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"juramento" poems
Flotante, sin asidero, nadador fuera del agua, voluntario a la deriva, por las horas, por el aire, por el haz de la mañana. Todo fugitivo, todo resbaladizo, se escapa de entre los dedos el mundo, la tierra, la arena. Nubes, velas, gaviotas, espumas, blancuras desvariadas, tiran de mí, que las sigo, que las dejo. ¿Estoy, estaba, estaré? Pero sin ir, sin venir, quieto, flotando en aquí, en allí, en azul. Una alegría que es el filo de la mañana rompe, corta, desenreda nudos, promesas, amarras. Tropeles de sombras ninfas huyendo van de sus cuerpos en islas desenfrenadas. Con su cargamento inútil de recuerdos y de plazos -¡ya no sirven, ya no sirven!- el tiempo leva las anclas. No se le ve ya. Sin tiempo, prisa y despacio lo mismo, ¡qué de prisa, qué despacio juegan los lejos a cercas colgados del verdiazul columpio de las distancias! Su silencio echan a vuelo enmudecidas campanas y cumplen su juramento los horizontes del alba: la vida toda de día, sin lastre, pura, flotando ni en agua, ni en aire, en nada.
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Señora; según dicen, ya tiene usted otro amante. Lástima que la prisa nunca sea elegante... Yo sé que no es frecuente que una mujer hermosa se resigne a ser viuda, sin haber sido esposa. Y me parece injusto discutirle el derecho de compartir sus penas, sus gozos y su lecho; pero el amor, señora, cuando llega el olvido también tiene el derecho de un final distinguido. Perdón, si es que la hiere mi reproche, perdón, aunque sé que la herida no es en el corazón... Y, para perdonarme, piense si hay más despecho en lo que yo le digo que en lo que usted ha hecho; pues sepa que una dama con la espalda desnuda, sin luto, en una fiesta, puede ser una viuda, pero no, como tantas, de un difunto señor, sino, para ella sola; viuda de un gran amor. Y nuestro amor, recuerdo, fue un amor diferente, (al menos al principio, ya no, naturalmente). Usted era el crepúsculo a la orilla del mar, que, según quien la mire, será hermoso o ****** Usted era la flor que, según quien la corta, es algo que no muere o algo que no importa. O acaso ¿cierta noche de amor y de locura, yo vivía un ensueño... y usted una aventura? Si, usted juró, cien veces, ser para siempre mía: yo besaba sus labios, pero no lo creía... Usted sabe, y perdóneme, que en ese juramento influye demasiado la dirección del viento. Por eso no me extraña que ya tenga otro amante, a quien quizás le jure lo mismo en este instante. Y como usted, señora, ya aprendió a ser infiel, a mí, así de repente... me da pena por él. Sí, es cierto. Alguna noche su puerta estuvo abierta, y yo, en otra ventana me olvidé de su puerta; o una tarde de lluvia se iluminó mi vida mirándome en los ojos de una desconocida; y también es posible que mi amor indolente desdeñara su vaso bebiendo en la corriente. Sin embargo, señora, yo, con sed o sin sed, nunca pensaba en otra si la besaba a usted. Perdóneme de nuevo, si le digo estas cosas, pero ni los rosales dan solamente rosas; y no digo esto por usted, ni por mí, sino por los amores que terminan así. Pero vea, señora, que diferencia había entre usted que lloraba y yo; que sonreía, pues nuestro amor concluye con finales diversos: Usted besando a otro; yo, escribiendo estos versos...
