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"influjo" poems
Forjada en la "Fábrica de Armas y Municiones", la ciudad muerde con sus almenas un pedazo de cielo, mientras el Tajo, alfanje que se funde en un molde de piedra, atraviesa los puentes y la Vega, pintada por algún primitivo castellano de esos que conservaron una influencia flamenca. Ya al subir en dirección a la ciudad, apriétase en las llaves la empuñadura de una espada, en tanto que un vientecillo nos va enmoheciendo el espinazo para insuflarnos el empaque que los aduaneros exigen al entrar. ¡Silencio! ¡Silencio que nos extravía las pupilas y nos diafaniza la nariz! ¡Silencio! Perros que se pasean de golilla con los ojos pintados por el Greco. Posadas donde se hospedan todavía los protagonistas del "Lazarillo" y del "Buscón". Puertas que gruñen y se cierran con las llaves que se le extraviaron a San Pedro. ¡Para cruzar sobre las, murallas y el Alcázar las nubes ensillan con arneses y paramentos medioevales! Hidalgos que se alimentan de piedras y de orgullo, tienen la carne idéntica a la cera de los exvotos y un tufo a herrumbre y a ratón. Hidalgos que se detienen para escupir con la jactancia con que sus abuelos tiraban su escarcela a los leprosos. Los pies ensangrentados por los guijarros, se gulusmea en las cocinas un olorcillo a inquisición, y cuando las sombras se descuelgan de los tejados, se oye la gesta que las paredes nos cuentan al pasar, a cuyo influjo una pelambre nos va cubriendo las tetillas. ¡Noches en que los pasos suenan como malas palabras! ¡Noches, con gélido aliento de fantasma, en que las piedras que circundan la población celebran aquelarres goyescos! ¡Juro, por el mismísimo Cristo de la Vega, que a pesar del cansancio que nos purifica y nos despoja de toda vanidad, a veces, al atravesar una calleja, uno se cree Don Juan!
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Toledo
Forjada en la "Fábrica de Armas y Municiones", la ciudad muerde con sus almenas un pedazo de cielo, mientras el Tajo, alfanje que se funde en un molde de piedra, atraviesa los puentes y la Vega, pintada por algún primitivo castellano de esos que conservaron una influencia flamenca. Ya al subir en dirección a la ciudad, apriétase en las llaves la empuñadura de una espada, en tanto que un vientecillo nos va enmoheciendo el espinazo para insuflarnos el empaque que los aduaneros exigen al entrar. ¡Silencio! ¡Silencio que nos extravía las pupilas y nos diafaniza la nariz! ¡Silencio! Perros que se pasean de golilla con los ojos pintados por el Greco. Posadas donde se hospedan todavía los protagonistas del "Lazarillo" y del "Buscón". Puertas que gruñen y se cierran con las llaves que se le extraviaron a San Pedro. ¡Para cruzar sobre las, murallas y el Alcázar las nubes ensillan con arneses y paramentos medioevales! Hidalgos que se alimentan de piedras y de orgullo, tienen la carne idéntica a la cera de los exvotos y un tufo a herrumbre y a ratón. Hidalgos que se detienen para escupir con la jactancia con que sus abuelos tiraban su escarcela a los leprosos. Los pies ensangrentados por los guijarros, se gulusmea en las cocinas un olorcillo a inquisición, y cuando las sombras se descuelgan de los tejados, se oye la gesta que las paredes nos cuentan al pasar, a cuyo influjo una pelambre nos va cubriendo las tetillas. ¡Noches en que los pasos suenan como malas palabras! ¡Noches, con gélido aliento de fantasma, en que las piedras que circundan la población celebran aquelarres goyescos! ¡Juro, por el mismísimo Cristo de la Vega, que a pesar del cansancio que nos purifica y nos despoja de toda vanidad, a veces, al atravesar una calleja, uno se cree Don Juan!
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Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar. Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe. La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar. Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, como en abril el campo, que tiembla de pasión: bajo el influjo próvido de espirituales lluvias, el alma está brotando florestas de ilusión. Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña obscura de oscuro pedernal: la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal. Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos... (¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!) que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, y hasta las propias penas nos hacen sonreír. Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos, que nos depara en vano su carne la mujer: tras de ceñir un talle y acariciar un seno, la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer. Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres, como en las noches lúgubres el llanto del pinar. El alma gime entonces bajo el dolor del mundo, y acaso ni Dios mismo nos puede consolar. Mas hay también ¡Oh Tierra! un día... un día... un día... en que levamos anclas para jamás volver... Un día en que discurren vientos ineluctables ¡un día en que ya nadie nos puede retener!
