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"paran" poems
En el silencio Busco por tu voz, Un señal que por me No te sientes desprecio, Que no me vas a quedar Con tu ausencia. Quiero rogarte hasta las rodillas Que no te vayas, Que no me das una Patada en la espinilla. Pero no. Las palabras no me salen. Me siente q todos me jalen Porque en realidad No me aguanten. Chillo y chillo Hasta que reconozco Que las lagrimas no hacen nada. No paran el abandono, No paran el odio Que tienes por mi, El odio que me da ganas de morir. Lejos quiero correr, A un bosque Y nunca volver. Los pensamientos me consumen Y me quedo congelada. Me quiero morir. Hasta que Oigo a tu voz.
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Nov 6, 2024
Nov 6, 2024 at 12:32 AM UTC
No Te Vayas
Estando yo en la mi choza   pintando la mi cayada, las cabrillas altas iban   y la luna rebajada; mal barruntan las ovejas,   no paran en la majada. Vide venir siete lobos   por una oscura cañada. Venían echando suertes   cuál entrará a la majada; le tocó a una loba vieja,   patituerta, cana y parda, que tenía los colmillos   como ***** de navaja. Dio tres vueltas al redil   y no pudo sacar nada; a la otra  vuelta que dio,   sacó la borrega blanca, hija de la oveja churra,   nieta de la orejisana, la que tenían mis amos   para el domingo de Pascua. -¡Aquí, mis siete cachorros,   aquí, perra trujillana, aquí, perro el de los hierros,   a correr la loba parda! Si me cobráis la borrega,   cenaréis leche y hogaza; y si no me la cobráis,   cenaréis de mi cayada. Los perros tras de la loba   las uñas se esmigajaban; siete leguas la corrieron   por unas sierras muy agrias. Al subir un cotarrito   la loba ya va cansada: -Tomad, perros, la borrega,   sana y buena como estaba. -No queremos la borrega,   de tu boca alobadada, que queremos tu pelleja   pa' el pastor una zamarra; el rabo para correas,   para atacarse las bragas; de la cabeza un zurrón,   para meter las cucharas; las tripas para vihuelas   para que bailen las damas.
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Romance de la loba parda
Sobre la roja España blanca y roja, blanca y fosforescente, una historia de polvo se deshoja, irrumpe un sol unánime, batiente. Es un pleno de abriles, una primaveral caballería, que inunda de galopes los perfiles de España: es el ejército del sol, de la alegría. Desaparece la tristeza, el día devorador, el marchitado tallo, cuando, avasalladora llamarada, galopa la alegría en un caballo igual que una bandera desbocada. A su paso se paran los relojes, las abejas, los niños se alborotan, los vientres son más fértiles, más profusas las trojes, saltan las piedras, los lagartos trotan. Se hacen las carreteras de diamantes, el horizonte lo perturban mieses y otras visiones relampagueantes, y se sienten felices los cipreses. Avanza la alegría derrumbando montañas y las bocas avanzan como escudos. Se levanta la risa, se caen las telarañas ante el chorro potente de los dientes desnudos. La alegría es un huerto del corazón con mares que a los hombres invaden de rugidos, que a las mujeres muerden de collares y a la piel de relámpagos transidos. Alegraos por fin los carcomidos, los desplomados bajo la tristeza: salid de los vivientes ataúdes, sacad de entre las piernas la cabeza, caed en la alegría como grandes taludes. Alegres animales, la cabra, el gamo, el potro, las yeguadas, se desposan delante de los hombres contentos. Y paren las mujeres lanzando carcajadas, desplegando su carne firmamentos. Todo son jubilosos juramentos. Cigarras, viñas, gallos incendiados, los árboles del Sur: naranjos y nopales, higueras y palmeras y granados, y encima el mediodía curtiendo cereales. Se despedaza el agua en los zarzales: las lágrimas no arrasan, no duelen las espinas ni las flechas. Y se grita ¡Salud! a todos los que pasan con la boca anegada de cosechas. Tiene el mundo otra cara. Se acerca lo remoto en una muchedumbre de bocas y de brazos. Se ve la muerte como un mueble roto, como una blanca silla hecha pedazos. Salí del llanto, me encontré en España, en una plaza de hombres de fuego imperativo. Supe que la tristeza corrompe, enturbia, daña... Me alegré seriamente lo mismo que el olivo.
