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"fieras" poems
Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima, silencio que habla, tempestades sin viento, mar sin olas, pájaros presos, doradas fieras adormecidas, topacios impíos como la verdad, o toño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro de un árbol y son pájaros todas las hojas, playa que la mañana encuentra constelada de ojos, cesta de frutos de fuego, mentira que alimenta, espejos de este mundo, puertas del más allá, pulsación tranquila del mar a mediodía, absoluto que parpadea, páramo.
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Tus ojos
Sentado sobre los muertos que se han callado en dos meses, beso zapatos vacíos y empuño rabiosamente la mano del corazón y el alma que lo sostiene. Que mi voz suba a los montes y baje a la tierra y truene, eso pide mi garganta desde ahora y desde siempre. Acércate a mi clamor, pueblo de mi misma leche, árbol que con tus raíces encarcelado me tienes, que aquí estoy yo para amarte y estoy para defenderte con la sangre y con la boca como dos fusiles fieles. Si yo salí de la tierra, si yo he nacido de un vientre desdichado y con pobreza, no fue sino para hacerme ruiseñor de las desdichas, eco de la mala suerte, y cantar y repetir a quien escucharme debe cuanto a penas, cuanto a pobres, cuanto a tierra se refiere. Ayer amaneció el pueblo desnudo y sin qué comer, y el día de hoy amanece justamente aborrascado y sangriento justamente. En su mano los fusiles leones quieren volverse: para acabar con las fieras que lo han sido tantas veces. Aunque le faltan las armas, pueblo de cien mil poderes, no desfallezcan tus huesos, castiga a quien te malhiere mientras que te queden puños, uñas, saliva, y te queden corazón, entrañas, tripas, cosas de varón y dientes. Bravo como el viento bravo, leve como el aire leve, asesina al que asesina, aborrece al que aborrece la paz de tu corazón y el vientre de tus mujeres. No te hieran por la espalda, vive cara a cara y muere con el pecho ante las balas, ancho como las paredes. Canto con la voz de luto, pueblo de mí, por tus héroes: tus ansias como las mías, tus desventuras que tienen del mismo metal el llanto, las penas del mismo temple, y de la misma madera tu pensamiento y mi frente, tu corazón y mi sangre, tu dolor y mis laureles. Antemuro de la nada esta vida me parece. Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene, y aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue, en los veneros del pueblo desde ahora y desde siempre. Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte.
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Sentado sobre los muertos
Sentado sobre los muertos que se han callado en dos meses, beso zapatos vacíos y empuño rabiosamente la mano del corazón y el alma que lo sostiene. Que mi voz suba a los montes y baje a la tierra y truene, eso pide mi garganta desde ahora y desde siempre. Acércate a mi clamor, pueblo de mi misma leche, árbol que con tus raíces encarcelado me tienes, que aquí estoy yo para amarte y estoy para defenderte con la sangre y con la boca como dos fusiles fieles. Si yo salí de la tierra, si yo he nacido de un vientre desdichado y con pobreza, no fue sino para hacerme ruiseñor de las desdichas, eco de la mala suerte, y cantar y repetir a quien escucharme debe cuanto a penas, cuanto a pobres, cuanto a tierra se refiere. Ayer amaneció el pueblo desnudo y sin qué comer, y el día de hoy amanece justamente aborrascado y sangriento justamente. En su mano los fusiles leones quieren volverse: para acabar con las fieras que lo han sido tantas veces. Aunque le faltan las armas, pueblo de cien mil poderes, no desfallezcan tus huesos, castiga a quien te malhiere mientras que te queden puños, uñas, saliva, y te queden corazón, entrañas, tripas, cosas de varón y dientes. Bravo como el viento bravo, leve como el aire leve, asesina al que asesina, aborrece al que aborrece la paz de tu corazón y el vientre de tus mujeres. No te hieran por la espalda, vive cara a cara y muere con el pecho ante las balas, ancho como las paredes. Canto con la voz de luto, pueblo de mí, por tus héroes: tus ansias como las mías, tus desventuras que tienen del mismo metal el llanto, las penas del mismo temple, y de la misma madera tu pensamiento y mi frente, tu corazón y mi sangre, tu dolor y mis laureles. Antemuro de la nada esta vida me parece. Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene, y aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue, en los veneros del pueblo desde ahora y desde siempre. Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte.
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Salvajes Estas ahí en medio de la multitud, me voy aproximando, ya te estoy besando, ahora estamos solos,  tú estas brillando en la obscuridad con los ojos cerrados en goce, tus labios están liberando energía, sujeto a tus muslos azotamos nuestras frentes y dejamos que se nos derrame un beso. Dos salvajes fieras están librando una batalla. Perfume 03:07 a.m. En este momento inhalo y pienso... Hay polvo a nuestro alrededor brotando debajo de nosotros, que si tuviera luz, nos haría ver en las estrellas. Revolver Estoy sujetando tu cuello como si sujetara un revolver, mi pulgar esta en tu labio y lo acaricio como a tu frente mientras duermes en mi pecho, el otro dedo quiere jalar el gatillo pero no sabe si esta en tu yugular, escondido entre tus cabellos o en algún lugar de tu nuca, una gota de sudor cae... Al mismo tiempo que nosotros, abatidos dejando que todo se moje con nuestra lluvia.
