Hello Poetry
Submit your work and get some sparkles! Create free account
"simiente" poems
Yo la amé, y era de otro, que también la quería. Perdónala Señor, porque la culpa es mía. Después de haber besado sus cabellos de trigo, nada importa la culpa, pues no importa el castigo. Fue un pecado quererla, Señor, y, sin embargo mis labios están dulces por ese amor amargo. Ella fue como un agua callada que corría... Si es culpa tener sed, toda la culpa es mía. Perdónala Señor, tú que le diste a ella su frescura de lluvia y esplendor de estrella. Su alma era transparente como un vaso vacío. Yo lo llené de amor. Todo el pecado es mío. Pero, ¿cómo no amarla, si tú hiciste que fuera turbadora y fragante como la primavera? ¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío sobre la yerba seca y ávida del estío? Traté de rechazarla, Señor, inútilmente, como un surco que intenta rechazar la simiente. Era de otro. Era de otro, que no la merecía, y por eso, en sus brazos, seguía siendo mía. Era de otro, Señor. Pero hay cosas sin dueño: Las rosas y los ríos, y el amor y el ensueño. Y ella me dio su amor como se da una rosa, como quien lo da todo, dando tan poca cosa... Una embriaguez extraña nos venció poco a poco: ella no fue culpable, Señor... ¡ni yo tampoco! La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella y me diste los ojos para mirarla a ella. Toda la culpa es tuya, pues me hiciste cobarde 1 para matar un sueño porque llegaba tarde. 1 Sí. Nuestra culpa es tuya, si es una culpa amar 2 y si es culpable un río cuando corre hacia el mar. Es tan bella, Señor, y es tan suave, y tan clara, que sería un pecado mayor si no la amara. 3 Y, por eso, perdóname, Señor, porque es tan bella, que tú que hiciste el agua, y la flor, y la estrella, tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre, ¡tú también la amarías, si pudieras ser hombre!
0
1.7k
Poema de la culpa
Yo la amé, y era de otro, que también la quería. Perdónala Señor, porque la culpa es mía. Después de haber besado sus cabellos de trigo, nada importa la culpa, pues no importa el castigo. Fue un pecado quererla, Señor, y, sin embargo mis labios están dulces por ese amor amargo. Ella fue como un agua callada que corría... Si es culpa tener sed, toda la culpa es mía. Perdónala Señor, tú que le diste a ella su frescura de lluvia y esplendor de estrella. Su alma era transparente como un vaso vacío. Yo lo llené de amor. Todo el pecado es mío. Pero, ¿cómo no amarla, si tú hiciste que fuera turbadora y fragante como la primavera? ¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío sobre la yerba seca y ávida del estío? Traté de rechazarla, Señor, inútilmente, como un surco que intenta rechazar la simiente. Era de otro. Era de otro, que no la merecía, y por eso, en sus brazos, seguía siendo mía. Era de otro, Señor. Pero hay cosas sin dueño: Las rosas y los ríos, y el amor y el ensueño. Y ella me dio su amor como se da una rosa, como quien lo da todo, dando tan poca cosa... Una embriaguez extraña nos venció poco a poco: ella no fue culpable, Señor... ¡ni yo tampoco! La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella y me diste los ojos para mirarla a ella. Toda la culpa es tuya, pues me hiciste cobarde 1 para matar un sueño porque llegaba tarde. 1 Sí. Nuestra culpa es tuya, si es una culpa amar 2 y si es culpable un río cuando corre hacia el mar. Es tan bella, Señor, y es tan suave, y tan clara, que sería un pecado mayor si no la amara. 3 Y, por eso, perdóname, Señor, porque es tan bella, que tú que hiciste el agua, y la flor, y la estrella, tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre, ¡tú también la amarías, si pudieras ser hombre!
Continue reading...
