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"transfigura" poems
Porque contemplo aún albas radiosas y hay rosas, muchas rosas, muchas rosas en que tiembla el lucero de Belén, y hay rosas, muchas rosas, muchas rosas gracias, ¡está bien! Porque en las tardes, con sutil desmayo, piadosamente besa el sol mi sien, y aun la transfigura con su rayo: gracias, ¡está bien! Porque en las noches una voz me nombra (¡voz de quien yo me sél), y hay un edén escondido en los pliegues de mi sombra: gracias, ¡está bien! Porque hasta el mal en mí don es del cielo, pues que, al minarme va, con rudo celo, desmoronando mi prisión también; porque se acerca ya mi primer vuelo: gracias, ¡está bien!
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¡está bien!
Ni el tiempo que al pasar me repetía que no tendría fin mi desventura será capaz con su palabra obscura de resistir la luz de mi alegría, ni el espacio que un día y otro día convertía distancia en amargura me apartará de la persona pura que se confunde con mi poesía. Porque para el Amor que se prolonga por encima de cada sepultura no existe tiempo donde el sol se ponga. Porque para el Amor omnipotente, que todo lo transforma y transfigura, no existe espacio que no esté presente.
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Soneto del amor victorioso
El cuento es muy sencillo usted nace en su tiempo contempla atribulado el rojo azul del cielo el pájaro que emigra y el temerario insecto que será pisoteado por su zapato nuevo usted sufre de veras reclama por comida y por deber ajeno o acaso por rutina llora limpio de culpas benditas o malditas hasta que llega el sueño y lo descalifica usted se transfigura ama casi hasta el colmo logra sentirse eterno de tanto y tanto asombro pero las esperanzas no llegan al otoño y el corazón profeta se convierte en escombros usted por fin aprende y usa lo aprendido para saber que el mundo es como un laberinto en sus momentos claves infierno o paraíso amor o desamparo y siempre siempre un lío usted madura y busca las señas del presente los ritos del pasado y hasta el futuro en cierne quizá se ha vuelto sabio irremediablemente y cuando nada falta entonces usted muere
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Currículum
El vapor es el alma del agua, hermano mío, así como sonrisa del agua es el rocío, y el lago sus miradas y su pensar la fuente; sus lágrimas la lluvia; su impaciencia el torrente, y los ríos sus brazos; su cuerpo, la llanada sin coto de los mares, y las olas, sus senos; su frente, las neveras de los montes serenos, y sus cabellos de oro líquido, la cascada. Yo soy alma del agua, y el agua siempre sube: las transfiguraciones de esa alma son la nube, su Tabor es la tarde real que la empurpura: como el agua fue buena, su Dios la transfigura... Y ya es el albo copo que el azul riela, ya la zona de fuego, que parece una estela, ya el divino castillo de nácar, ya el plumaje de un pavo hecho de piedras preciosas, ya el encaje de un abanico inmenso, ya el cráter que fulgura... Como el agua fue buena, su Dios la transfigura... -¡Dios! Dios siempre en tus labios está como en un templo. Dios, siempre Dios... ¡en cambio, yo nunca le contemplo! ¿Por qué si dios existe no deja ver sus huellas por qué taimadamente se esconde a nuestro anhelo, por qué no se halla escrito su nombre con estrellas en medio del esmalte magnífico del cielo? -Poeta, es que lo buscas con la ensoberbecida ciencia, que exige pruebas y cifras al Abismo... Asómate a las fuentes oscuras de tu vida, y allí verás su rostro: tu dios está en ti mismo. Busca el silencio y ora: tu Dios execra el grito; busca la sombra y oye: tu Dios habla en lo arcano; depón tu gran penacho de orgullo y de delito... -Ya está                 -¿Qué ves ahora?                                                     -La faz del infinito. -¿Y eres feliz?                               -¡Loemos a Dios, Vapor hermano!
