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"verdor" poems
Plaza de Armas, plaza de musicales nidos, frente a frente del rudo y enano soportal; plaza en que se confunden un obstinado aroma lírico y una cierta prosa municipal; plaza frente a la cárcel lóbrega y frente al lúcido hogar en que nacieron y murieron los míos; he aquí que te interroga un discípulo, fiel a tus fuentes cantantes y tus prados umbríos. ¿Qué se hizo, Plaza de Armas, el coro de chiquillas que conmigo llegaban en la tarde de asueto del sábado, a tu kiosko, y que eran actrices de muñeca excesiva y de exiguo alfabeto? ¿Qué fue de aquellas dulces colegas que rieron para mí, desde un marco de verdor y de rosas? ¿Qué de las camaradas de los juegos impúberes? ¿Son vírgenes intactas o madres dolorosas? Es verdad, sé el destino casto de aquella pobre pálida, cuyo rostro, como una indulgencia plenaria, miré ayer tras un vidrio lloroso; me ha inundado en recuerdos pueriles la presencia de Ana, que al tutearme decía el «tú» de antaño como una obra maestra, y que hoy me habló con ceremonia forzada; he visto a Catalina, exangüe, al exhibir su maternal fortuna cuando en un cochecillo de blondas y de raso lleva el fruto cruel y suave de su idilio por los enarenados senderos...                                                           Más no sé de todas las demás que viven en exilio. Y por todas quiero. He de saber de todas las pequeñas torcaces que me dieron el gusto de la voz de mujer. ¡Torcaces que cantaban para mí, en la mañana de un día claro y justo! Dime, plaza de nidos musicales, de las actrices que impacientes por salir a la escena del mundo, chuscamente fingían gozosos líos de noviazgos y negros episodios de pena. Dime, Plaza de Armas, de las párvulas lindas y bobas, que vertieron con su mano inconsciente un perfume amistoso en el umbral del alma y una gota del filtro del amor en mi frente. Mas la plaza está muda, y su silencio trágico se va agravando en mí con el mismo dolor del bisoño escolar que sale a vacaciones pensando en la benévola acogida de Abel, y halla muerto, en la sala, al hermano menor.
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En la plaza de armas
Plaza de Armas, plaza de musicales nidos, frente a frente del rudo y enano soportal; plaza en que se confunden un obstinado aroma lírico y una cierta prosa municipal; plaza frente a la cárcel lóbrega y frente al lúcido hogar en que nacieron y murieron los míos; he aquí que te interroga un discípulo, fiel a tus fuentes cantantes y tus prados umbríos. ¿Qué se hizo, Plaza de Armas, el coro de chiquillas que conmigo llegaban en la tarde de asueto del sábado, a tu kiosko, y que eran actrices de muñeca excesiva y de exiguo alfabeto? ¿Qué fue de aquellas dulces colegas que rieron para mí, desde un marco de verdor y de rosas? ¿Qué de las camaradas de los juegos impúberes? ¿Son vírgenes intactas o madres dolorosas? Es verdad, sé el destino casto de aquella pobre pálida, cuyo rostro, como una indulgencia plenaria, miré ayer tras un vidrio lloroso; me ha inundado en recuerdos pueriles la presencia de Ana, que al tutearme decía el «tú» de antaño como una obra maestra, y que hoy me habló con ceremonia forzada; he visto a Catalina, exangüe, al exhibir su maternal fortuna cuando en un cochecillo de blondas y de raso lleva el fruto cruel y suave de su idilio por los enarenados senderos...                                                           Más no sé de todas las demás que viven en exilio. Y por todas quiero. He de saber de todas las pequeñas torcaces que me dieron el gusto de la voz de mujer. ¡Torcaces que cantaban para mí, en la mañana de un día claro y justo! Dime, plaza de nidos musicales, de las actrices que impacientes por salir a la escena del mundo, chuscamente fingían gozosos líos de noviazgos y negros episodios de pena. Dime, Plaza de Armas, de las párvulas lindas y bobas, que vertieron con su mano inconsciente un perfume amistoso en el umbral del alma y una gota del filtro del amor en mi frente. Mas la plaza está muda, y su silencio trágico se va agravando en mí con el mismo dolor del bisoño escolar que sale a vacaciones pensando en la benévola acogida de Abel, y halla muerto, en la sala, al hermano menor.
