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"hijas" poems
Desde el fondo de ti, y arrodillado, un niño triste, como yo, nos mira. Por esa vida que arderá en sus venas tendrían que amarrarse nuestras vidas. Por esas manos, hijas de tus manos, tendrían que matar las manos mías. Por sus ojos abiertos en la tierra veré en los tuyos lágrimas un día. Yo no lo quiero, Amada. Para que nada nos amarre que no nos una nada. Ni la palabra que aromó tu boca, ni lo que no dijeron las palabras. Ni la fiesta de amor que no tuvimos, ni tus sollozos junto a la ventana. (Amo el amor de los marineros que besan y se van. Dejan una promesa. No vuelven nunca más. En cada puerto una mujer espera: los marineros besan y se van. Una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar). Amor el amor que se reparte en besos, lecho y pan. Amor que puede ser eterno y puede ser fugaz. Amor que quiere libertarse para volver a amar. Amor divinizado que se acerca Amor divinizado que se va. Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos, ya no se endulzará junto a ti mi dolor. Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada y hacia donde camines llevarás mi dolor. Fui tuyo, fuiste mía. Qué más? Juntos hicimos un recodo en la ruta donde el amor pasó. Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame, del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo. Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste. Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy. ...Desde tu corazón me dice adiós un niño. Y yo le digo adiós.
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Farewell
En Sevilla a un sevillano siete hijas le dio Dios, todas siete fueron hembras y ninguna fue varón. A la más chiquita de ellas le llevó la inclinación de ir a servir a la guerra vestidita de varón. Al montar en el caballo la espada se le cayó; por decir, maldita sea, dijo: maldita sea yo. El Rey que la estaba oyendo, de amores se cautivó, -Madre los ojos de Marcos son de hembra, no de varón. -Convídala tú, hijo mío, a los rios a nadar, que si ella fuese hembra no se querrá desnudar. Toditos los caballeros se empiezan a desnudar, y el caballero Don Marcos se ha retirado a llorar. Por qué llora Vd. Don Marcos por qué debo de llorar, por un falso testimonio que me quieren levantar. No llores alma querida no llores mi corazón, que eso que tú tanto sientes, eso lo deseo yo.
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Romance de la doncella guerrera
Qué pura eres de sol o de noche caída, qué triunfal desmedida tu órbita de blanco, y tu pecho de pan, alto de clima, tu corona de árboles negros, bienamada, y tu nariz de animal solitario, de oveja salvaje que huele a sombra y a precipitada fuga tiránica. Ahora, qué armas espléndidas mis manos, digna su pala de hueso y su lirio de uñas, y el puesto de mi rostro, y el arriendo de mi alma están situados en lo justo de la fuerza terrestre. Qué pura mi mirada de nocturna influencia, caída de ojos obscuros y feroz acicate, mi simétrica estatua de piernas gemelas sube hacia estrellas húmedas cada mañana, y mi boca de exilio muerde la carne y la uva, mis brazos de varón, mi pecho tatuado en que penetra el vello como ala de estaño, mi cara blanca hecha para la profundidad del sol, mi pelo hecho de ritos, de minerales negros, mi frente penetrante como golpe o camino, mi piel de hijo maduro, destinado al arado, mis ojos de sal ávida, de matrimonio rápido, mi lengua amiga blanda del dique y del buque, mis dientes de horario blanco, de equidad sistemática, la piel que hace a mi frente un vacío de hielos y en mi espalda se torna, y vuela en mis párpados, y se repliega sobre mi más profundo estímulo, y crece hacia las rosas en mis dedos, en mi mentón de hueso y en mis pies de riqueza. Y tú como un mes de estrella, como un beso fijo, como estructura de ala, o comienzos de otoño, niña, mi partidaria, mi amorosa, la luz hace su lecho bajo tus grandes párpados dorados como bueyes, y la paloma redonda hace sus nidos blancos frecuentemente en ti. Hecha de ola en lingotes y tenazas blancas, tu salud de manzana furiosa se estira sin límite, el tonel temblador en que escucha tu estómago, tus manos hijas de la harina y del cielo. Qué parecida eres al más largo beso, su sacudida fija parece nutrirte, y su empuje de brasa, de bandera revuelta, va latiendo en tus dominios y subiendo temblando y entonces tu cabeza se adelgaza en cabellos, y su forma guerrera, su círculo seco, se desploma de súbito en hilos lineales como filos de espadas o herencias del humo.