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Juramento de la alegría
Sobre la roja España blanca y roja, blanca y fosforescente, una historia de polvo se deshoja, irrumpe un sol unánime, batiente. Es un pleno de abriles, una primaveral caballería, que inunda de galopes los perfiles de España: es el ejército del sol, de la alegría. Desaparece la tristeza, el día devorador, el marchitado tallo, cuando, avasalladora llamarada, galopa la alegría en un caballo igual que una bandera desbocada. A su paso se paran los relojes, las abejas, los niños se alborotan, los vientres son más fértiles, más profusas las trojes, saltan las piedras, los lagartos trotan. Se hacen las carreteras de diamantes, el horizonte lo perturban mieses y otras visiones relampagueantes, y se sienten felices los cipreses. Avanza la alegría derrumbando montañas y las bocas avanzan como escudos. Se levanta la risa, se caen las telarañas ante el chorro potente de los dientes desnudos. La alegría es un huerto del corazón con mares que a los hombres invaden de rugidos, que a las mujeres muerden de collares y a la piel de relámpagos transidos. Alegraos por fin los carcomidos, los desplomados bajo la tristeza: salid de los vivientes ataúdes, sacad de entre las piernas la cabeza, caed en la alegría como grandes taludes. Alegres animales, la cabra, el gamo, el potro, las yeguadas, se desposan delante de los hombres contentos. Y paren las mujeres lanzando carcajadas, desplegando su carne firmamentos. Todo son jubilosos juramentos. Cigarras, viñas, gallos incendiados, los árboles del Sur: naranjos y nopales, higueras y palmeras y granados, y encima el mediodía curtiendo cereales. Se despedaza el agua en los zarzales: las lágrimas no arrasan, no duelen las espinas ni las flechas. Y se grita ¡Salud! a todos los que pasan con la boca anegada de cosechas. Tiene el mundo otra cara. Se acerca lo remoto en una muchedumbre de bocas y de brazos. Se ve la muerte como un mueble roto, como una blanca silla hecha pedazos. Salí del llanto, me encontré en España, en una plaza de hombres de fuego imperativo. Supe que la tristeza corrompe, enturbia, daña... Me alegré seriamente lo mismo que el olivo.
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El sapo iscariote y ladrón en la silla del juez, repartiendo castigos y premios ¡en nombre de Cristo, con la efigie de Cristo prendida en el pecho!... Y el hombre aquí de pie, firme, erguido, sereno, con el pulso normal, con la lengua en silencio, los ojos en sus cuencas y en su lugar los huesos. El sapo iscariote y ladrón en la silla del juez, repartiendo castigos y premios... y yo tranquilo aquí callad impasible, cuerdo... ¡cuerdo! sin que me quiebre el mecanismo del cerebro. ¿Cuándo se pierde el juicio? Relojeros, ¿cuando enloquece el hombre? ¿Cuándo? ¿Cuándo es cuando se enuncian los conceptos absurdos y blasfemos, y se hacen unos gestos sin sentido, monstruosos y obscenos? ¿Cuándo es cuando se dice, por ejemplo: no es verdad Dios no ha puesto al hombre aquí en la Tierra bajo la luz y la ley del Universo; el hombre es un insecto que vive en las partes pestilentes y rojas del mono y del camello? ¿Cuándo, si no es ahora (yo pregunto loqueros), cuándo es cuando se paran los ojos y se quedan abiertos, inmensamente abiertos, sin que puedan cerrarlos ni la llama ni el viento? ¿Cuándo es cuando se cambian las funciones del alma y los resortes del cuerpo, y en vez de llanto no hay más que risa y baba en nuestro gesto? Si no es ahora, ahora que la Justicia vale menos, mucho menos, que el orín de los perros; si no es ahora, ahora que la Justicia tiene menos, infinitamente menos categoría que el estiércol; si no es ahora, ¿cuándo, cuándo se pierde el juicio? Respondedme, loqueros, ¿cuándo se quiebra y salta roto en mil pedazos el mecanismo del cerebro? Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto, y ..., ¡ni en España hay locos! Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo. ¡Que bien marcha el reloj; qué bien marcha el cerebro este reloj, este cerebro -tic,tac... tic,tac, tic,tac...- es un reloj perfecto..., perfecto... ¡perfecto!
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Loqueros... relojeros...
