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"impulso" poems
*Te amo Te amo de una manera inexplicable. De una forma inconfesable. De un modo contradictorio. Te amo Con mis estados de ánimo que son muchos y cambian de humor continuamente. Por lo que ya sabes... el tiempo... la vida... la muerte. Te amo Con el mundo que no entiendo. Con la gente que no comprende. Con la ambivalencia de mi alma. Con la incoherencia de mis actos. Con la fatalidad del destino. Con la conspiración del deseo. Con la ambigüedad de los hechos. Aún cuando te digo que no te amo, te amo. Hasta cuando te engaño, no te engaño. En el fondo, llevo a cabo un plan, para amarte mejor. Te amo Sin reflexionar, inconscientemente, irresponsablemente, espontáneamente, involuntariamente, por instinto, por impulso, irracionalmente. En efecto, no tengo argumentos lógicos, ni siquiera improvisados para fundamentar este amor que siento por ti, que surgió misteriosamente de la nada, que no ha resuelto mágicamente nada, y que milagrosamente, de a poco, con poco y nada ha mejorado lo peor de mi. Te amo. Te amo con un cuerpo que no piensa, con un corazón que no razona, con una cabeza que no coordina. Te amo incomprensiblemente. Sin preguntarme por qué te amo. Sin importarme por qué te amo. Sin cuestionarme por qué te amo. Te amo sencillamente porque te amo. Yo mismo no se por qué te amo.* ― Pablo Neruda
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May 22, 2014
May 22, 2014 at 9:12 PM UTC
Te amo
La cosa va así: no sé cómo nombrar este libro, como si nombrar esto fuera la hipérbole de la hermandad, no temerle a lo cierto, pasar del alimento cotidiano al polvo de un paisaje, saltar por lo sencillo de la imagen de un pájaro blanco que irrumpe sin respeto, a lo que nunca supe. Escribir es escribir lo que no se sabe, por lo demás, un impulso que tienta definir la sonrisa de alguien, con la estampa accesible de un nombre propio. Pero la cosa va así amor: no sé cómo nombrar este libro, susceptible todo desde lo nada, por eso el tema del clima, árboles totales, victorias contundentes de insectos, lo que contiene decir un niño ambiguo: para alguien la carcajada, para otro el asco, para alguien más, horas claras, semanas marcadas para siempre-nunca. Al escribir tenemos reservas, al ver de frente tenemos reservas, al poner el pie derecho pensando en las serpientes tenemos reservas, al dormir al lado de algún desconocido tenemos reservas. Al menos hoy, al no saber cómo darle nombre a esto que ha ocurrido, mientras los truenos marcan distancia y certidumbre.
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Jan 17, 2012
Jan 17, 2012 at 10:06 PM UTC
viaje al centro de la tierra
vuelve a acariciar mi cara y rómpeme ya de verdad no me importa tú seguirás y yo me quedaré aquí con miles de pedazos de lo que solía ser mi persona con miles de sueños y esperanzas con un corazón roto una mente destrozada un impulso un latido nada
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May 12, 2017
May 12, 2017 at 1:07 AM UTC
descenso
Cuando yo amo amo sin tiempo sin espacio amo muy imperfecto(así me sale) y generalmente por impulso. Amo como un espejo deformado muy desordenada, amo en secreto y bajo la lluvia amo profundo y de verdad con alma corazón y sin razón. Amo con el pensamiento más puro y bajo las tormentas oscuras de las palabras. Amo más allá de toda conspiración y los puñales que las ausencias me clavan . Amo para toda la vida o hasta mañana. ¡Qué gris frío dolor atraviesa entre relámpagos mi vida hoy al darme cuenta que nadie existe en ésta tierra que pueda amar como lo hago yo!.
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Sep 25, 2015
Sep 25, 2015 at 9:25 PM UTC
CUANDO YO AMO
Un monte azul, un pájaro viajero, un roble, una llanura, un niño, una canción... Y, sin embargo, nada sabemos hoy, hermano mío. Bórranse los senderos en la sombra; el corazón del monte está cerrado; el perro del pastor trágicamente aúlla entre las hierbas del vallado. Apoya tu fatiga en mi fatiga, que yo mi pena apoyaré en tu pena, y llora, como yo, por el influjo de la tarde traslúcida y serena. Nunca sabremos nada... ¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante, vago rumor de mares en zozobra, emoción desatada, quimeras vanas, ilusión sin obra? Hermano mío, en la inquietud constante, nunca sabremos nada... ¿En qué grutas de islas misteriosas arrullaron los Números tu sueño? ¿Quién me da los carbones irreales de mi ardiente pasión, y la resina que efunde en mis poemas su fragancia? ¿Qué voz suave, que ansiedad divina tiene en nuestra ansiedad su resonancia? Todo inquirir fracasa en el vacío, cual fracasan los bólidos nocturnos en el fondo del mar; toda pregunta vuelve a nosotros trémula y fallida, como del choque en el cantil fragoso la flecha por el arco despedida. Hermano mío, en el impulso errante, nunca sabremos nada... Y sin embargo... ¿Qué mística influencia vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante? ¿Quién prende a nuestros hombros manto real de púrpuras gloriosas, y quién a nuestras llagas viene y las unge y las convierte en rosas? Tú, que sobre las hierbas reposabas de cara al cielo, dices de repente: -«La estrella de la tarde está encendida». Ávidos buscan su fulgor mis ojos a través de la bruma, y ascendemos por el hilo de luz... Un grillo canta en los repuestos musgos del cercado, y un incendio de estrellas se levanta en tu pecho, tranquilo ante la tarde, y en mi pecho en la tarde sosegado...
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La estrella de la tarde
Un monte azul, un pájaro viajero, un roble, una llanura, un niño, una canción... Y, sin embargo, nada sabemos hoy, hermano mío. Bórranse los senderos en la sombra; el corazón del monte está cerrado; el perro del pastor trágicamente aúlla entre las hierbas del vallado. Apoya tu fatiga en mi fatiga, que yo mi pena apoyaré en tu pena, y llora, como yo, por el influjo de la tarde traslúcida y serena. Nunca sabremos nada... ¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante, vago rumor de mares en zozobra, emoción desatada, quimeras vanas, ilusión sin obra? Hermano mío, en la inquietud constante, nunca sabremos nada... ¿En qué grutas de islas misteriosas arrullaron los Números tu sueño? ¿Quién me da los carbones irreales de mi ardiente pasión, y la resina que efunde en mis poemas su fragancia? ¿Qué voz suave, que ansiedad divina tiene en nuestra ansiedad su resonancia? Todo inquirir fracasa en el vacío, cual fracasan los bólidos nocturnos en el fondo del mar; toda pregunta vuelve a nosotros trémula y fallida, como del choque en el cantil fragoso la flecha por el arco despedida. Hermano mío, en el impulso errante, nunca sabremos nada... Y sin embargo... ¿Qué mística influencia vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante? ¿Quién prende a nuestros hombros manto real de púrpuras gloriosas, y quién a nuestras llagas viene y las unge y las convierte en rosas? Tú, que sobre las hierbas reposabas de cara al cielo, dices de repente: -«La estrella de la tarde está encendida». Ávidos buscan su fulgor mis ojos a través de la bruma, y ascendemos por el hilo de luz... Un grillo canta en los repuestos musgos del cercado, y un incendio de estrellas se levanta en tu pecho, tranquilo ante la tarde, y en mi pecho en la tarde sosegado...
