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"pompa" poems
¡Cuán solitaria la nación que un día poblara inmensa gente! ¡La nación cuyo imperio se extendía del Ocaso al Oriente!   Lágrimas viertes, infeliz ahora, soberana del mundo, ¡y nadie de tu faz encantadora borra el dolor profundo!   Oscuridad y luto tenebroso en ti vertió la muerte, y en su furor el déspota sañoso se complació en tu suerte.   No perdonó lo hermoso, patria mía; cayó el joven guerrero, cayó el anciano, y la segur impía manejó placentero.   So la rabia cayó la virgen pura del déspota sombrío, como eclipsa la rosa su hermosura en el sol del estío.   ¡Oh vosotros, del mundo, habitadores!, contemplad mi tormento: ¿Igualarse podrán ¡ah!, qué dolores al dolor que yo siento?   Yo desterrado de la patria mía, de una patria que adoro, perdida miro su primer valía, y sus desgracias lloro.   Hijos espurios y el fatal tirano sus hijos han perdido, y en campo de dolor su fértil llano tienen ¡ay!, convertido.   Tendió sus brazos la agitada España, sus hijos implorando; sus hijos fueron, mas traidora saña desbarató su bando.   ¿Qué se hicieron tus muros torreados? ¡Oh mi patria querida! ¿Dónde fueron tus héroes esforzados, tu espada no vencida?   ¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente está el rubor grabado: a sus ojos caídos tristemente el llanto está agolpado.   Un tiempo España fue: cien héroes fueron en tiempos de ventura, y las naciones tímidas la vieron vistosa en hermosura.   Cual cedro que en el Líbano se ostenta, su frente se elevaba; como el trueno a la virgen amedrenta, su voz las aterraba.   Mas ora, como piedra en el desierto, yaces desamparada, y el justo desgraciado vaga incierto allá en tierra apartada.   Cubren su antigua pompa y poderío pobre yerba y arena, y el enemigo que tembló a su brío burla y goza en su pena.   Vírgenes, destrenzad la cabellera y dadla al vago viento: acompañad con arpa lastimera mi lúgubre lamento.   Desterrados ¡oh Dios!, de nuestros lares, lloremos duelo tanto: ¿quién calmará ¡oh España!, tus pesares?, ¿quién secará tu llanto?
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A la patria
¡Cuán solitaria la nación que un día poblara inmensa gente! ¡La nación cuyo imperio se extendía del Ocaso al Oriente!   Lágrimas viertes, infeliz ahora, soberana del mundo, ¡y nadie de tu faz encantadora borra el dolor profundo!   Oscuridad y luto tenebroso en ti vertió la muerte, y en su furor el déspota sañoso se complació en tu suerte.   No perdonó lo hermoso, patria mía; cayó el joven guerrero, cayó el anciano, y la segur impía manejó placentero.   So la rabia cayó la virgen pura del déspota sombrío, como eclipsa la rosa su hermosura en el sol del estío.   ¡Oh vosotros, del mundo, habitadores!, contemplad mi tormento: ¿Igualarse podrán ¡ah!, qué dolores al dolor que yo siento?   Yo desterrado de la patria mía, de una patria que adoro, perdida miro su primer valía, y sus desgracias lloro.   Hijos espurios y el fatal tirano sus hijos han perdido, y en campo de dolor su fértil llano tienen ¡ay!, convertido.   Tendió sus brazos la agitada España, sus hijos implorando; sus hijos fueron, mas traidora saña desbarató su bando.   ¿Qué se hicieron tus muros torreados? ¡Oh mi patria querida! ¿Dónde fueron tus héroes esforzados, tu espada no vencida?   ¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente está el rubor grabado: a sus ojos caídos tristemente el llanto está agolpado.   Un tiempo España fue: cien héroes fueron en tiempos de ventura, y las naciones tímidas la vieron vistosa en hermosura.   Cual cedro que en el Líbano se ostenta, su frente se elevaba; como el trueno a la virgen amedrenta, su voz las aterraba.   Mas ora, como piedra en el desierto, yaces desamparada, y el justo desgraciado vaga incierto allá en tierra apartada.   Cubren su antigua pompa y poderío pobre yerba y arena, y el enemigo que tembló a su brío burla y goza en su pena.   Vírgenes, destrenzad la cabellera y dadla al vago viento: acompañad con arpa lastimera mi lúgubre lamento.   Desterrados ¡oh Dios!, de nuestros lares, lloremos duelo tanto: ¿quién calmará ¡oh España!, tus pesares?, ¿quién secará tu llanto?