El sapo iscariote y ladrón en la silla del juez, repartiendo castigos y premios ¡en nombre de Cristo, con la efigie de Cristo prendida en el pecho!... Y el hombre aquí de pie, firme, erguido, sereno, con el pulso normal, con la lengua en silencio, los ojos en sus cuencas y en su lugar los huesos. El sapo iscariote y ladrón en la silla del juez, repartiendo castigos y premios... y yo tranquilo aquí callad impasible, cuerdo... ¡cuerdo! sin que me quiebre el mecanismo del cerebro. ¿Cuándo se pierde el juicio? Relojeros, ¿cuando enloquece el hombre? ¿Cuándo? ¿Cuándo es cuando se enuncian los conceptos absurdos y blasfemos, y se hacen unos gestos sin sentido, monstruosos y obscenos? ¿Cuándo es cuando se dice, por ejemplo: no es verdad Dios no ha puesto al hombre aquí en la Tierra bajo la luz y la ley del Universo; el hombre es un insecto que vive en las partes pestilentes y rojas del mono y del camello? ¿Cuándo, si no es ahora (yo pregunto loqueros), cuándo es cuando se paran los ojos y se quedan abiertos, inmensamente abiertos, sin que puedan cerrarlos ni la llama ni el viento? ¿Cuándo es cuando se cambian las funciones del alma y los resortes del cuerpo, y en vez de llanto no hay más que risa y baba en nuestro gesto? Si no es ahora, ahora que la Justicia vale menos, mucho menos, que el orín de los perros; si no es ahora, ahora que la Justicia tiene menos, infinitamente menos categoría que el estiércol; si no es ahora, ¿cuándo, cuándo se pierde el juicio? Respondedme, loqueros, ¿cuándo se quiebra y salta roto en mil pedazos el mecanismo del cerebro? Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto, y ..., ¡ni en España hay locos! Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo. ¡Que bien marcha el reloj; qué bien marcha el cerebro este reloj, este cerebro -tic,tac... tic,tac, tic,tac...- es un reloj perfecto..., perfecto... ¡perfecto!
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La necesidad de un cambio, casi desgarrador, que promete una revolución a nivel interior. La palabrería ha nublado toda la razón, sin lógica alguna ahora seguís al corazón. Te lleva a situaciones donde te disparan a quemarropa. Ya deberías haber aprendido a cerrar un poco la boca. Aunque hay luz por encontrar todavía no sabes bien dónde buscar. Pero estás creciendo, ya casi lo logras. Cuando encuentres a tu gente no te paran más.
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Oct 24, 2018
Oct 24, 2018 at 1:11 PM UTC
Un poco más.
Aquí, en esta orilla blanca del lecho donde duermes, estoy al borde mismo de tu sueño. Si diera un paso más, caería en sus ondas, rompiéndolo como un cristal. Me sube el calor de tu sueño hasta el rostro. Tu hálito te mide la andadura del soñar: va despacio. Un soplo alterno, leve, me entrega ese tesoro exactamente: el ritmo de tu vivir soñando. Miro. Veo la estofa de que está hecho tu sueño. La tienes sobre el cuerpo como coraza ingrávida. Te cerca de respeto. A tu virgen te vuelves toda entera, desnuda, cuando te vas al sueño. En la orilla se paran las ansias y los besos: esperan, ya sin prisa, a que abriendo los ojos renuncies a tu ser invulnerable. Busco tu sueño. Con mi alma doblada sobre ti las miradas recorren, traslúcida, tu carne y apartan dulcemente las señas corporales por ver si hallan detrás las formas de tu sueño. No lo encuentran. Y entonces pienso en tu sueño. Quiero descifrarlo. Las cifras no sirven, no es secreto. Es sueño y no misterio. Y de pronto, en el alto silencio de la noche, un soñar mío empieza al borde de tu cuerpo; en él el tuyo siento. Tú dormida, yo en vela, hacíamos lo mismo. No había que buscar: tu sueño era mi sueño.
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Razón de amor
El frío es insoportable en el kilómetro 9. Nadie se abraza, nadie se da besos, nadie se cree sol entre la nube de infancia, y la verde madurez del viento que la sopla. Algunos se paran y dicen que así no son las cosas, pero otra vez alguno lo interrumpe: "Siéntate que te vas a helar". Sigan creyendo que las lágrimas se congelan.