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Carta a usted
Señora; según dicen, ya tiene usted otro amante. Lástima que la prisa nunca sea elegante... Yo sé que no es frecuente que una mujer hermosa se resigne a ser viuda, sin haber sido esposa. Y me parece injusto discutirle el derecho de compartir sus penas, sus gozos y su lecho; pero el amor, señora, cuando llega el olvido también tiene el derecho de un final distinguido. Perdón, si es que la hiere mi reproche, perdón, aunque sé que la herida no es en el corazón... Y, para perdonarme, piense si hay más despecho en lo que yo le digo que en lo que usted ha hecho; pues sepa que una dama con la espalda desnuda, sin luto, en una fiesta, puede ser una viuda, pero no, como tantas, de un difunto señor, sino, para ella sola; viuda de un gran amor. Y nuestro amor, recuerdo, fue un amor diferente, (al menos al principio, ya no, naturalmente). Usted era el crepúsculo a la orilla del mar, que, según quien la mire, será hermoso o ****** Usted era la flor que, según quien la corta, es algo que no muere o algo que no importa. O acaso ¿cierta noche de amor y de locura, yo vivía un ensueño... y usted una aventura? Si, usted juró, cien veces, ser para siempre mía: yo besaba sus labios, pero no lo creía... Usted sabe, y perdóneme, que en ese juramento influye demasiado la dirección del viento. Por eso no me extraña que ya tenga otro amante, a quien quizás le jure lo mismo en este instante. Y como usted, señora, ya aprendió a ser infiel, a mí, así de repente... me da pena por él. Sí, es cierto. Alguna noche su puerta estuvo abierta, y yo, en otra ventana me olvidé de su puerta; o una tarde de lluvia se iluminó mi vida mirándome en los ojos de una desconocida; y también es posible que mi amor indolente desdeñara su vaso bebiendo en la corriente. Sin embargo, señora, yo, con sed o sin sed, nunca pensaba en otra si la besaba a usted. Perdóneme de nuevo, si le digo estas cosas, pero ni los rosales dan solamente rosas; y no digo esto por usted, ni por mí, sino por los amores que terminan así. Pero vea, señora, que diferencia había entre usted que lloraba y yo; que sonreía, pues nuestro amor concluye con finales diversos: Usted besando a otro; yo, escribiendo estos versos...
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En santa Águeda de Burgos,   do juran los hijosdalgo, le toman jura a Alfonso   por la muerte de su hermano; tomábasela el buen Cid,   ese buen Cid castellano, sobre un cerrojo de hierro   y una ballesta de palo y con unos evangelios   y un crucifijo en la mano. Las palabras son tan fuertes   que al buen rey ponen espanto; -Villanos te maten, Alonso,   villanos, que no hidalgos, de las Asturias de Oviedo,   que no sean castellanos; mátente con aguijadas,   no con lanzas ni con dardos; con cuchillos cachicuernos,   no con puñales dorados; abarcas traigan calzadas,   que no zapatos con lazo; capas traigan aguaderas,   no de contray ni frisado; con camisones de estopa,   no de holanda ni labrados; caballeros vengan en burras,   que no en mulas ni en caballos; frenos traigan de cordel,   que no cueros fogueados. Mátente por las aradas,   que no en villas ni en poblado, sáquente el corazón   por el siniestro costado; si no dijeres la verdad   de lo que te fuere preguntando, si fuiste, o consentiste   en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes   que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero   que del rey es más privado: -Haced la jura, buen rey,   no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor,   ni papa descomulgado. Jurado había el rey   que en tal nunca se ha hallado; pero allí hablara el rey   malamente y enojado: -Muy mal me conjuras, Cid,   Cid, muy mal me has conjurado, mas hoy me tomas la jura,   mañana me besarás la mano. -Por besar mano de rey   no me tengo por honrado, porque la besó mi padre   me tengo por afrentado. -Vete de mis tierras, Cid,   mal caballero probado, y no vengas más a ellas   dende este día en un año. -Pláceme, dijo el buen Cid,   pláceme, dijo, de grado, por ser la primera cosa   que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno,   yo me destierro por cuatro. Ya se parte el buen Cid,   sin al rey besar la mano, con trescientos caballeros,   todos eran hijosdalgo; todos son hombres mancebos,   ninguno no había cano; todos llevan lanza en puño   y el hierro acicalado, y llevan sendas adargas   con borlas de colorado. Mas no le faltó al buen Cid   adonde asentar su campo.