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Sí, yo amaba lo azul con ardimiento: las montañas excelsas, los sutiles crespones de zafir del firmamento, el piélago sin fin, cuyo lamento arrulló mis ensueños juveniles. Callaba mi laúd cuando despliega cada estrella purísima su broche, el universo en la quietud navega, y la luna, hoz de plata, surge y siega el haz d'espesas sombras de la noche. Cantaba, si l'aurora descorría en el Oriente sus rosados velos, si el aljófar al campo descendía, y el sol, urna de oro que se abría, inundaba de luz todos los cielos. Mas hoy amo la noche, la galana, de dulce majestad, horas tranquilas y solemnes, la nubia soberana, la d'espléndida pompa americana: ¡la noche tropical de tus pupilas! Hoy esquivo del alba los sonrojos, su saeta de oro me maltrata, y el corazón, sin pena y sin enojos, tan sólo ante lo ***** de tus ojos como el iris del búho se dilata. ¿Qu'encanto hubiera semejante al tuyo, oh, noche mía? ¡Tu beldad me asombra! Yo, qu'esplendores matutinos huyo, ¡dejo el alma que agite, cual cocuyo, sus alas coruscantes en tu sombra! Si siempre he de sentir esa mirada fija en mi rostro, poderosa y tierna, ¡adiós, por siempre adiós, rubia alborada!; doncella de la veste sonrosada: ¡que reine en mi redor la noche eterna! ¡Oh, noche! Ven a mí llena d'encanto; mientras con vuelo misterioso avanzas, nada más para ti será mi canto, y en los brunos repliegues de tu manto, su cáliz abrirán mis esperanzas...
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Perlas negras - xxix
¡Salve llama creadora del mundo, lengua ardiente de eterno saber, pero germen, principio fecundo que encadenas la muerte a tus pies! Tú la inerte materia espoleas, tú la ordenas juntarse a vivir, tú su lodo modelas, y creas miles de seres de formas sin fin. Desbarata tus obras en vano vencedora la muerte talvéz; de sus restos levanta tu mano nuevas obras triunfante otra vez. Tú la hoguera del sol alimentas, tú revistes los cielos de azúl, tú la luna en las sombras de argentas, tú coronas la aurora de luz. Gratos ecos al bosque sombrío, verde pompa a los árboles das, melancólica música al río, ronco grito a las olas del mar. Tú el aroma en las flores exhalas, en los valles suspiras de amor, tú murmuras del aura en las alas, en el Bóreas retumba tu voz. Tú derramas el oro en la tierra en arroyos de hirviente metal; Tú abrillantas la perla que encierra en su abismo profundo la mar. Tú las cárdenas nubes extiendes ***** manto que agita Aquilón; con tu aliento los aires enciendes, tus rugidos infunden pavor. Tú eres pura simiente de vida, manatial sempiterno del bien; luz del mismo Hacedor desprendida, juventud y hermosura es tu ser. Tú eres fuerza secreta que el mundo en sus ejes impulsa a rodar, sentimiento armonioso y profundo de los orbes que anima tu faz. De tus obras los siglos que vuelan incansables artífices son, del espíritu ardiente cincelan y embellecen la estrecha prisión. Tú en violento, veloz torbellino, los empujas enérgica, y van; y adelante en tu raudo camino a otros siglos ordenas llegar. Hombre débil, levanta la frente, pon tu labio en su eterno raudal; tú serás como el sol en Oriente, tú serás, como el mundo, inmortal.
