Hello Poetry
Submit your work and get some sparkles! Create free account
"iluminaba" poems
Ayer todavía recordaba. El rostro lo sentía iluminado por el sol verdadero. Ese sol es hoy el mismo. Sólo mi rostro ha cambiado. Ayer algo me alzó algo ayer me acariciaba cercano a lo que hoy día me vulnera y quiere ensombrecerme y aplastarme. Lo que ayer era leve en su certeza hoy es pura terrestre gravedad. Ilusión de los cuerpos y las almas. No más que materia desencantada. Hoy día desperté sin recordar lo que ayer me iluminaba.
0
Nov 14, 2011
Nov 14, 2011 at 11:30 AM UTC
Ayer (II)
Creo que nunca dije cuanto me gustabas Nunca  dije lo mucho que te adoraba Las mañanas en mi cama, las tardes en que me abrazabas. Amaba la forma en que cantabas, admiraba como tu cara se iluminaba cuando me hablabas. ¡Y es que la verdad deliraba al contar las pecas en tu espalda! Y tus manos, ¡Oh por todo lo bello, tus manos! Pequeñas y delicadas, perfectas para dibujarlas. Y lo admito, no mentía cuando decía que me encantabas. Pero todas las cosas buenas se acaban. Y ya no contaba tus pecas, ya no esperaba que me abrazaras. Las mañanas eran frías, ya ni en mi cama dormía. Tal vez te fuiste mientras dormía, tal vez ya no me querías. Y pensaba que volverías, pero igual; sabía que eras una mentira.
0
Feb 27, 2014
Feb 27, 2014 at 1:13 AM UTC
2.
No cantaré ya nunca más. El canto se me ha secado en la garganta. Como una rosa. Ay, misterioso ruiseñor que gorjeabas bajo el agua, que me clavabas en el pecho tu pico: sueño, vida, espada. Se derramaba por el mar mi sangre. Cantar de bienaventuranza. Iluminaba los amaneceres con su doliente luz de plata. Alca carmín y mediodía de oro. Trompas de fuego en la mañana. En cada hojilla de la primavera una menuda y verde daga. Dedos que tañen cuerdas invisibles. Músicas que desnudan al que pasa. Cuánto tesoro derruido en el silencio de tu caja. Ay, mis héroes, mis álamos, mis ríos, mis playas, frutas y distancias. (Ay, Dios mío, sin nombre ya, sin hombre). Ay, enterradas y borradas. Ay. Y podridas. Y dormidas. Y asesinadas. Y apagadas. Las olas que me hundieron hasta el fondo sabían bien lo que arrastraban. Ay, las canciones sin medida. Las medidas sin notas, sin palabras. Ay, las columnas en que puse el peso dulce de mis alas. Y todo: norte y sur, este y oeste, ofrendándome sus campanas, sus instrumentos de cristal, humos, piedras, plumas y almas. Ay, sin medida ya. Fundidas las fronteras y las distancias. Ay, la vida que no venía a ofrecerme su boca grana. Cárcel de hierro, más sin fuego. Piedra sin alas y sin alma. Ay, estíos, otoños, primaveras, inviernos que nacían y pasaban. Ay, gaviotas, alondras, horas, manos, estrellas, peces, ramas. Ay, vida que no viene. Y si venía no había voz para cantarla. No cantaré ya nunca más. El canto se me ha secado en la garganta. Se ha dormido en mi corazón como una rosa.
