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"gigantes" poems
Tal vez soy un pedazo de madera. Un tronco que antaño fue encina, y ahora es nada más un pedazo del todo que me componía. Las agujas del pino que sigue en pie me caen en la cara, se sienten como arañas, pero son agujas que el pino deja caer sin mala intención. Las bellotas y las piñas de mis hermanos gigantes rebotan en medio de la noche. Caen miserables como yo yazgo miserable. Se cubren de tierra como yo me cubro de tierra. Y guardan silencio. Tal vez soy una avenida en silencio. Pavimento apaciguado y asfalto abandonado. Las pezuñas tranquilas de un venado pródigo me acarician por un momento, un brevísimo momento, el momento en que cruza de un campo a otro, de una arboleda a la otra, de ese mundo a mi izquierda y de ese otro a mi derecha. El frío cala hasta los huesos, las piernas se mueven ligeras mientras huyen de la luz; me extiendo ancha y larga como una carretera. Izquierda y derecha. Tal vez, y esto es más factible, soy una decisión. Me desdoblo en múltiples ramificaciones, opciones, alternativas, dilemas; me encuentro en una encrucijada para después encontrarme frente a otra encrucijada. Mi elección, en el primer segundo de que es pensada, me desarma y me vuelve a armar. Las piezas parecen estar en el mismo lugar pero no lo están. Mi pie, el primero en adelantarse, ya no me pertenece; mi mano se entrega a ese nuevo mundo sin miedo, y mis codos, mis rodillas, la nuca helada. La casi-luna ampara mi marcha. Pero más seguramente soy solamente el cielo nocturno. Aparentes pequeños puntos rutilantes, aparentes nubes quietas, aparente Luna Llena; un lienzo de apariencias, de tonalidades difuminadas, nunca de colores concretos, un manto oscurecido por las mentiras, por las verdades calladas, que se dicen en susurros a un centímetro de la oreja pero que se confunden con el sonido del viento, con las hojas de las árboles que bailan, con las nubes que corren febriles. Soy un sólo ojo atento. Siempre muy abierto. Soy el testigo del tronco de encina que abre los ojos y me mira, de la avenida aplastada por el mutismo, de las decisiones que se formulan detrás de los pulmones y no en la boca. Y hablan todos: “Y la única sensación era el peso del cielo en mi frente. Te preguntaba que era todo aquello y me respondías con una quieta mirada.” “No siento,” decían, “pero me muerdo los labios”.
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Jul 9, 2013
Jul 9, 2013 at 5:52 PM UTC
Pedazo de madera.
Tal vez soy un pedazo de madera. Un tronco que antaño fue encina, y ahora es nada más un pedazo del todo que me componía. Las agujas del pino que sigue en pie me caen en la cara, se sienten como arañas, pero son agujas que el pino deja caer sin mala intención. Las bellotas y las piñas de mis hermanos gigantes rebotan en medio de la noche. Caen miserables como yo yazgo miserable. Se cubren de tierra como yo me cubro de tierra. Y guardan silencio. Tal vez soy una avenida en silencio. Pavimento apaciguado y asfalto abandonado. Las pezuñas tranquilas de un venado pródigo me acarician por un momento, un brevísimo momento, el momento en que cruza de un campo a otro, de una arboleda a la otra, de ese mundo a mi izquierda y de ese otro a mi derecha. El frío cala hasta los huesos, las piernas se mueven ligeras mientras huyen de la luz; me extiendo ancha y larga como una carretera. Izquierda y derecha. Tal vez, y esto es más factible, soy una decisión. Me desdoblo en múltiples ramificaciones, opciones, alternativas, dilemas; me encuentro en una encrucijada para después encontrarme frente a otra encrucijada. Mi elección, en el primer segundo de que es pensada, me desarma y me vuelve a armar. Las piezas parecen estar en el mismo lugar pero no lo están. Mi pie, el primero en adelantarse, ya no me pertenece; mi mano se entrega a ese nuevo mundo sin miedo, y mis codos, mis rodillas, la nuca helada. La casi-luna ampara mi marcha. Pero más seguramente soy solamente el cielo nocturno. Aparentes pequeños puntos rutilantes, aparentes nubes quietas, aparente Luna Llena; un lienzo de apariencias, de tonalidades difuminadas, nunca de colores concretos, un manto oscurecido por las mentiras, por las verdades calladas, que se dicen en susurros a un centímetro de la oreja pero que se confunden con el sonido del viento, con las hojas de las árboles que bailan, con las nubes que corren febriles. Soy un sólo ojo atento. Siempre muy abierto. Soy el testigo del tronco de encina que abre los ojos y me mira, de la avenida aplastada por el mutismo, de las decisiones que se formulan detrás de los pulmones y no en la boca. Y hablan todos: “Y la única sensación era el peso del cielo en mi frente. Te preguntaba que era todo aquello y me respondías con una quieta mirada.” “No siento,” decían, “pero me muerdo los labios”.
