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"olvidaron" poems
Viendo fotografías tuyas, descubrí senderos que se me olvidaron existían Observando tus fotografías, descubrí que siempre fuiste a un paso acelerado y en mi encierro, perdí tu silueta, perdí los sentidos… perdí el paso Unidas bajo el sello de un primer amor nos hicimos de ideas que iban más allá de nuestras manos Y por un momento estuvimos en el mismo plano. Viendo tus fotografías, vi paisajes que solo puedo ver en momentos encerrados Observando bien las fotografías, pude notar como el tiempo te ha tratado Tus fotografías me hablan y yo les hablo a ellas, les digo todo lo que en mi boca se deshace cuando mis sentidos te sienten cerca Lo suficientemente cerca… Observando fotografías tuyas, quise imaginarme en cada una de ellas, pero vas demasiado rápido, yo sigo haciendo de los errores el especial del día, y sigo perdiendo el paso No te puedo detener, No tengo control y de toda esta aventura, eso de ti me fascina No quiero detenerte, Quiero por un momento eterno alcanzarte y en la misma página del libro de la vida encontrarte Después de todo, ¿quien puede detener el mar?
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Aug 22, 2014
Aug 22, 2014 at 4:07 PM UTC
Fotografías
Volvía yo con las nubes que entraban bajo rosales (grande ternura redonda) entre los troncos constantes. La soledad era eterna, el silencio era eternante. Me detuve como un árbol, y oí hablar a los árboles. El pájaro solo huía de tan secreto paraje; sólo yo podía estar entre las rosas finales. Yo no quería volver en mí, por miedo de darles disgusto de árbol distinto a los árboles iguales. Los árboles se olvidaron de mi forma de hombre errante, y, con mi forma olvidada, oía hablar a los árboles. Me ****** hasta la estrella. En vuelo de luz suave, fui saliéndome a la linde, con la luna ya en el aire. Cuando yo ya me salía, vi a los árboles mirarme. Se daban cuenta de todo, y me apenaba dejarles. Y yo los oía hablar, entre el nublado de nácares, con blando rumor, de mí. ¿Y cómo desengañarles? ¿Cómo decirles que no, que yo era sólo el pasante, que no me hablaran a mí? No quería traicionarles. Y ya muy tarde, ayer tarde, oí hablarme a los árboles.
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Oí hablarme a los árboles
Y ahora, aquí está frente a mí. Tantas luchas que ha costado, tantos afanes en vela, tantos bordes de fracaso junto a este esplendor sereno ya son nada, se olvidaron. Él queda, y en él, el mundo, la rosa, la piedra, el pájaro, aquéllos , los del principio, de este final asombrados. ¡Tan claros que se veían, y aún se podía aclararlos! Están mejor; una luz que el sol no sabe, unos rayos los iluminan, sin noche, para siempre revelados. Las claridades de ahora lucen más que las de mayo. Si allí estaban, ahora aquí; a más transparencia alzados. ¡Qué naturales parecen, qué sencillo el gran milagro! En esta luz del poema, todo, desde el más nocturno beso al cenital esplendor, todo está mucho más claro.
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El poema
Más allá de los símbolos, más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios, más allá de la aberración del gramático que ve en la historia del hidalgo que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue, no una amistad y una alegría sino un herbario de arcaísmos y un refranero, estás, España silenciosa, en nosotros. España del bisonte, que moriría por el hierro o el rifle, en las praderas del ocaso, en Montana, España donde Ulises descendió a la Casa de Hades, España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma, España de los duros visigodos, de estirpe escandinava, que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas, pastor de pueblos, España del Islam, de la cábala y de la Noche Oscura del Alma, España de los inquisidores, que padecieron el destino de ser verdugos y hubieran podido ser mártires, España de la larga aventura que descifró los mares y redujo crueles imperios y que prosigue aquí, en Buenos Aires, en este atardecer del mes de julio de 1964, España de la otra guitarra, la desgarrada, no la humilde, la nuestra, España de los patios, España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios, España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad, España del inútil coraje, podemos profesar otros amores, podemos olvidarte como olvidamos nuestro propio pasado, porque inseparablemente estás en nosotros, en los íntimos hábitos de la sangre, en los Acevedo y los Suárez de mi linaje, España, madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones, incesante y fatal.
