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"vidrios" poems
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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El seminarista de los ojos negros
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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Llamar al pan el pan y que aparezca sobre el mantel el pan de cada día; darle al sudor lo suyo y darle al sueño y al breve paraíso y al infierno y al cuerpo y al minuto lo que piden; reír como el mar ríe, el viento ríe, sin que la risa suene a vidrios rotos; beber y en la embriaguez asir la vida, bailar el baile sin perder el paso, tocar la mano de un desconocido en un día de piedra y agonía y que esa mano tenga la firmeza que no tuvo la mano del amigo; probar la soledad sin que el vinagre haga torcer mi boca, ni repita mis muecas el espejo, ni el silencio se erice con los dientes que rechinan: estas cuatro paredes -papel, yeso, alfombra rala y foco amarillento- no son aún el prometido infierno; que no me duela más aquel deseo, helado por el miedo, llaga fría, quemadura de labios no besados: el agua clara nunca se detiene y hay frutas que se caen de maduras; saber partir el pan y repartirlo, el pan de una verdad común a todos, verdad de pan que a todos nos sustenta, por cuya levadura soy un hombre, un semejante entre mis semejantes; pelear por la vida de los vivos, dar la vida a los vivos, a la vida, y enterrar a los muertos y olvidarlos como la tierra los olvida: en frutos… Y que a la hora de mi muerte logre morir como los hombres y me alcance el perdón y la vida perdurable del polvo, de los frutos, y del polvo. Tal sobre el muro rotas uñas graban un nombre, una esperanza, una blasfemia, sobre el papel, sobre la arena, escribo estas palabras mal encadenadas. Entre sus secas sílabas acaso un día te detengas: pisa el polvo, esparce la ceniza, sé ligera como la luz ligera y sin memoria que brilla en cada hoja, en cada piedra, dora la tumba y dora la colina y nada la detiene ni apresura.
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La vida sencilla
Llamar al pan el pan y que aparezca sobre el mantel el pan de cada día; darle al sudor lo suyo y darle al sueño y al breve paraíso y al infierno y al cuerpo y al minuto lo que piden; reír como el mar ríe, el viento ríe, sin que la risa suene a vidrios rotos; beber y en la embriaguez asir la vida, bailar el baile sin perder el paso, tocar la mano de un desconocido en un día de piedra y agonía y que esa mano tenga la firmeza que no tuvo la mano del amigo; probar la soledad sin que el vinagre haga torcer mi boca, ni repita mis muecas el espejo, ni el silencio se erice con los dientes que rechinan: estas cuatro paredes -papel, yeso, alfombra rala y foco amarillento- no son aún el prometido infierno; que no me duela más aquel deseo, helado por el miedo, llaga fría, quemadura de labios no besados: el agua clara nunca se detiene y hay frutas que se caen de maduras; saber partir el pan y repartirlo, el pan de una verdad común a todos, verdad de pan que a todos nos sustenta, por cuya levadura soy un hombre, un semejante entre mis semejantes; pelear por la vida de los vivos, dar la vida a los vivos, a la vida, y enterrar a los muertos y olvidarlos como la tierra los olvida: en frutos… Y que a la hora de mi muerte logre morir como los hombres y me alcance el perdón y la vida perdurable del polvo, de los frutos, y del polvo. Tal sobre el muro rotas uñas graban un nombre, una esperanza, una blasfemia, sobre el papel, sobre la arena, escribo estas palabras mal encadenadas. Entre sus secas sílabas acaso un día te detengas: pisa el polvo, esparce la ceniza, sé ligera como la luz ligera y sin memoria que brilla en cada hoja, en cada piedra, dora la tumba y dora la colina y nada la detiene ni apresura.
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El pie del niño aún no sabe que es pie, y quiere ser mariposa o manzana. Pero luego los vidrios y las piedras, las calles, las escaleras, y los caminos de la tierra dura van enseñando al pie que no puede volar, que no puede ser fruto redondo en una rama. El pie del niño entonces fue derrotado, cayó en la batalla, fue prisionero, condenado a vivir en un zapato. Poco a poco sin luz fue conociendo el mundo a su manera, sin conocer el otro pie, encerrado, explorando la vida como un ciego. Aquellas suaves uñas de cuarzo, de racimo, se endurecieron, se mudaron en opaca substancia, en cuerno duro, y los pequeños pétalos del niño se aplastaron, se desequilibraron, tomaron formas de reptil sin ojos, cabezas triangulares de gusano. Y luego encallecieron, se cubrieron con mínimos volcanes de la muerte, inaceptables endurecimientos. Pero este ciego anduvo sin tregua, sin parar hora tras hora, el pie y el otro pie, ahora de hombre o de mujer, arriba, abajo, por los campos, las minas, los almacenes y tos ministerios, atrás, afuera, adentro, adelante, este pie trabajó con su zapato, apenas tuvo tiempo de estar desnudo en el amor o el sueño, caminó, caminaron hasta que el hombre entero se detuvo. Y entonces a la tierra bajó y no supo nada, porque allí todo y todo estaba oscuro no supo que había dejado de ser pie, si lo enterraban para que volara o para que pudiera ser manzana.