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Himno a la inmortalidad
¡Salve llama creadora del mundo, lengua ardiente de eterno saber, pero germen, principio fecundo que encadenas la muerte a tus pies! Tú la inerte materia espoleas, tú la ordenas juntarse a vivir, tú su lodo modelas, y creas miles de seres de formas sin fin. Desbarata tus obras en vano vencedora la muerte talvéz; de sus restos levanta tu mano nuevas obras triunfante otra vez. Tú la hoguera del sol alimentas, tú revistes los cielos de azúl, tú la luna en las sombras de argentas, tú coronas la aurora de luz. Gratos ecos al bosque sombrío, verde pompa a los árboles das, melancólica música al río, ronco grito a las olas del mar. Tú el aroma en las flores exhalas, en los valles suspiras de amor, tú murmuras del aura en las alas, en el Bóreas retumba tu voz. Tú derramas el oro en la tierra en arroyos de hirviente metal; Tú abrillantas la perla que encierra en su abismo profundo la mar. Tú las cárdenas nubes extiendes ***** manto que agita Aquilón; con tu aliento los aires enciendes, tus rugidos infunden pavor. Tú eres pura simiente de vida, manatial sempiterno del bien; luz del mismo Hacedor desprendida, juventud y hermosura es tu ser. Tú eres fuerza secreta que el mundo en sus ejes impulsa a rodar, sentimiento armonioso y profundo de los orbes que anima tu faz. De tus obras los siglos que vuelan incansables artífices son, del espíritu ardiente cincelan y embellecen la estrecha prisión. Tú en violento, veloz torbellino, los empujas enérgica, y van; y adelante en tu raudo camino a otros siglos ordenas llegar. Hombre débil, levanta la frente, pon tu labio en su eterno raudal; tú serás como el sol en Oriente, tú serás, como el mundo, inmortal.
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Honda, inmóvil, letárgica laguna que semeja el sepulcro de la luna, se tiende hasta el ilímite horizonte, y a la tristeza vesperal se aduna un viento de ultramar y de ultramonte. Cantan en el crepúsculo y un leve son de esquila vuela en el éter trémulo. Que mi rumor se extinga blando, tenue, ola en onda, onda en pompa, pompa en iris, como vágulo aroma en la memoria; y me reintegre a la epopeya trunca en la ciudad de nieblas de mi gloria. Cantan en el crepúsculo. ¡Armonía! Y que olvide la brega transitoria, y el no ser más -y el no ser menos nunca-, del hilo de oro del collar del día. ¡Armonía! ¡Armonía! Y el ancla suelte a místicas regiones, no humano ya mi desear: divino mi poseer, mientras en el desmayo del crepúsculo rueda sobre los ásperos terrones el carro del campesino, y fulgura, real, tras el velo de mis lágrimas, erigida por mi dolor con el mármol de mi poesía -¡y mía, mía, mía!- mi nebúlea azulina Acuarimántima. ¡Armonía! ¡Armonía!
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Acuarimántima ix
El dulce niño pone el sentimiento entre la pompa de jabón que fía el lirio de su mano a la extensión. El dulce niño pone el sentimiento y el contento en la pompa de jabón. Yo pongo el corazón -¡pongo el lamento! entre la pompa de ilusión del día, en la mentira azul de la extensión. El dulce niño pone el sentimiento y el contento. Yo pongo el corazón...
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Canción del tiempo y el espacio
Más allá de los símbolos, más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios, más allá de la aberración del gramático que ve en la historia del hidalgo que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue, no una amistad y una alegría sino un herbario de arcaísmos y un refranero, estás, España silenciosa, en nosotros. España del bisonte, que moriría por el hierro o el rifle, en las praderas del ocaso, en Montana, España donde Ulises descendió a la Casa de Hades, España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma, España de los duros visigodos, de estirpe escandinava, que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas, pastor de pueblos, España del Islam, de la cábala y de la Noche Oscura del Alma, España de los inquisidores, que padecieron el destino de ser verdugos y hubieran podido ser mártires, España de la larga aventura que descifró los mares y redujo crueles imperios y que prosigue aquí, en Buenos Aires, en este atardecer del mes de julio de 1964, España de la otra guitarra, la desgarrada, no la humilde, la nuestra, España de los patios, España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios, España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad, España del inútil coraje, podemos profesar otros amores, podemos olvidarte como olvidamos nuestro propio pasado, porque inseparablemente estás en nosotros, en los íntimos hábitos de la sangre, en los Acevedo y los Suárez de mi linaje, España, madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones, incesante y fatal.