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O Nosso tempo deixa de ser tempo Hoje é um tempo novo de descoberta e actualização da nossa vida. Por vezes, ficam para trás as coisas mais bonitas e simples que nos fazem tão felizes e não custam nada a fazer. O amor é um sentimento gratuito e duradouro. O sorriso também é eficaz e permanece na mente de quem o dá e recebe. Agradecer a Deus e às pessoas que nos rodeiam fortifica o nosso espirito por vezes ocupado com tantas banalidades. Temos uma natureza que ressuscita todos os dias profícua em dar e nunca pede nada em troca, simplesmente respeito pela criação de tudo que a ela envolve e a nós também. O tempo se perde no próprio tempo que deixa de ser tempo para quem corre todos os dias atrás de um autocarro, metro, táxi ou outro qualquer devaneio próprio do nosso tempo. Vivemos num mundo surdo e cheio de poluições que afectam e matam seres humanos que nem se apercebem da causa da sua morte. Comemos alimentos cheios de pesticidas, herbicidas e por vezes contaminados. Falta ao homem do nosso tempo, tempo para si e seu deleite pessoal. O Homem perdeu a sua ligação com a natureza das mais diversificadas maneiras: deixou de viver num ambiente campestre, começando a viver em verdadeiras prisões citadinas onde a Indústria e um trabalho fácil atrai multidões. O nosso tempo é um tempo de teclados, de écrans gigantes, de mexer de dedos, de mensagens virtuais que não transmitem coisa nenhuma. Um tempo que deixa Deus num plano quase esquecido do nosso dia-a-dia. Este tempo que deixa de ser tempo é louco. Matam-se pais, filhos, irmãos… Este tempo é um tempo em as pessoas vivem e morrem penando e sentindo cada vez mais a falta de dinheiro, trabalho e uma vida cheia de felicidade. Victor Marques
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Nov 19, 2012
Nov 19, 2012 at 12:36 PM UTC
O nosso tempo deixa de ser tempo
O Nosso tempo deixa de ser tempo Hoje é um tempo novo de descoberta e actualização da nossa vida. Por vezes, ficam para trás as coisas mais bonitas e simples que nos fazem tão felizes e não custam nada a fazer. O amor é um sentimento gratuito e duradouro. O sorriso também é eficaz e permanece na mente de quem o dá e recebe. Agradecer a Deus e às pessoas que nos rodeiam fortifica o nosso espirito por vezes ocupado com tantas banalidades. Temos uma natureza que ressuscita todos os dias profícua em dar e nunca pede nada em troca, simplesmente respeito pela criação de tudo que a ela envolve e a nós também. O tempo se perde no próprio tempo que deixa de ser tempo para quem corre todos os dias atrás de um autocarro, metro, táxi ou outro qualquer devaneio próprio do nosso tempo. Vivemos num mundo surdo e cheio de poluições que afectam e matam seres humanos que nem se apercebem da causa da sua morte. Comemos alimentos cheios de pesticidas, herbicidas e por vezes contaminados. Falta ao homem do nosso tempo, tempo para si e seu deleite pessoal. O Homem perdeu a sua ligação com a natureza das mais diversificadas maneiras: deixou de viver num ambiente campestre, começando a viver em verdadeiras prisões citadinas onde a Indústria e um trabalho fácil atrai multidões. O nosso tempo é um tempo de teclados, de écrans gigantes, de mexer de dedos, de mensagens virtuais que não transmitem coisa nenhuma. Um tempo que deixa Deus num plano quase esquecido do nosso dia-a-dia. Este tempo que deixa de ser tempo é louco. Matam-se pais, filhos, irmãos… Este tempo é um tempo em as pessoas vivem e morrem penando e sentindo cada vez mais a falta de dinheiro, trabalho e uma vida cheia de felicidade. Victor Marques