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Al pie desde su niño
Diciembre ha congelado su aliento de dos filos, y lo resopla desde los cielos congelados, como una llama seca desarrollada en hilos, como una larga ruina que ataca a los soldados. Nieve donde el caballo que impone sus pisadas es una soledad de galopante luto. Nieve de uñas cernidas, de garras derribadas, de celeste maldad, de desprecio absoluto. Muerde, tala, traspasa como un tremendo hachazo, con un hacha de mármol encarnizado y leve. Desciende, se derrama como un deshecho abrazo de precipicios y alas, de soledad y nieve. Esta agresión que parte del centro del invierno, hambre cruda, cansada de tener hambre y frío, amenaza al desnudo con un rencor eterno, blanco, mortal, hambriento, silencioso, sombrío. Quiere aplacar las fraguas, los odios, las hogueras, quiere cegar los mares, sepultar los amores: y se va elevando lentas y diáfanas barreras, estatuas silenciosas y vidrios agresores. Que se derrame a chorros el corazón de lana de tantos almacenes y talleres textiles, para cubrir los cuerpos que queman la mañana con la voz, la mirada, los pies y los fusiles. Ropa para los cuerpos que pueden ir desnudos, que pueden ir vestidos de escarchas y de hielos: de piedra enjuta contra los picotazos rudos, las mordeduras pálidas y los pálidos vuelos. Ropa para los cuerpos que rechazan callados los ataques más blancos con los huesos más rojos. Porque tienen el hueso solar estos soldados, y porque son hogueras con pisadas, con ojos. La frialdad se abalanza, la muerte se deshoja, el clamor que no suena, pero que escucho, llueve. Sobre la nieve blanca, la vida roja y roja hace la nieve cálida, siembra fuego en la nieve. Tan decididamente son el cristal de roca que sólo el fuego, sólo la llama cristaliza, que atacan con el pómulo nevado, con la boca, y vuelven cuanto atacan recuerdos de ceniza.
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El soldado y la nieve
Diciembre ha congelado su aliento de dos filos, y lo resopla desde los cielos congelados, como una llama seca desarrollada en hilos, como una larga ruina que ataca a los soldados. Nieve donde el caballo que impone sus pisadas es una soledad de galopante luto. Nieve de uñas cernidas, de garras derribadas, de celeste maldad, de desprecio absoluto. Muerde, tala, traspasa como un tremendo hachazo, con un hacha de mármol encarnizado y leve. Desciende, se derrama como un deshecho abrazo de precipicios y alas, de soledad y nieve. Esta agresión que parte del centro del invierno, hambre cruda, cansada de tener hambre y frío, amenaza al desnudo con un rencor eterno, blanco, mortal, hambriento, silencioso, sombrío. Quiere aplacar las fraguas, los odios, las hogueras, quiere cegar los mares, sepultar los amores: y se va elevando lentas y diáfanas barreras, estatuas silenciosas y vidrios agresores. Que se derrame a chorros el corazón de lana de tantos almacenes y talleres textiles, para cubrir los cuerpos que queman la mañana con la voz, la mirada, los pies y los fusiles. Ropa para los cuerpos que pueden ir desnudos, que pueden ir vestidos de escarchas y de hielos: de piedra enjuta contra los picotazos rudos, las mordeduras pálidas y los pálidos vuelos. Ropa para los cuerpos que rechazan callados los ataques más blancos con los huesos más rojos. Porque tienen el hueso solar estos soldados, y porque son hogueras con pisadas, con ojos. La frialdad se abalanza, la muerte se deshoja, el clamor que no suena, pero que escucho, llueve. Sobre la nieve blanca, la vida roja y roja hace la nieve cálida, siembra fuego en la nieve. Tan decididamente son el cristal de roca que sólo el fuego, sólo la llama cristaliza, que atacan con el pómulo nevado, con la boca, y vuelven cuanto atacan recuerdos de ceniza.
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Llueve... Espera, no duermas, estáte atento a lo que dice el viento y a lo que dice el agua que golpea con sus dedos menudos en los vidrios. Todo mi corazón se vuelve oídos para escuchar a la hechizada hermana, que ha dormido en el cielo, que ha visto el sol de cerca, y baja ahora elástica y alegre de la mano del viento, igual que una viajera que torna a un país de maravilla. ¡Cómo estará de alegre el trigo ondeante! ¡Con qué avidez se esponjará la hierba! ¡Cuántos diamantes colgarán ahora del ramaje profundo de los pinos! Espera, no te duermas. Escuchemos             el ritmo de la lluvia.             Apoya entre mis senos             tu frente taciturna. Yo sentiré el latir de tus dos sienes             palpitantes y tibias, como si fueran dos martillos vivos             que golpearan mi carne. Espera, no te duermas. Esta noche somos los dos un mundo, aislado por el viento y por la lluvia entre la cuenca tibia de una alcoba. Espera, no te duermas. Esta noche somos acaso la raíz suprema de donde debe germinar mañana el tronco bello de una raza nueva
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Noche de lluvia
Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron. La luz que en un vaso ardía en el suelo, al muro arrojaba la sombra del lecho; y entre aquella sombra veíase a intérvalos dibujarse rígida la forma del cuerpo. Despertaba el día, y, a su albor primero, con sus mil rüidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la casa, en hombros, lleváronla al templo y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros. Al dar de las Ánimas el toque postrero, acabó una vieja sus últimos rezos, cruzó la ancha nave, las puertas gimieron, y el santo recinto quedóse desierto. De un reloj se oía compasado el péndulo, y de algunos cirios el chisporroteo. Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto todo se encontraba que pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la alta campana la lengua de hierro le dio volteando su adiós lastimero. El luto en las ropas, amigos y deudos cruzaron en fila formando el cortejo. Del último asilo, oscuro y estrecho, abrió la piqueta el nicho a un extremo. Allí la acostaron, tapiáronle luego, y con un saludo despidióse el duelo. La piqueta al hombro el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos. La noche se entraba, el sol se había puesto: perdido en las sombras yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero, de la pobre niña a veces me acuerdo. Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan sus huesos...! ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna aunque es fuerza hacerlo, el dejar tan tristes, tan solos los muertos.
