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Piramidal, funesta de la tierra nacida sombra, al cielo encaminaba de vanos obeliscos ***** altiva, escalar pretendiendo las estrellas; si bien sus luces bellas esemptas siempre, siempre rutilantes, la tenebrosa guerra que con negros vapores le intimaba la vaporosa sombra fugitiva burlaban tan distantes, que su atezado ceño al superior convexo aún no llegaba del orbe de la diosa que tres veces hermosa con tres hermosos rostros ser ostenta; quedando sólo dueño del aire que empañaba con el aliento denso que exhalaba. Y en la quietud contenta de impero silencioso, sumisas sólo voces consentía de las nocturnas aves tan oscuras tan graves, que aún el silencio no se interrumpía. Con tardo vuelo, y canto, de él oído mal, y aún peor del ánimo admitido, la avergonzada Nictímene acecha de las sagradas puertas los resquicios o de las claraboyas eminentes los huecos más propicios, que capaz a su intento le abren la brecha, y sacrílega llega a los lucientes faroles sacros de perenne llama, que extingue, sino inflama en licor claro la materia crasa consumiendo; que el árbol de Minerva de su fruto, de prensas agravado, congojoso sudó y rindió forzado. Y aquellas que su casa campo vieron volver, sus telas yerba, a la deidad de Baco inobedientes ya no historias contando diferentes, en forma si afrentosa transformadas segunda forman niebla, ser vistas, aun temiendo en la tiniebla, aves sin pluma aladas: aquellas tres oficiosas, digo, atrevidas hermanas, que el tremendo castigo de desnudas les dio pardas membranas alas, tan mal dispuestas que escarnio son aun de las más funestas: éstas con el parlero ministro de Plutón un tiempo, ahora supersticioso indicio agorero, solos la no canora componían capilla pavorosa, máximas negras, longas entonando y pausas, más que voces, esperando a la torpe mensura perezosa de mayor proporción tal vez que el viento con flemático echaba movimiento de tan tardo compás, tan detenido, que en medio se quedó tal vez dormido. Este. pues, triste son intercadente de la asombrosa turba temerosa, menos a la atención solicitaba que al suelo persuadía; antes si, lentamente, si su obtusa consonancia espaciosa al sosiego inducía y al reposo los miembros convidaba, el silencio intimando a los vivientes, uno y otro sellando labio obscuro con indicante dedo, Harpócrates la noche silenciosa; a cuyo, aunque no duro, si bien imperioso precepto, todos fueron obedientes. El viento sosegado, el can dormido: éste yace, aquél quedo, los átomos no mueve con el susurro hacer temiendo leve, aunque poco sacrílego ruido, violador del silencio sosegado. El mar, no ya alterado, ni aún la instable mecía cerúlea cuna donde el sol dormía; y los dormidos siempre mudos peces, en los lechos 1amosos de sus obscuros senos cavernosos, mudos eran dos veces. Y entre ellos la engañosa encantadora Almone, a los que antes en peces transformó simples amantes, transformada también vengaba ahora. En los del monte senos escondidos cóncavos de peñascos mal formados, de su esperanza menos defendidos que de su obscuridad asegurados, cuya mansión sombría ser puede noche en la mitad del día, incógnita aún al cierto montaraz pie del cazador experto, depuesta la fiereza de unos, y de otros el temor depuesto, yacía el vulgo bruto, a la naturaleza el de su potestad vagando impuesto, universal tributo. Y el rey -que vigilancias afectaba- aun con abiertos ojos no velaba. El de sus mismos perros acosado, monarca en otro tiempo esclarecido, tímido ya venado, con vigilante oído, del sosegado ambiente, al menor perceptible movimiento que los átomos muda, la oreja alterna aguda y el leve rumor siente que aun le altera dormido. Y en 1a quietud del nido, que de brozas y lodo instable hamaca formó en la más opaca parte del árbol, duerme recogida la leve turba, descansando el viento del que le corta alado movimiento. De Júpiter el ave generosa (como el fin reina) por no darse entera al descanso, que vicio considera si de preciso pasa, cuidadosa de no incurrir de omisa en el exceso, a un sólo pie librada fía el peso y en otro guarda el cálculo