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"transcurre" poems
¿Quién canta en las orillas del papel? Inclinado, de pechos sobre el río de imágenes, me veo, lento y solo, de mí mismo alejarme: letras puras, constelación de signos, incisiones en la carne del tiempo, ¡oh escritura, raya en el agua!                             Voy entre verdores enlazados, voy entre transparencias, río que se desliza y no transcurre; me alejo de mí mismo, me detengo sin detenerme en una orilla y sigo, río abajo, entre arcos de enlazadas imágenes, el río pensativo. Sigo, me espero allá, voy a mi encuentro, río feliz que enlaza y desenlaza un momento de sol entre dos álamos, en la pulida piedra se demora, y se desprende de sí mismo y sigue, río abajo, al encuentro de sí mismo.
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Arcos
Sus ojos son de bronce cuando esta ilusionada y de un fuego ardiente cuando está enamorada. Su mirada penetrante puede ver a través de mi alma y su simple presencia me mantiene en calma. Ella vive en un lugar con aroma a cedro al que el destino solo me llevó lugar testigo de mis palabras del cual el eco solo quedó Ahí transcurre el tiempo volando y ahí sano mi corazón cuando está muy dañado. Sentimientos encontrados regresan, una sensación marcada eh impresa. Amor porque ella es mi salvación y es que es mi pedacito de cielo en este infierno lleno de dolor. Nada cambia cuando el tiempo para, nada muere mientras todo se consuma en el alba y es cierto que solo nace alegría y esperanza
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Dec 10, 2012
Dec 10, 2012 at 9:58 PM UTC
Lugar,Calma y Alba
Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron tu cuerpo: tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar, tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en llamas tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada, sitios en donde el tiempo no transcurre, valles que sólo mis labios conocen, desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos, cascada petrificada de la nuca, alta meseta de tu vientre, playa sin fin de tu costado. Tus ojos son los ojos fijos del tigre y un minuto después son los ojos húmedos del perro. Siempre hay abejas en tu pelo. Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos como la espalda del río a la luz del incendio. Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna, el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas grises la noche de los cuerpos, como la sombra del águila la soledad del páramo. Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano. Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida, bahía donde el mar de noche se aquieta, ***** caballo de espuma, cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro, boca del horno donde se hacen las hostias, sonrientes labios entreabiertos y atroces, nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible (allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable). Patria de sangre, única tierra que conozco y me conoce, única patria en la que creo, única puerta al infinito.
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Cuerpo a la vista
Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron tu cuerpo: tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar, tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en llamas tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada, sitios en donde el tiempo no transcurre, valles que sólo mis labios conocen, desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos, cascada petrificada de la nuca, alta meseta de tu vientre, playa sin fin de tu costado. Tus ojos son los ojos fijos del tigre y un minuto después son los ojos húmedos del perro. Siempre hay abejas en tu pelo. Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos como la espalda del río a la luz del incendio. Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna, el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas grises la noche de los cuerpos, como la sombra del águila la soledad del páramo. Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano. Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida, bahía donde el mar de noche se aquieta, ***** caballo de espuma, cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro, boca del horno donde se hacen las hostias, sonrientes labios entreabiertos y atroces, nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible (allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable). Patria de sangre, única tierra que conozco y me conoce, única patria en la que creo, única puerta al infinito.
