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"lejanas" poems
Los fantasmas iluminados de las casas que son museos se han despertado. El viento huele a lluvia cálida, las escaleras mueren en la más completa oscuridad, ¿cómo una casa se convierte en museo? preguntamos, resguardados en la dulce bruma del vino, no rojo, sino exótico púrpura de tierras lejanas. ¿Cómo las casas se hacen museos, entonces? Ilustres sombras se pasean a nuestro alrededor. No tienen nombres ni rostros. No hay cadenas, ni ruidos, ni matices. Sabemos que están ahí porque tocamos la piedra (tibia, tibia, nunca muy fría) e inferimos su presencia. Son ellos edificios ahora. Son techos y puertas y columnas. Ideas primigenias de resguardo contra la vida. Con o sin caballerizas. La casa es museo. El museo antes fue una casa. Sea como sea, los gatos se escabullen entre los barrotes de las verjas. Tranquilos, casi elegantes, con los ojos fijos en destinos que nadie puede adivinar, porque ¿qué piensan los gatos? ¿en la vida? ¿en la vida que es suya o qué es nuestra? ¿cuál es más vida, la suya o la nuestra? Delgados y amigos de la sombra, se escabullen. No temen a los muertos, a los vivos, a los carros o a la poesía. Ni a los tejados verdes muy altos, ni a las ventanas de cristal muy grueso. Somos, entonces, gatos que se escabullen (yo el gris, tú el ***** y la luciérnaga el pardo) y que crean mundos en las casas ahora museos. El vino en los labios, las manos en los bolsillos. Mundos instantáneos, como una mirada fugaz; mundos invisibles, como la idea de una casa o la idea de un museo. Casas, museos, jardines solitarios, funerarias, escaleras, túneles. La arquitectura de un mundo gatuno. El mundo, vasto edificio, visto desde los ojos temerarios de dos sombras, ágiles y acostumbradas a confundirse entre la muchedumbre, que se refugian en una esquina de una casa que es museo. Pero una Casa y un Hogar después de todo. Hogar de respiraciones agitadas, de luciérnagas intermitentes, de bocas que son más como estrellas que se dirigen a su inminente destrucción, que son más como olas que se estrellan contra las rocas. Manos y labios violentos. Cuerpos encima de un pedestal. Resguardados, protegidos, venerados. Pedazos de un todo que se han vuelto invaluables y sagrados. Gatos salvajes, creadores del arte más empíreo, más absoluto. Arte que será puesto a perpetuidad (y por fin encontramos la respuesta a nuestra pregunta) en el museo que antes era una casa.
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Jul 9, 2013
Jul 9, 2013 at 5:52 PM UTC
Arquitectura gatuna.
Los fantasmas iluminados de las casas que son museos se han despertado. El viento huele a lluvia cálida, las escaleras mueren en la más completa oscuridad, ¿cómo una casa se convierte en museo? preguntamos, resguardados en la dulce bruma del vino, no rojo, sino exótico púrpura de tierras lejanas. ¿Cómo las casas se hacen museos, entonces? Ilustres sombras se pasean a nuestro alrededor. No tienen nombres ni rostros. No hay cadenas, ni ruidos, ni matices. Sabemos que están ahí porque tocamos la piedra (tibia, tibia, nunca muy fría) e inferimos su presencia. Son ellos edificios ahora. Son techos y puertas y columnas. Ideas primigenias de resguardo contra la vida. Con o sin caballerizas. La casa es museo. El museo antes fue una casa. Sea como sea, los gatos se escabullen entre los barrotes de las verjas. Tranquilos, casi elegantes, con los ojos fijos en destinos que nadie puede adivinar, porque ¿qué piensan los gatos? ¿en la vida? ¿en la vida que es suya o qué es nuestra? ¿cuál es más vida, la suya o la nuestra? Delgados y amigos de la sombra, se escabullen. No temen a los muertos, a los vivos, a los carros o a la poesía. Ni a los tejados verdes muy altos, ni a las ventanas de cristal muy grueso. Somos, entonces, gatos que se escabullen (yo el gris, tú el ***** y la luciérnaga el pardo) y que crean mundos en las casas ahora museos. El vino en los labios, las manos en los bolsillos. Mundos instantáneos, como una mirada fugaz; mundos invisibles, como la idea de una casa o la idea de un museo. Casas, museos, jardines solitarios, funerarias, escaleras, túneles. La arquitectura de un mundo gatuno. El mundo, vasto edificio, visto desde los ojos temerarios de dos sombras, ágiles y acostumbradas a confundirse entre la muchedumbre, que se refugian en una esquina de una casa que es museo. Pero una Casa y un Hogar después de todo. Hogar de respiraciones agitadas, de luciérnagas intermitentes, de bocas que son más como estrellas que se dirigen a su inminente destrucción, que son más como olas que se estrellan contra las rocas. Manos y labios violentos. Cuerpos encima de un pedestal. Resguardados, protegidos, venerados. Pedazos de un todo que se han vuelto invaluables y sagrados. Gatos salvajes, creadores del arte más empíreo, más absoluto. Arte que será puesto a perpetuidad (y por fin encontramos la respuesta a nuestra pregunta) en el museo que antes era una casa.