pequeño, despertador reloj del leve sueño, porque si necesario fue admitido no pueda dilatarse continuado, antes interrumpido del regio sea pastoral cuidado. ¡Oh de la majestad pensión gravosa, que aun el menor descuido no perdona! Causa quizá que ha hecho misteriosa, circular denotando la corona en círculo dorado, que el afán es no menos continuado. El sueño todo, en fin, lo poseía: todo. en fin, el silencio lo ocupaba. Aun el ladrón dormía: aun el amante no se desvelaba: el conticinio casi ya pasando iba y la sombra dimidiaba, cuando de las diurnas tareas fatigados y no sólo oprimidos del afán ponderosos del corporal trabajo, más cansados del deleite también; que también cansa objeto continuado a 1os sentidos aún siendo deleitoso; que la naturaleza siempre alterna ya una, ya otra balanza, distribuyendo varios ejercicios, ya al ocio, ya al trabajo destinados, en el fiel infiel con que gobierna la aparatosa máquina del mundo. Así pues, del profundo sueño dulce los miembros ocupados, quedaron los sentidos del que ejercicio tiene ordinario trabajo, en fin, pero trabajo amado -si hay amable trabajo- si privados no, al menos suspendidos. Y cediendo al retrato del contrario de la vida que lentamente armado cobarde embiste y vence perezoso con armas soñolientas, desde el cayado humilde al cetro altivo sin que haya distintivo que el sayal de la púrpura discierna; pues su nivel, en todo poderoso, gradúa por esemptas a ningunas personas, desde la de a quien tres forman coronas soberana tiara hasta la que pajiza vive choza; desde la que el Danubio undoso dora, a la que junco humilde, humilde mora; y con siempre igual vara (como, en efecto, imagen poderosa de la muerte) Morfeo el sayal mide igual con el brocado. El alma, pues, suspensa del exterior gobierno en que ocupada en material empleo, o bien o mal da el día por gastado, solamente dispensa, remota, si del todo separada no, a los de muerte temporal opresos, lánguidos miembros, sosegados huesos, los gajes del calor vegetativo, el cuerpo siendo, en sosegada calma, un cadáver con alma, muerto a la vida y a la muerte vivo, de lo segundo dando tardas señas el de reloj humano vital volante que, sino con mano, con arterial concierto, unas pequeñas muestras, pulsando, manifiesta lento de su bien regulado movimiento. Este, pues, miembro rey y centro vivo de espíritus vitales, con su asociado respirante fuelle pulmón, que imán del viento es atractivo, que en movimientos nunca desiguales o comprimiendo yo o ya dilatando el musculoso, claro, arcaduz blando, hace que en él resuelle el que le circunscribe fresco ambiente que impele ya caliente y él venga su expulsión haciendo activo pequeños robos al calor nativo, algún tiempo llorados, nunca recuperados, si ahora no sentidos de su dueño, que repetido no hay robo pequeño. Estos, pues, de mayor, como ya digo, excepción, uno y otro fiel testigo, la vida aseguraban, mientras con mudas voces impugnaban la información, callados los sentidos con no replicar sólo defendidos; y la lengua, torpe, enmudecía, con no poder hablar los desmentía; y aquella del calor más competente científica oficina próvida de los miembros despensera, que avara nunca v siempre diligente, ni a la parte prefiere más vecina ni olvida a la remota, y, en ajustado natural cuadrante, las cuantidades nota que a cada cual tocarle considera, del que alambicó quilo el incesante calor en el manjar que medianero piadoso entre él y el húmedo interpuso su inocente substancia, pagando por entero la que ya piedad sea o ya arrogancia, al contrario voraz necio la expuso merecido castigo, aunque se excuse al que en pendencia ajena se introduce. Esta, pues, si no fragua de Vulcano, templada hoguera del calor humano, al cerebro enviaba húmedos, mas tan claros los vapores de los atemperados cuatro humores, que con ellos no sólo empañaba los simulacros que la estimativa dio a la imaginativa, y aquesta por custodia más segura en forma ya más pura entregó a la memoria que, oficiosa, gravó tenaz y guarda cuidadosa sino que daban a la fantasía lugar de que formase imágenes diversas y del modo que en tersa superficie, que de faro