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"lloraban" poems
Ella era bella y era buena.       ¡Perdonalá, Señor! Él era dulce y era triste       ¡Perdonaló, Señor! Se dormía en sus brazos blancos como una abeja en una flor.       ¡Perdonaló, Señor! Amaba las dulces canciones, ¡ella era una dulce canción!       ¡Perdonalá, Señor! Cuando hablaba era como si alguien hubiera llorado en su voz.       ¡Perdonaló, Señor! Ella decía: -«Tengo miedo. Oigo una voz en lo lejano».       ¡Perdonalá, Señor! Él decía: -«Tu pequeñita mano en mis labios».       ¡Perdonaló, Señor! Miraban juntos las estrellas. No hablaban de amor. Cuando moría una mariposa lloraban los dos.       ¡Perdonalós, Señor! Ella era bella y era buena. Él era dulce y era triste. Murieron del mismo dolor. Perdónalos, Perdónalos,             ¡Perdonalós, Señor!
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Canción de los amantes muertos
Lentamente venía la vaca bermeja, por el campo verde, todo lleno de agua; lentamente venía, los ojos muy tristes, la cabeza baja, y colgando del morro brillante un hilo de baba. Enferma venía la buena, la única" de la pobre chacra. -¡Hazla correr, hombre!- La mujer gritaba al viejo marido. -¡Se viene empastada! Y el viejo marido los brazos subía y bajaba, y la vaca corrió como pudo, los ojos más tristes, la cabeza baja... Junto a un alambrado, salpicando el agua, cayó muerta la vaca bermeja; ¡El viejo y la vieja lloraban! Y vino un vecino con una cuchilla afinada, y en el vientre, redondo y sonoro de una puñalada. Un poco de espuma, de un verde muy claro de alfalfa, surgió por la herida; y el docto vecino, después de profunda mirada, acabó sentencioso: la carne está buena, hay que aprovecharla. Los cielos estaban color de ceniza, el viejo y la vieja lloraban.
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La vaca muerta
Vamos, Margot, repíteme esa historia Que estabas refiriéndole a María, Ya vi que te la sabes de memoria Y debes enseñármela, hija mía. -La sé porque yo misma la compuse. -¿Y así no me la dices? Anda, ingrata. -¡Tengo compuestas diez! -¡Cómo! repuse, ¿Te has vuelto a los seis años literata? -¡No, literata no! pero hago cuentos... -No temas que tal gusto te reproche. -Al ver a mis hermanos tan contentos Yo les compongo un cuento en cada noche. -¿Y cómo dice el que contando estabas? -Es muy triste, papá, ¿qué no lo oíste? -Sólo oí que lloraban y llorabas. -¡Ah! sí, todos lloramos; ¡es muy triste! Imagínate un niño abandonado De grandes ojos de viveza llenos, Rubio, risueño, gordo y colorado -Como mi hermano Juan, ni más ni menos. Figúrate una noche larga y fría, De muda soledad, sin luz alguna, Y ese niño muriendo, en agonía, Encima de la acera, no en la cuna. -¿En las heladas lozas? -Sí, en la acera. Es decir, en la calle... ¡Qué amargura! -Hubo alguien que pasando lo creyera Un olvidado cesto de basura. Yo pasaba, lo vi, bajé mis brazos Queriendo darle maternal abrigo Y envuelto en un pañal hecho pedazos Lo alcé a mi pecho y lo llevé conmigo. Lloraba tanto y tanto el angelito Que ya estaban sus párpados muy rojos... Y a cada nueva queja, a cada grito El alma me sacaba por los ojos. Me lo llevé a mi cama: entre plumones Lo hice dormir caliente y sosegado... ¡Cómo hubo en este mundo corazones capaces de dejarlo abandonado! ¡Ay! yo sé por mi libro de lectura Que estudio en mis mayores regocijos, Que ni los tigres en la selva oscura Dejan abandonados a sus hijos. ¡Pobrecito! yo sé su mal profundo, Le curo como madre toda pena; Parece que este niño en este mundo No es hijo de mujer sino de hiena. De mi colchón en el caliente hueco Duerme para que en lágrimas no estalle; Y llorando Margot, mostró el muñeco Que en cierta noche se encontró en la calle.