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Estas rachas de marzo, en los desvanes -hacia la mar- del tiempo; la paloma de pluma tornasol, los tulipanes gigantes del jardín, y el sol que asoma, bola de fuego entre dorada bruma, a iluminar la tierra valentina... ¡Hervor de leche y plata, añil y espuma, y velas blancas en la mar latina! Valencia de fecundas primaveras, de floridas almunias y arrozales, feliz quiero cantarte, como eras, domando a un ancho río en tus canales, al dios marino con tus albuferas, al centauro de amor con tus rosales.
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Amanecer en valencia
Olas gigantes que os rompéis bramando en las playas desiertas y remotas, envuelto entre la sábana de espumas,         ¡llevadme con vosotras!   Ráfagas de huracán que arrebatáis del alto bosque las marchitas hojas, arrastrado en el ciego torbellino,         ¡llevadme con vosotras!   Nube de tempestad que rompe el rayo y en fuego ornáis las sangrientas orlas, arrebatado entre la niebla oscura,         ¡llevadme con vosotras!   Llevadme, por piedad, a donde el vértigo con la razón me arranque la memoria. ¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme         con mi dolor a solas!
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Rima lii
Salen los niños alegres De la escuela, Poniendo en el aire tibio Del abril, canciones tiernas. ¡Que alegría tiene el hondo Silencio de la calleja! Un silencio hecho pedazos por risas de plata nueva. Voy camino de la tarde Entre flores de la huerta, Dejando sobre el camino El agua de mi tristeza. En el monte solitario Un cementerio de aldea Parece un campo sembrado Con granos de calaveras. Y han florecido cipreses Como gigantes cabezas Que con órbitas vacías Y verdosas cabelleras Pensativos y dolientes El horizonte contemplan. ¡Abril divino, que vienes Cargado de sol y esencias Llena con nidos de oro Las floridas calaveras!
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Canción primaveral
Una corriente de brazos y de espaldas nos encauza y nos hace desembocar bajo los abanicos, las pipas, los anteojos enormes colgados en medio de la calle; únicos testimonios de una raza desaparecida de gigantes. Sentados al borde de las sillas, cual si fueran a dar un brinco y ponerse a bailar, los parroquianos de los cafés aplauden la actividad del camarero, mientras los limpiabotas les lustran los zapatos hasta que pueda leerse el anuncio de la corrida del domingo. Con sus caras de mascarón de proa, el habano hace las veces de bauprés, los hacendados penetran en los despachos de bebidas, a muletear los argumentos como si entraran a matar; y acodados en los mostradores, que simulan barreras, brindan a la concurrencia el miura disecado que asoma la cabeza en la pared. Ceñidos en sus capas, como toreros, los curas entran en las peluquerías a afeitarse en cuatrocientos espejos a la vez, y cuando salen a la calle ya tienen una barba de tres días. En los invernáculos edificados por los círculos, la pereza se da como en ninguna parte y los socios la ingieren con churros o con horchata, para encallar en los sillones sus abulias y sus laxitudes de fantoches. Cada doscientos cuarenta y siete hombres, trescientos doce curas y doscientos noventa y tres soldados, pasa una mujer.