38
Hay un tirano que sujeta y otro tirano que desata... y entre los dos tu predio, libertad. ¡Libertad, libertad, hazaña prometeica, en tensión angustiosa y sostenida de equilibrio y amor! ¡Libertad española! a tu derecha tienes los grillos y la sombra y a tu izquierda la arena donde el amor no liga. Se es esclavo del hacha lo mismo que del cepo... Y el desierto es también un calabozo; el desierto amarillo donde el átomo roto no se pone de pie. De aquí nadie se escapa. Nadie. Porque dime tú, amigo cordelero, ¿hay quién trence una escala con la arena y el polvo? Español, más pudo tu envidia que tu honor, y más cuidaste el hacha que la espada. Tuya es el hacha, tuya. Más tuya que tu sombra. Contigo la llevaste a la Conquista y contigo ha vivido en todos los exilios. Yo la he visto en América -en México y en Lima-, Se la diste a tu esposa ya tu esclava... y es la eterna maldición de tu simiente. Tuya es el hacha, el hacha: la que partió el Imperio y la nación, la que partió los reinos, la que parte la ciudad y el municipio, la que parte la grey y la familia, la que asesina al padre -Álvar González, Álvar González, habla-, Bajo su filo se ha hecho polvo el Arca, la casta, y la roca sagrada de los muertos; el coro, el diálogo y el himno; el poema, la espada y el oficio; la lágrima, la gota de sangre, y la gota de alegría... Y todo se hará polvo, todo, todo, todo... Polvo con el que nadie, nadie, construirá jamás ni un ladrillo ni una ilusión.
0
1.3k
El hacha
Hay un tirano que sujeta y otro tirano que desata... y entre los dos tu predio, libertad. ¡Libertad, libertad, hazaña prometeica, en tensión angustiosa y sostenida de equilibrio y amor! ¡Libertad española! a tu derecha tienes los grillos y la sombra y a tu izquierda la arena donde el amor no liga. Se es esclavo del hacha lo mismo que del cepo... Y el desierto es también un calabozo; el desierto amarillo donde el átomo roto no se pone de pie. De aquí nadie se escapa. Nadie. Porque dime tú, amigo cordelero, ¿hay quién trence una escala con la arena y el polvo? Español, más pudo tu envidia que tu honor, y más cuidaste el hacha que la espada. Tuya es el hacha, tuya. Más tuya que tu sombra. Contigo la llevaste a la Conquista y contigo ha vivido en todos los exilios. Yo la he visto en América -en México y en Lima-, Se la diste a tu esposa ya tu esclava... y es la eterna maldición de tu simiente. Tuya es el hacha, el hacha: la que partió el Imperio y la nación, la que partió los reinos, la que parte la ciudad y el municipio, la que parte la grey y la familia, la que asesina al padre -Álvar González, Álvar González, habla-, Bajo su filo se ha hecho polvo el Arca, la casta, y la roca sagrada de los muertos; el coro, el diálogo y el himno; el poema, la espada y el oficio; la lágrima, la gota de sangre, y la gota de alegría... Y todo se hará polvo, todo, todo, todo... Polvo con el que nadie, nadie, construirá jamás ni un ladrillo ni una ilusión.
Continue reading...
