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"hedor" poems
Volveré como el cuervo al sentir hedor muerto volveré a verte cantar todo. Tengo la boca llena de espinas por mentirme al espejo, hago tregua con mi enemigo que soy yo mismo y le miento, pues cruzo los dedos. Por que he dejado de escribir las palabras que canto, por que he dejado el firme dulce sabor de cantar con amigos, por que he dejado todo aquello, el alma , la fotografía, el arte. Volveré, yo siempre vuelvo, siempre vuelvo a caer... en mi enredadera la mente pero siempre salgo, hay luz allá afuera. Crece y vuelve...
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Nov 11, 2021
Nov 11, 2021 at 12:54 AM UTC
Volveré
Verdes tardes de la selva; tardes tristes. Río verde entre zacatales verdes; pantanos verdes. Tardes olorosas a lodo, a hojas mojadas, a helechos húmedos y a hongos El verde perezoso cubierto de moho poco a poco trepando de rama en rama, con los ojos cerrados como dormido pero comiendo una hoja, alargando un garfio primero y después el otro, sin importarle las hormigas que le pican, volteando lentamente el bobo rostro redondo, primero a un lado y luego al otro, enrollando por fin la cola en una rama y colgándose pesado como una bola de plomo; el salto del sábalo en el río; el griterío de los monos comiendo malcriadamente, a toda prisa, arrojándose las cáscaras de anona unos a otros y peleándose, charlando, arremedándose y riéndose entre los árboles; monas chillonas cargando a tuto monitos pelones y trompudos; la guatusa bigotuda y elástica que se estira y encoge mirando a todos lados con su ojo redondo mientras come temblando; espinosas iguanas... temblando; espinosas iguanas como dragones de jade corriendo sobre el agua (¡flechas de jade!); el ***** con su camisa rayada, remando en su canoa de ceiba. Una muchacha meciéndose en una hamaca, con su largo pelo ***** y una pierna desnuda colgando de la hamaca, nos saluda:                     Adiós, California! El río ***** como tinta, al anochecer. Una flor de un hedor putrefacto                                                       como de cadáver; y una flor horrible, peluda.                                                       Orquídeas guindadas sobre el agua podrida. Silbidos tristes de la selva, y quejidos.                     Quejidos. Hojas tristes que caen dando vueltas. Y chillidos...                       ¡Un grito entre las guanábanas! El hacha cortando un tronco                       y el eco del hacha. ¡El mismo chillido! Ruido sordo de manadas de cerdos salvajes. ¡Carcajadas!                       El canto de un tucán. Chischiles de culebras cascabeles. Gritos de congos.                       Chachalacas. El canto melancólico de la gongolona                                   entre los coquitales, y el de la paloma popone,                                             popone, pone, pone Oropéndolas sonoras columpiándose en sus nidos colgados de las palmeras, y el canto del pájaro-león entre los coyoles y el del pájaro de-la-luna-y-el-sol el pájaro clarinero, el pájaro relojero que da la hora y el pocoyo que canta de noche (o caballero)                                   Cabayero mi dinero Cabayero mi dinero parejas de lapas que pasan gritando, y el guis, chichitote y dichoso-fui                                       dichoso-fuiiiiiiii que cantan en los chagüites sombríos. Plateados pantanos rielando, y las ranas cantando                               rrrrrrrrrrrrr !Y un pájaro que toda la noche repite.