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Me gusta ver el cielo con negros nubarrones y oír los aquilones horrísonos bramar, me gusta ver la noche sin luna y sin estrellas, y sólo las centellas la tierra iluminar. Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar; y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machacar. Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agite y rayos mil vomite y muertos por doquier. Que el trueno me despierte con su ronco estampido, y al mundo adormecido le haga estremecer; que rayos cada instante caigan sobre él sin cuento, que se hunda el firmamento me agrada mucho ver. La llama de un incendio que corra devorando escombros apilando quisiera yo encender; tostarse allí un anciano, volverse todo tea, oír como vocea, ¡qué gusto!, ¡qué placer! Me gusta una campiña de nieve tapizada, de flores despojada, sin fruto, sin verdor, ni pájaros que canten, ni sol haya que alumbre y sólo se vislumbre la muerte en derredor. Allá, en sombrío monte, solar desmantelado, me place en sumo grado la luna al reflejar; moverse las veletas con áspero chirrido igual al alarido que anuncia el expirar. Me gusta que al Averno lleven a los mortales y allí todos los males les hagan padecer; les abran las entrañas, les rasguen los tendones, rompan los corazones sin de ellos caso hacer. Insólita avenida que inunda fértil vega, de cumbre en cumbre llega, y llena de pavor, se lleva los ganados y las vides, sin pausa, y estragos miles causa ... ¡qué gusto!, ¡qué placer! Las voces y las risas, el juego, las botellas, en torno de las bellas alegres apurar; y en sus bocas lascivas, un beso a cada trago con voluptuoso halago alegres estampar. Romper después las copas, los platos, las barajas, y, abiertas las navajas, buscando el corazón, oír luego los brindis mezclados con quejidos que lanzan los heridos en llanto y confusión. Quisiera ver al uno que arrastra un intestino, y al otro pedir vino muriendo en un rincón; y otros, ya borrachos, en trino desusado cantar a Dios sagrado impúdica canción. Y mientras las queridas tendidas en los lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón, mostrando sus encantos, sin orden el cabello, al aire el muslo bello. ¡Qué gozo! ¡Qué ilusión!
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La desesperación
Me gusta ver el cielo con negros nubarrones y oír los aquilones horrísonos bramar, me gusta ver la noche sin luna y sin estrellas, y sólo las centellas la tierra iluminar. Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar; y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machacar. Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agite y rayos mil vomite y muertos por doquier. Que el trueno me despierte con su ronco estampido, y al mundo adormecido le haga estremecer; que rayos cada instante caigan sobre él sin cuento, que se hunda el firmamento me agrada mucho ver. La llama de un incendio que corra devorando escombros apilando quisiera yo encender; tostarse allí un anciano, volverse todo tea, oír como vocea, ¡qué gusto!, ¡qué placer! Me gusta una campiña de nieve tapizada, de flores despojada, sin fruto, sin verdor, ni pájaros que canten, ni sol haya que alumbre y sólo se vislumbre la muerte en derredor. Allá, en sombrío monte, solar desmantelado, me place en sumo grado la luna al reflejar; moverse las veletas con áspero chirrido igual al alarido que anuncia el expirar. Me gusta que al Averno lleven a los mortales y allí todos los males les hagan padecer; les abran las entrañas, les rasguen los tendones, rompan los corazones sin de ellos caso hacer. Insólita avenida que inunda fértil vega, de cumbre en cumbre llega, y llena de pavor, se lleva los ganados y las vides, sin pausa, y estragos miles causa ... ¡qué gusto!, ¡qué placer! Las voces y las risas, el juego, las botellas, en torno de las bellas alegres apurar; y en sus bocas lascivas, un beso a cada trago con voluptuoso halago alegres estampar. Romper después las copas, los platos, las barajas, y, abiertas las navajas, buscando el corazón, oír luego los brindis mezclados con quejidos que lanzan los heridos en llanto y confusión. Quisiera ver al uno que arrastra un intestino, y al otro pedir vino muriendo en un rincón; y otros, ya borrachos, en trino desusado cantar a Dios sagrado impúdica canción. Y mientras las queridas tendidas en los lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón, mostrando sus encantos, sin orden el cabello, al aire el muslo bello. ¡Qué gozo! ¡Qué ilusión!
