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Oración en columbia university

Bendito sea Dios, porque inventó el silencio,

y el chirrido de la chicharra,

y el lagarto de fastuoso traje verde,

y la brasa hipnotizadora

(horizontal crepúsculo pudo haberla llamado

don Pedro Calderón de la Barca en el declive del Barroco).

Bendito sea Dios que inventó el agua

el agua sobre todo.

 

Bendito sea Dios porque inventó el amanecer

y el balido que lo poblaba.

Ahora vuelvo a escuchar aquella melodía.

El arroyo arpegiaba sobre cantos rodados,

hacía el contrapunto.

Suena el concierto en mi memoria.

O puede que se trate

de una música diferente:

la que escuchó, primero, entre los arrayanes de Granada

Federico García Lorca,

y luego aquí, rescatada,

en Columbia University.

 

Bendito sea Dios que inventó los prodigios

que contaba mi padre

perfumado de espliego y de tomillo.

Eran historias de ciudades mágicas

en las que el agua circulaba

por venas de metal, agua caliente y fría

(nos lo contaba al borde del regato,

helado en el invierno, seco en estío:

«Venga, a lavarse, coño, guarros».

Y obedecíamos).

 

Bendito sea Dios que inventó la cabra -la cabra

que rifaba por los pueblos-

mucho antes que Pablo Picasso,

con barriga de cesto de mimbre

y tetas como guantes de bronce.

Maldito sea Dios porque inventó el estaño

parpadeante del olivo,

ramas y tronco de Laoconte,

y aquella sombra trágica de catafalco y oro:

un rayo congelado en la mano siniestra

y en la diestra un crepúsculo.

Maldito sea Dios porque inventó a mi padre

colgado de una rama del olivo

poco después de recogerse la aceituna.

No puedo perdonárselo.

Pero eso fue más tarde.

Antes fueron los niños.

Bendito sea Dios que inventó aquellos niños,

vestidos como príncipes o pájaros.

Con voces de cristal, «Papá», decían a su padre.

Bendito sea Dios por inventar una palabra

milagrosa, jamás oída,

y su padre correspondía

con vaharadas de ternura.

 

Maldito sea Dios, porque yo quise

arrezagarme en la ternura

pronunciando la mágica palabra

entonces descubierta. «¿Papá?» «Mariconadas,

si te la vuelvo a oír te llevas una hostia».

 

Bendito sea Dios porque inventó los años,

1970, 1980, 1990...,

inventó el fuego, el oro viejo

de los arces de otoño,

y estos ríos profundos como penas,

largos como el olvido o el recuerdo,

hospitalarios, generosos,

por los que la ciudad va navegando

hasta la mar, que es el morir.

 

Bendito sea Dios que inventó libros sabios.

Se daba nombre en ellos

a lo que antes no lo tenía.

Bendito sea Dios porque inventó licenciaturas

masters, campus con risas y con marihuana,

laboratorios y celebraciones

con cantos en latín, gaudeamus igitur, ,

todo situado en niveles distintos del tiempo.

 

Bendito sea Dios que inventó la memoria

y que inventó el silencio de este lugar aséptico,

y las venas metálicas ocultas

en las que el agua espera

unas manos liberadoras que les devuelvan su canción.

Ahora sé que mi padre está vengado.

Mi padre, descolgado del olivo

pronuncia con mis labios las palabras totémicas,

y se estremece este recinto sagrado.

«Coño, joder, carajo, a lavarse la cara, hostias».

Y abro los grifos, lavabos, duchas, retretes,

se desbordan las aguas que él soñaba

en la choza de adobe y paja

cantan la gloria de la recuperación,

y mi padre navega por las aguas,

le provoco, gritándole desconsolado.

«¡Papá!». «Mariconadas», me contesta.

ahogado, recuperado,

navegante por los canales de oro,

vivo ya para siempre.

Written by
José Hierro
1922-2002 / Male / Spanish
Lines·Words
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