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La molesta ansiedad de sentirse querido, el nerviosismo que causa el pensamiento de poder ser olvidado, los rencores, la apatía, los arrepentimientos, las dependencias y las decadencias. Y de pronto todo se suprime. Todo se transforma. Todo cambia. Me libero de todo ciclo. De toda rutina. Me adueño de mi camino, y mi camino de mi vida otra vez pero como nunca. Las ganas de aprender, conocer y desprender dominan las dudas. El rápido impulso sentir que todo es grande, y el tiempo es corto lo mueve todo. Me protege mi libertad, y yo a ella la protejo.
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Jun 18, 2014
Jun 18, 2014 at 6:24 PM UTC
Libertad
Todo está tranquilo & quieto como una típica noche de verano. Todos duermen profundamente, menos tu & yo. Nadie se da cuenta que estamos en el auto envolviéndonos entre caricias & besos bajo la luna menguante. Tus manos acariciando cada detalle pequeño de mi cuerpo, mis labios besando cada lunar que yace en tu piel, teniendo el más placentero contacto ****** con la delicadeza que puede poseer un artesano. Ahí estábamos, dos adolescentes enamorados dejándose llevar por un impulso ****** que no podían controlar, devorándose bajo las estrellas, dejando que su amor fluyera entre sus cuerpos. Entre gemidos, chupones, rasguños, mordiscos & mil cosas más culminaron su orgásmico encuentro ****** Al terminar el la toma en sus brazos, la mira a sus brillantes ojos hazel & le dice “Teamo, siempre lo hare & jamás voy a dejar que te vayas de mi lado”
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Jun 6, 2014
Jun 6, 2014 at 12:10 AM UTC
Noche de verano
No se agotará la distancia Por lo tanto no me quedaré vacío Es un plan a seguir así sin la prisa De quien sólo piensa en llegar Me quedo aquí suave y demorado Viendo al ritmo elegir cómo hacerse Me libro de cúspides y aprendo Que amar es que se esparza el impulso Renovar al yo entregarse sin sed Darse por entero hasta ya no ser uno Pero ni así se agota la distancia Ni así la luz o el silencio nos adoptan Yo me quedo aquí sirviéndole al ritmo Que acaso es más rico diseminar lo vital
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Nov 1, 2014
Nov 1, 2014 at 1:25 AM UTC
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Vengo a expresar mi desazón suprema y a perpetuarla en la virtud del canto. Yo soy Maín, el héroe del poema, que vio, desde los círculos del día, regir el mundo una embriaguez y un llanto. ¡Armonía! ¡Oh profunda, oh abscóndita Armonía! Y velaré mi arduo pensamiento sotto il velame degli versi strani, fastuoso, de pompas seculares; perfecta en sí la estrofa del lamento y a impulso de los ritmos estelares. Columpia el mar su cauda nacarina, e imbuida en la clámide del río pasa en la bruma fúlgida la carne de la ondina. Grana el campo nutricio, fluyen mieles, una deidad inflama las horas con su llama y loa el día azul un coro de donceles. Romero: ¿no rebosa el corazón por la noche de sombras evocadas, por la tierra de arrugas trabajadas, del Tiempo y el Espacio la múltiple emoción? Brilla en las lejanías invioladas vaga ciudad, e! viento da en los juncos, los juncos gimen bajo el viento rudo... Romero, ¡que se vierta el corazón! y la ternura y la tristeza mía canten en el crepúsculo: ¡Armonía! Yo, Rey del reino estéril de las lágrimas, yo, Rey del reino vacuo de las rimas, con mis canciones ebrias que un son nocturno hechiza y con mis voces pávidas, anuncio las cavernas del Enigma. En mis siete dolores primarios se resume, como en alejandrino paradigma, la escala del dolor que el mal asume. Tenebrosa, recóndita Armonía... Mi numen, fuerte, no es aquel tan puro como el cerrado corazón de un monte; pero sobre sus ruinas de inocencias haré brillar, ebrio del dolor puro, una gota de luz del corazón del monte.
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Acuarimántima i
Vengo a expresar mi desazón suprema y a perpetuarla en la virtud del canto. Yo soy Maín, el héroe del poema, que vio, desde los círculos del día, regir el mundo una embriaguez y un llanto. ¡Armonía! ¡Oh profunda, oh abscóndita Armonía! Y velaré mi arduo pensamiento sotto il velame degli versi strani, fastuoso, de pompas seculares; perfecta en sí la estrofa del lamento y a impulso de los ritmos estelares. Columpia el mar su cauda nacarina, e imbuida en la clámide del río pasa en la bruma fúlgida la carne de la ondina. Grana el campo nutricio, fluyen mieles, una deidad inflama las horas con su llama y loa el día azul un coro de donceles. Romero: ¿no rebosa el corazón por la noche de sombras evocadas, por la tierra de arrugas trabajadas, del Tiempo y el Espacio la múltiple emoción? Brilla en las lejanías invioladas vaga ciudad, e! viento da en los juncos, los juncos gimen bajo el viento rudo... Romero, ¡que se vierta el corazón! y la ternura y la tristeza mía canten en el crepúsculo: ¡Armonía! Yo, Rey del reino estéril de las lágrimas, yo, Rey del reino vacuo de las rimas, con mis canciones ebrias que un son nocturno hechiza y con mis voces pávidas, anuncio las cavernas del Enigma. En mis siete dolores primarios se resume, como en alejandrino paradigma, la escala del dolor que el mal asume. Tenebrosa, recóndita Armonía... Mi numen, fuerte, no es aquel tan puro como el cerrado corazón de un monte; pero sobre sus ruinas de inocencias haré brillar, ebrio del dolor puro, una gota de luz del corazón del monte.