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Esa pared que tú ves a mis espaldas es una pared como cualquier otra. Lejanas: las ventanas de los terceros pisos las charlas de los adultos. ¿Por qué debería intimidarme? Aquí hay muchas otras paredes que tampoco podemos atravesar muchas otras paredes que nada dicen salvo cuando tienen dibujos o groserías. En esa pared podemos jugar a gusto no estorbamos ya que nadie entra ni sale. Dicen que ahí acaba Berlín y también que al otro lado hay otra ciudad del mismo nombre aunque de un país diferente. Sé que aprenderé a estar triste por esa pared y que mi felicidad será mayúscula cuando escuche el habla confuso de un tal Günter Schabowski. Pero mientras es sólo una pared una pared cualquiera que a veces parece--ser--un--largo--tren--que--decidió--detenerse--
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Oct 15, 2014
Oct 15, 2014 at 11:47 PM UTC
Diálogo con una foto de Cartier-Bresson
Mi corazon cayo por si solo, bajo el hechizo de tus ojos negros y tus labios rojos, espero estar junto a ti hasta el fin del mundo, y ver las estrellas de las constelaciones mas lejanas colapsar entre ellas y que juntas escriban el nombre mas bello que mis oidos han escuchado.
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Aug 5, 2012
Aug 5, 2012 at 11:53 AM UTC
Cayo solo
Como esto ha de seguir -al decir de las gentes- oh las intonsas gentes dando siempre opiniones! yo habré de liar mis bártulos para ignotas regiones, regiones muy lejanas, raras y diferentes... Y será por los lados de mágicos Orientes, o tal vez más allá..., donde los aquilones surgen para abismar birremes y galeones en el ávido océano de las fauces potentes! O será hacia Occidente, o hacia el Sur o hacia el Norte: de ese Norte recóndito vinieron mis abuelos, 1 bravos escandinavos de gigantesco porte, con los ojos azules, y orgullosos y apáticos... Acaso mis nostalgias vendrán de aquellos hielos, 2 y mis soberbias, y mis vicios aristocráticos!
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Filosofismos
Viendo pasar las nubes fue pasando la vida, y tú, como una nube, pasaste por mi hastío. Y se unieron entonces tu corazón y el mío, como se van uniendo los bordes de una herida. Los últimos ensueños y las primeras canas entristecen de sombra todas las cosas bellas; y hoy tu vida y mi vida son como estrellas, pues pueden verse juntas, estando tan lejanas... Yo bien sé que el olvido, como un agua maldita, nos da una sed más honda que la sed que nos quita, pero estoy tan seguro de poder olvidar... Y miraré las nubes sin pensar que te quiero, con el hábito sordo de un viejo marinero que aún siente, en tierra firme, la ondulación del mar.
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Poema del olvido
Ya se han roto las ataduras, sólo la noche me rodea, me va robando la memoria, me acuna para que me duerma. Ahora que ya no la contemplo para robarle su belleza. Ahora que siento en mí el cansancio de nuestras pobres razas viejas. Ahora que lucho y me rebelo contra su mansedumbre eterna y me acuerdo de que algún día fui tan sin tiempo como ella, ¡qué monólogo desbordado, qué soliloquio sin respuesta, qué deseo de renacerme, de entender y de que me entienda, de borrar pasado y futuro, de segar mi memoria entera! Luego, arrojar al ***** pozo lo que de mí evoca y recuerda: cojín de nieblas matinales donde apoyaba la cabeza. Repetimos las mismas cosas, recorremos aquellas sendas por donde todos los humanos dejaron gritos, ecos, huellas. Son las palabras angustiadas que un día oyó al nacer la tierra: «húmedo beso, vida, muerte, nada importa, me voy y quedas, ayer desnudos en el campo y hoy se caen solas las cerezas». Palabras viejas y cansadas que nosotros creímos nuevas, recién nacidas para el canto, para una dicha siempre nuestra. Y la noche me va matando, me acuna para que me duerma. En cada instante mío pone siglos de luna, alta y sangrienta. Nada me importa que yo siembre y que otros cojan la cosecha. Pero morirme sin rebelarme, someterme sin resistencia, ser por los siglos de los siglos sólo luz o sólo tinieblas, irme cegando de hermosura hasta dejar de ser materia, aunque mi premio sea un día mirar por dentro las estrellas... Hoja de chopo, onda de río, sangre mezclada con la tierra. Y que mi forma sea el barro que una mano mortal modela. Niño que juega desnudito, mínima brizna de la hierba, todos los peces de los mares, los animales de la tierra. Saber que vivo, que palpito, que me enloquezco en la carrera, que nado mares y anchos ríos, que escalo cimas, salto cercas, que desde el fondo de las noches hay pesadumbre que me acecha. Sentir en mí todos los soles, todos los gozos y las penas, todos los vientos que me mueven, los dolores que en mí hacen presa… Sentir, por fin, llegar el alba, su melodía limpia y fresca, y barrernos las sombras turbias que oscurecen nuestras cabezas, y beber las lejanas brisas que nos alejan de la tierra maniatados y adormecidos, sin saber a dónde nos llevan...