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España
Más allá de los símbolos, más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios, más allá de la aberración del gramático que ve en la historia del hidalgo que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue, no una amistad y una alegría sino un herbario de arcaísmos y un refranero, estás, España silenciosa, en nosotros. España del bisonte, que moriría por el hierro o el rifle, en las praderas del ocaso, en Montana, España donde Ulises descendió a la Casa de Hades, España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma, España de los duros visigodos, de estirpe escandinava, que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas, pastor de pueblos, España del Islam, de la cábala y de la Noche Oscura del Alma, España de los inquisidores, que padecieron el destino de ser verdugos y hubieran podido ser mártires, España de la larga aventura que descifró los mares y redujo crueles imperios y que prosigue aquí, en Buenos Aires, en este atardecer del mes de julio de 1964, España de la otra guitarra, la desgarrada, no la humilde, la nuestra, España de los patios, España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios, España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad, España del inútil coraje, podemos profesar otros amores, podemos olvidarte como olvidamos nuestro propio pasado, porque inseparablemente estás en nosotros, en los íntimos hábitos de la sangre, en los Acevedo y los Suárez de mi linaje, España, madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones, incesante y fatal.
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¡Tantos que van abriéndose, jardines,                     celestes, y en el agua! Por el azul, espumas, nubecillas,                     ¡tantas corolas blancas! Presente, este vergel, ¿de dónde brota,                     si anoche aquí no estaba? Antes que llegue el día, labradora,                     la aurora se levanta, y empieza su quehacer: urdir futuros.                     Estrellas rezagadas. las luces que aún recoge por los cielos                     por el mar va a sembrarlas. Nacen con el albor olas y nubes.                     ¡Primavera, qué rápida! Esa apenas capullo -nube-, en rosa,                     en oro, en gloria, estalla. Blancas vislumbres, flores fugacísimas                     florecen por las campas de otro azul. Si una espuma se deshoja,                     -pétalos por la playa-, se abren mil; que el rosal de donde suben                     es rosal que no acaba. De esplendores corona el mediodía                     el trabajo del alba. Ya se ve en brillo, en ola, en pompa, en nube                     la cosecha granada. Una estación se abrevia: es una hora.                     Lo que la tierra tarda tanto en llevar a tallos impacientes                     lo trae una mañana. ¿La aurora? Es la frecuente, la celeste,                     primavera diaria; por el azul, sin esperar abriles,                     sus abriles desata. ¿De dónde su poder, el velocísimo                     impulso de su savia? Obediencia. A la luz. Pura obediencia,                     ella, en su cenit, manda. Espacios a su seña se oscurecen,                     a su seña se aclaran. El mar no cría cosa que dé sombra;                     para la luz se guarda. Y ella le cubre su verdad de mitos:                     la luz, eterna magia.
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Variación ii
¡Tantos que van abriéndose, jardines,                     celestes, y en el agua! Por el azul, espumas, nubecillas,                     ¡tantas corolas blancas! Presente, este vergel, ¿de dónde brota,                     si anoche aquí no estaba? Antes que llegue el día, labradora,                     la aurora se levanta, y empieza su quehacer: urdir futuros.                     Estrellas rezagadas. las luces que aún recoge por los cielos                     por el mar va a sembrarlas. Nacen con el albor olas y nubes.                     ¡Primavera, qué rápida! Esa apenas capullo -nube-, en rosa,                     en oro, en gloria, estalla. Blancas vislumbres, flores fugacísimas                     florecen por las campas de otro azul. Si una espuma se deshoja,                     -pétalos por la playa-, se abren mil; que el rosal de donde suben                     es rosal que no acaba. De esplendores corona el mediodía                     el trabajo del alba. Ya se ve en brillo, en ola, en pompa, en nube                     la cosecha granada. Una estación se abrevia: es una hora.                     Lo que la tierra tarda tanto en llevar a tallos impacientes                     lo trae una mañana. ¿La aurora? Es la frecuente, la celeste,                     primavera diaria; por el azul, sin esperar abriles,                     sus abriles desata. ¿De dónde su poder, el velocísimo                     impulso de su savia? Obediencia. A la luz. Pura obediencia,                     ella, en su cenit, manda. Espacios a su seña se oscurecen,                     a su seña se aclaran. El mar no cría cosa que dé sombra;                     para la luz se guarda. Y ella le cubre su verdad de mitos:                     la luz, eterna magia.