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Sep 2, 2015
Sep 2, 2015 at 8:18 PM UTC
Llueve
Sobre la piel del cielo, sobre sus precipicios se remontan los hombres. ¿Quién ha impulsado el vuelo? Sonoros, derramados en aéreos ejercicios,               raptan la piel del cielo. Más que el cálido aceite, sí, más que los motores, el ímpetu mecánico del aparato alado, cóleras entusiastas, geológicos rencores,               iras les han llevado. Les han llevado al aire, como un aire rotundo que desde el corazón resoplara un plumaje. Y ascienden y descienden sobre la piel del mundo               alados de coraje. En un avance cósmico de llamas y zumbidos que aeródromos de pueblos emocionados lanzan, los soldados del aire, veloces, esculpidos,               acerados avanzan. El azul se enardece y adquiere una alegría, un movimiento, una juventud libre y clara, lo mismo que si mayo, la claridad del día               corriera, resonara. Los estremecimientos del valor y la altura, los enardecimientos del azul y el vacío: el cielo retrocede sintiendo la hermosura               como un escalofrío. Impulsado, asombrado, perseguido, regresa al aire al torbellino nativo y absorbente, mientras evolucionan los héroes en su empresa               inverosímilmente. Es el mundo tan breve para un ala atrevida, para una juventud con la audacia por pluma; reducido es el cielo, poderosa la vida,               domada y con espuma. El vuelo significa la alegría más alta, la agilidad más viva, la juventud más firme. En la pasión del vuelo truena la luz, y exalta               alas con que batirme. Hombres que son capaces de volar bajo el suelo, para quienes no hay ámbitos ni grandes ni imposibles, con la mirada tensa, prorrumpen en el vuelo               gladiadores, temibles. Arrebatados, tensos, peligrosos, tajantes, igual que una colmena de soles extendidos, de astros motorizados, de cigarras tremantes,               cruzan con sus bramidos. Ni un paso de planetas, ni un tránsito de toros batiéndose, volcándose por un desfiladero, **** al universo ni acentos más sonoros               ni resplandor más fiero. Todos los aviadores tenéis este trabajo: echar abajo el pájaro fraguador de cadenas, las ciudades podridas abajo, y más abajo               las cárceles, las penas. En vuestra mano está la libertad del ala, la libertad del mundo, soldados voladores: y arrancaréis del cielo la codiciosa y mala               hierba de otros motores. El aire no os ofrece ni escudos ni barreras: el esfuerzo ha de ser todo de vuestro impulso. Y al polvo entregaréis el vuelo de las fieras               abatido, convulso. Si ardéis, si eso es posible, poseedores del fuego, no dejaréis ceniza ni rastro, sino gloria. Espejos sobrehumanos, iluminaréis luego               la creación, la historia.
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El vuelo de los hombres
Sobre la piel del cielo, sobre sus precipicios se remontan los hombres. ¿Quién ha impulsado el vuelo? Sonoros, derramados en aéreos ejercicios,               raptan la piel del cielo. Más que el cálido aceite, sí, más que los motores, el ímpetu mecánico del aparato alado, cóleras entusiastas, geológicos rencores,               iras les han llevado. Les han llevado al aire, como un aire rotundo que desde el corazón resoplara un plumaje. Y ascienden y descienden sobre la piel del mundo               alados de coraje. En un avance cósmico de llamas y zumbidos que aeródromos de pueblos emocionados lanzan, los soldados del aire, veloces, esculpidos,               acerados avanzan. El azul se enardece y adquiere una alegría, un movimiento, una juventud libre y clara, lo mismo que si mayo, la claridad del día               corriera, resonara. Los estremecimientos del valor y la altura, los enardecimientos del azul y el vacío: el cielo retrocede sintiendo la hermosura               como un escalofrío. Impulsado, asombrado, perseguido, regresa al aire al torbellino nativo y absorbente, mientras evolucionan los héroes en su empresa               inverosímilmente. Es el mundo tan breve para un ala atrevida, para una juventud con la audacia por pluma; reducido es el cielo, poderosa la vida,               domada y con espuma. El vuelo significa la alegría más alta, la agilidad más viva, la juventud más firme. En la pasión del vuelo truena la luz, y exalta               alas con que batirme. Hombres que son capaces de volar bajo el suelo, para quienes no hay ámbitos ni grandes ni imposibles, con la mirada tensa, prorrumpen en el vuelo               gladiadores, temibles. Arrebatados, tensos, peligrosos, tajantes, igual que una colmena de soles extendidos, de astros motorizados, de cigarras tremantes,               cruzan con sus bramidos. Ni un paso de planetas, ni un tránsito de toros batiéndose, volcándose por un desfiladero, **** al universo ni acentos más sonoros               ni resplandor más fiero. Todos los aviadores tenéis este trabajo: echar abajo el pájaro fraguador de cadenas, las ciudades podridas abajo, y más abajo               las cárceles, las penas. En vuestra mano está la libertad del ala, la libertad del mundo, soldados voladores: y arrancaréis del cielo la codiciosa y mala               hierba de otros motores. El aire no os ofrece ni escudos ni barreras: el esfuerzo ha de ser todo de vuestro impulso. Y al polvo entregaréis el vuelo de las fieras               abatido, convulso. Si ardéis, si eso es posible, poseedores del fuego, no dejaréis ceniza ni rastro, sino gloria. Espejos sobrehumanos, iluminaréis luego               la creación, la historia.
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Metro mágico y rico que al alma expresas llameantes alegrías, penas arcanas, desde en los suaves labios de las princesas hasta en las bocas rojas de las gitanas. Las almas armoniosas buscan tu encanto, sonora rosa métrica que ardes y brillas, y España ve en tu ritmo, siente en tu canto sus hembras, sus claveles, sus manzanillas. Vibras al aire alegre como una cinta, el músico te adula, te ama el poeta; Rueda en ti sus fogosos paisajes pinta con la audaz policromía de su paleta. En ti el hábil orfebre cincela el marco en que la idea-perla su oriente acusa, o en tu cordaje armónico formas el arco con que lanza sus flechas la airada musa. A tu voz en el baile crujen las faldas, los piececitos hacen brotar las rosas e hilan hebras de amores las Esmeraldas en ruecas invisibles y misteriosas. La andaluza hechicera, paloma arisca, por ti irradia, se agita, vibra y se quiebra, con el lánguido gesto de la odalisca o las fascinaciones de la culebra. Pequeña ánfora lírica de vino llena compuesto por la dulce musa Alegría con uvas andaluzas, sal macarena, flor y canela frescas de Andalucía. Subes, creces, y vistes de pompas fieras; retumbas en el ruido de las metrallas, ondulas con el ala de las banderas, suenas con los clarines de las batallas. Tienes toda la lira: tienes las manos que acompasan las danzas y las canciones; tus órganos, tus prosas, tus cantos llanos y tus llantos que parten los corazones. Ramillete de dulces trinos verbales, jabalina de Diana la Cazadora, ritmo que tiene el filo de cien puñales, que muerde y acaricia, mata y enflora. Las Tirsis campesinas de ti están llenas, y aman, radiosa abeja, tus bordoneos; así riegas tus chispas las nochebuenas como adornas la lira de los Orfeos. Que bajo el sol dorado de Manzanilla que esta azulada concha del cielo baña, polítona y triunfante, la seguidilla es la flor del sonoro Pindo de España.