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Canción de la vida profunda
bajo la aparente obscuridad, el rojo nacarado de tus labios, me otorgo tu luz entre los mustios y ciegos besos de fuego, tu absorbiste mi obscuridad no hubo magia, fue, solo eso, dos entes oscuros, absorbiendo luz, una bestia con cabeza de loewe, azolado y atormentado, por su dolor. entre la perdida y el desdén, y con el deseo, pegados en su piel. la luz en la oscuridad absoluta, años buscando esa piel de seda, aquellos labios dulces como miel esos labios sedosos y olorosos, de una sombra hermosa,  una leona en la oscuridad y quien sabrá, solo la oscuridad, sobre esa piel de seda, que otorgo luz en una noche oscura. un loewe cualquiera, el descendiente, perdido, buscando la manera, y aquella piel de seda, de  miel oro y fuego. un *** perdido en la sombra, buscando aquella piel de seda, que como gracia divina, o como favor de dioses amigos. me encontró,  atrapo y amo en la sombra, justo antes del amanecer, dando vida, al corazón ennegrecido y el influjo de vida, de fuerza, para resistir a mis embates, controlándose tierna mente sin asustarse de mis rugidos, solo el fuego hermoso que me dio con sus labios nacarados con sus labios de mujer, una fiera hermosa con piel de seda, perfumada, y hermosa, una musa en la sombra resistiendo tierna mente a los embates, de la bestia sedienta de su **** de su sangre besando su piel milímetro a milímetro. aquella sombra hermosa, con piel de seda labios nacarados, resistió, aunque solo deseaba yacer junto a esta bestia, sedienta de su cuerpo, sus labios,sus piernas infinitas, su **** de muer hermosa, la bella y dulce leoncilla, que fue mía en la oscuridad.
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Nov 10, 2015
Nov 10, 2015 at 10:45 PM UTC
en la oscuridad
bajo la aparente obscuridad, el rojo nacarado de tus labios, me otorgo tu luz entre los mustios y ciegos besos de fuego, tu absorbiste mi obscuridad no hubo magia, fue, solo eso, dos entes oscuros, absorbiendo luz, una bestia con cabeza de loewe, azolado y atormentado, por su dolor. entre la perdida y el desdén, y con el deseo, pegados en su piel. la luz en la oscuridad absoluta, años buscando esa piel de seda, aquellos labios dulces como miel esos labios sedosos y olorosos, de una sombra hermosa,  una leona en la oscuridad y quien sabrá, solo la oscuridad, sobre esa piel de seda, que otorgo luz en una noche oscura. un loewe cualquiera, el descendiente, perdido, buscando la manera, y aquella piel de seda, de  miel oro y fuego. un *** perdido en la sombra, buscando aquella piel de seda, que como gracia divina, o como favor de dioses amigos. me encontró,  atrapo y amo en la sombra, justo antes del amanecer, dando vida, al corazón ennegrecido y el influjo de vida, de fuerza, para resistir a mis embates, controlándose tierna mente sin asustarse de mis rugidos, solo el fuego hermoso que me dio con sus labios nacarados con sus labios de mujer, una fiera hermosa con piel de seda, perfumada, y hermosa, una musa en la sombra resistiendo tierna mente a los embates, de la bestia sedienta de su **** de su sangre besando su piel milímetro a milímetro. aquella sombra hermosa, con piel de seda labios nacarados, resistió, aunque solo deseaba yacer junto a esta bestia, sedienta de su cuerpo, sus labios,sus piernas infinitas, su **** de muer hermosa, la bella y dulce leoncilla, que fue mía en la oscuridad.
