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"gordas" poems
quiero escribirte mil gordas, gordas formadas en líneas, gordas tiradas en el pasto, gordas con sus lonjas libres y sin fajas ni pantalones dos tallas menos que asfixien los tejidos de mi piel: quiero cantarte una gorda canción. gordas pinches gordas, gordo el culo gordo el corazón, gordas las piernas y los muslos, las caderas.... tentación. gordas !gordas son las anchas glorietas de la avenida gorda de la ciudad gorda donde todos los gordos y las gordas bailan un son que dice: tu eres golosa golosa y glotona, tu eres golosa golosa y glotona, pinche gorda poderosa tu eres fuerte tu eres diosa tus curvas son deliciosas templo lavado con miel para mi tu eres sagrada dulce, fuerte y cotizada gorda tu eres toda gorda, vos sos toda gorda, amante gorda, gorda estudiante, gorda madre, gorda hija, gorda espíritu santa. ¡bienvenidos a gordaztlan! donde mandamos las gordas y nuestro proceso de colonización conlleva amar nuestras lonjas, nuestra panza, nuestras chichotas. ¡donde nada es imperfecto! ni el lunar bajo del labio, ni los pelos de la panocha. ¡pasen pasen! por las anchas puertas de nuestro gordo destino, dicen que la vida es flaca pero gordo es el camino, en una mano el elote en la otra mano el pepino, con tortillas, chile gordo, gordolagas con tocino. ¡gorda! ¡gorda! sube tallas ¡y ven a bailar conmigo!
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Jan 20, 2014
Jan 20, 2014 at 6:12 AM UTC
Gorda Canción
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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Caballero sólo
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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«Mirad: Un extranjero...» Yo los reconocía, siendo niño, en las calles por su no sé que ausente. Y era una extraña mezcla de susto y de alegría pensar que eran distintos al resto de la gente. Después crecí, soñando, sobre los libros viejos; corrí, de mapa en mapa, frenéticos azares, y al despertar, a veces, para viajar más lejos, inventaba a mi antojo más tierras y más mares. Entonces yo envidiaba, melancólicamente, a aquellos que se iban de verdad, en navíos de gordas chimeneas y casco reluciente, no en viajes ilusorios como los viajes míos. Y hoy, que quizás es tarde, con los cabellos grises, emprendo, como tantos, el viaje verdadero; y escucho que los niños de remotos países murmuran al mirarme: «Mirad: Un extranjero...»
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El extranjero
Te contaré la historia del bergantín sombrío que echó un día las anclas en la quietud de un puerto, para ser en la turbia resaca del hastío, el ataúd flotante de su pasado muerto. Allí evocaba el luto de la insignia pirata y las tripulaciones con su bárbaro coro, en las fosforescencias de las noches de plata y en el deslumbramiento de las tardes de oro. Allí, en largos letargos bajo las nubes lentas, entre un enloquecido revuelo de gaviotas, adoraban el soplo brutal de las tormentas, en sus podridos pliegues, las pobres velas rotas. Abajo, en la sentina, mortecinos fanales, moscas y telarañas y barriles flotando, arriba en la cubierta, náufragos espectrales agitando los puños hacia el puente de mando. Ah, las islas del trópico, los dulces archipiélagos para siempre en los mapas de la mala fortuna, y un buque torvamente rondando los murciélagos mientras las mariposas vuelan hacia la luna. Viejo barco que supo que el confín no es redondo en las noches siniestras y en las albas felices, con las anclas hundidas más y más en el fondo como si de las anclas le nacieran raíces. Mástiles carcomidos donde las golondrinas reposan el otoño, como un último ultraje; timón con verdes costras de lepras submarinas y brújula sin norte para morir un viaje. Vientos del sur, o lluvias o locas primaveras, que poco importa todo para los barcos viejos; pero un escalofrío crujía en sus maderas al zarpar otras naves y al perderse a lo lejos. Allí, escuchando el himno de las resacas gordas, vaivén de espumas negras que nunca finaliza, se hubiera dicho un barco cargado hasta las bordas con un gran contrabando funeral de ceniza. Y allí estaba, en el puerto, con su largo letargo, de proa hacia el olvido, muriendo hacia el poniente. Y, sin embargo un día... Ah, un día, sin embargo, sopló un viento de rosas, maravillosamente. Era el sagrado soplo del amor que transfigura los seres y las cosas en el tiempo sin fin y le dio un casco nuevo con nueva arboladura y nueve velas blancas al viejo bergantín. Y así fue que en la gloria de una alegre mañana, con la proa hacia el sueño y el timón al azar, esta vez bajo el mando de gentil capitana, el bergantín sombrío se echó de nuevo al mar. Y así acaba este cuento que es más tuyo que mío, tú, que escuchas mi cuento convertido en canción; tú, gentil capitana del bergantín sombrío, del bergantín sombrío que era mi corazón.