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Elogio de la seguidilla
Metro mágico y rico que al alma expresas llameantes alegrías, penas arcanas, desde en los suaves labios de las princesas hasta en las bocas rojas de las gitanas. Las almas armoniosas buscan tu encanto, sonora rosa métrica que ardes y brillas, y España ve en tu ritmo, siente en tu canto sus hembras, sus claveles, sus manzanillas. Vibras al aire alegre como una cinta, el músico te adula, te ama el poeta; Rueda en ti sus fogosos paisajes pinta con la audaz policromía de su paleta. En ti el hábil orfebre cincela el marco en que la idea-perla su oriente acusa, o en tu cordaje armónico formas el arco con que lanza sus flechas la airada musa. A tu voz en el baile crujen las faldas, los piececitos hacen brotar las rosas e hilan hebras de amores las Esmeraldas en ruecas invisibles y misteriosas. La andaluza hechicera, paloma arisca, por ti irradia, se agita, vibra y se quiebra, con el lánguido gesto de la odalisca o las fascinaciones de la culebra. Pequeña ánfora lírica de vino llena compuesto por la dulce musa Alegría con uvas andaluzas, sal macarena, flor y canela frescas de Andalucía. Subes, creces, y vistes de pompas fieras; retumbas en el ruido de las metrallas, ondulas con el ala de las banderas, suenas con los clarines de las batallas. Tienes toda la lira: tienes las manos que acompasan las danzas y las canciones; tus órganos, tus prosas, tus cantos llanos y tus llantos que parten los corazones. Ramillete de dulces trinos verbales, jabalina de Diana la Cazadora, ritmo que tiene el filo de cien puñales, que muerde y acaricia, mata y enflora. Las Tirsis campesinas de ti están llenas, y aman, radiosa abeja, tus bordoneos; así riegas tus chispas las nochebuenas como adornas la lira de los Orfeos. Que bajo el sol dorado de Manzanilla que esta azulada concha del cielo baña, polítona y triunfante, la seguidilla es la flor del sonoro Pindo de España.
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Mira ese árbol que a los cielos Sus ramas eleva erguido; En ellas columpia un nido En que duermen tres polluelos. Ese nido es un hogar; No lo rompas, no lo hieras: Sé bueno y deja a las fieras, El vil placer de matar.
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El nido
Α  †  Ω Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste. Un soplo milenario trae amagos de peste. Se asesinan los hombres en el extremo Este. !Ha nacido el apocalíptico Anticristo? Se han sabido presagios y prodigios se han visto y parece inminente el retorno de Cristo. La tierra está preñada de dolor tan profundo que el soñador imperial, meditabundo, sufre con las angustias del corazón del mundo. Verdugos de ideales afligieron la tierra: en un pozo de sombra la humanidad se encierra con los rudos molosos del odio y de la guerra. ¡Oh, Señor Jesucristo! ¿Por qué tardas, qué esperas para tender tu mano de la luz sobre las fieras y hacer brillar al sol tus divinas banderas? Surge de pronto y vierte la esencia de la vida sobre tanta alma loca, triste o emperdernida que, amante de tinieblas, tu dulce aurora olvida. Vén, Señor, para hacer la gloria de ti mismo. Vén con temblor de estrellas y horror de cataclismo, vén a traer amor y paz sobre el abismo. Y tu caballo blanco, que miró el visionario, pase. Y suene el divino clarín extraordinario. Mi corazón será brasa de tu incensario.                                               Rubén Darío  (1867-1916)
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Mar 3, 2017
Mar 3, 2017 at 3:18 PM UTC
Canto de esperanza
Si te alegra, Señor, el ruido ronco de este recibimiento que miramos, advierte que te dan todos los ramos, por darte el viernes más desnudo el tronco. ¿A dónde vas, Cordero, entre las fieras, pues ya conoces su intención villana? Todos, enfermos, te dirán "¡Hosanna!" Y no quieren sanar, sino que mueras. Hoy te reciben con los ramos bellos (aplauso sospechoso, si se advierte), pero otra noche, para darte muerte, te irán con armas a buscar en ellos. Y porque la malicia más se arguya de nación a su propio rey tirana, hoy te ofrecen sus capas, y mañana suertes verás echar sobre la tuya. Si vas en tus discípulos fiado, como de tu inocencia defendido, del postrero de todos vas vendido, y del primero, cerca de negado. Mal en los huertos tu piedad pagamos: tu paz con las olivas se atropella, pues son tu muerte, y fue la causa de ella la primer fruta y los primeros ramos.
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Semana santa, o lamentaciones de don francisco de quevedo villegas a la muerte de nuestro señor jesucristo
Yo tengo en el hogar un soberano Único a quien venera el alma mía; Es su corona de cabello cano, La honra es su ley y la virtud su guía. En lentas horas de miseria y duelo, Lleno de firme y varonil constancia, Guarda la fe con que me habló del cielo En las horas primeras de mi infancia. La amarga proscripción y la tristeza En su alma abrieron incurable herida; Es un anciano, y lleva en su cabeza El polvo del camino de la vida. Ve del mundo las fieras tempestades, De la suerte las horas desgraciadas, Y pasa, como Cristo el Tiberíades, De pie sobre las horas encrespadas. Seca su llanto, calla sus dolores, Y sólo en el deber sus ojos fijos, Recoge espinas y derrama flores Sobre la senda que trazó a sus hijos. Me ha dicho: «A quien es bueno, la amargura Jamás en llanto sus mejillas moja: En el mundo la flor de la ventura Al más ligero soplo se deshoja. »Haz el bien sin temer el sacrificio, El hombre ha de luchar sereno y fuerte, Y halla quien odia la maldad y el vicio Un tálamo de rosas en la muerte. »Si eres pobre, confórmate y sé bueno; Si eres rico, protege al desgraciado, Y lo mismo en tu hogar que en el ajeno Guarda tu honor para vivir honrado. »Ama la libertad, libre es el hombre Y su juez más severo es la conciencia; Tanto como tu honor guarda tu nombre, Pues mi nombre y mi honor forman tu herencia.» Este código augusto, en mi alma pudo, Desde que lo escuché quedar grabado; En todas las tormentas fue mi escudo, De todas las borrascas me ha salvado. Mi padre tiene en su mirar sereno Reflejo fiel de su conciencia honrada; ¡Cuánto consejo cariñoso y bueno Sorprendo en el fulgor de su mirada! La nobleza del alma es su nobleza, La gloria del deber forma su gloria; Es pobre, pero encierra su pobreza La página más grande de su historia. Siendo el culto de mi alma su cariño, La suerte quiso que al honrar su nombre, Fuera el amor que me inspiró de niño La más sagrada inspiración del hombre. Quisiera el cielo que el canto que me inspira siempre sus ojos con amor lo vean, Y de todos los versos de mi lira Estos dignos de su nombre sean.