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El cuento de margot
Vamos, Margot, repíteme esa historia Que estabas refiriéndole a María, Ya vi que te la sabes de memoria Y debes enseñármela, hija mía. -La sé porque yo misma la compuse. -¿Y así no me la dices? Anda, ingrata. -¡Tengo compuestas diez! -¡Cómo! repuse, ¿Te has vuelto a los seis años literata? -¡No, literata no! pero hago cuentos... -No temas que tal gusto te reproche. -Al ver a mis hermanos tan contentos Yo les compongo un cuento en cada noche. -¿Y cómo dice el que contando estabas? -Es muy triste, papá, ¿qué no lo oíste? -Sólo oí que lloraban y llorabas. -¡Ah! sí, todos lloramos; ¡es muy triste! Imagínate un niño abandonado De grandes ojos de viveza llenos, Rubio, risueño, gordo y colorado -Como mi hermano Juan, ni más ni menos. Figúrate una noche larga y fría, De muda soledad, sin luz alguna, Y ese niño muriendo, en agonía, Encima de la acera, no en la cuna. -¿En las heladas lozas? -Sí, en la acera. Es decir, en la calle... ¡Qué amargura! -Hubo alguien que pasando lo creyera Un olvidado cesto de basura. Yo pasaba, lo vi, bajé mis brazos Queriendo darle maternal abrigo Y envuelto en un pañal hecho pedazos Lo alcé a mi pecho y lo llevé conmigo. Lloraba tanto y tanto el angelito Que ya estaban sus párpados muy rojos... Y a cada nueva queja, a cada grito El alma me sacaba por los ojos. Me lo llevé a mi cama: entre plumones Lo hice dormir caliente y sosegado... ¡Cómo hubo en este mundo corazones capaces de dejarlo abandonado! ¡Ay! yo sé por mi libro de lectura Que estudio en mis mayores regocijos, Que ni los tigres en la selva oscura Dejan abandonados a sus hijos. ¡Pobrecito! yo sé su mal profundo, Le curo como madre toda pena; Parece que este niño en este mundo No es hijo de mujer sino de hiena. De mi colchón en el caliente hueco Duerme para que en lágrimas no estalle; Y llorando Margot, mostró el muñeco Que en cierta noche se encontró en la calle.
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cuando a joaquín se le cayeron los ojos al suelo vio: a la reputa de la muerte pasando suave sus navajas adelantando como siempre en la tarea de apagar vio el golfo de Samborombón como un copón lleno de vino y vio mujeres calentadas por la muerte a modo de sol mujeres de nalgas que hervían y encendían fuegos en la siesta para quemar a sus verdugos oh grandes brujas al revés vio a las dulces desamparadas agarrar la desolación recortarle las orejitas mascarle las cepas amargas sacarle ***** en el crepúsculo golpearla con el corazón y darle forma de navaja o de suave madre grandísima que se ponía con la noche del otro lado del mundo vio que lloraban mucho por los sospechosos de 8 años los chicos de 14 que se suicidaban en Versalles por el niño ladrón de Jersey por los que roban en Santa Fe oh ángeles como empleados de Dios atento a su estrategia abajados como testigos a esta terraza de dolor vio que le sacan la amargura al abrazo para el hijito que se iba para la guerra que se volvía de la guerra y vio que hablaban con Ted Molloy del niñito de Montreal que mató a su madre dormida con un palo del que salieron madreselvas en flor con flor a posteriori de los hechos vio más situaciones extrañas: querubes envenenadores bastantemente envenenados o chicos que se ahorcan en los garajes de fin de semana mientras temblaban de placer los juntadores de estadísticas para demostrar la maldad de la sociedad de consumo en Oakland, 51, uno de 15 hachó a la mama como si fuera un árbol verde y después le echó querosén le prendió fuego calculando que de ese modo no la vieran y ella sacó fuegos internos antiguamente conservados para acabarse or irse como su entrañita se lo pedía eso veía joaquín cuando los ojos se le fueron a tierra como huevos entonces los empolló por otra vez y de uno le salió una madre revoloteando de testigo mientras del otro se asomaba con suaves navajas la muerte esa reputa de la muerte adelantando como siempre en la tarea de apagar se tomó el vino del gran golfo y miraba fijo a joaquín que ardía bajo la siesta ya se la abrazaba como madre