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Rima lxxiii
Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron. La luz que en un vaso ardía en el suelo, al muro arrojaba la sombra del lecho; y entre aquella sombra veíase a intérvalos dibujarse rígida la forma del cuerpo. Despertaba el día, y, a su albor primero, con sus mil rüidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la casa, en hombros, lleváronla al templo y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros. Al dar de las Ánimas el toque postrero, acabó una vieja sus últimos rezos, cruzó la ancha nave, las puertas gimieron, y el santo recinto quedóse desierto. De un reloj se oía compasado el péndulo, y de algunos cirios el chisporroteo. Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto todo se encontraba que pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! De la alta campana la lengua de hierro le dio volteando su adiós lastimero. El luto en las ropas, amigos y deudos cruzaron en fila formando el cortejo. Del último asilo, oscuro y estrecho, abrió la piqueta el nicho a un extremo. Allí la acostaron, tapiáronle luego, y con un saludo despidióse el duelo. La piqueta al hombro el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos. La noche se entraba, el sol se había puesto: perdido en las sombras yo pensé un momento: -¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero, de la pobre niña a veces me acuerdo. Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan sus huesos...! ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna aunque es fuerza hacerlo, el dejar tan tristes, tan solos los muertos.
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Se ven desde las barandas, por el monte, monte, monte, mulos y sombras de mulos cargados de girasoles. Sus ojos en las umbrías se empañan de inmensa noche. En los recodos del aire, cruje la aurora salobre. Un cielo de mulos blancos cierra sus ojos de azogue dando a la quieta penumbra un final de corazones. Y el agua se pone fría para que nadie la toque. Agua loca y descubierta por el monte, monte, monte. San Miguel lleno de encajes en la alcoba de su torre, enseña sus bellos muslos, ceñidos por los faroles. Arcángel domesticado en el gesto de las doce, finge una cólera dulce de plumas y ruiseñores. San Miguel canta en los vidrios; efebo de tres mil noches, fragante de agua colonia y lejano de las flores. El mar baila por la playa, un poema de balcones. Las orillas de la luna pierden juncos, ganan voces. Vienen manolas comiendo semillas de girasoles, los culos grandes y ocultos como planetas de cobre. Vienen altos caballeros y damas de triste porte, morenas por la nostalgia de un ayer de ruiseñores. Y el obispo de Manila, ciego de azafrán y pobre, dice misa con dos filos para mujeres y hombres. San Miguel se estaba quieto en la alcoba de su torre, con las enaguas cuajadas de espejitos y entredoses. San Miguel, rey de los globos y de los números nones, en el primor berberisco de gritos y miradores.
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San miguel
Se van rompiendo cosas en la casa como empujadas por un invisible quebrador voluntario: no son las manos mías, ni las tuyas, no fueron las muchachas de uña dura y pasos de planeta: no fue nada y nadie, no fue el viento, no fue el anaranjado mediodía ni la noche terrestre, no fue ni la nariz ni el codo, la creciente cadera, el tobillo, ni el aire: se quebró el plato, se cayó la lámpara, se derrumbaron todos los floreros uno por uno, aquél en pleno octubre colmado de escarlata, fatigado por todas las violetas, y otro vacío rodó, rodó, rodó por el invierno hasta ser sólo harina de florero, recuerdo roto, polvo luminoso. Y aquel reloj cuyo sonido era la voz de nuestras vidas, el secreto hilo de las semanas, que una a una ataba tantas horas a la miel, al silencio, a tantos nacimientos y trabajos, aquel reloj también cayó y vibraron entre los vidrios rotos sus delicadas vísceras azules, su largo corazón desenrollado. La vida va moliendo vidrios, gastando ropas, haciendo añicos, triturando formas, y lo que dura con el tiempo es como isla o nave en el mar, perecedero, rodeado por los frágiles peligros, por implacables aguas y amenazas. Pongamos todo de una vez, relojes, platos, copas talladas por el frío, en un saco y llevemos al mar nuestros tesoros: que se derrumben nuestras posesiones en un solo alarmante quebradero, que suene como un río lo que se quiebra y que el mar reconstruya con su largo trabajo de mareas tantas cosas inútiles que nadie rompe pero se rompieron.
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Oda a las cosas rotas
Se van rompiendo cosas en la casa como empujadas por un invisible quebrador voluntario: no son las manos mías, ni las tuyas, no fueron las muchachas de uña dura y pasos de planeta: no fue nada y nadie, no fue el viento, no fue el anaranjado mediodía ni la noche terrestre, no fue ni la nariz ni el codo, la creciente cadera, el tobillo, ni el aire: se quebró el plato, se cayó la lámpara, se derrumbaron todos los floreros uno por uno, aquél en pleno octubre colmado de escarlata, fatigado por todas las violetas, y otro vacío rodó, rodó, rodó por el invierno hasta ser sólo harina de florero, recuerdo roto, polvo luminoso. Y aquel reloj cuyo sonido era la voz de nuestras vidas, el secreto hilo de las semanas, que una a una ataba tantas horas a la miel, al silencio, a tantos nacimientos y trabajos, aquel reloj también cayó y vibraron entre los vidrios rotos sus delicadas vísceras azules, su largo corazón desenrollado. La vida va moliendo vidrios, gastando ropas, haciendo añicos, triturando formas, y lo que dura con el tiempo es como isla o nave en el mar, perecedero, rodeado por los frágiles peligros, por implacables aguas y amenazas. Pongamos todo de una vez, relojes, platos, copas talladas por el frío, en un saco y llevemos al mar nuestros tesoros: que se derrumben nuestras posesiones en un solo alarmante quebradero, que suene como un río lo que se quiebra y que el mar reconstruya con su largo trabajo de mareas tantas cosas inútiles que nadie rompe pero se rompieron.
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No se lo que sentí... No se cómo describirlo, Es felicidad enfrascada al vacío, Y, al mismo tiempo, Me encuentro perdido. Agitado... Un poco inestable. Tratando de recuperar el aliento, Que, no se por qué, me has quitado... Preguntas que me vuelven En contra mía. Que me vuelven un fantasma Sentimientos afilados. Vidrios rotos Rasgando muy fondo Tu eres el rastro Del tesoro que perdí Hace tiempo. Pistas perdidas, Pistas que invalídas No se por qué me doy la espalda Me rebano con una espada Que se desliza despacio Y hasta toca mi alma... No se lo que sentí, Pero supongo soy feliz Yo te hubiera Acabando matando...