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Mi padre
Yo tengo en el hogar un soberano Único a quien venera el alma mía; Es su corona de cabello cano, La honra es su ley y la virtud su guía. En lentas horas de miseria y duelo, Lleno de firme y varonil constancia, Guarda la fe con que me habló del cielo En las horas primeras de mi infancia. La amarga proscripción y la tristeza En su alma abrieron incurable herida; Es un anciano, y lleva en su cabeza El polvo del camino de la vida. Ve del mundo las fieras tempestades, De la suerte las horas desgraciadas, Y pasa, como Cristo el Tiberíades, De pie sobre las horas encrespadas. Seca su llanto, calla sus dolores, Y sólo en el deber sus ojos fijos, Recoge espinas y derrama flores Sobre la senda que trazó a sus hijos. Me ha dicho: «A quien es bueno, la amargura Jamás en llanto sus mejillas moja: En el mundo la flor de la ventura Al más ligero soplo se deshoja. »Haz el bien sin temer el sacrificio, El hombre ha de luchar sereno y fuerte, Y halla quien odia la maldad y el vicio Un tálamo de rosas en la muerte. »Si eres pobre, confórmate y sé bueno; Si eres rico, protege al desgraciado, Y lo mismo en tu hogar que en el ajeno Guarda tu honor para vivir honrado. »Ama la libertad, libre es el hombre Y su juez más severo es la conciencia; Tanto como tu honor guarda tu nombre, Pues mi nombre y mi honor forman tu herencia.» Este código augusto, en mi alma pudo, Desde que lo escuché quedar grabado; En todas las tormentas fue mi escudo, De todas las borrascas me ha salvado. Mi padre tiene en su mirar sereno Reflejo fiel de su conciencia honrada; ¡Cuánto consejo cariñoso y bueno Sorprendo en el fulgor de su mirada! La nobleza del alma es su nobleza, La gloria del deber forma su gloria; Es pobre, pero encierra su pobreza La página más grande de su historia. Siendo el culto de mi alma su cariño, La suerte quiso que al honrar su nombre, Fuera el amor que me inspiró de niño La más sagrada inspiración del hombre. Quisiera el cielo que el canto que me inspira siempre sus ojos con amor lo vean, Y de todos los versos de mi lira Estos dignos de su nombre sean.
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Antes de echar el ancla en el tesoro del amor postrimero, yo quisiera correr el mundo en fiebre de carrera, con juventud, y una pepita de oro en los rincones de me faltriquera. Abrazar a una culebra del Nilo que de Cleopatra se envuelva en la clámide, y oír el soliloquio intranquilo de la Virgen María en la Pirámide. Para desembarcar en mi país, hacerme niño y trazar con mi gis, en la pizarra del colegio anciano, un rostro de perfil guadalupano. Besar al Indostán y a la Oceanía, a las fieras rayadas y rodadas, y echar el ancla a una paisana mía de oreja breve y grandes arracadas. Y decir al Amor: -«De mis pecados, los mas negros están enamorados; un miserere se alza en mis cartujas y va hacia ti con pasos de bebé, como el cándido islote de burbujas navega por la taza de café. Porque mis cinco sentidos vehementes penetraron los cinco Continentes, bien puedo, Amor final, poner la mano sobre tu corazón guadalupano...»