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El vapor
El vapor es el alma del agua, hermano mío, así como sonrisa del agua es el rocío, y el lago sus miradas y su pensar la fuente; sus lágrimas la lluvia; su impaciencia el torrente, y los ríos sus brazos; su cuerpo, la llanada sin coto de los mares, y las olas, sus senos; su frente, las neveras de los montes serenos, y sus cabellos de oro líquido, la cascada. Yo soy alma del agua, y el agua siempre sube: las transfiguraciones de esa alma son la nube, su Tabor es la tarde real que la empurpura: como el agua fue buena, su Dios la transfigura... Y ya es el albo copo que el azul riela, ya la zona de fuego, que parece una estela, ya el divino castillo de nácar, ya el plumaje de un pavo hecho de piedras preciosas, ya el encaje de un abanico inmenso, ya el cráter que fulgura... Como el agua fue buena, su Dios la transfigura... -¡Dios! Dios siempre en tus labios está como en un templo. Dios, siempre Dios... ¡en cambio, yo nunca le contemplo! ¿Por qué si dios existe no deja ver sus huellas por qué taimadamente se esconde a nuestro anhelo, por qué no se halla escrito su nombre con estrellas en medio del esmalte magnífico del cielo? -Poeta, es que lo buscas con la ensoberbecida ciencia, que exige pruebas y cifras al Abismo... Asómate a las fuentes oscuras de tu vida, y allí verás su rostro: tu dios está en ti mismo. Busca el silencio y ora: tu Dios execra el grito; busca la sombra y oye: tu Dios habla en lo arcano; depón tu gran penacho de orgullo y de delito... -Ya está                 -¿Qué ves ahora?                                                     -La faz del infinito. -¿Y eres feliz?                               -¡Loemos a Dios, Vapor hermano!
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Cordero tranquilo, cordero que paces tu grama y ajustas tu ser a la eterna armonía: hundiendo en el lodo las plantas fugaces huí de mis campos feraces un día... Ruiseñor de la selva encantada que preludias el orto abrileño: a pesar de la fúnebre muerte, y la sombra, y la nada, yo tuve el ensueño. Sendero que vas del alcor campesino a perderte en la azul lontananza: los dioses me han hecho un regalo divino: la ardiente esperanza. Espiga que mecen los vientos, espiga que conjuntas el trigo dorado: al influjo de soplos violentos, en las noches de amor, he temblado. Montaña que el sol transfigura. Tabor al febril mediodía, silente deidad en la noche estilífera y pura: ¡nadie supo en la tierra sombría mi dolor, mi temblor, mi pavura! Y vosotros, rosal florecido, lebreles sin amo, luceros, crepúsculos, escuchadme esta cosa tremenda: ¡He Vivido! He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos, y voy al olvido...
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Elegía de septiembre
Yo soy la movediza perenne; nunca dura en mi una forma; pronto mi ser se transfigura, y ya entre guijas de ónix cantando peregrino, ya en témpanos helados detengo mi camino, ya vuelo por los aires trocándome en vapores, ya soy iris en polvo de todos los colores, o rocío que asciende, o aguacero que llueve... Mas Dios también me ha dado la albura de la nieve, la albura de la nieve enigmática y fría que cae de los cielos como una eucaristía, que por los puntiagudos techos resbala leda y que cuando la pisan cruje como la seda. Cayendo silenciosa, de blanco al mundo arropo. Subí, vapor, a lo alto, desciendo al suelo, copo; subí gris de los lagos que la quietud estanca, y bajo blanca al mundo... ¡Oh qué bello es ser blanca! ¿Por qué soy blanca? En premio al sacrificio mío, porque tirito para que nadie tenga frío, porque mi lino todos los fríos almacena ¡y dios me torna blanca por haber sido buena! ¿Verdad que es llevadera la palma del martirio así? Yo caigo como los pétalos de un lirio de lo alto, y no pudiendo cantar mi canción pura con murmurios de linfa, la canto con blancura. La blancura es el himno más hermoso y más santo; ser blanca es orar; siendo yo, pues, blanca, oro y canto. Ser luminosa es otro de los cantos mejores: ¿No ves que las estrellas salmodian con fulgores? Por eso el rey poeta dijo en himno de amor: "El firmamento narra la gloria del Señor". Se tú como la Nieve que inmaculada llueve Y yo clamé: -¡Alabemos a Dios, hermana Nieve!
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La nieve
Yo soy la movediza perenne; nunca dura en mi una forma; pronto mi ser se transfigura, y ya entre guijas de ónix cantando peregrino, ya en témpanos helados detengo mi camino, ya vuelo por los aires trocándome en vapores, ya soy iris en polvo de todos los colores, o rocío que asciende, o aguacero que llueve... Mas Dios también me ha dado la albura de la nieve, la albura de la nieve enigmática y fría que cae de los cielos como una eucaristía, que por los puntiagudos techos resbala leda y que cuando la pisan cruje como la seda. Cayendo silenciosa, de blanco al mundo arropo. Subí, vapor, a lo alto, desciendo al suelo, copo; subí gris de los lagos que la quietud estanca, y bajo blanca al mundo... ¡Oh qué bello es ser blanca! ¿Por qué soy blanca? En premio al sacrificio mío, porque tirito para que nadie tenga frío, porque mi lino todos los fríos almacena ¡y dios me torna blanca por haber sido buena! ¿Verdad que es llevadera la palma del martirio así? Yo caigo como los pétalos de un lirio de lo alto, y no pudiendo cantar mi canción pura con murmurios de linfa, la canto con blancura. La blancura es el himno más hermoso y más santo; ser blanca es orar; siendo yo, pues, blanca, oro y canto. Ser luminosa es otro de los cantos mejores: ¿No ves que las estrellas salmodian con fulgores? Por eso el rey poeta dijo en himno de amor: "El firmamento narra la gloria del Señor". Se tú como la Nieve que inmaculada llueve Y yo clamé: -¡Alabemos a Dios, hermana Nieve!