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Maravillas de otra edad; Prodigios de lo pasado; Páginas que no ha estudiado La indolente humanidad. ¿Por qué vuestra majestad Causa entusiasmo y pavor? Porque de tanto esplendor Y de tantas muertas galas, Están batiendo las alas Los siglos en derredor. Muda historia de granito Que erguida en pie te mantienes, ¿Qué nos escondes? ¿Qué tienes Por otras razas escrito? Cada inmenso monolito, Del arte eximio trabajo, ¿Quién lo labró? ¿Quién lo trajo A do nadie lo derriba? Lo saben, Dios allá arriba; La soledad aquí abajo. Cada obelisco de pie Me dice en muda arrogancia: Tú eres dudas e ignorancia, Yo soy el arte y la fe, Semejan de lo que fue Los muros viejos guardianes… ¡Qué sacrificios! ¡qué afanes Revela lo que contemplo! Labrado está cada templo No por hombres, por titanes. En nuestros tiempos ¿qué son Los ritos, usos y leyes, De sacerdotes y reyes Que aquí hicieron oración? Una hermosa tradición Cuya antigüedad arredra; Ruinas que viste la yedra Y que adorna el jaramago: ¡La epopeya del estrago Escrita en versos de piedra! Del palacio la grandeza; Del templo la pompa extraña; La azul y abrupta montaña Convertida en fortaleza; Todo respira tristeza, Olvido, luto, orfandad; ¡Aun del so l la claridad Se torna opaca y medrosa En la puerta misteriosa De la negra eternidad! Despojo de lo ignorado, Busca un trono la hoja seca En la multitud greca Del frontón desportillado. Al penate derribado La ortiga encubre y escuda; Ya socavó mano ruda La perdurable muralla… Viajero: medita y calla… ¡Lo insondable nos saluda! Sabio audaz, no inquieras nada, Que no sabrás más que yo; Aquí una raza vivió Heroica y civilizada; Extinta o degenerada, Sin renombre y sin poder, De su misterioso ser Aquí el esplendor se esconde Y aquí sólo Dios responde ¡Y Dios no ha de responder!
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En las ruinas de mitla
Maravillas de otra edad; Prodigios de lo pasado; Páginas que no ha estudiado La indolente humanidad. ¿Por qué vuestra majestad Causa entusiasmo y pavor? Porque de tanto esplendor Y de tantas muertas galas, Están batiendo las alas Los siglos en derredor. Muda historia de granito Que erguida en pie te mantienes, ¿Qué nos escondes? ¿Qué tienes Por otras razas escrito? Cada inmenso monolito, Del arte eximio trabajo, ¿Quién lo labró? ¿Quién lo trajo A do nadie lo derriba? Lo saben, Dios allá arriba; La soledad aquí abajo. Cada obelisco de pie Me dice en muda arrogancia: Tú eres dudas e ignorancia, Yo soy el arte y la fe, Semejan de lo que fue Los muros viejos guardianes… ¡Qué sacrificios! ¡qué afanes Revela lo que contemplo! Labrado está cada templo No por hombres, por titanes. En nuestros tiempos ¿qué son Los ritos, usos y leyes, De sacerdotes y reyes Que aquí hicieron oración? Una hermosa tradición Cuya antigüedad arredra; Ruinas que viste la yedra Y que adorna el jaramago: ¡La epopeya del estrago Escrita en versos de piedra! Del palacio la grandeza; Del templo la pompa extraña; La azul y abrupta montaña Convertida en fortaleza; Todo respira tristeza, Olvido, luto, orfandad; ¡Aun del so l la claridad Se torna opaca y medrosa En la puerta misteriosa De la negra eternidad! Despojo de lo ignorado, Busca un trono la hoja seca En la multitud greca Del frontón desportillado. Al penate derribado La ortiga encubre y escuda; Ya socavó mano ruda La perdurable muralla… Viajero: medita y calla… ¡Lo insondable nos saluda! Sabio audaz, no inquieras nada, Que no sabrás más que yo; Aquí una raza vivió Heroica y civilizada; Extinta o degenerada, Sin renombre y sin poder, De su misterioso ser Aquí el esplendor se esconde Y aquí sólo Dios responde ¡Y Dios no ha de responder!