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El ancla
Con un trapo y un cuchillo                                                 contra la idea fija Contra el toro del miedo Contra la tela contra el vacío                                                     el surtidor La llama azul del cobalto                                               el ámbar quemado Verdes recién salidos del mar                                                       añiles reflexivos Con un trapo y un cuchillo                                                 sin pinceles Con los insomnios con la rabia con el sol Contra el rostro en blanco del mundo El surtidor                       la ondulación serpentina La vibración acuática del espacio El triángulo el arcano La flecha clavada en el altar nego Los alfabetos coléricos La gota de tinta de sangre de miel Con un trapo y un cuchillo                                                 el surtidor Salta el rojo mexicano                                           y se vuelve ***** Salta el rojo de la India                                             y se vuelve ***** Los labios ennegrecen                                           ***** de Kali Carbón para tus cejas y tus párpados Mujer deseada cada noche                                                   ***** de Kali El amarillo y sus fieras abrasadas El ocre y sus tambores subterráneos El cuerpo verde de la selva negra El cuerpo azul de Kali                                         el **** de la Guadalupe Con un trapo y un cuchillo                                               contra el triángulo El ojo revienta                             surtidor de signos La ondulación serpentina avanza Marea de apariciones inminentes El cuadro es un cuerpo Vestido sólo por su enigma desnudo
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Al pintor swaminathan
Con un trapo y un cuchillo                                                 contra la idea fija Contra el toro del miedo Contra la tela contra el vacío                                                     el surtidor La llama azul del cobalto                                               el ámbar quemado Verdes recién salidos del mar                                                       añiles reflexivos Con un trapo y un cuchillo                                                 sin pinceles Con los insomnios con la rabia con el sol Contra el rostro en blanco del mundo El surtidor                       la ondulación serpentina La vibración acuática del espacio El triángulo el arcano La flecha clavada en el altar nego Los alfabetos coléricos La gota de tinta de sangre de miel Con un trapo y un cuchillo                                                 el surtidor Salta el rojo mexicano                                           y se vuelve ***** Salta el rojo de la India                                             y se vuelve ***** Los labios ennegrecen                                           ***** de Kali Carbón para tus cejas y tus párpados Mujer deseada cada noche                                                   ***** de Kali El amarillo y sus fieras abrasadas El ocre y sus tambores subterráneos El cuerpo verde de la selva negra El cuerpo azul de Kali                                         el **** de la Guadalupe Con un trapo y un cuchillo                                               contra el triángulo El ojo revienta                             surtidor de signos La ondulación serpentina avanza Marea de apariciones inminentes El cuadro es un cuerpo Vestido sólo por su enigma desnudo
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Me descuido en las manos del oscuro formas intangibles amenazan con arrastrar mi cuerpo al olvido                             Tu alma hala con toda su fuerza Guerra negra, marchita, opaca señalo los agravios del pasado me halan me quemo                             anhelo tu llegada pero si siempre estuviste ¿quién eres? Campeón del olimpo matando fieras con tus propias manos del Hades nadie se salva Aborda la balsa rota por el rio del olvido los gritos ahogados rompen los tímpanos del espíritu más la luz aún no se extingue                             tú eres No te extingues, sigues ardiendo mientras llueva                             no te extingues
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Mar 16, 2018
Mar 16, 2018 at 9:55 AM UTC
Quimera
cuando en Toledo Ohio andrew sinclair empezó a caminar sobre el mundo dijo "esto es así" y no lloró pensó lo verde de la época acostó la cabeza en los pechos maternos como fatigado de pronto por tanta comprobación los pechos daban flores de leche que caían al piso y calentaban la memoria ahora que andrew sinclair es grande andrew sinclair es grande o es triste con candelas encendidas pasó lo bajo de la noche ¡oh corazón ardiente hecho pedazos! los fue sembrando como fieras o furias ¿pero andrew sinclair está aquí? ¿todavía hace sonar su tristeza como un terrible cañón? ¿no caza pajaritos? ¿anda por ahí andrew sinclair? en la mitad de su memoria la mamá está de pie dándole de comer a las gallinas o lavando los platos con manos lentas bellas grises que daban brillo como el sol y abrigaban al andrew sinclair ¡ah caminante! los demonios del valle le comieron los pies pero él se inclinaba bajo el sol brillando como madre los demonios tiene dos cuernos en la cabeza y pelos en los pies y echan llamas por la boca y el culo se comen los ratones sin pelar bailan como gitanos se beben de un trago medio balde de agua pero andrew sinclair no él tiene un joven corazón lleno de islas con tigres y garzas bellísimo bellísimo abajo de andrew sinclair había un río y más abajo un sol y debajo la noche para nosotros dos
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Lamento por los pies de andrew sinclair
Francisco encaminábase a Perusa y así le hablaba al compañero:                                               «Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, los nombres de los astros Todos supiera; y la virtud oculta Lograra descubrir, con don arcano, De las piedras, los árboles y el agua; y entendiera el idioma de los pájaros, Lo que hablan los insectos y las fieras y las greyes que pastan en los prados, Sabe que en eso no hay completa dicha». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, las lenguas que se hablaron y se hablan en el mundo comprendiera; Si la ciencia que guardan los Sagrados Libros su mente atesorar lograra, y pudiera leer lo que los Santos y los ángeles piensan en el Cielo, y pudiera leer todo lo arcano, Sabe que en eso no hay completa dicha». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, pudiera al solo tacto De las manos curar a los leprosos; y sanara a los cojos y los mancos, y a los ciegos la vista les volviera; y si, la Ley Divina predicando, Ablandara los duros corazones Que viven en la sombra del pecado, y a los infieles convirtiera a Cristo, Que a todos abre los amantes brazos, Sabe que en eso no hay dicha completa». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si turba Hostil surgiera y nos cerrara el paso Cuando a Perusa entremos, y de pronto Hiciera de nosotros vil escarnio; Luego nos arrancara las capuchas, A los sayales nos lanzara fango, Y después, bajo piedras y garrotes En el arroyo exánimes quedáramos, Tan sólo en eso habrá completa dicha». Así decía, y se detuvo el Santo En mitad de la cumbre. Desde el Catria El sol iluminaba el hondo espacio. El rumor del torrente no se oía, Ni de las aves en el bosque el canto. Y para Fray *** aquel silencio Fue una pregunta en la quietud del campo; y tranquilo y humilde, hacia el Maestro Alzó los ojos y le dijo: «¡Vamos!»
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Perfectum gaudium
Francisco encaminábase a Perusa y así le hablaba al compañero:                                               «Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, los nombres de los astros Todos supiera; y la virtud oculta Lograra descubrir, con don arcano, De las piedras, los árboles y el agua; y entendiera el idioma de los pájaros, Lo que hablan los insectos y las fieras y las greyes que pastan en los prados, Sabe que en eso no hay completa dicha». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, las lenguas que se hablaron y se hablan en el mundo comprendiera; Si la ciencia que guardan los Sagrados Libros su mente atesorar lograra, y pudiera leer lo que los Santos y los ángeles piensan en el Cielo, y pudiera leer todo lo arcano, Sabe que en eso no hay completa dicha». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si el fraile Más humilde, pudiera al solo tacto De las manos curar a los leprosos; y sanara a los cojos y los mancos, y a los ciegos la vista les volviera; y si, la Ley Divina predicando, Ablandara los duros corazones Que viven en la sombra del pecado, y a los infieles convirtiera a Cristo, Que a todos abre los amantes brazos, Sabe que en eso no hay dicha completa». y prosiguió después:                                       «Óyeme, Hermano *** oveja del Señor: si turba Hostil surgiera y nos cerrara el paso Cuando a Perusa entremos, y de pronto Hiciera de nosotros vil escarnio; Luego nos arrancara las capuchas, A los sayales nos lanzara fango, Y después, bajo piedras y garrotes En el arroyo exánimes quedáramos, Tan sólo en eso habrá completa dicha». Así decía, y se detuvo el Santo En mitad de la cumbre. Desde el Catria El sol iluminaba el hondo espacio. El rumor del torrente no se oía, Ni de las aves en el bosque el canto. Y para Fray *** aquel silencio Fue una pregunta en la quietud del campo; y tranquilo y humilde, hacia el Maestro Alzó los ojos y le dijo: «¡Vamos!»