0
1.2k
El canto seco
No cantaré ya nunca más. El canto se me ha secado en la garganta. Como una rosa. Ay, misterioso ruiseñor que gorjeabas bajo el agua, que me clavabas en el pecho tu pico: sueño, vida, espada. Se derramaba por el mar mi sangre. Cantar de bienaventuranza. Iluminaba los amaneceres con su doliente luz de plata. Alca carmín y mediodía de oro. Trompas de fuego en la mañana. En cada hojilla de la primavera una menuda y verde daga. Dedos que tañen cuerdas invisibles. Músicas que desnudan al que pasa. Cuánto tesoro derruido en el silencio de tu caja. Ay, mis héroes, mis álamos, mis ríos, mis playas, frutas y distancias. (Ay, Dios mío, sin nombre ya, sin hombre). Ay, enterradas y borradas. Ay. Y podridas. Y dormidas. Y asesinadas. Y apagadas. Las olas que me hundieron hasta el fondo sabían bien lo que arrastraban. Ay, las canciones sin medida. Las medidas sin notas, sin palabras. Ay, las columnas en que puse el peso dulce de mis alas. Y todo: norte y sur, este y oeste, ofrendándome sus campanas, sus instrumentos de cristal, humos, piedras, plumas y almas. Ay, sin medida ya. Fundidas las fronteras y las distancias. Ay, la vida que no venía a ofrecerme su boca grana. Cárcel de hierro, más sin fuego. Piedra sin alas y sin alma. Ay, estíos, otoños, primaveras, inviernos que nacían y pasaban. Ay, gaviotas, alondras, horas, manos, estrellas, peces, ramas. Ay, vida que no viene. Y si venía no había voz para cantarla. No cantaré ya nunca más. El canto se me ha secado en la garganta. Se ha dormido en mi corazón como una rosa.
Continue reading...
51
Volví, volvía -con qué poca ilusión- a donde tuve mis raíces, mis recuerdos, mi casa frente al mar, y los árboles plantados por mis manos, pisoteados por los niños, comidos por los animales. Mi casa junto al mar, más solariega que otras, la que fue más hermosa que todas. Con qué poca ilusión volvía. Cárdenas tierras húmedas y soleadas, trigos color de aquellos ojos, pincelada morada sobre lo verde, allá en Vivar del Cid, murallas de olmos negros, amapolas, verdes sombríos por Entrambasmestas, platas de la bahía, con qué poca ilusión pasaba por vosotros. Cómo se puede vaciar así un corazón. Cómo se puede llorar así, por dentro. Frustraciones o muertes nada me arrancó lágrimas desde aquellos aviones los que volaban sobre mí y arrasaban mi mundo sin que arrojasen bombas, ni ametrallasen: sólo con el ruido de sus motores, demasiado terrible para mí entonces y ahora. Qué quedó de mi vida entre sus alas. Qué en la música oída en la noche, la que vestía nuestra desnudez mientras caía el agua cálida, qué gozo, el agua... Qué se hundió por aquellas escaleras precipitadas en la noche. Qué congeló la luna que iluminaba las fachadas. Qué llevó la marea en la playa de octubre. Cómo es posible edificar, reconstruir con tantos materiales disueltos en el tiempo, gastados por la lluvia que no vimos caer... Volví, volvía como ahogado bajo un montón de escombros que fueron mi edificio, mi alcázar, sin una sola lágrima -para qué- que llorar, apoyado en el llanto de otros días, como si sólo con lágrimas de entonces pudiese liberarse este dolor presente que ya no encuentra llanto.
0
795
Carretera
Volví, volvía -con qué poca ilusión- a donde tuve mis raíces, mis recuerdos, mi casa frente al mar, y los árboles plantados por mis manos, pisoteados por los niños, comidos por los animales. Mi casa junto al mar, más solariega que otras, la que fue más hermosa que todas. Con qué poca ilusión volvía. Cárdenas tierras húmedas y soleadas, trigos color de aquellos ojos, pincelada morada sobre lo verde, allá en Vivar del Cid, murallas de olmos negros, amapolas, verdes sombríos por Entrambasmestas, platas de la bahía, con qué poca ilusión pasaba por vosotros. Cómo se puede vaciar así un corazón. Cómo se puede llorar así, por dentro. Frustraciones o muertes nada me arrancó lágrimas desde aquellos aviones los que volaban sobre mí y arrasaban mi mundo sin que arrojasen bombas, ni ametrallasen: sólo con el ruido de sus motores, demasiado terrible para mí entonces y ahora. Qué quedó de mi vida entre sus alas. Qué en la música oída en la noche, la que vestía nuestra desnudez mientras caía el agua cálida, qué gozo, el agua... Qué se hundió por aquellas escaleras precipitadas en la noche. Qué congeló la luna que iluminaba las fachadas. Qué llevó la marea en la playa de octubre. Cómo es posible edificar, reconstruir con tantos materiales disueltos en el tiempo, gastados por la lluvia que no vimos caer... Volví, volvía como ahogado bajo un montón de escombros que fueron mi edificio, mi alcázar, sin una sola lágrima -para qué- que llorar, apoyado en el llanto de otros días, como si sólo con lágrimas de entonces pudiese liberarse este dolor presente que ya no encuentra llanto.
