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"filtran" poems
Un océano dentro de un océano flujo etéreo de túrbida tinta india reptando sobre el lecho de tus frondosas raíces. Sereno opalino que baña la acera, Calima que vaga a un lecho de luna No ardas en vano gigante bonsái Que las ninfas llevan en la memoria, los cantos al dulzor de tu savia, El recuerdo que viste de alma la noble piel de tu fina corteza. Bromelias que silban al aire el rumor de un bosque sin nombre oculto en el corazón de esta urbe retozan humildes tus ramas Que bien han de llorar por tus verdes retoños que filtran la luz de un sol calcinante, ciparisos que asoman sus brazos leñosos tributo silente al ferino rumor del ocaso No ardas en vano gigante bonsái que manchadas de sangre están las manos que revuelven la quietud de tu cieno
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Jul 18, 2015
Jul 18, 2015 at 12:00 AM UTC
Epitafio al ombú de Plaza Roma
Desmesuradas, atezadas, con vitolas de combate. En las tinieblas hacen su jornada por las curvaturas de mi cuerpo. Aveces sutiles, aveces ásperas pero siempre con el mismo objetivo; dar amor en cualquier connotación. Se filtran en mi piel, así como en el ocaso el sol penetra en el agua. ¡Bendita sean! ¡Bendita sean esas manos! Tienen el don de hacerme surcar, amar y pecar.
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Aug 5, 2014
Aug 5, 2014 at 9:23 PM UTC
Tus manos
Los árboles filtran un ruido de ciudad. Caminos que se enrojecen al abrazar la rechonchez de los parterres. Idilios que explican cualquiera negligencia culinaria. Hombres anestesiados de sol, que no se sabe si se han muerto. La vida aquí es urbana y es simple. Sólo la complican: Uno de esos hombres con bigotes de muñeco de cera, que enloquecen a las amas de cría y les ordeñan todo lo que han ganado con sus ubres. El guardián con su bomba, que es un Manneken-Pis. Una señora que hace gestos de semáforo a un vigilante, al sentir que sus mellizos se están estrangulando en su barriga.
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Plaza
Salíais de la iglesia, y con piadoso anhelo A los mendigos debáis limosna con largueza, Y en el pórtico oscuro vuestra clara belleza A los pobres mostraba todo el oro del cielo. Y ante vos inclinado, pues quería en mi duelo Una dulce mirada de vuestra gentileza, Mi presencia esquivasteis, y airada y con presteza Os cubristeis los ojos recogiéndoos el velo. Pero el amor que manda, aún al alma más dura, No quiso que en la sombra de mi callado abismo La piedad me negara su fuente de dulzura; Porque tan lenta fuisteis al cubrir la faz bella, Que vi vuestras pestañas palpitando lo mismo Que las frondas que filtran el fulgor de una estrella.
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A la manera de petrarca