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En breve cárcel traigo aprisionado, Con toda su familia de oro ardiente, El cerco de la luz resplandeciente, Y grande imperio del Amor cerrado. Traigo el campo que pacen estrellado Las Fieras altas de la piel luciente; Y a escondidas del Cielo y del Oriente, Día de luz y parto mejorado. Traigo todas las Indias en mi mano, Perlas que en un diamante por rubíes, Pronuncian con desdén sonoro hielo, Y razonan tal vez fuego tirano Relámpagos de risa carmesíes, Auroras, gala y presunción del Cielo.
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Retrato de lisi que traía en una sortija
Como ella era cristiana; como la nívea frente Negose ante los Ídolos a inclinar reverente; Como olvidar no quiso sus creencias primeras, El Pretor dio la orden de entregarla a las fieras. y como ante los ojos impuros del Pretor Sus mejillas de virgen tiñéronse en rubor, Para hacer la sentencia más inhumana y ruda, Ordenó que al suplicio la llevaran desnuda. Desnuda, y con la blonda cabellera cubriendo El seno, baja al circo. De su cubil, rugiendo, Un *** salta rápido, y avanza por la arena Hacia la casta virgen, blanca como azucena... y ve el pueblo con júbilo temblar como una hoja. Toda aquella blancura junto a la jeta roja. Aprieta sobre el seno la blonda cabellera, y tranquila, el zarpazo que ha de matarla espera. El circo estremecerse de gozo parecía, y en tanto que la fiera la enorme boca abría. *** dijo la virgen. Entonces, suavemente, Se le vio que en el polvo doblegaba la frente, Mientras ella, temblando, se postraba de hinojos... y al mirarla desnuda cerró el *** los ojos.
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El ***
Bien sé que no puedes, pobrecita mía, venir a buscarme. ¡si pudieras, vendrías! Acaso te causan dolor mis fatigas, mis ansias de verte, mis quejas baldías, mi tedio implacable, mi horror por la vida. ¡No puedes traerme consuelo! ¡Si pudieras, vendrías! ¿Qué honda, qué honda debe ser la sima donde caen los muertos, pobrecita mía! ¡Qué mares sin playas qué noche infinita qué pozos danaideos, qué fieras estigias deben separarnos de los que se mueren desgajando en dos almas una misma, para que no puedas venir a buscarme! Si pudieras, vendrías...
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V. pobrecita mía
La lluvia ha dejado goteras en los arboles el trueno ha destruido medio bosque las tres lunas anuncian la noche alumbran a las criaturas, alertan sus voces aullidos de violines despiertan a los habitantes la mujer pantera sale a cazar sangrientos corazones. Pelaje de terciopelo con ligero movimiento acaricia con sus garras el suave viento colmillos crema de afilado marfil que asoman de su rostro violento ensuciando y devorando a un conejo muerto. El olor ha atraído a otros entre la bruma en busca de delicado alimento jaguares en la colina se disputan en un felino enfrentamiento mientras los pájaros huyen y se asustan. Un disparo seco y lento anuncia de los cazadores provenientes del desierto, monstruos de mis adentros escapar de este infierno no merece la pena vivir en mi interior pues todo aquí ya esta muerto, criaturas de los bosques no os lo pedí cuando me hicisteis para siempre vuestro rey ahora viviremos bajo la tierra hasta que la noche llegue. El gruñido del animal rompió el silencio la manada de jaguar con piel de leopardo y alma de cordero huye con desespero se refugian entre las ramas con anhelo entierran su cuerpo en el caliente suelo La orquesta comienza su crescendo Los fogonazos de fuegos golpean el firmamento rebotando y estrellándose contra el riachuelo y las garras de la pantera arañan el rostro del animal-hombre sumiéndolo en un eterno sueño devorado por las fieras. No fue capaz de vivir por siempre. Lluvia de espíritus en el claro del bosque los dioses enfurecidos susurran su nombre la sangre de líquido hierro brota por el suelo el alma de la vida y la muerte alza su vuelo. Dos de las tres lunas permanecen en el cielo mientras dos soles asoman tímidos por las montañas, las flores se balancean haciendo sonar las campanas que son sus semillas el aire es frío y huele a mañanas comienza un día nuevo, se consume el fuego la arena se levanta escurridiza en el desierto y los arboles dejan sus colores morados para otro tiempo. La reina del bosque, la mujer pantera, se refugia junto a sus hermanas en la cueva y la hierba y la maleza tapan los restos del cuerpo despedazado otra presa, pasto de las bestias.
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Dec 27, 2020
Dec 27, 2020 at 7:33 AM UTC
La Pantera
La lluvia ha dejado goteras en los arboles el trueno ha destruido medio bosque las tres lunas anuncian la noche alumbran a las criaturas, alertan sus voces aullidos de violines despiertan a los habitantes la mujer pantera sale a cazar sangrientos corazones. Pelaje de terciopelo con ligero movimiento acaricia con sus garras el suave viento colmillos crema de afilado marfil que asoman de su rostro violento ensuciando y devorando a un conejo muerto. El olor ha atraído a otros entre la bruma en busca de delicado alimento jaguares en la colina se disputan en un felino enfrentamiento mientras los pájaros huyen y se asustan. Un disparo seco y lento anuncia de los cazadores provenientes del desierto, monstruos de mis adentros escapar de este infierno no merece la pena vivir en mi interior pues todo aquí ya esta muerto, criaturas de los bosques no os lo pedí cuando me hicisteis para siempre vuestro rey ahora viviremos bajo la tierra hasta que la noche llegue. El gruñido del animal rompió el silencio la manada de jaguar con piel de leopardo y alma de cordero huye con desespero se refugian entre las ramas con anhelo entierran su cuerpo en el caliente suelo La orquesta comienza su crescendo Los fogonazos de fuegos golpean el firmamento rebotando y estrellándose contra el riachuelo y las garras de la pantera arañan el rostro del animal-hombre sumiéndolo en un eterno sueño devorado por las fieras. No fue capaz de vivir por siempre. Lluvia de espíritus en el claro del bosque los dioses enfurecidos susurran su nombre la sangre de líquido hierro brota por el suelo el alma de la vida y la muerte alza su vuelo. Dos de las tres lunas permanecen en el cielo mientras dos soles asoman tímidos por las montañas, las flores se balancean haciendo sonar las campanas que son sus semillas el aire es frío y huele a mañanas comienza un día nuevo, se consume el fuego la arena se levanta escurridiza en el desierto y los arboles dejan sus colores morados para otro tiempo. La reina del bosque, la mujer pantera, se refugia junto a sus hermanas en la cueva y la hierba y la maleza tapan los restos del cuerpo despedazado otra presa, pasto de las bestias.