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Calle de las sierpes
Pernas longas e cabeças grandes Olhos pequenos e cílios gigantes Roupas iguais Conversas vazias É ridículo Tudo Todos Previsível e Decepcionante Orgulhosos e Invejosos Esperançosos e Iludidos Mas quem sou eu pra julgar? Sou mais um entre esses seres malditos
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Jun 25, 2013
Jun 25, 2013 at 5:53 PM UTC
Seres Humanos
Me preocupa que de nada haya servido. ¡Tanto! Que nuestros gigantes sean molinos de viento, que el llanto se olvide de darnos consuelo, que el dolor haya sido por montañas y la satisfacción un mero granito de mostaza. Que el enemigo sea uno mismo, el aliado uno mismo, el juez, el culpable, el vencedor y el perdedor, uno mismo. Que solo quedemos con los bolsillos llenos de palmaditas en la espalda y nadie nos reciba en la línea de llegada.
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Feb 1, 2015
Feb 1, 2015 at 2:04 AM UTC
Palmaditas en la espalda
Ven a Guadalajara, dictador de cadenas, carcelaria mandíbula de canto: verás la retiradas miedosa de tu hienas, verás el apogeo del espanto. Rumoras provincia de colmenas, la patria del panal estremecido, la dulce Alcarria, amarga como el llanto, amarga te ha sabido. Ven y verás, mortífero bandido, ruedas de tus cañones, banderas de tu ejército, carne de tus soldados, huesos de tus legiones, trajes y corazones destrozados. Una extensión de muertos humeantes: muertos que humean ante la colina, muertos bajo la nieve, muertos sobre los páramos gigantes, muertos junto a la encina, muertos dentro del agua que les llueve. Sangre que no se mueve de convertida en hielo. Vuela sin pluma un ala numerosa, rojo y audaz, que abarca todo el cielo y abre a cada italiano la explosión de una fosa. Un titánico vuelo de aeroplanos de España te vence, te tritura, ansiosa telaraña, con su majestuosa dentadura. Ven y verás sobre la gleba oscura alzarse como un fósforo glorioso, sobreponerse al hambre, levantarse del barro, desprenderse del barro con emoción y brío vívidas esculturas sin reposo, españoles del bronce más bizarro, con el cabello blanco de rocío. Los verás rebelarse contra el frío, de no beber la boca dilatada, mas vencida la sed con la sonrisa: de no dormir extensa la mirada, y destrozada a tiros la camisa. Manda plomo y acero en grandes emisiones combativas, con esa voluntad de carnicero digna de que la entierren las más sucias salivas. Agota las riquezas italianas, la cantidad preciosa de sus seres, deja exhaustas sus minas, sin nadie sus ventanas, desiertos sus arados y mudos sus talleres. Enviuda y desangra sus mujeres: nada podrás contra este pueblo mío, tan sólido y tan alto de cabeza, que hasta sobre la muerte mueve su poderío, que hasta del junco saca fortaleza. Pueblo de Italia, un hombre te destroza: repudia su dictamen con un gesto infinito. Sangre unánime viertes que ni roza, ni da en su corazón de teatro y granito. Tus muertos callan clamorosamente y te indican un grito liberador, valiente. Dictador de patíbulos, morirás bajo el diente de tu pueblo y de miles. Ya tus mismos cañones van contra tus soldados, y alargan hacia ti su hierro los fusiles que contra España tienes vomitados. Tus muertos a escupirnos se levanten: a escupirnos el alma se levanten los nuestros de no lograr que nuestros vivos canten la destrucción de tantos eslabones siniestros.