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Juntos nosotros
Qué pura eres de sol o de noche caída, qué triunfal desmedida tu órbita de blanco, y tu pecho de pan, alto de clima, tu corona de árboles negros, bienamada, y tu nariz de animal solitario, de oveja salvaje que huele a sombra y a precipitada fuga tiránica. Ahora, qué armas espléndidas mis manos, digna su pala de hueso y su lirio de uñas, y el puesto de mi rostro, y el arriendo de mi alma están situados en lo justo de la fuerza terrestre. Qué pura mi mirada de nocturna influencia, caída de ojos obscuros y feroz acicate, mi simétrica estatua de piernas gemelas sube hacia estrellas húmedas cada mañana, y mi boca de exilio muerde la carne y la uva, mis brazos de varón, mi pecho tatuado en que penetra el vello como ala de estaño, mi cara blanca hecha para la profundidad del sol, mi pelo hecho de ritos, de minerales negros, mi frente penetrante como golpe o camino, mi piel de hijo maduro, destinado al arado, mis ojos de sal ávida, de matrimonio rápido, mi lengua amiga blanda del dique y del buque, mis dientes de horario blanco, de equidad sistemática, la piel que hace a mi frente un vacío de hielos y en mi espalda se torna, y vuela en mis párpados, y se repliega sobre mi más profundo estímulo, y crece hacia las rosas en mis dedos, en mi mentón de hueso y en mis pies de riqueza. Y tú como un mes de estrella, como un beso fijo, como estructura de ala, o comienzos de otoño, niña, mi partidaria, mi amorosa, la luz hace su lecho bajo tus grandes párpados dorados como bueyes, y la paloma redonda hace sus nidos blancos frecuentemente en ti. Hecha de ola en lingotes y tenazas blancas, tu salud de manzana furiosa se estira sin límite, el tonel temblador en que escucha tu estómago, tus manos hijas de la harina y del cielo. Qué parecida eres al más largo beso, su sacudida fija parece nutrirte, y su empuje de brasa, de bandera revuelta, va latiendo en tus dominios y subiendo temblando y entonces tu cabeza se adelgaza en cabellos, y su forma guerrera, su círculo seco, se desploma de súbito en hilos lineales como filos de espadas o herencias del humo.
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Cierra los ojos y a oscuras piérdete bajo el follaje rojo de tus párpados. Húndete en esas espirales del sonido que zumba y cae y suena allá, remoto, hacia el sitio del tímpano, como una catarata ensordecida. Hunde tu ser a oscuras, anégate en tu piel, y más, en tus entrañas ; que te deslumbre y ciegue el hueso, lívida centella, y entre simas y golfos de tiniebla abra su azul penacho el fuego fatuo. En esa sombra líquida del sueño moja tu desnudez; abandona tu forma, espuma que no se sabe quién dejó en la orilla; piérdete en ti, infinita, en tu infinito ser, mar que se pierde en otro mar: olvídate y olvídame. En ese olvido sin edad ni fondo labios, besos, amor, todo, renace: las estrellas son hijas de la noche.
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Olvido
Tormento de tormenta en el exilio: me llamas con tu voz de boca en llamas. Te quemas, me torturas, te desbocas, loca sota en baraja sin figuras. Auguras un futuro de horas muertas, tuertas, yertas, seguras de su suerte, estrechas en su muerte, hijas de calenturas, de noches sin holgura y sin recuerdos. Acuerdos acometo con extraños; de estaño es la cometa de los cuerdos, arrastrando su vuelo por el barro.
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Nov 30, 2014
Nov 30, 2014 at 1:39 PM UTC
Horas Bajas
Trataron de casar a Dorotea Los vecinos con Jorge el extranjero, De mosca en masa gran sepulturero Y el que mejor pasteles aporrea. Ella es verdad que es vieja, pero fea, Docta en endurecer pelo y sombrero; Faltó el ajuar y no sobró dinero, Mas trájole tres dientes de librea. Porque Jorge después no se alborote Y tabique ventanas y desvanes, Hecho tiesto de cuernos el cogote, Con un guante, dos moños, tres refranes Y seis libras de zarza, llevó en dote Tres hijas, una suegra y dos galanes.