Continue reading...
43
Se creía dueño del mundo porque latía en sus sentidos. Lo aprisionaba con su carne donde se estrellaban los siglos. Con su antorcha de juventud iluminaba los abismos.Se creía dueño del mundo: su centro fatal y divino. Lo pregonaba cada nube, cada grano de sol o trigo. Si cerraba los ojos, todo se apagaba, sin un quejido. Nada era si él lo borraba de sus ojos o sus oídos.Se creía dueño del mundo porque nunca nadie le dijo cómo las cosas hieren, baten a quien las sacó del olvido, cómo aplastan desde lo eterno a los soñadores vencidos.Se creía dueño del mundo y no era dueño de sí mismo.
0
714
Epitafio para la tumba de un héroe
¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia! Era como el convólvulo -la flor de los crepúsculos-, y era como las teresitas: azul crepuscular. Nuestro amor semejaba paloma de la aldea, grato a todos los ojos y a todos familiar. En aquel pueblo, olían las brisas a azahar. Aún bañan, como a lampos, mi recuerdo: su cabellera rubia en el balcón, su linda hermana Julia, mi melodía incierta... y un lirio que me dio... y una noche de lágrimas... y una noche de estrellas fulgiendo en esas lágrimas en que moría yo... Francisco, hermano de ellas, Juan-de-Dios y Ricardo amaban con mi amor las músicas del río; las noches blancas, ceñidas de luceros; las noches negras, negras, ardidas de cocuyos; el son de las guitarras, y, entre quimeras blondas, el azahar volando... Todos teníamos novia y un lucero en el alba diáfana de las ideas. La Muerte horrible -¡un tajo silencioso!- tronchó la espiga en que granaba mi alegría: ¡murió mi madre!... La cabellera rubia de Teresa me iluminaba el llanto. Después... la vida... el tiempo... el mundo, ¡y al fin, mi amor desfalleció como un convólvulo! No ha mucho, una mañana, trajéronme una carta. ¡Era de Juan-de-Dios! Un poco acerba, ingenua, virilmente resignada: refería querellas del pueblo, de mi casa, de un amigo: «Se casó; ya está viejo y con seis hijos... La vida es triste y dura; sin embargo, se va viviendo... Ha muerto mucha gente: Don David... don Gregorio... Hay un colegio y hay toda una generación nueva. Como cuando te fuiste, hace veinte años, en este pueblo aún huelen las brisas a azahar...» ¡Oh Amor! Tu emblema sea el convólvulo, la flor de los crepúsculos!
0
753
Elegía de un azul imposible
¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia! Era como el convólvulo -la flor de los crepúsculos-, y era como las teresitas: azul crepuscular. Nuestro amor semejaba paloma de la aldea, grato a todos los ojos y a todos familiar. En aquel pueblo, olían las brisas a azahar. Aún bañan, como a lampos, mi recuerdo: su cabellera rubia en el balcón, su linda hermana Julia, mi melodía incierta... y un lirio que me dio... y una noche de lágrimas... y una noche de estrellas fulgiendo en esas lágrimas en que moría yo... Francisco, hermano de ellas, Juan-de-Dios y Ricardo amaban con mi amor las músicas del río; las noches blancas, ceñidas de luceros; las noches negras, negras, ardidas de cocuyos; el son de las guitarras, y, entre quimeras blondas, el azahar volando... Todos teníamos novia y un lucero en el alba diáfana de las ideas. La Muerte horrible -¡un tajo silencioso!- tronchó la espiga en que granaba mi alegría: ¡murió mi madre!... La cabellera rubia de Teresa me iluminaba el llanto. Después... la vida... el tiempo... el mundo, ¡y al fin, mi amor desfalleció como un convólvulo! No ha mucho, una mañana, trajéronme una carta. ¡Era de Juan-de-Dios! Un poco acerba, ingenua, virilmente resignada: refería querellas del pueblo, de mi casa, de un amigo: «Se casó; ya está viejo y con seis hijos... La vida es triste y dura; sin embargo, se va viviendo... Ha muerto mucha gente: Don David... don Gregorio... Hay un colegio y hay toda una generación nueva. Como cuando te fuiste, hace veinte años, en este pueblo aún huelen las brisas a azahar...» ¡Oh Amor! Tu emblema sea el convólvulo, la flor de los crepúsculos!