cristalino portento, asilo raro fue en distancia longísima se veían, (sin que ésta le estorbase) del reino casi de Neptuno todo, las que distantes le surcaban naves. Viéndose claramente, en su azogada luna, el número, el tamaño y la fortuna que en la instable campaña transparente arriesgadas tenían, mientras aguas y vientos dividían sus velas leves y sus quillas graves, así ella, sosegada, iba copiando las imágenes todas de las cosas y el pincel invisible iba formando de mentales, sin luz, siempre vistosas colores. las figuras, no sólo ya de todas las criaturas sublunares, mas aun también de aquellas que intelectuales claras son estrellas y en el modo posible que concebirse puede lo invisible, en sí mañosa las representaba y al alma las mostraba. La cual, en tanto, toda convertida a su inmaterial ser y esencia bella, aquella contemplaba, participada de alto ser centella, que con similitud en sí gozaba. I juzgándose casi dividida de aquella que impedida siempre la tiene, corporal cadena que grosera embaraza y torpe impide el vuelo intelectual con que ya mide la cuantidad inmensa de la esfera, ya el curso considera regular con que giran desiguales los cuerpos celestiales; culpa si grave, merecida pena, torcedor del sosiego riguroso de estudio vanamente juicioso; puesta a su parecer, en la eminente cumbre de un monte a quien el mismo Atlante que preside gigante a los demás, enano obedecía, y Olimpo, cuya sosegada frente, nunca de aura agitada consintió ser violada, aun falda suya ser no merecía, pues las nubes que opaca son corona de la más elevada corpulencia del volcán más soberbio que en la tierra gigante erguido intima al cielo guerra, apenas densa zona de su altiva eminencia o a su vasta cintura cíngulo tosco son, que mal ceñido o el viento lo desata sacudido o vecino el calor del sol, lo apura a la región primera de su altura, ínfima parte, digo, dividiendo en tres su continuado cuerpo horrendo, el rápido no pudo, el veloz vuelo del águila -que puntas hace al cielo y el sol bebe los rayos pretendiendo entre sus luces colocar su nido- llegar; bien que esforzando mas que nunca el impulso, ya batiendo las dos plumadas velas, ya peinando con las garras el aire, ha pretendido tejiendo de los átomos escalas que su inmunidad rompan sus dos alas. Las pirámides dos -ostentaciones de Menfis vano y de la arquitectura último esmero- si ya no pendones fijos, no tremolantes, cuya altura coronada de bárbaros trofeos, tumba y bandera fue a los Ptolomeos, que al viento, que a las nubes publicaba, si ya también el cielo no decía de su grande su siempre vencedora ciudad -ya Cairo ahora- las que, porque a su copia enmudecía la fama no contaba gitanas glorias, menéficas proezas, aun en el viento, aun en el cielo impresas. Estas que en nivelada simetría su estatura crecía con tal disminución, con arte tanto, que cuánto más al cielo caminaba a la vista que lince la miraba, entre los vientos se desaparecía sin permitir mirar la sutil ***** que al primer orbe finge que se junta hasta que fatigada del espanto, no descendida sino despeñada se hallaba al pie de la espaciosa basa. Tarde o mal recobrada del desvanecimiento, que pena fue no escasa del visual alado atrevimiento, cuyos cuerpos opacos no al sol opuestos, antes avenidos con sus luces, si no confederados con él, como en efecto confiantes, tan del todo bañados de un resplandor eran, que lucidos, nunca de calurosos caminantes al fatigado aliento, a los pies flacos ofrecieron alfombra, aun de pequeña, aun de señal de sombra. Estas que glorias ya sean de gitanas o elaciones profanas, bárbaros hieroglíficos de ciego error, según el griego, ciego también dulcísimo poeta, si ya por las que escribe aquileyas proezas o marciales, de Ulises, sutilezas, la unión no le recibe de los historiadores o le acepta cuando entre su catálogo le cuente, que gloría más que número le aumente, de cuya dulce serie numerosa fuera más fácil cosa al temido Jonante el rayo fulminante quitar o la pescada a Alcídes clava herrada, que un hemistiquio solo -de los que le: dictó propicio Apolo- según de Homero digo, la sentencia. Las pirámides