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Casamiento ridículo
Señora: llego a Ti desde las tenebrosas anarquías del pensamiento y la conducta, para aspirar los naranjos de elección, que florecen en tu atrio, con una nieve nupcial... Y entro a tu Santuario, como un herido a las hondas quietudes hospicianas en que sólo se escucha el toque saludable de una esquila. Vestida de luto eres, Nuestra Señora de la Soledad, un triángulo sombrío que preside la lúcida neblina del valle; la arboleda que se arropa de las cocinas en el humo lento; la familiaridad de las montañas; el caserío de estallante cal; el bienestar oscuro del rebaño, y la dicha radiante de los hombres. Señora: cuando ingreso a la comarca que riges con tus lágrimas benévolas, y va la diligencia fatigosa sobre la sierra, y van los postillones cantando bienandanza o desamor, súbita surge la lección esbelta y firme de tus torres, y saludo desde lejos tu altar. Tú me tienes comprado en alma y cuerpo. Cuando la pesarosa dueña ideal de mi primer suspiro, recurre desolada a tus plantas, y llora mansamente, nunca has dejado de envolverla en el descanso de tus hijas predilectas. Me acuerdo de una tarde en que, como una reina que acaba de abdicar, salía por el atrio de naranjos y llevaba en la frente el lucero novísimo de tu consolación. Confortándola a Ella, Tú me obligas como si con la orla dorada de tu manto, agitases un soplo del Paraíso a flor de mi conciencia. Porque siempre un lucero va a nacer de tus manos para la hora en que Ella te implore, Tú me tienes comprado en cuerpo y alma. En las noches profanas de novenario (orquestas difusas, y cohetes vívidos, y tertulias de los viejos, y estrados de señoritas sobre la regada banqueta) hay en tus torres ágiles una policromía de faroles de papel, que simulan en la tiniebla comarcana un tenue y vertical incendio. Y yo anhelo, Señora, que en mi tiniebla pongas para siempre una rojiza aspiración, hermana del inmóvil incendio de tus torres, y que me dejes ir en mi última década a tu nave, cardíaco o gotoso, y ya trémulo, para elevarte mi oración asmática junto al mismo cancel que oyó mi prez valiente, en aquella alborada en que soñé prender a un blanco pecho una fecunda rama de azahar.
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A la patrona de mi pueblo
Señora: llego a Ti desde las tenebrosas anarquías del pensamiento y la conducta, para aspirar los naranjos de elección, que florecen en tu atrio, con una nieve nupcial... Y entro a tu Santuario, como un herido a las hondas quietudes hospicianas en que sólo se escucha el toque saludable de una esquila. Vestida de luto eres, Nuestra Señora de la Soledad, un triángulo sombrío que preside la lúcida neblina del valle; la arboleda que se arropa de las cocinas en el humo lento; la familiaridad de las montañas; el caserío de estallante cal; el bienestar oscuro del rebaño, y la dicha radiante de los hombres. Señora: cuando ingreso a la comarca que riges con tus lágrimas benévolas, y va la diligencia fatigosa sobre la sierra, y van los postillones cantando bienandanza o desamor, súbita surge la lección esbelta y firme de tus torres, y saludo desde lejos tu altar. Tú me tienes comprado en alma y cuerpo. Cuando la pesarosa dueña ideal de mi primer suspiro, recurre desolada a tus plantas, y llora mansamente, nunca has dejado de envolverla en el descanso de tus hijas predilectas. Me acuerdo de una tarde en que, como una reina que acaba de abdicar, salía por el atrio de naranjos y llevaba en la frente el lucero novísimo de tu consolación. Confortándola a Ella, Tú me obligas como si con la orla dorada de tu manto, agitases un soplo del Paraíso a flor de mi conciencia. Porque siempre un lucero va a nacer de tus manos para la hora en que Ella te implore, Tú me tienes comprado en cuerpo y alma. En las noches profanas de novenario (orquestas difusas, y cohetes vívidos, y tertulias de los viejos, y estrados de señoritas sobre la regada banqueta) hay en tus torres ágiles una policromía de faroles de papel, que simulan en la tiniebla comarcana un tenue y vertical incendio. Y yo anhelo, Señora, que en mi tiniebla pongas para siempre una rojiza aspiración, hermana del inmóvil incendio de tus torres, y que me dejes ir en mi última década a tu nave, cardíaco o gotoso, y ya trémulo, para elevarte mi oración asmática junto al mismo cancel que oyó mi prez valiente, en aquella alborada en que soñé prender a un blanco pecho una fecunda rama de azahar.