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Dulce hebrea, desclava mi tránsito de arcilla; desclava mi tensión nerviosa y mi dolor... Desclava, amada eterna, mi largo afán y los dos clavos de mis alas y el clavo de mi amor! Regreso del desierto donde he caído mucho; retira la cicuta y obséquiame tus vinos!: espanta con un llanto de amor a mis sicarios, cuyos gestos son férreas fieras de Longinos! Desclávame mis clavos, oh nueva madre ,mía, Sinfonía de olivos, escancia tu llorar! Y has de esperar, sentada junto a mi carne muerta, cuál cede la amenaza, y la alondra se va! Pasas... vuelves... Tus lutos trenzan mi gran cilicio con gotas de curare, filos de humanidad, la dignidad roquera que hay en tu castidad, y el judithesco azogue de tu miel interior. Son las ocho de la mañana de un crema brujo... Hay frío... Un perro pasa royendo el hueso de otro perro que fue... Y empieza a llorar en mis nervios un fósforo que en cápsulas de silencio apaguél Y en mi alma hereje canta su dulce fiesta asiática un dionisiaco hastío de café...!
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Nervazón de angustia
¿Existirá? ¡Quién sabe! Mi instinto la presiente; dejad que yo la alabe previamente. Alerta el violín del querubín y susceptible al manzano terrenal, será a la vez risueña y gemebunda, como el agua profunda. Su índice y su pulgar, con una esbelta cruz, esbelto persignar. Diagonal de su busto, cadena alternativa de mirtos y nardos, mientras viva. Si en el nardo canónico o en el mirto me ofusco, Ella adivinará la flor que busco; y, convicta e invicta, esforzará su celo en serme, llanamente, barro para mi barro y azul para mi cielo. Próvida cual ciruela, del profano compás siempre ha de pedir más. Retozará en el césped, cual las fieras del Baco de Rubens; y luego... la paloma que baja de las nubes. Riéndose, solemne; y quebrándose, indemne. Que me sea total y parcial, periférica y central; y que al soltar mi mano la antorcha de la vida, con la antorcha caída prenda fuego a mis lacios cabellos, que han sido antes ludibrio de las uñas de las bacantes. Que me rece con rezos abundantes y con lágrimas pocas; más negra de su alma que de sus tocas.
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Dejad que la alabe...
Yo he visto garras fieras en las pulidas manos; conozco grajos mélicos y líricos marranos... El más truhán se lleva la mano al corazón, y el bruto más espeso se carga de razón.
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Proverbios y cantares - vii
Tus otoños me arrullan en coro de quimeras obstinadas; vas en mí cual la venda va en la herida; en bienestar de placidez me embriagas; la luna lugareña va en tus ojos ¡oh blanda que eres entre todas blanda! y no sé todavía qué esperarán de ti mis esperanzas. Si vas dentro de mí, como una inerme doncella por la zona devastada en que ruge el pecado, y si las fieras atónitas se echan cuando pasas; si has sido menos que una melodía suspirante, que flota sobre el ánima, y más que una pía salutación; si de tu pecho asciende una fragancia de limón, cabalmente refrescante e inicialmente ácida; si mi voto es que vivas dentro de una virginidad perenne aromática, vuélvese un hondo enigma lo que de ti persigue mi esperanza. ¿Qué me está reservado de tu persona etérea? ¿Qué es la arcana promesa de tus ser? Quizá el suspiro de tu propio existir; quizá la vaga anunciación penosa de tu rostro; la cadencia balsámica que eres tú misma, incienso y voz de armónium en la tarde llovida y encalmada... De toda ti me viene la melodiosa dádiva que me brindó la escuela parroquial, en una hora ya lejana, en que unas voces núbiles y lentas ensayaban, en un solfeo cristalino y simple, una lección de Eslava. Y de ti y de la escuela pido el cristal, pido las notas llanas, para invocarte ¡oscura y rabiosa esperanza! con una a colmada de presentes, con una a impregnada del licor de un banquete espiritual: ¡ara mansa, ala diáfana, alma blanda, fragancia casta y ácida!
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¿qué será lo que espero?
Tus otoños me arrullan en coro de quimeras obstinadas; vas en mí cual la venda va en la herida; en bienestar de placidez me embriagas; la luna lugareña va en tus ojos ¡oh blanda que eres entre todas blanda! y no sé todavía qué esperarán de ti mis esperanzas. Si vas dentro de mí, como una inerme doncella por la zona devastada en que ruge el pecado, y si las fieras atónitas se echan cuando pasas; si has sido menos que una melodía suspirante, que flota sobre el ánima, y más que una pía salutación; si de tu pecho asciende una fragancia de limón, cabalmente refrescante e inicialmente ácida; si mi voto es que vivas dentro de una virginidad perenne aromática, vuélvese un hondo enigma lo que de ti persigue mi esperanza. ¿Qué me está reservado de tu persona etérea? ¿Qué es la arcana promesa de tus ser? Quizá el suspiro de tu propio existir; quizá la vaga anunciación penosa de tu rostro; la cadencia balsámica que eres tú misma, incienso y voz de armónium en la tarde llovida y encalmada... De toda ti me viene la melodiosa dádiva que me brindó la escuela parroquial, en una hora ya lejana, en que unas voces núbiles y lentas ensayaban, en un solfeo cristalino y simple, una lección de Eslava. Y de ti y de la escuela pido el cristal, pido las notas llanas, para invocarte ¡oscura y rabiosa esperanza! con una a colmada de presentes, con una a impregnada del licor de un banquete espiritual: ¡ara mansa, ala diáfana, alma blanda, fragancia casta y ácida!
