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"heno" poems
Heno, ‘dw i’n syllu, Heno, ti’n gwingo, Heno, ‘dw i’n gwintyllu Yr awel sy’n ddi-flino. Heno, ti adra, A’r hiraeth wedi cilio. Heno, ‘dw i adra, A’r atgof yn fy mlingo. Heno, does na’m newid i be’ ti’n deimlo, i be ‘dw i’n gofio. Heno, nid oes addewid, Heno, nid oes ni.
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Sep 11, 2014
Sep 11, 2014 at 7:03 AM UTC
Heno (8/9/14)
En tanto que el hoyo cavan a donde la cruz asienten, en que el Cordero levanten figurado por la sierpe, aquella ropa inconsútil que de Nazareth ausente labró la hermosa María después de su parto alegre, de sus delicadas carnes quitan con manos aleves los camareros que tuvo Cristo al tiempo de su muerte. No bajan a desnudarle los espíritus celestes, sino soldados que luego sobre su ropa echan suertes. Quitáronle la corona, y abriéronse tantas fuentes, que todo el cuerpo divino cubre la sangre que vierten. Al despegarle la ropa las heridas reverdecen, pedazos de carne y sangre salieron entre los pliegues. Alma pegada en tus vicios, si no puedes, o no quieres despegarte tus costumbres, piensa en esta ropa, y puede. A la sangrienta cabeza la dura corona vuelven, que para mayor dolor le coronaron dos veces. Asió la soga un soldado, tirando a Cristo, de suerte que donde va por su gusto quiere que por fuerza llegue. Dio Cristo en la cruz de ojos, arrojado de la gente, que primero que la abrace, quieren también que la bese. ¡Qué cama os está esperando, mi Jesús, bien de mis bienes, para que el cuerpo cansado siquiera a morir se acueste! ¡Oh, qué almohada de rosas las espinas os prometen!; ¡qué corredores dorados los duros clavos crueles! Dormid en ella, mi amor, para que el hombre despierte, aunque más dura se os haga que en Belén entre la nieve. Que en fin aquella tendría abrigo de las paredes, las tocas de vuestra Madre, y el heno de aquellos bueyes. ¡Qué vergüenza le daría al Cordero santo el verse, siendo tan honesto y casto, desnudo entre tanta gente! ¡Ay divina Madre suya!, si agora llegáis a verle en tan miserable estado, ¿quién ha de haber que os consuele? Mirad, Reina de los cielos, si el mismo Señor es éste, cuyas carnes parecían de azucenas y claveles. Mas, ¡ay Madre de piedad!, que sobre la cruz le tienden, para tomar la medida por donde los clavos entren. ¡Oh terrible desatino!, medir al inmenso quieren, pero bien cabrá en la cruz el que cupo en el pesebre. Ya Jesús está de espaldas, y tantas penas padece, que con ser la cruz tan dura, ya por descanso la tiene. Alma de pórfido y mármol, mientras en tus vicios duermes, dura cama tiene Cristo, no te despierte la muerte.
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Al ponerle en la cruz
En tanto que el hoyo cavan a donde la cruz asienten, en que el Cordero levanten figurado por la sierpe, aquella ropa inconsútil que de Nazareth ausente labró la hermosa María después de su parto alegre, de sus delicadas carnes quitan con manos aleves los camareros que tuvo Cristo al tiempo de su muerte. No bajan a desnudarle los espíritus celestes, sino soldados que luego sobre su ropa echan suertes. Quitáronle la corona, y abriéronse tantas fuentes, que todo el cuerpo divino cubre la sangre que vierten. Al despegarle la ropa las heridas reverdecen, pedazos de carne y sangre salieron entre los pliegues. Alma pegada en tus vicios, si no puedes, o no quieres despegarte tus costumbres, piensa en esta ropa, y puede. A la sangrienta cabeza la dura corona vuelven, que para mayor dolor le coronaron dos veces. Asió la soga un soldado, tirando a Cristo, de suerte que donde va por su gusto quiere que por fuerza llegue. Dio Cristo en la cruz de ojos, arrojado de la gente, que primero que la abrace, quieren también que la bese. ¡Qué cama os está esperando, mi Jesús, bien de mis bienes, para que el cuerpo cansado siquiera a morir se acueste! ¡Oh, qué almohada de rosas las espinas os prometen!; ¡qué corredores dorados los duros clavos crueles! Dormid en ella, mi amor, para que el hombre despierte, aunque más dura se os haga que en Belén entre la nieve. Que en fin aquella tendría abrigo de las paredes, las tocas de vuestra Madre, y el heno de aquellos bueyes. ¡Qué vergüenza le daría al Cordero santo el verse, siendo tan honesto y casto, desnudo entre tanta gente! ¡Ay divina Madre suya!, si agora llegáis a verle en tan miserable estado, ¿quién ha de haber que os consuele? Mirad, Reina de los cielos, si el mismo Señor es éste, cuyas carnes parecían de azucenas y claveles. Mas, ¡ay Madre de piedad!, que sobre la cruz le tienden, para tomar la medida por donde los clavos entren. ¡Oh terrible desatino!, medir al inmenso quieren, pero bien cabrá en la cruz el que cupo en el pesebre. Ya Jesús está de espaldas, y tantas penas padece, que con ser la cruz tan dura, ya por descanso la tiene. Alma de pórfido y mármol, mientras en tus vicios duermes, dura cama tiene Cristo, no te despierte la muerte.