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-¡Qué fresca es la sombra del plátano! De una hoja de plátano se desprenden infinitas hojas de agua que están descendiendo siempre. Me gustan las hojas verdes, acanaladas, y los racimos, y los retoños unánimes, agudos, como una bandada de peces hacia arriba. ¿Has visto el tronco? Es un panal de agua. Me gusta el platanar con su humedad sombría y derribada, con su lecho en que se pudre el  sol y con sus hojas golpeadas y tranquilas. Me gusta el platanar cuando llueve porque suena sonoramente, porque se alegra como una bestia bañándose y saltando. Me gusta la sombra del plátano y sus pequeños nidos de aire, y el aire dulce y torpe aprendiendo a volar. Me gusta tirarme en el suelo sin raíces y sentir cómo transcurre el agua y quedarme inmóvil, oyendo. Fuimos al mar. ¡Qué miedo tuve y qué alegría. Es un enorme animal inquieto. Golpea y sopla, se enfurece, se calma, siempre asusta. Parece que nos mirara desde dentro, desde lo hondo, con muchos ojos, con ojos iguales a los que tenemos en el corazón para mirar de lejos o en la obscuridad. En un principio nos tiró varias veces. Después Adán se enfureció y se puso a dar de puñetazos a las olas. A mí me dio risa, me quedé en la playa mirando. Adán no podía. Al rato salió cansado, húmedo, y no dijo nada, y se durmió. Entonces me puse a oír el mar. Ya iba obscureciendo. Suena igual que la noche, con un vasto, infinito silencio, con una honda voz. Se extiende su sonido obscuro y nos penetra por todas partes. Es un sonido de agua espesa, de agua que quiere levantarse como un animal herido. De ahora en adelante viviremos a la orilla del mar. Aquí están a la misma altura el sol y el mar, a la misma profundidad las estrellas y los grandes peces. Aprenderemos el mar, Él también tiene sus montañas y sus vastas llanuras, sus pájaros, sus minerales, y su vegetación unánime y difícil. Aprenderemos sus cambios, sus estaciones, su permanencia en el mundo como una enorme raíz, la raíz del árbol de agua que aprieta la tierra, el árbol inmenso que se extiende en el espacio hasta siempre. El mar es bueno y terrible como mi padre. Yo le quiero decir padre mar. Padre mar, sostenme, engéndrame de nuevo en tu corazón. Hazme incorruptible, receptora del mundo, purificadora a pesar.
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Adán y eva ix
-¡Qué fresca es la sombra del plátano! De una hoja de plátano se desprenden infinitas hojas de agua que están descendiendo siempre. Me gustan las hojas verdes, acanaladas, y los racimos, y los retoños unánimes, agudos, como una bandada de peces hacia arriba. ¿Has visto el tronco? Es un panal de agua. Me gusta el platanar con su humedad sombría y derribada, con su lecho en que se pudre el  sol y con sus hojas golpeadas y tranquilas. Me gusta el platanar cuando llueve porque suena sonoramente, porque se alegra como una bestia bañándose y saltando. Me gusta la sombra del plátano y sus pequeños nidos de aire, y el aire dulce y torpe aprendiendo a volar. Me gusta tirarme en el suelo sin raíces y sentir cómo transcurre el agua y quedarme inmóvil, oyendo. Fuimos al mar. ¡Qué miedo tuve y qué alegría. Es un enorme animal inquieto. Golpea y sopla, se enfurece, se calma, siempre asusta. Parece que nos mirara desde dentro, desde lo hondo, con muchos ojos, con ojos iguales a los que tenemos en el corazón para mirar de lejos o en la obscuridad. En un principio nos tiró varias veces. Después Adán se enfureció y se puso a dar de puñetazos a las olas. A mí me dio risa, me quedé en la playa mirando. Adán no podía. Al rato salió cansado, húmedo, y no dijo nada, y se durmió. Entonces me puse a oír el mar. Ya iba obscureciendo. Suena igual que la noche, con un vasto, infinito silencio, con una honda voz. Se extiende su sonido obscuro y nos penetra por todas partes. Es un sonido de agua espesa, de agua que quiere levantarse como un animal herido. De ahora en adelante viviremos a la orilla del mar. Aquí están a la misma altura el sol y el mar, a la misma profundidad las estrellas y los grandes peces. Aprenderemos el mar, Él también tiene sus montañas y sus vastas llanuras, sus pájaros, sus minerales, y su vegetación unánime y difícil. Aprenderemos sus cambios, sus estaciones, su permanencia en el mundo como una enorme raíz, la raíz del árbol de agua que aprieta la tierra, el árbol inmenso que se extiende en el espacio hasta siempre. El mar es bueno y terrible como mi padre. Yo le quiero decir padre mar. Padre mar, sostenme, engéndrame de nuevo en tu corazón. Hazme incorruptible, receptora del mundo, purificadora a pesar.
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A la cálida vida que transcurre canora con garbo de mujer sin letras ni antifaces, a la invicta belleza que salva y que enamora, responde, en la embriaguez de la encantada hora, un encono de hormigas en mis venas voraces. Fustigan el desmán del perenne hormigueo el pozo del silencio y el enjambre del ruido, la harina rebanada como doble trofeo en los fértiles bustos, el Infierno en que creo, el estertor final y el preludio del nido. Mas luego mis hormigas me negarán su abrazo y han de huir de mis pobres y trabajados dedos cual se olvida en la arena un gélido bagazo; y tu boca, que es cifra de eróticos denuedos, tu boca, que es mi rúbrica, mi manjar y mi adorno, tu boca, en que la lengua vibra asomada al mundo como réproba llama saliéndose de un horno, en una turbia fecha de cierzo gemebundo en que ronde la luna porque robarte quiera, ha de oler a sudario y a hierba machacada, a droga y a responso, a pabilo y a cera. Antes de que deserten mis hormigas, Amada, déjalas caminar camino de tu boca a que apuren los viáticos del sanguinario fruto que desde sarracenos oasis me provoca. Antes de que tus labios mueran, para mi luto, dámelos en el crítico umbral del cementerio como perfume y pan y tósigo y cauterio.