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Un monte azul, un pájaro viajero, un roble, una llanura, un niño, una canción... Y, sin embargo, nada sabemos hoy, hermano mío. Bórranse los senderos en la sombra; el corazón del monte está cerrado; el perro del pastor trágicamente aúlla entre las hierbas del vallado. Apoya tu fatiga en mi fatiga, que yo mi pena apoyaré en tu pena, y llora, como yo, por el influjo de la tarde traslúcida y serena. Nunca sabremos nada... ¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante, vago rumor de mares en zozobra, emoción desatada, quimeras vanas, ilusión sin obra? Hermano mío, en la inquietud constante, nunca sabremos nada... ¿En qué grutas de islas misteriosas arrullaron los Números tu sueño? ¿Quién me da los carbones irreales de mi ardiente pasión, y la resina que efunde en mis poemas su fragancia? ¿Qué voz suave, que ansiedad divina tiene en nuestra ansiedad su resonancia? Todo inquirir fracasa en el vacío, cual fracasan los bólidos nocturnos en el fondo del mar; toda pregunta vuelve a nosotros trémula y fallida, como del choque en el cantil fragoso la flecha por el arco despedida. Hermano mío, en el impulso errante, nunca sabremos nada... Y sin embargo... ¿Qué mística influencia vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante? ¿Quién prende a nuestros hombros manto real de púrpuras gloriosas, y quién a nuestras llagas viene y las unge y las convierte en rosas? Tú, que sobre las hierbas reposabas de cara al cielo, dices de repente: -«La estrella de la tarde está encendida». Ávidos buscan su fulgor mis ojos a través de la bruma, y ascendemos por el hilo de luz... Un grillo canta en los repuestos musgos del cercado, y un incendio de estrellas se levanta en tu pecho, tranquilo ante la tarde, y en mi pecho en la tarde sosegado...
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La estrella de la tarde
Un monte azul, un pájaro viajero, un roble, una llanura, un niño, una canción... Y, sin embargo, nada sabemos hoy, hermano mío. Bórranse los senderos en la sombra; el corazón del monte está cerrado; el perro del pastor trágicamente aúlla entre las hierbas del vallado. Apoya tu fatiga en mi fatiga, que yo mi pena apoyaré en tu pena, y llora, como yo, por el influjo de la tarde traslúcida y serena. Nunca sabremos nada... ¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante, vago rumor de mares en zozobra, emoción desatada, quimeras vanas, ilusión sin obra? Hermano mío, en la inquietud constante, nunca sabremos nada... ¿En qué grutas de islas misteriosas arrullaron los Números tu sueño? ¿Quién me da los carbones irreales de mi ardiente pasión, y la resina que efunde en mis poemas su fragancia? ¿Qué voz suave, que ansiedad divina tiene en nuestra ansiedad su resonancia? Todo inquirir fracasa en el vacío, cual fracasan los bólidos nocturnos en el fondo del mar; toda pregunta vuelve a nosotros trémula y fallida, como del choque en el cantil fragoso la flecha por el arco despedida. Hermano mío, en el impulso errante, nunca sabremos nada... Y sin embargo... ¿Qué mística influencia vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante? ¿Quién prende a nuestros hombros manto real de púrpuras gloriosas, y quién a nuestras llagas viene y las unge y las convierte en rosas? Tú, que sobre las hierbas reposabas de cara al cielo, dices de repente: -«La estrella de la tarde está encendida». Ávidos buscan su fulgor mis ojos a través de la bruma, y ascendemos por el hilo de luz... Un grillo canta en los repuestos musgos del cercado, y un incendio de estrellas se levanta en tu pecho, tranquilo ante la tarde, y en mi pecho en la tarde sosegado...