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Oct 1, 2014
Oct 1, 2014 at 11:10 AM UTC
Rojo
La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos. Un rayo de luz violenta que se escapaba de la herida proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto. La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban, pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos. Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas. Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca. Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos. Un sastre especialista en púrpura había encerrado a tres santas mujeres y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana. Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco, que lloraba porque al alba tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja. ¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina! ¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxíden los planetas! Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse. Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron: Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche. La muchedumbre cerraba las puertas y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros. Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de perdigones, dijeron los fariseos. Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo. Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida. Porque la luna lavó con agua las quemaduras de los caballos y no la niña viva que callaron en la arena. Entonces salieron los fríos cantando sus canciones y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del rio. Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita no nos dejará dormir, dijeron los fariseos, y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios mientras la sangre los seguía con un balido de cordero. Fue entonces y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.
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Crucifixión
La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos. Un rayo de luz violenta que se escapaba de la herida proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto. La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban, pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos. Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas. Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca. Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos. Un sastre especialista en púrpura había encerrado a tres santas mujeres y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana. Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco, que lloraba porque al alba tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja. ¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina! ¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxíden los planetas! Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse. Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron: Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche. La muchedumbre cerraba las puertas y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros. Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de perdigones, dijeron los fariseos. Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo. Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida. Porque la luna lavó con agua las quemaduras de los caballos y no la niña viva que callaron en la arena. Entonces salieron los fríos cantando sus canciones y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del rio. Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita no nos dejará dormir, dijeron los fariseos, y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios mientras la sangre los seguía con un balido de cordero. Fue entonces y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.
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Yo sólo soy un hombre débil, un espontáneo que nunca tomó en serio los sesos de su cráneo. A medida que vivo ignoro más las cosas; no sé ni por qué encantan las hembras y las rosas, Sólo estuve sereno, como en un trampolín, para saltar las nuevas cinturas de las Martas y con dedos maniáticos de sastre, medir cuartas a un talle de caricias ideado por Merlín. Admiro el universo como un azul candado, gusto del cristianismo porque el Rabí es poeta, veo arriba el misterio de un único cometa y adoro en la Mujer el misterio encarnado. Quiero a mi siglo; gozo de haber nacido en él; los siglos son en mi alma rombos de una pelota para la dicha varia y el calosfrío cruel en que cesa la media y lo crudo se anota. He oído la rechifla de los demonios sobre mis bancarrotas chuscas de pecador ****** y he mirado a los ángeles y arcángeles mojar con sus lágrimas de oro mi vajilla de cobre. Mi carne es combustible y mi conciencia parda; efímeras y agudas refulgen mis pasiones cual vidrios de botella que erizaron la barda del gallinero, contra los gatos y ladrones. ¡Oh, Rabí, si te dignas, está bien que me orientes: he besado mil bocas, pero besé diez frentes! Mi voluntad es labio y mi beso es el rito... ¡Oh, Rabí, si te dignas, bien está que me encauces; como el can de San Roque, ha estado mi apetito con la vista en el cielo y la antorcha en las fauces!
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El perro de san roque
En la imponente nave del templo bizantino, vi la gótica tumba a la indecisa luz que temblaba en los pintados vidrios. Las manos sobre el pecho, y en las manos un libro, una mujer hermosa reposaba sobre la urna, del cincel prodigio. Del cuerpo abandonado, al dulce peso hundido, cual si de blanda pluma y raso fuera se plegaba su lecho de granito. De la sonrisa última el resplandor divino guardaba el rostro, como el cielo guarda del sol que muere el rayo fugitivo. Del cabezal de piedra sentados en el filo, don ángeles, el dedo sobre el labio, imponían silencio en el recinto. No parecía muerta; de los arcos macizos parecía dormir en la penumbra, y que en sueños veía el paraíso. Me acerqué de la nave al ángulo sombrío con el callado paso que llegamos junto a la cuna donde duerme un niño. La contemplé un momento, y aquel resplandor tibio, aquel lecho de piedra que ofrecía próximo al muro otro lugar vacío, en el alma avivaron la sed de lo infinito, el ansia de esa vida de la muerte para la que un instante son los siglos... Cansado del combate en que luchando vivo, alguna vez me acuerdo con envidia de aquel rincón oscuro y escondido. De aquella muda y pálida mujer me acuerdo y digo: -¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte! ¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!
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Rima lxxvi
Ya caen las hojas. Se alejan volando,                                                 Temblores de oro. En las calles desiertas del parque Hojas, más hojas, y lodo.  Gris el estanque.  El crepúsculo                                                 Amarillo y brumoso. Damas con trajes oscuros que pasan Casi oculto entre pieles el rostro....                                                 Organillo que suenas                                                 Debajo del olmo,                                                 Toca, toca la triste                                                 Canción del Otoño! Verlaine!   Tus violones                     Ya oigo,                     Y en los áureos                     Y rojos                     Boscajes Los largos sollozos Que arrullaron tu ensueño Con lánguido canto monótono... ¡Que me arrulle también en la tarde La triste canción del Otoño! Remolinos y danza de hojas.... ¿En dónde las novias y novios? Retretas en tardes de estío, Desierto está el quiosco. Estudiantes ¿a dónde partisteis? Midinetas de labios muy rojos                         Y grandes ojeras, ¿Recordáis que en el hombro De vuestros galanes En plácidos sueños absortos, Amorosas, la frente inclinabais Y brillaban de amor vuestros ojos? Las manos unidas entonces Y unidos los labios al pie de los troncos... Bancos, tristes senderos del parque, ¿Qué fue del antiguo alborozo?.... La tarde se apaga.  Detrás de los vidrios Se encienden las luces.  El cielo, de plomo. Sombras pasan, y pasan ligeras.                                     Todo                                     Se borra, se borra                                     Brumoso...                                     Violones De son melancólico,                                     Violones                                     Monótonos,                                     Violones                                     De otoño... ¡El parque, en la sombra,                                     Ya solo!