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Mi tristeza es un mar; tiene su bruma Que envuelve densa mis amargos días; Sus olas son de lágrimas; mi pluma Está empapada en ellas, hijas mías. Vosotras sois las inocentes flores Nacidas de ese mar en la ribera; La sorda tempestad de mis dolores Sirve de arrullo a vuestra edad primera. Nací para luchar; sereno y fuerte Cobro vigor en el combate rudo; Cuando pague mi audacia con la muerte, Caeré cual gladiador sobre mi escudo. Llévenme así a vosotras; de los hombres Ni desdeño el poder ni el odio temo; Pongo todo mi honor en vuestros nombres Y toda el alma en vuestro amor supremo. Para salir al mundo vais de prisa. ¡Ojalá que esa vez nunca llegara! Pues hay que ahogar el llanto con la risa, Para mirar al mundo cara a cara. No me imitéis a mí: yo me consuelo con abrir más los bordes de mi herida; Imitad en lo noble a vuestro abuelo: ¡Sol de virtud que iluminó mi vida! Orad y perdonad; siempre es inmensa Después de la oración la interna calma, Y el ser que sabe perdonar la ofensa Sabe llevar a Dios dentro del alma. Sea vuestro pecho de bondades nido, No ambicionéis lo que ninguno alcanza, Coronad el perdón con el olvido Y la austera virtud con la esperanza. Sin dar culto a los frívolos placeres Que la pureza vuestra frente ciña, Buscad alma de niña en las mujeres Y buscad alma de ángel en la niña. Nadie nace a la infamia condenado, Nadie hereda la culpa de un delito, Nunca para ser siervas del pecado Os disculpéis clamando: estaba escrito. ¡Existir es luchar! No es infelice Quien luchando, de espinas se corona; Abajo, todo esfuerzo se maldice, Arriba, toda culpa se perdona. Se apaga la ilusión cual lumbre fatua Y la hermosura es flor que se marchita; La mujer sin piedad es una estatua Dañosa al mundo y del hogar proscrita. No fijéis en el mal vuestras pupilas Que víbora es el mal que todo enferma, Y haced el bien para dormir tranquilas Cuando yo triste en el sepulcro duerma. Nunca me han importado en este suelo Renombre, aplausos, oropeles, gloria: Procurar vuestro bien, tal es mi anhelo; Amaros y sufrir tal es mi historia. Cuando el sol de mi vida tenga ocaso Recordad mis consejos con ternura, Y en cada pensamiento, en cada paso, Buscad a Dios tras de la inmensa altura. Yo anhelo que, al morir, por premio santo, Tengan de vuestro amor en los excesos: Las flores de mi tumba vuestro llanto, Las piedras de mi tumba vuestros besos.
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A mis hijas
Mi tristeza es un mar; tiene su bruma Que envuelve densa mis amargos días; Sus olas son de lágrimas; mi pluma Está empapada en ellas, hijas mías. Vosotras sois las inocentes flores Nacidas de ese mar en la ribera; La sorda tempestad de mis dolores Sirve de arrullo a vuestra edad primera. Nací para luchar; sereno y fuerte Cobro vigor en el combate rudo; Cuando pague mi audacia con la muerte, Caeré cual gladiador sobre mi escudo. Llévenme así a vosotras; de los hombres Ni desdeño el poder ni el odio temo; Pongo todo mi honor en vuestros nombres Y toda el alma en vuestro amor supremo. Para salir al mundo vais de prisa. ¡Ojalá que esa vez nunca llegara! Pues hay que ahogar el llanto con la risa, Para mirar al mundo cara a cara. No me imitéis a mí: yo me consuelo con abrir más los bordes de mi herida; Imitad en lo noble a vuestro abuelo: ¡Sol de virtud que iluminó mi vida! Orad y perdonad; siempre es inmensa Después de la oración la interna calma, Y el ser que sabe perdonar la ofensa Sabe llevar a Dios dentro del alma. Sea vuestro pecho de bondades nido, No ambicionéis lo que ninguno alcanza, Coronad el perdón con el olvido Y la austera virtud con la esperanza. Sin dar culto a los frívolos placeres Que la pureza vuestra frente ciña, Buscad alma de niña en las mujeres Y buscad alma de ángel en la niña. Nadie nace a la infamia condenado, Nadie hereda la culpa de un delito, Nunca para ser siervas del pecado Os disculpéis clamando: estaba escrito. ¡Existir es luchar! No es infelice Quien luchando, de espinas se corona; Abajo, todo esfuerzo se maldice, Arriba, toda culpa se perdona. Se apaga la ilusión cual lumbre fatua Y la hermosura es flor que se marchita; La mujer sin piedad es una estatua Dañosa al mundo y del hogar proscrita. No fijéis en el mal vuestras pupilas Que víbora es el mal que todo enferma, Y haced el bien para dormir tranquilas Cuando yo triste en el sepulcro duerma. Nunca me han importado en este suelo Renombre, aplausos, oropeles, gloria: Procurar vuestro bien, tal es mi anhelo; Amaros y sufrir tal es mi historia. Cuando el sol de mi vida tenga ocaso Recordad mis consejos con ternura, Y en cada pensamiento, en cada paso, Buscad a Dios tras de la inmensa altura. Yo anhelo que, al morir, por premio santo, Tengan de vuestro amor en los excesos: Las flores de mi tumba vuestro llanto, Las piedras de mi tumba vuestros besos.
