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"platino" poems
Cebolla luminosa redoma, pétalo a pétalo se formó tu hermosura, escamas de cristal te acrecentaron y en el secreto de la tierra oscura se redondeó tu vientre de rocío. Bajo la tierra fue el milagro y cuando apareció tu torpe tallo verde, y nacieron tus hojas como espadas en el huerto, la tierra acumuló su poderío mostrando tu desnuda transparencia, y como en Afrodita el mar remoto duplicó la magnolia levantando sus senos, la tierra así te hizo, cebolla, clara como un planeta, y destinada a relucir, constelación constante, redonda rosa de agua, sobre la mesa de las pobres gentes. Generosa deshaces tu globo de frescura en la consumación ferviente de la olla, y el jirón de cristal al calor encendido del aceite se transforma en rizada pluma de oro. También recordaré cómo fecunda tu influencia el amor de la ensalada y parece que el cielo contribuye dándote fina forma de granizo a celebrar tu claridad picada sobre los hemisferios de un tomate. Pero al alcance de las manos del pueblo, regada con aceite, espolvoreada con un poco de sal, matas el hambre del jornalero en el duro camino. Estrella de los pobres, hada madrina envuelta en delicado papel, sales del suelo, eterna, intacta, pura como semilla de astro, y al cortarte el cuchillo en la cocina sube la única lágrima sin pena. Nos hiciste llorar sin afligirnos. Yo cuanto existe celebré, cebolla, pero para mí eres más hermosa que un ave de plumas cegadoras, eres para mis ojos globo celeste, copa de platino, baile inmóvil de anémona nevada y vive la fragancia de la tierra en tu naturaleza cristalina.
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Oda a la cebolla
Cebolla luminosa redoma, pétalo a pétalo se formó tu hermosura, escamas de cristal te acrecentaron y en el secreto de la tierra oscura se redondeó tu vientre de rocío. Bajo la tierra fue el milagro y cuando apareció tu torpe tallo verde, y nacieron tus hojas como espadas en el huerto, la tierra acumuló su poderío mostrando tu desnuda transparencia, y como en Afrodita el mar remoto duplicó la magnolia levantando sus senos, la tierra así te hizo, cebolla, clara como un planeta, y destinada a relucir, constelación constante, redonda rosa de agua, sobre la mesa de las pobres gentes. Generosa deshaces tu globo de frescura en la consumación ferviente de la olla, y el jirón de cristal al calor encendido del aceite se transforma en rizada pluma de oro. También recordaré cómo fecunda tu influencia el amor de la ensalada y parece que el cielo contribuye dándote fina forma de granizo a celebrar tu claridad picada sobre los hemisferios de un tomate. Pero al alcance de las manos del pueblo, regada con aceite, espolvoreada con un poco de sal, matas el hambre del jornalero en el duro camino. Estrella de los pobres, hada madrina envuelta en delicado papel, sales del suelo, eterna, intacta, pura como semilla de astro, y al cortarte el cuchillo en la cocina sube la única lágrima sin pena. Nos hiciste llorar sin afligirnos. Yo cuanto existe celebré, cebolla, pero para mí eres más hermosa que un ave de plumas cegadoras, eres para mis ojos globo celeste, copa de platino, baile inmóvil de anémona nevada y vive la fragancia de la tierra en tu naturaleza cristalina.
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Surge mi voz, y el invierno se convierte en primavera: florece la enredadera y brota el narciso tierno. Baja mi voz al averno y el fuego se torna frío. Al Dios del Cielo le envío unas décimas de amor y dice Nuestro Señor: -¿Quién es aquel pajarillo...? Ilumina el horizonte el fuego de mi palabra y piensa el pastor de cabras que se está incendiando el monte: Trunca su vuelo el sisonte, quiebra su nota el gorrión; enardecido el halcón grazna con ruido agorero y queda mudo el jilguero que canta sobre el limón. Luego, mi canto sonoro bajo la tierra se interna perforando una caverna que termina en un tesoro: Queda descubierto el oro, el platino y el diamante. Ruge Júpiter tonante, luchan Neptuno y Eolo y Orfeo le dice a Apolo: -¡Anda y dile que no cante...! Entonces calla mi voz y hay un silencio profundo como si no hubiera mundo o ya no existiera Dios. Nadie cosecha el arroz, nadie apaña el algodón. Y tirado en un rincón cuando termina mi canto, derramo tan triste canto que me duele el corazón...