72
Igual que el ballestero tahúr de la cantiga, tuviera una saeta el hombre ibero para el Señor que apedreó la espiga y malogró los frutos otoñales, y un «gloria a ti» para el Señor que grana centenos y trigales que el pan bendito le **** mañana.       «Señor de la ruïna, adoro porque aguardo y porque temo: con mi oración se inclina hacia la tierra un corazón blasfemo.       »¡Señor, por quien arranco el pan con pena, sé tu poder, conozco mi cadena!       »¡Oh dueño de la nube del estío que la campiña arrasa, del seco otoño, del helar tardío, y del bochorno que la mies abrasa!       »¡Señor del iris, sobre el campo verde donde la oveja pace, Señor del fruto que el gusano muerde y de la choza que el turbión deshace,       »tu soplo el fuego del hogar aviva, tu lumbre da sazón al rubio grano, y cuaja el hueso de la verde oliva, la noche de San Juan, tu santa mano!       »¡Oh dueño de fortuna y de pobreza, ventura y malandanza, que al rico das favores y pereza y al pobre su fatiga y su esperanza!       »¡Señor, Señor: en la voltaria rueda del año he visto mi simiente echada, corriendo igual albur que la moneda del jugador en el azar sembrada!       »¡Señor, hoy paternal, ayer cruento, con doble faz de amor y de venganza, a ti, en un dado de tahúr al viento va mi oración, blasfemia y alabanza!»       Este que insulta a Dios en los altares, no más atento al ceño del destino, también soñó caminos en los mares y dijo: es Dios sobre la mar camino.       ¿No es él quien puso a Dios sobre la guerra más allá de la suerte, más allá de la tierra, más allá de la mar y de la muerte?       ¿No dio la encina ibera para el fuego de Dios la buena rama, que fue en la santa hoguera de amor una con Dios en pura llama?       Mas hoy... ¡Qué importa un día! Para los nuevos lares estepas hay en la floresta umbría, leña verde en los viejos encinares.       Aún larga patria espera abrir al corvo arado sus besanas; para el grano de Dios hay sementera bajo cardos y abrojos y bardanas.       ¡Qué importa un día!  Está el ayer alerto al mañana, mañana al infinito, hombres de España, ni el pasado ha muerto, no está el mañana -ni el ayer- escrito.       ¿Quién ha visto la faz al Dios hispano? Mi corazón aguarda al hombre ibero de la recia mano, que tallará en el roble castellano el Dios adusto de la tierra parda.
0
1.1k
El dios ibero
Igual que el ballestero tahúr de la cantiga, tuviera una saeta el hombre ibero para el Señor que apedreó la espiga y malogró los frutos otoñales, y un «gloria a ti» para el Señor que grana centenos y trigales que el pan bendito le **** mañana.       «Señor de la ruïna, adoro porque aguardo y porque temo: con mi oración se inclina hacia la tierra un corazón blasfemo.       »¡Señor, por quien arranco el pan con pena, sé tu poder, conozco mi cadena!       »¡Oh dueño de la nube del estío que la campiña arrasa, del seco otoño, del helar tardío, y del bochorno que la mies abrasa!       »¡Señor del iris, sobre el campo verde donde la oveja pace, Señor del fruto que el gusano muerde y de la choza que el turbión deshace,       »tu soplo el fuego del hogar aviva, tu lumbre da sazón al rubio grano, y cuaja el hueso de la verde oliva, la noche de San Juan, tu santa mano!       »¡Oh dueño de fortuna y de pobreza, ventura y malandanza, que al rico das favores y pereza y al pobre su fatiga y su esperanza!       »¡Señor, Señor: en la voltaria rueda del año he visto mi simiente echada, corriendo igual albur que la moneda del jugador en el azar sembrada!       »¡Señor, hoy paternal, ayer cruento, con doble faz de amor y de venganza, a ti, en un dado de tahúr al viento va mi oración, blasfemia y alabanza!»       Este que insulta a Dios en los altares, no más atento al ceño del destino, también soñó caminos en los mares y dijo: es Dios sobre la mar camino.       ¿No es él quien puso a Dios sobre la guerra más allá de la suerte, más allá de la tierra, más allá de la mar y de la muerte?       ¿No dio la encina ibera para el fuego de Dios la buena rama, que fue en la santa hoguera de amor una con Dios en pura llama?       Mas hoy... ¡Qué importa un día! Para los nuevos lares estepas hay en la floresta umbría, leña verde en los viejos encinares.       Aún larga patria espera abrir al corvo arado sus besanas; para el grano de Dios hay sementera bajo cardos y abrojos y bardanas.       ¡Qué importa un día!  Está el ayer alerto al mañana, mañana al infinito, hombres de España, ni el pasado ha muerto, no está el mañana -ni el ayer- escrito.       ¿Quién ha visto la faz al Dios hispano? Mi corazón aguarda al hombre ibero de la recia mano, que tallará en el roble castellano el Dios adusto de la tierra parda.