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Noche final
Ya se han roto las ataduras, sólo la noche me rodea, me va robando la memoria, me acuna para que me duerma. Ahora que ya no la contemplo para robarle su belleza. Ahora que siento en mí el cansancio de nuestras pobres razas viejas. Ahora que lucho y me rebelo contra su mansedumbre eterna y me acuerdo de que algún día fui tan sin tiempo como ella, ¡qué monólogo desbordado, qué soliloquio sin respuesta, qué deseo de renacerme, de entender y de que me entienda, de borrar pasado y futuro, de segar mi memoria entera! Luego, arrojar al ***** pozo lo que de mí evoca y recuerda: cojín de nieblas matinales donde apoyaba la cabeza. Repetimos las mismas cosas, recorremos aquellas sendas por donde todos los humanos dejaron gritos, ecos, huellas. Son las palabras angustiadas que un día oyó al nacer la tierra: «húmedo beso, vida, muerte, nada importa, me voy y quedas, ayer desnudos en el campo y hoy se caen solas las cerezas». Palabras viejas y cansadas que nosotros creímos nuevas, recién nacidas para el canto, para una dicha siempre nuestra. Y la noche me va matando, me acuna para que me duerma. En cada instante mío pone siglos de luna, alta y sangrienta. Nada me importa que yo siembre y que otros cojan la cosecha. Pero morirme sin rebelarme, someterme sin resistencia, ser por los siglos de los siglos sólo luz o sólo tinieblas, irme cegando de hermosura hasta dejar de ser materia, aunque mi premio sea un día mirar por dentro las estrellas... Hoja de chopo, onda de río, sangre mezclada con la tierra. Y que mi forma sea el barro que una mano mortal modela. Niño que juega desnudito, mínima brizna de la hierba, todos los peces de los mares, los animales de la tierra. Saber que vivo, que palpito, que me enloquezco en la carrera, que nado mares y anchos ríos, que escalo cimas, salto cercas, que desde el fondo de las noches hay pesadumbre que me acecha. Sentir en mí todos los soles, todos los gozos y las penas, todos los vientos que me mueven, los dolores que en mí hacen presa… Sentir, por fin, llegar el alba, su melodía limpia y fresca, y barrernos las sombras turbias que oscurecen nuestras cabezas, y beber las lejanas brisas que nos alejan de la tierra maniatados y adormecidos, sin saber a dónde nos llevan...
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Un libro de amores, de flores fragantes y bellas, de historias de lirios que amasen estrellas; un libro de rosas tempranas y espumas de mágicos lagos en tristes jardines, y enfermos jazmines, y brumas lejanas de montes azules... Un libro de olvido divino que dice fragancia del alma, fragancia que puede curar la amargura que da la distancia, que sólo es el alma la flor del camino. Un libro que dice la blanca quimera de la Primavera, de gemas y rosas ceñida, en una lejana, brumosa pradera perdida...
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Al libro «ninfeas», del poeta juan ramón jiménez
Me vestiré de blanco, me aromaré de rosas, E iremos por las rutas que huelen a tomillo, Igual que una zagala va con su pastorcillo En busca de lejanas capillas milagrosas.   He de tener las manos frescas como de agua. Has de tener los labios dulces como de fresa. Y en el ruedo crujiente de mi cándida enagua Cien espinas fragantes prenderán la maleza.   Y dirán los labriegos que se paren a vernos: La morena zagala de sonrisa encantada, Con el pastor de ojos encantados y tiernos Se vá, ruta adelante y olvida la majada.   Y reiremos, reiremos llenos de maravilla Por ser libres y alegres, por ser locos y castos, Dueños indiscutibles de toda la gramilla, De las moras maduras y los ásperos pastos.   Y después, al retorno, cual de nuevo moldeados, Tez caldeada, alma clara, frente limpia y serena. Y en los ojos en alto, todavía extasiados, Una imprevista llama de bondad nazarena.