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Ceniciento mussolini
Ven a Guadalajara, dictador de cadenas, carcelaria mandíbula de canto: verás la retiradas miedosa de tu hienas, verás el apogeo del espanto. Rumoras provincia de colmenas, la patria del panal estremecido, la dulce Alcarria, amarga como el llanto, amarga te ha sabido. Ven y verás, mortífero bandido, ruedas de tus cañones, banderas de tu ejército, carne de tus soldados, huesos de tus legiones, trajes y corazones destrozados. Una extensión de muertos humeantes: muertos que humean ante la colina, muertos bajo la nieve, muertos sobre los páramos gigantes, muertos junto a la encina, muertos dentro del agua que les llueve. Sangre que no se mueve de convertida en hielo. Vuela sin pluma un ala numerosa, rojo y audaz, que abarca todo el cielo y abre a cada italiano la explosión de una fosa. Un titánico vuelo de aeroplanos de España te vence, te tritura, ansiosa telaraña, con su majestuosa dentadura. Ven y verás sobre la gleba oscura alzarse como un fósforo glorioso, sobreponerse al hambre, levantarse del barro, desprenderse del barro con emoción y brío vívidas esculturas sin reposo, españoles del bronce más bizarro, con el cabello blanco de rocío. Los verás rebelarse contra el frío, de no beber la boca dilatada, mas vencida la sed con la sonrisa: de no dormir extensa la mirada, y destrozada a tiros la camisa. Manda plomo y acero en grandes emisiones combativas, con esa voluntad de carnicero digna de que la entierren las más sucias salivas. Agota las riquezas italianas, la cantidad preciosa de sus seres, deja exhaustas sus minas, sin nadie sus ventanas, desiertos sus arados y mudos sus talleres. Enviuda y desangra sus mujeres: nada podrás contra este pueblo mío, tan sólido y tan alto de cabeza, que hasta sobre la muerte mueve su poderío, que hasta del junco saca fortaleza. Pueblo de Italia, un hombre te destroza: repudia su dictamen con un gesto infinito. Sangre unánime viertes que ni roza, ni da en su corazón de teatro y granito. Tus muertos callan clamorosamente y te indican un grito liberador, valiente. Dictador de patíbulos, morirás bajo el diente de tu pueblo y de miles. Ya tus mismos cañones van contra tus soldados, y alargan hacia ti su hierro los fusiles que contra España tienes vomitados. Tus muertos a escupirnos se levanten: a escupirnos el alma se levanten los nuestros de no lograr que nuestros vivos canten la destrucción de tantos eslabones siniestros.
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He aquí el reverso del tapiz. La vida tiene el mismo vellón en igual rueca. Esta es la Mancha aquella, vasta y seca, aunque hoy está de flamboyán vestida. Sangra el ocaso por la misma herida. Quema el cura -el chamán- mi biblioteca. Hoy los gigantes son de piedra olmeca. Ayer, de cal y de viento sin brida. Ya no cabalgo sino en Clavileño. Rocinante era real, y esto es un sueño soñando en el fanal que el tiempo empaña. Y aquí estoy, destiempado, en duermevela, soñando con Malinche de canela, mi Dulcinea de la Nueva España.
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Rapsodia en blue
Traspasada por junio, por España y la sangre, se levanta mi lengua con clamor a llamarte. Campesino que mueres, campesino que yaces en la tierra que siente no tragar alemanes, no morder italianos: español que te abates con la nuca marcada por un yugo infamante, que traicionas al pueblo defensor de los panes: campesino, despierta, español, que no es tarde. Calabozos y hierros, calabozos y cárceles, desventuras, presidios, atropellos y hambres, eso estás defendiendo, no otra cosa más grande. Perdición de tus hijos, maldición de tus padres, que doblegas tus huesos al verdugo sangrante, que deshonras tu trigo, que tu tierra deshaces, campesino, despierta, español, que no es tarde. Retroceden al hoyo que se cierra y se abre, por la fuerza del pueblo forjador de verdades, escuadrones del crimen, corazones brutales, dictadores del polvo, soberanos voraces. Con la prisa del fuego, en un mágico avance, un ejército férreo que cosecha gigantes los arrastra hasta el polvo, hasta el polvo los barre. No hay quien sitie la vida, no hay quien cerque la sangre cuando empuña sus alas y las clava en el aire. La alegría y la fuerza de estos músculos parte como un hondo y sonoro manantial de volcanes. Vencedores seremos, porque somos titanes sonriendo a las balas y gritando: ¡Adelante! La salud de los trigos sólo aquí huele y arde. De la muerte y la muerte sois: de nadie y de nadie. De la vida nosotros, del sabor de los árboles. Victoriosos saldremos de las fúnebres fauces, remontándonos libres sobre tantos plumajes, dominantes las frentes, el mirar dominante, y vosotros vencidos como aquellos cadáveres. Campesino, despierta, español, que no es tarde. A este lado de España esperamos que pases: que tu tierra y tu cuerpo la invasión no se trague.