Continue reading...
67
¿Por qué habéis dicho todos que en España hay dos bandos, si aquí no hay más que polvo? En España no hay bandos, en esta tierra no hay bandos, en esta tierra maldita no hay bandos. No hay más que un hacha amarilla que ha afilado el rencor. Un hacha que cae siempre, siempre, siempre, implacable y sin descanso sobre cualquier humilde ligazón: sobre dos plegarias que se funden, sobre dos herramientas que se enlazan, sobre dos manos que se estrechan. La consigna es el corte, el corte, el corte, el corte hasta llegar al polvo, hasta llegar al átomo. Aquí no hay bandos, aquí no hay bandos ni rojos ni blancos ni egregios ni plebeyos... Aquí no hay más que átomos, átomos que se muerden. España, en esta casa tuya no hay bandos. Aquí no hay más que polvo, polvo y un hacha antigua, indestructible y destructora, que se volvió y se vuelve contra tu misma carne cuando te cercan los raposos. Vuelan sobre tus torres y tus campos todos los gavilanes enemigos y tu hijo blande el hacha sobre tu propio hermano. Tu enemigo es tu sangre y el barro de tu choza. ¡Qué viejo veneno lleva el río y el viento, y el pan de la meseta, que emponzoña la sangre, alimenta la envidia, da ley al fratricidio y asesina el honor y la esperanza! La voz de tus entrañas y el grito de tus montes es lo que dice el hacha: «Este es el mundo del desgaje, de la desmembración y la discordia, de las separaciones enemigas, de las dicotomías incesables, el mundo del hachazo... ¡mi mundo!, dejadme trabajar». Y el hacha cae ciega, incansable y vengativa sobre todo lo que se congrega y se prolonga: sobre la gavilla y el manojo, sobre la espiga y el racimo, sobre la flor y la raíz, sobre el grano y la simiente, y sobre el polvo mismo del grano y la simiente. Aquí el hacha es la ley y la unidad el átomo, el átomo amarillo y rencoroso. Y el hacha es la que triunfa.
0
881
El hacha ii
¿Por qué habéis dicho todos que en España hay dos bandos, si aquí no hay más que polvo? En España no hay bandos, en esta tierra no hay bandos, en esta tierra maldita no hay bandos. No hay más que un hacha amarilla que ha afilado el rencor. Un hacha que cae siempre, siempre, siempre, implacable y sin descanso sobre cualquier humilde ligazón: sobre dos plegarias que se funden, sobre dos herramientas que se enlazan, sobre dos manos que se estrechan. La consigna es el corte, el corte, el corte, el corte hasta llegar al polvo, hasta llegar al átomo. Aquí no hay bandos, aquí no hay bandos ni rojos ni blancos ni egregios ni plebeyos... Aquí no hay más que átomos, átomos que se muerden. España, en esta casa tuya no hay bandos. Aquí no hay más que polvo, polvo y un hacha antigua, indestructible y destructora, que se volvió y se vuelve contra tu misma carne cuando te cercan los raposos. Vuelan sobre tus torres y tus campos todos los gavilanes enemigos y tu hijo blande el hacha sobre tu propio hermano. Tu enemigo es tu sangre y el barro de tu choza. ¡Qué viejo veneno lleva el río y el viento, y el pan de la meseta, que emponzoña la sangre, alimenta la envidia, da ley al fratricidio y asesina el honor y la esperanza! La voz de tus entrañas y el grito de tus montes es lo que dice el hacha: «Este es el mundo del desgaje, de la desmembración y la discordia, de las separaciones enemigas, de las dicotomías incesables, el mundo del hachazo... ¡mi mundo!, dejadme trabajar». Y el hacha cae ciega, incansable y vengativa sobre todo lo que se congrega y se prolonga: sobre la gavilla y el manojo, sobre la espiga y el racimo, sobre la flor y la raíz, sobre el grano y la simiente, y sobre el polvo mismo del grano y la simiente. Aquí el hacha es la ley y la unidad el átomo, el átomo amarillo y rencoroso. Y el hacha es la que triunfa.