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Raiva. **** Dança. Um bipe, susto, esquecimento, raiva, dois bipes, três, soneca. Cinco minutos. - - - - ------------ - - – - – - – - – - – - – - – - – - – – ----------- - – - – - - - - - - – --___ - __ - __ - _ Bipe. Resmungo. Piscar. Interruptor, luz, ardência, explosão. Porta, cozinha. Frigideira, ovos, omelete, engasgue, tosse, água. Maçã. Quarto, vestimentas, capacete. Mochila: 15kg. Rua, bicicleta. Firmeza, foco, parábola, impulso. Curvas, carro, fechada. Porra! Esquece. Vocalise. Caminho: metade → Calor, suor. Vestimentas, despir, mochila, guardar, impulso. Partir. Subida: força, constância, relaxamento, foco. Acidente. Morte? Não. ***** olhos, claridade. Gelo. Suspiro. Rua, asfalto. Inferno? Subterrâneo, ainda... Chegada, contra-mão. Bom-dia. Raiva.
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Sep 24, 2014
Sep 24, 2014 at 11:16 AM UTC
O Ciclo do Oitenta
¿Suspiros?... ¡Aire!... ¿Lágrimas?... ¡Agua! ¿Insomnios?... ¡Nervios! Tenéis razón: ¡Y yo no duermo, llorando penas! ¡Y yo suspiro, sintiendo amor! Seres felices los que ignoramos Que amor, ternura, dicha y pesar, Sólo son causas que determinan Las secreciones del lagrimal. Hay algo oculto, misterio santo, De nuestra vida fuerza y poder, Ignota llama, constante impulso Que todos sienten, que nadie ve. ¿La sangre acaso? ¡callad, ilusos! ¿La sangre puede reír, llorar? ¿Guardan sus globos los pensamientos, Las esperanzas, lo inmaterial? ¿Quizá los nervios? Hilos que llevan Hasta el cerebro la sensación, ¿También trasmiten los sentimientos Que nos elevan buscando a Dios? Duermo en la alcoba sola y oscura, Y no es tan negra mi soledad, Pues ya dormido, con otros ojos Miro las formas de lo ideal. ¿En qué pupilas y en qué retina Se graba el ángel que alcanzo a ver? ¿Por qué sin ojos mirarlo puedo, Y estando mudo, le hablo también? ¡Sangre! No bastas para la mente. Prestas al barro tinte y color; Y de igual modo correr podrías Dentro la estatua de Pigmalión. Mas este impulso secreto y vago Que le llamamos sentir, pensar; Que nos eleva, que nos contiene, Que deja al barro, y al cielo va; Esta secreta llama que encierra Conciencia, juicio, talento, amor; Que no se palpa, que no se mide: La fe, la gloria, la inspiración; No está en los nervios ni está en la sangre; ¡No! que si fuese materia vil, Cuando se duerme bajo la tumba, Con sangre y nervios quedara allí. Eso es eterno. La ciencia, el arte, Reflejos suyos siempre serán. Fuera del alma ¡cuán pobres somos! ¡Todo se muere! ¡Todo se va!
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Lo que no muere
¿Suspiros?... ¡Aire!... ¿Lágrimas?... ¡Agua! ¿Insomnios?... ¡Nervios! Tenéis razón: ¡Y yo no duermo, llorando penas! ¡Y yo suspiro, sintiendo amor! Seres felices los que ignoramos Que amor, ternura, dicha y pesar, Sólo son causas que determinan Las secreciones del lagrimal. Hay algo oculto, misterio santo, De nuestra vida fuerza y poder, Ignota llama, constante impulso Que todos sienten, que nadie ve. ¿La sangre acaso? ¡callad, ilusos! ¿La sangre puede reír, llorar? ¿Guardan sus globos los pensamientos, Las esperanzas, lo inmaterial? ¿Quizá los nervios? Hilos que llevan Hasta el cerebro la sensación, ¿También trasmiten los sentimientos Que nos elevan buscando a Dios? Duermo en la alcoba sola y oscura, Y no es tan negra mi soledad, Pues ya dormido, con otros ojos Miro las formas de lo ideal. ¿En qué pupilas y en qué retina Se graba el ángel que alcanzo a ver? ¿Por qué sin ojos mirarlo puedo, Y estando mudo, le hablo también? ¡Sangre! No bastas para la mente. Prestas al barro tinte y color; Y de igual modo correr podrías Dentro la estatua de Pigmalión. Mas este impulso secreto y vago Que le llamamos sentir, pensar; Que nos eleva, que nos contiene, Que deja al barro, y al cielo va; Esta secreta llama que encierra Conciencia, juicio, talento, amor; Que no se palpa, que no se mide: La fe, la gloria, la inspiración; No está en los nervios ni está en la sangre; ¡No! que si fuese materia vil, Cuando se duerme bajo la tumba, Con sangre y nervios quedara allí. Eso es eterno. La ciencia, el arte, Reflejos suyos siempre serán. Fuera del alma ¡cuán pobres somos! ¡Todo se muere! ¡Todo se va!
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Le pedí un sublime canto que endulzara mi rudo, monótono y áspero vivir. El me dio una alondra de rima encantada... ¡Yo quería mil! Le pedí un ejemplo del ritmo seguro con que yo pudiera gobernar mi afán. Me dio un arroyuelo, murmurio nocturno... ¡Yo quería un mar! Le pedí una hoguera de ardor nunca extinto, para que a mis sueños prestase calor. Me dio una luciérnaga de menguado brillo... ¡Yo quería un sol! Qué vana es la vida, qué inútil mi impulso, y el verdor edénico, y el azul Abril... ¡Oh sórdido guía del viaje nocturno: ¡Yo quiero morir!
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Soberbia
En libre vuelo, el cielo de mi América hender he visto un cóndor ***** errante. ¿Qué abismo circunscribe? ¿Qué intacta nieve augura? Por las arterias de los ciervos montesinos discurre para el cóndor la sangre enardecida, bajo las pieles lúcidas, entre las carnes bellas. ¡La presa viva!, ¡el pico ensangrentado!, ¡el ala pronta!, ¡el ímpetu del vuelo! y un delirar de cumbres y centellas. Así mi impulso al aura de la vida, y así mi Musa en su ilusión liviana de que brote la carne un lirio místico. Bestia de los demonios poseída, ¡oh carne, es hora ya del don eucarístico! Cintila el cielo en gajos de luceros, y querubes de vuelos melodiosos revuelan de luceros a luceros. Tengo la sensación de que discurro delante de los pórticos sagrados: alguien dice mi nombre a la distancia; brotan dulces jardines los collados y asume mi ternura en su fragancia. Claridad estelar, templo encendido, rima errante por noches de pavura, huerto a la luz de Vésper. En olvido mi ser se muere, mi canción no dura, ¿y fui no más un lúgubre alarido? Carne, bestia, mi Amiga y mi Enemiga: yo soy tú, que por leyes ominosas, cual vano mimbre que meció una espiga te haces nada en el polvo de las cosas... ¿Y la divina Psiquis, la Rosa entre las rosas? ¿Y mis amores que irisé de lágrimas? ¿Y mi ciudad nebúlea tras la ilusión del día? ¿Y mis antorchas que erigí de emblema? ¿Y esta inquietud, y este ímpetu anhelante hacia una ley o una verdad suprema? Pesa sobre tus pétalos, ¡oh Rosa Espiritual! tan lóbrega y cerrada la noche, tan vacía y rencorosa, que en vano el brillo de tu broche efunde. Amor. Deleite. Horror. Pavesas. Nada. ¡Nada, nada por siempre! Y merecía mi Alma, por los dioses engañada, la Verdad, y la ley y la Armonía. ¡Sé digna de este horror y de esta nada, y activa y valerosa, ¡oh alma mía!