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Campesino de españa
Traspasada por junio, por España y la sangre, se levanta mi lengua con clamor a llamarte. Campesino que mueres, campesino que yaces en la tierra que siente no tragar alemanes, no morder italianos: español que te abates con la nuca marcada por un yugo infamante, que traicionas al pueblo defensor de los panes: campesino, despierta, español, que no es tarde. Calabozos y hierros, calabozos y cárceles, desventuras, presidios, atropellos y hambres, eso estás defendiendo, no otra cosa más grande. Perdición de tus hijos, maldición de tus padres, que doblegas tus huesos al verdugo sangrante, que deshonras tu trigo, que tu tierra deshaces, campesino, despierta, español, que no es tarde. Retroceden al hoyo que se cierra y se abre, por la fuerza del pueblo forjador de verdades, escuadrones del crimen, corazones brutales, dictadores del polvo, soberanos voraces. Con la prisa del fuego, en un mágico avance, un ejército férreo que cosecha gigantes los arrastra hasta el polvo, hasta el polvo los barre. No hay quien sitie la vida, no hay quien cerque la sangre cuando empuña sus alas y las clava en el aire. La alegría y la fuerza de estos músculos parte como un hondo y sonoro manantial de volcanes. Vencedores seremos, porque somos titanes sonriendo a las balas y gritando: ¡Adelante! La salud de los trigos sólo aquí huele y arde. De la muerte y la muerte sois: de nadie y de nadie. De la vida nosotros, del sabor de los árboles. Victoriosos saldremos de las fúnebres fauces, remontándonos libres sobre tantos plumajes, dominantes las frentes, el mirar dominante, y vosotros vencidos como aquellos cadáveres. Campesino, despierta, español, que no es tarde. A este lado de España esperamos que pases: que tu tierra y tu cuerpo la invasión no se trague.
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that Gigantes face so engulfed in clouds of euphoria teeth melt and mould against my delirious musings that sweat of shame and remoulded nausea dissipating sand of rapacious time bruisings
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Jan 25, 2020
Jan 25, 2020 at 9:59 AM UTC
SINKING LIMBS OF THE HOLLOWED
¡Alta selva, morada de la sombra! Cual se solaza el alma en tu frescura, Sobre tu muelle alfombra, Bajo tu dombo inmenso de verdura. En ti el génesis late, en ti se agita La savia creadora; Eres arpa salvaje, vibradora, Donde la vida universal palpita. Los árboles, pilastra de tu arcada, Se retuercen leprosos, En la inmensa hondonada; Y muestran vigorosos Sus blancas barbas, que remece el viento, Cual guerreros pendones De gigantes en ancho campamento. Y el río entre los antros pavorosos Donde ruedan las aguas turbulentas, Al chocar en los altos pedrejones Salta en recios turbiones, Y ruge cual si fuera las Tormentas Cabalgando en los negros Aquilones. En la orilla, debajo de las frondas, Se ve el plumaje de las garzas blancas Y allá, del pasto entre las verdes ondas, Los toros muestran sus lucientes ancas. En la cálida hora del bochorno; Abrasa el sol y enerva; Se inclina mustia la naciente yerba, Y arroja el suelo un hábito de horno. Se ven del tigre en el fangal las marcas; Y en la vaga penumbra, entre las quiebras, Junto a las negras charcas Yacen aletargadas las culebras. Trasciende el aura a  vírgenes efluvios; El humo de la roza, azul y blanco Sube de la montaña por el flanco, Y alzan las cañas sus airones rubios, Del sol de los fulgores, Como penachos de indios vencedores; Y traen a la vega, bulliciosos, Los vientos tropicales, El ruido de los plátanos hojosos Y el lejano rumor de los maizales. Y en la playa desierta, Sobre la seca arena, perezosos, Cual negros troncos, con la jeta abierta, Descansan los caimanes escamosos. En la cercana loma, En un recodo del camino, asoma Feliz pareja de labriegos.                                                       Ella, Núbil, fornida y bella, De ojos negros y ardientes, y de roja Boca virgínea, y de apretado seno Que forma curva en la camisa floja; Y él, atlético y lleno De juventud y vida, musculoso, Con muñecas de recia contextura, Hechas como muñecas de coloso De alguna raza extraña, Para domar el potro en la llanura, Para tumbar el roble en la montaña. Y la feliz pareja al fin se pierde, Entre la selva enmarañada y verde. Pan jadea, de lúbricos ardores Henchido el pecho, bajo el cielo urente Y pasa un soplo sensual, ardiente, Fecundando los nidos y las flores.