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La canción del otoño
Ya caen las hojas. Se alejan volando,                                                 Temblores de oro. En las calles desiertas del parque Hojas, más hojas, y lodo.  Gris el estanque.  El crepúsculo                                                 Amarillo y brumoso. Damas con trajes oscuros que pasan Casi oculto entre pieles el rostro....                                                 Organillo que suenas                                                 Debajo del olmo,                                                 Toca, toca la triste                                                 Canción del Otoño! Verlaine!   Tus violones                     Ya oigo,                     Y en los áureos                     Y rojos                     Boscajes Los largos sollozos Que arrullaron tu ensueño Con lánguido canto monótono... ¡Que me arrulle también en la tarde La triste canción del Otoño! Remolinos y danza de hojas.... ¿En dónde las novias y novios? Retretas en tardes de estío, Desierto está el quiosco. Estudiantes ¿a dónde partisteis? Midinetas de labios muy rojos                         Y grandes ojeras, ¿Recordáis que en el hombro De vuestros galanes En plácidos sueños absortos, Amorosas, la frente inclinabais Y brillaban de amor vuestros ojos? Las manos unidas entonces Y unidos los labios al pie de los troncos... Bancos, tristes senderos del parque, ¿Qué fue del antiguo alborozo?.... La tarde se apaga.  Detrás de los vidrios Se encienden las luces.  El cielo, de plomo. Sombras pasan, y pasan ligeras.                                     Todo                                     Se borra, se borra                                     Brumoso...                                     Violones De son melancólico,                                     Violones                                     Monótonos,                                     Violones                                     De otoño... ¡El parque, en la sombra,                                     Ya solo!
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Atrás el cielo, atrás la luz y su navaja, atrás los muros de salitre, atrás las calles que dan siempre a otras calles. Atrás mi piel de vidrios erizados, atrás mis uñas y mis dientes caídos en el pozo del espejo. Atrás la puerta que se cierra, el cuerpo que se abre. Atrás, amor encarnizado, pureza que destruye, garras de seda, labios de ceniza. Atrás, tierra o cielo. Sentados a las mesas donde beben la sangre de los pobres: la mesa del dinero, la mesa de la gloria y la de la justicia, la mesa del poder y la mesa de Dios -la Sagrada Familia en su Pesebre, la Fuente de la Vida, el espejo quebrado en que Narciso a sí mismo se bebe y no se sacia y el hígado, alimento de profetas y buitres… Atrás, tierra o cielo. Las sábanas conyugales insomnes, cubren cuerpos entrelazados, piedras entre cenizas cuando la luz los toca. Cada uno en su cárcel de palabras, y todos atareados construyendo la Torre de Babel en comandita. Y el cielo que bosteza y el infierno mordiéndose la cola y la resurrección y el día de la vida perdurable, el día sin crepúsculo, el paraíso visceral del feto. Creía en todo esto. Hoy duermo a la orilla del llanto. También el llanto sirve de almohada.
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Ni el cielo ni la tierra
Por la calle brinca y corre caballo de larga cola, mientras juegan o dormitan viejos soldados de Roma. Medio monte de Minervas abre sus brazos sin hojas. Agua en vilo redoraba las aristas de las rocas. Noche de torsos yacentes y estrellas de nariz rota aguarda grietas del alba para derrumbarse toda. De cuando en cuando sonaban blasfemias de cresta roja. Al gemir, la santa niña quiebra el cristal de las copas. La rueda afila cuchillos y garfios de aguda comba. Brama el toro de los yunques, y Mérida se corona de nardos casi despiertos y tallos de zarzamora. Flora desnuda se sube por escalerillas de agua. El Cónsul pide bandeja para los senos de Olalla. Un chorro de venas verdes le brota de la garganta. Su **** tiembla enredado como un pájaro en las zarzas. Por el suelo, ya sin norma, brincan sus manos cortadas que aún pueden cruzarse en tenue oración decapitada. Por los rojos agujeros donde sus pechos estaban se ven cielos diminutos y arroyos de leche blanca. Mil arbolillos de sangre le cubren toda la espalda y oponen húmedos troncos al bisturí de las llamas. Centuriones amarillos de carne gris, desvelada, llegan al cielo sonando sus armaduras de plata. Y mientras vibra confusa pasión de crines y espadas, el Cónsul porta en bandeja senos ahumados de Olalla. Nieve ondulada reposa. Olalla pende del árbol. Su desnudo de carbón tizna los aires helados. Noche tirante reluce. Olalla muerta en el árbol. Tinteros de las ciudades vuelcan la tinta despacio. Negros maniquíes de sastre cubren la nieve del campo en largas filas que gimen su silencio mutilado. Nieve partida comienza. Olalla blanca en el árbol. Escuadras de níquel juntan los picos en su costado. Una Custodia reluce sobre los cielos quemados entre gargantas de arroyo y ruiseñores en ramos. ¡Saltan vidrios de colores! Olalla blanca en lo blanco. Ángeles y serafines dicen: Santo, Santo, Santo.