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Te contaré la historia
Te contaré la historia del bergantín sombrío que echó un día las anclas en la quietud de un puerto, para ser en la turbia resaca del hastío, el ataúd flotante de su pasado muerto. Allí evocaba el luto de la insignia pirata y las tripulaciones con su bárbaro coro, en las fosforescencias de las noches de plata y en el deslumbramiento de las tardes de oro. Allí, en largos letargos bajo las nubes lentas, entre un enloquecido revuelo de gaviotas, adoraban el soplo brutal de las tormentas, en sus podridos pliegues, las pobres velas rotas. Abajo, en la sentina, mortecinos fanales, moscas y telarañas y barriles flotando, arriba en la cubierta, náufragos espectrales agitando los puños hacia el puente de mando. Ah, las islas del trópico, los dulces archipiélagos para siempre en los mapas de la mala fortuna, y un buque torvamente rondando los murciélagos mientras las mariposas vuelan hacia la luna. Viejo barco que supo que el confín no es redondo en las noches siniestras y en las albas felices, con las anclas hundidas más y más en el fondo como si de las anclas le nacieran raíces. Mástiles carcomidos donde las golondrinas reposan el otoño, como un último ultraje; timón con verdes costras de lepras submarinas y brújula sin norte para morir un viaje. Vientos del sur, o lluvias o locas primaveras, que poco importa todo para los barcos viejos; pero un escalofrío crujía en sus maderas al zarpar otras naves y al perderse a lo lejos. Allí, escuchando el himno de las resacas gordas, vaivén de espumas negras que nunca finaliza, se hubiera dicho un barco cargado hasta las bordas con un gran contrabando funeral de ceniza. Y allí estaba, en el puerto, con su largo letargo, de proa hacia el olvido, muriendo hacia el poniente. Y, sin embargo un día... Ah, un día, sin embargo, sopló un viento de rosas, maravillosamente. Era el sagrado soplo del amor que transfigura los seres y las cosas en el tiempo sin fin y le dio un casco nuevo con nueva arboladura y nueve velas blancas al viejo bergantín. Y así fue que en la gloria de una alegre mañana, con la proa hacia el sueño y el timón al azar, esta vez bajo el mando de gentil capitana, el bergantín sombrío se echó de nuevo al mar. Y así acaba este cuento que es más tuyo que mío, tú, que escuchas mi cuento convertido en canción; tú, gentil capitana del bergantín sombrío, del bergantín sombrío que era mi corazón.