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Le pedí un sublime canto que endulzara mi rudo, monótono y áspero vivir. El me dio una alondra de rima encantada... ¡Yo quería mil! Le pedí un ejemplo del ritmo seguro con que yo pudiera gobernar mi afán. Me dio un arroyuelo, murmurio nocturno... ¡Yo quería un mar! Le pedí una hoguera de ardor nunca extinto, para que a mis sueños prestase calor. Me dio una luciérnaga de menguado brillo... ¡Yo quería un sol! Qué vana es la vida, qué inútil mi impulso, y el verdor edénico, y el azul Abril... ¡Oh sórdido guía del viaje nocturno: ¡Yo quiero morir!
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Soberbia
En el hondo silencio de la noche serena se dilata un lejano perfume de azucena, y aquí, bajo los dedos de seda de la brisa, mi corazón se ensancha como en una sonrisa... Y yo sé que el silencio tiene un ritmo profundo donde palpita un eco del corazón del mundo, un corazón inmenso que late no sé dónde, pero que oye el latido del mío, y me responde... El corazón que sientes latir en derredor, es un eco del tuyo, que palpita de amor. El corazón del mundo no es ilusorio: Existe. Pero, para escucharlo, es preciso estar triste; triste de esa tristeza que no tiene motivo, en esta lenta muerte del dolor de estar vivo. La vida es un rosal cuando el alma se alegra, pero, cuando está triste, da una cosecha negra. El amor es un río de luz entre la sombra, y santifica el labio pecador que lo nombra. Sólo el amor nos salva de esta gran pesadumbre, levantando el abismo para trocarlo en cumbre. Sólo el amor nos salva del dolor de la vida, como una flor que nace de una rama caída; pues si la primavera da verdor a la rama, el corazón se llena de aroma, cuando ama. Amar es triste a veces, más triste todavía que no amar. El amor no siempre es alegría. Tal vez, por eso mismo, es eterno el amor: porque, al dejarnos tristes, hace dulce el dolor. Amar es la tristeza de aprender a morir. Amar es renacer. No amar, es no vivir. El amor es a veces lo mismo que una herida, y esa herida nos duele para toda la vida. Si cierras esa herida tu vida queda muerta. Por eso, sonriendo, haz que siempre esté abierta; y si un día ella sola se cierra de repente, tú, con tus propias manos, ábrela nuevamente. Desdichada alegría que nace del dolor. De un dolor de la rama también nace la flor. Pero de esa flor efímera, como todas, se mustia, y la rama se queda contraída de angustia. Cada hoja que cae deja el sitio a otra hoja, y así el amor -resumen de toda paradoja- renace en cada muerte con vida duradera; porque decir amor, es decir primavera. Primavera del alma, primavera florecida que deja un misterioso perfume en nuestra vida. Primavera del alma, de perpetuo esplendor, que convierte en sonrisa la mueca del dolor. Primavera de ensueño que nos traza un camino en la intrinca selva donde acecha el destino. Primavera que canta si el huracán la azota y que da nuevo aliento tras de cada derrota. Primavera magnánima, cuyo verdor feliz rejuvenece el árbol seco hasta la raíz... Amor es la ley divina de plenitud humana; dolor que hoy nos agobia y añoramos mañana... Eso es amor, y amando, también la vida es eso: ¡Dos almas que se duermen a la sombra de beso!