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Romance histórico i
Por la calle brinca y corre caballo de larga cola, mientras juegan o dormitan viejos soldados de Roma. Medio monte de Minervas abre sus brazos sin hojas. Agua en vilo redoraba las aristas de las rocas. Noche de torsos yacentes y estrellas de nariz rota aguarda grietas del alba para derrumbarse toda. De cuando en cuando sonaban blasfemias de cresta roja. Al gemir, la santa niña quiebra el cristal de las copas. La rueda afila cuchillos y garfios de aguda comba. Brama el toro de los yunques, y Mérida se corona de nardos casi despiertos y tallos de zarzamora. Flora desnuda se sube por escalerillas de agua. El Cónsul pide bandeja para los senos de Olalla. Un chorro de venas verdes le brota de la garganta. Su **** tiembla enredado como un pájaro en las zarzas. Por el suelo, ya sin norma, brincan sus manos cortadas que aún pueden cruzarse en tenue oración decapitada. Por los rojos agujeros donde sus pechos estaban se ven cielos diminutos y arroyos de leche blanca. Mil arbolillos de sangre le cubren toda la espalda y oponen húmedos troncos al bisturí de las llamas. Centuriones amarillos de carne gris, desvelada, llegan al cielo sonando sus armaduras de plata. Y mientras vibra confusa pasión de crines y espadas, el Cónsul porta en bandeja senos ahumados de Olalla. Nieve ondulada reposa. Olalla pende del árbol. Su desnudo de carbón tizna los aires helados. Noche tirante reluce. Olalla muerta en el árbol. Tinteros de las ciudades vuelcan la tinta despacio. Negros maniquíes de sastre cubren la nieve del campo en largas filas que gimen su silencio mutilado. Nieve partida comienza. Olalla blanca en el árbol. Escuadras de níquel juntan los picos en su costado. Una Custodia reluce sobre los cielos quemados entre gargantas de arroyo y ruiseñores en ramos. ¡Saltan vidrios de colores! Olalla blanca en lo blanco. Ángeles y serafines dicen: Santo, Santo, Santo.
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Espinas, vidrios rotos, enfermedades, llanto asedian día y noche la miel de los felices y no sirve la torre, ni el viaje, ni los muros: la desdicha atraviesa la paz de los dormidos, el dolor sube y baja y acerca sus cucharas y no hay hombre sin este movimiento, no hay natalicio, no hay techo ni cercado: hay que tomar en cuenta este atributo. Y en el amor no valen tampoco ojos cerrados, profundos lechos lejos del pestilente herido, o del que paso a paso conquista su bandera. Porque la vida pega como cólera o río y abre un túnel sangriento por donde nos vigilan los ojos de una inmensa familia de dolores.
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Soneto lv
Absorto pez, dormida golondrina, mariposa en el aire de la muerte, rosa fallida en la impasible umbría, esmeralda evadiéndose del verde color de su destino. En las heridas la sangre blanca y el dolor ausente, el mundo trastrocado en una orilla en que la luz y el ámbito se pierden. Dentro de la avellana de mi sueño esa hilera de imágenes sin filo, ese jardín de helados asfodelos, esa playa de lápices y vidrios, esa manada afónica de renos, esa luna guiñando sobre el cirio. ¡Gozo de despertar equilibrada, como cualquier mañana de los días! ¡Gozo de sol y éxtasis del agua, exacta magnitud de la alegría, regreso de la imagen dislocada en los espejos de la pesadilla y la casa, mis perros, la mañana, en la gracia y el orden de la vida!
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Despertar
Cuando me sobrevenga el cansancio del fin, me iré, como la grulla del refrán, a mi pueblo, a arrodillarme entre las rosas de la plaza, los aros de los niños y los flecos de seda de los tápalos. A arrodillarme en medio de una banqueta herbosa, cuando sacramentando al reloj de la torre, de redondel de luto y manecillas de oro, al hombre y a la bestia, al azar que embriaga y a los rayos del sol, aparece en su estufa el Divínisimo. Abrazado a la luz de la tarde que borda, como el hilo de una apostólica araña, he de decir mi prez humillada y humilde, más que las herraduras de las mansas acémilas que conducen al Santo Sacramento. «Te conozco, Señor, aunque viajas de incógnito, y a tu paso de aromas me quedo sordomudo, paralítico y ciego, por gozar tu balsámica presencia. »Tu carroza sonora apaga repentina el breve movimiento, cual si fueran las calles una juguetería que se quedó sin cuerda. »Mi prima, con la aguja en alto, tras sus vidrios, está inmóvil con un gesto de estatua. »El cartero aldeano, que trae nuevas del mundo, se ha hincado en su valija. »El húmedo corpiño de Genoveva, puesto a secar, ya no baila arriba del tejado. »La gallina y sus pollos pintados de granizo interrumpen su fábula. »La frente de don Blas petrificóse junto a la hinchada baldosa que agrietan las raíces de los fresnos. »Las naranjas cesaron de crecer, y yo apenas si palpito a tus ojos para poder vivir este minuto. »Señor, mi temerario corazón que buscaba arrogantes quimeras, se anonada y te grita que yo soy tu juguete agradecido. »Porque me acompasaste en el pecho un imán de figura de trébol y apasionada tinta de amapola. »Pero ese mismo imán es humilde y oculto, como el peine imantado con que las señoritas levantan alfileres y electrizan su pelo en la penumbra. »Señor, este juguete de corazón de imán, te ama y te confiesa con el íntimo ardor de la raíz que empuja y agrieta las baldosas seculares. »Todo está de rodillas y en el polvo las frentes; mi vida es la amapola pasional, y su tallo doblégase efusivo para morir debajo de tus ruedas».