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Acuarimántima ii
En libre vuelo, el cielo de mi América hender he visto un cóndor ***** errante. ¿Qué abismo circunscribe? ¿Qué intacta nieve augura? Por las arterias de los ciervos montesinos discurre para el cóndor la sangre enardecida, bajo las pieles lúcidas, entre las carnes bellas. ¡La presa viva!, ¡el pico ensangrentado!, ¡el ala pronta!, ¡el ímpetu del vuelo! y un delirar de cumbres y centellas. Así mi impulso al aura de la vida, y así mi Musa en su ilusión liviana de que brote la carne un lirio místico. Bestia de los demonios poseída, ¡oh carne, es hora ya del don eucarístico! Cintila el cielo en gajos de luceros, y querubes de vuelos melodiosos revuelan de luceros a luceros. Tengo la sensación de que discurro delante de los pórticos sagrados: alguien dice mi nombre a la distancia; brotan dulces jardines los collados y asume mi ternura en su fragancia. Claridad estelar, templo encendido, rima errante por noches de pavura, huerto a la luz de Vésper. En olvido mi ser se muere, mi canción no dura, ¿y fui no más un lúgubre alarido? Carne, bestia, mi Amiga y mi Enemiga: yo soy tú, que por leyes ominosas, cual vano mimbre que meció una espiga te haces nada en el polvo de las cosas... ¿Y la divina Psiquis, la Rosa entre las rosas? ¿Y mis amores que irisé de lágrimas? ¿Y mi ciudad nebúlea tras la ilusión del día? ¿Y mis antorchas que erigí de emblema? ¿Y esta inquietud, y este ímpetu anhelante hacia una ley o una verdad suprema? Pesa sobre tus pétalos, ¡oh Rosa Espiritual! tan lóbrega y cerrada la noche, tan vacía y rencorosa, que en vano el brillo de tu broche efunde. Amor. Deleite. Horror. Pavesas. Nada. ¡Nada, nada por siempre! Y merecía mi Alma, por los dioses engañada, la Verdad, y la ley y la Armonía. ¡Sé digna de este horror y de esta nada, y activa y valerosa, ¡oh alma mía!
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En el rigor del vaso que la aclara, el agua toma forma -ciertamente. Trae una sed de siglos en los belfos, una sed fría, en ***** que ara cauces en el sueño moroso de la tierra, que perfora sus miembros florecidos, como una sangre cáustica, incendiándolos, ay, abriendo en ellos desapacibles úlceras de insomnio. Más amor que sed; más que amor, idolatría, dispersión de criatura estupefacta ante el fulgor que blande -germen del trueno olímpico- la forma en sus netos contornos fascinados. ¡Idolatría, sí idolatría! Mas no le basta el ser un puro salmo, un ardoroso incienso de sonido; quiere, además, oírse. Ni le basta tener sólo reflejos -briznas de espuma para el ala de luz que en ella anida; quiere, además, un tálamo de sombra, un ojo, para mirar el ojo que la mira. En el lago, en la charca, en el estanque, en la entumida cuenca de la mano, se consuma este rito de eslabones, este enlace diabólico que encadena el amor a su pecado. En el nítido rostro sin facciones el agua, poseída, siente cuajar la máscara de espejos que el dibujo del vaso le procura. Ha encontrado, por fin, en su correr sonámbulo, una bella, puntual fisonomía. Ya puede estar de pie frente a las cosas. Ya es ella también, aunque por arte de estas limpias metáforas cruzadas, un encendido vaso de figuras. El camino, la barda, los castaños, para durar el tiempo de una muerte gratuita y prematura, pero bella, ingresan por su impulso en el suplicio de la imagen propia y en medio del jardín, bajo las nubes, descarnada lección de poesía, instalan un infierno alucinante.
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Muerte sin fin
En el rigor del vaso que la aclara, el agua toma forma -ciertamente. Trae una sed de siglos en los belfos, una sed fría, en ***** que ara cauces en el sueño moroso de la tierra, que perfora sus miembros florecidos, como una sangre cáustica, incendiándolos, ay, abriendo en ellos desapacibles úlceras de insomnio. Más amor que sed; más que amor, idolatría, dispersión de criatura estupefacta ante el fulgor que blande -germen del trueno olímpico- la forma en sus netos contornos fascinados. ¡Idolatría, sí idolatría! Mas no le basta el ser un puro salmo, un ardoroso incienso de sonido; quiere, además, oírse. Ni le basta tener sólo reflejos -briznas de espuma para el ala de luz que en ella anida; quiere, además, un tálamo de sombra, un ojo, para mirar el ojo que la mira. En el lago, en la charca, en el estanque, en la entumida cuenca de la mano, se consuma este rito de eslabones, este enlace diabólico que encadena el amor a su pecado. En el nítido rostro sin facciones el agua, poseída, siente cuajar la máscara de espejos que el dibujo del vaso le procura. Ha encontrado, por fin, en su correr sonámbulo, una bella, puntual fisonomía. Ya puede estar de pie frente a las cosas. Ya es ella también, aunque por arte de estas limpias metáforas cruzadas, un encendido vaso de figuras. El camino, la barda, los castaños, para durar el tiempo de una muerte gratuita y prematura, pero bella, ingresan por su impulso en el suplicio de la imagen propia y en medio del jardín, bajo las nubes, descarnada lección de poesía, instalan un infierno alucinante.