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Hormigas
La linda parejita que transcurre por el viejo teclado de baldosas sabe y no sabe de su amor a término o de las marcas que impondrán los días la linda parejita en su burbuja no quiere saber nada de cenizas ni de cuevas ajenas ni de fobias sólo pide quererse a encontronazos asume su pasión como una ergástula nada de libertad condicionada con sus dos soledades basta y sobra con sus dos cuerpos y sus cuatro manos tiene razón la linda parejita no es fácil instalarse en la excepción el plazo del amor es un instante y hay que hacerlo durar como un milagro
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Como un milagro
Abre simas en todo lo creado, abre el tiempo la entraña de lo vivo, y en la hondura del pulso fugitivo se precipita el hombre desangrado. ¡Vértigo del minuto consumado! En el abismo de mi ser nativo, en mi nada primera, me desvivo: yo mismo frente a mí, ya devorado. Pierde el alma su sal, su levadura, en concéntricos ecos sumergida, en sus cenizas anegada, oscura. Mana el tiempo su ejército impasible, nada sostiene ya, ni mi caída, transcurre solo, quieto, inextinguible.
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La caída
Melancólicamente, en tu faz contraída                                                       reflejando el dolor, piensas en lo monótona que transcurre tu vida                                                       sin placer, sin amor... Entristecida miras que duplica el espejo                                                       tu estatuaria triunfal, porque te ves desnuda, sin que esboce le reflejo                                                       a un amante ideal... ¡Y te encuentras muy sola en tu lecho impoluto,                                                       tu lecho virginal! Y en tu alma, la pena prende un jirón de luto,                                                       un paño funeral... En tus noches insomnes, todo tu ser se agita                                                       por el ansia sensual, y lentamente mira que tu faz se marchita,                                                       pobre rosa otoñal... En tus desesperadas horas, cuando palpita                                                       y arde tu carne de mujer soberbia y vehemente, quisieras ser maldita                                                       sacerdotisa del placer, y, sumisa al instinto pagano en ti despierto,                                                       amar hasta desfallecer... ¡y no hay una caricia para tu desconcierto,                                                       ni un gran abrazo te hace arder! Pide una mano trémula que la estruje y arranque                                                       la flor de tu virginidad, y, como un loto abierto en la paz de un estanque,                                                       lloras tu inmensa soledad... ¡Cuántas veces entornas los ojos dulcemente,                                                       y, en azul embriaguez, sueñas en que te inician en el misterio ardiente                                                       una y otra vez!... Y tus dedos, que piensas, febril que son ajenos,                                                       una caricia divinal. Ponen sobre las combas sedeñas de tus senos,                                                       con lentitudes de ritual... Y contemplan tu ardor vibrante, condenada                                                       a la esterilidad, y sientes que le besa la boca descarnada                                                       de la fatalidad... ¡Y en vano! El frío lecho donde suspiras sola,                                                       sabe de tu dolor, y ante un ara quimérica tu juventud se inmola,                                                       igual que una áurea flor... Pobre rosa estrujada, virgen entristecida:                                                       Fundado en tu pavor al ver lo estérilmente que se te va la vida,                                                       sin placer, sin amor!...