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Selva tropical
¡Alta selva, morada de la sombra! Cual se solaza el alma en tu frescura, Sobre tu muelle alfombra, Bajo tu dombo inmenso de verdura. En ti el génesis late, en ti se agita La savia creadora; Eres arpa salvaje, vibradora, Donde la vida universal palpita. Los árboles, pilastra de tu arcada, Se retuercen leprosos, En la inmensa hondonada; Y muestran vigorosos Sus blancas barbas, que remece el viento, Cual guerreros pendones De gigantes en ancho campamento. Y el río entre los antros pavorosos Donde ruedan las aguas turbulentas, Al chocar en los altos pedrejones Salta en recios turbiones, Y ruge cual si fuera las Tormentas Cabalgando en los negros Aquilones. En la orilla, debajo de las frondas, Se ve el plumaje de las garzas blancas Y allá, del pasto entre las verdes ondas, Los toros muestran sus lucientes ancas. En la cálida hora del bochorno; Abrasa el sol y enerva; Se inclina mustia la naciente yerba, Y arroja el suelo un hábito de horno. Se ven del tigre en el fangal las marcas; Y en la vaga penumbra, entre las quiebras, Junto a las negras charcas Yacen aletargadas las culebras. Trasciende el aura a  vírgenes efluvios; El humo de la roza, azul y blanco Sube de la montaña por el flanco, Y alzan las cañas sus airones rubios, Del sol de los fulgores, Como penachos de indios vencedores; Y traen a la vega, bulliciosos, Los vientos tropicales, El ruido de los plátanos hojosos Y el lejano rumor de los maizales. Y en la playa desierta, Sobre la seca arena, perezosos, Cual negros troncos, con la jeta abierta, Descansan los caimanes escamosos. En la cercana loma, En un recodo del camino, asoma Feliz pareja de labriegos.                                                       Ella, Núbil, fornida y bella, De ojos negros y ardientes, y de roja Boca virgínea, y de apretado seno Que forma curva en la camisa floja; Y él, atlético y lleno De juventud y vida, musculoso, Con muñecas de recia contextura, Hechas como muñecas de coloso De alguna raza extraña, Para domar el potro en la llanura, Para tumbar el roble en la montaña. Y la feliz pareja al fin se pierde, Entre la selva enmarañada y verde. Pan jadea, de lúbricos ardores Henchido el pecho, bajo el cielo urente Y pasa un soplo sensual, ardiente, Fecundando los nidos y las flores.
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Escondida debajo de tu armada, Gime la mar, la vela llama al viento, Y a las Lunas del Turco el firmamento Eclipse les promete en tu jornada. Quiere en las venas del Inglés tu espada Matar la sed al Español sediento, Y en tus armas el Sol desde su asiento Mira su lumbre en rayos aumentada. Por ventura la Tierra de envidiosa Contra ti arma ejércitos triunfantes, En sus monstruos soberbios poderosa; Que viendo armar de rayos fulminantes, O Júpiter, tu diestra valerosa, Pienso que han vuelto al mundo los Gigantes.
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Al rey felipe iii