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"praderas" poems
Cuando miro la forma de América en el mapa, amor, a ti te veo: las alturas del cobre en tu cabeza, tus pechos, trigo y nieve, tu cintura delgada, veloces ríos que palpitan, dulces colinas y praderas y en el frío del sur tus pies terminan su geografía de oro duplicado. Amor, cuando te toco no sólo han recorrido mis manos tu delicia, sino ramas y tierra, frutas y agua, la primavera que amo, la luna del desierto, el pecho de la paloma salvaje, la suavidad de las piedras gastadas por las aguas del mar o de los ríos y la espesura roja del matorral en donde la sed y el hambre acechan. Y así mi patria extensa me recibe, pequeña América, en tu cuerpo. Aún más, cuando te veo recostada veo en tu piel, en tu color de avena, la nacionalidad de mi cariño. Porque desde tus hombros el cortador de caña de Cuba abrasadora me mira, lleno de sudor oscuro, y desde tu garganta pescadores que tiemblan en las húmedas casas de la orilla me cantan su secreto. Y así a lo largo de tu cuerpo, pequeña América adorada, las tierras y los pueblos interrumpen mis besos y tu belleza entonces no sólo enciende el fuego que arde sin consumirse entre nosotros, sino que con tu amor me está llamando y a través de tu vida me está dando la vida que me falta y al sabor de tu amor se agrega el barro, el beso de la tierra que me aguarda.
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Pequeña américa
El día que me quieras tendrá más luz que junio; la noche que me quieras será de plenilunio, con notas de Beethoven vibrando en cada rayo sus inefables cosas, y habrá juntas más rosas que en todo el mes de mayo. Las fuentes cristalinas irán por las laderas saltando cristalinas el día que me quieras. El día que me quieras, los sotos escondidos resonarán arpegios nunca jamás oídos. Éxtasis de tus ojos, todas las primaveras que hubo y habrá en el mundo serán cuando me quieras. Cogidas de la mano cual rubias hermanitas, luciendo golas cándidas, irán las margaritas por montes y praderas, delante de tus pasos, el día que me quieras... Y si deshojas una, te dirá su inocente postrer pétalo blanco: ¡Apasionadamente! Al reventar el alba del día que me quieras, tendrán todos los tréboles cuatro hojas agoreras, y en el estanque, nido de gérmenes ignotos, florecerán las místicas corolas de los lotos. El día que me quieras será cada celaje ala maravillosa; cada arrebol, miraje de Las Mil y una Noches; cada brisa un cantar, cada árbol una lira, cada monte un altar. El día que me quieras, para nosotros dos cabrá en un solo beso la beatitud de Dios.
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El día que me quieras
Cuento mucho todo y nada ,asi empezo la tonada con el mar que hay en tus labios, y el desierto de mi boca podemos hacer que un rio corra hasta por las mas secas praderas Dime si estas jugando porque para mi es serio no se como lo hiciste , pero de mi conciencia te deshiciste lograste poner todo al revez ahora soy yo la que no sabe ni leer No se que pasaria si manana no te encuentro se oiria mi suplicio, mi tortura y mi lamento, y es que te has convertido en el aire que respiro, no se como ni donde pero sin avisar llego a mi como, tornado revolviendo y destrullendo todo lo que encontro a su paso Y es que te has convertido en parte de mi alma eres dueno de mi corazon, de mis suenos y mis primaveras como podria olvidarte, como podria arrancarte si te arranco me arranco el corazon y si te borro me muero de dolor. Siempre seras parte de mi......
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Feb 27, 2012
Feb 27, 2012 at 8:30 PM UTC
Contigo en la distancia
Quisiera guardar la aurora boreal  en una pequeña caja de cristal, y colocarla en mi tina. Para que cuando me bañe, sea la luz tenue que me ilumine mi cuerpo. Tomar las corrientes del río y echarles burbujas, que los cuatro vientos me las ponga a volar. Pintar el cielo de verde y el suelo de turquesa. Por mis venas corre el tequila y en mis oídos  tus cuadros me cantan la brisa de las praderas. Miro el collar de estrellas que me hiciste, y el traje que siempre me quitaste. La luna baja a besarme la ausencia de tus manos y me ahogo en el pensamiento de que te amo. Dulce niño de ojitos morenos,me tienes en un embrujo. Me revuelcas el alma con besos, y tus manos me hacen vivir el cielo.
