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"salitre" poems
Tú me quieres alba, Me quieres de espumas, Me quieres de nácar. Que sea azucena Sobre todas, casta. De perfume tenue. Corola cerrada. Ni un rayo de luna Filtrado me haya. Ni una margarita Se diga mi hermana. Tú me quieres nívea, Tú me quieres blanca, Tú me quieres alba. Tú que hubiste todas Las copas a mano, De frutos y mieles Los labios morados. Tú que en el banquete Cubierto de pámpanos Dejaste las carnes Festejando a Baco. Tú que en los jardines Negros del Engaño Vestido de rojo Corriste al Estrago. Tú que el esqueleto Conservas intacto No sé todavía Por cuáles milagros, Me pretendes blanca (Dios te lo perdone), Me pretendes casta (Dios te lo perdone), Me pretendes alba. Huye hacia los bosques; Vete a la montaña; Límpiate la boca; Vive en las cabañas; Toca con las manos La tierra mojada; Alimenta el cuerpo Con raíz amarga; Bebe de las rocas; Duerme sobre escarcha; Renueva tejidos Con salitre y agua; Habla con los pájaros Y lévate al alba. Y cuando las carnes Te sean tornadas, Y cuando hayas puesto En ellas el alma Que por las alcobas Se quedó enredada, Entonces, buen hombre, Preténdeme blanca, Preténdeme nívea, Preténdeme casta.
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Tú me quieres blanca
Levanten sus copas que hoy la suerte se cierne a la botella Dionisio pagó con sangre el trago amargo de la pérdida. Laureada la seda que envuelve el óbito de tu destino, sobre el tinto que ateza de luto tu pecho atribulan sus enemigos en la cómplice oscuridad de un bar olvidado que arrulla en secreto la muerte bajo un mar de Ginebra Que aguarda entre mentiras al íntimo ritual que sienta el pulso y añeja el vértigo de tus palabras Petaca en mano que enciende tu aliento desgaja tus venas de oporto y ron y pinta de sanguinos matices la náusea ... que apacigua el lamento de tu Ménade solitaria que entre espectros alcoholizados maldice el acre juicio del azar Danza macabra que funde sus lenguas profanas, en la misma apática letanía Maldita esa noche de julio parda como el veneno que rezuman tus vísceras parda como la trama endeble que corrompe tu hígado enfermo Maldita la sed en tus ojos vidriosos negros como el nectar que escancian la Nísiades en la viña de tu cárdena mortaja. Maldito el recuerdo que aún te ve Sentado con beoda inocencia donde van a morir las ratas y un perro viejo sella con vos su pródigo pacto secuaz Que entre pitada y pitada escapan a vos en susurros los versos del turco Jayyam batiendo suspiros al aire flotando en castillos de alquitrán Que pensando en la muerte borracho y con voz cansada solías preguntar ¿Habrá allí una pizca de lima que bese el salitre de sus dedos renegridos?
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Jul 12, 2015
Jul 12, 2015 at 1:31 PM UTC
Elegía a Nefú
Te podrás imaginar la erótica rupestre para quien solo vive por las sensaciones para quien, aún confinado a la déspota tiranía de si mismo nada aporta a su sed de querencias Te podrás imaginar la erótica rupestre que pintan sus trompas de marfil te podrás imaginar el salitre de sus pardos muros en la noche en el ocaso plateado en el rocío helado de la madrugada en el granizo que eriza la piel de la multitud en la indiferencia del chofer en su charla vacía y protocolar en el ahíto evidente de sus palabras en las luces del puente reflejadas sobre tu mirada perdida en el sudor clandestino en el ciego tiento proscripto Te podrás imaginar la erótica rupestre tiznada sobre las sábanas Chet Baker de fondo y el viento meciendo los restos de la ciudad
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Jul 18, 2015
Jul 18, 2015 at 12:31 AM UTC
Conceptos “De una serie inacabada de penosas dedicatorias”
Atrás el cielo, atrás la luz y su navaja, atrás los muros de salitre, atrás las calles que dan siempre a otras calles. Atrás mi piel de vidrios erizados, atrás mis uñas y mis dientes caídos en el pozo del espejo. Atrás la puerta que se cierra, el cuerpo que se abre. Atrás, amor encarnizado, pureza que destruye, garras de seda, labios de ceniza. Atrás, tierra o cielo. Sentados a las mesas donde beben la sangre de los pobres: la mesa del dinero, la mesa de la gloria y la de la justicia, la mesa del poder y la mesa de Dios -la Sagrada Familia en su Pesebre, la Fuente de la Vida, el espejo quebrado en que Narciso a sí mismo se bebe y no se sacia y el hígado, alimento de profetas y buitres… Atrás, tierra o cielo. Las sábanas conyugales insomnes, cubren cuerpos entrelazados, piedras entre cenizas cuando la luz los toca. Cada uno en su cárcel de palabras, y todos atareados construyendo la Torre de Babel en comandita. Y el cielo que bosteza y el infierno mordiéndose la cola y la resurrección y el día de la vida perdurable, el día sin crepúsculo, el paraíso visceral del feto. Creía en todo esto. Hoy duermo a la orilla del llanto. También el llanto sirve de almohada.
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Ni el cielo ni la tierra
No sólo por las tierras desiertas donde la piedra salina es como la única rosa, la flor por el mar enterrada, anduve, sino por la orilla de ríos que cortan la nieve. Las amargas alturas de las cordilleras conocen mis pasos. Enmarañada, silbante región de mi patria salvaje, lianas cuyo beso mortal se encadena en la selva, lamento mojado del ave que surge lanzando sus escalofríos, oh región de perdidos dolores y llanto inclemente! No sólo son míos la piel venenosa del cobre o el salitre extendido como estatua yacente y nevada, sino la viña, el cerezo premiado por la primavera, son míos, y yo pertenezco como átomo ***** a las áridas tierras y a la luz del otoño en las uvas, a esta patria metálica elevada por torres de nieve.
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Soneto lxiii