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Madres
cuando a joaquín se le cayeron los ojos al suelo vio: a la reputa de la muerte pasando suave sus navajas adelantando como siempre en la tarea de apagar vio el golfo de Samborombón como un copón lleno de vino y vio mujeres calentadas por la muerte a modo de sol mujeres de nalgas que hervían y encendían fuegos en la siesta para quemar a sus verdugos oh grandes brujas al revés vio a las dulces desamparadas agarrar la desolación recortarle las orejitas mascarle las cepas amargas sacarle ***** en el crepúsculo golpearla con el corazón y darle forma de navaja o de suave madre grandísima que se ponía con la noche del otro lado del mundo vio que lloraban mucho por los sospechosos de 8 años los chicos de 14 que se suicidaban en Versalles por el niño ladrón de Jersey por los que roban en Santa Fe oh ángeles como empleados de Dios atento a su estrategia abajados como testigos a esta terraza de dolor vio que le sacan la amargura al abrazo para el hijito que se iba para la guerra que se volvía de la guerra y vio que hablaban con Ted Molloy del niñito de Montreal que mató a su madre dormida con un palo del que salieron madreselvas en flor con flor a posteriori de los hechos vio más situaciones extrañas: querubes envenenadores bastantemente envenenados o chicos que se ahorcan en los garajes de fin de semana mientras temblaban de placer los juntadores de estadísticas para demostrar la maldad de la sociedad de consumo en Oakland, 51, uno de 15 hachó a la mama como si fuera un árbol verde y después le echó querosén le prendió fuego calculando que de ese modo no la vieran y ella sacó fuegos internos antiguamente conservados para acabarse or irse como su entrañita se lo pedía eso veía joaquín cuando los ojos se le fueron a tierra como huevos entonces los empolló por otra vez y de uno le salió una madre revoloteando de testigo mientras del otro se asomaba con suaves navajas la muerte esa reputa de la muerte adelantando como siempre en la tarea de apagar se tomó el vino del gran golfo y miraba fijo a joaquín que ardía bajo la siesta ya se la abrazaba como madre
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Iban diez mil soldados bajo la lluvia y el cielo gris; diez mil rostros amargos bajo el casco de acero, marchando por el lodo sin fin. Uno solo, entre tantos, sonreía: era el soldado John Smith. Cuatro semanas antes, en el momento de partir, diez mil madres lloraban. Una sola sonreía, feliz. Una sola. ¿Sabéis quién era? -La madre del soldado John Smith. En su granja de Ohio, cuando la feria del maíz, una gitana de ojos remotos y brusco perfil, contempló largamente la mano de John Smith. -«Generales y emperadores se descubrirán ante ti… Veo un desfile de estandartes y un monumento en el confín… Hallarás la gloria en la guerra, John Smith». Bajo la lluvia y el cielo gris, marchan hacia la muerte diez mil hombres que no quieren morir. Sólo sonríe uno, alto, flaco, pecoso: se llama John Smith. Sólo una, entre diez mil manos, acaricia el fusil. Quisieran decir que no, diez mil bocas. Sólo una dice que sí. Son la mano y la boca del soldado John Smith. Y cuando un oficial desenfunda su sable y un hombrecillo sopla un clarín, el primero en