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Humildemente
Cuando me sobrevenga el cansancio del fin, me iré, como la grulla del refrán, a mi pueblo, a arrodillarme entre las rosas de la plaza, los aros de los niños y los flecos de seda de los tápalos. A arrodillarme en medio de una banqueta herbosa, cuando sacramentando al reloj de la torre, de redondel de luto y manecillas de oro, al hombre y a la bestia, al azar que embriaga y a los rayos del sol, aparece en su estufa el Divínisimo. Abrazado a la luz de la tarde que borda, como el hilo de una apostólica araña, he de decir mi prez humillada y humilde, más que las herraduras de las mansas acémilas que conducen al Santo Sacramento. «Te conozco, Señor, aunque viajas de incógnito, y a tu paso de aromas me quedo sordomudo, paralítico y ciego, por gozar tu balsámica presencia. »Tu carroza sonora apaga repentina el breve movimiento, cual si fueran las calles una juguetería que se quedó sin cuerda. »Mi prima, con la aguja en alto, tras sus vidrios, está inmóvil con un gesto de estatua. »El cartero aldeano, que trae nuevas del mundo, se ha hincado en su valija. »El húmedo corpiño de Genoveva, puesto a secar, ya no baila arriba del tejado. »La gallina y sus pollos pintados de granizo interrumpen su fábula. »La frente de don Blas petrificóse junto a la hinchada baldosa que agrietan las raíces de los fresnos. »Las naranjas cesaron de crecer, y yo apenas si palpito a tus ojos para poder vivir este minuto. »Señor, mi temerario corazón que buscaba arrogantes quimeras, se anonada y te grita que yo soy tu juguete agradecido. »Porque me acompasaste en el pecho un imán de figura de trébol y apasionada tinta de amapola. »Pero ese mismo imán es humilde y oculto, como el peine imantado con que las señoritas levantan alfileres y electrizan su pelo en la penumbra. »Señor, este juguete de corazón de imán, te ama y te confiesa con el íntimo ardor de la raíz que empuja y agrieta las baldosas seculares. »Todo está de rodillas y en el polvo las frentes; mi vida es la amapola pasional, y su tallo doblégase efusivo para morir debajo de tus ruedas».
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La segunda creación más grande de Dios es el hombre. Formado de arcilla en la que respiró nueva vida, Luego perfeccionó su creación en Eva, No de arcilla sino de la carne y el hueso de Adán. En Adán, Dios practicó su creación. En Eva la perfeccionamos retocando sus defectos. Más corazón, menos arrogancia; más sentido, menos músculo, Mas amor menos odio; centrada en "nosotros" no en "yo". Los textos sagrados escritos por hombres discrepan, Lo cual sólo nos comunica una verdad más obvia: La verdad que Dios susurro en los oídos de los hombres solo prueba, Que no hay sordos como los que no quieren oir. Así, las mujeres han sido culpadas por todos los males de los hombres, De la caída de Adán a todo pecado terrenal, Marginadas, objetivadas y despreciadas, Como blancos fáciles para la furia celosa de los hombres. La humanidad masculina es mucho menos que la femenina, En toda lo que cuenta menos en fuerza bruta, La fuerza bruta sirvió a los tiranos durante seis mil años, Por desgracia, sirve a los tiranos todavía hoy en día. Descalzas y embarazadas, serviles y pobres, No vista, no escuchada, y muy a menudo no amada, Su función principal es una incubadora de cría, Para dar placer a los hombres y proveerles hijos sanos. Sin voz, sin voto, sin poder y sin esperanza, Hasta hoy culpadas por algunos por todos los males del hombre, Víctimas de violación apedreadas por su victimización, Matanzas de honor de los hombres más deshonrador. El milagro de la vida te fue vuestro regalado. Los hombres plantan la semilla y luego se ocupan, En arar nuevos campos, Mientras que las mujeres nutren la vida, desde la cuna hasta la tumba. Estoy asombrado de todo lo que soportáis, Y todo lo que lográis a lo largo de la vida. Diamantes tratados como vidrios rotos por imbeciles, Cuyo brillo es solo un reflejo en sus propias mentes. Soy hijo de Adán, comparto sus defectos. Y se muy bien que las mujeres también tienen sus defectos, Sin embargo, para mí la esperanza para toda la humanidad, Descansa con las hijas de Eva, y no con los hijos de Adán.
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Mar 8, 2019
Mar 8, 2019 at 12:30 PM UTC
Hijas de Eva
La segunda creación más grande de Dios es el hombre. Formado de arcilla en la que respiró nueva vida, Luego perfeccionó su creación en Eva, No de arcilla sino de la carne y el hueso de Adán. En Adán, Dios practicó su creación. En Eva la perfeccionamos retocando sus defectos. Más corazón, menos arrogancia; más sentido, menos músculo, Mas amor menos odio; centrada en "nosotros" no en "yo". Los textos sagrados escritos por hombres discrepan, Lo cual sólo nos comunica una verdad más obvia: La verdad que Dios susurro en los oídos de los hombres solo prueba, Que no hay sordos como los que no quieren oir. Así, las mujeres han sido culpadas por todos los males de los hombres, De la caída de Adán a todo pecado terrenal, Marginadas, objetivadas y despreciadas, Como blancos fáciles para la furia celosa de los hombres. La humanidad masculina es mucho menos que la femenina, En toda lo que cuenta menos en fuerza bruta, La fuerza bruta sirvió a los tiranos durante seis mil años, Por desgracia, sirve a los tiranos todavía hoy en día. Descalzas y embarazadas, serviles y pobres, No vista, no escuchada, y muy a menudo no amada, Su función principal es una incubadora de cría, Para dar placer a los hombres y proveerles hijos sanos. Sin voz, sin voto, sin poder y sin esperanza, Hasta hoy culpadas por algunos por todos los males del hombre, Víctimas de violación apedreadas por su victimización, Matanzas de honor de los hombres más deshonrador. El milagro de la vida te fue vuestro regalado. Los hombres plantan la semilla y luego se ocupan, En arar nuevos campos, Mientras que las mujeres nutren la vida, desde la cuna hasta la tumba. Estoy asombrado de todo lo que soportáis, Y todo lo que lográis a lo largo de la vida. Diamantes tratados como vidrios rotos por imbeciles, Cuyo brillo es solo un reflejo en sus propias mentes. Soy hijo de Adán, comparto sus defectos. Y se muy bien que las mujeres también tienen sus defectos, Sin embargo, para mí la esperanza para toda la humanidad, Descansa con las hijas de Eva, y no con los hijos de Adán.