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Squier en nicaragua
Verdes tardes de la selva; tardes tristes. Río verde entre zacatales verdes; pantanos verdes. Tardes olorosas a lodo, a hojas mojadas, a helechos húmedos y a hongos El verde perezoso cubierto de moho poco a poco trepando de rama en rama, con los ojos cerrados como dormido pero comiendo una hoja, alargando un garfio primero y después el otro, sin importarle las hormigas que le pican, volteando lentamente el bobo rostro redondo, primero a un lado y luego al otro, enrollando por fin la cola en una rama y colgándose pesado como una bola de plomo; el salto del sábalo en el río; el griterío de los monos comiendo malcriadamente, a toda prisa, arrojándose las cáscaras de anona unos a otros y peleándose, charlando, arremedándose y riéndose entre los árboles; monas chillonas cargando a tuto monitos pelones y trompudos; la guatusa bigotuda y elástica que se estira y encoge mirando a todos lados con su ojo redondo mientras come temblando; espinosas iguanas... temblando; espinosas iguanas como dragones de jade corriendo sobre el agua (¡flechas de jade!); el ***** con su camisa rayada, remando en su canoa de ceiba. Una muchacha meciéndose en una hamaca, con su largo pelo ***** y una pierna desnuda colgando de la hamaca, nos saluda:                     Adiós, California! El río ***** como tinta, al anochecer. Una flor de un hedor putrefacto                                                       como de cadáver; y una flor horrible, peluda.                                                       Orquídeas guindadas sobre el agua podrida. Silbidos tristes de la selva, y quejidos.                     Quejidos. Hojas tristes que caen dando vueltas. Y chillidos...                       ¡Un grito entre las guanábanas! El hacha cortando un tronco                       y el eco del hacha. ¡El mismo chillido! Ruido sordo de manadas de cerdos salvajes. ¡Carcajadas!                       El canto de un tucán. Chischiles de culebras cascabeles. Gritos de congos.                       Chachalacas. El canto melancólico de la gongolona                                   entre los coquitales, y el de la paloma popone,                                             popone, pone, pone Oropéndolas sonoras columpiándose en sus nidos colgados de las palmeras, y el canto del pájaro-león entre los coyoles y el del pájaro de-la-luna-y-el-sol el pájaro clarinero, el pájaro relojero que da la hora y el pocoyo que canta de noche (o caballero)                                   Cabayero mi dinero Cabayero mi dinero parejas de lapas que pasan gritando, y el guis, chichitote y dichoso-fui                                       dichoso-fuiiiiiiii que cantan en los chagüites sombríos. Plateados pantanos rielando, y las ranas cantando                               rrrrrrrrrrrrr !Y un pájaro que toda la noche repite.
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Me has dicho que lloras casi todas las noches, en este invierno húmedo de Lima, que miras a la luna, su contorno blanquecino; que sueltas preguntas a una ciudad de cartón, y que no hay más respuesta que el silencio y el ruido de los carros. La ciudad nos abre su bocaza, y nos traga. Caminamos por ella, por sus largas avenidas, respirando el humo y el hedor cálido de las esquinas. Y sé que mi tiempo ha llegado, que fundiremos sangre y saliva en este triste y gris cielo de la ciudad de Lima… y que su sombra implacable se comerá nuestros pasos, y que la memoria nos arrojará a alguna calle que se muere, donde el hijo olvidado de la ciudad nos sonríe. Y que a pesar de la distancia, a pesar de los fantasmas, del cansancio y del miedo, a pesar de ti y de mí, aquí estaré, esperando, todo el tiempo que haya que esperar.
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Jul 15, 2016
Jul 15, 2016 at 2:19 PM UTC
Cry
Temí que el porvenir (que ya declina) sería un profundo corredor de espejos indistintos, ociosos y menguantes, una repetición de vanidades, y en la penumbra que precede al sueño rogué a mis dioses, cuyo nombre ignoro, que enviaran algo o alguien a mis días. Lo hicieron. Es la Patria. Mis mayores la sirvieron con largas proscripciones, con penurias, con hambre, con batallas, aquí de nuevo está el hermoso riesgo. No soy aquellas sombras tutelares que honré con versos que no olvida el tiempo. Estoy ciego. He cumplido los setenta; no soy el oriental Francisco Borges que murió con dos balas en el pecho, entre las agonías de los hombres, en el hedor de un hospital de sangre, pero la Patria, hoy profanada quiere que con mi oscura pluma de gramático, docta en las nimiedades académicas y ajena a los trabajos de la espada, congregue el gran rumor de la epopeya y exija mi lugar. Lo estoy haciendo.