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Señora, Amor es violento, y cuando nos transfigura nos enciende el pensamiento la locura.No pidas paz a mis brazos que a los tuyos tienen presos: son de guerra mis abrazos y son de incendio mis besos; y sería vano intento el tornar mi mente obscura si me enciende el pensamiento la locura.Clara está la mente mía de llamas de amor, señora, como la tienda del día o el palacio de la aurora. Y el perfume de tu ungüento te persigue mi ventura, y me enciende el pensamiento la locura.Mi gozo tu paladar rico panal conceptúa, como en el santo Cantar: Mel et lac sub lingua tua. La delicia de tu aliento en tan fino vaso apura, y me enciende el pensamiento la locura.
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Dezires, layes y canciones
Te contaré la historia del bergantín sombrío que echó un día las anclas en la quietud de un puerto, para ser en la turbia resaca del hastío, el ataúd flotante de su pasado muerto. Allí evocaba el luto de la insignia pirata y las tripulaciones con su bárbaro coro, en las fosforescencias de las noches de plata y en el deslumbramiento de las tardes de oro. Allí, en largos letargos bajo las nubes lentas, entre un enloquecido revuelo de gaviotas, adoraban el soplo brutal de las tormentas, en sus podridos pliegues, las pobres velas rotas. Abajo, en la sentina, mortecinos fanales, moscas y telarañas y barriles flotando, arriba en la cubierta, náufragos espectrales agitando los puños hacia el puente de mando. Ah, las islas del trópico, los dulces archipiélagos para siempre en los mapas de la mala fortuna, y un buque torvamente rondando los murciélagos mientras las mariposas vuelan hacia la luna. Viejo barco que supo que el confín no es redondo en las noches siniestras y en las albas felices, con las anclas hundidas más y más en el fondo como si de las anclas le nacieran raíces. Mástiles carcomidos donde las golondrinas reposan el otoño, como un último ultraje; timón con verdes costras de lepras submarinas y brújula sin norte para morir un viaje. Vientos del sur, o lluvias o locas primaveras, que poco importa todo para los barcos viejos; pero un escalofrío crujía en sus maderas al zarpar otras naves y al perderse a lo lejos. Allí, escuchando el himno de las resacas gordas, vaivén de espumas negras que nunca finaliza, se hubiera dicho un barco cargado hasta las bordas con un gran contrabando funeral de ceniza. Y allí estaba, en el puerto, con su largo letargo, de proa hacia el olvido, muriendo hacia el poniente. Y, sin embargo un día... Ah, un día, sin embargo, sopló un viento de rosas, maravillosamente. Era el sagrado soplo del amor que transfigura los seres y las cosas en el tiempo sin fin y le dio un casco nuevo con nueva arboladura y nueve velas blancas al viejo bergantín. Y así fue que en la gloria de una alegre mañana, con la proa hacia el sueño y el timón al azar, esta vez bajo el mando de gentil capitana, el bergantín sombrío se echó de nuevo al mar. Y así acaba este cuento que es más tuyo que mío, tú, que escuchas mi cuento convertido en canción; tú, gentil capitana del bergantín sombrío, del bergantín sombrío que era mi corazón.