fueron materiales tipos solos, señales exteriores de las que dimensiones interiores especies son del alma intencionales que como sube en piramidal ***** al cielo la ambiciosa llama ardiente, así la humana mente su figura trasunta y a la causa primera siempre aspira, céntrico punto donde recta tira la línea, si ya no circunferencia que contiene infinita toda esencia. Estos pues, montes dos artificiales, bien maravillas, bien milagros sean, y aun aquella blasfema altiva torre, de quien hoy dolorosas son señales no en piedras, sino en lenguas desiguales porque voraz el tiempo no ]as borre, los idiomas diversos que escasean el sociable trato de las gentes haciendo que parezcan diferentes los que unos hizo la naturaleza, de la lengua por solo la extrañeza; . si fueran comparados a la mental pirámide elevada, donde, sin saber como colocada el alma se miró, tan atrasados se hallaran que cualquiera graduara su cima por esfera, pues su ambicioso anhelo, haciendo cumbre de su propio vuelo, en lo más eminente la encumbró parte de su propia mente, de sí tan remontada que creía que a otra nueva región de sí salía. En cuya casi elevación inmensa, gozosa, mas suspensa, suspensa, pero ufana y atónita, aunque ufana la suprema de lo sublunar reina soberana, la vista perspicaz libre de antojos de sus intelectuales y bellos ojos, sin que distancia tema ni de obstáculo opaco se recele, de que interpuesto algún objeto cele, libre tendió por todo lo criado, cuyo inmenso agregado cúmulo incomprehensible aunque a la vista quiso manifiesto dar señas de posible, a la comprehensión no, que entorpecida con la sobra de objetos y excedida de la grandeza de ellos su potencia, retrocedió cobarde, tanto no del osado presupuesto revocó la intención arrepentida, la vista que intentó descomedida en vano hacer alarde contra objeto que excede en excelencia las líneas visuales, contra el sol, digo, cuerpo luminoso, cuyos rayos castigo son fogoso, de fuerzas desiguales despreciando, castigan rayo a rayo el confiado antes atrevido y ya llorado ensayo, necia experiencia que costosa tanto fue que Icaro ya su propio llanto lo anegó enternecido como el entendimiento aquí vencido, no menos de la inmensa muchedumbre de tanta maquinosa pesadumbre de diversas especies conglobado esférico compuesto, que de las cualidades de cada cual cedió tan asombrado que, entre la copia puesto, pobre con ella en las neutralidades de un mar de asombros, la elección confusa equívoco las ondas zozobraba. Y por mirarlo todo; nada veía, ni discernir podía, bota la facultad intelectiva en tanta, tan difusa incomprensible especie que miraba desde el un eje en que librada estriba la máquina voluble de la esfera, el contrapuesto polo, las partes ya no sólo, que al universo todo considera serle perfeccionantes a su ornato no más pertenecientes; mas ni aun las que ignorantes; miembros son de su cuerpo dilatado, proporcionadamente competentes. Mas como al que ha usurpado diuturna obscuridad de los objetos visibles los colores si súbitos le asaltan resplandores, con la sombra de luz queda más ciego: que el exceso contrarios hace efectos en la torpe potencia, que la lumbre del sol admitir luego no puede por la falta de costumbre; y a la tiniebla misma que antes era tenebroso a la vista impedimento, de los agravios de la luz apela y una vez y otra con la mano cela de los débiles ojos deslumbrados los rayos vacilantes, sirviendo va piadosa medianera la sombra de instrumento para que recobrados por grados se habiliten, porque después constantes su operación más firme ejerciten. Recurso natural, innata ciencia que confirmada ya de la experiencia, maestro quizá mudo, retórico ejemplar inducir pudo a uno y otro galeno para que del mortífero veneno, en bien proporcionadas cantidades, escrupulosamente regulando las ocultas nocivas cualidades, ya por sobrado exceso de cálidas o frías, o ya por ignoradas simpatías o antipatías con que van obrando las causas naturales su progreso, a la admiración dando, suspendida, efecto cierto en causa no sabida, con prolijo desvelo y remirada, empírica
