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En la plaza de armas

Plaza de Armas, plaza de musicales nidos,

frente a frente del rudo y enano soportal;

plaza en que se confunden un obstinado aroma

lírico y una cierta prosa municipal;

plaza frente a la cárcel lóbrega y frente al lúcido

hogar en que nacieron y murieron los míos;

he aquí que te interroga un discípulo, fiel

a tus fuentes cantantes y tus prados umbríos.

¿Qué se hizo, Plaza de Armas, el coro de chiquillas

que conmigo llegaban en la tarde de asueto

del sábado, a tu kiosko, y que eran actrices

de muñeca excesiva y de exiguo alfabeto?

¿Qué fue de aquellas dulces colegas que rieron

para mí, desde un marco de verdor y de rosas?

¿Qué de las camaradas de los juegos impúberes?

¿Son vírgenes intactas o madres dolorosas?

Es verdad, sé el destino casto de aquella pobre

pálida, cuyo rostro, como una indulgencia

plenaria, miré ayer tras un vidrio lloroso;

me ha inundado en recuerdos pueriles la presencia

de Ana, que al tutearme decía el «tú» de antaño

como una obra maestra, y que hoy me habló con

ceremonia forzada; he visto a Catalina,

exangüe, al exhibir su maternal fortuna

cuando en un cochecillo de blondas y de raso

lleva el fruto cruel y suave de su idilio

por los enarenados senderos...

                                                          Más no sé

de todas las demás que viven en exilio.

Y por todas quiero. He de saber de todas

las pequeñas torcaces que me dieron el gusto

de la voz de mujer. ¡Torcaces que cantaban

para mí, en la mañana de un día claro y justo!

Dime, plaza de nidos musicales, de las

actrices que impacientes por salir a la escena

del mundo, chuscamente fingían gozosos líos

de noviazgos y negros episodios de pena.

Dime, Plaza de Armas, de las párvulas lindas

y bobas, que vertieron con su mano inconsciente

un perfume amistoso en el umbral del alma

y una gota del filtro del amor en mi frente.

Mas la plaza está muda, y su silencio trágico

se va agravando en mí con el mismo dolor

del bisoño escolar que sale a vacaciones

pensando en la benévola acogida de Abel,

y halla muerto, en la sala, al hermano menor.

r
Written by
Ramón López Velarde
Spanish
Lines·Words
46·363
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