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1972
Este clima de asfixia que impregna los pulmones de una anhelante angustia de pez recién pescado. Este hedor adhesivo y errabundo, que intoxica la vida y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo. Este miasma corrupto, que insufla en nuestros poros apetencias de pulpo, deseos de vinchuca, no surge, ni ha surgido de estos conglomerados de sucia hemoglobina, cal viva, soda cáustica, hidrógeno, pis úrico, que infectan los colchones, los techos, las veredas, con sus almas cariadas, con sus gestos leprosos. Este olor homicida, rastrero, ineludible, brota de otras raíces, arranca de otras fuentes. A través de años muertos, de atardeceres rancios, de sepulcros gaseosos, de cauces subterráneos, se ha ido aglutinando con los jugos pestíferos, los detritus hediondos, las corrosivas vísceras, las esquirlas podridas que dejaron el crimen, la idiotez purulenta, la iniquidad sin **** el gangrenoso engaño; hasta surgir al aire, expandirse en el viento y tornarse corpóreo; para abrir las ventanas, penetrar en los cuartos, tomarnos del cogote, empujarnos al asco, mientras grita su inquina, su aversión, su desprecio, por todo lo que allana la acritud de las horas, por todo lo que alivia la angustia de los días.
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Ejecutoria del miasma
¿No sientes por dentro el peso del vacío? ¿No sientes las espadas que atraviesan tu carne ? ¿No es cada vez más de noche ? ¿No hace cada vez más frío? Es momento de cuestionar si la felicidad es más profunda, o si, tal vez, hoy solo contamos con más calmantes, más drogas, más distracciones que nos ciegan ante la cruda realidad. Hay que preguntarse si la felicidad es más profunda o es solo que hoy tenemos más calmantes, mas drogas,mas distracciones que nos ciegan ante la realidad . Habría que preguntarse si, al declarar que el dolor y la muerte no existen, no será que simplemente los vemos menos , porque los hemos arrinconado en hospitales, cárceles, suburbios, en esos terceros mundos de los que oímos, pero nunca vemos. . No enmascares el dolor del mundo No ocultes este valle de lágrimas No ignores el podrido océano del mal moral , La carne limpia de los fariseos no ocultan el putrefacto hedor de la falsa ética Si Dios nos abriera los ojos al mundo invisible, al mundo que nos negamos a ver, caeríamos muertos, pues es repugnante lo abominable que puede llegar a ser el ser humano, el egoísmo , la hipocresía, mediocridad, violencia , angustia, dolor y sufrimiento. No, no estás vacío; estás lleno de parásitos. No, no sientes esa espada, porque eres tú quien la clava. No, no ves la noche, porque te niegas a mirar. Pero sí, puedes sentir ese frío, porque en verdad, estás muerto , devorado por los parásitos
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Oct 17, 2024
Oct 17, 2024 at 11:54 AM UTC
Parásitos del ser
Cuenta Barbey, en versos que valen bien su prosa, una hazaña del Cid, fresca como una rosa, pura como una perla.  No se oyen en la hazaña resonar en el viento las trompetas de España, ni el azorado moro las tiendas abandona al ver al sol el alma de acero de Tizona.Babieca descansando del huracán guerrero, tranquilo pace, mientras el bravo caballero sale a gozar del aire de la estación florida. Ríe la Primavera, y el vuelo de la vida abre lirios y sueños en el jardín del mundo. Rodrigo de Vivar pasa, meditabundo, por una senda en donde, bajo el sol glorioso, tendiéndole la mano, le detiene un leproso.Frente a frente, el soberbio príncipe del estrago y la victoria, joven, bello como Santiago, y el horror animado, la viviente carroña que infecta los suburbios de hedor y de ponzoña.Y al Cid tiende la mano el siniestro mendigo, y su escarcela busca y no encuentra Rodrigo. -¡Oh, Cid, una limosna! -dice el pobrecito.                                                                         -Hermano, ¡te ofrezco la desnuda limosna de mi mano! -dice el Cid; y, quitando su férreo guante, extiende la diestra al miserable, que llora y que comprende.Tal es el sucedido que el Condestable escancia como un vino precioso en su copa de Francia. Yo agregaré este sorbo de licor castellano:Cuando su guantelete hubo vuelto a la mano, el Cid siguió su rumbo por la primaveral senda.  Un pájaro daba su nota de cristal en un árbol.  El cielo profundo desleía un perfume de gracia en la gloria del día. Las ermitas lanzaban en el aire sonoro su melodiosa lluvia de tórtolas de oro; el alma de las flores iba por los caminos a unirse a la piadosa voz de los peregrinos y el gran Rodrigo Díaz de Vivar, satisfecho, iba cual si llevase una estrella en el pecho. Cuando de la campiña, aromada de esencia sutil, salió una niña vestida de inocencia, una niña que fuera una mujer, de franca y angélica pupila, y muy dulce y muy blanca. Una niña que fuera un hada, o que surgiera encarnación de la divina Primavera.Y fue al Cid y le dijo: «Alma de amor y fuego, por Jimena y por Dios un regalo te entrego, esta rosa naciente y este fresco laurel». Y el Cid, sobre su yelmo las frescas hojas siente, en su guante de hierro hay una flor naciente, y en lo íntimo del alma como un dulzor de miel.
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Cosas del cid
Cuenta Barbey, en versos que valen bien su prosa, una hazaña del Cid, fresca como una rosa, pura como una perla.  No se oyen en la hazaña resonar en el viento las trompetas de España, ni el azorado moro las tiendas abandona al ver al sol el alma de acero de Tizona.Babieca descansando del huracán guerrero, tranquilo pace, mientras el bravo caballero sale a gozar del aire de la estación florida. Ríe la Primavera, y el vuelo de la vida abre lirios y sueños en el jardín del mundo. Rodrigo de Vivar pasa, meditabundo, por una senda en donde, bajo el sol glorioso, tendiéndole la mano, le detiene un leproso.Frente a frente, el soberbio príncipe del estrago y la victoria, joven, bello como Santiago, y el horror animado, la viviente carroña que infecta los suburbios de hedor y de ponzoña.Y al Cid tiende la mano el siniestro mendigo, y su escarcela busca y no encuentra Rodrigo. -¡Oh, Cid, una limosna! -dice el pobrecito.                                                                         -Hermano, ¡te ofrezco la desnuda limosna de mi mano! -dice el Cid; y, quitando su férreo guante, extiende la diestra al miserable, que llora y que comprende.Tal es el sucedido que el Condestable escancia como un vino precioso en su copa de Francia. Yo agregaré este sorbo de licor castellano:Cuando su guantelete hubo vuelto a la mano, el Cid siguió su rumbo por la primaveral senda.  Un pájaro daba su nota de cristal en un árbol.  El cielo profundo desleía un perfume de gracia en la gloria del día. Las ermitas lanzaban en el aire sonoro su melodiosa lluvia de tórtolas de oro; el alma de las flores iba por los caminos a unirse a la piadosa voz de los peregrinos y el gran Rodrigo Díaz de Vivar, satisfecho, iba cual si llevase una estrella en el pecho. Cuando de la campiña, aromada de esencia sutil, salió una niña vestida de inocencia, una niña que fuera una mujer, de franca y angélica pupila, y muy dulce y muy blanca. Una niña que fuera un hada, o que surgiera encarnación de la divina Primavera.Y fue al Cid y le dijo: «Alma de amor y fuego, por Jimena y por Dios un regalo te entrego, esta rosa naciente y este fresco laurel». Y el Cid, sobre su yelmo las frescas hojas siente, en su guante de hierro hay una flor naciente, y en lo íntimo del alma como un dulzor de miel.
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