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Yo descendí de la antioqueña cumbre, de austera estirpe que el honor decora, el alma en paz y el corazón en lumbre, y el claro sortilegio de la aurora bruñó mi lira y la libró de herrumbre. Y fui, viajero de nivoso monte y umbría roza de maíz, al valle que da a la luz su fruta entre su llama: había miel de filtros de sinsonte que derrama canción de rama en rama. Y el mar abierto, a mí divinamente su honda virtud hizo afluir entera: gusté su yodo... y la embriaguez ignota de no sé qué sagrada primavera bajo la paz de una ciudad remota. Fulgía en mi ilusión Acuarimántima. Ciudad del bien, fastuosa, legendaria, ciudad de amor y esfuerzo y ufanía y de meditación y de plegaria; una ciudad azúlea, egregia, fuerte, una Jerusalén de poesía. Y como los cruzados medioevales, ceñíme al torso fúlgida coraza y fuime en pos de la ciudad cautiva, burlando la guadaña de la Muerte y la fortuna a mi querer esquiva. La ondulante odisea rememoro con amor y dolor... Un linde vago, de súbito sangriento, ya cetrino... Un buque... un muelle... un joven noctivago... y el tono de la voz... y el pan marcino... La maravilla comba, transparente, de las noches de junio hacia la hondura de un huerto viola, en ácidos alcores; y allí la levadura de mis cantos, hecha de mezquindad y sinsabores. Y aquella niña del amor florido y oloroso, y ritual, y enardecido, el seno como un fruto no oprimido, y un dulzor en los besos diluïdo, y un no sé qué... que túrbame el sentido. Y la huraña beldad, el mármol yerto e inconmovible; y la Infantina huraña que era el postrer jazmín que daba un huerto... ¡Me figuro las luces de sus ojos como dos cirios de un cariño muerto! Y el arduo afán en el impulso vario por resolver el canto en melodía. Derrame un ruiseñor en el himnario toda la miel del día. Un rumor milenario, y la luz de tu lámpara ¡oh Sophía! Húmedos los cabellos -cristalinos caireles de agua y sol-, aún ondulan fantásticas ondinas; mientras danza en la luz un coro de donceles por la playa al influjo de las sales marinas...
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Acuarimántima iv
Yo descendí de la antioqueña cumbre, de austera estirpe que el honor decora, el alma en paz y el corazón en lumbre, y el claro sortilegio de la aurora bruñó mi lira y la libró de herrumbre. Y fui, viajero de nivoso monte y umbría roza de maíz, al valle que da a la luz su fruta entre su llama: había miel de filtros de sinsonte que derrama canción de rama en rama. Y el mar abierto, a mí divinamente su honda virtud hizo afluir entera: gusté su yodo... y la embriaguez ignota de no sé qué sagrada primavera bajo la paz de una ciudad remota. Fulgía en mi ilusión Acuarimántima. Ciudad del bien, fastuosa, legendaria, ciudad de amor y esfuerzo y ufanía y de meditación y de plegaria; una ciudad azúlea, egregia, fuerte, una Jerusalén de poesía. Y como los cruzados medioevales, ceñíme al torso fúlgida coraza y fuime en pos de la ciudad cautiva, burlando la guadaña de la Muerte y la fortuna a mi querer esquiva. La ondulante odisea rememoro con amor y dolor... Un linde vago, de súbito sangriento, ya cetrino... Un buque... un muelle... un joven noctivago... y el tono de la voz... y el pan marcino... La maravilla comba, transparente, de las noches de junio hacia la hondura de un huerto viola, en ácidos alcores; y allí la levadura de mis cantos, hecha de mezquindad y sinsabores. Y aquella niña del amor florido y oloroso, y ritual, y enardecido, el seno como un fruto no oprimido, y un dulzor en los besos diluïdo, y un no sé qué... que túrbame el sentido. Y la huraña beldad, el mármol yerto e inconmovible; y la Infantina huraña que era el postrer jazmín que daba un huerto... ¡Me figuro las luces de sus ojos como dos cirios de un cariño muerto! Y el arduo afán en el impulso vario por resolver el canto en melodía. Derrame un ruiseñor en el himnario toda la miel del día. Un rumor milenario, y la luz de tu lámpara ¡oh Sophía! Húmedos los cabellos -cristalinos caireles de agua y sol-, aún ondulan fantásticas ondinas; mientras danza en la luz un coro de donceles por la playa al influjo de las sales marinas...
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Abandoné las sombras, las espesas paredes, los ruidos familiares, la amistad de los libros, el tabaco, las plumas, los secos cielorrasos; para salir volando, desesperadamente. Abajo: en la penumbra, las amargas cornisas, las calles desoladas, los faroles sonámbulos, las muertas chimeneas, los rumores cansados; pero seguí volando, desesperadamente. Ya todo era silencio, simuladas catástrofes, grandes charcos de sombra, aguaceros, relámpagos, vagabundos islotes de inestables riberas; pero seguí volando, desesperadamente. Un resplandor desnudo, una luz calcinante se interpuso en mi ruta, me fascinó de muerte, pero logré evadirme de su letal influjo, para seguir volando, desesperadamente. Todavía el destino de mundos fenecidos, desorientó mi vuelo -de sideral constancia- con sus vanas parábolas y sus aureolas falsas; pero seguí volando, desesperadamente. Me oprimía lo fluido, la limpidez maciza, el vacío escarchado, la inaudible distancia, la oquedad insonora, el reposo asfixiante; pero seguía volando, desesperadamente. Ya no existía nada, la nada estaba ausente; ni oscuridad, ni lumbre, -ni unas manos celestes- ni vida, ni destino, ni misterio, ni muerte; pero seguía volando, desesperadamente.