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Sobre la piel del cielo, sobre sus precipicios se remontan los hombres. ¿Quién ha impulsado el vuelo? Sonoros, derramados en aéreos ejercicios,               raptan la piel del cielo. Más que el cálido aceite, sí, más que los motores, el ímpetu mecánico del aparato alado, cóleras entusiastas, geológicos rencores,               iras les han llevado. Les han llevado al aire, como un aire rotundo que desde el corazón resoplara un plumaje. Y ascienden y descienden sobre la piel del mundo               alados de coraje. En un avance cósmico de llamas y zumbidos que aeródromos de pueblos emocionados lanzan, los soldados del aire, veloces, esculpidos,               acerados avanzan. El azul se enardece y adquiere una alegría, un movimiento, una juventud libre y clara, lo mismo que si mayo, la claridad del día               corriera, resonara. Los estremecimientos del valor y la altura, los enardecimientos del azul y el vacío: el cielo retrocede sintiendo la hermosura               como un escalofrío. Impulsado, asombrado, perseguido, regresa al aire al torbellino nativo y absorbente, mientras evolucionan los héroes en su empresa               inverosímilmente. Es el mundo tan breve para un ala atrevida, para una juventud con la audacia por pluma; reducido es el cielo, poderosa la vida,               domada y con espuma. El vuelo significa la alegría más alta, la agilidad más viva, la juventud más firme. En la pasión del vuelo truena la luz, y exalta               alas con que batirme. Hombres que son capaces de volar bajo el suelo, para quienes no hay ámbitos ni grandes ni imposibles, con la mirada tensa, prorrumpen en el vuelo               gladiadores, temibles. Arrebatados, tensos, peligrosos, tajantes, igual que una colmena de soles extendidos, de astros motorizados, de cigarras tremantes,               cruzan con sus bramidos. Ni un paso de planetas, ni un tránsito de toros batiéndose, volcándose por un desfiladero, **** al universo ni acentos más sonoros               ni resplandor más fiero. Todos los aviadores tenéis este trabajo: echar abajo el pájaro fraguador de cadenas, las ciudades podridas abajo, y más abajo               las cárceles, las penas. En vuestra mano está la libertad del ala, la libertad del mundo, soldados voladores: y arrancaréis del cielo la codiciosa y mala               hierba de otros motores. El aire no os ofrece ni escudos ni barreras: el esfuerzo ha de ser todo de vuestro impulso. Y al polvo entregaréis el vuelo de las fieras               abatido, convulso. Si ardéis, si eso es posible, poseedores del fuego, no dejaréis ceniza ni rastro, sino gloria. Espejos sobrehumanos, iluminaréis luego               la creación, la historia.
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El vuelo de los hombres
Sobre la piel del cielo, sobre sus precipicios se remontan los hombres. ¿Quién ha impulsado el vuelo? Sonoros, derramados en aéreos ejercicios,               raptan la piel del cielo. Más que el cálido aceite, sí, más que los motores, el ímpetu mecánico del aparato alado, cóleras entusiastas, geológicos rencores,               iras les han llevado. Les han llevado al aire, como un aire rotundo que desde el corazón resoplara un plumaje. Y ascienden y descienden sobre la piel del mundo               alados de coraje. En un avance cósmico de llamas y zumbidos que aeródromos de pueblos emocionados lanzan, los soldados del aire, veloces, esculpidos,               acerados avanzan. El azul se enardece y adquiere una alegría, un movimiento, una juventud libre y clara, lo mismo que si mayo, la claridad del día               corriera, resonara. Los estremecimientos del valor y la altura, los enardecimientos del azul y el vacío: el cielo retrocede sintiendo la hermosura               como un escalofrío. Impulsado, asombrado, perseguido, regresa al aire al torbellino nativo y absorbente, mientras evolucionan los héroes en su empresa               inverosímilmente. Es el mundo tan breve para un ala atrevida, para una juventud con la audacia por pluma; reducido es el cielo, poderosa la vida,               domada y con espuma. El vuelo significa la alegría más alta, la agilidad más viva, la juventud más firme. En la pasión del vuelo truena la luz, y exalta               alas con que batirme. Hombres que son capaces de volar bajo el suelo, para quienes no hay ámbitos ni grandes ni imposibles, con la mirada tensa, prorrumpen en el vuelo               gladiadores, temibles. Arrebatados, tensos, peligrosos, tajantes, igual que una colmena de soles extendidos, de astros motorizados, de cigarras tremantes,               cruzan con sus bramidos. Ni un paso de planetas, ni un tránsito de toros batiéndose, volcándose por un desfiladero, **** al universo ni acentos más sonoros               ni resplandor más fiero. Todos los aviadores tenéis este trabajo: echar abajo el pájaro fraguador de cadenas, las ciudades podridas abajo, y más abajo               las cárceles, las penas. En vuestra mano está la libertad del ala, la libertad del mundo, soldados voladores: y arrancaréis del cielo la codiciosa y mala               hierba de otros motores. El aire no os ofrece ni escudos ni barreras: el esfuerzo ha de ser todo de vuestro impulso. Y al polvo entregaréis el vuelo de las fieras               abatido, convulso. Si ardéis, si eso es posible, poseedores del fuego, no dejaréis ceniza ni rastro, sino gloria. Espejos sobrehumanos, iluminaréis luego               la creación, la historia.
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No con altos ejemplos se modela la perfección del alma, ni el tesoro de un buen libro nos dona el del decoro que a las bajas acciones se rebela. La enseñanza no es feudo de la escuela, que es la necesidad lección de oro, y por impulso nato rompe en lloro el niño, nada el pez y el ave vuela. Nace la previsión, de lo imprevisto, pero no la virtud con ir al templo, ni término el saber da a nuestras dudas; y, si de algo valiera el buen ejemplo, ¿se explica que el discípulo de un Cristo Maestro de maestros, fuera un Judas?
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Soneto
Yo descendí de la antioqueña cumbre, de austera estirpe que el honor decora, el alma en paz y el corazón en lumbre, y el claro sortilegio de la aurora bruñó mi lira y la libró de herrumbre. Y fui, viajero de nivoso monte y umbría roza de maíz, al valle que da a la luz su fruta entre su llama: había miel de filtros de sinsonte que derrama canción de rama en rama. Y el mar abierto, a mí divinamente su honda virtud hizo afluir entera: gusté su yodo... y la embriaguez ignota de no sé qué sagrada primavera bajo la paz de una ciudad remota. Fulgía en mi ilusión Acuarimántima. Ciudad del bien, fastuosa, legendaria, ciudad de amor y esfuerzo y ufanía y de meditación y de plegaria; una ciudad azúlea, egregia, fuerte, una Jerusalén de poesía. Y como los cruzados medioevales, ceñíme al torso fúlgida coraza y fuime en pos de la ciudad cautiva, burlando la guadaña de la Muerte y la fortuna a mi querer esquiva. La ondulante odisea rememoro con amor y dolor... Un linde vago, de súbito sangriento, ya cetrino... Un buque... un muelle... un joven noctivago... y el tono de la voz... y el pan marcino... La maravilla comba, transparente, de las noches de junio hacia la hondura de un huerto viola, en ácidos alcores; y allí la levadura de mis cantos, hecha de mezquindad y sinsabores. Y aquella niña del amor florido y oloroso, y ritual, y enardecido, el seno como un fruto no oprimido, y un dulzor en los besos diluïdo, y un no sé qué... que túrbame el sentido. Y la huraña beldad, el mármol yerto e inconmovible; y la Infantina huraña que era el postrer jazmín que daba un huerto... ¡Me figuro las luces de sus ojos como dos cirios de un cariño muerto! Y el arduo afán en el impulso vario por resolver el canto en melodía. Derrame un ruiseñor en el himnario toda la miel del día. Un rumor milenario, y la luz de tu lámpara ¡oh Sophía! Húmedos los cabellos -cristalinos caireles de agua y sol-, aún ondulan fantásticas ondinas; mientras danza en la luz un coro de donceles por la playa al influjo de las sales marinas...