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Jun 6, 2015
Jun 6, 2015 at 8:44 PM UTC
Me baño en tu ser.
¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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La sangre derramada
¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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Amo el trozo de tierra que tú eres, porque de las praderas planetarias otra estrella no tengo. Tú repites la multiplicación del universo. Tus anchos ojos son la luz que tengo de las constelaciones derrotadas, tu piel palpita como los caminos que recorre en la lluvia el meteoro. De tanta luna fueron para mí tus caderas, de todo el sol tu boca profunda y su delicia, de tanta luz ardiente como miel en la sombra tu corazón quemado por largos rayos rojos, y así recorro el fuego de tu forma besándote, pequeña y planetaria, paloma y geografía.
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Soneto xvi
Ya en los campos de Jaén, amanece. Corre el tren por sus brillantes rieles, devorando matorrales, alcaceles, terraplenes, pedregales, olivares, caseríos, praderas y cardizales, montes y valles sombríos. Tras la turbia ventanilla, pasa la devanadera del campo de primavera. La luz en el techo brilla de mi vagón de tercera. Entre nubarrones blancos, oro y grana; la niebla de la mañana huyendo por los barrancos. ¡Este insomne sueño mío! ¡Este frío de un amanecer en vela!... Resonante, jadeante, marcha el tren. El campo vuela. Enfrente de mí, un señor sobre su manta dormido; un fraile y un cazador -el perro a sus pies tendido-. Yo contemplo mi equipaje, mi viejo saco de cuero; y recuerdo otro viaje hacia las tierras del Duero. Otro viaje de ayer por la tierra castellana -¡pinos del amanecer entre Almazán y Quintana!- ¡Y alegría de un viajar en compañía! ¡Y la unión que ha roto la muerte un día! ¡Mano fría que aprietas mi corazón! Tren, camina, silba, humea, acarrea tu ejército de vagones, ajetrea maletas y corazones. Soledad, sequedad. Tan pobre me estoy quedando que ya ni siquiera estoy conmigo, ni sé si voy conmigo a solas viajando.
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Otro viaje
Estuve en Chiloé junto a la primavera. (Sería otoño en España.) Humedad olorosa, praderas solitarias. Recuperé de pronto tiempo y tierra. (Tiempo perdido, tierra derrotada.) El mar mordía los acantilados con sus dientes de espuma verde y blanca. Veía el Norte en el Sur. ¡Espejismo de rostros y de muros iluminados con palabras puras: libertad, compañeros! (Y en el fondo, con nieve, las montañas.) ¿De dónde regresaba todo aquello? Surgidos de la bruma -¿era ayer o mañana?- albatros quietos, levitando arriba, serenaban el aire con sus extensas alas. Todo encalló en un tiempo amargo y sucio. Ahora, asomando sobre las aguas, la arboladura rota de esos días tan sólo exhibe buitres en sus jarcias
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Chiloé, setiembre, 1972
Un prado de coral sobre las lises y en forrajes, praderas de metales; al este de la luz, los manantiales del viento, siempre en coro de aprendices. En la hincada raíz de los maíces, sobre el lino plural de los perales, los ángeles despiertos, miel y sales, que han de bruñirme días más felices. Vegetal esperanza que me adviene de la tierra feraz, aya mestiza que a su pezón jugoso me sostiene como una negra aya advenediza, arrulladora y fiel, alma de aurora. bajo la oscura piel que el tiempo dora.
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Guión
Más allá de los símbolos, más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios, más allá de la aberración del gramático que ve en la historia del hidalgo que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue, no una amistad y una alegría sino un herbario de arcaísmos y un refranero, estás, España silenciosa, en nosotros. España del bisonte, que moriría por el hierro o el rifle, en las praderas del ocaso, en Montana, España donde Ulises descendió a la Casa de Hades, España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma, España de los duros visigodos, de estirpe escandinava, que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas, pastor de pueblos, España del Islam, de la cábala y de la Noche Oscura del Alma, España de los inquisidores, que padecieron el destino de ser verdugos y hubieran podido ser mártires, España de la larga aventura que descifró los mares y redujo crueles imperios y que prosigue aquí, en Buenos Aires, en este atardecer del mes de julio de 1964, España de la otra guitarra, la desgarrada, no la humilde, la nuestra, España de los patios, España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios, España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad, España del inútil coraje, podemos profesar otros amores, podemos olvidarte como olvidamos nuestro propio pasado, porque inseparablemente estás en nosotros, en los íntimos hábitos de la sangre, en los Acevedo y los Suárez de mi linaje, España, madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones, incesante y fatal.