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Primero sueño, que así intituló, y compuso la madre juana inés de la cruz, imitando a góngora
Piramidal, funesta de la tierra nacida sombra, al cielo encaminaba de vanos obeliscos ***** altiva, escalar pretendiendo las estrellas; si bien sus luces bellas esemptas siempre, siempre rutilantes, la tenebrosa guerra que con negros vapores le intimaba la vaporosa sombra fugitiva burlaban tan distantes, que su atezado ceño al superior convexo aún no llegaba del orbe de la diosa que tres veces hermosa con tres hermosos rostros ser ostenta; quedando sólo dueño del aire que empañaba con el aliento denso que exhalaba. Y en la quietud contenta de impero silencioso, sumisas sólo voces consentía de las nocturnas aves tan oscuras tan graves, que aún el silencio no se interrumpía. Con tardo vuelo, y canto, de él oído mal, y aún peor del ánimo admitido, la avergonzada Nictímene acecha de las sagradas puertas los resquicios o de las claraboyas eminentes los huecos más propicios, que capaz a su intento le abren la brecha, y sacrílega llega a los lucientes faroles sacros de perenne llama, que extingue, sino inflama en licor claro la materia crasa consumiendo; que el árbol de Minerva de su fruto, de prensas agravado, congojoso sudó y rindió forzado. Y aquellas que su casa campo vieron volver, sus telas yerba, a la deidad de Baco inobedientes ya no historias contando diferentes, en forma si afrentosa transformadas segunda forman niebla, ser vistas, aun temiendo en la tiniebla, aves sin pluma aladas: aquellas tres oficiosas, digo, atrevidas hermanas, que el tremendo castigo de desnudas les dio pardas membranas alas, tan mal dispuestas que escarnio son aun de las más funestas: éstas con el parlero ministro de Plutón un tiempo, ahora supersticioso indicio agorero, solos la no canora componían capilla pavorosa, máximas negras, longas entonando y pausas, más que voces, esperando a la torpe mensura perezosa de mayor proporción tal vez que el viento con flemático echaba movimiento de tan tardo compás, tan detenido, que en medio se quedó tal vez dormido. Este. pues, triste son intercadente de la asombrosa turba temerosa, menos a la atención solicitaba que al suelo persuadía; antes si, lentamente, si su obtusa consonancia espaciosa al sosiego inducía y al reposo los miembros convidaba, el silencio intimando a los vivientes, uno y otro sellando labio obscuro con indicante dedo, Harpócrates la noche silenciosa; a cuyo, aunque no duro, si bien imperioso precepto, todos fueron obedientes. El viento sosegado, el can dormido: éste yace, aquél quedo, los átomos no mueve con el susurro hacer temiendo leve, aunque poco sacrílego ruido, violador del silencio sosegado. El mar, no ya alterado, ni aún la instable mecía cerúlea cuna donde el sol dormía; y los dormidos siempre mudos peces, en los lechos 1amosos de sus obscuros senos cavernosos, mudos eran dos veces. Y entre ellos la engañosa encantadora Almone, a los que antes en peces transformó simples amantes, transformada también vengaba ahora. En los del monte senos escondidos cóncavos de peñascos mal formados, de su esperanza menos defendidos que de su obscuridad asegurados, cuya mansión sombría ser puede noche en la mitad del día, incógnita aún al cierto montaraz pie del cazador experto, depuesta la fiereza de unos, y de otros el temor depuesto, yacía el vulgo bruto, a la naturaleza el de su potestad vagando impuesto, universal tributo. Y el rey -que vigilancias afectaba- aun con abiertos ojos no velaba. El de sus mismos perros acosado, monarca en otro tiempo esclarecido, tímido ya venado, con vigilante oído, del sosegado ambiente, al menor perceptible movimiento que los átomos muda, la oreja alterna aguda y el leve rumor siente que aun le altera dormido. Y en 1a quietud del nido, que de brozas y lodo instable hamaca formó en la más opaca parte del árbol, duerme recogida la leve turba, descansando el viento del que le corta alado movimiento. De Júpiter el ave generosa (como el fin reina) por no darse entera al descanso, que vicio considera si de preciso pasa, cuidadosa de no incurrir de omisa en el exceso, a un sólo pie librada