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Acuarimántima iv
Yo descendí de la antioqueña cumbre, de austera estirpe que el honor decora, el alma en paz y el corazón en lumbre, y el claro sortilegio de la aurora bruñó mi lira y la libró de herrumbre. Y fui, viajero de nivoso monte y umbría roza de maíz, al valle que da a la luz su fruta entre su llama: había miel de filtros de sinsonte que derrama canción de rama en rama. Y el mar abierto, a mí divinamente su honda virtud hizo afluir entera: gusté su yodo... y la embriaguez ignota de no sé qué sagrada primavera bajo la paz de una ciudad remota. Fulgía en mi ilusión Acuarimántima. Ciudad del bien, fastuosa, legendaria, ciudad de amor y esfuerzo y ufanía y de meditación y de plegaria; una ciudad azúlea, egregia, fuerte, una Jerusalén de poesía. Y como los cruzados medioevales, ceñíme al torso fúlgida coraza y fuime en pos de la ciudad cautiva, burlando la guadaña de la Muerte y la fortuna a mi querer esquiva. La ondulante odisea rememoro con amor y dolor... Un linde vago, de súbito sangriento, ya cetrino... Un buque... un muelle... un joven noctivago... y el tono de la voz... y el pan marcino... La maravilla comba, transparente, de las noches de junio hacia la hondura de un huerto viola, en ácidos alcores; y allí la levadura de mis cantos, hecha de mezquindad y sinsabores. Y aquella niña del amor florido y oloroso, y ritual, y enardecido, el seno como un fruto no oprimido, y un dulzor en los besos diluïdo, y un no sé qué... que túrbame el sentido. Y la huraña beldad, el mármol yerto e inconmovible; y la Infantina huraña que era el postrer jazmín que daba un huerto... ¡Me figuro las luces de sus ojos como dos cirios de un cariño muerto! Y el arduo afán en el impulso vario por resolver el canto en melodía. Derrame un ruiseñor en el himnario toda la miel del día. Un rumor milenario, y la luz de tu lámpara ¡oh Sophía! Húmedos los cabellos -cristalinos caireles de agua y sol-, aún ondulan fantásticas ondinas; mientras danza en la luz un coro de donceles por la playa al influjo de las sales marinas...
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Turbaban mi conciencia en el precario vivir, el ala inquieta, el viento vario, fantasmas familiares, misterios presentidos, amores y cantares de jóvenes floridos, el vino, el mar, el día en el Acuario. Y la meliflua vocación interna; sentir, cantar, en raptos doloridos "ser yo", -"no ser"-, en sucesión alterna. Tronco en la plenitud, hundió mi alma su raíz en el légamo de muerte que nutre las corolas de la vida, y dio el perfume infuso en su ramaje. Vuela el perfume, mas se consume; ilusorio celaje pide al éter sutil que lo asume y en el raudal fluïdo de las auras de abril hace el viaje y se consume... ¡Oh insaciedad del hálito y la nébula, y el amor, y el impulso, y el anhelo! No un dios pagano, pero sí su rastro. No el himno divo, pero sí el suspiro. No el mármol, mas el plinto de alabastro. Y una sensualidad de antiguo giro.
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Acuarimántima v
Tenho acreditado por tanto tempo que tudo de errado e ruim que sinto se esvairia quando encontrasse alguém que quisesse passar noites em claro fazendo nada ao meu lado, e que isso fosse o suficiente, que eu fosse o suficiente. Já experimentei esse sentimento e por mais que repita incontáveis vezes o quanto me quer ali, o sentimento não vai embora; De repente sinto o impulso de me levantar e ir embora sem dizer adeus, e nunca, nunca mais, ouvir de você ou deixar que ouça de mim. São as pequenas mortes como essas que me mantiveram viva até agora, não quero ser real. Me desculpe por todos os olhares, dedos entrelaçados, e promessas não ditas mas subentendidas. Me desculpe antecipadamente se eu tiver que ir embora em algumas semanas ou meses, ou dias. Amanhã, talvez. Quando eu estiver em silêncio, segure-se, segure-me.
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Apr 9, 2017
Apr 9, 2017 at 6:19 PM UTC
smother
É certo que por vezes Pode ser tarde Mas será tarde? Ou talvez cedo É certo Que se procura algo Um momento Um instante Um tempo perdido Mas mesmo assim Mesmo que tarde pareça Talvez o não seja Mesmo que tudo esteja perdido Talvez não É sempre possível sentirmo-nos bem Inútil? É inútil discutir É inútil o gesto que leva à ruptura O que importa? O que importa é o impulso Que de nós sobressai E nos leva a dizer: Sejamos realistas, exijamos o impossível.
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May 6, 2014
May 6, 2014 at 6:27 PM UTC
é certo
¡Tantos que van abriéndose, jardines,                     celestes, y en el agua! Por el azul, espumas, nubecillas,                     ¡tantas corolas blancas! Presente, este vergel, ¿de dónde brota,                     si anoche aquí no estaba? Antes que llegue el día, labradora,                     la aurora se levanta, y empieza su quehacer: urdir futuros.                     Estrellas rezagadas. las luces que aún recoge por los cielos                     por el mar va a sembrarlas. Nacen con el albor olas y nubes.                     ¡Primavera, qué rápida! Esa apenas capullo -nube-, en rosa,                     en oro, en gloria, estalla. Blancas vislumbres, flores fugacísimas                     florecen por las campas de otro azul. Si una espuma se deshoja,                     -pétalos por la playa-, se abren mil; que el rosal de donde suben                     es rosal que no acaba. De esplendores corona el mediodía                     el trabajo del alba. Ya se ve en brillo, en ola, en pompa, en nube                     la cosecha granada. Una estación se abrevia: es una hora.                     Lo que la tierra tarda tanto en llevar a tallos impacientes                     lo trae una mañana. ¿La aurora? Es la frecuente, la celeste,                     primavera diaria; por el azul, sin esperar abriles,                     sus abriles desata. ¿De dónde su poder, el velocísimo                     impulso de su savia? Obediencia. A la luz. Pura obediencia,                     ella, en su cenit, manda. Espacios a su seña se oscurecen,                     a su seña se aclaran. El mar no cría cosa que dé sombra;                     para la luz se guarda. Y ella le cubre su verdad de mitos:                     la luz, eterna magia.