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España
Más allá de los símbolos, más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios, más allá de la aberración del gramático que ve en la historia del hidalgo que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue, no una amistad y una alegría sino un herbario de arcaísmos y un refranero, estás, España silenciosa, en nosotros. España del bisonte, que moriría por el hierro o el rifle, en las praderas del ocaso, en Montana, España donde Ulises descendió a la Casa de Hades, España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma, España de los duros visigodos, de estirpe escandinava, que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas, pastor de pueblos, España del Islam, de la cábala y de la Noche Oscura del Alma, España de los inquisidores, que padecieron el destino de ser verdugos y hubieran podido ser mártires, España de la larga aventura que descifró los mares y redujo crueles imperios y que prosigue aquí, en Buenos Aires, en este atardecer del mes de julio de 1964, España de la otra guitarra, la desgarrada, no la humilde, la nuestra, España de los patios, España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios, España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad, España del inútil coraje, podemos profesar otros amores, podemos olvidarte como olvidamos nuestro propio pasado, porque inseparablemente estás en nosotros, en los íntimos hábitos de la sangre, en los Acevedo y los Suárez de mi linaje, España, madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones, incesante y fatal.
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Un viejo ***** en un mes caluroso y seco, se sentó a la sombra del árbol Baobab. Las praderas una vez verdes estaban secos con la sequía, víctimas de los vientos del cambio. "Viejo, me llaman viejo". Pensó: "Mis setenta veranos me han vuelto gris, pero este árbol Baobab creció alto y fuerte Cuando las legiones romanas pasaron por aquí ". El viejo masticó la fruta del baobab y se hundió en un estado de trance. Él estaba en un estado mental; No completamente dormido, no completamente despierto. Escuchó una voz: "Tengo sed". Decía: Aunque estaba seguro de que estaba solo. Parecía que no era una voz humana: un monótono desapasionado y seco. "Por generaciones, hombres como tú" He buscado mi refugio del Sol, Pero ahora está terminado; la tierra está seca Y me estoy muriendo, pequeño ". El anciano lloró al escuchar estas palabras Para cuando estos árboles mueren, como deben, Se colapsan sobre el suelo estéril Tan rápido regresan a Dust. "El mundo ha cambiado para ti y para mí, Los vientos están secos debajo del sol. Perdono el mundo de los hombres Porque ellos no saben lo que han hecho ". El viejo se despertó con un comienzo y se levantó con su bastón. Lloró al pensar que este árbol moriría pero las lágrimas no pueden reemplazar a la lluvia.
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Jun 21, 2018
Jun 21, 2018 at 7:52 AM UTC
El arbol de la Vida
Las vertientes las órbitas han perdido la tierra los espejos los brazos los muertos las amarras el olvido su máscara de tapir no vidente el gusto el gusto el cauce sus engendros el humo cada dedo las fluctuantes paredes donde amanece el vino las raíces la frente todo canto rodado su corola los muslos los tejidos los vasos el deseo los zumos que fermenta la espera las campanas las costas los trasueños los huéspedes sus panales lo núbil las praderas las crines la lluvia las pupilas su fanal el destino pero la luna intacta es un lago de senos que se bañan tomados de la mano
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Trazumos
Ciudad de sucias tejas soleadas: casi eres realidad, apenas nido sólo un rumor, un humo desprendido, de las praderas verdes y asombradas. Luego hay hombres de vidas apretadas a tu destino semiderruido y muchachas que crecen entre el ruido cual si estuvieran entre amor sembradas. A casi todas miro tiernamente, y los viejos alegran tus afueras con sus traviesas cabelleras blancas. Yo estoy contento y, cariñosamente, caballo gris me gustaría que fueras para darte palmadas en las ancas.