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El buen día
Alguna vez recuerdo ciertas noches de junio de aquel año, casi borrosas, de mi adolescencia (era en mil novecientos me parece cuarenta y nueve) porque en ese mes sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña lo mismo que el calor que empezaba,                                                                           nada más que la especial sonoridad del aire y una disposición vagamente afectiva. Eran las noches incurables                                                         y la calentura. Las altas horas de estudiante solo y el libro intempestivo junto al balcón abierto de par en par (la calle recién regada desaparecía abajo, entre el follaje iluminado) sin un alma que llevar a la boca. Cuántas veces me acuerdo de vosotras, lejanas noches del mes de junio, cuántas veces me saltaron las lágrimas, las lágrimas por ser más que un hombre, cuánto quise morir             o soñé con venderme al diablo, que nunca me escuchó.                                               Pero también la vida nos sujeta porque precisamente no es como la esperábamos.
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Noches del mes de junio
Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Collar, cascabel ebrio para tus manos suaves como las uvas. Y las miro lejanas mis palabras. Más que mías son tuyas. Van trepando en mi viejo dolor como las yedras. Ellas trepan así por las paredes húmedas. Eres tú la culpable de este juego sangriento. Ellas están huyendo de mi guarida oscura. Todo lo llenas tú, todo lo llenas. Antes que tú poblaron la soledad que ocupas, y están acostumbradas más que tú a mi tristeza. Ahora quiero que digan lo que quiero decirte para que tú las oigas como quiero que me oigas. El viento de la angustia aún las suele arrastrar. Huracanes de sueños aún a veces las tumban. Escuchas otras voces en mi voz dolorida. Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas. Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme. Sígueme, compañera, en esa ola de angustia. Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras. Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas. Voy haciendo de todas un collar infinito para tus blancas manos, suaves como las uvas.
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Poema 5
Nadie supo su nombre: Era un solo ojo gris y una pipa apagada Doscientos años antes, hubiéramos creído que era un viejo pirata. Su casa, frente al mar, era apenas un techo y una tapia. A veces parecía menos viejo, hablando de tormentas y de islas lejanas… No, no, ya no hay tesoros; yo lo sé bien… -decía y suspiraba-. El humo de la estufa lo hizo toser de pronto, cuando quemó sus mapas. Buscador de tesoros, le crecieron las manos en el pico y la pala. Cien años removiendo litorales de olvido y nunca encontró nada... Cuando murió, en un sueño, la canción del domingo movía las campanas. Se quedó para siempre con las manos vacías. Su pipa estaba rota debajo de la hamaca. El cementerio de pescadores era un muro de conchas al final de la playa. Aquella noche subió el mar. Fueron sesenta cruces humildes bajo el agua. Y dijo el cura: Hay que enterrarlo aquí, en el patio de su casa. (Sin su pipa en la boca parecía más viejo. Yo le eché en un bolsillo su cuchara de plata). Algo tembló en su mano, al olor de la tierra y el ruido de las palas. Y nosotros cavábamos la fosa, con el largo de un remo con el ancho de un ancla. Y sabedlo: allá abajo, Miska, el grumete cojo, vio una cosa oxidada. Y era un cofre, sabedlo: ¡Y fue un fulgor de joyas cuando saltó la tapa! Cien años removiendo litorales de olvido, y nunca encontró nada. -No, no, ya no hay tesoros; yo lo sé bien... decía y suspiraba… Oh, nadie como él, nadie, conocía las grutas de las islas lejanas. Y estaba allí, sabedlo: ¡allí, en el patio de su casa! Nadie supo su nombre: era un solo ojo gris y una pipa apagada.
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Balada del buscador de tesoros
Nadie supo su nombre: Era un solo ojo gris y una pipa apagada Doscientos años antes, hubiéramos creído que era un viejo pirata. Su casa, frente al mar, era apenas un techo y una tapia. A veces parecía menos viejo, hablando de tormentas y de islas lejanas… No, no, ya no hay tesoros; yo lo sé bien… -decía y suspiraba-. El humo de la estufa lo hizo toser de pronto, cuando quemó sus mapas. Buscador de tesoros, le crecieron las manos en el pico y la pala. Cien años removiendo litorales de olvido y nunca encontró nada... Cuando murió, en un sueño, la canción del domingo movía las campanas. Se quedó para siempre con las manos vacías. Su pipa estaba rota debajo de la hamaca. El cementerio de pescadores era un muro de conchas al final de la playa. Aquella noche subió el mar. Fueron sesenta cruces humildes bajo el agua. Y dijo el cura: Hay que enterrarlo aquí, en el patio de su casa. (Sin su pipa en la boca parecía más viejo. Yo le eché en un bolsillo su cuchara de plata). Algo tembló en su mano, al olor de la tierra y el ruido de las palas. Y nosotros cavábamos la fosa, con el largo de un remo con el ancho de un ancla. Y sabedlo: allá abajo, Miska, el grumete cojo, vio una cosa oxidada. Y era un cofre, sabedlo: ¡Y fue un fulgor de joyas cuando saltó la tapa! Cien años removiendo litorales de olvido, y nunca encontró nada. -No, no, ya no hay tesoros; yo lo sé bien... decía y suspiraba… Oh, nadie como él, nadie, conocía las grutas de las islas lejanas. Y estaba allí, sabedlo: ¡allí, en el patio de su casa! Nadie supo su nombre: era un solo ojo gris y una pipa apagada.