fía el peso y en otro guarda el cálculo pequeño, despertador reloj del leve sueño, porque si necesario fue admitido no pueda dilatarse continuado, antes interrumpido del regio sea pastoral cuidado. ¡Oh de la majestad pensión gravosa, que aun el menor descuido no perdona! Causa quizá que ha hecho misteriosa, circular denotando la corona en círculo dorado, que el afán es no menos continuado. El sueño todo, en fin, lo poseía: todo. en fin, el silencio lo ocupaba. Aun el ladrón dormía: aun el amante no se desvelaba: el conticinio casi ya pasando iba y la sombra dimidiaba, cuando de las diurnas tareas fatigados y no sólo oprimidos del afán ponderosos del corporal trabajo, más cansados del deleite también; que también cansa objeto continuado a 1os sentidos aún siendo deleitoso; que la naturaleza siempre alterna ya una, ya otra balanza, distribuyendo varios ejercicios, ya al ocio, ya al trabajo destinados, en el fiel infiel con que gobierna la aparatosa máquina del mundo. Así pues, del profundo sueño dulce los miembros ocupados, quedaron los sentidos del que ejercicio tiene ordinario trabajo, en fin, pero trabajo amado -si hay amable trabajo- si privados no, al menos suspendidos. Y cediendo al retrato del contrario de la vida que lentamente armado cobarde embiste y vence perezoso con armas soñolientas, desde el cayado humilde al cetro altivo sin que haya distintivo que el sayal de la púrpura discierna; pues su nivel, en todo poderoso, gradúa por esemptas a ningunas personas, desde la de a quien tres forman coronas soberana tiara hasta la que pajiza vive choza; desde la que el Danubio undoso dora, a la que junco humilde, humilde mora; y con siempre igual vara (como, en efecto, imagen poderosa de la muerte) Morfeo el sayal mide igual con el brocado. El alma, pues, suspensa del exterior gobierno en que ocupada en material empleo, o bien o mal da el día por gastado, solamente dispensa, remota, si del todo separada no, a los de muerte temporal opresos, lánguidos miembros, sosegados huesos, los gajes del calor vegetativo, el cuerpo siendo, en sosegada calma, un cadáver con alma, muerto a la vida y a la muerte vivo, de lo segundo dando tardas señas el de reloj humano vital volante que, sino con mano, con arterial concierto, unas pequeñas muestras, pulsando, manifiesta lento de su bien regulado movimiento. Este, pues, miembro rey y centro vivo de espíritus vitales, con su asociado respirante fuelle pulmón, que imán del viento es atractivo, que en movimientos nunca desiguales o comprimiendo yo o ya dilatando el musculoso, claro, arcaduz blando, hace que en él resuelle el que le circunscribe fresco ambiente que impele ya caliente y él venga su expulsión haciendo activo pequeños robos al calor nativo, algún tiempo llorados, nunca recuperados, si ahora no sentidos de su dueño, que repetido no hay robo pequeño. Estos, pues, de mayor, como ya digo, excepción, uno y otro fiel testigo, la vida aseguraban, mientras con mudas voces impugnaban la información, callados los sentidos con no replicar sólo defendidos; y la lengua, torpe, enmudecía, con no poder hablar los desmentía; y aquella del calor más competente científica oficina próvida de los miembros despensera, que avara nunca v siempre diligente, ni a la parte prefiere más vecina ni olvida a la remota, y, en ajustado natural cuadrante, las cuantidades nota que a cada cual tocarle considera, del que alambicó quilo el incesante calor en el manjar que medianero piadoso entre él y el húmedo interpuso su inocente substancia, pagando por entero la que ya piedad sea o ya arrogancia, al contrario voraz necio la expuso merecido castigo, aunque se excuse al que en pendencia ajena se introduce. Esta, pues, si no fragua de Vulcano, templada hoguera del calor humano, al cerebro enviaba húmedos, mas tan claros los vapores de los atemperados cuatro humores, que con ellos no sólo empañaba los simulacros que la estimativa dio a la imaginativa, y aquesta por custodia más segura en forma ya más pura entregó a la memoria que, oficiosa, gravó tenaz y guarda cuidadosa sino que daban a la fantasía lugar de que formase imágenes diversas