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Variación ii
¡Tantos que van abriéndose, jardines,                     celestes, y en el agua! Por el azul, espumas, nubecillas,                     ¡tantas corolas blancas! Presente, este vergel, ¿de dónde brota,                     si anoche aquí no estaba? Antes que llegue el día, labradora,                     la aurora se levanta, y empieza su quehacer: urdir futuros.                     Estrellas rezagadas. las luces que aún recoge por los cielos                     por el mar va a sembrarlas. Nacen con el albor olas y nubes.                     ¡Primavera, qué rápida! Esa apenas capullo -nube-, en rosa,                     en oro, en gloria, estalla. Blancas vislumbres, flores fugacísimas                     florecen por las campas de otro azul. Si una espuma se deshoja,                     -pétalos por la playa-, se abren mil; que el rosal de donde suben                     es rosal que no acaba. De esplendores corona el mediodía                     el trabajo del alba. Ya se ve en brillo, en ola, en pompa, en nube                     la cosecha granada. Una estación se abrevia: es una hora.                     Lo que la tierra tarda tanto en llevar a tallos impacientes                     lo trae una mañana. ¿La aurora? Es la frecuente, la celeste,                     primavera diaria; por el azul, sin esperar abriles,                     sus abriles desata. ¿De dónde su poder, el velocísimo                     impulso de su savia? Obediencia. A la luz. Pura obediencia,                     ella, en su cenit, manda. Espacios a su seña se oscurecen,                     a su seña se aclaran. El mar no cría cosa que dé sombra;                     para la luz se guarda. Y ella le cubre su verdad de mitos:                     la luz, eterna magia.
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Por la sierra, una tarde, pasaba el Campeador. El sol despertaba su flamígera flor, y bruñía la púrpura de su esplendor postrero en la resplandeciente coraza del guerrero. El oro lo cubría de la frente a los pies: su escarcela era de oro, y era de oro su arnés, y un rubí granadino de adorno en la visera, resplancedía menos que su mirada fiera. Soberbiamente erguido con marcial bizarría, no encontrando adversarios ¡con el Sol se batía! Los pastores en lo alto de las altas montañas, al ver pasar al héroe de las rudas hazañas envuelto en su leyenda de osadía y estrago, entre sí murmuraban: "Es el Cid, o es Santiago". Pues con el fanatismo que infunde la victoria unían los dos nombres en una misma gloria. Así, lento, magnífico, arrogante y severo, iba por los caminos el radiante viajero, cuando oyó que del fondo de un barranco surgía la ronca y débil súplica de una voz de agonía. Y allí, tendido en tierra, vio un monstruo repugnante de agarrotadas manos y roído semblante: Un leproso.                   De súbito, el corcel de Rodrigo se encabritó: Tan sórdido y horrible era el mendigo, que temió el noble bruto contaminar sus cascos con rozar solamente aquel montón de ascos. Con un gesto magnánino, el guerrero español, inclinado su bélico penacho tornasol, le ofrece al miserable todo lo que le queda: una moneda de oro y un ademán de seda. Y entonces, al llameante resplandor del ocaso, con incrédulos ojos y vacilante paso, aquella gusanera viviente se incorpora, y cae de rodillas pesadamente, y llora.... Allí, en aquel oscuro recodo del camino, lo maldijo una anciana, lo apedreó un campesino, le fue negada el agua, le fue negado el pan, y soportó en silencio la injuria y el desmán; y ahora un caballero de luciente armadura caritativamente consuela su amargura sin temer el contagio de su inmunda dolencia, y le ofrece a sus llagas una flor de clemencia. Y el monstruo, en un impulso brutalmente sincero, posa sus labios pútridos sobre el guante de acero. El paladín lo mira sin desdén, sin temor, sin cólera: ¡Por algo es el Cid Campeador! Inmóvil y benigno en su dádiva inmensa, el gran Rodrigo Díaz de Vivar algo piensa: ¿Qué sentimientos laten bajo su coraza? De repente, con suave firmeza, lo rechaza; contempla largamente aquel escombro humano, se arranca el guantelete... ¡y le tiende la mano!
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El cid
Por la sierra, una tarde, pasaba el Campeador. El sol despertaba su flamígera flor, y bruñía la púrpura de su esplendor postrero en la resplandeciente coraza del guerrero. El oro lo cubría de la frente a los pies: su escarcela era de oro, y era de oro su arnés, y un rubí granadino de adorno en la visera, resplancedía menos que su mirada fiera. Soberbiamente erguido con marcial bizarría, no encontrando adversarios ¡con el Sol se batía! Los pastores en lo alto de las altas montañas, al ver pasar al héroe de las rudas hazañas envuelto en su leyenda de osadía y estrago, entre sí murmuraban: "Es el Cid, o es Santiago". Pues con el fanatismo que infunde la victoria unían los dos nombres en una misma gloria. Así, lento, magnífico, arrogante y severo, iba por los caminos el radiante viajero, cuando oyó que del fondo de un barranco surgía la ronca y débil súplica de una voz de agonía. Y allí, tendido en tierra, vio un monstruo repugnante de agarrotadas manos y roído semblante: Un leproso.                   De súbito, el corcel de Rodrigo se encabritó: Tan sórdido y horrible era el mendigo, que temió el noble bruto contaminar sus cascos con rozar solamente aquel montón de ascos. Con un gesto magnánino, el guerrero español, inclinado su bélico penacho tornasol, le ofrece al miserable todo lo que le queda: una moneda de oro y un ademán de seda. Y entonces, al llameante resplandor del ocaso, con incrédulos ojos y vacilante paso, aquella gusanera viviente se incorpora, y cae de rodillas pesadamente, y llora.... Allí, en aquel oscuro recodo del camino, lo maldijo una anciana, lo apedreó un campesino, le fue negada el agua, le fue negado el pan, y soportó en silencio la injuria y el desmán; y ahora un caballero de luciente armadura caritativamente consuela su amargura sin temer el contagio de su inmunda dolencia, y le ofrece a sus llagas una flor de clemencia. Y el monstruo, en un impulso brutalmente sincero, posa sus labios pútridos sobre el guante de acero. El paladín lo mira sin desdén, sin temor, sin cólera: ¡Por algo es el Cid Campeador! Inmóvil y benigno en su dádiva inmensa, el gran Rodrigo Díaz de Vivar algo piensa: ¿Qué sentimientos laten bajo su coraza? De repente, con suave firmeza, lo rechaza; contempla largamente aquel escombro humano, se arranca el guantelete... ¡y le tiende la mano!