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Dúo de amor
En el hondo silencio de la noche serena se dilata un lejano perfume de azucena, y aquí, bajo los dedos de seda de la brisa, mi corazón se ensancha como en una sonrisa... Y yo sé que el silencio tiene un ritmo profundo donde palpita un eco del corazón del mundo, un corazón inmenso que late no sé dónde, pero que oye el latido del mío, y me responde... El corazón que sientes latir en derredor, es un eco del tuyo, que palpita de amor. El corazón del mundo no es ilusorio: Existe. Pero, para escucharlo, es preciso estar triste; triste de esa tristeza que no tiene motivo, en esta lenta muerte del dolor de estar vivo. La vida es un rosal cuando el alma se alegra, pero, cuando está triste, da una cosecha negra. El amor es un río de luz entre la sombra, y santifica el labio pecador que lo nombra. Sólo el amor nos salva de esta gran pesadumbre, levantando el abismo para trocarlo en cumbre. Sólo el amor nos salva del dolor de la vida, como una flor que nace de una rama caída; pues si la primavera da verdor a la rama, el corazón se llena de aroma, cuando ama. Amar es triste a veces, más triste todavía que no amar. El amor no siempre es alegría. Tal vez, por eso mismo, es eterno el amor: porque, al dejarnos tristes, hace dulce el dolor. Amar es la tristeza de aprender a morir. Amar es renacer. No amar, es no vivir. El amor es a veces lo mismo que una herida, y esa herida nos duele para toda la vida. Si cierras esa herida tu vida queda muerta. Por eso, sonriendo, haz que siempre esté abierta; y si un día ella sola se cierra de repente, tú, con tus propias manos, ábrela nuevamente. Desdichada alegría que nace del dolor. De un dolor de la rama también nace la flor. Pero de esa flor efímera, como todas, se mustia, y la rama se queda contraída de angustia. Cada hoja que cae deja el sitio a otra hoja, y así el amor -resumen de toda paradoja- renace en cada muerte con vida duradera; porque decir amor, es decir primavera. Primavera del alma, primavera florecida que deja un misterioso perfume en nuestra vida. Primavera del alma, de perpetuo esplendor, que convierte en sonrisa la mueca del dolor. Primavera de ensueño que nos traza un camino en la intrinca selva donde acecha el destino. Primavera que canta si el huracán la azota y que da nuevo aliento tras de cada derrota. Primavera magnánima, cuyo verdor feliz rejuvenece el árbol seco hasta la raíz... Amor es la ley divina de plenitud humana; dolor que hoy nos agobia y añoramos mañana... Eso es amor, y amando, también la vida es eso: ¡Dos almas que se duermen a la sombra de beso!
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"oh warren warren" gritaban todos los idiotas del pueblo en la mañana de Santa Mónica sucia por el hollín los escapes los sueños rotos o podridos de la noche anterior qué formidable extrañas rosas u orquídeas florecían en esa podredumbre caliente mientras la multitud del bulevar vivaba a warren ese dabliu cormoran y él se deslizaba de contrabando por el día "oh warren warren" le decían sobre la suciedad el mal olor el pésame envolviendo tanta salud apenas débil o muda o yendo en dirección a su pérdida en todo caso era así: el ser se lo dio ola madre en hermoso verdor a su sombra creció warren como piedra en el río hasta que la rompió como flecha con suaves ojos disparada ¡y si pudiera olvidar completamente! "warren warren" gritaba la multitud no dejándolo dormir o sólo abría su dureza donde volaba una mosca azul sospechosa warren ese dabliu cormoran: ¿tenías acaso ají en tu sementera? en todo caso se voló y voló quiéranlo mucho lagartos denle sombrita en la mitad tápenlo para el frío o que lo abrigue el calor de los sueños podridos de Santa Mónica el hollín "oh warren warren" gritaban todos los idiotas del pueblo pero no así porque así qué pasa con las águilas
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Lamento por los idiotas de warren s.w. cormorann
Ya por cambiar de piel o por tenerla nos acogemos a lo oscuro, que nos viste de sombra la carne desollada. En los ojos abiertos cae la sombra y luego son los ojos los que en la sombra caen y es unos ojos líquidos la sombra. ¡En esos ojos anegarse, no ser sino esos ojos que no ven, que acarician como las olas si son alas, como las alas si son labios! Pero los ojos de la sombra en nuestros ojos se endurecen y arañemos el muro o resbalemos por la roca, la sombra nos rechaza: en esa piedra no hay olvido. Nos vamos hacia dentro, túnel ***** "Muros de cal. Zumba la luz abeja entre el verdor caliente y ya caído de las yerbas. Higuera maternal: la cicatriz del tronco, entre las hojas, era una boca hambrienta, femenina, viva en la primavera. Al mediodía era dulce trepar entre las ramas y en el verde vacío suspendido en un higo comer el sol, ya ***** Nada fue ayer, nada mañana, todo es presente, todo está presente, y cae y no sabemos en qué pozos, ni si detrás de ese sinfín aguarda Dios, o el Diablo, o simplemente Nadie. Huimos a la luz que no nos miente y en un papel cualquiera escribimos palabras sin respuesta. Y enrojecen a veces las líneas azules, y nos duelen.
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La sombra
Verdor nuevo los espinos tienen ya por la colina, toda de púrpura y nieve en el aire estremecida. Cuántos cielos florecidos les has visto; aunque a la cita ellos serán siempre fieles, tú no lo serás un día. Antes que la sombra caiga, aprende cómo es la dicha ante los espinos blancos y rojos en flor. Vé. Mira.