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Bebo del agua limpia y clara del arroyo Y vago por los campos  teniendo por apoyo Un gajo de algarrobo liso, fuerte y pulido Que en sus ramas sostuvo la dulzura de un nido.   Así paso los días, morena y descuidada, Sobre la suave alfombra de la grama aromada, Comiendo de la carne jugosa de las fresas O en busca de fragantes racimos de frambuesas.   Mi cuerpo está impregnado el aroma ardoroso De los pastos maduros. Mi cabello sombroso Esparce, al destrenzarlo, olor a sol y a heno, A salvia, a yerbabuena  y a flores de centeno.   ¡Soy libre, sana, alegre, juvenil y morena, Cual si fuera la diosa del trigo y de la avena!             ¡Soy casta como Diana Y huelo a hierba clara nacida en la mañana!
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Salvaje
Está soleado Está lloviendo, está tronando Es otoño Desde despertar hasta dormir. Las hojas son secas y pasivas Y las flores muertas e inactivas Más tarde, es nieve Los vecinos de la posada Ven el paso de los ciervos Todo el día Y durante toda la larga noche Sentimos que los nervios cambian Para dar la bienvenida a la nueva temporada Donde estamos lejos de la cosecha. Podemos escuchar desde muy lejos El viento que zumba en el heno Las vibraciones no son monótonas Desde los colibríes de los cerros Hacen sentir su espectacular presencia Y los poetas con jardines imaginarios Describen todo lo que está pasando En la tierra donde la masa Sigue siendo insensible e ignorante Y donde los funcionarios electos corruptos se jactan. Está soleado Está lloviendo, está tronando Es otoño Desde despertar hasta dormir. P.D. Traducción de 'The Ancient Canticles Of Autumn'. Copyright © noviembre de 2024, Hébert Logerie, Todos los derechos reservados Hébert Logerie es autor de varios libros de poesía.
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Nov 25, 2024
Nov 25, 2024 at 12:09 AM UTC
Las Antiguas Canciones Del Otoño
Del amor y sus riquezas, del amor y sus pobrezas el amor junto a tu lado.. es el único que me interesa. Si estamos abrigados, sea; en el fardo de heno en el frio aire campestre, en una mansión o en un piso de tierra, no importa donde sea, si en la ciudad de las luces o en la pobreza de Burundi, del amor y sus riquezas, del amor y sus pobrezas, si estoy a tu costado, me siento saciada y plena. No importa si comemos caviar, no importa si no nos toca viajar, bordando sueños en tu dulce mirada, arropada entre tus brazos he encontrado yo, la novena maravilla, en la dulzura de tu sonrisa. Del amor y sus altibajos, me deslizo entre tus labios, tejiendo con ilusión en cada beso la frazada que cobijara este ensueño, de encontrarnos en el trayecto, de reconocer en una mirada el amor que alguna vez decretamos como el único que esperábamos. Del amor y sus riquezas, del amor y sus pobrezas, del amor y sus altibajos, del amor que se promete, de ese que se cansa y luego rejuvenece, en un perdón con un beso en la cabeza, o en el que se engancha a una camisa, remendando aquellas palabras rotas, sea en el fardo de heno, en una mansión o en el suelo, ya que lo único que importa, es vivir este amor con grandeza y con empeño. LeydisProse 11/24/2017 https://m.facebook.com/LeydisProse/
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Nov 24, 2017
Nov 24, 2017 at 6:57 PM UTC
DEL AMOR Y SUS RIQUEZAS
Un pastor pide teta por la nieve que ondula blancos perros tendidos entre linternas sordas. El Cristito de barro se ha partido los dedos en los tilos eternos de la madera rota. ¡Ya vienen las hormigas y los pies ateridos! Dos hilillos de sangre quiebran el cielo duro. Los vientres del demonio resuenan por los valles golpes y resonancias de carne de molusco. Lobos y sapos cantan en las hogueras verdes coronadas por vivos hormigueros del alba. La luna tiene un sueño de grandes abanicos y el toro sueña un toro de agujeros y de agua. El niño llora y mira con un tres en la frente, San José ve en el heno tres espinas de bronce. Los pañales exhalan un rumor de desierto con cítaras sin cuerdas y degolladas voces. La nieve de Manhattan empuja los anuncios y lleva gracia pura por las falsas ojivas. Sacerdotes idiotas y querubes de pluma van detrás de Lutero por las altas esquinas.
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Nacimiento de cristo
Un hombre está mirando a una mujer, está mirándola inmediatamente, con su mal de tierra suntuosa y la mira a dos manos y la tumba a dos pechos y la mueve a dos hombres. Pregúntome entonces, oprimiéndome la enorme, blanca, acérrima costilla: Y este hombre ¿no tuvo a un niño por creciente padre? ¿ Y esta mujer, a un niño por constructor de su evidente **** Puesto que un niño veo ahora, niño ciempiés, apasionado, enérgico; veo que no le ven sonarse entre los dos, colear, vestirse; puesto que los acepto, a ella en condición aumentativa, a él en la flexión del heno rubio. Y exclamo entonces, sin cesar ni uno de vivir, sin volver ni uno a temblar en la justa que venero: ¡Felicidad seguida tardíamente del Padre, del Hijo y de la Madre! ¡Instante redondo, familiar, que ya nadie siente ni ama! ¡De qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares! ¡De qué tronco, el florido carpintero! ¡De qué perfecta axila, el frágil remo! ¡De qué casco, ambos cascos delanteros!
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Un hombre está mirando a una mujer