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Cuenta Bebé dos meses no cumplidos, Pero burlando al tiempo y sus reveses, Como todos los niños bien nacidos Parece un señorón de 20 meses. Rubio, y con ojos como dos luceros Lo vi con traje de color de grana En un escaparate de Plateros Un domingo de Pascua en la mañana. Iban conmigo Concha y Margarita Y al mirar las dos, ambas gritaron: «¡Mira padre, qué cara tan bonita!» Y trémulas de gozo mi miraron. ¿Quién al ver que en sus hijas se subleva La ambición de adueñarse de un muñeco, No se siente vencido cuando lleva Dos duros en la bolsa del chaleco? Ha vencido pensé: si está comprado, Y como es natural tiene otros dueños Mis hijas perderán el encantado Palacio de sus mágicos ensueños. Pero movido el paternal cariño, Entré a la tienda a realizar su antojo, Y dije al vendedor: «Quiero ese niño De crenchas blondas y vestido rojo». Abrió entonces la alcoba de cristales Tomó a Bebé, lo puso entre mis manos, Y convirtió a mis hijas en rivales Porque el amor divide a los hermanos. «Para mí» -Concha me gritó importuna, «Para mí» -me gritaba Margarita, Y yo les grité al fin: «para ninguna» Con la seca aridez de un cenobita. Reinó un silencio entre las dos profundo, Y yo recordé entonces conturbado Este axioma tristísimo del mundo: «Ser rival es odiar y ser odiado». Y así pensé: no debo en corazones Que de la vida llaman a la puerta, Encender con el celo esas pasiones, Que el odio atiza y el rencor despierta. La historia del amor con dos premisas, Iguala a la mujer y no os asombre; ¡Un muñeco en la edad de las sonrisas, Y en la edad de las lágrimas, un hombre!
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Bebé
Cuenta Bebé dos meses no cumplidos, Pero burlando al tiempo y sus reveses, Como todos los niños bien nacidos Parece un señorón de 20 meses. Rubio, y con ojos como dos luceros Lo vi con traje de color de grana En un escaparate de Plateros Un domingo de Pascua en la mañana. Iban conmigo Concha y Margarita Y al mirar las dos, ambas gritaron: «¡Mira padre, qué cara tan bonita!» Y trémulas de gozo mi miraron. ¿Quién al ver que en sus hijas se subleva La ambición de adueñarse de un muñeco, No se siente vencido cuando lleva Dos duros en la bolsa del chaleco? Ha vencido pensé: si está comprado, Y como es natural tiene otros dueños Mis hijas perderán el encantado Palacio de sus mágicos ensueños. Pero movido el paternal cariño, Entré a la tienda a realizar su antojo, Y dije al vendedor: «Quiero ese niño De crenchas blondas y vestido rojo». Abrió entonces la alcoba de cristales Tomó a Bebé, lo puso entre mis manos, Y convirtió a mis hijas en rivales Porque el amor divide a los hermanos. «Para mí» -Concha me gritó importuna, «Para mí» -me gritaba Margarita, Y yo les grité al fin: «para ninguna» Con la seca aridez de un cenobita. Reinó un silencio entre las dos profundo, Y yo recordé entonces conturbado Este axioma tristísimo del mundo: «Ser rival es odiar y ser odiado». Y así pensé: no debo en corazones Que de la vida llaman a la puerta, Encender con el celo esas pasiones, Que el odio atiza y el rencor despierta. La historia del amor con dos premisas, Iguala a la mujer y no os asombre; ¡Un muñeco en la edad de las sonrisas, Y en la edad de las lágrimas, un hombre!
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Ya la provincia toda reconcentra a sus sanas hijas en las caducas avenidas, y Rut y Rebeca proclaman la novedad campestre de sus nucas. Las pobres desterradas de Morelia y Toluca, de Durango y San Luis, aroman la Metrópoli como granos de anís. La parvada maltrecha de alondras, cae aquí con el esfuerzo fragante de las gotas de un arbusto batido por el cierzo. Improvisan su tienda para medir, cuadrantes pesarosos, la ruina de su paz y de su hacienda. Ellas, las que soñaban perdidas en los vastos aposentos, duermen en hospedajes avarientos. Propietarios de huertos y de huertas copiosas, regatean las frutas y las rosas. Con sus modas pasadas y sus luengos zarcillos y su mirar somero, inmútanse a los brillos de los escaparates de un joyero. Y después, a evocar la sandía tropa de pavos, y su susto manifiesto cuando bajaban por aquel recuesto... ¡Oh siestas regalonas, melindre ante la jícara que humea, soponcio ante la recua intempestiva que tumba las macetas de las pardas casonas; lotería de nueces, y Tenorio que flecha el historiado postigo de las rejas antañonas! Paso junto a las lentas fugitivas: no saben en su desgarbo airoso y en su activo quietismo, la derretida y pura compensación que logra su ostracismo sobre mi pecho, para ellas holgadamente hospitalario, aprensivo y munificente. Yo os acojo, anónimas y lentas desterradas, como si a mí viniese la lúcida familia de las hadas, porque oléis al opíparo destino y al exaltado fuero de los calabazates que sazona el resol del Adviento, en la cornisa recoleta y poltrona.