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Veo luces , luces blancas que se disipan a lo lejos son como un recuerdo de algo perdido en el pasado. Son las luciérnagas en tus ojos es un sueño en la eternidad sigo viendo destellos reflejados en el cristal. Veo luces en el horizonte son de la gran ciudad he despertado en soledad. Son lejanas, son frias son las luces del alma se las ha llevado el viento como hojas en el suelo. La luz en mi pecho es parpadeante mientras mi cuerpo tirita en ausencia de tu amor. El interruptor sigue puesto en ON pero las luces no responden a la acción. Luces, luces en mi mente se pagan y se encienden son de colores colores frios son los colores de tu ayer.
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Nov 21, 2017
Nov 21, 2017 at 12:32 AM UTC
Interruptor.
Ojos apagados de brillos efímeros De labios carmesí entre el delirio más ínfimo, De brillos angelicales; ropajes monárquicos Besos cardinales, de encuentros íntimos. Hija del rey, diosa de diosas; linaje élfico Cantares de coloquios, en runas remotas De lenguas perdidas, de zares absurdos Mi madrigal por nombre, lleva el suyo. En la ciénaga hueca, de las laderas altas Bajo la falda de las montañas, dónde la luz es baja. Sobre rocas, sobre ruina, sobre ti Cantan en tierras lejanas, de la reina y sobre mí. Oh, sin el rey que canto ama. Porque acá sólo hay delito, ¡Ay! ¡Sin ese rey, que tanto aclaman! Porque este amor es finito. Un errante peregrino; ambulante de compañía Señor de nada que se e haya perdido, Pero de extraña joyería La reina cabellos de oro, y un mercader vendido.
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Jul 14, 2017
Jul 14, 2017 at 4:13 AM UTC
Cantares.
La nostalgia del sol en los terrados, en el muro color paloma de cemento -sin embargo tan vívido- y el frío repentino que casi sobrecoge.La dulzura, el calor de los labios a solas en medio de la calle familiar igual que un gran salón, donde acudieran multitudes lejanas como seres queridos.Y sobre todo el vértigo del tiempo, el gran boquete abriéndose hacia dentro del alma mientras arriba sobrenadan promesas que desmayan, lo mismo que si espumas.Es sin duda el momento de pensar que el hecho de estar vivo exige algo, acaso heroicidades -o basta, simplemente, alguna humilde cosa comúncuya corteza de materia terrestre tratar entre los dedos, con un poco de fe? Palabras, por ejemplo. Palabras de familia gastadas tibiamente.
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Arte poética
¡Oh pobres almas nuestras que perdieron el nido y que van arrastradas en la falsa corriente del olvido! Y pensar que extraviamos la senda milagrosa en que se hubiera abierto nuestra ilusión, como perenne rosa. Pudieron deslizarse, sin sentir, nuestras vidas con el compás romántico que hay en las músicas desfallecidas. Y pensar que pudimos enlazar nuestras manos y apurar en un beso la comunión de fértiles veranos. Y pensar que pudimos, al acercarse el fin de la jornada, alumbrar la vejez en una dulce conjunción de existencias, contemplando, en la noche ilusionada, el cintilar perenne del Zodíaco sobre la sombra de nuestras conciencias... Mas en vano deliro y te recuerdo, oh virgen esperanza, oh ilusión que te quedas en no sé qué lejanas arboledas y en no sé qué remota venturanza. Sigamos sumergiéndonos... Mas, antes que la sorda corriente nos precipite a lo desconocido, hagamos un esfuerzo de agonía para salir a flote y ver, la última vez, nuestras cabezas sobre las aguas turbias del olvido.