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Capital de provincia
Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales cargados de perfume, y el campo enverdecido, abiertos los jazmines, maduros los trigales, azules las montañas y el olivar florido; Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles; y al sol de abril los huertos colmados de azucenas, y los enjambres de oro, para libar sus mieles dispersos en los campos, huir de sus colmenas; yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares, barriendo el cierzo helado tu campo empedernido; y en sierras agrias sueño -¡Urbión, sobre pinares! ¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!-Y pienso: Primavera, como un escalofrío irá a cruzar el alto solar del romancero, ya verdearán de chopos las márgenes del río.¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas, y la roqueda parda más de un zarzal en flor; ya los rebaños blancos, por entre grises peñas, hacia los altos prados conducirá el pastor.   ¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas que vais al joven Duero, rebaños de merinos, con rumbo hacia las altas praderas numantinas,  por las cañadas hondas y al sol de los caminos hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo, montañas, serrijones, lomazos, parameras, en donde reina el águila, por donde busca el cuervo su infecto expoliario; menudas sementeras cual sayos cenicientos, casetas y majadas entre desnuda roca, arroyos y hontanares donde a la tarde beben las yuntas fatigadas, dispersos huertecillos, humildes abejares!...   ¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano cercado de colinas y crestas militares, alcores y roquedas del yermo castellano, fantasmas de robledos y sombras de encinares!   En la desesperanza y en la melancolía de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía, por los floridos valles, mi corazón te lleva.
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Recuerdos
Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales cargados de perfume, y el campo enverdecido, abiertos los jazmines, maduros los trigales, azules las montañas y el olivar florido; Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles; y al sol de abril los huertos colmados de azucenas, y los enjambres de oro, para libar sus mieles dispersos en los campos, huir de sus colmenas; yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares, barriendo el cierzo helado tu campo empedernido; y en sierras agrias sueño -¡Urbión, sobre pinares! ¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!-Y pienso: Primavera, como un escalofrío irá a cruzar el alto solar del romancero, ya verdearán de chopos las márgenes del río.¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas, y la roqueda parda más de un zarzal en flor; ya los rebaños blancos, por entre grises peñas, hacia los altos prados conducirá el pastor.   ¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas que vais al joven Duero, rebaños de merinos, con rumbo hacia las altas praderas numantinas,  por las cañadas hondas y al sol de los caminos hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo, montañas, serrijones, lomazos, parameras, en donde reina el águila, por donde busca el cuervo su infecto expoliario; menudas sementeras cual sayos cenicientos, casetas y majadas entre desnuda roca, arroyos y hontanares donde a la tarde beben las yuntas fatigadas, dispersos huertecillos, humildes abejares!...   ¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano cercado de colinas y crestas militares, alcores y roquedas del yermo castellano, fantasmas de robledos y sombras de encinares!   En la desesperanza y en la melancolía de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía, por los floridos valles, mi corazón te lleva.
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No era cosa de no vivir, tampoco era por cobardía, no era que no entendía, los conceptos del tiempo. Es que su tiempo se había empotrado a un momento. Se sentía abatida, se sentía consumida, en batallas con fichas sin triunfo y sin fecha de caducidad. Las praderas no eran llanas, tampoco eran templadas. Las colinas siempre planas, y sus planes se volatizaban, entre el humo en la distante bruma, que bromaba a sus espaldas. Las mañana siempre oscura, y la noche y su negrura- en su pecho se enclaban. No era cosa de no vivir, vivía, respiraba, trabajaba. Mas habitaba en su alma la cansancio del mañana. Los espectros del pasado en su mente moraban, espantando al presente y el gozo de pertenecerle. No era cosa de no vivir, una sonrisa se escapaba en un sorbo de café que husmeara a esperanza. No era cosa de no vivir, un paso siempre daba a la aterrante espera de lo que relegara la suerte y lo que ella anhelaba. No le temía a la muerte, a su casa la invitaba, que se sentara en su sofá que le contara de paraísos y de lo que al otro lado se encontraba. No le temía a la muerte, temía el siempre vivir cansada. LeydisProse 9/29/2017 https://www.facebook.com/LeydisProse/
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Oct 2, 2017
Oct 2, 2017 at 9:32 AM UTC
No era la muerte lo que le asustaba!