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40
¡Cuántas veces, al pie de las musgosas paredes que la guardan, oí la esquila que al mediar la noche a los maitines llama!¡Cuántas veces trazó mi silueta la luna plateada, junto a la del ciprés, que de su huerto se asoma por las tapias!Cuando en sombras la iglesia se envolvía, de su ojiva calada, ¡cuántas veces temblar sobre los vidrios vi el fulgor de la lámpara!Aunque el viento en los ángulos oscuros de la torre silbara, del coro entre las voces percibía su voz vibrante y clara.En las noches de invierno, si un medroso por la desierta plaza se atrevía a cruzar, al divisarme el paso aceleraba.Y no faltó una vieja que en el torno dijese a la mañana, que de algún sacristán muerto en pecado acaso era yo el alma.A oscuras conocía los rincones del atrio y la portada; de mis pies las ortigas que allí crecen las huellas tal vez guardan.Los búhos, que espantados me seguían con sus ojos de llamas, llegaron a mirarme con el tiempo como a un buen camarada.A mi lado sin miedo los reptiles se movían a rastras; hasta los mudos santos de granito creo que me saludaban.
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Rima lxx
Sí, tu niñez ya fábula de fuentes. El tren y la mujer que llena el cielo. Tu soledad esquiva en los hoteles y tu máscara pura de otro signo. Es la niñez del mar y tu silencio donde los sabios vidrios se quebraban. Es tu yerta ignorancia donde estuvo mi torso limitado por el fuego. Norma de amor te di, hombre de Apolo, llanto con ruiseñor enajenado, pero, pasto de ruina, te afilabas para los breves sueños indecisos. Pensamiento de enfrente, luz de ayer, índices y señales del acaso. Tu cintura de arena sin sosiego atiende sólo rastros que no escalan. Pero yo he de buscar por los rincones tu alma tibia sin ti que no te entiende, con el dolor de Apolo detenido con que he roto la máscara que llevas. Allí, *** allí, furia del cielo, te dejaré pacer en mis mejillas; allí, caballo azul de mi locura, pulso de nebulosa y minutero, he de buscar las piedras de alacranes y los vestidos de tu madre niña, llanto de medianoche y paño roto que quitó luna de la sien del muerto. Sí, tu niñez ya fábula de fuentes. Alma extraña de mi hueco de venas, te he de buscar pequeña y sin raíces. ¡Amor de siempre, amor, amor de nunca! ¡Oh, sí! Yo quiero. ¡Amor, amor! Dejadme. No me tapen la boca los que buscan espigas de Saturno por la nieve o castran animales por un cielo, clínica y selva de la anatomía. Amor, amor, amor. Niñez del mar. Tu alma tibia sin ti que no te entiende. Amor, amor, un vuelo de la corza por el pecho sin fin de la blancura. Y tu niñez, amor, y tu niñez. El tren y la mujer que llena el cielo. Ni tú, ni yo, ni el aire, ni las hojas. Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
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Tu infancia en menton
Sí, tu niñez ya fábula de fuentes. El tren y la mujer que llena el cielo. Tu soledad esquiva en los hoteles y tu máscara pura de otro signo. Es la niñez del mar y tu silencio donde los sabios vidrios se quebraban. Es tu yerta ignorancia donde estuvo mi torso limitado por el fuego. Norma de amor te di, hombre de Apolo, llanto con ruiseñor enajenado, pero, pasto de ruina, te afilabas para los breves sueños indecisos. Pensamiento de enfrente, luz de ayer, índices y señales del acaso. Tu cintura de arena sin sosiego atiende sólo rastros que no escalan. Pero yo he de buscar por los rincones tu alma tibia sin ti que no te entiende, con el dolor de Apolo detenido con que he roto la máscara que llevas. Allí, *** allí, furia del cielo, te dejaré pacer en mis mejillas; allí, caballo azul de mi locura, pulso de nebulosa y minutero, he de buscar las piedras de alacranes y los vestidos de tu madre niña, llanto de medianoche y paño roto que quitó luna de la sien del muerto. Sí, tu niñez ya fábula de fuentes. Alma extraña de mi hueco de venas, te he de buscar pequeña y sin raíces. ¡Amor de siempre, amor, amor de nunca! ¡Oh, sí! Yo quiero. ¡Amor, amor! Dejadme. No me tapen la boca los que buscan espigas de Saturno por la nieve o castran animales por un cielo, clínica y selva de la anatomía. Amor, amor, amor. Niñez del mar. Tu alma tibia sin ti que no te entiende. Amor, amor, un vuelo de la corza por el pecho sin fin de la blancura. Y tu niñez, amor, y tu niñez. El tren y la mujer que llena el cielo. Ni tú, ni yo, ni el aire, ni las hojas. Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
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yo aún no he aprendido a vivir solo por el hecho de que algún día me voy a morir las chispas de un llanto jodiendome a mi mismo por estar en mi jaula de oro mira como brilla y una foto de mi mamá la arena de un ***** puro todavía la siento entre mis dientes vidrios y altura quemando dólares por gusto pensando en un escape no hay escape y los rascacielos que no logran llegar a tocar mi **** ego ni todo lo que alguna vez pudo ser así así sí sí cuida a tu fífí antes de que venga a romperle el cuello por haberme negado de cualquier experiencia buses llenos insurgentes metro línea nuevos ministerios y para mientras pensar en ese acento no era el hecho de comprarte un trago es que en ese momento estaba listo para darte el mundo entero
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Mar 17, 2024
Mar 17, 2024 at 12:22 PM UTC
an unfinished poem written in spanish