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Rumbo al olvido
En el futuro estamos y se nos muere lentamente el dia sólo unos pocos tramos nos quedan todavía para amar con candor y alevosía ágiles y en su hora convocan o disuaden las campanas y el tañido incorpora confidencias lejanas a mis razones tristes soberanas el pasado es tan lento que se aferra porfiado a su mutismo ¿por qué a veces me siento culpable ante mí mismo si me asomo al azar y es un abismo? como nunca secretas las campanas repican su consigna y entre sombras inquietas menesterosa y digna una mujer oscura se persigna ¿dónde está el fuego? ¿dónde germinará la vida derramada? el sol brilla y se esconde y tras la llamarada las quimeras regresan a la nada por fin uno se sabe dueño del desamparo prometido sin aldaba y sin llave miserable y perdido a tientas por la noche y el olvido
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Las campanas
El traje blanco, dorado el pelo, La tez nevada de un serafín, Ojos azules color de cielo, Labios cual mirtos que besa abril. Dos breves años contando apenas, Dormida al dulce sol maternal Como se aduermen las azucenas Al fresco borde dei manantial. ¡Botón de rosa de Alejandría! ¡Capullo blanco de un alhelí! ¡Qué linda estabas en aquel día La vez primera que yo te vi! En tu tez blanca frescura y brillo, En tus sonrisas bondad y unción, Eras el ángel que ideó Murillo En su madona de «La Asunción». Así en aquellas tierras lejanas Miré entreabrirse tu vida en flor; ¡Yo estaba entonces sin estas canas Que son corona de mi dolor! Tus padres, locos con tus hechizos, Eran felices al verte así; Ojos azules, dorados rizos, ¡Cuánto ha pasado desde que os vi! ¡Cómo han volado los breves años! ¡Mira cual vengo con mi laúd! ¡Triste y enfermo de desengaños A tus altares de juventud! Ufana irradias gracia y belleza; Eres del alba vivo arrebol; Yo soy la noche de la tristeza ¿Cuándo ha cantado la noche al sol? Más que tus ojos, dulces y bellos, Es bello y dulce tu porvenir; ¡Tus ojos dicen con sus destellos Que no has nacido para sufrir! Te dan tus padres cual rica herencia Virtud, pureza, talento y fe; No tiene el campo de tu existencia Zarzas que aleves sangren tu pie. iVive tranquila, sueña dichosa, Un ángel vela cerca de ti Para que nunca sufra la rosa Las asechanzas del colibrí! Mil trovadores que absorto escucho, Bajo tus rejas cantar oirás, Yo sé que todos te dirán mucho Pero ninguno te querrá más. Y es que la llama de mi cariño Ha mucho tiempo que se encendió, En otras tierras, junto a aquel niño Que tanto amabas y al cielo huyó. Vive dichosa, sin desengaños, Tú no has nacido para llorar Y que tus sueños por muchos años Velen tus padres en el hogar. Avanza ¡oh niña! que en este suelo La dicha pura, de ti va en pos; Mira estos versos como el pañuelo Que en la ribera nos dice «adiós».
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En el álbum de la señorita matilde de olavarría y landazuri
El traje blanco, dorado el pelo, La tez nevada de un serafín, Ojos azules color de cielo, Labios cual mirtos que besa abril. Dos breves años contando apenas, Dormida al dulce sol maternal Como se aduermen las azucenas Al fresco borde dei manantial. ¡Botón de rosa de Alejandría! ¡Capullo blanco de un alhelí! ¡Qué linda estabas en aquel día La vez primera que yo te vi! En tu tez blanca frescura y brillo, En tus sonrisas bondad y unción, Eras el ángel que ideó Murillo En su madona de «La Asunción». Así en aquellas tierras lejanas Miré entreabrirse tu vida en flor; ¡Yo estaba entonces sin estas canas Que son corona de mi dolor! Tus padres, locos con tus hechizos, Eran felices al verte así; Ojos azules, dorados rizos, ¡Cuánto ha pasado desde que os vi! ¡Cómo han volado los breves años! ¡Mira cual vengo con mi laúd! ¡Triste y enfermo de desengaños A tus altares de juventud! Ufana irradias gracia y belleza; Eres del alba vivo arrebol; Yo soy la noche de la tristeza ¿Cuándo ha cantado la noche al sol? Más que tus ojos, dulces y bellos, Es bello y dulce tu porvenir; ¡Tus ojos dicen con sus destellos Que no has nacido para sufrir! Te dan tus padres cual rica herencia Virtud, pureza, talento y fe; No tiene el campo de tu existencia Zarzas que aleves sangren tu pie. iVive tranquila, sueña dichosa, Un ángel vela cerca de ti Para que nunca sufra la rosa Las asechanzas del colibrí! Mil trovadores que absorto escucho, Bajo tus rejas cantar oirás, Yo sé que todos te dirán mucho Pero ninguno te querrá más. Y es que la llama de mi cariño Ha mucho tiempo que se encendió, En otras tierras, junto a aquel niño Que tanto amabas y al cielo huyó. Vive dichosa, sin desengaños, Tú no has nacido para llorar Y que tus sueños por muchos años Velen tus padres en el hogar. Avanza ¡oh niña! que en este suelo La dicha pura, de ti va en pos; Mira estos versos como el pañuelo Que en la ribera nos dice «adiós».