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Los espinos
Así como un verdor en el desierto, con sombra de palmeras y agua caritativa, quizás será tu amor lo que me sobreviva, viviendo en un poema después que yo haya muerto. En ese canto, cada vez más mío, voces indiferentes repetirán mi pena, y tú has de ser entonces como un rastro en la arena, casi como una nube que pasa sobre un río... Tú serás para todos una desconocida, tú, que nunca sabrás cómo he sabido amarte; y alguien, tal vez, te buscará en mi arte, y, al no hallarte en mi arte, te buscará en mi vida. Pero tú no estarás en las mujeres que alegraron un día mi tristeza de hombre: Como oculté mi amor sabré ocultar tu nombre, y, al decir que te amo, nunca diré quién eres. Y dirán que era falsa mi pasión verdadera, que fue sólo un ensueño la mujer que amé tanto; o dirán que era otra la que canté en mi canto, otra, que nunca amé ni conocí siquiera. Y así será mi gloria lo que fue mi castigo, porque, como un verdor en el desierto, tu amor me hará vivir después que yo haya muerto, pero cuando yo muera, ¡tú morirás conmigo!
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Oasis
Recuerdo bien que te cerré la puerta. Sé que llamaste, y sé que no te abrí... Y ahora miro la puerta, y está abierta, y te siento de pronto junto a mí. Entraste, y no sé cómo todavía; pero sé que este amor tiene que ser como la claridad del mediodía en la penumbra del anochecer. Y es tan inesperado este cariño que lo rechazo y lo retengo al par, como una madre que reprende a un niño, pero que llora viéndolo llorar... Has entrado en mi amor tan silenciosa, que no sentí ni el roce de tu pie; y eres como el milagro de la rosa, que se hace rosa sin saber por qué... Y me penetra tu emoción sencilla, mas allá de mi bien y de mi mal, como la gota de agua por la arcilla, como la luz del sol por un cristal. Y, cada vez más hondo, en lo más puro, tu amor se hace el camino de mi amor, como la hiedra que se ciñe al muro, pero que lo reviste de verdor. Yo te cerré la puerta, y tú la abriste, y te acercaste a mí con timidez, con tu sonrisa de muchacha triste que va a una fiesta por primera vez. Y ahora sé que el amor entró contigo, mujer que, hecha de amor y para amar, tienes la doble cualidad del trigo: pan en la mesa y carne en el altar. Y ahora me da temor la puerta abierta, aunque por ella entró el amanecer... Pero esta vez voy a cerrar la puerta para que no te puedas ir, mujer.
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La puerta
Esta manera de esparcir su aroma de azahar silencioso en mi tiniebla; esta manera de envolver en luto su marfil y su nácar; esta única manera con que porta la golilla de encaje; esta manera de tornar su mutismo en venero de palabras y su boca en ahorro...                                               Esta manera que es reservada y que es acogedora, con que viene a encontrar mis panegíricos; esta manera de decir mi nombre con mofa y mimo, en homenaje y burla, como que sabe que mi interno drama es, a la vez, sentimental y cómico; esta manera con que en la honda noche, de sobremesa en vagos parlamentos, se abate su sonrisa desmayada sobre el mantel; esta feliz manera con que niega su brazo y con que otorga la emoción, cuando vamos de paseo por la alameda colonial y adusta... Por este suspitante y sobrio estilo de amor, te reverencio, estrella fiel que gustas de enlutarte; generoso y escondido azahar; caritativa madurez que presides mis treinta años con la abnegada castidad de un búcaro cuyas rosas adultas embalsaman la cebecera de un convaleciente; enfermera medrosa; cohibida escanciadora; amiga que te turbas con turbación de niña al repasar nuestra común lectura; asustadizo comensal de mi fiesta; aliada tímida; torcaz humilde que zureas al alba, en un tono menor, para ti sola. ¡Bien hayas, creatura pequeñita y suprema; adueñada de la cumbre del corazón; artista a un mismo tiempo mínima y prócer; que en las manos llevas mi vida como objeto de tu arte! Estrella y azahar: que te marchites mecida en una paz celibataria y que agonices como un lucero que se extinguiese en el verdor de un prado o como flor que se transfigurase en el ocaso azul, como en un lecho.