y del modo que en tersa superficie, que de faro cristalino portento, asilo raro fue en distancia longísima se veían, (sin que ésta le estorbase) del reino casi de Neptuno todo, las que distantes le surcaban naves. Viéndose claramente, en su azogada luna, el número, el tamaño y la fortuna que en la instable campaña transparente arriesgadas tenían, mientras aguas y vientos dividían sus velas leves y sus quillas graves, así ella, sosegada, iba copiando las imágenes todas de las cosas y el pincel invisible iba formando de mentales, sin luz, siempre vistosas colores. las figuras, no sólo ya de todas las criaturas sublunares, mas aun también de aquellas que intelectuales claras son estrellas y en el modo posible que concebirse puede lo invisible, en sí mañosa las representaba y al alma las mostraba. La cual, en tanto, toda convertida a su inmaterial ser y esencia bella, aquella contemplaba, participada de alto ser centella, que con similitud en sí gozaba. I juzgándose casi dividida de aquella que impedida siempre la tiene, corporal cadena que grosera embaraza y torpe impide el vuelo intelectual con que ya mide la cuantidad inmensa de la esfera, ya el curso considera regular con que giran desiguales los cuerpos celestiales; culpa si grave, merecida pena, torcedor del sosiego riguroso de estudio vanamente juicioso; puesta a su parecer, en la eminente cumbre de un monte a quien el mismo Atlante que preside gigante a los demás, enano obedecía, y Olimpo, cuya sosegada frente, nunca de aura agitada consintió ser violada, aun falda suya ser no merecía, pues las nubes que opaca son corona de la más elevada corpulencia del volcán más soberbio que en la tierra gigante erguido intima al cielo guerra, apenas densa zona de su altiva eminencia o a su vasta cintura cíngulo tosco son, que mal ceñido o el viento lo desata sacudido o vecino el calor del sol, lo apura a la región primera de su altura, ínfima parte, digo, dividiendo en tres su continuado cuerpo horrendo, el rápido no pudo, el veloz vuelo del águila -que puntas hace al cielo y el sol bebe los rayos pretendiendo entre sus luces colocar su nido- llegar; bien que esforzando mas que nunca el impulso, ya batiendo las dos plumadas velas, ya peinando con las garras el aire, ha pretendido tejiendo de los átomos escalas que su inmunidad rompan sus dos alas. Las pirámides dos -ostentaciones de Menfis vano y de la arquitectura último esmero- si ya no pendones fijos, no tremolantes, cuya altura coronada de bárbaros trofeos, tumba y bandera fue a los Ptolomeos, que al viento, que a las nubes publicaba, si ya también el cielo no decía de su grande su siempre vencedora ciudad -ya Cairo ahora- las que, porque a su copia enmudecía la fama no contaba gitanas glorias, menéficas proezas, aun en el viento, aun en el cielo impresas. Estas que en nivelada simetría su estatura crecía con tal disminución, con arte tanto, que cuánto más al cielo caminaba a la vista que lince la miraba, entre los vientos se desaparecía sin permitir mirar la sutil ***** que al primer orbe finge que se junta hasta que fatigada del espanto, no descendida sino despeñada se hallaba al pie de la espaciosa basa. Tarde o mal recobrada del desvanecimiento, que pena fue no escasa del visual alado atrevimiento, cuyos cuerpos opacos no al sol opuestos, antes avenidos con sus luces, si no confederados con él, como en efecto confiantes, tan del todo bañados de un resplandor eran, que lucidos, nunca de calurosos caminantes al fatigado aliento, a los pies flacos ofrecieron alfombra, aun de pequeña, aun de señal de sombra. Estas que glorias ya sean de gitanas o elaciones profanas, bárbaros hieroglíficos de ciego error, según el griego, ciego también dulcísimo poeta, si ya por las que escribe aquileyas proezas o marciales, de Ulises, sutilezas, la unión no le recibe de los historiadores o le acepta cuando entre su catálogo le cuente, que gloría más que número le aumente, de cuya dulce serie numerosa fuera más fácil cosa al temido Jonante el rayo fulminante quitar o la pescada a Alcídes clava herrada, que un hemistiquio solo -de los que le: dictó propicio Apolo- según