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España
Más allá de los símbolos, más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios, más allá de la aberración del gramático que ve en la historia del hidalgo que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue, no una amistad y una alegría sino un herbario de arcaísmos y un refranero, estás, España silenciosa, en nosotros. España del bisonte, que moriría por el hierro o el rifle, en las praderas del ocaso, en Montana, España donde Ulises descendió a la Casa de Hades, España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma, España de los duros visigodos, de estirpe escandinava, que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas, pastor de pueblos, España del Islam, de la cábala y de la Noche Oscura del Alma, España de los inquisidores, que padecieron el destino de ser verdugos y hubieran podido ser mártires, España de la larga aventura que descifró los mares y redujo crueles imperios y que prosigue aquí, en Buenos Aires, en este atardecer del mes de julio de 1964, España de la otra guitarra, la desgarrada, no la humilde, la nuestra, España de los patios, España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios, España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad, España del inútil coraje, podemos profesar otros amores, podemos olvidarte como olvidamos nuestro propio pasado, porque inseparablemente estás en nosotros, en los íntimos hábitos de la sangre, en los Acevedo y los Suárez de mi linaje, España, madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones, incesante y fatal.
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Serena era la sinfonía que producía su boca En mi alma generaba una armonía como ningún otra, Pero desde que sus labios me olvidaron En ninguna otra boca he hallado, esas sus notas Y por mas melodías que escuche en otros labios No se comparan con la armonía que me producía su boca, Jamás pensé que algún día se silenciarían los cantos Que me daban alegría y me detenían las horas Ahora solo me queda el recuerdo de sus dulces notas Una leve musicalidad que se repite en mi mente Por las noches cuando duermo creo escuchar su boca Y me despierto en un lamento y es mi alma quien se duele.
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Oct 3, 2017
Oct 3, 2017 at 8:01 PM UTC
Serena sinfonía.
Esta noche estoy solo, es primavera, y llueve, y barajo el recuerdo como un viejo tahúr... Loco rey de una noche predominante y breve, sólo he sido la sombra de una nube en la nieve o el temblor de una espiga bajo el viento del sur. Amar era mi anhelo, pero amé demasiado, sin que me engrandeciera jamás un gran amor... Y ahora están resurgiendo las mujeres que he amado, melancólicamente, del fondo del pasado, y yo cierro los ojos, para verlas mejor. Ellas supieron darme la eternidad de un día, la gloria de una noche llena de amanecer; y eran ofrendas vanas que yo no agradecía, evaporados vinos de una copa vacía que iba de mano en mano, de mujer en mujer. Todas fueron princesas en la magia de un cuento; todas fueron mendigas de un agrio despertar... Y ahora ya nadie escucha mi acento descontento, porque soy como un buque batido por el viento, que se quedó sin velas en la orilla del mar. Queriendo amar a tantas, quizás no amé a ninguna, o amaba solamente mi propia juventud; pues eran, al reclamo de una buena fortuna, propicio todo instante; toda cita, oportuna; toda puerta, accesible; frágil toda virtud... Mi corazón cantaba sobre la primavera, cuando hasta en las espinas quiere abrirse la flor... Después se fue apagando mi bujía de cera, pero tan lentamente como si no supiera si empezaba una sombra o acababa un fulgor. Ellas, las que me amaron, supieron de mi olvido; y ellas, las olvidadas, me olvidaron también. Y hoy, a veces, me miran como a un desconocido, como si me miraran buscando un parecido que les recuerda a alguien, sin recordar a quién. Usurpador furtivo de caricias ajenas, ejercité mis besos para la ingratitud. Y hoy, mercader de espumas, agricultor de arenas, prófugo delirante que añora sus cadenas, soy un hombre sin sueños entre la multitud. Pero sí por las gracias de un Dios caritativo renaciera de pronto la juventud en mí, yo, esclavo de mi sombra, libertador cautivo, olvidaría entonces la vida que ahora vivo, para vivir de nuevo la vida que viví...