Flota un áspero olor de hinojos y de espinos. Enfrente, la montaña se alza riscosa, agreste, Con la cresta empolvada de neblina celeste Y la planta en el borde de andariegos caminos. Frescura de agua viva, pastos altos y finos, Praderas patriarcales de esmeraldina verte, Cual serpiente negra dormida en el oeste, Un bosque susurrante de cedros y de pinos. Se ensanchan los pulmones con el vaho bravío De los cardos ceñidos de cuentas de rocío. Pasa un pastor cetrino con un blanco rebaño. Después una zagala rubia como una espiga. Y ríe la mañana placentera y amiga, Bajo el sol que madura las cosechas del año.
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Cuadro
Cuando se fueron todos, yo me quedé a solas con mi alma. Plaza cuadrada, con su fuente sin una lágrima de agua. Balcones de piedra y de hierro. Tejados de teja dorada. Vencejos de la primavera por el aire de la mañana... Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas, besarte la boca de tiempo donde el polvo seca la lágrima. Qué descanso poner mi oído sobre tu madera encantada, apurar las gotas de música de la caja de tu guitarra, recordar, preguntar, soñar ahora que nada importa nada... (Borro los pájaros. Enciendo un cáliz de oro ante una acacia Y, de pronto, un rumor lejano, como de mar que se desata, órgano de oro que libera sus ruiseñores y sus aguas, viento del sur que pulsa y sopla espigas y juncos y cañas... Ya los balcones solitarios se han poblado de hombres que cantan, de hombres que sueñan y se yerguen en el umbral de la mañana. Las flores doblan su carmín allá en las praderas lejanas. Las piedras sacuden el yugo de los siglos que las encantan. Todo resurge, clama, vive, mueve sus pies, pezuñas, alas, arde en la hoguera del instante, hinche los mares y montañas, desborda el tiempo, como un pájaro que abre la puerta de su jaula. Y, vencido el tiempo, en las manos de Dios se duerme, que lo canta...) Cuando se fueron todos, yo me quedé a solas con mi alma. Plaza cuadrada, con su fuente sin una lágrima de agua. Abril, blandiendo por el cielo su acero pálido de espalda. Qué sosiego tocarte, verte, abrazarte con mis miradas, apurar las gotas de música de la caja de tu guitarra, vagar sin fin y sin origen sobre tus piedras hechizadas... Andar sintiendo el alma muerta, Dios mío, ya sin esperanza
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Plaza sola
Cuando se fueron todos, yo me quedé a solas con mi alma. Plaza cuadrada, con su fuente sin una lágrima de agua. Balcones de piedra y de hierro. Tejados de teja dorada. Vencejos de la primavera por el aire de la mañana... Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas, besarte la boca de tiempo donde el polvo seca la lágrima. Qué descanso poner mi oído sobre tu madera encantada, apurar las gotas de música de la caja de tu guitarra, recordar, preguntar, soñar ahora que nada importa nada... (Borro los pájaros. Enciendo un cáliz de oro ante una acacia Y, de pronto, un rumor lejano, como de mar que se desata, órgano de oro que libera sus ruiseñores y sus aguas, viento del sur que pulsa y sopla espigas y juncos y cañas... Ya los balcones solitarios se han poblado de hombres que cantan, de hombres que sueñan y se yerguen en el umbral de la mañana. Las flores doblan su carmín allá en las praderas lejanas. Las piedras sacuden el yugo de los siglos que las encantan. Todo resurge, clama, vive, mueve sus pies, pezuñas, alas, arde en la hoguera del instante, hinche los mares y montañas, desborda el tiempo, como un pájaro que abre la puerta de su jaula. Y, vencido el tiempo, en las manos de Dios se duerme, que lo canta...) Cuando se fueron todos, yo me quedé a solas con mi alma. Plaza cuadrada, con su fuente sin una lágrima de agua. Abril, blandiendo por el cielo su acero pálido de espalda. Qué sosiego tocarte, verte, abrazarte con mis miradas, apurar las gotas de música de la caja de tu guitarra, vagar sin fin y sin origen sobre tus piedras hechizadas... Andar sintiendo el alma muerta, Dios mío, ya sin esperanza
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