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Vuelo sin orillas
Cordero tranquilo, cordero que paces tu grama y ajustas tu ser a la eterna armonía: hundiendo en el lodo las plantas fugaces huí de mis campos feraces un día... Ruiseñor de la selva encantada que preludias el orto abrileño: a pesar de la fúnebre muerte, y la sombra, y la nada, yo tuve el ensueño. Sendero que vas del alcor campesino a perderte en la azul lontananza: los dioses me han hecho un regalo divino: la ardiente esperanza. Espiga que mecen los vientos, espiga que conjuntas el trigo dorado: al influjo de soplos violentos, en las noches de amor, he temblado. Montaña que el sol transfigura. Tabor al febril mediodía, silente deidad en la noche estilífera y pura: ¡nadie supo en la tierra sombría mi dolor, mi temblor, mi pavura! Y vosotros, rosal florecido, lebreles sin amo, luceros, crepúsculos, escuchadme esta cosa tremenda: ¡He Vivido! He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos, y voy al olvido...
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Elegía de septiembre
Yo no sabía que el azul mañana es vago espectro del brumoso ayer; que agitado por soplos de centurias el corazón anhela arder, arder. Siento su influjo y su latencia, y cuándo quiere sus luminarias entender.             Pero la vida está llamando,             y ya no es hora de aprender. Yo sabía que tu sol, ternura, da al cielo de los niños rosicler, y que, bajo el laurel, el héroe rudo algo de niño tiene que tener. ¡Oh, quién pudiera de niñez temblando, a un alba de inocencia renacer!             Pero la vida está pasando             y ya no es hora de aprender. Yo sabía que la paz profunda del afecto, los lirios del placer, la magnolia de luz de la energía, lleva en su blando seno la mujer. Mi sien rendida en este seno blando, un hombre de verdad quisiera ser…             Pero la vida está acabando,             y ya no es hora de aprender.
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Lamentación de octubre
Todo en ella encantaba, todo en ella atraía su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar... El ingenio de Francia de su boca fluía. Era llena de gracia, como el Avemaría. ¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar! Ingenua como el agua, diáfana como el día, rubia y nevada como Margarita sin par, el influjo de su alma celeste amanecía... Era llena de gracia, como el Avemaría. ¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar! Cierta dulce y amable dignidad la investía de no sé qué prestigio lejano y singular. Más que muchas princesas, princesa parecía: era llena de gracia como el Avemaría. ¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar! Yo gocé del privilegio de encontrarla en mi vía dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar y cadencias arcanas halló mi poesía. Era llena de gracia como el Avemaría. ¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar! ¡Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía; pero flores tan bellas nunca pueden durar! ¡Era llena de gracia, como el Avemaría, y a la Fuente de gracia, de donde procedía, se volvió... como gota que se vuelve a la mar!
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Iii. gratia plena
Hay un verde laurel. En sus ramas un enjambre de pájaros duerme         en mudo reposo, sin que el beso del sol los despierte. Hay un verde laurel. En sus ramas que el terral melancólico mueve,         se advierte una lira, sin que nadie esa lira descuelgue. ¡Quién pudiera, al influjo sagrado         de un soplo celeste, despertar en el árbol florido las rimas que duermen! ¡Y flotando en la luz el espíritu, mientras arde en la sangre la fiebre, como «un himno gigante y extraño» arrancar a la lira de Bécquer!
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Rima - vi
Tu amada muerta es como una princesa que duerme. Su alma, en un total olvido de sí misma, flota en la noche. Mas si tú persistes en quererla, Un día esta persistencia de tu amor la recordará. Su espíritu tornará a la conciencia de su ser, y sentirás en lo íntimo de tu cerebro el suave latido de su despertar y el influjo inconfundible de su vieja ternura que vuelve... Comprenderás entonces, merced a estos signos misteriosos, que una vez más el amor ha vencido a la muerte.
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Vi. la bella del bosque durmiente