Continue reading...
77
No envidiéis mi alegría, mi salud ni mi canto; no envidiéis lo que sueño, ni envidiéis lo que digo. Todo eso vale poco, por más que cueste tanto... Pero, eso sí: envidiadme la amistad de este amigo. Envidiadme la gloria de esta firme confianza cuyo sentir profundo ni en bien ni en mal se altera, porque yo siento mío lo que su mano alcanza, y en él es permanente mi dicha pasajera. Envidiadme este amigo que me mira de frente, pues ni lo acerca el triunfo ni lo aleja el fracaso, y él madura en espiga lo que en mí fue simiente, y yo duermo en su lecho pero él bebe en mi vaso. No importa si estoy solo, pues siempre está conmigo, y mis propias arrugas lo van haciendo viejo... Ah, sí, envidiadme todos la amistad de este amigo               que refleja mi espejo.
0
826
El amigo
¡Salve llama creadora del mundo, lengua ardiente de eterno saber, pero germen, principio fecundo que encadenas la muerte a tus pies! Tú la inerte materia espoleas, tú la ordenas juntarse a vivir, tú su lodo modelas, y creas miles de seres de formas sin fin. Desbarata tus obras en vano vencedora la muerte talvéz; de sus restos levanta tu mano nuevas obras triunfante otra vez. Tú la hoguera del sol alimentas, tú revistes los cielos de azúl, tú la luna en las sombras de argentas, tú coronas la aurora de luz. Gratos ecos al bosque sombrío, verde pompa a los árboles das, melancólica música al río, ronco grito a las olas del mar. Tú el aroma en las flores exhalas, en los valles suspiras de amor, tú murmuras del aura en las alas, en el Bóreas retumba tu voz. Tú derramas el oro en la tierra en arroyos de hirviente metal; Tú abrillantas la perla que encierra en su abismo profundo la mar. Tú las cárdenas nubes extiendes ***** manto que agita Aquilón; con tu aliento los aires enciendes, tus rugidos infunden pavor. Tú eres pura simiente de vida, manatial sempiterno del bien; luz del mismo Hacedor desprendida, juventud y hermosura es tu ser. Tú eres fuerza secreta que el mundo en sus ejes impulsa a rodar, sentimiento armonioso y profundo de los orbes que anima tu faz. De tus obras los siglos que vuelan incansables artífices son, del espíritu ardiente cincelan y embellecen la estrecha prisión. Tú en violento, veloz torbellino, los empujas enérgica, y van; y adelante en tu raudo camino a otros siglos ordenas llegar. Hombre débil, levanta la frente, pon tu labio en su eterno raudal; tú serás como el sol en Oriente, tú serás, como el mundo, inmortal.
