaje, palustres poblaciones. Son criaturas anfibias, con palabras. Pasan de un elemento a otro, se bañan en el fuego, reposan en el aire. Están del otro lado. No las oigo, ¿qué dicen? No dicen: hablan, hablan.                                 Salto de un cuento a otro por un puente colgante de once sílabas. Un cuerpo vivo aunque intangible el aire, en todas partes siempre y en ninguna. Duerme con los ojos abiertos, se acuesta entre las yerbas y amanece rocío, se persigue a sí mismo y habla solo en los túneles, es un tornillo que perfora montes, nadador en la mar brava del fuego es invisible surtidor de ayes levanta a pulso dos océanos, anda perdido por las calles palabra en pena en busca de sentido, aire que se disipa en aire. ¿Y para qué digo todo esto? Para decir que en pleno mediodía el aire se poblaba de fantasmas, sol acuñado en alas, ingrávidas monedas, mariposas. Anochecer. En la terraza oficiaba la luna silenciaria. La cabeza de muerto, mensajera de las ánimas, la fascinante fascinada por las camelias y la luz eléctrica, sobre nuestras cabezas era un revoloteo de conjuros opacos. ¡Mátala! gritaban las mujeres y la quemaban como bruja. Después, con un suspiro feroz, se santiguaban. Luz esparcida, Psiquis…                                   ¿Hay mensajeros? Sí, cuerpo tatuado de señales es el espacio, el aire es invisible tejido de llamadas y respuestas. Animales y cosas se hacen lenguas, a través de nosotros habla consigo mismo el universo. Somos un fragmento -pero cabal en su inacabamiento- de su discurso. Solipsismo coherente y vacío: desde el principio del principio ¿qué dice? Dice que nos dice. Se lo dice a sí mismo. Oh madness of discourse, that cause sets up with and against itself! Desde lo alto del minuto despeñado en la tarde plantas fanerógamas me descubrió la muerte. Y yo en la muerte descubrí al lenguaje. El universo habla solo pero los hombres hablan con los hombres: hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio: el corral de los juegos era historia y era historia jugar a morir juntos. La polvareda, el grito, la caída: algarabía, no discurso. En el vaivén errante de las cosas, por las revoluciones de las formas y de los tiempos arrastradas, cada una pelea con las otras, cada una se alza, ciega, contra sí misma. Así, según la hora cae desen- lazada, su injusticia pagan. (Anaximandro.) La injusticia de ser: las cosas sufren unas con otras y consigo mismas por ser un querer más, siempre ser más que más. Ser tiempo es la condena, nuestra pena es la historia. Pero también es el lug
Octavio Paz
1914 - 1998/Male/Mexican