Continue reading...
41
Francisco encaminábase a Perusa y así le hablaba al compañero:                                               «Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, los nombres de los astros Todos supiera; y la virtud oculta Lograra descubrir, con don arcano, De las piedras, los árboles y el agua; y entendiera el idioma de los pájaros, Lo que hablan los insectos y las fieras y las greyes que pastan en los prados, Sabe que en eso no hay completa dicha». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, las lenguas que se hablaron y se hablan en el mundo comprendiera; Si la ciencia que guardan los Sagrados Libros su mente atesorar lograra, y pudiera leer lo que los Santos y los ángeles piensan en el Cielo, y pudiera leer todo lo arcano, Sabe que en eso no hay completa dicha». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, pudiera al solo tacto De las manos curar a los leprosos; y sanara a los cojos y los mancos, y a los ciegos la vista les volviera; y si, la Ley Divina predicando, Ablandara los duros corazones Que viven en la sombra del pecado, y a los infieles convirtiera a Cristo, Que a todos abre los amantes brazos, Sabe que en eso no hay dicha completa». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si turba Hostil surgiera y nos cerrara el paso Cuando a Perusa entremos, y de pronto Hiciera de nosotros vil escarnio; Luego nos arrancara las capuchas, A los sayales nos lanzara fango, Y después, bajo piedras y garrotes En el arroyo exánimes quedáramos, Tan sólo en eso habrá completa dicha». Así decía, y se detuvo el Santo En mitad de la cumbre. Desde el Catria El sol iluminaba el hondo espacio. El rumor del torrente no se oía, Ni de las aves en el bosque el canto. Y para Fray *** aquel silencio Fue una pregunta en la quietud del campo; y tranquilo y humilde, hacia el Maestro Alzó los ojos y le dijo: «¡Vamos!»
0
509
Perfectum gaudium
Francisco encaminábase a Perusa y así le hablaba al compañero:                                               «Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, los nombres de los astros Todos supiera; y la virtud oculta Lograra descubrir, con don arcano, De las piedras, los árboles y el agua; y entendiera el idioma de los pájaros, Lo que hablan los insectos y las fieras y las greyes que pastan en los prados, Sabe que en eso no hay completa dicha». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, las lenguas que se hablaron y se hablan en el mundo comprendiera; Si la ciencia que guardan los Sagrados Libros su mente atesorar lograra, y pudiera leer lo que los Santos y los ángeles piensan en el Cielo, y pudiera leer todo lo arcano, Sabe que en eso no hay completa dicha». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, pudiera al solo tacto De las manos curar a los leprosos; y sanara a los cojos y los mancos, y a los ciegos la vista les volviera; y si, la Ley Divina predicando, Ablandara los duros corazones Que viven en la sombra del pecado, y a los infieles convirtiera a Cristo, Que a todos abre los amantes brazos, Sabe que en eso no hay dicha completa». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si turba Hostil surgiera y nos cerrara el paso Cuando a Perusa entremos, y de pronto Hiciera de nosotros vil escarnio; Luego nos arrancara las capuchas, A los sayales nos lanzara fango, Y después, bajo piedras y garrotes En el arroyo exánimes quedáramos, Tan sólo en eso habrá completa dicha». Así decía, y se detuvo el Santo En mitad de la cumbre. Desde el Catria El sol iluminaba el hondo espacio. El rumor del torrente no se oía, Ni de las aves en el bosque el canto. Y para Fray *** aquel silencio Fue una pregunta en la quietud del campo; y tranquilo y humilde, hacia el Maestro Alzó los ojos y le dijo: «¡Vamos!»
Continue reading...
56
Allí estaba el Silencio, de rodillas en un rincón de la luz. ¿Oraba? Un gesto le floreció las manos transparentes. en sus ojos -dos circulos de ausencia-, se irisaba un perfume. Y en sus labios inmóviles -dos pétalos de sombra-, se ensortijaba un eco de rocío... Allí estaba el Silencio. Sus cabellos -luz crespa, sol de fibras, fronda de oro-, le iluminaba el perfil exangüe. Allí estaba el Silencio. Allí, sin sombra en la luz. fue un instante. Y ascendía su mirada -una ráfaga de aroma. Allí estaba el Silencio. Fue un instante...
0
285
Órbita