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Romance del juramento que tomó el cid al rey don alonso
En santa Águeda de Burgos,   do juran los hijosdalgo, le toman jura a Alfonso   por la muerte de su hermano; tomábasela el buen Cid,   ese buen Cid castellano, sobre un cerrojo de hierro   y una ballesta de palo y con unos evangelios   y un crucifijo en la mano. Las palabras son tan fuertes   que al buen rey ponen espanto; -Villanos te maten, Alonso,   villanos, que no hidalgos, de las Asturias de Oviedo,   que no sean castellanos; mátente con aguijadas,   no con lanzas ni con dardos; con cuchillos cachicuernos,   no con puñales dorados; abarcas traigan calzadas,   que no zapatos con lazo; capas traigan aguaderas,   no de contray ni frisado; con camisones de estopa,   no de holanda ni labrados; caballeros vengan en burras,   que no en mulas ni en caballos; frenos traigan de cordel,   que no cueros fogueados. Mátente por las aradas,   que no en villas ni en poblado, sáquente el corazón   por el siniestro costado; si no dijeres la verdad   de lo que te fuere preguntando, si fuiste, o consentiste   en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes   que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero   que del rey es más privado: -Haced la jura, buen rey,   no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor,   ni papa descomulgado. Jurado había el rey   que en tal nunca se ha hallado; pero allí hablara el rey   malamente y enojado: -Muy mal me conjuras, Cid,   Cid, muy mal me has conjurado, mas hoy me tomas la jura,   mañana me besarás la mano. -Por besar mano de rey   no me tengo por honrado, porque la besó mi padre   me tengo por afrentado. -Vete de mis tierras, Cid,   mal caballero probado, y no vengas más a ellas   dende este día en un año. -Pláceme, dijo el buen Cid,   pláceme, dijo, de grado, por ser la primera cosa   que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno,   yo me destierro por cuatro. Ya se parte el buen Cid,   sin al rey besar la mano, con trescientos caballeros,   todos eran hijosdalgo; todos son hombres mancebos,   ninguno no había cano; todos llevan lanza en puño   y el hierro acicalado, y llevan sendas adargas   con borlas de colorado. Mas no le faltó al buen Cid   adonde asentar su campo.
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Dime: ¿Cómo olvidar la primera vez que dejé mi huella por tu cuerpo, el primer beso furtivo, la primera muestra de deseo compartido, la primera vez que sonreí y a ti se te iluminaron los ojos de miedo e ilusión porque ya no había vuelta atrás, los primeros celos, el primer juramento de compromiso, la primera vez que olvidamos la oscura realidad y nos rendimos ante la poesía de la utopía, el primer "amor" que huyó de tus labios o la primera mentira que asomaba, por fin, la verdad? ¿Cómo planear la vida sin primeras veces? ¿Cómo acabar lo que no puede volver a empezar? Si todos estamos enamorados de los principios. Y cuanto más tarde: mejor.
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Aug 10, 2014
Aug 10, 2014 at 11:19 PM UTC
Todo sería más bonito si sólo existiesen los principios.
Sobre la roja España blanca y roja, blanca y fosforescente, una historia de polvo se deshoja, irrumpe un sol unánime, batiente. Es un pleno de abriles, una primaveral caballería, que inunda de galopes los perfiles de España: es el ejército del sol, de la alegría. Desaparece la tristeza, el día devorador, el marchitado tallo, cuando, avasalladora llamarada, galopa la alegría en un caballo igual que una bandera desbocada. A su paso se paran los relojes, las abejas, los niños se alborotan, los vientres son más fértiles, más profusas las trojes, saltan las piedras, los lagartos trotan. Se hacen las carreteras de diamantes, el horizonte lo perturban mieses y otras visiones relampagueantes, y se sienten felices los cipreses. Avanza la alegría derrumbando montañas y las bocas avanzan como escudos. Se levanta la risa, se caen las telarañas ante el chorro potente de los dientes desnudos. La alegría es un huerto del corazón con mares que a los hombres invaden de rugidos, que a las mujeres muerden de collares y a la piel de relámpagos transidos. Alegraos por fin los carcomidos, los desplomados bajo la tristeza: salid de los vivientes ataúdes, sacad de entre las piernas la cabeza, caed en la alegría como grandes taludes. Alegres animales, la cabra, el gamo, el potro, las yeguadas, se desposan delante de los hombres contentos. Y paren las mujeres lanzando carcajadas, desplegando su carne firmamentos. Todo son jubilosos juramentos. Cigarras, viñas, gallos incendiados, los árboles del Sur: naranjos y nopales, higueras y palmeras y granados, y encima el mediodía curtiendo cereales. Se despedaza el agua en los zarzales: las lágrimas no arrasan, no duelen las espinas ni las flechas. Y se grita ¡Salud! a todos los que pasan con la boca anegada de cosechas. Tiene el mundo otra cara. Se acerca lo remoto en una muchedumbre de bocas y de brazos. Se ve la muerte como un mueble roto, como una blanca silla hecha pedazos. Salí del llanto, me encontré en España, en una plaza de hombres de fuego imperativo. Supe que la tristeza corrompe, enturbia, daña... Me alegré seriamente lo mismo que el olivo.