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Las desterradas
Ya la provincia toda reconcentra a sus sanas hijas en las caducas avenidas, y Rut y Rebeca proclaman la novedad campestre de sus nucas. Las pobres desterradas de Morelia y Toluca, de Durango y San Luis, aroman la Metrópoli como granos de anís. La parvada maltrecha de alondras, cae aquí con el esfuerzo fragante de las gotas de un arbusto batido por el cierzo. Improvisan su tienda para medir, cuadrantes pesarosos, la ruina de su paz y de su hacienda. Ellas, las que soñaban perdidas en los vastos aposentos, duermen en hospedajes avarientos. Propietarios de huertos y de huertas copiosas, regatean las frutas y las rosas. Con sus modas pasadas y sus luengos zarcillos y su mirar somero, inmútanse a los brillos de los escaparates de un joyero. Y después, a evocar la sandía tropa de pavos, y su susto manifiesto cuando bajaban por aquel recuesto... ¡Oh siestas regalonas, melindre ante la jícara que humea, soponcio ante la recua intempestiva que tumba las macetas de las pardas casonas; lotería de nueces, y Tenorio que flecha el historiado postigo de las rejas antañonas! Paso junto a las lentas fugitivas: no saben en su desgarbo airoso y en su activo quietismo, la derretida y pura compensación que logra su ostracismo sobre mi pecho, para ellas holgadamente hospitalario, aprensivo y munificente. Yo os acojo, anónimas y lentas desterradas, como si a mí viniese la lúcida familia de las hadas, porque oléis al opíparo destino y al exaltado fuero de los calabazates que sazona el resol del Adviento, en la cornisa recoleta y poltrona.
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En una isla, Un hombre dio a luz tres hermosas aves de su cabeza. Triste y muriendo él les dijo esto: Eres hijos de una madre inmigrante, hijas de agonía. Deja que las montañas y los árboles escuchan su canción. ¡Vete! ¡Deja que los ríos te lavan y las arenas te enmascaran! Colorea tus plumas vibrantes con el sufrimiento y la guerra de su gente Y dejar que los mares se refunfuñan con sus canciones. Usted está sin pies y orientación—¡Utilice sus plumas ahora! ¡Vete— Deje que la luna baile por su cuenta! ¡Cantar la canción! ¡Cantar canciones y cantar una canción! Despertar a los muertos de sus tumbas Y obligar los vivos bailar de bajo la corona de las estrellas y sol. ¡Canta pájaros ya que ustedes están sin pies!
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Oct 25, 2019
Oct 25, 2019 at 11:54 PM UTC
Canciones de un Pájaro sin Pies
En el ártico mar, bajo la grave, fría techumbre del borrado cielo, rota la proa, yace antigua nave, prisionera entre témpanos de hielo. A do vayan inquietas las miradas en esa soledad do el hielo impera, tan solo ven llanuras desoladas, rocas de hielo... hielo donde quiera. Entre las sombras de la noche bruma, Del horizonte en el confín distante; turbio aparece el sol, fosca la luna, y en el cielo se ven solo un instante. De la llanura en la extensión inerte jamás de vida palpitó un aliento, y no flota en la calma de esa muerte, sobre ese horror, ni voz ni movimiento. Antes de que sus flancos destrozados fueran allá donde la nave mora, de los rugientes mares dilatados todas las playas conoció su prora. De las hijas del viento en compañía la vio del ecuador el cielo urgente, y cruzó con gallarda bizarría los mares todos, desde Ocaso a Oriente. Vió la boca del Ganges; el distante Cabo de la Esperanza; surcó el seno del Mar de las Antillas resonante, y su bandera recorrió el Tirreno. Era su nombre PORVENIR; su vida fue el libre y ancho mar; y yace ahora por témpanos de hielo detenida, e inmóvil yace su volante prora. Los años pasan. Desde el turbio Oriente la mira un sol de luz amortiguada, y una luna sin brillo... y lentamente la nave se deshace abandonada. Ya derribó los mástiles el noto; la quilla, entre los hielos, yace endida; se hunde el puente... el timón está roto, y cayó al mar el ancla desprendida. ¡Arriba, el cielo tenebroso y frío y el desierto en redor, mudo y sombrío!
