Hello PoetryVoting

Vote

Voting-Boards

Home

HomeFollowingInboxNotifications

Read

ReadLiftedFeedsHeartedHistoryMy poemsNew poem

Explore

ExploreOrbitsWordsTagsClassics
Log in
0
Stars
0
Embers
0
Alerts
0
Inbox

Vote

Voting-Boards

Home

HomeFollowingInboxNotifications

Read

ReadLiftedFeedsHeartedHistoryMy poemsNew poem

Explore

ExploreOrbitsWordsTagsClassics
Log in
0
Stars
0
Embers
0
Alerts
0
Inbox

Adagio para franz schubert

Apenas vaho sobre el cristal

con ademanes de ceniza, con estelas de niebla,

señala el mayordomo el lugar reservado

a cada uno de los comensales,

y susurra sus nombres con sílabas de ráfaga.

Franz -todos- bebe copas, copas, copas

de un oro ajado, de un resplandor marchito,

una luz madura en otras tierras

diluidas en la memoria.

¿Dónde estarán los compañeros que no ve?

Acaso fueron arrastrados por las aguas de Heráclito

hasta donde el ocaso se remansa y languidece.

Han cesado las risas. Las palabras son ascuas.

Todo es en este instante

desolación, herrumbre, acabamiento.

Huele a manzanas y a membrillos

demasiado maduros.

A través del ojo de buey

Franz contempla los días

que se aproximan navegando.

La ciudad que lo espera le saluda

con sus brazos alzados a las nubes,

enfundados en terciopelo gris.

Paralizado, congelado, el tiempo

va adquiriendo la pátina de estar atardeciendo,

otoñándose sobre el mar,

sobre la muerte, sobre el amor, sobre la música

que se libera, misteriosamente,

de nadie sabe qué prisiones.

Esta música lleva mucha muerte dentro.

El amor lleva dentro mucha música,

mucho mar, mucha muerte.

La muerte es un amor que habla con el silencio.

El amor es una melodía hija del mar y de la muerte:

asciende, gira, enlaza el cuerpo, lo encadena

hasta asfixiarlo despiadadamente.

La nave fantasmal -pero real- navega-

sobre el amor, sobre la muerte

(también sobre el olvido),

y glisa sobre el arpa de las olas,

navega sobre el agua como el laúd sobre la música

(y es que música y mar tienen el mismo origen).

Este mar lleva dentro mucha música,

mucho amor, mucha muerte.

                        Y también mucha vida.

...Y también mucha vida.

No sólo la que testimonia

el hervor de los brazos blanquísimos de las olas

al otro lado del cristal -solar, lunar- del camarote,

sino la que agoniza en el lado de acá.

Abanicos de plumas y de oro  empiezan a girar.

Giran y giran cada vez más vertiginosamente

-acelerando, siempre acelerando-

absorbidos, cautivos, reclamados por bocas abisales,

fraques azules, grises, rumor de besos y batir de alas,

ojos ennoblecidos por las lágrimas,

labios besados hondamente, que por eso

tienen más vida que quitar,

y el giro, el giro, el vértigo del vals,

el del polaco tísico

que escuchaba en la Valldemosa invernal

golpear insistente sobre el suelo la gota de agua.

El vals futuro, felicidad florida

de la dinastía risueña de los vieneses

resucitados cada 1 de enero en los televisores,

supervivientes de un imperio feliz e injusto

que ya no puede ser.

Son absorbidos, chupados, esclavizados

por lo hondo tenebroso. En el embudo

caen y desaparecen gorjeos de las aves

de los bosques de Viena, huéspedes de las ramas

húmedas de los tilos y los abedules,

aroma de grosellas y frambuesas,

de fresas y de arándanos: todos aprisionados

en las redes de escarcha del otoño.

El implacable sumidero

devora tules, sedas, lámparas de luz azulada,

nubes que se suicidan arrojándose

al hueco que termina

en el corazón verde del mar,

en la hoguera sombría y helada de la nada,

en lo fatal, irreversiblemente mudo.

Los invisibles compañeros

contemplan aterrados y desamparados

ese derrumbamiento que acaba en el silencio.

...El silencio que surca el ataúd de caoba.

a sus desvanecidos compañeros.

Con la clarividencia del moribundo

oye su despedida, sus adioses

con voces de violines, de violas, de violonchelos.

Sonaban a diamante y penumbra.

La nave -¿o ataúd?- en que Franz llega,

irremediablemente solo, cabecea sobre las ondas,

las azota su quilla con ritmo sosegado:

-chasquido, pellizcado, pizzicatto sombrío-

entre dos nadas, entre dos nuncas.

...Entre dos nuncas. El recién llegado

contempla el cielo encajonado

entre dos muros, entre dos sombras, entre dos silencios,

entre dos nadas.

Sentado sobre su banco de cemento

saca de su bolsillo unos trozos de pan,

los desmiga. Da de comer a las palomas.

Written by
José Hierro
1922-2002 / Male / Spanish
Lines·Words
103·638
AboutBlogFAQPrivacyTermsContact
© 2009-2026 Hello Poetry/v27.0 by @eliotyork
Explore
Hello PoetryVoting
Write