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Monólogo de casanova
Esta noche estoy solo, es primavera, y llueve, y barajo el recuerdo como un viejo tahúr... Loco rey de una noche predominante y breve, sólo he sido la sombra de una nube en la nieve o el temblor de una espiga bajo el viento del sur. Amar era mi anhelo, pero amé demasiado, sin que me engrandeciera jamás un gran amor... Y ahora están resurgiendo las mujeres que he amado, melancólicamente, del fondo del pasado, y yo cierro los ojos, para verlas mejor. Ellas supieron darme la eternidad de un día, la gloria de una noche llena de amanecer; y eran ofrendas vanas que yo no agradecía, evaporados vinos de una copa vacía que iba de mano en mano, de mujer en mujer. Todas fueron princesas en la magia de un cuento; todas fueron mendigas de un agrio despertar... Y ahora ya nadie escucha mi acento descontento, porque soy como un buque batido por el viento, que se quedó sin velas en la orilla del mar. Queriendo amar a tantas, quizás no amé a ninguna, o amaba solamente mi propia juventud; pues eran, al reclamo de una buena fortuna, propicio todo instante; toda cita, oportuna; toda puerta, accesible; frágil toda virtud... Mi corazón cantaba sobre la primavera, cuando hasta en las espinas quiere abrirse la flor... Después se fue apagando mi bujía de cera, pero tan lentamente como si no supiera si empezaba una sombra o acababa un fulgor. Ellas, las que me amaron, supieron de mi olvido; y ellas, las olvidadas, me olvidaron también. Y hoy, a veces, me miran como a un desconocido, como si me miraran buscando un parecido que les recuerda a alguien, sin recordar a quién. Usurpador furtivo de caricias ajenas, ejercité mis besos para la ingratitud. Y hoy, mercader de espumas, agricultor de arenas, prófugo delirante que añora sus cadenas, soy un hombre sin sueños entre la multitud. Pero sí por las gracias de un Dios caritativo renaciera de pronto la juventud en mí, yo, esclavo de mi sombra, libertador cautivo, olvidaría entonces la vida que ahora vivo, para vivir de nuevo la vida que viví...
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Ayer tarde volvía yo con, las nubes que entraban bajo rosales (grande ternura redonda) entre los troncos constantes. La soledad era eterna y el silencio inacabable. Me detuve como un árbol y oí hablar a los árboles. El pájaro solo huía de tan secreto paraje sólo yo podía estar entre las rosas finales. Yo no quería volver en mí, por miedo de darles disgusto de árbol distinto a los árboles iguales. Los árboles se olvidaron de mi forma de hombre errante, y, con mi forma olvidada, oía hablar a los árboles. Me ****** hasta la estrella. En vuelo de luz suave fui saliéndome a la orilla con la luna ya en el aire. Cuando yo ya me salía vi a los árboles mirarme, se daban cuenta de todo, y me apenaba dejarles. Y yo los oía hablar, entre el nublado de nácares, con blando rumor, de mí. Y ¿cómo desengañarles? ¿Cómo decirles que no, que yo era sólo el pasante, que no me hablaran a mí? No quería traicionarles. Y ya muy tarde, ayer tarde, oí hablarme a los árboles.