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Juramento de la alegría
Sobre la roja España blanca y roja, blanca y fosforescente, una historia de polvo se deshoja, irrumpe un sol unánime, batiente. Es un pleno de abriles, una primaveral caballería, que inunda de galopes los perfiles de España: es el ejército del sol, de la alegría. Desaparece la tristeza, el día devorador, el marchitado tallo, cuando, avasalladora llamarada, galopa la alegría en un caballo igual que una bandera desbocada. A su paso se paran los relojes, las abejas, los niños se alborotan, los vientres son más fértiles, más profusas las trojes, saltan las piedras, los lagartos trotan. Se hacen las carreteras de diamantes, el horizonte lo perturban mieses y otras visiones relampagueantes, y se sienten felices los cipreses. Avanza la alegría derrumbando montañas y las bocas avanzan como escudos. Se levanta la risa, se caen las telarañas ante el chorro potente de los dientes desnudos. La alegría es un huerto del corazón con mares que a los hombres invaden de rugidos, que a las mujeres muerden de collares y a la piel de relámpagos transidos. Alegraos por fin los carcomidos, los desplomados bajo la tristeza: salid de los vivientes ataúdes, sacad de entre las piernas la cabeza, caed en la alegría como grandes taludes. Alegres animales, la cabra, el gamo, el potro, las yeguadas, se desposan delante de los hombres contentos. Y paren las mujeres lanzando carcajadas, desplegando su carne firmamentos. Todo son jubilosos juramentos. Cigarras, viñas, gallos incendiados, los árboles del Sur: naranjos y nopales, higueras y palmeras y granados, y encima el mediodía curtiendo cereales. Se despedaza el agua en los zarzales: las lágrimas no arrasan, no duelen las espinas ni las flechas. Y se grita ¡Salud! a todos los que pasan con la boca anegada de cosechas. Tiene el mundo otra cara. Se acerca lo remoto en una muchedumbre de bocas y de brazos. Se ve la muerte como un mueble roto, como una blanca silla hecha pedazos. Salí del llanto, me encontré en España, en una plaza de hombres de fuego imperativo. Supe que la tristeza corrompe, enturbia, daña... Me alegré seriamente lo mismo que el olivo.
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En Santa Gadea de Burgos do juran los hijosdalgo, allí toma juramento el Cid al rey castellano, sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo. Las juras eran tan recias que al buen rey ponen espanto. -Villanos te maten, rey, villanos, que no hidalgos; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; traigan capas aguaderas, no capuces ni tabardos; con camisones de estopa, no de holanda ni labrados; cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos, las riendas traigan de cuerda, no de cueros fogueados; mátente por las aradas, no en camino ni en poblado; con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; sáquente el corazón vivo, por el derecho costado, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si tú fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero de los suyos más privado: -Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor, ni Papa descomulgado. Jura entonces el buen rey que en tal nunca se ha hallado. Después habla contra el Cid malamente y enojado: -Mucho me aprietas, Rodrigo, Cid, muy mal me has conjurado, mas si hoy me tomas la jura, después besarás mi mano. -Aqueso será, buen rey, como fuer galardonado, porque allá en cualquier tierra dan sueldo a los hijosdalgo. -¡Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no me entres más en ellas, desde este día en un año! -Que me place -dijo el Cid-. que me place de buen grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno yo me destierro por cuatro. Ya se partía el buen Cid sin al rey besar la mano; ya se parte de sus tierras, de Vivar y sus palacios: las puertas deja cerradas, los alamudes echados, las cadenas deja llenas de podencos y de galgos; sólo lleva sus halcones, los pollos y los mudados. Con el iban los trescientos caballeros hijosdalgo; los unos iban a mula y los otros a caballo; todos llevan lanza en puño, con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas con borlas de colorado. Por una ribera arriba al Cid van acompañando; acompañándolo iban mientras él iba cazando.