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Esta vez, arrastrando briosa sus pobrezas al sesgo de mi pompa delantera, coteja su coturno con mi traspié sin taco, la primavera exacta de picotón de buitre. La perdí en cuanto tela de mis despilfarros, juguéla en cuanto pomo de mi aplauso; el termómetro puesto, puesto el fin, puesto el gusano, contusa mi doblez del otro Tia, aguardéla al arrullo de un grillo fugitivo y despedía uñoso, somático, sufrido. Veces latentes de astro, ocasiones de ser gallina negra, entabló la bandida primavera con mi chusma de aprietos, con mis apocamientos en camisa, mi derecho soviético y mi gorra. Veces las del bocado lauríneo, con símbolos, tabaco, mundo y carne, deglusión translaticia bajo palio, al són de los testículos cantores; talentoso torrente el de mi suave suavidad, rebatible a pedradas, ganable con tan sólo suspirar... Flora de estilo, plena, citada en fangos de honor por rosas auditivas... Respingo, coz, patada sencilla, triquiñuela adorada... Cantan... Sudan...
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Primavera tuberosa
Esta casa no es la que era. En esta casa había antes lagartijas, jarras, erizos, pintores, nubes, madreselvas, olas plegadas, amapolas, humo de hogueras... Esta casa no es la que era. Fue una caja de guitarra. Nunca se habló de fibromas, de porvenires, de pasados, de lejanías. Nunca pulsó nadie el bordón del grave acento: «nos queremos, te quiero, me quieres, nos quieren...» No podíamos ser solemnes, pues qué hubieran pensado entonces el gato, con su traje verde, el galápago, el ratón blanco, el girasol acromegálico... Esta casa no es la que era. Ha empezado a andar, paso a paso. Va abandonándonos sin prisa. Si hubiera ardido en pompa, todos, correríamos a salvarnos. Pero así, nos da tiempo a todo: a recoger cosas que ahora advertimos que no existían; a decirnos adiós, corteses; a recorrer, indiferentes, las paredes que tosen, donde proyectó su sombra la adelfa, sombra y ceniza de los días. Esta casa estuvo primero varada en una playa. Luego, puso proa a azules más hondos. Cantaba la tripulación. Nada podían contra ella las horas y los vendavales. Pero ahora se disuelve, como un terrón de azúcar en agua. Qué pensará el gato feudal al saber que no tiene alma; y los ajos, qué pensarán el domingo los ajos, qué pensarán el barril de orujo, el tomillo, el cantueso, cuando se miren al espejo y vean su cara cubierta de arrugas. Qué pensarán cuando se sepan olvidados de quienes fueron la prueba de su juventud, el signo de su eternidad, el pararrayos de la muerte. Esta casa no es la que era. Compasivamente, en la noche, sigue acunándonos.
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La casa
Esta casa no es la que era. En esta casa había antes lagartijas, jarras, erizos, pintores, nubes, madreselvas, olas plegadas, amapolas, humo de hogueras... Esta casa no es la que era. Fue una caja de guitarra. Nunca se habló de fibromas, de porvenires, de pasados, de lejanías. Nunca pulsó nadie el bordón del grave acento: «nos queremos, te quiero, me quieres, nos quieren...» No podíamos ser solemnes, pues qué hubieran pensado entonces el gato, con su traje verde, el galápago, el ratón blanco, el girasol acromegálico... Esta casa no es la que era. Ha empezado a andar, paso a paso. Va abandonándonos sin prisa. Si hubiera ardido en pompa, todos, correríamos a salvarnos. Pero así, nos da tiempo a todo: a recoger cosas que ahora advertimos que no existían; a decirnos adiós, corteses; a recorrer, indiferentes, las paredes que tosen, donde proyectó su sombra la adelfa, sombra y ceniza de los días. Esta casa estuvo primero varada en una playa. Luego, puso proa a azules más hondos. Cantaba la tripulación. Nada podían contra ella las horas y los vendavales. Pero ahora se disuelve, como un terrón de azúcar en agua. Qué pensará el gato feudal al saber que no tiene alma; y los ajos, qué pensarán el domingo los ajos, qué pensarán el barril de orujo, el tomillo, el cantueso, cuando se miren al espejo y vean su cara cubierta de arrugas. Qué pensarán cuando se sepan olvidados de quienes fueron la prueba de su juventud, el signo de su eternidad, el pararrayos de la muerte. Esta casa no es la que era. Compasivamente, en la noche, sigue acunándonos.