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Rosa del otoño
Melancólicamente, en tu faz contraída                                                       reflejando el dolor, piensas en lo monótona que transcurre tu vida                                                       sin placer, sin amor... Entristecida miras que duplica el espejo                                                       tu estatuaria triunfal, porque te ves desnuda, sin que esboce le reflejo                                                       a un amante ideal... ¡Y te encuentras muy sola en tu lecho impoluto,                                                       tu lecho virginal! Y en tu alma, la pena prende un jirón de luto,                                                       un paño funeral... En tus noches insomnes, todo tu ser se agita                                                       por el ansia sensual, y lentamente mira que tu faz se marchita,                                                       pobre rosa otoñal... En tus desesperadas horas, cuando palpita                                                       y arde tu carne de mujer soberbia y vehemente, quisieras ser maldita                                                       sacerdotisa del placer, y, sumisa al instinto pagano en ti despierto,                                                       amar hasta desfallecer... ¡y no hay una caricia para tu desconcierto,                                                       ni un gran abrazo te hace arder! Pide una mano trémula que la estruje y arranque                                                       la flor de tu virginidad, y, como un loto abierto en la paz de un estanque,                                                       lloras tu inmensa soledad... ¡Cuántas veces entornas los ojos dulcemente,                                                       y, en azul embriaguez, sueñas en que te inician en el misterio ardiente                                                       una y otra vez!... Y tus dedos, que piensas, febril que son ajenos,                                                       una caricia divinal. Ponen sobre las combas sedeñas de tus senos,                                                       con lentitudes de ritual... Y contemplan tu ardor vibrante, condenada                                                       a la esterilidad, y sientes que le besa la boca descarnada                                                       de la fatalidad... ¡Y en vano! El frío lecho donde suspiras sola,                                                       sabe de tu dolor, y ante un ara quimérica tu juventud se inmola,                                                       igual que una áurea flor... Pobre rosa estrujada, virgen entristecida:                                                       Fundado en tu pavor al ver lo estérilmente que se te va la vida,                                                       sin placer, sin amor!...
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Es hoy: todo el ayer se fue cayendo entre dedos de luz y ojos de sueño, mañana llegará con pasos verdes: nadie detiene el río de la aurora. Nadie detiene el río de tus manos, los ojos de tu sueño, bienamada, eres temblor del tiempo que transcurre entre luz vertical y sol sombrío, y el cielo cierra sobre ti sus alas llevándote y trayéndote a mis brazos con puntual, misteriosa cortesía: Por eso canto al día y a la luna, al mar, al tiempo, a todos los planetas, a tu voz diurna y a tu piel nocturna.
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Soneto xlix
Si vieras, amiga, qué espacio transcurre mi lenta existencia la marcha inmutable del tiempo fatiga         mi añeja dolencia; mis torvos fastidios apenas mitiga         la gloria que llevo:         tu amor siempre nuevo,         tu afecto sencillo... Y todas las noches mi dulce reclamo escucha en tus rejas el viejo estribillo:         -¿Me quieres?                                             -¡Te amo! Monótona corre mi vida, bien mío; sus páginas tristes me dicta el hastío.         Los días son iguales         como ondulaciones que van de los lagos sobre los cristales.         Prende la mañana         sus fulguraciones         sobre la sabana.         Y al morir el día asoma la noche sus negros capuces         por la serranía, y con sus arenas refleja el desierto         las últimas luces         del astro ya muerto.         En vanas quimeras         consumo mis días; tus horas que mueren pasan cual viajeras,         con ellas las mías         y ante tu ventura         te digo muy quedo que a veces hastiado medito con miedo,         cariñosa hermana,         en el día sombrío, en las inclemencias del invierno frío que en tus bucles deje la primera cana. Tus páginas tristes me dicta el hastío...         mis sueños         pequeños,         mi vida         escondida; y noche por noche con suave reposo         llegando a tu reja         te digo amoroso la frase de antaño, la cláusula vieja.
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La canción del hastío
Si vieras, amiga, qué espacio transcurre mi lenta existencia la marcha inmutable del tiempo fatiga         mi añeja dolencia; mis torvos fastidios apenas mitiga         la gloria que llevo:         tu amor siempre nuevo,         tu afecto sencillo... Y todas las noches mi dulce reclamo escucha en tus rejas el viejo estribillo:         -¿Me quieres?                                             -¡Te amo! Monótona corre mi vida, bien mío; sus páginas tristes me dicta el hastío.         Los días son iguales         como ondulaciones que van de los lagos sobre los cristales.         Prende la mañana         sus fulguraciones         sobre la sabana.         Y al morir el día asoma la noche sus negros capuces         por la serranía, y con sus arenas refleja el desierto         las últimas luces         del astro ya muerto.         En vanas quimeras         consumo mis días; tus horas que mueren pasan cual viajeras,         con ellas las mías         y ante tu ventura         te digo muy quedo que a veces hastiado medito con miedo,         cariñosa hermana,         en el día sombrío, en las inclemencias del invierno frío que en tus bucles deje la primera cana. Tus páginas tristes me dicta el hastío...         mis sueños         pequeños,         mi vida         escondida; y noche por noche con suave reposo         llegando a tu reja         te digo amoroso la frase de antaño, la cláusula vieja.
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