0
786
Himno a la inmortalidad
¡Salve llama creadora del mundo, lengua ardiente de eterno saber, pero germen, principio fecundo que encadenas la muerte a tus pies! Tú la inerte materia espoleas, tú la ordenas juntarse a vivir, tú su lodo modelas, y creas miles de seres de formas sin fin. Desbarata tus obras en vano vencedora la muerte talvéz; de sus restos levanta tu mano nuevas obras triunfante otra vez. Tú la hoguera del sol alimentas, tú revistes los cielos de azúl, tú la luna en las sombras de argentas, tú coronas la aurora de luz. Gratos ecos al bosque sombrío, verde pompa a los árboles das, melancólica música al río, ronco grito a las olas del mar. Tú el aroma en las flores exhalas, en los valles suspiras de amor, tú murmuras del aura en las alas, en el Bóreas retumba tu voz. Tú derramas el oro en la tierra en arroyos de hirviente metal; Tú abrillantas la perla que encierra en su abismo profundo la mar. Tú las cárdenas nubes extiendes ***** manto que agita Aquilón; con tu aliento los aires enciendes, tus rugidos infunden pavor. Tú eres pura simiente de vida, manatial sempiterno del bien; luz del mismo Hacedor desprendida, juventud y hermosura es tu ser. Tú eres fuerza secreta que el mundo en sus ejes impulsa a rodar, sentimiento armonioso y profundo de los orbes que anima tu faz. De tus obras los siglos que vuelan incansables artífices son, del espíritu ardiente cincelan y embellecen la estrecha prisión. Tú en violento, veloz torbellino, los empujas enérgica, y van; y adelante en tu raudo camino a otros siglos ordenas llegar. Hombre débil, levanta la frente, pon tu labio en su eterno raudal; tú serás como el sol en Oriente, tú serás, como el mundo, inmortal.
Continue reading...
52
Dos especies de manos se enfrentan en la vida, brotan del corazón, irrumpen por los brazos, saltan, y desembocan sobre la luz herida a golpes, a zarpazos. La mano es la herramienta del alma, su mensaje, y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente. Alzad, moved las manos en un gran oleaje, hombres de mi simiente. Ante la aurora veo surgir las manos puras de los trabajadores terrestres y marinos, como una primavera de alegres dentaduras, de dedos matutinos. Endurecidamente pobladas de sudores, retumbantes las venas desde las uñas rotas, constelan los espacios de andamios y clamores, relámpagos y gotas. Conducen herrerías, azadas y telares, muerden metales, montes, raptan hachas, encinas, y construyen, si quieren, hasta en los mismos mares fábricas, pueblos, minas. Estas sonoras manos oscuras y lucientes las reviste una piel de invencible corteza, y son inagotables y generosas fuentes de vida y de riqueza. Como si con los astros el polvo peleara, como si los planetas lucharan con gusanos, la especie de las manos trabajadora y clara lucha con otras manos. Feroces y reunidas en un bando sangriento avanzan al hundirse los cielos vespertinos unas manos de hueso lívido y avariento, paisaje de asesinos. No han sonado: no cantan. Sus dedos vagan roncos, mudamente aletean, se ciernen, se propagan. Ni tejieron la pana, ni mecieron los troncos, y blandas de ocio vagan. Empuñan crucifijos y acaparan tesoros que a nadie corresponden sino a quien los labora, y sus mudos crepúsculos absorben los sonoros caudales de la aurora. Orgullo de puñales, arma de bombardeos con un cáliz, un crimen y un muerto en cada uña: ejecutoras pálidas de los negros deseos que la avaricia empuña. ¿Quién lavará estas manos fangosas que se extienden al agua y la deshonran, enrojecen y estragan? Nadie lavará manos que en el puñal se encienden y en el amor se apagan. Las laboriosas manos de los trabajadores caerán sobre vosotras con dientes y cuchillas. Y las verán cortadas tantos explotadores en sus mismas rodillas.