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Por la orilla del Ganges suenan vivos clamores, Los tigres, dando fieros rugidos penetrantes, saltan, rotos los yugos, y en fuga las Bacantes destrozan la vendimia, por los valles y alcores. Rompen uñas y dientes pámpanos cimbradores que  enrojecen con sangre de uvas, incitantes gargantas, y se tienden las fieras jadeantes entre púrpura y fango, del sol a los fulgores. Sobre cuerpos convulsos y con sangre teñidos, bostezando los tigres, o entre sordos rugidos, una sangre olfatean más roja y más caliente. Pero el Dios, embriagándose  con tal fiesta inaudita, con el tirso y los gritos a las fieras irrita, y une en tanto a la hembra con el macho rugiente.
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Bacanal
La materna sombrilla de los pinos entre las rojas flechas de febrero y mis hombros lucientes; ah, qué finos, los pañuelos del aire del acero. El agua se ha llenado de espejitos. Todo, sobre la tierra, centellea. ¡La bulliciosa tierra de los gritos, el mordisco, la zarpa y la pelea! Pero tú dulcificas la batalla, como un ángel sin alas y sin malla, espléndido, de brazos poderosos. Hasta el viento se vuelve de azucenas y hasta las fieras me parecen buenas, si tercias en la riña de los osos.
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Paz
¡Ahí pasa! ¡llamadla! ¡es su costado! ¡Ahí pasa la muerte por Irún: sus pasos de acordeón, su palabrota, su metro del tejido que te dije, su gramo de aquel peso que he callado... ¡si son ellos! ¡Llamadla! ¡Daos prisa! Va buscándome en los rifles, como que sabe bien dónde la venzo, cuál es mi maña grande, mis leyes especiosas, mis códigos terribles. ¡Llamadla! Ella camina exactamente como un hombre, entre las fieras, se apoya de aquel brazo que se enlaza a nuestros pies cuando dormimos en los parapetos y se pára a las puertas elásticas del sueño. ¡Gritó! ¡Gritó! ¡Gritó su grito nato, sensorial! Gritara de vergüenza, de ver cómo ha caído entre las plantas, de ver cómo se aleja de las bestias, de oír cómo decimos: ¡Es la muerte! ¡De herir nuestros más grandes intereses! (Porque elabora su higado la gota que te dije, camarada; porque se come el alma del vecino). ¡Llamadla! Hay que seguirla hasta el pie de los tanques enemigos, que la muerte es un ser sido a la fuerza, cuyo principio y fin llevo grabados a la cabeza de mis ilusiones, por mucho que ella corra el peligro corriente que tú sabes y que haga como que hace que me ignora. ¡Llamadla! No es un ser, muerte violenta, sino, apenas, lacónico suceso; más bien su modo tira, cuando ataca, tira a tumulto simple, sin órbitas ni cánticos de dicha; más bien tira su tiempo audaz, a céntimo impreciso y sus sordos quilates, a déspotas aplausos. Llamadla, que en llamándola con saña, con figuras, Se la ayuda a arrastrar sus tres rodillas, como,  a veces, a veces, duelen, punzan fracciones enigmáticas, globales, como, a veces, me palpo y no me siento. ¡Llamadla! ¡Daos prisa! Va buscándome, con su coñac, su pómulo moral, sus pasos de acordeón, su palabrota. ¡Llamadla! No hay que perderle el hilo en que la lloro. De su olor para arriba, ¡ay de mi polvo, camarada! De su pus para arriba, ¡ay de férula, teniente! De su imán para abajo, ¡ay de mi tumba!
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V
¡Ahí pasa! ¡llamadla! ¡es su costado! ¡Ahí pasa la muerte por Irún: sus pasos de acordeón, su palabrota, su metro del tejido que te dije, su gramo de aquel peso que he callado... ¡si son ellos! ¡Llamadla! ¡Daos prisa! Va buscándome en los rifles, como que sabe bien dónde la venzo, cuál es mi maña grande, mis leyes especiosas, mis códigos terribles. ¡Llamadla! Ella camina exactamente como un hombre, entre las fieras, se apoya de aquel brazo que se enlaza a nuestros pies cuando dormimos en los parapetos y se pára a las puertas elásticas del sueño. ¡Gritó! ¡Gritó! ¡Gritó su grito nato, sensorial! Gritara de vergüenza, de ver cómo ha caído entre las plantas, de ver cómo se aleja de las bestias, de oír cómo decimos: ¡Es la muerte! ¡De herir nuestros más grandes intereses! (Porque elabora su higado la gota que te dije, camarada; porque se come el alma del vecino). ¡Llamadla! Hay que seguirla hasta el pie de los tanques enemigos, que la muerte es un ser sido a la fuerza, cuyo principio y fin llevo grabados a la cabeza de mis ilusiones, por mucho que ella corra el peligro corriente que tú sabes y que haga como que hace que me ignora. ¡Llamadla! No es un ser, muerte violenta, sino, apenas, lacónico suceso; más bien su modo tira, cuando ataca, tira a tumulto simple, sin órbitas ni cánticos de dicha; más bien tira su tiempo audaz, a céntimo impreciso y sus sordos quilates, a déspotas aplausos. Llamadla, que en llamándola con saña, con figuras, Se la ayuda a arrastrar sus tres rodillas, como,  a veces, a veces, duelen, punzan fracciones enigmáticas, globales, como, a veces, me palpo y no me siento. ¡Llamadla! ¡Daos prisa! Va buscándome, con su coñac, su pómulo moral, sus pasos de acordeón, su palabrota. ¡Llamadla! No hay que perderle el hilo en que la lloro. De su olor para arriba, ¡ay de mi polvo, camarada! De su pus para arriba, ¡ay de férula, teniente! De su imán para abajo, ¡ay de mi tumba!
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