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Por este sobrio estilo
Esta manera de esparcir su aroma de azahar silencioso en mi tiniebla; esta manera de envolver en luto su marfil y su nácar; esta única manera con que porta la golilla de encaje; esta manera de tornar su mutismo en venero de palabras y su boca en ahorro...                                               Esta manera que es reservada y que es acogedora, con que viene a encontrar mis panegíricos; esta manera de decir mi nombre con mofa y mimo, en homenaje y burla, como que sabe que mi interno drama es, a la vez, sentimental y cómico; esta manera con que en la honda noche, de sobremesa en vagos parlamentos, se abate su sonrisa desmayada sobre el mantel; esta feliz manera con que niega su brazo y con que otorga la emoción, cuando vamos de paseo por la alameda colonial y adusta... Por este suspitante y sobrio estilo de amor, te reverencio, estrella fiel que gustas de enlutarte; generoso y escondido azahar; caritativa madurez que presides mis treinta años con la abnegada castidad de un búcaro cuyas rosas adultas embalsaman la cebecera de un convaleciente; enfermera medrosa; cohibida escanciadora; amiga que te turbas con turbación de niña al repasar nuestra común lectura; asustadizo comensal de mi fiesta; aliada tímida; torcaz humilde que zureas al alba, en un tono menor, para ti sola. ¡Bien hayas, creatura pequeñita y suprema; adueñada de la cumbre del corazón; artista a un mismo tiempo mínima y prócer; que en las manos llevas mi vida como objeto de tu arte! Estrella y azahar: que te marchites mecida en una paz celibataria y que agonices como un lucero que se extinguiese en el verdor de un prado o como flor que se transfigurase en el ocaso azul, como en un lecho.
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Nubes a la deriva, continentes sonámbulos, países sin substancia ni peso, geografías dibujadas por el sol y borradas por el viento. Cuatro muros de adobe. Buganvillas: en sus llamas pacíficas mis ojos se bañan. Pasa el viento entre alabanzas de follajes y yerbas de rodillas. El heliotropo con morados pasos cruza envuelto en su aroma. Hay un profeta: el fresno -y un meditabundo: el pino. El jardín es pequeño, el cielo inmenso. Verdor sobreviviente en mis escombros: en mis ojos te miras y te tocas, te conoces en mí y en mí te piensas, en mí duras y en mí te desvaneces.
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Jardín
A tientas, me adentro. Pasillos, puertas que dan a un cuarto de hotel, a una intersección, a un páramo urbano. Y entre el bostezo y el abandono, tú, intacto, verdor sitiado por tanta muerte, jardín revisto esta noche. Sueños insensatos y lúcidos, geometría y delirio entre altas bardas de adobe. La glorieta de los pinos, ocho testigos de mi infancia, siempre de pie, sin cambiar nunca de postura, de traje, de silencio. El montón de pedruscos de aquel pabellón que no dejó terminar la guerra civil, lugar amado por la melancolía y las lagartijas. Los yerbales, con sus secretos, su molicie de verde caliente, sus bichos agazapados y terribles. La higuera y sus consejas. Los adversarios: los floripondio y sus lámparas blancas frente al granado, candelabro de joyas rojas ardiendo en pleno día. El membrillo y sus varas flexibles, con las que arrancaba ayes al aire matinal. La lujosa mancha de vino de la bugambilia sobre el muro inmaculado, blanquísimo. El sitio sagrado, el lugar infame, el rincón del monólogo: la orfandad de una tarde, los himnos de una mañana, los silencios, aquel día de gloria entrevista, compartida. Arriba, en la apresura de las ramas, entre los claros del cielo y las encrucijadas de los verdes, la tarde se bate con espadas transparentes. Piso la tierra recién llovida, los olores ásperos, las yerbas vivas. El silencio se yergue y me interroga. Pero yo avanzo y me planto en el centro de mi memoria. Aspiro largamente el aire cargado de porvenir. Vienen oleadas de futuro, rumor de conquistas, descubrimientos y esos vacíos súbitos con que prepara lo desconocido sus irrupciones. Silbo entre dientes y mi silbido, en la limpidez admirable de la hora, es un látigo alegre que despierta alas y echa a volar profecías. Y yo las veo partir hacia allá, al otro lado, a donde un hombre encorvado escribe trabajosamente, en camisa, entre pausas furiosas, estos cuantos adioses al borde del precipicio.