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Espacio y tiempo, barrotes de la jaula en que el ánima, princesa encantada, está hilando, hilando cerca de las ventanas de los ojos (las únicas aberturas por donde suele asomarse, lánguida). Espacio y tiempo, barrotes de la jaula; ya os romperéis, y acaso muy pronto, porque cada mes, hora, instante, os mellan, ¡y el pájaro de oro acecha una rendija para tender las alas! La princesa, ladina, finge hilar; pero aguarda que se rompa una reja... En tanto, a las lejanas estrellas dice: «Amigas tendedme vuestra escala de la luz sobre el abismo.» Y las estrellas pálidas le responden: «¡Espera, espera, hermana, y prevén tus esfuerzos: ya tendemos la escala!»
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Espacio y tiempo
Cuando nada sucede, y el verano se ha ido, y las hojas comienzan a caer de los árboles, y el frío oxida el borde de los ríos y hace más lento el curso de las aguas; cuando el cielo parece un mar violento, y los pájaros cambian de paisaje, y las palabras se oyen cada vez más lejanas, como susurros que dispersa el viento; entonces, ya se sabe, es lo que pasa: esas hojas, los pájaros, las nubes, las palabras dispersas y los ríos, nos llenan de inquietud súbitamente y de desesperanza. No busquéis el motivo en vuestros corazones. Tan sólo es lo que dije: lo que pasa.
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A veces, en octubre, es lo que pasa...
Empieza el llanto de la guitarra. Se rompen las copas de la madrugada. Empieza el llanto de la guitarra. Es inútil callarla. Es imposible callarla. Llora monótona como llora el agua, como llora el viento sobre la nevada. Es imposible callarla. Llora por cosas lejanas. Arena del Sur caliente que pide camelias blancas. Llora flecha sin blanco, la tarde sin mañana, y el primer pájaro muerto sobre la rama. ¡Oh, guitarra! Corazón malherido por cinco espadas.
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La guitarra
Sin ternuras, que entre nosotros sin ternuras nos entendemos. Sin hablarnos, que las palabras nos desaroman el secreto. ¡Tantas cosas nos hemos dicho cuando no era posible vernos! ¡Tantas cosas vulgares, tantas cosas prosaicas, tantos ecos desvanecidos en los años, en la oscura entraña del tiempo! Son esas fábulas lejanas en las que ahora no creemos. Es octubre. Anochece. Un banco solitario. Desde él te veo eternamente joven, mientras nosotros nos vamos muriendo. Mil novecientos treinta y ocho. La Magdalena. Soles. Sueños. Mil novecientos treinta y nueve, ¡comenzar a vivir de nuevo! Y luego ya toda la vida. Y los años que no veremos. Y esta gente que va a sus casas, a sus trabajos, a sus sueños. Y amigos nuestros muy queridos, que no entrarán en el invierno. Y todo ahogándonos, borrándonos. Y todo hiriéndonos, rompiéndonos. Así te he visto: sin ternuras, que sin ellas nos entendemos. Pensando en ti como no eres, como tan solo yo te veo. Intermedio prosaico para soñar una tarde de invierno.
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Paseo
Altas encinas de ondulante copa; Troncos que os inclináis sobre las aguas De los torrentes; pinos misteriosos Que sois, al viento, cual silvestres arpas, ¿En vuestro ensueño secular y altivo, No soñáis con las épocas lejanas, Cuando el eco fugaz de los desiertos Del Canadá, tan sólo en la comarca Conocía  las voces de las tribus, Que en su existencia nómade mezclaban Sus cánticos guerreros en la selva Al rumor de las grandes cataratas? Bajo el cielo, de estrellas tachonado, Cuando del polo tempestuosas ráfagas Sacuden vuestros gajos, que parecen, Bajo la luz lunar, vagos fantasmas, (Soñáis tal vez con los lejanos días, Con los días gloriosos de la patria, Cuando en vuestras guaridas, nuestros padres La barbarie de siglos dominaban; Cuando llevando el ideal por guía y de ensueños heroicos llena el alma, Se abrían paso entre la selva, al grito De «Dios lo quiere»; el campo desbrozaban Para la vida, y en el yermo inculto Convertían los troncos en pilastras De futuras metrópolis, y luego, Pensando en las proezas del mañana, Al amparo del bosque congregados En las noches de invierno, como hosannas Hacían resonar en sus clarines, Nuncios de redención y de esperanza, El himno del futuro en el desierto, Sobre la virgen tierra americana? Sí, soñáis, de pretéritas edades Testigos, que os erguís en las montañas, Mudos sobrevivientes de naufragios En que fueron hundiéndose las razas... y resistiendo el golpe de los siglos Vuestro ramaje que imponente se alza, A los vientos del cielo canadense Con voz triunfal nuestra epopeya canta.