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Sep 18, 2015
Sep 18, 2015 at 10:39 PM UTC
Km. 9
La noche es fría. El cielo más y más se ennegrece. Llovizna. El viento airado la floresta estremece. Del cazador furtivo la casa está cerrada. El padre, sus dos hijos y un perro, a la hondonada Han ido a cacería, y están allá en acecho. Duerme el niño en la cuna junto al humilde lecho Donde tranquilamente duerme también la abuela, Y, nívea lana hilando, la hermosa niña vela. Lamparilla de aceite, de fulgor vacilante, Hace en el claro-oscuro resaltar su semblante Sonrosado, que el brillo de los ojos alegra, Y el oro del cabello que ata una cinta negra. De hilar deja de pronto... ¿Qué sensación la agita? ¿Será  temor acaso? ¿Será acaso una cita?... La puerta que da al campo se abre pausadamente, Y, apuesto y rubio, un joven penetra de repente Le tiende ella los brazos y le dice al oído: «Podría la abuelita despertar... No hagas ruido». En silencio se sientan, y parece el murmullo Vago de sus palabras, como si fuera arrullo. «¡Amor!», ella le dice, mientras le enjuga amante Las gotas de la lluvia que cúbrenle el semblante. -«¡Te amaré siempre!» Y ella responde conmovida: -«Para amarte es mi alma, para amarte es mi vida».  Luego exclama:                                   «Qué triste que seas tú, bien mío,  Hijo del guarda-bosque. ¿Por qué muro sombrío Separa nuestras almas y nuestra dicha trunca? ¡Te amaré mientras viva, mas ser tu esposa, nunca! Si esta pasión mi padre sospechara algún día, Si mi amor descubriera, de dolor moriría». El la interrumpe:                         «¡Calla, calla, no digas eso!» Y los azules ojos le cierra con un beso. Las horas raudas vuelan en la tranquila estancia... De pronto se oye el canto de un gallo a la distancia; Otro gallo contesta, y el cielo se colora Con los albores trémulos de la naciente aurora. Parte el enamorado y al bosque se encamina. El campo está cubierto por húmeda neblina; Y al hogar, fatigados y ateridos de frío, Los cazadores vuelven con el morral vacío. Ven moverse las hojas del matorral. Se paran, Y al matorral apuntan, y todos tres disparan... «No perdimos la noche», dicen con alegría, Y todos tres exclaman: «¡Qué buena cacería!» Salta el perro; entre arbustos al matorral se lanza, Y cuando llega, aúlla. Rápido el padre avanza Seguido de sus hijos... y sobre el suelo mira Al pobre hijo del guarda que entre su sangre expira.
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Noche en vela
La noche es fría. El cielo más y más se ennegrece. Llovizna. El viento airado la floresta estremece. Del cazador furtivo la casa está cerrada. El padre, sus dos hijos y un perro, a la hondonada Han ido a cacería, y están allá en acecho. Duerme el niño en la cuna junto al humilde lecho Donde tranquilamente duerme también la abuela, Y, nívea lana hilando, la hermosa niña vela. Lamparilla de aceite, de fulgor vacilante, Hace en el claro-oscuro resaltar su semblante Sonrosado, que el brillo de los ojos alegra, Y el oro del cabello que ata una cinta negra. De hilar deja de pronto... ¿Qué sensación la agita? ¿Será  temor acaso? ¿Será acaso una cita?... La puerta que da al campo se abre pausadamente, Y, apuesto y rubio, un joven penetra de repente Le tiende ella los brazos y le dice al oído: «Podría la abuelita despertar... No hagas ruido». En silencio se sientan, y parece el murmullo Vago de sus palabras, como si fuera arrullo. «¡Amor!», ella le dice, mientras le enjuga amante Las gotas de la lluvia que cúbrenle el semblante. -«¡Te amaré siempre!» Y ella responde conmovida: -«Para amarte es mi alma, para amarte es mi vida».  Luego exclama:                                   «Qué triste que seas tú, bien mío,  Hijo del guarda-bosque. ¿Por qué muro sombrío Separa nuestras almas y nuestra dicha trunca? ¡Te amaré mientras viva, mas ser tu esposa, nunca! Si esta pasión mi padre sospechara algún día, Si mi amor descubriera, de dolor moriría». El la interrumpe:                         «¡Calla, calla, no digas eso!» Y los azules ojos le cierra con un beso. Las horas raudas vuelan en la tranquila estancia... De pronto se oye el canto de un gallo a la distancia; Otro gallo contesta, y el cielo se colora Con los albores trémulos de la naciente aurora. Parte el enamorado y al bosque se encamina. El campo está cubierto por húmeda neblina; Y al hogar, fatigados y ateridos de frío, Los cazadores vuelven con el morral vacío. Ven moverse las hojas del matorral. Se paran, Y al matorral apuntan, y todos tres disparan... «No perdimos la noche», dicen con alegría, Y todos tres exclaman: «¡Qué buena cacería!» Salta el perro; entre arbustos al matorral se lanza, Y cuando llega, aúlla. Rápido el padre avanza Seguido de sus hijos... y sobre el suelo mira Al pobre hijo del guarda que entre su sangre expira.
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