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La nave entre hielos
En el ártico mar, bajo la grave, fría techumbre del borrado cielo, rota la proa, yace antigua nave, prisionera entre témpanos de hielo. A do vayan inquietas las miradas en esa soledad do el hielo impera, tan solo ven llanuras desoladas, rocas de hielo... hielo donde quiera. Entre las sombras de la noche bruma, Del horizonte en el confín distante; turbio aparece el sol, fosca la luna, y en el cielo se ven solo un instante. De la llanura en la extensión inerte jamás de vida palpitó un aliento, y no flota en la calma de esa muerte, sobre ese horror, ni voz ni movimiento. Antes de que sus flancos destrozados fueran allá donde la nave mora, de los rugientes mares dilatados todas las playas conoció su prora. De las hijas del viento en compañía la vio del ecuador el cielo urgente, y cruzó con gallarda bizarría los mares todos, desde Ocaso a Oriente. Vió la boca del Ganges; el distante Cabo de la Esperanza; surcó el seno del Mar de las Antillas resonante, y su bandera recorrió el Tirreno. Era su nombre PORVENIR; su vida fue el libre y ancho mar; y yace ahora por témpanos de hielo detenida, e inmóvil yace su volante prora. Los años pasan. Desde el turbio Oriente la mira un sol de luz amortiguada, y una luna sin brillo... y lentamente la nave se deshace abandonada. Ya derribó los mástiles el noto; la quilla, entre los hielos, yace endida; se hunde el puente... el timón está roto, y cayó al mar el ancla desprendida. ¡Arriba, el cielo tenebroso y frío y el desierto en redor, mudo y sombrío!
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Mi virtud de sentir se acoge a la divisa del barómetro lúbrico, que en su enagua violeta los volubles matices de los climas sujeta con una probidad instantánea y precisa.Mi única virtud es sentirme desollado en el templo y la calle, en la alcoba y el prado. Orean mi bautismo, en alma y carnes vivas, las ráfagas eternas entre las fugitivas.Todo me pide sangre: la mujer y la estrella, la congoja del trueno, la vejez con su báculo, el grifo que vomita su hidráulica querella, y la lámpara, parpadeo del tabernáculo.Todo lo que a mis ojos es limpio y es agudo bebe de mis droláticas arterias el saludo.Mi ángel guardián y mi demonio estrafalario, desgranando granadas fieles, siguen mi pista en las vicisitudes de la bermeja lista que marca, en tierra firme y en mar, mi itinerario.Como aquel que fue herido en la noche agorera y denunció su paso goteando la acera, yo puedo desandar mi camino rubí, hasta el minuto y hasta la casa en que nací místicamente armado contra la laica era.Dejo, sin testamento, su gota a cada clavo teñido con la savia de mi ritual madera; no recojo mi sangre, ni siquiera la lavo.Espiritual al prójimo, mi corazón se inmola para hacer un empréstito sin usuras aciagas a la clorosis virgen y azul de los Gonzagas y a la cárdena quiebra del Marqués de Priola.¿En qué comulgatorio secreto hay que llorar? ¿Qué brújula se imanta de mi sino? ¿Qué par de trenzas destronadas se me ofrecen por hijas? ¿Qué lecho esquinal pide tibieza en su tramonto? Ánima adoratriz: a la hora que elijas para ensalzar tus fieles granadas, estoy pronto.Mas será con el cálculo de una amena medida: que se acaben a un tiempo el arrobo y la vida y que del vino fausto no quedando en la mesa ni la hez de una hez, se derrumbe en la huesa el burlesco legado de una estéril pavesa.
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Ánima adoratriz
Mi virtud de sentir se acoge a la divisa del barómetro lúbrico, que en su enagua violeta los volubles matices de los climas sujeta con una probidad instantánea y precisa.Mi única virtud es sentirme desollado en el templo y la calle, en la alcoba y el prado. Orean mi bautismo, en alma y carnes vivas, las ráfagas eternas entre las fugitivas.Todo me pide sangre: la mujer y la estrella, la congoja del trueno, la vejez con su báculo, el grifo que vomita su hidráulica querella, y la lámpara, parpadeo del tabernáculo.Todo lo que a mis ojos es limpio y es agudo bebe de mis droláticas arterias el saludo.Mi ángel guardián y mi demonio estrafalario, desgranando granadas fieles, siguen mi pista en las vicisitudes de la bermeja lista que marca, en tierra firme y en mar, mi itinerario.Como aquel que fue herido en la noche agorera y denunció su paso goteando la acera, yo puedo desandar mi camino rubí, hasta el minuto y hasta la casa en que nací místicamente armado contra la laica era.Dejo, sin testamento, su gota a cada clavo teñido con la savia de mi ritual madera; no recojo mi sangre, ni siquiera la lavo.Espiritual al prójimo, mi corazón se inmola para hacer un empréstito sin usuras aciagas a la clorosis virgen y azul de los Gonzagas y a la cárdena quiebra del Marqués de Priola.¿En qué comulgatorio secreto hay que llorar? ¿Qué brújula se imanta de mi sino? ¿Qué par de trenzas destronadas se me ofrecen por hijas? ¿Qué lecho esquinal pide tibieza en su tramonto? Ánima adoratriz: a la hora que elijas para ensalzar tus fieles granadas, estoy pronto.Mas será con el cálculo de una amena medida: que se acaben a un tiempo el arrobo y la vida y que del vino fausto no quedando en la mesa ni la hez de una hez, se derrumbe en la huesa el burlesco legado de una estéril pavesa.