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Te contaré la historia
Te contaré la historia del bergantín sombrío que echó un día las anclas en la quietud de un puerto, para ser en la turbia resaca del hastío, el ataúd flotante de su pasado muerto. Allí evocaba el luto de la insignia pirata y las tripulaciones con su bárbaro coro, en las fosforescencias de las noches de plata y en el deslumbramiento de las tardes de oro. Allí, en largos letargos bajo las nubes lentas, entre un enloquecido revuelo de gaviotas, adoraban el soplo brutal de las tormentas, en sus podridos pliegues, las pobres velas rotas. Abajo, en la sentina, mortecinos fanales, moscas y telarañas y barriles flotando, arriba en la cubierta, náufragos espectrales agitando los puños hacia el puente de mando. Ah, las islas del trópico, los dulces archipiélagos para siempre en los mapas de la mala fortuna, y un buque torvamente rondando los murciélagos mientras las mariposas vuelan hacia la luna. Viejo barco que supo que el confín no es redondo en las noches siniestras y en las albas felices, con las anclas hundidas más y más en el fondo como si de las anclas le nacieran raíces. Mástiles carcomidos donde las golondrinas reposan el otoño, como un último ultraje; timón con verdes costras de lepras submarinas y brújula sin norte para morir un viaje. Vientos del sur, o lluvias o locas primaveras, que poco importa todo para los barcos viejos; pero un escalofrío crujía en sus maderas al zarpar otras naves y al perderse a lo lejos. Allí, escuchando el himno de las resacas gordas, vaivén de espumas negras que nunca finaliza, se hubiera dicho un barco cargado hasta las bordas con un gran contrabando funeral de ceniza. Y allí estaba, en el puerto, con su largo letargo, de proa hacia el olvido, muriendo hacia el poniente. Y, sin embargo un día... Ah, un día, sin embargo, sopló un viento de rosas, maravillosamente. Era el sagrado soplo del amor que transfigura los seres y las cosas en el tiempo sin fin y le dio un casco nuevo con nueva arboladura y nueve velas blancas al viejo bergantín. Y así fue que en la gloria de una alegre mañana, con la proa hacia el sueño y el timón al azar, esta vez bajo el mando de gentil capitana, el bergantín sombrío se echó de nuevo al mar. Y así acaba este cuento que es más tuyo que mío, tú, que escuchas mi cuento convertido en canción; tú, gentil capitana del bergantín sombrío, del bergantín sombrío que era mi corazón.
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Sombras del día blanco contra mis ojos. Yo no veo nada sino lo blanco: la hora en blanco, el alma desatada del ansia y de la hora. Blancura de aguas muertas, hora blanca, ceguera de los ojos abiertos. Frota tu pedernal, arde, memoria, contra la hora y su resaca. Memoria, llama nadadora. Desatado del cuerpo, desatado del ansia, vuelvo al ansia, vuelvo a la memoria de tu cuerpo. Vuelvo. Y arde tu cuerpo en mi memoria, arde en tu cuerpo mi memoria. Cuerpo de un Dios que fue cuerpo abrasado, Dios que fue cuerpo y fue cuerpo endiosado y es hoy tan sólo la memoria de un cuerpo desatado de otro cuerpo: tu cuerpo es la memoria de mis huesos. Sombra del sol Solombra segadora ciega mis manantiales trasojados el nudo desanuda siega el ansia apaga el ánima desanimada. Mas la memoria desmembrada nada desde los nacederos de su nada los manantiales de su nacimiento nada contra corriente y mandamiento nada contra la nada                                       Ardor del agua lengua de fuego fosforece el agua Pentecostés palabra sin palabras Sentido sin sentido no pensado pensar que transfigura la memoria El resto es un manojo de centellas
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Aspiración
La vida mágica se vive entera en la mano viril que gesticula al evocar el seno o la cadera, como la mano de la Trinidad teológicamente se atribula si el Mundo parvo, que en tres dedos toma, se le escapa cual un globo de goma. Idolatremos todo padecer, gozando en la mirífica mujer. Idolatría de la expansiva y rútila garganta, esponjado liceo en que una curva eterna se suplanta y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo. Idolatría de los dos pies lunares y solares que lunáticos fingen el creciente en la mezquita azul de los Omares, y cuando van de oro son un baño para la Tierra, y son preclaramente los dos solsticios de un único año. Idolatría de la grácil rodilla que soporta, a través de los siglos de los siglos, nuestra cabeza en la jornada corta. Idolatría de las arcas, que son y fueron y serán horcas caudinas bajo las cuales rinde el corazón su diadema de idólatras espinas. Idolatría de los bustos eróticos y místicos y los netos perfiles cabalísticos. Idolatría de la bizarra y música cintura, guirnalda que en abril se transfigura, que sirve de medida a los más filarmónicos afanes, y que asedian los raucos gavilanes de nuestra juventud embravecida. Idolatría del peso femenino, cesta ufana que levantamos entre los rosales por encima de la primera cena, en la columna de nuestros felices brazos sacramentales. Que siempre nuestra noche y nuestro día clamen: ¡Idolatría! ¡Idolatría!
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Idolatría