calar la bayoneta y disponerse a combatir, el primero de todos, es el soldado John Smith. Y allá va, chapoteando en el fango, con un heroico frenesí. Se siente capaz de algo grande y seguro de no morir. Es el que siempre va delante: es… John Smith! Ya han muerto Jack, y **** y Denny. Y otros cien más. Y luego, mil. Pero él recuerda a la gitana, cuando la feria del maíz: «Hallarás la gloria en la guerra, John Smith!». Sí: es el único que sonríe… Pero deja de sonreír. Un asombro agranda sus ojos y su mano suelta el fusil. Con un hueco ***** en la frente, cae el soldado John Smith. Junto al viejo molino, de ruidosas aspas de zinc, en la abandonada trinchera que parece una cicatriz, se oye un ruido de palas y alguien dice: «Cavad aquí…» Hermoso sol, clara mañana de abril. Ya se van viendo los cadáveres de los que no querían morir. -Hay uno, con un hueco en la frente, junto a un oxidado fusil. Y es colocado en un suntuoso ataúd de marfil, y conducido solemnemente por los bulevares de París, y depositado en un monumento de mármol rosa y piedra gris. Generales y emperadores se descubren al pasar por allí, y resuenan las botas de los regimientos entre intermitentes toques de clarín: ¡en la tumba del Soldado Desconocido, reposa para siempre John Smith!
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Balada del soldado john smith
Iban diez mil soldados bajo la lluvia y el cielo gris; diez mil rostros amargos bajo el casco de acero, marchando por el lodo sin fin. Uno solo, entre tantos, sonreía: era el soldado John Smith. Cuatro semanas antes, en el momento de partir, diez mil madres lloraban. Una sola sonreía, feliz. Una sola. ¿Sabéis quién era? -La madre del soldado John Smith. En su granja de Ohio, cuando la feria del maíz, una gitana de ojos remotos y brusco perfil, contempló largamente la mano de John Smith. -«Generales y emperadores se descubrirán ante ti… Veo un desfile de estandartes y un monumento en el confín… Hallarás la gloria en la guerra, John Smith». Bajo la lluvia y el cielo gris, marchan hacia la muerte diez mil hombres que no quieren morir. Sólo sonríe uno, alto, flaco, pecoso: se llama John Smith. Sólo una, entre diez mil manos, acaricia el fusil. Quisieran decir que no, diez mil bocas. Sólo una dice que sí. Son la mano y la boca del soldado John Smith. Y cuando un oficial desenfunda su sable y un hombrecillo sopla un clarín, el primero en calar la bayoneta y disponerse a combatir, el primero de todos, es el soldado John Smith. Y allá va, chapoteando en el fango, con un heroico frenesí. Se siente capaz de algo grande y seguro de no morir. Es el que siempre va delante: es… John Smith! Ya han muerto Jack, y **** y Denny. Y otros cien más. Y luego, mil. Pero él recuerda a la gitana, cuando la feria del maíz: «Hallarás la gloria en la guerra, John Smith!». Sí: es el único que sonríe… Pero deja de sonreír. Un asombro agranda sus ojos y su mano suelta el fusil. Con un hueco ***** en la frente, cae el soldado John Smith. Junto al viejo molino, de ruidosas aspas de zinc, en la abandonada trinchera que parece una cicatriz, se oye un ruido de palas y alguien dice: «Cavad aquí…» Hermoso sol, clara mañana de abril. Ya se van viendo los cadáveres de los que no querían morir. -Hay uno, con un hueco en la frente, junto a un oxidado fusil. Y es colocado en un suntuoso ataúd de marfil, y conducido solemnemente por los bulevares de París, y depositado en un monumento de mármol rosa y piedra gris. Generales y emperadores se descubren al pasar por allí, y resuenan las botas de los regimientos entre intermitentes toques de clarín: ¡en la tumba del Soldado Desconocido, reposa para siempre John Smith!