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O fulgor do ódio incauto, a devastação em chama ardente, faz cambalear o ser andante. Carrego o que fiz do destino como se embalasse um filho morto. Um aborto deformado e coberto por repugnância. Engendrado em ventre seco. Fruto interrompido de um estupro incestuoso. Esquartejado pelo bisturi de um hospital clandestino e imundo. Levo as partes dilaceradas deste feto hediondo à boca, devorando-as, freneticamente saboreio o sangue ainda morno e a carne mole desossada, elas descem entalando pela garganta, me engasgo, tropeço, vou de encontro ao chão, superfície áspera de concreto, me fere a face queimando minha pele, me observo nu enquanto vestido, vejo transeuntes vivendo suas vidas pacatas, com suas roupas da moda, seus farrapos, com seus carros de passeio, populares ou de luxo, com seus apartamentos, suas casas, sobrados ou mansões, os vejo em bares, em igrejas, no trabalho, alegres, tristes, esperançosos, desiludidos, preocupados, já não pertenço a este lugar. Ando léguas sem freio em meus devaneios, meus pés estão em carne viva, os calos sangram, continuo a caminhar carregando um destino morto, estou sozinho em uma estrada deserta, me desfiz de tudo. Abandonei qualquer esperança, qualquer desejo, o impulso me movimenta. A estrada de terra levanta ao longe uma nuvem de poeira, a nuvem é carregada pela ventania em minha direção, a poeira adentra aos meus olhos como vidro cortante, tento me proteger me encolhendo em posição fetal, está escuro, e mais, meus olhos não conseguem se abrir, a tempestade de poeira já passou, restando apenas uma bruma que permanece sem alvoroço, mas que se misturando com a noite transforma-se em uma parade opaca, intransponível, impossível de se enxergar através, algo parece se mover dentro dela, e trazer de volta a tempestade, está se aproximando de mim rapidamente. Um ônibus velho e cheio de ferrugem pára ao meu lado, escuto o ranger metálico estridente das portas se abrindo, todos os meus pêlos se arrepiam, sou derrubado novamente à realidade, à estranheza deste evento inesperado, mais uma vez o impulso me guia, pela primeira vez desde aquele dia sinto medo, pânico. Qual ser atroz faria ali, no meio do nada, esta parada insidiosa? O interior do veículo está completamente coberto pela poeira e a escuridão.
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Nov 7, 2018
Nov 7, 2018 at 12:57 AM UTC
Capítulo 2 - Pela poeira e a escuridão
O fulgor do ódio incauto, a devastação em chama ardente, faz cambalear o ser andante. Carrego o que fiz do destino como se embalasse um filho morto. Um aborto deformado e coberto por repugnância. Engendrado em ventre seco. Fruto interrompido de um estupro incestuoso. Esquartejado pelo bisturi de um hospital clandestino e imundo. Levo as partes dilaceradas deste feto hediondo à boca, devorando-as, freneticamente saboreio o sangue ainda morno e a carne mole desossada, elas descem entalando pela garganta, me engasgo, tropeço, vou de encontro ao chão, superfície áspera de concreto, me fere a face queimando minha pele, me observo nu enquanto vestido, vejo transeuntes vivendo suas vidas pacatas, com suas roupas da moda, seus farrapos, com seus carros de passeio, populares ou de luxo, com seus apartamentos, suas casas, sobrados ou mansões, os vejo em bares, em igrejas, no trabalho, alegres, tristes, esperançosos, desiludidos, preocupados, já não pertenço a este lugar. Ando léguas sem freio em meus devaneios, meus pés estão em carne viva, os calos sangram, continuo a caminhar carregando um destino morto, estou sozinho em uma estrada deserta, me desfiz de tudo. Abandonei qualquer esperança, qualquer desejo, o impulso me movimenta. A estrada de terra levanta ao longe uma nuvem de poeira, a nuvem é carregada pela ventania em minha direção, a poeira adentra aos meus olhos como vidro cortante, tento me proteger me encolhendo em posição fetal, está escuro, e mais, meus olhos não conseguem se abrir, a tempestade de poeira já passou, restando apenas uma bruma que permanece sem alvoroço, mas que se misturando com a noite transforma-se em uma parade opaca, intransponível, impossível de se enxergar através, algo parece se mover dentro dela, e trazer de volta a tempestade, está se aproximando de mim rapidamente. Um ônibus velho e cheio de ferrugem pára ao meu lado, escuto o ranger metálico estridente das portas se abrindo, todos os meus pêlos se arrepiam, sou derrubado novamente à realidade, à estranheza deste evento inesperado, mais uma vez o impulso me guia, pela primeira vez desde aquele dia sinto medo, pânico. Qual ser atroz faria ali, no meio do nada, esta parada insidiosa? O interior do veículo está completamente coberto pela poeira e a escuridão.
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Por esa puerta huyó, diciendo: «¡Nunca!» Por esa puerta ha de volver un día... Al cerrar esa puerta, dejó trunca la hebra de oro de la esperanza mía. Por esa puerta ha de volver un día. Cada vez que el impulso de la brisa, como una mano débil, indecisa, levemente sacude la vidriera palpita más aprisa, más aprisa mi corazón cobarde que la espera. Desde mi mesa de trabajo veo la puerta con que sueñan mis antojos, y acecha agazapado mi deseo en el trémulo fondo de sus ojos. ¿Por cuánto tiempo, solitario, esquivo he de aguardar con la mirada incierta a que Dios me devuelva compasivo a la mujer que huyó por esa puerta? ¿Cuándo habrán de temblar esos cristales empujados por sus manos ducales y, con su beso ha de llegarme ella, cual me llega en las noches invernales el ósculo piadoso de una estrella? ¡Oh, Señor!, ya la pálida está alerta: ¡oh, Señor, cae la tarde ya en mi vía y se congela mi esperanza yerta! ¡Oh, Señor, haz que se abra al fin la puerta y entre por ella la adorada mía! ...¡Por esa puerta ha de volver un día!
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La puerta
Turbome como a un niño tu cita telefónica. Una hora antes dije que nadie me entraría al cuarto, donde todas las luces extinguía para esperarte a oscuras. Zumbábanme las sienes. Dudaba si en la sombra cargada de promesas fragantes de tu voz quizás no sentiría el soplo de tu aliento. De pronto el llamamiento. Yo creo que mi pulso se detuvo un momento. Hablaste. Yo te oía. Las voces que dijiste venían de otro mundo. De un sólo único impulso tu pobre voz debía saltar colinas, llanos ciudades, campos, selvas, correr por las riberas de ríos y a lo largo de rutas y de sendas. Por eso me llegaba tu voz disminuida, tan tenue y tan cambiada que quien me conversaba aquí en el aposento ya no era tu persona, más bien era una sombra, fantasma de tu voz. Díjeme antes, amada, que yo te sentiría en mí como inclinada sobre mi boca ardiente y que si no presente al menos te hallaría mil veces acercada. Así no fue; al contrario, se me hizo ese instante más largo. La distancia crecía inmensamente. Y luego, de repente, surgiste al fin de ese hilo engañador, más lejos, horriblemente lejos, y me encontré delante del aparato, triste, más lúgubre e intranquilo, más solitario que antes.
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Distancia