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Jardín con niño
A tientas, me adentro. Pasillos, puertas que dan a un cuarto de hotel, a una intersección, a un páramo urbano. Y entre el bostezo y el abandono, tú, intacto, verdor sitiado por tanta muerte, jardín revisto esta noche. Sueños insensatos y lúcidos, geometría y delirio entre altas bardas de adobe. La glorieta de los pinos, ocho testigos de mi infancia, siempre de pie, sin cambiar nunca de postura, de traje, de silencio. El montón de pedruscos de aquel pabellón que no dejó terminar la guerra civil, lugar amado por la melancolía y las lagartijas. Los yerbales, con sus secretos, su molicie de verde caliente, sus bichos agazapados y terribles. La higuera y sus consejas. Los adversarios: los floripondio y sus lámparas blancas frente al granado, candelabro de joyas rojas ardiendo en pleno día. El membrillo y sus varas flexibles, con las que arrancaba ayes al aire matinal. La lujosa mancha de vino de la bugambilia sobre el muro inmaculado, blanquísimo. El sitio sagrado, el lugar infame, el rincón del monólogo: la orfandad de una tarde, los himnos de una mañana, los silencios, aquel día de gloria entrevista, compartida. Arriba, en la apresura de las ramas, entre los claros del cielo y las encrucijadas de los verdes, la tarde se bate con espadas transparentes. Piso la tierra recién llovida, los olores ásperos, las yerbas vivas. El silencio se yergue y me interroga. Pero yo avanzo y me planto en el centro de mi memoria. Aspiro largamente el aire cargado de porvenir. Vienen oleadas de futuro, rumor de conquistas, descubrimientos y esos vacíos súbitos con que prepara lo desconocido sus irrupciones. Silbo entre dientes y mi silbido, en la limpidez admirable de la hora, es un látigo alegre que despierta alas y echa a volar profecías. Y yo las veo partir hacia allá, al otro lado, a donde un hombre encorvado escribe trabajosamente, en camisa, entre pausas furiosas, estos cuantos adioses al borde del precipicio.
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Triste es saber que nuestra vida es sólo                         interminable adiós que, como un cuervo trágico, aletea                         en nuestro corazón; que cada paso nuestro, deja algo                         más que una huella en pos, algo que ya no vuelve a nuestra vida,                         que para siempre huyó; que lo que es hoy sonora melodía                         o encantada canción, será mañana cual rumor de hojas                         que el viento sacudió... Y en esta hora de melancolía,                         sufro el hondo dolor de preguntarme inútilmente, cuánto                         me durará tu amor... Que yo bien sé que cual la brisa deja                         sin perfume a la flor; que como el mar al fin borra la estela                         que un buque le dejó; que cual se desvanecen los colores                         de las flores, al Sol, y que como la alquimia del otoño                         trueca en oro el verdor, el nuestro en nuestras vidas obra el paso                         igual transformación, dejando despertares donde sueños                         y hastío donde amor... Y tengo mucho miedo de esa hora                         que puede sonar hoy, cuando al besar tus labios, sólo el frío                         responda a mi calor... Y yo tengo mucho miedo de ese hastío                         que puedo sentir yo, que robará a mis ojos el miraje                         azul de la ilusión... Y, en esta hora de melancolía,                         sufro el agrio dolor de no ignorar que un día, quizás pronto,                         nos diremos adiós...
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Triste es saber
Triste es saber que nuestra vida es sólo                         interminable adiós que, como un cuervo trágico, aletea                         en nuestro corazón; que cada paso nuestro, deja algo                         más que una huella en pos, algo que ya no vuelve a nuestra vida,                         que para siempre huyó; que lo que es hoy sonora melodía                         o encantada canción, será mañana cual rumor de hojas                         que el viento sacudió... Y en esta hora de melancolía,                         sufro el hondo dolor de preguntarme inútilmente, cuánto                         me durará tu amor... Que yo bien sé que cual la brisa deja                         sin perfume a la flor; que como el mar al fin borra la estela                         que un buque le dejó; que cual se desvanecen los colores                         de las flores, al Sol, y que como la alquimia del otoño                         trueca en oro el verdor, el nuestro en nuestras vidas obra el paso                         igual transformación, dejando despertares donde sueños                         y hastío donde amor... Y tengo mucho miedo de esa hora                         que puede sonar hoy, cuando al besar tus labios, sólo el frío                         responda a mi calor... Y yo tengo mucho miedo de ese hastío                         que puedo sentir yo, que robará a mis ojos el miraje                         azul de la ilusión... Y, en esta hora de melancolía,                         sufro el agrio dolor de no ignorar que un día, quizás pronto,                         nos diremos adiós...