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Voz
Infames secretos; que se dilatan en el zar Infames ojos, de parpadeos rápidos y miradas caóticas Rubia platino, de tez victoriana. Prófuga del amor; secreto de azares y de bares, Añoranzas bucólicas y sonrisas fatuas De amor profundo hacia el pasado, de labios malva. Incesante, llamando y buscándote a través de mí En el tiempo tácito y taciturno de noche dionisíaca. Apología a Herodes, o elegía de mis pasos muertos. La rubia platino se reía y ahí, todo me consumía, Añoranzas bucólicas, de vidas no vividas. Perdido en naufragio, moribundo en desasosiego, Errante, pensante petulante e incapaz emisario de camelos. Cómplices de nuestras acciones, rubia platino, pero víctimas Prófugo de mis remotos recuerdos; miradas tibias. Continuaba riendo, en el onírico espacio de mis pensamientos No he conocido su risa, y sin embargo                                                                                            [...ya la extraño] La lluvia pesada cae sobre charcos huecos sin reflejo Miro, de reojo, en ellos, te observo Y me pierdo.
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Jul 14, 2017
Jul 14, 2017 at 7:32 PM UTC
Crónicas Negras.
Lo que sopló el tifón contra la roca, lo que aventó el simún contra la duna, lo que el viento esparció por la ensenada,         no penetró en la bicoca. Ni el odio soterraño. Ni la envidia bajuna, ni la ambición acezante, de embaïdor atuendo, ni el logrero además, al sesgo, sinuöso,         penetró en la bicoca. Ni la saña virulenta (no la iracundia hiendo, no transito la insidia: vuelo ingrávido); ni pueril amargura (nútrome de inasibles)         penetró en la bicoca. Lo que vozna o que grazna, rahez, ávido; lo que repta, serpea, húmido, yerto; lo que exhibe su pus o su laceria,         no penetró en la bicoca. Prometeo y su buitre, ni Jesús en el huerto, (Job non me peta: ¡oh gafo Jeremías!) ni la nenia (el dolor me topó estoico)         penetró en la bicoca. Platino de las noches, similor de los días; cobre de los crepúsculos; la hecha cuotidiana; la gris tragedia fonje que desuela o inunda,         no penetró en la bicoca. Ni, plácido, el frescor lustral de la mañana al espíritu libre del inútil pequeño mester, y ni la tarde sin menester minúsculo,         penetró en la bicoca. Ni la noche del fértil sueño; ni el tras-sueño -hórrido amanecer para absurdos oficios- de la aventura lauta sin la próxima angustia,         penetró en la bicoca. Libertad ni Ocio próvido ni Holganza… (ásperas sicios sin Moisés aqüifice cuando la roca toca…) (¿tú quoque jeremítico?) La palinodia imbele         no penetro en la bicoca. Lo que sopló el tifón contra la roca, lo que aventó el simún contra la duna, lo que el viento esparció por la ensenada,         no penetró en la bicoca.
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Estancias
Lo que sopló el tifón contra la roca, lo que aventó el simún contra la duna, lo que el viento esparció por la ensenada,         no penetró en la bicoca. Ni el odio soterraño. Ni la envidia bajuna, ni la ambición acezante, de embaïdor atuendo, ni el logrero además, al sesgo, sinuöso,         penetró en la bicoca. Ni la saña virulenta (no la iracundia hiendo, no transito la insidia: vuelo ingrávido); ni pueril amargura (nútrome de inasibles)         penetró en la bicoca. Lo que vozna o que grazna, rahez, ávido; lo que repta, serpea, húmido, yerto; lo que exhibe su pus o su laceria,         no penetró en la bicoca. Prometeo y su buitre, ni Jesús en el huerto, (Job non me peta: ¡oh gafo Jeremías!) ni la nenia (el dolor me topó estoico)         penetró en la bicoca. Platino de las noches, similor de los días; cobre de los crepúsculos; la hecha cuotidiana; la gris tragedia fonje que desuela o inunda,         no penetró en la bicoca. Ni, plácido, el frescor lustral de la mañana al espíritu libre del inútil pequeño mester, y ni la tarde sin menester minúsculo,         penetró en la bicoca. Ni la noche del fértil sueño; ni el tras-sueño -hórrido amanecer para absurdos oficios- de la aventura lauta sin la próxima angustia,         penetró en la bicoca. Libertad ni Ocio próvido ni Holganza… (ásperas sicios sin Moisés aqüifice cuando la roca toca…) (¿tú quoque jeremítico?) La palinodia imbele         no penetro en la bicoca. Lo que sopló el tifón contra la roca, lo que aventó el simún contra la duna, lo que el viento esparció por la ensenada,         no penetró en la bicoca.
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Ni el color de las dunas terribles en Iquique, ni el estuario del Río Dulce de Guatemala, cambiaron tu perfil conquistado en el trigo, tu estilo de uva grande, tu boca de guitarra. Oh corazón, oh mía desde todo el silencio, desde las cumbres donde reinó la enredadera hasta las desoladas planicies del platino, en toda patria pura te repitió la tierra. Pero ni huraña mano de montes minerales, ni nieve tibetana, ni piedra de Polonia, nada alteró tu forma de cereal viajero, como si greda o trigo, guitarras o racimos de Chillán defendieran en ti su territorio imponiendo el mandato de la luna silvestre.
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Soneto xxvi