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Árboles hombres
Fueron creadas por mí estas palabras con sangre mía, con dolores míos fueron creadas! Yo lo comprendo, amigos, yo lo comprendo todo. Se mezclaron voces ajenas a las mías, yo lo comprendo, amigos! Como si yo quisiera volar y a mí llegaran en ayuda las alas de las aves, todas las alas, así vinieron estas palabras extranjeras a desatar la oscura ebriedad de mi alma. Es el alba, y parece que no se me apretaran las angustias en tan terribles nudos en torno a la garganta. Y sin embargo, fueron creadas con sangre mía, con dolores míos, fueron creadas por mí estas palabras! Palabras para la alegría cuando era mi corazón una corola de llamas, palabras del dolor que clava, de los instintos que remuerden, de los impulsos que amenazan, de los infinitos deseos, de las inquietudes amargas, palabras del amor, que en mi vida florecen como una tierra roja llena de umbelas blancas. No cabían en mí. Nunca cupieron. De niño mi dolor fue grito y mi alegría fue silencio. Después los ojos olvidaron las lágrimas barridas por el viento del corazón de todos. Ahora, decidme, amigos, dónde esconder aquella aguda furia de los sollozos. Decidme, amigos, dónde esconder el silencio, para que nunca nadie lo sintiera con los oídos o con los ojos. Vinieron las palabras, y mi corazón, incontenible como un amanecer, se rompió en las palabras y se apegó a su vuelo, y en sus fugas heroicas lo llevan y lo arrastran, abandonado y loco, y olvidado bajo ellas como un pájaro muerto, debajo de sus alas.
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Final
Fueron creadas por mí estas palabras con sangre mía, con dolores míos fueron creadas! Yo lo comprendo, amigos, yo lo comprendo todo. Se mezclaron voces ajenas a las mías, yo lo comprendo, amigos! Como si yo quisiera volar y a mí llegaran en ayuda las alas de las aves, todas las alas, así vinieron estas palabras extranjeras a desatar la oscura ebriedad de mi alma. Es el alba, y parece que no se me apretaran las angustias en tan terribles nudos en torno a la garganta. Y sin embargo, fueron creadas con sangre mía, con dolores míos, fueron creadas por mí estas palabras! Palabras para la alegría cuando era mi corazón una corola de llamas, palabras del dolor que clava, de los instintos que remuerden, de los impulsos que amenazan, de los infinitos deseos, de las inquietudes amargas, palabras del amor, que en mi vida florecen como una tierra roja llena de umbelas blancas. No cabían en mí. Nunca cupieron. De niño mi dolor fue grito y mi alegría fue silencio. Después los ojos olvidaron las lágrimas barridas por el viento del corazón de todos. Ahora, decidme, amigos, dónde esconder aquella aguda furia de los sollozos. Decidme, amigos, dónde esconder el silencio, para que nunca nadie lo sintiera con los oídos o con los ojos. Vinieron las palabras, y mi corazón, incontenible como un amanecer, se rompió en las palabras y se apegó a su vuelo, y en sus fugas heroicas lo llevan y lo arrastran, abandonado y loco, y olvidado bajo ellas como un pájaro muerto, debajo de sus alas.
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Y soñó largamente su estatua frente al bloque de mármol. Antes de dar el primer golpe, se detuvo cien veces. Cuando empuñó el martillo se perfumó su mano. Durante veinte años ardió en aquella nieve. Nadie lo vio sonreír en veinte años. En sus ojos morían extraños crepúsculos. Sus negros cabellos se quedaron blancos. Lo olvidó la mujer que no lo olvidaría. Hasta sus enemigos lo olvidaron. Y, al fin, surgió la estatua, mitad de ensueño y mitad de mármol y él miró largamente su obra, largamente. Resplancediendo el sol como un milagro. Y murrmuró feliz, «sí, es perfecta... perfecta». Y la aplastó de un martillazo. Poque ya para siempre pertecenes al mar. Yo volveré algún día vivo o muerto. Pero ese día de cualquier manera será mi corazón como un desierto que repentinamente floreciera.
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Y soñó largamente su estatua