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Como un verde tentáculo que se alarga de sed, la alegre enredadera crece por la pared. Su verdor va envolviendo cuando encuentra de paso y el retoño del alba ya es rama en el ocaso. No lo contiene nada. Y así crece, florida imagen del amor cuando llena una vida. Y creciendo y creciendo florece sobre el muro, y es fugaz primavera y otoño prematuro. Porque esa enredadera verde mente lozana, nació ayer y hoy florece para morir mañana. Imagen del amor alocado y ardiente que por crecer tan pronto se secó prontamente.Oh amor, ven poco a poco ¡Mira que no quisiera que pudieras secarte como una enredadera!
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Canción de la enredadera
Todo verdor perecerá dijo la voz de la escritura como siempre                             implacable pero también es cierto que cualquier verdor nuevo no podría existir si no hubiera cumplido su ciclo el verdor perecido de ahí que nuestro verdor esa conjunción un poco extraña de tu primavera                                 y de mi otoño seguramente repercute en otros enseña a otros ayuda a que otros rescaten su verdor por eso aunque las escrituras no lo digan todo verdor                           renacerá.
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Todo verdor
Al cerrarle los ojos, piadoso el musgo ha sido, Porque en el bosque inculto buscaría ya en vano A la que leche y vino vertió con blanda mano En tierra que de vallas él mismo ha circuido. A la yedra y las zarzas el lúpulo se ha unido, Y a este divino escombro, con su verdor lozano Se enroscan, ignorando si fue Pan o Silvano, Y en la frente dos cuernos de hojas le han retorcido ¡Mira! Aún, alumbrándolo, resplandor vacilante, Dos órbitas de oro le han puesto en el semblante, Y la vida en él ríe como boca encendida; Y parece que el viento que suspira y se queja, El follaje, la sombra y el sol que ya se aleja, De ése mútilo mármol han hecho un dios con vida.
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A un mármol roto
Todo aquel artificio de que antaño hice gala, ya no inquieta mi anhelo, cada día más puro: tras la ciencia del trino vino el golpe del ala; bajo el frágil follaje cuando el fruto maduro. Abrí surcos de arena en un gesto de audacia, con el gesto de un río que logró ser torrente; 1 y hoy se yergue en mis surcos una espiga de gracia, y el torrente se aquieta con ternuras de fuente. Y es que al cabo nutro de la savia divina, y ya sé lo que valen la raíz y la fronda, porque he visto que un árbol poco a poco se empina, y, a medida que crece, su raíz es más honda. Y por eso en las brisas ya no fluye mi trino, pues mis alas prefieren abarcar más distancia: y, a manera de un árbol en mitad de un camino, doy a todos un poco de quietud y fragancia. Si los vientos sacuden mi verdor, no me inmuto. Si algún hacha me quiere derribar, no me asombra. Y hundo más mis raíces, para así dar más fruto, y alzo más mis ramajes, para así dar más sombra.
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Parábola del árbol
Todas las frutas eran de su cuerpo, las flores todas, de su alma. Y venía, y venía entre las hojas verdes, rojas, cobres, por los caminos todos de cuyo fin con árboles desnudos pasados en su fin a otro verdor, ella había salido y eran su casa llena natural.¿Y a qué venía, a qué venía? Venía sólo a no acabar, a perseguir en sí toda la luz, a iluminar en sí toda la vida con forma verdadera y suficiente. Era lo elemental más apretado en redondez esbelta y elejida: agua y fuego con tierra y aire, cinta ideal de suma gracia, combinación y metamórfosis. Espejo de iris májico de sí, que viese lo de fuera desde fuera y desde dentro lo de dentro; la delicada y fuerte realidad de la imajen completa. Mensajera de la estación total, todo se hacía vista en ella.(Mensajera, ¡qué gloria ver para verse a sí mismo, en sí mismo, en uno mismo, en una misma, la gloria que proviene de nosotros!) Ella era esa gloria ¡y lo veía! Todo, volver a ella sola, solo, salir toda de ella.(Mensajera, tú existías. Y lo sabía yo).
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Mensajera de la estación total