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hay hombres con una historia o dos pero cab calloway tenía otra historia a nadie la podía mostrar y le pesaba más que el Día de la Santa Consolación ¡ah cab calloway hijo! toda sabiduría es poca eso se sabe con los brazos hundidos hasta el codo en la espesa marea se le volvían dulces las mujeres y terribles como un cuento de hadas la Bella Durmiente se la pasaba despertando cómo salir del bosque oscuro cómo salir preguntaba cab calloway "por áhi anda el cansancio haciendo ruidos" decía pero no cab calloway arregló su corazón como una casa puso la mesa y bebió a la salud de todos los vivientes ninguno conocía a cab calloway pero una especie de huno o vos o calor o luz se les caía en la cabeza según cuando cab calloway brindaba de modo que está bien el pajarito está contento salta y salta en la jaula y canta ¡ah cab calloway padre! un día de estos se murió y lo enterraron con sus pies que asistieron respetuosos a toda la ceremonia y después se fueron por el campo y en la pieza de cab calloway lloraban las mujeres cuando las lágrimas se secaron el pajarito se las comió el pajarito está contento salta y salta en la jaula y canta una mujer a lo mejor le abrazaba los pies a cab calloway antes de que se fueran por el campo hundiéndose hasta el codo en la espesa marea ya vueltos dulces dulces
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Lamento por la historia de cab calloway
¿Qué es aquello que reluce por los altos corredores? Cierra la puerta, hijo mío, acaban de dar las once. En mis ojos, sin querer, relumbran cuatro faroles. Será que la gente aquélla estará fregando el cobre. Ajo de agónica plata la luna menguante, pone cabelleras amarillas a las amarillas torres. La noche llama temblando al cristal de los balcones, perseguida por los mil perros que no la conocen, y un olor de vino y ámbar viene de los corredores. Brisas de caña mojada y rumor de viejas voces, resonaban por el arco roto de la media noche. Bueyes y rosas dormían. Solo por los corredores las cuatro luces clamaban con el fulgor de San Jorge. Tristes mujeres del valle bajaban su sangre de hombre, tranquila de flor cortada y amarga de muslo joven. Viejas mujeres del río lloraban al pie del monte, un minuto intransitable de cabelleras y nombres. Fachadas de cal, ponían cuadrada y blanca la noche. Serafines y gitanos tocaban acordeones. Madre, cuando yo me muera, que se enteren los señores. Pon telegramas azules que vayan del Sur al Norte. Siete gritos, siete sangres, siete adormideras dobles, quebraron opacas lunas en los oscuros salones. Lleno de manos cortadas y coronitas de flores, el mar de los juramentos resonaba, no sé dónde. Y el cielo daba portazos al brusco rumor del bosque, mientras clamaban las luces en los altos corredores.
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Muerto de amor
todo el día viví con tu ausencia mejor dicho todo el día viví de tu ausencia ya que los terremotos otros desastres internacionales no me distrajeron de ti yo soy un hombre mundial me interesa la revolución en Pakistán la falta de revolución en el Yorkshire donde una vez vi que lloraban de hambre o de rabia nomás ¿cómo es posible entonces que entre las tempestades o sus calmas que vienen a ser lo mismo desde cierto punto de vista yo no haya olvidado tu valor la suave apariencia que adquirís y todo sea como tu olor después de haber amado antes de haber amado sea como tu olor?
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Todo el día viví con tu ausencia mejor dicho...
Una noche psicodélica, las paredes sangraban tu nombre, las sábanas lloraban. Si pudiera comprar palabras usaría el dinero de los cigarros para comprar tu nombre, pegarlo de la ventana y ver como se lo lleva la lluvia. Y esta noche, he llorado versos solitarios aunque poco a poco metí tu recuerdo bajo el felpudo. Para no pensarte
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Dec 4, 2017
Dec 4, 2017 at 10:26 PM UTC
Victoria