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¿se fue por el aire o era una invención de cuello verde Isidoro Ducasse de Lautréamont se fue por el aire o era: una invención de cuello verde un Isidoro del otro amor que comía rostros podridos melancolías desesperos penas blanquitas tristes furias y erguía entonces su valor y reemplazaba la desdicha por unos cuantos resplandores el sudamericano magnífico de algas en la boca ¿dónde encontraba resplandores? los encontró en rostros podridos melancolías desesperos penas blanquitas tristes furias que le tocaron corazón como se dice lo pudrieron desesperaron atristaron se lo vio como un pajarito en Canelones y Boul' Mich' pasear a la Melanco Lía como una noviecita pura disimulando violaciones cometidas en el quartier "oh dulce novia" le decía clavándola contra sus brazos abiertos y una especie de mar le salía a Lautréamont por la mirada por la boca por las muñecas por la nuca "a ver cómo te mueres" le decía "bella" le decía mientras la amaba especialmente y la desarmaba en París como una fiesta como un fuego ayer crepita todavía en un cuarto de Poissonières que huele a suda mericano ea Ducasse Latréamont montevideano ea ea en vide o monte de ta mort parecía una bola de oro una calor desenvainada la tristeza decapitó la furia desenfureció se fue por el aire o era un Isidoro Ducasse muerto solamente por esta vez o como lluvia de otro amor mojó a Nuestra Dama de la Comuna armada y amada con la belleza que subía de su cuello verde podrido en mil nueve sesentisiete por la barranca de los loros se lo oyó como que volaba o parecía crepitar contra la selva agujereada los desesperos del país las melancolías más gordas pero fue el otro que cayó solamente por esta vez mientras Ducasse descansaba en un campamento de sombras
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Sudamericanos
¿se fue por el aire o era una invención de cuello verde Isidoro Ducasse de Lautréamont se fue por el aire o era: una invención de cuello verde un Isidoro del otro amor que comía rostros podridos melancolías desesperos penas blanquitas tristes furias y erguía entonces su valor y reemplazaba la desdicha por unos cuantos resplandores el sudamericano magnífico de algas en la boca ¿dónde encontraba resplandores? los encontró en rostros podridos melancolías desesperos penas blanquitas tristes furias que le tocaron corazón como se dice lo pudrieron desesperaron atristaron se lo vio como un pajarito en Canelones y Boul' Mich' pasear a la Melanco Lía como una noviecita pura disimulando violaciones cometidas en el quartier "oh dulce novia" le decía clavándola contra sus brazos abiertos y una especie de mar le salía a Lautréamont por la mirada por la boca por las muñecas por la nuca "a ver cómo te mueres" le decía "bella" le decía mientras la amaba especialmente y la desarmaba en París como una fiesta como un fuego ayer crepita todavía en un cuarto de Poissonières que huele a suda mericano ea Ducasse Latréamont montevideano ea ea en vide o monte de ta mort parecía una bola de oro una calor desenvainada la tristeza decapitó la furia desenfureció se fue por el aire o era un Isidoro Ducasse muerto solamente por esta vez o como lluvia de otro amor mojó a Nuestra Dama de la Comuna armada y amada con la belleza que subía de su cuello verde podrido en mil nueve sesentisiete por la barranca de los loros se lo oyó como que volaba o parecía crepitar contra la selva agujereada los desesperos del país las melancolías más gordas pero fue el otro que cayó solamente por esta vez mientras Ducasse descansaba en un campamento de sombras
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Tenía aquel huerto muy altas las tapias muy llenas de broza y escajos las bardas, y todos sabíamos que detrás estaba mi abuelo, el Civil, como lo llamaban, las trentes al hombro, ceñuda la cara, en torno a sus árboles: las ciruelas claudias y las gordas peras de muslo de dama y las garrafales guindas coloradas... Sí que lo sabíamos, pero no importaba. Y en cualquier desliz de la adusta guardia, ni hojas dejábamos en las curvas ramas. ¿Entonces, Dios mío, yo he tenido infancia, y he tirado piedras y he saltado vallas y he robado quimas de fruta cargadas? ¿Y que esto ha pasado en una lejana aldehuela de oro, allá, por España?
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Infancia
Amo los pálidos rostros y las brunas cabelleras, los ojos lánguidos y húmedos propicios a la tristeza, y las espaldas de nieve, en donde, oscuras y gruesas, caen, sedosas, las gordas trenzas, y donde el amor platónico huye, baja la cabeza, mientras, temblando, se mira la carne rosada y fresca.
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Abrojos - xliv