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La segunda creación más grande de Dios es el hombre. Formado de arcilla en la que respiró nueva vida, Luego perfeccionó su creación en Eva, No de arcilla sino de la carne y el hueso de Adán. En Adán, Dios practicó su creación. En Eva la perfeccionamos retocando sus defectos. Más corazón, menos arrogancia; más sentido, menos músculo, Mas amor menos odio; centrada en "nosotros" no en "yo". Los textos sagrados escritos por hombres discrepan, Lo cual sólo nos comunica una verdad más obvia: La verdad que Dios susurro en los oídos de los hombres solo prueba, Que no hay sordos como los que no quieren oir. Así, las mujeres han sido culpadas por todos los males de los hombres, De la caída de Adán a todo pecado terrenal, Marginadas, objetivadas y despreciadas, Como blancos fáciles para la furia celosa de los hombres. La humanidad masculina es mucho menos que la femenina, En toda lo que cuenta menos en fuerza bruta, La fuerza bruta sirvió a los tiranos durante seis mil años, Por desgracia, sirve a los tiranos todavía hoy en día. Descalzas y embarazadas, serviles y pobres, No vista, no escuchada, y muy a menudo no amada, Su función principal es una incubadora de cría, Para dar placer a los hombres y proveerles hijos sanos. Sin voz, sin voto, sin poder y sin esperanza, Hasta hoy culpadas por algunos por todos los males del hombre, Víctimas de violación apedreadas por su victimización, Matanzas de honor de los hombres más deshonrador. El milagro de la vida te fue vuestro regalado. Los hombres plantan la semilla y luego se ocupan, En arar nuevos campos, Mientras que las mujeres nutren la vida, desde la cuna hasta la tumba. Estoy asombrado de todo lo que soportáis, Y todo lo que lográis a lo largo de la vida. Diamantes tratados como vidrios rotos por imbeciles, Cuyo brillo es solo un reflejo en sus propias mentes. Soy hijo de Adán, comparto sus defectos. Y se muy bien que las mujeres también tienen sus defectos, Sin embargo, para mí la esperanza para toda la humanidad, Descansa con las hijas de Eva, y no con los hijos de Adán.
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Mar 8, 2019
Mar 8, 2019 at 12:30 PM UTC
Hijas de Eva
La segunda creación más grande de Dios es el hombre. Formado de arcilla en la que respiró nueva vida, Luego perfeccionó su creación en Eva, No de arcilla sino de la carne y el hueso de Adán. En Adán, Dios practicó su creación. En Eva la perfeccionamos retocando sus defectos. Más corazón, menos arrogancia; más sentido, menos músculo, Mas amor menos odio; centrada en "nosotros" no en "yo". Los textos sagrados escritos por hombres discrepan, Lo cual sólo nos comunica una verdad más obvia: La verdad que Dios susurro en los oídos de los hombres solo prueba, Que no hay sordos como los que no quieren oir. Así, las mujeres han sido culpadas por todos los males de los hombres, De la caída de Adán a todo pecado terrenal, Marginadas, objetivadas y despreciadas, Como blancos fáciles para la furia celosa de los hombres. La humanidad masculina es mucho menos que la femenina, En toda lo que cuenta menos en fuerza bruta, La fuerza bruta sirvió a los tiranos durante seis mil años, Por desgracia, sirve a los tiranos todavía hoy en día. Descalzas y embarazadas, serviles y pobres, No vista, no escuchada, y muy a menudo no amada, Su función principal es una incubadora de cría, Para dar placer a los hombres y proveerles hijos sanos. Sin voz, sin voto, sin poder y sin esperanza, Hasta hoy culpadas por algunos por todos los males del hombre, Víctimas de violación apedreadas por su victimización, Matanzas de honor de los hombres más deshonrador. El milagro de la vida te fue vuestro regalado. Los hombres plantan la semilla y luego se ocupan, En arar nuevos campos, Mientras que las mujeres nutren la vida, desde la cuna hasta la tumba. Estoy asombrado de todo lo que soportáis, Y todo lo que lográis a lo largo de la vida. Diamantes tratados como vidrios rotos por imbeciles, Cuyo brillo es solo un reflejo en sus propias mentes. Soy hijo de Adán, comparto sus defectos. Y se muy bien que las mujeres también tienen sus defectos, Sin embargo, para mí la esperanza para toda la humanidad, Descansa con las hijas de Eva, y no con los hijos de Adán.
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