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Tu cuarteto es cuadriga de águilas bravas que aman las tempestades, los Oceanos; las pesadas tizonas, las férreas clavas, son las armas forjadas para tus manos.Tu idea tiene cráteres y vierte lavas; del Arte, recorriendo montes y llanos, van tus rudas estrofas, jamás esclavas, como un tropel de búfalos americanos.Lo que suena en tu lira lejos resuena, como cuando habla el bóreas, o cuando truena. ¡Hijo del Nuevo Mundo! la humanidadoiga, sobre la frente de las naciones, la hímnica pompa lírica de tus canciones que saludan triunfantes la Libertad.
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Medallones - v
Herido y muerto, hermano, criatura veraz, republicana, están andando en tu trono, desde que tu espinazo cayó famosamente; están andando, pálido, en tu edad flaca y anual, laboriosamente absorta ante los vientos. Guerrero en ambos dolores, siéntate a oír, acuéstate al pie del palo súbito, inmediato de tu trono; voltea; están las nuevas sábanas, extrañas; están andando, hermano, están andando. Han dicho: «Cómo! Dónde!...», expresándose en trozos de paloma, y los niños suben sin llorar a tu polvo. Ernesto Zúñiga, duerme con la mano puesta, con el concepto puesto, en descanso tu paz, en paz tu guerra. Herido mortalmente de vida, camarada, camarada jinete, camarada caballo entre hombre y fiera, tus huesecillos de alto y melancólico dibujo forman pompa española, pompa laureada de finísimos andrajos! Siéntate, pues, Ernesto, oye que están andando, aquí, en tu trono, desde que tu tobillo tiene canas. ¿Qué trono? ¡Tu zapato derecho! ¡Tu zapato!
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Vi
Yo vi la grande y alta jerarquía Del Magno, invicto y santo Rey Tercero En esta casa, y conocí Lucero Al que en sagradas Púrpuras ardía. Hoy, desierta de tanta Monarquía Y del Nieto, magnánimo heredero, Yace; pero arde en glorias de su acero, Como en la pompa que ostentar solía. Menos envidia teme aventurado Que venturoso: el Mérito procura, Los Premios aborrece escarmentado. ¡Oh amable, si desierta Arquitectura, Más hoy, al que te ve desengañado, Que cuando frecuentada en tu ventura!
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A la huerta del duque de lerma, favorecida y ocupada muchas veces del señor rey don felipe iii, y olvidada hoy de igual concurso
Pobres poetas a quienes la vida y la muerte persiguieron con la misma tenacidad sombría y luego son cubiertos por impasible pompa entregados al rito y al diente funerario. Ellos -oscuros como piedrecitas- ahora detrás de los caballos arrogantes, tendidos van, gobernados al fin por los intrusos, entre los edecanes, a dormir sin silencio. Antes y ya seguros de que está muerto el muerto hacen de las exequias un festín miserable con pavos, puercos y otros oradores. Acecharon su muerte y entonces la ofendieron: sólo porque su boca está cerrada y ya no puede contestar su canto.
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Soneto lix
Con la primavera mis sueños se llenan de rosas, lo mismo que las escaleras orilla del río. Con la primavera mis rosas se llenan de pompas, lo mismo que las torrenteras orilla del río. Con la primavera mis pompas se llenan de risas, lo mismo que las ventoleras orilla del río.
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Rosa, pompa, risa