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Romance ** es el de la jura de santa gadea
En Santa Gadea de Burgos do juran los hijosdalgo, allí toma juramento el Cid al rey castellano, sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo. Las juras eran tan recias que al buen rey ponen espanto. -Villanos te maten, rey, villanos, que no hidalgos; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; traigan capas aguaderas, no capuces ni tabardos; con camisones de estopa, no de holanda ni labrados; cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos, las riendas traigan de cuerda, no de cueros fogueados; mátente por las aradas, no en camino ni en poblado; con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; sáquente el corazón vivo, por el derecho costado, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si tú fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero de los suyos más privado: -Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor, ni Papa descomulgado. Jura entonces el buen rey que en tal nunca se ha hallado. Después habla contra el Cid malamente y enojado: -Mucho me aprietas, Rodrigo, Cid, muy mal me has conjurado, mas si hoy me tomas la jura, después besarás mi mano. -Aqueso será, buen rey, como fuer galardonado, porque allá en cualquier tierra dan sueldo a los hijosdalgo. -¡Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no me entres más en ellas, desde este día en un año! -Que me place -dijo el Cid-. que me place de buen grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno yo me destierro por cuatro. Ya se partía el buen Cid sin al rey besar la mano; ya se parte de sus tierras, de Vivar y sus palacios: las puertas deja cerradas, los alamudes echados, las cadenas deja llenas de podencos y de galgos; sólo lleva sus halcones, los pollos y los mudados. Con el iban los trescientos caballeros hijosdalgo; los unos iban a mula y los otros a caballo; todos llevan lanza en puño, con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas con borlas de colorado. Por una ribera arriba al Cid van acompañando; acompañándolo iban mientras él iba cazando.
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Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete que, alto en el alba de una plaza desierta, rige un corcel de bronce por el tiempo, ni los otros que miran desde el mármol, ni los que prodigaron su bélica ceniza por los campos de América o dejaron un verso o una hazaña o la memoria de una vida cabal en el justo ejercicio de los días. Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos. Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo cargado de batallas, de espadas y de éxodos y de la lenta población de regiones que lindan con la aurora y el ocaso, y de rostros que van envejeciendo en los espejos que se empañan y de sufridas agonías anónimas que duran hasta el alba y de la telaraña de la lluvia sobre negros jardines. La patria, amigos, es un acto perpetuo como el perpetuo mundo. (Si el Eterno Espectador dejara de soñarnos un solo instante, nos fulminaría, blanco y brusco relámpago, Su olvido.) Nadie es la patria, pero todos debemos ser dignos del antiguo juramento que prestaron aquellos caballeros de ser lo que ignoraban, argentinos, de ser lo que serían por el hecho de haber jurado en esa vieja casa. Somos el porvenir de esos varones, la justificación de aquellos muertos; nuestro deber es la gloriosa carga que a nuestra sombra legan esas sombras que debemos salvar. Nadie es la patria, pero todos lo somos. Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso.
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Oda escrita en 1966
Aquella esperanza que cabía en un dedal, aquella alta vereda junto al barro, aquel ir y venir del sueño, aquel horóscopo de un larguísimo viaje y el larguísimo viaje con adioses y gente y países de nieve y corazones donde cada kilómetro es un cielo distinto, aquella confianza desde nos cuándo, aquel juramento hasta nos dónde, aquella cruzado hacia nos qué, ese aquel que uno hubiera podido ser con otro ritmo y alguna lotería, en fin, para decirlo de una vez por todas, aquella esperanza que cabía en un dedal evidentemente no cabe en este sobre con sucios papeles de tantas manos sucias que me pagan, el lógico, en cada veintinueve por tener los libros rubricados al día y dejar que la vida transcurra, gotee simplemente como un aceite rancio.
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Sueldo
Del llanto al beso, en dulce desvarío, Hay apenas un leve calofrío. ¡Cállate! ¿Y qué es un beso? Un juramento Hecho muy cerca, en mudo arrobamiento. Es promesa sin voz, punto rosado De la i de pasión; secreto amado Que hace del labio seductor oído. Es un fugaz instante De infinito y de cielo, con rüido De abeja susurrante. Es comunión de amor que sabe a rosa, Manera de aspirar en dulce calma Del corazón la esencia misteriosa, Y de gustar, sobre la boca, el alma.
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El beso