0
693
Las manos
Dos especies de manos se enfrentan en la vida, brotan del corazón, irrumpen por los brazos, saltan, y desembocan sobre la luz herida a golpes, a zarpazos. La mano es la herramienta del alma, su mensaje, y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente. Alzad, moved las manos en un gran oleaje, hombres de mi simiente. Ante la aurora veo surgir las manos puras de los trabajadores terrestres y marinos, como una primavera de alegres dentaduras, de dedos matutinos. Endurecidamente pobladas de sudores, retumbantes las venas desde las uñas rotas, constelan los espacios de andamios y clamores, relámpagos y gotas. Conducen herrerías, azadas y telares, muerden metales, montes, raptan hachas, encinas, y construyen, si quieren, hasta en los mismos mares fábricas, pueblos, minas. Estas sonoras manos oscuras y lucientes las reviste una piel de invencible corteza, y son inagotables y generosas fuentes de vida y de riqueza. Como si con los astros el polvo peleara, como si los planetas lucharan con gusanos, la especie de las manos trabajadora y clara lucha con otras manos. Feroces y reunidas en un bando sangriento avanzan al hundirse los cielos vespertinos unas manos de hueso lívido y avariento, paisaje de asesinos. No han sonado: no cantan. Sus dedos vagan roncos, mudamente aletean, se ciernen, se propagan. Ni tejieron la pana, ni mecieron los troncos, y blandas de ocio vagan. Empuñan crucifijos y acaparan tesoros que a nadie corresponden sino a quien los labora, y sus mudos crepúsculos absorben los sonoros caudales de la aurora. Orgullo de puñales, arma de bombardeos con un cáliz, un crimen y un muerto en cada uña: ejecutoras pálidas de los negros deseos que la avaricia empuña. ¿Quién lavará estas manos fangosas que se extienden al agua y la deshonran, enrojecen y estragan? Nadie lavará manos que en el puñal se encienden y en el amor se apagan. Las laboriosas manos de los trabajadores caerán sobre vosotras con dientes y cuchillas. Y las verán cortadas tantos explotadores en sus mismas rodillas.
Continue reading...
52
¿Ya has soñado una meta o elegido un camino, caminante? ¿Has pensado honda y valientemente en morir? ¿Ya has lanzado la divina simiente, la simiente fatal, en el surco divino? ¿Ya has negado tres veces la fuerza del destino, y has querido tres veces ir contra su corriente, y tres veces tu barca se ha undido lentamente? ¿Ya has bebido, en la copa de la esperanza, vino, y de la embriaguez dulce, supremo letargo, has vuelto en ti de pronto, más triste y menos fuerte, con la mirada turbia y con el labio amargo? ¿Ya has visto tu camino, de la coqueta suerte al favor o desdén, o muy corto o muy largo? Pues crúzate de brazos; No tardará la muerte.
0
477
Soneto al caminante
La palabra se levanta de la página escrita. La palabra, labrada estalactita, grabada columna, una a una letra a letra. El eco se congela en la página pétrea. Ánima, blanca como la página, se levanta la palabra. Anda sobre un hilo tendido del silencio al grito, sobre el filo del decir estricto. El oído: nido o laberinto del sonido. Lo que dice no dice lo que dice: ¿cómo se dice lo que no dice?                           Di tal vez es ******* la vestal. Un grito en un cráter extinto: en otra galaxia ¿cómo se dice ataraxia? Lo que se dice se dice al derecho y al revés. Lamenta la mente de menta demente: cementerio es sementero, simiente no miente. Laberinto del oído, lo que dices se desdice del silencio al grito desoído. Inocencia y no ciencia: para hablar aprende a callar.
0
582
La palabra dicha
Yo seguiré cantando mientras crecen los árboles, y sembraré canciones en los surcos del tiempo. -Simiente: yo, algún día, me tenderé a tu sombra, para olvidar el sueño que no cabrá en mi canto. Yo seguré cantando mientras del gajo mustio las hojas amarillas caen como alas muertas. No importa que los pájaros picoteen mis ojos: yo inventaré los astros en las noches oscuras… Yo seguiré cantando mientras pasan las nubes. para que el viento arrastre mi canto hacia el silencio. No importa ni el olvido: debajo de la tierra volaran maripoasas de mis cuencas vacias… Yo seguiré cantando mientras sonría como un niño. Yo seguiré cantando mientras se yerga un muro. Más allá del silencio, más allá de la sombra, más allá de mi canto, ¡yo seguiré cantando!