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La floresta
Altas encinas de ondulante copa; Troncos que os inclináis sobre las aguas De los torrentes; pinos misteriosos Que sois, al viento, cual silvestres arpas, ¿En vuestro ensueño secular y altivo, No soñáis con las épocas lejanas, Cuando el eco fugaz de los desiertos Del Canadá, tan sólo en la comarca Conocía  las voces de las tribus, Que en su existencia nómade mezclaban Sus cánticos guerreros en la selva Al rumor de las grandes cataratas? Bajo el cielo, de estrellas tachonado, Cuando del polo tempestuosas ráfagas Sacuden vuestros gajos, que parecen, Bajo la luz lunar, vagos fantasmas, (Soñáis tal vez con los lejanos días, Con los días gloriosos de la patria, Cuando en vuestras guaridas, nuestros padres La barbarie de siglos dominaban; Cuando llevando el ideal por guía y de ensueños heroicos llena el alma, Se abrían paso entre la selva, al grito De «Dios lo quiere»; el campo desbrozaban Para la vida, y en el yermo inculto Convertían los troncos en pilastras De futuras metrópolis, y luego, Pensando en las proezas del mañana, Al amparo del bosque congregados En las noches de invierno, como hosannas Hacían resonar en sus clarines, Nuncios de redención y de esperanza, El himno del futuro en el desierto, Sobre la virgen tierra americana? Sí, soñáis, de pretéritas edades Testigos, que os erguís en las montañas, Mudos sobrevivientes de naufragios En que fueron hundiéndose las razas... y resistiendo el golpe de los siglos Vuestro ramaje que imponente se alza, A los vientos del cielo canadense Con voz triunfal nuestra epopeya canta.
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Llueve, llueve, llueve. Detrás del balcón Oye, triste y sola, de la lluvia el son. Recuerda los años de su edad primera, Los sueños de entonces. Feliz primavera! Y pasan, cual sombras, memorias lejanas De tardes risueñas y azules mañanas. Fue amada y fue bella. Rumor de alas de oro De las ilusiones en alegre coro.... ¡Hoy en su tristeza solitaria y honda Desfilan recuerdos en fúnebre ronda! La primera cita bajo naranjales, Y al oído el canto de los madrigales; Músicas de bailes, remotas cadencias, Con el dulce encanto de las confidencias; Violines en noches de luna, violines De las serenatas, bajo albos jazmines; Fiestas de otros días, canción de esperanza: ¡El ensueño ha muerto y el dolor avanza!.. Llueve, llueve... Y triste de la lluvia el son Va cayendo en sombras a su corazón.
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Mientras llueve
A fuerza de quererte me he convertido, Amor, en alma en pena. ¿Por qué, Fuensanta mía, si mi pasión de ayer está ya muerta y en tu rostro se anuncian los estragos de la vejez temida que se acerca, tu boca es una invitación al beso como lo fue en lejanas primaveras? Es que mi desencanto nada puede contra mi condición de ánima en pena si a pesar de tus párpados exangües y las blancuras de tu faz anémica, aún se tiñen tus labios con el color sangriento de las fresas. A fuerza de quererte me he convertido, Amor, en alma en pena, y en el candor angélico de tu alma seré una sombra eterna...
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Tema ii
Me deshago en gotas, Brotes de invierno Ajustados al punto de su tornar azul. Agitada el agua, se mueve roja y escrupulosa Socava mi respiración desde un vértice hasta el vacío. Vacilas tus hojas en ramas de verano en un recuerdo fútil. Innegable tentación, Sudaste y despertaste en el cuenco de mi lengua Y te veía dormido en un espejismo De esa extraña sensación de conocerte Sin poder anticipar el movimiento de tus labios. Era una mentira que guardaba tu sutileza Aquella misma que no me deja describirte Porque fuiste ausente en tu acecho Y aún así dejaste tu olor en mi tejido. Me ahogo intentando contar tus lunares, en la incertidumbre de las horas cercanas y lejanas Que ahorita empiezan a contar kilómetros y no suspiros. No eres tú en tus colores tímidos No soy yo en mis obsesiones ruidosas No es ni el afuera ni el adentro Son las cosas extrañas que van a la deriva en mi agua salada. Flotan para encontrarlas y se quedan brillantes hasta que la sal las carcome.
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Feb 17, 2020
Feb 17, 2020 at 11:00 AM UTC
Tenerte lejos