de Homero digo, la sentencia. Las pirámides fueron materiales tipos solos, señales exteriores de las que dimensiones interiores especies son del alma intencionales que como sube en piramidal ***** al cielo la ambiciosa llama ardiente, así la humana mente su figura trasunta y a la causa primera siempre aspira, céntrico punto donde recta tira la línea, si ya no circunferencia que contiene infinita toda esencia. Estos pues, montes dos artificiales, bien maravillas, bien milagros sean, y aun aquella blasfema altiva torre, de quien hoy dolorosas son señales no en piedras, sino en lenguas desiguales porque voraz el tiempo no ]as borre, los idiomas diversos que escasean el sociable trato de las gentes haciendo que parezcan diferentes los que unos hizo la naturaleza, de la lengua por solo la extrañeza; . si fueran comparados a la mental pirámide elevada, donde, sin saber como colocada el alma se miró, tan atrasados se hallaran que cualquiera graduara su cima por esfera, pues su ambicioso anhelo, haciendo cumbre de su propio vuelo, en lo más eminente la encumbró parte de su propia mente, de sí tan remontada que creía que a otra nueva región de sí salía. En cuya casi elevación inmensa, gozosa, mas suspensa, suspensa, pero ufana y atónita, aunque ufana la suprema de lo sublunar reina soberana, la vista perspicaz libre de antojos de sus intelectuales y bellos ojos, sin que distancia tema ni de obstáculo opaco se recele, de que interpuesto algún objeto cele, libre tendió por todo lo criado, cuyo inmenso agregado cúmulo incomprehensible aunque a la vista quiso manifiesto dar señas de posible, a la comprehensión no, que entorpecida con la sobra de objetos y excedida de la grandeza de ellos su potencia, retrocedió cobarde, tanto no del osado presupuesto revocó la intención arrepentida, la vista que intentó descomedida en vano hacer alarde contra objeto que excede en excelencia las líneas visuales, contra el sol, digo, cuerpo luminoso, cuyos rayos castigo son fogoso, de fuerzas desiguales despreciando, castigan rayo a rayo el confiado antes atrevido y ya llorado ensayo, necia experiencia que costosa tanto fue que Icaro ya su propio llanto lo anegó enternecido como el entendimiento aquí vencido, no menos de la inmensa muchedumbre de tanta maquinosa pesadumbre de diversas especies conglobado esférico compuesto, que de las cualidades de cada cual cedió tan asombrado que, entre la copia puesto, pobre con ella en las neutralidades de un mar de asombros, la elección confusa equívoco las ondas zozobraba. Y por mirarlo todo; nada veía, ni discernir podía, bota la facultad intelectiva en tanta, tan difusa incomprensible especie que miraba desde el un eje en que librada estriba la máquina voluble de la esfera, el contrapuesto polo, las partes ya no sólo, que al universo todo considera serle perfeccionantes a su ornato no más pertenecientes; mas ni aun las que ignorantes; miembros son de su cuerpo dilatado, proporcionadamente competentes. Mas como al que ha usurpado diuturna obscuridad de los objetos visibles los colores si súbitos le asaltan resplandores, con la sombra de luz queda más ciego: que el exceso contrarios hace efectos en la torpe potencia, que la lumbre del sol admitir luego no puede por la falta de costumbre; y a la tiniebla misma que antes era tenebroso a la vista impedimento, de los agravios de la luz apela y una vez y otra con la mano cela de los débiles ojos deslumbrados los rayos vacilantes, sirviendo va piadosa medianera la sombra de instrumento para que recobrados por grados se habiliten, porque después constantes su operación más firme ejerciten. Recurso natural, innata ciencia que confirmada ya de la experiencia, maestro quizá mudo, retórico ejemplar inducir pudo a uno y otro galeno para que del mortífero veneno, en bien proporcionadas cantidades, escrupulosamente regulando las ocultas nocivas cualidades, ya por sobrado exceso de cálidas o frías, o ya por ignoradas simpatías o antipatías con que van obrando las causas naturales su progreso, a la admiración dando, suspendida, efecto cierto en causa no sabida, con prolijo desvelo y remirada, empírica