0
450
Canto final
El lecho, aquella hierba de ayer y de mañana: este lienzo de ahora sobre madera aún verde, flota como la tierra, se sume en la besana donde el deseo encuentra los ojos y los pierde. Pasar por unos ojos como por un desierto: como por dos ciudades que ni un amor contienen. Mirada que va y vuelve sin haber descubierto el corazón a nadie, que todos la enarenen. Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos. Se descubrieron mudos entre las dos miradas. Sentimos recorrernos un palomar de arrullos, y un grupo de arrebatos de alas arrebatadas. Cuanto más se miraban más se hallaban: más hondos se veían, más lejos, y más en uno fundidos. El corazón se puso, y el mundo, más redondos. Atravesaba el lecho la patria de los nidos. Entonces, el anhelo creciente, la distancia que va de hueso a hueso recorrida y unida, al aspirar del todo la imperiosa fragancia, proyectamos los cuerpos más allá de la vida. Espiramos del todo. ¡Qué absoluto portento! ¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados, desplegados los ojos hacia arriba un momento, y al momento hacia abajo con los ojos plegados! Peron no moriremos. Fue tan cálidamente consumada la vida como el sol, su mirada. No es posible perdernos. Somos plena simiente. Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.
0
432
Muerte nupcial
La lágrima fue dicha. Olvidemos el llanto y empecemos de nuevo, con paciencia, observando a las cosas hasta hallar la menuda diferencia que las separa de su entidad de ayer y que define el transcurso del tiempo y su eficacia. ¿A qué llorar por el caído fruto, por el fracaso de ese deseo hondo, compacto como un grano de simiente? No es bueno repetir lo que está dicho. Después de haber hablado, de haber vertido lágrimas, silencio y sonreíd: nada es lo mismo. Habrá palabras nuevas para la nueva historia y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.
0
439
Nada es lo mismo
Sólo tú y yo sabemos lo que ignora la gente al cambiar un saludo ceremonioso y frío, porque nadie sospecha que es falso tu desvío, ni cuánto amor esconde mi gesto indiferente. Sólo tú y yo sabemos por qué mi boca miente, relatando la historia de un fugaz amorío; y tú apenas me escuchas y yo no te sonrío... Y aún nos arde en los labios algún beso reciente. Sólo tú y yo sabemos que existe una simiente germinando en la sombra de este surco vacío, porque su flor profunda no se ve, ni se siente. Y así dos orillas tu corazón y el mío, pues, aunque las separa la corriente de un río, por debajo del río se unen secretamente.
0
396
Canción del amor prohibido
He buscado en mi corazón el instinto de la simiente, en la última profundidad del deseo y de la vida y ahora extiendo los brazos en la sombra desorientadamente igual que un forastero en una ciudad desconocida. Nada sé de mi espanto, ni de mi dolor, ni de mi esperanza. Nadie logra saber nunca su propio secreto. Y siempre esta ansiedad de lo que no existe o no se alcanza, y esta miserable verdad que hace crujir el esqueleto. No. Os digo que nadie sabe nada de su propia alegría Pero el ensueño es el acercamiento de lo lejano; y si es triste el ademán de una mano vacía aún es más triste no atreverse a extender la mano.
0
291
He buscado en mi corazón
Siento un acre placer en tenderme en la tierra, Con el sol matutino tibia como una cama. Bajo mi cuerpo, ¡cuánta vida su vientre encierra! ¡Quién sabe qué diamante esconde aquí su llama! ¡Quién sabe qué tesoro, dentro de una miriada, Surgirá de este mismo lugar donde reposo, Si será el oro vivo de una era sembrada, O la viva esmeralda de algún árbol frondoso! ¡Quién sabe qué estupenda y dorada simiente Ha de brotar ahora bajo mi cuerpo ardiente! Futuro pebetero que esparcirá a los vientos, En las noches de estío, claras y rumorosas, El calor de mi carne hecho aroma de rosas, Fragancia de azucenas y olor de pensamientos.
0
276
Panteísmo